La “patria financiera” a cara descubierta

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 9/10/19 en: https://www.ambito.com/la-patria-financiera-cara-descubierta-n5058956

 

Si el Estado no asume su realidad de deudor serial y se reconvierte vendiendo propiedades inconvenientes, sobrevendrá un “ajuste salvaje”. Pretensiones del establishment, algunos banqueros y su socio el multiestatal FMI.

La patria financiera a cara descubierta

En septiembre, según LG, en términos reales los depósitos en pesos del sector privado cayeron 5,9% i.a., la mayor caída en lo que va del año. Los depósitos en dólares bajaron 26,3%, acumulando desde las PASO un descenso de 34%, u$s11.179 M. Lo prestado en pesos a los privados bajó 33,6% i.a. y 2019 cerraría con un stock de préstamos en torno a 7,6% del PBI, el menor nivel en 15 años. Según First, la caída de los préstamos en dólares durante septiembre fue récord, 15,7% i.a.

El volumen negociado en la Bolsa ronda los u$s15 M diarios -en Madrid, por caso, se negocian u$s2.000 M- y la capitalización bursátil de las empresas domésticas es hoy la mitad -u$s 27.600 M- que cuando Macri llegó al poder, según BYMA. El total administrado por los FCI bajó a u$s10.000 M desde un máximo de u$s35.000 M a principios de 2018.

Esta descapitalización acelerada -que conlleva baja de productividad, de salarios reales, de consumo y demanda de dinero, ergo, inflación- es el resultado del primer mes del control de cambios. Y seguramente volveremos desde “emergentes” a “economía fronteriza”, el 20 de junio, cuando se conozcan las reclasificaciones del índice MSCI. Cuando haber dejado el dólar libre en el mercado -sin intervención del BCRA- habría tenido consecuencias mucho menos traumáticas, y al aumentar el precio de la divisa se habría desincentivado la fuga.

Además, aunque las tasas de los plazos fijos siguen altas, bajan: 60% un mes atrás, 55% hoy. La mitad de los plazos fijos en pesos de las familias son pasibles de irse a dólares, unos u$s8.800 M. Desde las PASO salieron 98.000 M de plazos fijos privados en pesos. Por cierto, el spread entre la tasa de las Leliq y la del promedio del rendimiento ofrecido a ahorristas en septiembre llegó a 25,5 puntos, asegurando un buen negocio para la banca, sin ningún esfuerzo ni riesgo como debería ser el “capitalismo”.

Por cierto, dada la inflación, los rendimientos de los ahorros en pesos son negativos. Hoy Argentina tiene tasas negativas en términos reales (-2,1%), en tanto que, en Brasil, Chile y Perú, van del 3,1% al 1% reales.

Irónicamente, Europa se argentiniza, aunque por motivos distintos, pero también anormal. Los bancos empiezan a trasladar las tasas negativas (del -0,5% que les cobra el BCE) a los depósitos de más de € 100.000. Por caso, el Berliner Volksbank cobra un interés del -0,5%. Las tasas negativas ya les están costando a los prestamistas alemanes €2.400 M anuales. Así se vuelcan al oro y a bonos del Tesoro que todavía mantienen una tasa positiva cercana al 1,5% aunque, precisamente por compras que persisten hacia el futuro, sigue bajando.

Según Ecolatina, supuesto que la actividad continúe cayendo, el saldo favorable de la balanza comercial se extendería a u$s19.000 M, dada la caída en las importaciones y la débil crecida de las exportaciones a falta, precisamente, de un dólar competitivo. No alcanza. Sin acceso al crédito, el Gobierno deberá enfrentar vencimientos por u$s25.000 M en 2020. Más la fuga de capitales y el déficit turístico, entre otras cosas, que podría superar los u$s24.000 en el año.

De modo que si el Estado no asume su realidad de deudor serial y se reconvierte vendiendo propiedades inconvenientes, sobrevendrá un “ajuste salvaje” como pretenden el establishment, algunos banqueros -“la patria financiera”- y su socio el multiestatal FMI que propone que le devuelvan sus préstamos, perdidos en la “timba”, subiendo impuestos y realizando una quita en la deuda con el sector privado.

Cavallo, padre del “corralito” -uno de los ataques más irracionales a la propiedad privada argentina, en defensa de la “patria financiera”- asegura que de no haber sido por los controles de cambio -contrarios a la naturaleza del mercado- el descontrol monetario llevaría a la hiperinflación, y propone un “ajuste” salvaje pero con “bisturí” no como en 2002, cuando sobrevino uno dada la explosión inflacionaria: el PBI cayó 10%, los salarios estatales y las jubilaciones bajaron 20%, el costo de vida subió 42%, el gasto público primario se redujo y, dado el default, quedó en cero la factura de intereses.

Un directivo bancario argentino, representativo del sector, insiste en “profundizar la bancarización minimizando el uso del efectivo” en lo que tienen que participar “los bancos, el BCRA, Hacienda, la AFIP, Anses y el Congreso”. Es decir, usar el poder de policía estatal para forzar al pueblo, el mercado, sin siquiera consultarlo.

Dice el directivo que el 80% de las acreditaciones de los ingresos de las personas físicas se realizan a través del sistema financiero, unas 26 M de transferencias electrónicas mensuales -equivalente al 26% del PBI, u$s120.000 M- y más de la mitad salen del sistema en efectivo. Si el 20% del 100% que sale en efectivo se canalizara vía medios electrónicos, y pagara impuestos, aumentaría la recaudación en 1% del PBI, casi u$s5.000 M. E implicaría una mayor capacidad prestable equivalente a u$s10.000 M, unos 2 puntos del PBI.

Y sin tapujos aseguró que “los primeros beneficiarios seríamos el Estado y los bancos”. Supuestamente esto se derivaría en beneficios al consumidor como si no supiéramos que, así como una baja en los impuestos difícilmente suele llegar al mercado, estos negociados tampoco.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

Un superávit que marca la decadencia

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 27/5/19 en: https://www.ambito.com/un-superavit-que-marca-la-decadencia-n5033764?fbclid=IwAR16NxiQOzz5kDK7j8J_yrzMBEap-NxKQcJqgtgqR3u7rUJeDXRINuwgY0A

 

Un superávit que  marca la decadencia

Como anticipamos varias veces que sucedería, todos están recalculando la evolución del PBI a la baja, y lo seguirán haciendo, a no dudarlo. Ahora en el Ministerio de Economía calculan que caerá el 0,8% en 2019, contrastando con el 0,5% del Presupuesto, pero todavía son optimistas, sobre todo al afirmar que la economía crecerá en 2020.

Veámoslo por el lado de la balanza comercial. En abril de 2019 el superávit fue de u$s1.131 M, así el primer cuatrimestre tuvo un resultado de u$s3.147 M -Ecolatina estima u$s10.000 M para todo 2019- contrastando con el déficit de u$s3.260 M en 2018. Y para el Gobierno esto es alentador. En realidad, tiene una doble lectura negativa.

En primer lugar, en abril las exportaciones crecieron, en cantidades el 10,3%, pero solo un 1,7% i.a. en efectivo debido a la baja de los precios de cas un 8%. En el acumulado del primer cuatrimestre caen el 1,2%. Considerando la fuerte devaluación del peso superior al 50%, mejorando la competitividad argentina, claramente las exportaciones se desarrollan mal a consecuencia de la caída en la productividad.

Por su lado, el desplome de las importaciones es consecuencia del PBI que cae con un futuro deprimente. Las compras al mundo se derrumbaron el 31,6%, acumulando una caída en lo que va del año del 28,9%. No solo muestra que sigue bajando el consumo sino también las inversiones futuras, ya que la importación de bienes de capital se contrajo el 42%, la de piezas y accesorios para bienes de capital un 28%, las de bienes intermedios -necesarios para procesos industriales- el 17% y la de combustible y energía un 7%.

Por cierto, a esas flojas exportaciones aportaron sobre todo las de productos primarios que subieron el 18,8%, aunque un 29,5% en cantidades dado que desde mediados de 2018 el precio FOB de la soja en Argentina cayó el 12% en promedio. A este panorama desalentador hay que sumarle la fuerte caída de las cotizaciones internacionales y el dólar artificialmente planchado por el Gobierno.

La “guerra” entre Trump y China, los mayores stocks de cereales dada la mayor producción en EE.UU. y la posibilidad de que áreas dedicadas al maíz pasen a producir soja, la fiebre porcina en China -los cerdos consumen harina de soja- parecen haber tenido un impacto en la cotización de la soja. Aunque otros opinan lo contrario: la guerra arancelaria podría favorecer a las exportaciones de Brasil y Argentina -segundo y tercer productor global, respectivamente- al mercado chino y no sería la fiebre porcina un factor bajista ya que el mayor consumo es el de las personas no de los cerdos.

En cualquier caso, el ambiente internacional se tensa. Si EE.UU. cierra sus fronteras, China podría acelerar su capacidad para fabricar aviones comerciales, la inteligencia artificial que ya tiene un desarrollo importante tanto que los bancos han incorporado tecnología para escanear el más mínimo movimiento facial y detectar posibles indicios de fraude y tantas otras industrias.

A esta competencia y a la falta de acceso a uno de los mercados más grandes del mundo, la sentirán los accionistas en EE.UU. Al frenazo del comercio global, cuya expansión será inferior al 2,6%, según la OMC, contrastando con el 3% de 2018, podrían agregársele otras cosas como que Pekín rife los bonos del Tesoro de EE.UU. que tiene en cartera, unos u$s1.100.000 M, o que devalúe la moneda para compensar los aranceles de Trump que, por otro lado, dice que puede derivar parte -unos u$s15.000 M- de lo que recaude con el aumento de los aranceles a los exportadores agrícolas (soja, maíz, trigo y arroz) deprimiendo más los precios internacionales. Precios bajos, retenciones y dólar planchado, reprimido, afectarán el nuevo ciclo productivo, advierten productores. La renta fija que ajusta por CER -Boncer 2020 (TC20)- tiene una TIR de 33,05% mientras que el Bonar 20 AO20 (AO20D)- bono en dólares que también vence en 2020- rinde 18,59%. Semejantes tasas evidencian un enorme caos en el mercado monetario y de deuda fogoneado desde el Gobierno. El problema es que, como toda represión, en algún momento va a estallar, de un modo o de otro. Es infantil la idea de que se puede mantener algo comprimido mientras se busca la solución para que no se desborde, le estallará en la cara.

Es imposible desenmarañar esto sin liberar y sincerar al mercado. El dólar planchado destruirá la producción -sobre todo si se hace en base a mantener las tasas altas-, ergo, la recaudación impositiva. Pero cuando lo liberen -o cuando estalle, las tasas parecieran indicar un desfasaje de base del orden del 15%- la deuda en dólares -y con el FMI- se complicará mucho dado el modelo macrista de sostener un Estado más que elefantiásico.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Huawei y los destrozos de Trump

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 23/5/19 en: https://www.ambito.com/huawei-y-los-destrozos-trump-n5033166?fbclid=IwAR2rsnlcwUZfVXxLORczS9mo6-RaMMt996eGttaEbisjE8441AHKGowxiR0

 

Huawei y los destrozos de Trump

Patético. Era la Grecia antigua y ya Aristóteles sabía que la violencia era, siempre y necesariamente, destructiva; de hecho, la definía como aquello que intenta -desviar- destruir el desarrollo del cosmos. Y así lo replicaron científicos de la talla de Tomás de Aquino, pero en pleno siglo XXI todavía hay quienes no pueden superar la primitiva idea de que la violencia puede ayudar en la defensa o, peor, en el establecimiento de un “orden social”.
Y así va el mundo. Trump me recuerda a la Segunda Guerra Mundial (SGM). Según los Aliados, se hacía para liberar al mundo de tiranías y guerras -ya lo habían dicho en la Primera- y por supuesto, semejante incongruencia -guerrear para evitar la guerra- produjo el resultado opuesto: cercenaron las libertades de sus ciudadanos, empezando por aumentarles los impuestos y hasta llevarlos a la guerra para morir.Charlton Heston recordaba amargamente su vuelta de la SGM: “Nos habían dicho que era para terminar con las tiranías y vimos crecer otra peor”. Después de 60 millones de muertos y la destrucción masiva de propiedad privada, se consolidó la peor tiranía de la historia, la URSS, que finalmente cayó -el Muro de Berlín- como era lógico: en paz.

No siendo protagonista de la SGM, Trump encara su propia “guerra” -bien idiota- contra China. Utilizando el monopolio estatal de la violencia, impone barreras a los productos chinos provocando una destrucción inútil que sufren sus propios ciudadanos, que ahora pagarán más caros sus insumos mientras la balanza comercial no mejora, empeora.

Por la tensión entre EE.UU. y China, escenificadas a través de Google y Huawei, si los peores presagios se cumplen, la electrónica se encarecerá entre un 10% y un 15% para todos los occidentales. Porque impactará en los costos de producción de todas las empresas: las tarjetas de sonido y gráficas, circuitos impresos, pantallas, baterías, antenas, módems y demás componentes están llamados a elevar sus facturas que llegan desde China.

Por otro lado, según JP Morgan, deslocalizar la producción de sus iPhones de las plantas de Foxconn en Shenzhen, para llevarlas a EE.UU. significaría que Apple debería incrementar un 14% sus precios dado el encarecimiento por la mano de obra estadounidense. De modo que “podría resultar más barato para Apple seguir construyéndolos en China y pagar las tarifas”, según Wire. Por cierto, las acciones de Apple cayeron al conocerse la noticia.

Por otro lado, Huawei trabaja en su propio sistema operativo alternativo al Android de Google y al de Apple. Los fabricantes chinos acaparan un 43% del mercado mundial de móviles -mil millones de usuarios- con lo que no es descabellado pensar que puedan consolidar un tercer sistema operativo común. Y, sin dudas, se dispararán acciones judiciales de todo tipo: los abogados de Huawei, la organización de consumidores Facua, y los asesores legales Legalitas ya han insinuado hacerlo.

Y todo porque Trump teme la tecnología 5G que desarrollan los chinos, que podría servir para “espiar”. Y le teme porque la información es, precisamente, como he dicho muchas veces, la mejor defensa contra la violencia: de qué sirve el mejor ejército del mundo contra un insecto que puede conocer y anticipar sus movimientos. Por eso Washington censura a Wikileaks, entre otros medios de prensa. En fin, como broche, lo que va a lograr Trump, además, es un retraso en el desarrollo de las redes -y tecnología- 5G.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

Por qué Argentina no crecerá con este “modelo”

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 30/1/19 en: https://www.ambito.com/por-que-argentina-no-crecera-este-modelo-n5013245?fbclid=IwAR1ipIgk2X46P77SEL6ZlN24WsWVnyZST_l9BFw-Mm5nTCn2lSdBYKAfORQ

 

Por qué Argentina no crecerá con este modelo

Dados dos motivos fundacionales, la eficiencia económica es una cualidad exclusiva del mercado (la sumatoria de las personas individuales). Primero, porque es el que la define: un tren puntual, rápido y bonito que llega al desierto, no sirve a nadie, es económicamente ineficiente. Segundo, es necesario competir. Un jugador, solo, no tiene marco de referencia ni contrincante que lo incentive a superarse.

Así, el Estado, es necesariamente ineficiente. No compite o porque es monopólico -como AySA- o porque tiene fondos inagotables del tesoro -como Aerolíneas Argentinas– de modo que no necesita ser eficiente, basta con ser “políticamente correcto”.

Entonces, el modelo oficial al aumentar el peso estatal sobre el sector privado sólo incrementa la ineficiencia y, por tanto, la economía caerá. Podrán inflar el PBI circunstancialmente -como en 2017- con entrada de dinero por préstamos, buena cosecha y mejora en la balanza comercial, pero el sistema seguirá perdiendo eficiencia, productividad.

Y los datos muestran que el peso estatal se agranda a costa de las personas. El Estado tiene tres modos de absorber recursos. Primero, con impuestos.

Según el IARAF, la presión tributaria que en 2018 finalizó en 32,6% del PBI (0,02% encima de 2017) llegará al 33,4% en 2019. Y esto a pesar de que entre 2015 y 2018 el gasto público bajó cuatro puntos del PBI, según Abeceb. Sucede que creció el servicio de la deuda y que la presión fiscal debe computarse sobre el PBI del sector privado, que cayó.

Dicen que la presión fiscal en Argentina llega al promedio de los países de la OCDE. Suponiendo que sea cierto, hay que sumar los otros dos modos de absorción de recursos: la inflación, 47,6% de disminución del valor de la moneda debido al exceso de emisión para solventar gastos estatales, y el tercer modo, el endeudamiento/tasas altas.

Un informe del Bank of America Merrill Lynch muestra que los préstamos al sector privado, en relación con el PBI, llegan al 18% en Argentina -el promedio de la región es 45% y en los emergentes llega a 90%-; el resto se lo “llevó” el Estado.

Pero hasta inflar el PBI con fondos del exterior se va a complicar, porque el “viento” parece ser de frente. Mientras el “brexit” se demora, entre hoy y mañana, se realiza otra ronda de negociaciones entre China y EE.UU. dentro de la tregua comercial que finaliza el 1 de marzo. Dejemos de lado, el suspendido cierre del Gobierno en EE.UU., además de los datos de empleo y crecimiento a ambos lados del Atlántico, hoy también se conocerán los resultados de la reunión de la Fed. Según el FedWatch, el 68,4% de los analistas cree que no moverá las tasas durante 2019 y 4,2% cree que podría hasta bajarlas en diciembre, dada la desaceleración global, y la sombra de recesión en EE.UU.

Habrá que ver si la Fed insinúa que se trata de una pausa, para tomar fuerzas, y seguir subiendo las tasas cuando los mercados se estabilicen. Además, es importante ver si decide finalizar el adelgazamiento de su balance antes de lo previsto. Desde el inicio de la dieta en 2017, la reducción trepa a u$s400.000 M, lo que tendría el mismo efecto que dos subidas de tasas, de 25 pb cada una, según Natixis.

Así, la tasa de fondos federales actual estaría cerca del 2,875%, el extremo superior de lo que la Fed considera neutral (2,8%). Y si reduce su balance en otros u$s400.000 M en 2019, equivaldría a una subida de otros 50 pb llevando la política monetaria a “territorio restrictivo”.

También hoy al anunciar el reembolso trimestral -de la próxima semana- el Tesoro aumentaría las ventas de deuda, para financiar el creciente déficit dado el crecimiento del gasto y de los servicios de la deuda, récord, de u$s16 B. La cantidad total de títulos a 3, 10 y 30 años que se ofrecerán en la próxima subasta de reembolso se estima en $84.000 M, 1.000 M más que hace tres meses.

La emisión de deuda nueva neta total del Tesoro en 2018 ascendió a u$s1,34 B, contra u$s550.000 M en 2017. En 2019, sería de u$s1,4 B y oscilaría entre u$s1,25 y 1,4 B en los próximos cuatro años. A pesar de la inundación de oferta, los rendimientos del Tesoro no se elevan debido a la firme demanda.

Pero el problema de la deuda global empieza a preocupar. Gracias a tasas del 0% ofrecidas por los bancos centrales, según el Instituto Internacional de Finanzas (IIF) superó el 318% del PBI global en el tercer trimestre de 2018. Y no sólo es deuda pública sino, sobre todo, privada que no está en entidades financieras. Hoy la cifra ronda u$s72 B, frente a 27 B de hace una década.

Y, dadas las perspectivas, los inversores se están deshaciendo de los bonos de deuda. Pero no sólo los principales compradores, los bancos centrales, también muchos secundarios. De hecho, según los datos que maneja Bank of America Merrill Lynch, el pasado año salieron u$s63.000 M de fondos de deuda corporativa, lo que ha llevado a acuñar el término Crexit para definir estos reembolsos en bonos corporativos.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Contra la devaluación, a favor de la “devaluación”.

Por Iván Carrino. Publicado el 15/9/14 en: http://opinion.infobae.com/ivan-carrino/2014/09/15/contra-la-devaluacion-a-favor-de-la-devaluacion/

 

Con una inflación que supera el 30% anualizado y un tipo de cambio fijado en el entorno de los 8 pesos desde enero de este año, el debate sobre si se debe o no devaluar vuelve a cobrar protagonismo en Argentina. En este sentido, es preciso hacer algunas aclaraciones.

La devaluación

En primer lugar, bajo ningún concepto es deseable que el gobierno devalúe la moneda. Un tipo de cambio más alto deteriora el poder de compra de los salarios empobreciendo a la población. Por poner un ejemplo, si en el mercado determinado producto se consigue a 1 dólar y el gobierno decreta que ahora se necesitan más pesos para comprar dólares, es claro que todos tendremos que trabajar más para acceder a ese producto. Puede argumentarse que los argentinos no deberíamos preocuparnos por productos cuyos precios están en dólares, pero eso sería darle la espalda al comercio internacional y, de la misma forma que no deberíamos darle la espalda al comercio con el panadero del barrio, no es sensato hacer lo mismo con los de otros países.

Se argumenta también que la devaluación es buena porque mejora la balanza comercial. En efecto, si el precio del dólar sube, exportar se hace más atractivo mientras que importar se vuelve más oneroso. Sin embargo, debe tenerse cuidado con estas afirmaciones ya que puede suceder lo que pasó en Japón, donde la reciente devaluación del Yen llevó al déficit comercial más alto de la historia. Además, incluso cuando una mejora del tipo de cambio mejore la balanza comercial, eso no quita que el efecto concreto sobre el consumidor argentino haya sido la merma de su poder de compra.

Por otra parte, una mejora del tipo de cambio no puede mágicamente dotar de competitividad a la economía o a su sector exportador. En definitiva, una empresa es más competitiva que otra cuando administra mejor sus recursos, invierte mejor y satisface mejor la demanda de sus clientes. Para el caso de los países, buenas instituciones, bajos impuestos y mercados flexibles son la clave de la competitividad, no la simple manipulación del precio del dólar.

La “devaluación”

Si bien el tipo de cambio no puede dotar mágicamente de competitividad a una economía, definitivamente sí puede quitársela. Por ejemplo, si el gobierno arbitrariamente mantiene el precio del dólar subvaluado (por ejemplo, sin dejarlo subir cuando hay inflación), entonces todos los exportadores recibirán por su trabajo menos pesos de los que recibirían en un mercado desregulado. Por otro lado, el abaratamiento del dólar subsidia las importaciones, lo que claramente conspira contra los productos de origen nacional.

Es claro cómo un sistema de tales características se vuelve inviable. Sin embargo, tal sistema termina cuando al Banco Central se le acaban las reservas internacionales, algo que el gobierno puede evitar imponiendo un control de cambios, lo que perpetúa la situación. Con un dólar artificialmente barato y un control de cambios que prolonga el sistema en el tiempo, es esperable que el sector exportador quiebre, mientras que la producción nacional también lo haga producto de la competencia extranjera subsidiada por el gobierno.

En este contexto sí se vuelve necesaria y urgente la “devaluación”, pero esta es una devaluación entre comillas, porque no se trata de subir el precio del dólar para mejorar la competitividad o la balanza comercial, sino que se trata de eliminar el control de cambios y reconocer la devaluación ya hecha para dejar de destruir esa competitividad.

Gracias al inflacionismo del gobierno, desde el año 2003 el peso se devaluó un 83% respecto de todos los bienes de la economía. Sin embargo, respecto del dólar solo lo hizo un 45% en el intervenido “mercado oficial”. La “escasez de dólares” producto de esta política de control de precios es la principal causa de la recesión que vivimos.

En conclusión, devaluar no resolverá de ninguna manera todos nuestros problemas pero, definitivamente,  “devaluar” es el primer paso para evitar que se sigan agravando.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.