El falso milagro del Plan Marshall

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 9/4/20 en: https://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/el-falso-milagro-del-plan-marshall/

 

Todos los políticos, ante cualquier problema, solo piensan en aumentar el gasto público. Cuando el problema es muy grave, solo piensan en aumentar mucho el gasto público. Y cuando el problema es gravísimo, solo piensan en el Plan Marshall. Durante la crisis económica de 2007, Mariano Rajoy pidió un Plan Marshall, para Europa, para África, para donde fuese. La izquierda lo ha pedido siempre. Y ahora, con el coronavirus, no me asombró leer que la OCDE y el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, han reclamado un Plan Marshall para hacer frente a la crisis. Anunciado por el secretario de Estado, George Marshall, en junio de 1947, el plan que llevó su nombre consistía en transferencias de dinero público de Estados Unidos a Europa para su reconstrucción.
La idea era muy simple: si el mayor gasto del New Deal había sacado a los americanos de la depresión, ¿por qué no repetir el milagro? Sin embargo, como recuerda Ryan McMaken, del Mises Institute, la receta, que en realidad no funcionó con Roosevelt en Estados Unidos, tampoco lo hizo con Marshall en el continente europeo.
Las economías europeas se recuperaron tras el fin de la guerra, pero no gracias al Plan Marshall, porque los británicos recibieron el doble de ayuda que Alemania, y su crecimiento fue muy inferior. Además, el dinero que llegó a los germanos fue una porción reducida de su PIB. Lo que sucedió fue que los políticos alemanes desmantelaron el sistema económico antiliberal de los nazis, introdujeron una moneda nueva y estable, bajaron los impuestos y abrieron la economía: privatizaron y desregularon. Eso y no otra cosa fue lo que facilitó el famoso «milagro alemán».
En cambio, al otro lado del Canal de la Mancha, los políticos británicos iniciaron una larga carrera intervencionista, prolongando los controles vigentes durante la guerra, y ese intervencionismo hundió al Reino Unido en una decadencia que solo revertiría el liberalismo de Margaret Thatcher. Asimismo, una política relativamente liberal de bajos impuestos, elevado ahorro y mercados abiertos, fue lo que permitió el notable progreso del otro país derrotado: Japón. Que no nos vengan con cuentos, señora. Paz, justicia y libertad han sido siempre los requisitos. Y no el gasto público.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

¿Es cierto que ya se probó y fracasó el liberalismo en Argentina?

Por Iván Carrino. Publicado el 26/11/17 en: https://www.republicaeconomica.com/single-post/2017/12/03/%C2%BFEs-cierto-que-ya-se-prob%C3%B3-y-fracas%C3%B3-el-liberalismo-en-Argentina

 

Un lugar común en los debates es que las recetas liberales se probaron y fracasaron en nuestro país. En esta nota demostraré por qué es falso este planteo.

 

Estudié ciencias económicas porque, a mis 18 años, quería entender más acerca de cómo funcionaba el mundo y qué se podía hacer para cambiarlo.

Ya desde el colegio secundario me enganchaba en largos debates acerca del modelo de país, del tipo de cambio, y si nuestras crisis económicas eran culpa del estado o del mercado.

Más acá en el tiempo, todo sigue bastante similar. Argentina va de crisis en crisis, y yo sigo debatiendo sobre economía con todo aquél que esté listo para tener un intercambio respetuoso.

Mi punto de vista es bastante sencillo: dado que en el mundo los países con mayor libertad económica son los que más prosperan, y dado que Argentina ha hecho todo lo contrario en este sentido, propongo un país más libre con un gobierno mucho más limitado en sus funciones.

Libertad cambiaria, bajos impuestos y apertura comercial están en esta receta que podríamos llamar clásica o liberal.

Ahora siempre que propongo algo del estilo, no falta la persona que diga con autoridad supina:

“No, Iván. Eso ya se probó en Argentina y fracasó rotundamente”

No creo que haya habido reunión, medio de comunicación, o grupo de whatsapp donde no me hayan lanzado alguna vez esta frase.

Evidentemente, ya forma parte del “imaginario popular”.

Es por eso que en lo que queda de esta nota me dedicaré a contestar esta pregunta: ¿Es cierto que el liberalismo en Argentina se probó y fracasó?

Vamos por partes. Lo primero que hay que responder es si, alguna vez en la historia, existió algo cercano al liberalismo económico en el país.

La respuesta a esa pregunta es un rotundo SÍ.

Lo que queda por saber, entonces, es si durante la vigencia de ese sistema, el país obtuvo malos resultados.

La respuesta a esta segunda parte de la pregunta es un rotundo NO.

En un post que ya debería ser un clásico de la “blogosfera”, el economista sanjuanino Guillermo Sánchez ilustra con datos cómo evolucionó la economía argentina durante la “Era Relativamente Liberal”, que sitúa entre 1880 y 1913.

Durante esos años, el estado se mantuvo limitado (con un gasto promedio del 8,8% del PBI), cumpliendo con lo que el preámbulo de la constitución recomendaba: “asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

En la época relativamente liberal, el país estaba abierto al comercio internacional y a la inmigración, y salvo episodios puntuales (como la crisis de 1890-91), la inflación se mantuvo baja y estable. Entre 1880 y 1913, la inflación promedio fue un envidiable 1,6% anual.

Los resultados de este tipo de sistema económico son relatados por Sánchez. El PBI durante esa época se multiplicó casi por 8, mientras que en términos per cápita, con una inmigración que crecía a ritmos acelerados, se multiplicó por 2 y medio.

Otro dato relevante es que el país vivió una verdadera industrialización durante ese período. Guillermo Sánchez lo explica:

El sector industria manufacturera del PBI a precios del ‘93 aumentó como nunca jamás, un impresionante 1193% entre 1880 y 1913. El componente industrial del PBI real se multiplicó por casi 13 (…) dejando en un alejadísimo segundo lugar a la época intervencionista, con 202%. A pesar de la sustitución de importaciones, a pesar del proteccionismo, a pesar del apoyo estatal, etc…

Por último, también aumentó el salario real nada menos que 82% entre 1880 y 1913. Gracias a la baja inflación y al constante aumento de la productividad, los trabajadores argentinos estaban cada vez mejor.

A la luz de estos datos, la primera conclusión es sencilla: el liberalismo sí se probó en Argentina en el pasado y fue un éxito total. De hecho, comenzamos a caer cuando abandonamos ese camino.

Ahora bien, ¿Qué hay de los otros períodos supuestamente liberales como 1976-1983 y 1989-2001?

La primera aclaración que hay que hacer aquí es que una dictadura militar que niega derechos individuales básicos no debería ser asimilada al liberalismo. La libertad es algo integral y no se limita solo al ámbito de la empresa privada.

Yendo a lo económico, suele argumentarse que los militares de mediados de los ’70 fueron “aperturistas”.

Es posible que haya habido menos trabas a la importación. Sin embargo, en los datos no se verifica dicha apertura. En términos del PBI, las importaciones en 1976 representaban el 8,3%, mientras que en 1983 pasaron a representar el 7,0%. Esto está lejos de ser una “apertura indiscriminada” a las importaciones.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que durante el período de la dictadura, si bien el déficit fiscal se achicó dos años después del “Rodrigazo”, fue creciendo todos los años, con un gasto público que superaba el 30% del PBI. Como resultado, la deuda pasó del 28,7% del PBI en 1976 al 64,2% en 1983.

Si a estos números le sumamos que el gobierno militar seguía siendo dueño de todos los canales de televisión y numerosas empresas públicas, y que tenía un sistema de tipo de cambio controlado similar al de Kicillof, no podemos sostener que se trató de un gobierno liberal.

Durante la década del ‘90, la historia fue similar. Es cierto que se tomaron buenas decisiones como privatizar empresas públicas e imponer un sistema de caja de conversión que terminó con la inflación. Sin embargo, el déficit fiscal fue creciente y también el endeudamiento, lo que atrasó el tipo de cambio real y complicó la competitividad del país.

Esto no quiere decir que el liberalismo haya fracasado, sino simplemente que el déficit fiscal financiado con deuda es un arma peligrosa, algo que ningún liberal discutirá. El liberalismo propone un estado limitado, bajo gasto público y equilibrio fiscal. No déficit y endeudamiento.

Para terminar, vuelvo a la pregunta inicial: ¿Es cierto que el liberalismo se probó en Argentina? Sí. ¿Es cierto que fracasó? De ninguna manera.

Durante la era más liberal, el país creció y se convirtió en un faro de atracción para los inmigrantes del mundo. Con otros modelos, el país cayó en la decadencia y el atraso.

Por último, las experiencias históricas que muchos insisten en llamar “liberales”, no tuvieron nada que ver con el liberalismo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Gasto público, Estado y Poder

Por Gabriel Boragina Publicado  el 2/7/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/07/gasto-publico-estado-y-poder.html

 

Hay quienes parecen creer que un gasto público elevado queda “justificado” cuando los recursos de los que dispone el gobierno son mayores a ese gasto, es decir cuando existe un superávit primario. Una situación que se presentó en algún momento en -por ejemplo- el caso brasileño :
“Para un observador externo, podría parecerle que el gobierno brasileño lleva una vida consistente, ganando más de lo que gasta. Cada día el gobierno cuenta con más y más mecanismos técnicos para recolectar impuestos, y la lucha contra la evasión fiscal es cada vez más eficiente.
Sin embargo, todas estas mejoras en la eficiencia tributaria no parecen verse reflejadas en la calidad del gasto público. Las inversiones en educación básica, infraestructura y salud no han corregido un estilo de vida bastante desigual entre los brasileños.”1
El autor citado centra su critica en la “mala calidad” del gasto. Lo que permite inferir que, si -a criterio de él- la calidad del gasto fuera mejor, toda la parafernalia tributaria se encontraría -de alguna manera- “justificada”. De ser esta la interpretación correcta del párrafo anterior, ya hemos expresado de nuestro lado la opinión de que el superávit fiscal -cualquiera sea su causa- podría ser considerado un síntoma de “buena salud fiscal”, lo que significará -en todos los casos- otro en sentido contrario O sea, -por contrapartida- ha de ser visto como otro síntoma equivalente pero de mala salud en el sector privado.
La prensa, muchos académicos y -por supuesto- los políticos suelen presentar como una buena noticia la aparición de cualquier superávit fiscal, cuando -nuevamente- representa una buena noticia para el sector público, y la misma noticia sera muy mala para el sector privado. En cualesquier caso significará que se le están quitando a la gente más recursos de los que esa misma gente estaría dispuesta a entregar al gobierno, suponiendo que puedan tomarse los gastos previstos en el presupuesto como una “expresión” del voto de la ciudadanía (cuestión -a nuestro juicio- bastante alejada de la realidad).
“Si Brasil desea establecer un ejemplo exitoso para sus vecinos, deben seguirse algunos puntos:[…] aprobar instrumentos legales para contener el crecimiento del Estado, al tiempo que se fortalece su papel de guardián de la seguridad pública, proveedor de la educación básica y fuente de políticas para combatir problemas relacionados con la pobreza (por ejemplo, reducción del gasto público y/o disminución de la carga tributaria)”2
Un estado mínimo garantizará -en cualquier caso- una mayor eficiencia económica Pero, bien puede ocurrir que la sociedad y sus dirigentes -no especializados precisamente en materia económica- piensen en conjunto que es “misión” de los gobiernos proveer a todas las necesidades de la gente. Esta errónea concepción económica y legal (porque, asimismo, implica una determinada teoría sobre derechos y obligaciones que incluyen tanto al estado-nación como a sus miembros) es la que tiene -como inexorable consecuencia- los gobiernos elefantiásicos que estamos tan acostumbrados a ver. En nuestra opinión, el tamaño del “estado” no ha de medirse tanto por la cantidad de funciones que este cumple, sino más bien por la cuantía de los recursos que los gobiernos destinan a esas actividades.
Otro caso similar al antes analizado de Brasil se presenta en el Ecuador:
“Para que un país alcance una calificación alta, deberá proveer protección segura de la propiedad privada, asegurar el cumplimiento de los contratos y contar con una moneda estable. También debe mantener bajos impuestos, limitarse en la creación de barreras al comercio doméstico e internacional, y depender completamente en los mercados antes que en los gastos del gobierno y las regulaciones en la asignación de recursos y bienes.”3
Lamentablemente, estas sanas recomendaciones -que son enteramente aplicables, no solamente al Ecuador sino, a todos los países del mundo sin distinción de tiempos- son poco atendidas Por su propia naturaleza, los gobiernos tienden a crecer, y cuando esto ocurre el efecto que aparece indefectiblemente es el de una disminución de la actividad económica privada, presentándose el resultado de un juego de suma cero, es decir, un gobierno grande significará siempre un sector privado pequeño. Quienes más se perjudican de esta consecuencia serán las pequeñas y medianas empresas y los particulares, en especial los asalariados.
“En el Ecuador la función judicial ha estado influenciada por los partidos políticos que continuamente han forcejeado para conseguir una cuota de miembros de la Corte Suprema y otras organizaciones del sistema judicial a nivel regional, así como de los tribunales electorales y organismos de control del gasto público”.4
Algo similar ha ocurrido en la Argentina y -seguramente- lo indicado ha de ser un problema en varios países de la región. Aquí es oportuno recordar que, la esencia de un sistema republicano reside -precisamente- en la división de podres. Su vigencia -entre otros efectos- contribuye a mantener un gasto público en niveles reducidos, ya que, en el punto, un poder deberá hacer de balance y contrapeso de los restantes. Pero, cuando los políticos pujan por predominar en todos los poderes (no solamente el judicial, sino también el ejecutivo y el legislativo) el sistema republicano se resiente y se desvirtúa, toma dimensiones crecientes la corrupción y esto -obviamente- eleva a proporciones importantes el gasto estatal.
De alguna forma, la cita siguiente expresa lo anterior:
“La mayor parte de los gobiernos reconoce los nuevos retos pero enfrenta la realidad cotidiana de cotos de poder, presiones por aumentar el gasto público, llamadas a resolver problemas particulares y a aplicar conceptos que ya no operan, pero que siguen dominando el discurso político y el debate burocrático.”5
Hay una cierta uniformidad en la acción de todos los gobiernos que desdibuja sus posibles o declamadas diferencias ideológicas. Quien aspira a gobernar se ve -de cierta forma- condicionado por el estado cultural de su pueblo y las inclinaciones ideológicas dominantes dentro de la sociedad. Esto hace que los gobernantes (pese a tener conciencia de lo malo que significa encarar políticas de neto corte estatista) se inclinen, por razones de índole electoral y a pesar de sus intimás convicciones, a adoptarlas.
No estamos seguros que -como dice la cita- sea la situación de “La mayor parte de los gobiernos”. Quizás resulte un tanto exagerada la generalización si tenemos en cuenta que, dentro del vocablo “gobierno” englobamos los tres “poderes” del mismo (ejecutivo, legislativo y judicial). Quizás fuera más realista decir que muchos miembros de esos poderes reconocen la predicha problemática.
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1Claudio Djissey Shikida. Instituto Liberdade, Brasil, “Brasil: De la Substitución de Importaciones al siglo XXI: ¿Qué queda por hacer?”. En Libre Comercio en las Américas. Editado por Juan Carlos Hidalgo. ISBN 1-905041-11-X. publicado por International Policy Network, Reino Unido. pag. 23
2Djissey Shikida, C. Ob. Cit. Pág 24.
3Enrique Ampuero Pareja. Instituto Ecuatoriano de Economía Política, Ecuador.“El Ecuador no puede prosperar con un Estado de Derecho Débil”. En Libre Comercio en las Américas. Editado por Juan Carlos Hidalgo. ISBN 1-905041-11-X. publicado por International Policy Network, Reino Unido. Pág 33
4Ampuero Pareja, E. Op. Cit. Pág 35
5Rolf Lüders. Luis Rubio-Editores. Estado y economía en América Latina. Por un gobierno efectivo en la época actual. CINDE CIDAC. Pág 3.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Una propuesta de reforma monetaria para Argentina

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 23/1/14 en: http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2014/01/23/una-propuesta-de-reforma-monetaria-para-argentina/

Argentina se encuentra, una vez más, transitando una profunda crisis económica. Las débiles instituciones monetarias tienen un rol central en esta problemática. Que el Banco Central de la República Argentina (BCRA) es una institución desinteresada, o incapaz, en proteger el poder adquisitivo de la moneda nacional debiera ser una apreciación fuera de discusión. Desde su fundación en 1935 hasta fines del 2013 la inflación equivalente anual fue de un chocante 55%. En promedio, Argentina ha vivido con una inflación del doble a la que los residentes han tenido que soportar en el 2013 que acaba de terminar. En estos 78 años, sólo en 23 ocasiones la inflación fue menor al 10%, en 17 menor al 5%, y un magro 11 veces menor a un 2% (sin contar los años de deflación por crisis y no buena administración monetaria.) En 1935 regía el Peso Moneda Nacional. Hoy, luego de seis cambios monetarios en los cuales se dejaron de lado trece ceros, rige un Peso devaluado sin perspectivas de mejora en el corto y mediano plazo. Argentina no posee un banco central meramente ineficiente, posee uno de los peores bancos centrales del mundo. Es este pobre desempeño, y no cuestiones culturales, lo que explica la parcial y desprolija dolarización actual de Argentina.

Sintomático del desinterés del gobierno de turno es agregar insulto al daño al bolsillo de los argentinos negando que la inflación sea un fenómeno monetario, publicando datos oficiales de inflación de muy dudosa credibilidad y reformando la Carta Orgánica del BCRA disminuyendo su responsabilidad institucional en esta materia. La historia monetaria argentina muestra, sin embargo, que sería un error creer que el desmanejo monetario es un problema propio del kirchnerismo. Este movimiento, ya en un ingrato ocaso, es una expresión más de lo peligroso que la dirigencia política Argentina ha sido para la economía de su propio país.

Dada la historia monetaria argentina, la delicada situación económica de los últimos años, y la falta de propuestas de fondo sobre los problemas institucionales, decidimos junto a Adrián Ravier escribir un borrador de reforma monetaria para Argentina que implica cerrar el BCRA y aplicar una dolarización flexible con banca libre. Nuestro documento, debemos aclarar, es poco más que una actualización de la propuesta que Steve Hanke y Kurt Schuler hiciesen para Argentina a fines de la década del noventa sumada alguna influencia del esquema de reforma monetaria de George Selgin para Estados Unidos. Creemos que rechazar un planteo como éste en base a que el BCRA puede hacer una política monetaria eficiente es una expresión de deseo con tenue sustento. Si bien en términos teóricos podemos imaginar un BCRA ideal, el BCRA real es muy distinto al que los argentinos se merecen. Aferrarse al Titanic monetario porque el Titanic es argentino puede ser muy loable para quien defienda el nacionalismo monetario, pero ciertamente es ineficiente en términos económicos y de crecimiento a largo plazo. Si bien es cierto que una reforma monetaria no es suficiente para corregir los problemas económicos y sociales de Argentina, la historia del BCRA sugiere que sí es una reforma necesaria.

Creemos que los problemas monetarios de Argentina no se agotan en una discusión de política monetaria, sino que requieren de una seria revisión a nivel institucional. Sin desconocer que todo esquema monetario posee limitantes, en esta propuesta buscamos desmitificar algunas de las críticas más comunes asociadas a una reforma con estas características esperando que motiven un debate político más amplio al actual. Un debate institucional serio debe cuestionarse premisas, sean éstas correctas o incorrectas. Si bien el documento que compartimos al final de esta nota ofrece una discusión más extensa y detallada, en esta columna sólo quiero referirme brevemente a tres aspectos que consideramos centrales: (1) dolarización flexible, (2) banca libre, y (3) el problema de soberanía monetaria.

Dolarización flexible

Por dolarización suele entenderse utilizar el dólar como moneda en lugar de una moneda nacional. Estrictamente hablando, una economía puede estar “dolarizada” y utilizar una moneda distinta al dólar como puede ser el euro, el real, etcétera. Por flexible queremos indicar que la propuesta no consiste en cambiar el monopolio del peso por el monopolio del dólar. El planteo consiste, en cambio, en dar libertad de elección a los individuos y empresas para que elijan qué moneda utilizar en lugar de que les sea impuesta por el Estado. Dada la demanda de dólares, es de esperar que el primer paso al salir del peso sea hacia el dólar. Pero no hay motivos por los cuales restringirle al mercado la posibilidad de migrar a otra moneda si así lo considera conveniente. En otras palabras, la propuesta sugiere pasar del monopolio del peso a la libre elección monetaria.

Es importante tener presente que existen casos de economías dolarizadas o atadas al dólar que no han caído en desgracia. Hong Kong es, posiblemente, el caso más llamativo. A pesar de lo disminuido de su geografía es una de las economía más competitivas a nivel mundial. Argentina, en cambio, posee recursos naturales y una gran variedad climática empero de lo cual no logra desarrollarse. En oposición a lo que algunos parecen considerar apropiado, la competitividad se obtiene con buena infraestructura, bajos impuestos, y un buen clima de negocios, no con un tipo de cambio devaluado disfrazado con el eufemismo de “tipo de cambio competitivo”. Si devaluando se ganase competitividad, Argentina sería una potencia económica mundial, y no un país con una industria temerosa de competir en igualdad de condiciones en el plano internacional.

Otro caso es el de Ecuador, país que no se caracteriza por una dirigencia política amigable al libre mercado. Ecuador dolarizó su economía en el 2000 y desde entonces ha tenido uno de los períodos monetarios de mayor estabilidad en su historia. Panamá es, también, otro del que no se puede decir que la dolarización haya dañado a su economía. De hecho, Panamá fue un país que a pesar de no tener un banco central, o quizás gracias a ello, se ha recuperado rápidamente de una crisis internacional tan severa como la del 2008. Si bien Argentina posee una economía mayor a la de los países arriba mencionados, su tamaño respecto a la economía de Estados Unidos es similar al de varios estados como Missouri, Connecticut, Louisina y Oregón. No se escuchan voces, sin embargo, sosteniendo que estos estados deben abandonar el dólar y emitir su propia moneda. No hay nada natural ni superior per se en tener una moneda nacional. La estabilidad y desarrollo económico dependen de un sistema monetario estable y confiable, sea éste nacional o no.

Banca libre

Por banca libre entendemos el permiso a los bancos de emitir sus propias notas convertibles contra el dólar o el dinero fiat que consideren apropiado. Esto, que si bien puede parecer una idea extrema en Argentina y que nada tiene que ver con el caso de bonos provinciales como lo fueron los Patacones, no sólo ha sido práctica común en la historia económica, sino que se encuentra hoy día presente en países con buen desarrollo económico como Irlanda, Escocia y Hong Kong. En Escocia, por ejemplo, se estima que el 90% de las notas en circulación son de emisión privada. Hoy dos motivos por los cuales éste es un aspecto cuya importancia no puede exagerarse.

En primer lugar, la emisión privada de notas convertibles contribuye a la estabilidad financiera del sistema al ser una fuente extra de ingresos que permite diversificar el riesgo. A su vez, la competencia del sector puede traducir estos ingresos en beneficios extra a los clientes a través de mejores tasas de interés, servicios, premios, etcétera. Es decir, el señoreaje de la emisión de dinero queda en Argentina en lugar de quedar en la Reserva Federal de Estados Unidos. La ganancia estimada de la emisión de notas privadas para Irlanda y Escocia en el 2005, por ejemplo, llega a un valor de 145$ millones de dólares. Estos ingresos se traducen en puestos de trabajo, inversión, estabilidad financiera, etcétera. En segundo lugar, la posibilidad de emitir notas convertibles contribuye a la estabilidad macroeconómica al dar mayor flexibilidad a la oferta de dinero ante cambios en la demanda de dinero. Los casos históricos comparados de banca libre como el canadiense y el escocés frente a los mal llamados “banca libre” en Estados Unidos e Inglaterra respectivamente muestran que dichos sistemas (Canadá y Escocia) son más eficientes y estables que aquellos donde existen regulaciones al sistema financiero (Estados Unidos e Inglaterra.) La Reserva Federal y la regulación financiera no pudieron evitar numerosas quiebras de bancos durante la Crisis del 30 en Estados Unidos, mientras que en Canadá, bajo un sistema competitivo y sin banco central, ningún banco debió cerrar sus puertas.

Nótese que esta propuesta no implica una multiplicidad de tipos de cambio o unidades de cuenta dado que cada banco emite su propia nota convertible contra la misma moneda, por ejemplo el dólar. Del mismo modo que puede haber cheques de distintos bancos contra pesos, las notas convertibles de los bancos serán contra otra unidad de cuenta como el dólar, el euro, o la que sea la moneda elegida por el mercado. Los precios de los inmuebles, por ejemplo, pueden estar nominados en dólares indistintamente de cual sea el banco a través del cual se realiza la transacción.

Vale hacer una aclaración más sobre el problema de estabilidad financiera. Es común escuchar decir que la crisis del 2008 muestra que la desregulación del sistema financiero termina en graves problemas económicos. Esta es una afirmación curiosa, dado que el sistema financiero no sólo es el mercado regulado, sino que depende de un monopolio estatal. La crisis del 2008 tuvo poco que ver con fuerzas de mercado y mucho que ver con errores de política monetaria y regulaciones gubernamentales. Es equívoco insistir con una crisis de libre mercado haciendo referencia al 2008 cuando aquella se desató en el mercado menos libre dependiente de monopolios estatales.

¿Soberanía monetaria?

Que la Argentina no debe renunciar a la soberanía monetaria es, quizás, el argumento más repetido contra una propuesta de estas características. Pero entendemos que esto es un mal uso del término soberanía y su uso agrega más confusión que claridad al debate. De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, soberanía nacional es la “que reside en el pueblo y se ejerce por medio de sus órganos constitucionales representativos”. Ninguno de los países dolarizados arriba mencionados son menos soberanos por elegir libremente usar una moneda como el dólar. Los países de la Zona Euro, por ejemplo, no han renunciado a su soberanía al adoptar el euro. Lo que nosotros proponemos es devolver la soberanía al pueblo reduciendo así la posibilidad de opresión monetaria por parte del Estado argentino. Pero dado el alto poder de destrucción monetario de la clase política Argentina creemos necesario que el BCRA cese sus funciones como emisor de moneda para evitar la tentación política de abusar de esta facultad; 78 años de historia Argentina muestran el débil poder de autocontrol de la política Argentina.

Creemos que es cuestionable una soberanía en la cual el que vive en suelo argentino está sometido a una inflación anual promedio del 55% donde incluso se le prohíbe atesorar en dólares o en la moneda que desee.En una república, como dice ser Argentina en su Constitución Nacional, es el pueblo, no el gobierno, quien ejerce su soberanía a través del Congreso. Limitar el poder de opresión monetaria del estado da más, no menos, soberanía al pueblo.

Reflexiones finales

De poco sirve discutir política económica y monetaria bajo un esquema institucional que impone incentivos contraproducentes a la clase política. Hablar de “planes”, “correcciones al modelo” o de “eficiencia de gestión” son expresiones vacías de propuestas institucionales concretas. Países como Venezuela o Argentina no van a adquirir el nivel desarrollo de países como Suiza, Inglaterra, Alemania o Canadá por mejorar la calidad de gestión; lo que estos países necesitan es mejorar sus instituciones.

Con Ravier esperamos que este documento contribuya a un debate mejor informando y con posiciones más abiertas que la miope visión que se deja ver en parte importante del debate político actual.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.