La Argentina está muy lejos de ser un país democratico

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 21/2/21 en: http://www.laprensa.com.ar/499328-La-Argentina-esta-muy-lejos-de-ser-un-pais-democratico.note.aspx

La palabra democracia implica muchas cosas; muchas más, de hecho, que no ser gobernados por militares. Casi cuarenta años después, los argentinos seguimos sin comprenderlo.

Ontológicamente, democracia es una palabra que denota al gobierno del pueblo. Implica, por tanto, no solo que el demos pueda elegir a sus gobernantes cada tanto tiempo, sino también, rotación en los cargos de poder y un sistema sencillo y diáfano para que cualquier ciudadano tenga chances reales de ser parte de esa rotación. Los sistemas de acceso a las magistraturas pueden, en tal sentido, ocultar autoritarismos dentro de democracias, en tanto y en cuanto la posibilidad real de cumplimentar los requisitos formales para postularse sean, como son en argentina hoy, una barrera férrea casi imposible de vencer.

De fondo, a su vez, e independientemente de los diversos sistemas electorales, una sociedad democrática es una sociedad de iguales frente a la ley. Es democrático por tanto todo aquello orientado a abolir derechos de sangre, linajes y prerrogativas ancestrales, y deja de serlo todo aquello que favorece la creación de una casta con privilegios. Es por eso, de hecho, que todas las acciones de discriminación positiva, a pesar de lo mucho que se discurse, se milite y se escriba al respecto, son difícilmente conciliables con verdaderos sistemas democráticos. Pero no profundizaré al respecto en este artículo.

El vacunagate ocurrido esta semana, no deja de ser una muestra más de que Argentina, por mucho que nos llenemos la boca con el término, está muy lejos de ser un país democrático. Sí, cada tanto se suceden elecciones; sí, cada tanto elegimos gobernantes, pero lo cierto es que independientemente de esa voluntad del demos que se manifiesta de vez en vez, en la práctica, existen ciudadanos de primera, de segunda y de tercera, y así como la vacuna estuvo disponible ipso facto para quienes tenían el teléfono del ex ministro de salud, otros tantos asuntos públicos se resuelven sin que medie la necesaria igualdad ante la ley. 

Nótese al mismo tiempo un detalle que no sorprenderá a ningún lector que conozca algo de historia del Siglo XX: tal como ha ocurrido en todos los países socialistas y comunistas, cuanto más se habla desde el poder político de igualar económicamente a la sociedad, cuanto más se trabaja para enfrentar cínicamente a ricos con pobres, más se recrea un establishment pétreo, privilegiado y antidemocrático, que se nutre de creciente concentración de poder y riqueza para sí y su entorno personal.

VERBITSKY Y EL PATA MEDINA

No sorprende entonces que la misma semana que Verbitsky admite haberse vacunado haciendo gala de su relación personal con el poder, también se hayan visto las obscenas imágenes de celebración del sindicalista de la UOCRA conocido como Pata Medina tras su liberación, coronadas con el aberrante latiguillo de «Soy peronista, quiero vivir mejor». Tampoco sorprende que días antes, gran parte del arco político oficialista haya pedido por la liberación de los supuestos presos políticos, Amado Boudou y Milagro Sala y tampoco sorprende que en las mismas horas, Sala, procesada en 15 causas judiciales, haya integrado junto a Alberto Rodríguez Saa, una de las fórmulas que pretendían gobernar el Partido Justicialista. Sí, todo lo anterior ocurrió también la misma semana que Hugo Moyano declaraba que su hija «se rompe el orto laburando para juntar manguito por manguito», mientras la justicia le hacía devolver a ésta casi medio millón de dólares en una causa por narcotráfico.

Hace muchos años un amigo me resumió Argentina como un país en donde los organizados tienen privilegios y los desorganizados (o los de a pie, en sus propias palabras) solo obligaciones y cargas. Tomábamos un café en un bar porteño, y con esa sabiduría de los que observan la realidad con atención, levantó un dedo y me señaló a un encargado que barría la vereda. Con el dedo aún en el aire, entonces me dijo: «Mirá, ese tipo gana por mes cuatro veces lo que se lleva un kiosquero que está 12 horas por día metido en un sucucho, pagando impuestos y cumpliendo regulaciones. Encima tiene vivienda garantizada, vacaciones y un montón de privilegios, ¿sabes por qué? Porque él está organizado en un sindicato que a su vez tiene contactos y negocios con el poder, el kiosquero no».

De aquella conversación han pasado más de diez años y, sin embargo, sus palabras me siguen resonando cada vez que se vuelve evidente que la Argentina está gobernada en la realidad, por un establishment decadente que cruza todo el arco político, sin distinciones de banderías. Un statu quo que vive de espaldas al sentido común del pueblo; que defiende causas absurdas como la provisión de tampones gratuitos en un país con 62% de niños pobres; que nos enrostra su obscena y mal ávida riqueza, que llama `presos políticos’ a delincuentes groseros, que intenta hacer sentir culpable a un jubilado si trata de escaparle a la inflación comprando dólares, o que llama oligarca a un tipo que se levanta a las cinco de la mañana para ganarse el pan, enfrentando las inclemencias que el campo siempre tiene preparadas.

FINAL DE EPOCA

 Me atrevo a decir, que Argentina transita un peligroso final de época en el que el absurdo se hace evidente, la paciencia se acaba y las diferencias entre ‘los organizados’ y ‘los de a pie’, se extreman. Tras más de una década sin real crecimiento económico, viajando estrepitosamente a niveles de pobreza e indigencia inusitados y recibiendo con vergüenza declaraciones como las de Edgar Chagwa, actual presidente de Zambia, que días atrás puso a nuestro país de ejemplo de aquello que la nación africana no quiere llegar a ser, la verdad de que por delante viene una crisis atroz, se vuelve ineludible.

 Churchill supo sintetizar con su «sangre, sudor y lágrimas» el espíritu de aquello que la sociedad británica estaba a punto de enfrentar. No me atrevo al intento de decir tanto, con tan poco. Pero sí puedo afirmar que los meses y años venideros serán un antes y un después para el que nuestra sociedad aún no está preparada y mientras el establishment se rie a las espaldas de los de a pie, éstos comienzan a adquirir lentamente una leve conciencia del problema; conciencia que derivará, más antes que después, en esa organización del sentido común que tanta falta le hace a nuestra querida patria.

 La taba está en el aire y ya comienza a caer.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

El ejemplo de Costa Rica

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 14/7/14 en: http://opinion.infobae.com/alejandro-tagliavini/2014/07/14/el-ejemplo-de-costa-rica/

 

Costa Rica, que no tiene ejército pero sí una selección de fútbol que sorprendió al mundo en Brasil, hoy está considerado el país con mayor “desarrollo social” de América Latina, con un PIB per cápita de US$ 11.156 anuales, entre Argentina (US$ 11.658) y Brasil (US$ 10264), y va por el buen camino: el contrario de la soberbia.

Sucede que el estatismo implica la coacción de “regulaciones” por parte de los políticos que, en su arrogancia, se creen con derecho y capaces de decidir vida y fortuna de los ciudadanos. En este sentido, es auspicioso que el presidente costarricense, Luis Guillermo Solís, un académico de izquierda que asumió el 8 de mayo, haya decretado la prohibición de incluir su nombre en placas de obras públicas porque éstas se erigen con “el aporte de todo el pueblo” y, además, no quiere que ver su retrato en las oficinas porque se considera un ciudadano más.

El presidente, además, ha dado muestras de sensatez, aun alejándose de ciertas tesis de su partido, como reconocer la importancia de la inversión extranjera y el libre comercio, aunque no parece dispuesto a un fuerte levantamiento de las “regulaciones” existentes. Por caso, desea reducir las tarifas eléctricas, de internet y de la gasolina, pero no termina de aceptar la eliminación de las leyes que otorgan monopolios al Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) y Recope, de modo de dar lugar a la competencia privada que abarate los precios.

Más grande la soberbia, más destruye. En Cuba, donde los Castro quieren decidir hasta lo que deben pensar las personas, el salario medio no llega a US$ 20 mensuales y la devastación no fue mayor gracias a la ayuda de países amigos, particularmente la ex URSS (tras su caída, el PBI isleño cayó en torno al 35% entre  los años 1991 y 1994 y el régimen debió abrirse al capital exterior). Pero la reciente ley de inversión extranjera sigue siendo muy restrictiva al punto que prohíbe a las empresas extranjeras contratar trabajadores de forma directa y asociarse con los emprendedores privados locales, unos 450.000 tras las reformas de 2011.

Otro caso interesante en América Latina es el de México, que logró la aprobación de la reforma en las telecomunicaciones bien intencionada aunque algo celosa. Efectivamente, si lo que se quiere es terminar con los monopolios y grupos dominantes deberían levantar las leyes que coactivamente, directa o indirectamente, dificultan la entrada de pequeños actores pero no crear un organismo burocrático, como el Instituto Federal de la Competencia, que exige al grupo que controla el 84% de la telefonía fija y el 70% de la móvil que comparta sus infraestructuras con la competencia, y a la mayor televisora del país, con el 60% del mercado, que ofrezca gratuitamente la señal a las televisiones de pago. ¿Quién es el burócrata para imponer su criterio sobre el mercado y las personas?

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Las coincidencias del Kremlin con los populismos latinoamericanos.

Por Ricardo Lopez Göttig: Publicado el 14/7/14 en: http://opinion.infobae.com/ricardo-lopez-gottig/2014/07/14/las-coincidencias-del-kremlin-con-los-populismos-latinoamericanos/

 

En busca del protagonismo mundial que su país perdió tras el desplome de la Unión Soviética, el presidente de la Federación de Rusia, Vladimir Putin, visitó la Argentina pocos meses después de que anexó por la fuerza a la península de Crimea y de seguir en conflicto con Ucrania. Lejos está de la prominencia que tuvo el zar Alejandro I, que se instaló en París para elegir al sucesor del emperador Napoleón en el trono de Francia; también está distante del pasado soviético reciente, que desde Stalin en adelante puso en vilo a la humanidad por su carrera atómica con Occidente.

El régimen de Putin, un ex agente de la desaparecida KGB, se sostiene por un férreo nacionalismo que sirve para legitimar un sistema político con fuertes connotaciones autoritarias y de fachada democrática, ya que se celebran elecciones en las que las fuerzas opositoras liberales apenas pueden hacerse oír. El actual mandamás del Kremlin es el beneficiario de la transición de hierro de Rusia, en el que la antigua nomenklatura se reconvirtió para seguir manipulando la economía y la política. Es la figura central de la política rusa desde que llegó a ser primer ministro en 1998, cuando Boris Yeltsin era presidente. Ocupó la primera magistratura desde el 2000 al 2008, hizo un enroque con Dmitri Medvedev como primer ministro del 2008 al 2012, y volvió a ser presidente de la Federación de Rusia desde entonces.

La presidente Cristina Fernández de Kirchner da una señal tan clara como equivocada hacia el mundo democrático, al invitar a la cena con Vladimir Putin a Nicolás Maduro y Evo Morales. Y es que Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua fueron países que votaron en contra de la resolución que rechazaba la anexión de Crimea y la desintegración territorial de Ucrania, aprobada por los representantes de cien naciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas en marzo de este año. Si bien la República Argentina se abstuvo, las expresiones públicas de la presidente Fernández de Kirchner fueron de simpatía hacia la posición de Putin.

Tras la fuerte presión que Putin ejerció sobre el entonces presidente ucraniano, Viktor Yanukóvich, para que no firmara el acuerdo de asociación con la Unión Europea, tratando a Ucrania como si fuese un país vasallo, despertó la ira de sus vecinos. A partir de la anexión de la península de Crimea y el apoyo a los rusoparlantes que viven en Ucrania, Putin ha salido en busca de nuevos socios en el mundo para afianzar su posición, virando hacia los regímenes autoritarios del Asia Central y la República Popular China. Con esos países tiene vínculos militares a través de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO), la Organización para la Cooperación de Shangai (SCO) y comerciales con la Unión Aduanera con Bielorrusia y Kazajistán. Los medios de comunicación en Rusia se han hecho eco de un discurso xenófobo y fuertemente hostil hacia Europa y los Estados Unidos, fomentando la sensación de aislamiento en la opinión pública.

La cultura y la ciencia rusas, tan ricas y geniales, no han dotado al gigante eslavo de gobernantes demócratas respetuosos del derecho. Los rusos de hoy, desprovistos de la ideología imperial zarista que heredaron de Bizancio y del marxismo en versión leninista, apoyan hoy mayoritariamente a Putin como el hombre fuerte que los volvió a instalar como una nación con presencia en el escenario mundial. Pero para ello necesita socios, aun cuando sean lejanos como los de América latina y sólo los una el rechazo hacia la esencia limitante del poder del constitucionalismo liberal. Aquí es donde entran en sintonía la autocracia de Putin y los populismos latinoamericanos, buscando crear lazos comerciales para prolongar el sustento material de sus regímenes, a la vez que ponen frenos al desarrollo de la sociedad civil, a la prensa independiente y al surgimiento de economías de mercado competitivas que no estén manipuladas por los amigos y cómplices del poder.

 

Ricardo López Göttig es Profesor y Doctor en Historia, egresado de la Universidad de Belgrano y de la Universidad Karlova de Praga (República Checa). Es Profesor titular de Teoría Social en la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

SOBRE LA OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 5/1/14 en: http://gzanotti.blogspot.com.es/2014/01/sobre-la-opcion-preferencial-por-los.html

(De mi art. “Reflexiones sobre una teología de la liberación “conflictiva”, 2007, Instituto Acton Argentina).
«…En primer lugar, la palabra «preferencial» excluye una opción «exclusiva». Implica, en cambio, una «tendencia hacia» o «prio­ridad». Esa prioridad tiene como principal fundamento la expre­sión evangélica que dice «no necesitan médico los sanos, sino los enfermos», lo cual abarca tres niveles. En primer lugar, todo ser humano necesita de la redención para liberarse del pecado original y alcanzar así la vida de la Gracia. Este nivel es el más típicamente católico, por su universalidad. O sea que la voluntad salvífica de Dios es universal, como se observa en 2, Corintios, 5, 15, y sobre todo en 1, Timoteo, 2, 4: «Él [Dios] quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad»[1]. En este sentido, hay una «opción preferencia! por el ser humano», en cuanto que todos los seres humanos son pobres, en cuanto que todos —excepto María— nacen con pecado original y por lo tanto calecen de la unión con Dios, y por lo tanto nece­sitan la redención. Por eso la Iglesia y su mensaje son para todos los seres humanos[2].
El segundo nivel es lo que podríamos llamar «la opción pre­ferencial por los pecadores», porque, siguiendo con el espíritu de la frase «no necesitan médico los sanos, sino los enfermos»[3], es por lo tanto necesaria una acción de prédica y caridad especial hacia aquellos que carecen de la Gracia de Dios, y son pobres en ese sentido. Por supuesto, quienes están en Gracia también necesitan atención, para que no la pierdan y la acrecienten, pero quienes no la tienen necesitan más atención (una atención «preferencial») dado que su situación es más grave. En este sentido hay «pobres» por todos lados, y la inclinación y atención especial al pecador (dada su necesidad de salvación) es una de las características más sobresalientes del catolicismo, y debería serlo, también, en la vida de todo  católico.
El tercer nivel consiste en los carenciados de bienes naturales de todo tipo: salud, educación, bienes materiales, libertades. De allí la atención especial a quienes están enfermos, o sufren perse­cuciones, o carecen de conocimientos. Muchas situaciones pueden darse aquí: desde lo que habitualmente llamamos la miseria material, hasta quienes sufren la pérdida de sus libertades. Véase, por ejemplo, lo dicho por Juan PabloII, cuando, justa­mente, explica, el auténtico sentido de la opción preferencial: «La Sede Apostólica, al mismo tiempo que por la misión especial a ella confiada participa de cerca en las experiencias de la Iglesia en las distintas partes del mundo, sabe que son muchas las formas de pobreza que padece el hombre contemporáneo y se siente moralmente obligada también con estas otras formas de pobreza. Junto a la pobreza contra la que se han pronunciado las Con­ferencias Episcopales de Medellín y Puebla y, en cierto sentido, frente a esta pobreza, existe la pobreza derivada de la privación de los bienes espirituales a que el hombre tiene derecho por naturaleza. ¿No es pobre el hombre sometido a regímenes tota­litarios que lo privan de las libertades fundamentales en que se expresa su dignidad de persona inteligente y responsable? ¿No es pobre el hombre vulnerado por otros semejantes suyos en relación interior con la verdad, en su conciencia, en sus convicciones más personales, en su fe religiosa? Esto lo he recordado en mis precedentes intervenciones, especialmente en la encíclica Redemptor Hominis (N. 17) y en el discurso pronun­ciado en el año 1979 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (NN. 14-20), al hablar de las violaciones perpetradas hoy en la esfera de los bienes espirituales del hombre. No existe sólo la pobreza que incide en el cuerpo; hay otra y más insidiosa que incide en la conciencia, violando el santuario más íntimo de la dignidad personal»[4].
Entonces se entiende mejor la expresión “pecado social”, tal como lo aclara Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica post-sinodial Reconciliatio et Paenitentia, de Juan Pablo II, sobre el tema del pecado y la reconciliación[5]. Dice allí Juan Pablo II: «El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisa­mente de un grupo o una comunidad. Este hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves fac­tores externos; así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su respon­sabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de Fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona hu­mana es libre. No se puede ignorar esta verdad con- el fin de descargar en realidades externas las estructuras, los sistemas, los demás— el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan aunque sea de modo tan negativo y desastroso— también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa»[6].
 
Después de estas palabras, el Papa aclara en qué sentido se puede hablar de «pecado social». Distingue tres sentidos. El primero, es que todo pecado personal repercute en lo social, dada la naturaleza social del hombre. El segundo, es que hay pecados personales que especial­mente perjudican al marco social. El Papa cita las violaciones a los derechos de la persona y al bien común. Y el tercer sentido está dado por las luchas entre diversas comunidades humanas. Aclara finalmente: «[…] si se habla de pecado social, aquí la expresión tiene un significado evidentemente analógico».
En este sentido, la economía de mercado no es una estructura de pecado. Tampoco es un “sistema”. El mercado es un orden espontáneo connatural al ser humano en permanente proceso de desarrollo. Como tal tiene defectos (no las “fallas de mercado») y es esencialmente perfectible. Lo que sí es una estructura de pecado es el totalitarismo, y los diversos autoritarismos, que, sumados a estructuras que intrínsecamente desalientan el ahorro y la formación de capital, producen la injusticia terrible de incontables seres humanos “viviendo” en la miseria, la desnutrición, el hacinamiento, el desempleo, etc. Sugiero este cambio de enfoque a todos los preocupados por una verdadera teología de la liberación.

 


[1] Véase Ott, L., op. cit., pp. 298 y 366.
[2] María también fue redimida por la Gracia de Cristo, en cuanto que fue preservada del pecado original (que hubiera tenido  que contraer) por una especial intervención divina. La causa meritoria de esta inmaculada concep­ción son los merecimientos salvadores de Cristo (véase Ott, p. 315).
[3] Evangelio de San Marcos, cap. 2, 4.
[4] Véase «L’Osservatore Romano», año XVI, N° 53  (835), del 30/12/84.

[5] En:   «L’Osservatore Romano», año XVI,  Np  51   (833),  del   16/12/84.
[6] Op. cit., punto 16; la cursiva es nuestra.

 

 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

LA INMISERICORDE CRUELDAD DE LAS FRONTERAS NACIONALES

Por Gabriel J. Zanott. Publicado el 3/2/13 en http://www.gzanotti.blogspot.com.ar/

INSISTAMOS:

 «… la crisis internacional del 2008 ha implicado en los EEUU una casi estatización masiva del mercado de capitales, cuando es la propia Reserva Federal la que causó y causa las crisis (1), y han recrudecido en Latinoamérica, antes y después de la crisis, los llamados socialismos del s. XXI. Ante estas circunstancias, no sólo basta recordar la necesidad de las inversiones para la disminución de la pobreza, sino también las condiciones de libertad de entrada al mercado, sobre todo en un mundo supuestamente globalizado pero sin embargo cerrado. Hablamos de solidaridad internacional focalizando nuestra atención en organismos tales como Fondo Monetario y Banco Mundial, pero dichos organismos, al trabajar directamente con los gobiernos, son parte del problema. La cuestión es la libre entrada de personas y de capitales. Ello sí se corresponde coherentemente –aunque no decimos sea la única solución- con la sensibilidad cristiana al emigrante, al refugiado, a los terribles sufrimientos de millones y millones de personas que huyen desplazados por espantosas guerras, genocidios y condiciones infrahumanas de vida. La atención de esas personas, ¿no tiene que ver con la caridad social? Entonces hagamos propuestas posibles y realistas. No parece realista que proclamemos nuestra caridad para con el inmigrante y al mismo tiempo cerremos nuestras fronteras. Pero la libre entrada y salida de capitales y de personas no es una autoinmolación de la propia región. El libre comercio internacional no es un juego de suma cero o negativo, es un sistema donde cada persona, aportando libremente su trabajo al mercado, en igualdad ante la ley y sin los privilegios del estado asistencial, aumenta el nivel de vida de todos, porque toda acción en el mercado, en esas condiciones, es una inversión. Vengo de un país que es prácticamente un desierto de aproximadamente unos 3.700.000 km cuadrados. ¿No sería un acto de verdadera caridad que millones de seres sufrientes encuentren refugio en esa tierra? Pero no, permanece cerrada incluso para sus propios habitantes, porque la opinión pública de gobernantes y gobernados cree que la economía es como una torta fija de recursos que si aumenta para uno disminuye para otro. Pero ello no es así en un mercado abierto a la creatividad de las inversiones en igualdad ante la ley. Por ende, una magnífica oportunidad de conjugar la caridad con la escasez, el don con el mercado, sería decir: vengan, esta es su tierra con sólo pisarla y trabajar, sin privilegios, sin subsidios, en igualdad de condiciones con los demás. ¿No resuena en nuestros oídos que “…no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» [2]? Pues bien, ¿no sería una traslación, aunque opinable, de ese espíritu a nuestro orden social, abrir las fronteras en un libre mercado? Hago estas preguntas porque si hablamos de caridad, y la queremos aplicar al orden social, los laicos debemos ser críticos de las estructuras existentes y valientes en nuestras propuestas concretas, aunque conscientes, por supuesto, que nada de lo que propongamos se deriva directamente del depositum fidei. Pero sí, de nuestra sensibilidad cristiana. Millones y millones de seres humanos luchan por sobrevivir en condiciones infrahumanas en regiones destruidas por guerras y autoritarismos de diversas especies. Sabemos de ello pero parece que nada podemos hacer, excepto recurrir a complicados esquemas de ayuda internacional a través de organismos estatistas como los nombrados que parecen eximirnos de nuestra responsabilidad personal para caer en nuevas formas de racionalidad instrumental, mientras se siguen fomentando las ideas de estado-nación y odio al extranjero. Pero no, ya no debe haber extranjero. La mirada al otro en tanto otro, la mirada al otro desde el buen samaritano, implica que el otro es ante todo un ser humano que requiere nuestra mirada de igual a igual. “Para el cristiano –dice Edith Stein- no hay personas extrañas”(3). Pues bien, aunque la intensidad de la caridad de esas palabras no se pueda plasmar en las limitaciones de la ley humana(4), al menos sí podemos hacer que esta última borre las diferencias de fronteras y borre también las nuevas marginaciones y esclavitudes que producen un papel con el sello de “extranjero” colocado por la racionalidad instrumental de los estados-nación.»

(1) Ver la teoría austríaca del ciclo económico, fundamentalmente en Mises, L. von: The Theory of Money and Credit (1912), Liberty Fund, 1981, y La Acción Humana, (1949), Sopec, Madrid, 1968, caps. XX y XXXI.

(2) Ga 3, 28.
(3) Citado por Theresa a Matre Dei en su libro Edith Stein, En busca de Dios, Verbo Divino, Pamplona, 1994, p. 224.
(4) Nos referimos a estas palabras de Santo Tomás: “. . . la ley humana se establece para una multitud de hombres, en la cual la mayor parte no son hombres perfectos en la virtud. Y  así, la ley humana no prohíbe todos los vicios, de los que se abstiene un hombre virtuoso; sino sólo se prohíben los más graves, de los cuales es más posible abstenerse a la mayor parte de los hombres, especialmente aquellas cosas que son  para el  perjuicio de los demás, sin cuya prohibición la sociedad no se podría conservar como son los homicidios, hurtos, y otros vicios semejantes” (I-II, Q. 96, a. 2).

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.