Extraño dictador benévolo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 9/12/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/extrano-dictador-benevolo/

 

Escribe Randall G. Holcombe: “Cuando falla la mano invisible del mercado, las recomendaciones de política económica típicamente no van más allá de asesorar que la mano visible del Estado mueva la economía hacia un resultado óptimo, sin analizar en detalle si la acción política puede conseguir ese resultado o si los actores del sector público tienen los incentivos para implementarlo. El Estado es modelado como si fuera un dictador benevolente omnisciente. Pero para que la política económica sea relevante hay que derribar a este dictador. El Estado en los países contemporáneos occidentales ni es omnisciente ni es benevolente ni es dictatorial” (“Make Economics Policy Relevant: Depose the Omniscient Benevolent Dictator”, The Independent Review, otoño 2012 http://goo.gl/nmvyEl).

Así, mientras que hay una larga tradición de análisis de los fallos del mercado, se produce paralelamente otro fallo, que podríamos llamar el problema del planificador, a saber: cómo pasar de la asignación imperfecta de los recursos en el mundo real a un resultado lógico y matemático eficiente y óptimo. Lo habitual es que no se pueda dar ese paso, entre otras razones porque la información necesaria para corregir los fallos del mercado no está disponible. Por ejemplo, si se trata de conseguir un sistema fiscal óptimo, Ramsey sugirió que se deberían gravar los bienes en proporción inversa a la elasticidad de su demanda. Es decir, si hay bienes cuya demanda es tal que no reacciona acusadamente ante cambios en los precios (inelástica), entonces deben ser gravados más que los demás. Pero, como apunta Holcombe, la elasticidad de la demanda casi nunca es observable “ex ante”, con lo que la regla de Ramsey es algo que sólo podría aplicar correctamente un gobierno omnisciente.

Ese gobierno sería por definición benévolo, puesto que pretendería corregir nuestros defectos en tanto que personas libres, y también dictatorial, porque si sabe lo que nos conviene, y sólo anhela nuestro bien ¿por qué no va a imponer sus recetas?

Se acumulan, pues, los problemas. Nada permite concluir que los gobernantes sean menos ignorantes que sus súbditos. Y tampoco que sean particularmente más benévolos. Habrá que concluir, con Buchanan, que en el sector público operan conductas e incentivos parecidos a los del sector privado. En cuanto a los fallos, no parece que sean sustancialmente menores en los gobernantes que en los gobernados.

Además, el poder no es dictatorial sino democrático, no en el sentido de que respete la libertad sino que la viola conforme a determinados criterios de acceso a y ejercicio de la autoridad. Se plantean numerosos problemas técnicos, desde la agregación de las preferencias de los ciudadanos hasta la lógica de los grupos de presión, que llevan a resultados no deseados. Típicamente, por ejemplo, los ciudadanos no quieren pagar más impuestos, pero terminan, en los sistemas democráticos que supuestamente reflejan sus deseos, pagando cada vez más.

Si se baja de la fantasía a la realidad de gobiernos democráticos, no benévolos ni omniscientes, cabe sospechar que sus limitaciones deberían conducir a un respeto mayor por las libertades y derechos de los ciudadanos. Un obstáculo a su reconocimiento son los mismos economistas paternalistas que creen que están en posición de decirle al poder lo que debe hacer, por nuestro bien.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Y un día desapareció de su casa….

Por Gabriela Pousa: Publicado el 12/9/14 en: http://www.perspectivaspoliticas.info/fulana-desaparecio-de-su-casa/

 

Posiblemente muchos crean que estas líneas distan de contemplar la situación política de la Argentina. Sin embargo, quizás sea esta la causa verdadera que explique por qué estamos como estamos. Me refiero a la familia.

El debate sobre educación que se entabló esta semana sin sustento racional y con mero interés electoral, sumado a la noticia de la desaparición de una adolescente el día que cumplía 17 años, retrotrae inexorablemente a la célula madre de la sociedad más que a cualquier otra organización, policía, sindicato o funcionario.

Este ausentarse los menores de sus viviendas así como el reprobar materias que existió siempre pero de golpe, de la noche a la mañana, “estigmatiza” alude en forma directa a la familia. Más que preguntarse si la sociedad margina, o si hay o no efectividad en las búsquedas, o si acaso es lenta la justicia cabe indagar qué sucede en las casas para que los chicos decidan abandonarlas.

No se trata de juzgar ni de hacer leña del árbol caído, pero escuchar una crónica periodística hablando de una adolescente y mostrándola perdida a la salida de un boliche el mismo día de su cumpleaños me lleva a preguntar por qué esa fecha no se estaba celebrando en familia. No se trata de antigüedad ni de modernidades, tampoco de hábitos o costumbres que mutaron a lo largo de los años.

Como sucede en la mía, conozco un sinfín de familias donde todavía tiene peso la autoridad y no por ello son nichos represivos o autoritarios. La libertad se vive desde la aceptación de derechos y obligaciones, de responsabilidades intrínsecas y de estructuras que han sido así desde tiempos inmemoriales.

Hoy el diálogo familiar se canjea por un “hacé lo que quieras“. Los padres no tienen ganas de educar, ¿cómo la tendrían los docentes pues? El hartazgo cotidiano que provoca vivir en un país sin orden, sin normas básicas y sin reglas de juego fijas penetra en los hogares, y formar a los hijos conlleva entonces un trabajo demasiado pesado. Vivimos cansados aunque no sepamos bien por qué, y ese cansancio coopera y es aliado del desinterés, el hastío en lo familiar.

Los chicos pasan a ser “grandes” antes de tiempo, la adolescencia se extiende más allá de los treinta dicen los estudios pero dejamos que a los 14 o 15 años ya decidan por su cuenta. No se pide permiso, en el mejor de los casos se avisa cuando el programa ya fue armado por amigos, conocidos o incluso contactos ignotos que surgen de las nuevas tecnologías.

Se cree o se prefiere creer que ejercer cierto control e interesarse por la rutina de los hijos es una intromisión a la vida privada de los mismos. Los padres no son propietarios de sus vástagos, es verdad pero sí son los responsables y quienes deben velar por su integridad. Ello implica primero y principal: estar. Y estar no es sólo la presencia en el hogar, es la demostración fáctica del interés en el bienestar de los chicos. Hoy, tristemente, un mensaje de whatsapp reemplaza el diálogo y va cercenando los vínculos.

En un lenguaje mínimo y con símbolos extraños, los adolescentes avisan que llegarán tarde, aunque ese “tarde” sea en rigor, temprano. Las drogas y el alcohol son tema aparte, pero en muchos casos suplantan el vacío que la destrucción familiar provoca en los chicos. Hay más preocupación por el matrimonio igualitario y las uniones de homosexuales que por las implicancias inherentes al vínculo que se traza y a la descendencia creada.

Hace tiempo, Bernardo Neustadt era cuestionado por pararse frente a cámaras y preguntar a la audiencia “¿Usted sabe qué está haciendo su hijo ahora?” Molestaba, siempre molesta un llamado a la conciencia. Si esa pregunta se hiciera ahora, directamente sería tildada de “fascista”, y amparados en falsos derechos humanos, los chicos saldrían a demandar un control excesivo fruto de una generación que creció con las dictaduras.

Es como si la democracia habilitara la barbarie y el descontrol. La libertad fue confundida con libertinaje. “Los hijos son hijos de la vida...” Mentira. Los hijos son responsabilidad de sus padres hasta la mayoría de edad mínimo. Si la base de la pirámide social tuviese férreos andamiajes, si la palabra no hubiera perdido sentido, si las jerarquías no se hubieran destruido apelando a un fatuo orden democrático válido para la vida de una Nación y no de los niños, otro sería el destino de los chicos No habría siquiera que plantearse demasiado el sistema educativo porque las escuelas serían el hábitat del aprendizaje y no la guardería donde los chicos desayunan, almuerzan, juegan.

Pero el orden y la autoridad se han hecho añicos, ahora prima la rebeldía que incluso la Presidente fomenta llamando a la militancia, subsidiando ni-ni, ahora cuenta la “personalidad” entendida como coraje para no escuchar y hacer lo que se quiera. Ese es el “vivo” del grupo o de la escuela. Las consecuencias están a la vista. Es una pena.

Si las familias fuesen lo que debieran, es decir vínculos, lazos estrechos donde cada uno tiene su rol inamovible y se actúa acorde a ellos, la realidad social y política serían distintas. Porque entonces la formación de los jóvenes emanaría de ese núcleo y estaría sustentada en afectos y no en rebeldías. Pero la desidia y la apatía que caracteriza a la sociedad frente al atropello político es la misma que reina en el seno de las familias.

El individualismo que rige el actuar de los argentinos es el mismo que se impone en los hogares. Igual pasa con el “sálvese quién pueda“. Y en esto nada tienen que ver las clases sociales. Por el contrario, la abulia que mata el lei motiv de la familia se ve en la opulencia y en la miseria.

La pretensión de igualdad que el poder de turno pretende instalar desvirtúa hasta las raíces de la sociedad. Y así estamos, observando como cada vez más padres entierran a sus hijos, y las redes sociales se llenan de fotos de chicos desaparecidos. Si nos sinceramos, se verá que no se fueron por sí mismos sino echados – explícita o implícitamente -, por padres cuyas prioridades se han trastocado, y cuyos roles han mutado negativamente, porque ahora la moda es “ser amigos”. Una moda que está sepultando menores de edad cada vez más seguido.

 

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.

Al mundo le bastaria con ser coherente

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 18/9/13 en: http://www.atlas.org.ar/index.php?m=art&s=286 

Solucionar los problemas del mundo es sencillo, bastaría con ser coherentes, sobretodo ejerciendo la virtud moral de la humildad para aceptar aquellas ideas que van contra nuestros intereses creados, y la sencillez para ver lo que la realidad, y el sentido común, nos muestra aunque sea contra nuestras ideas pre concebidas. Siendo que  la moral no es un ridículo listado de normas represivas dictadas por alguna “autoridad competente”, sino la adecuación del hombre a la naturaleza, al orden del cosmos, al orden natural, como ya lo sabían los griegos. Así, todo lo que es “pecado” (inmoral)  es delito y, la inversa, aquello que no es “pecado” no es delito sencillamente porque la ley moral y la natural coinciden.

Hoy la mayor incoherencia se da en la idea de violencia, sobre la que se basa la idea de “autoridad”. Un intelectual católico me aseguraba que podía “explicar las relaciones del poder político legítimo con la coacción y el uso de la fuerza, que no es violencia”. El “uso de la fuerza” y la violencia serían cosas distintas. Insólito y, por cierto, desmentido por la filosofía “clásica”, griega y escolástica. Santo Tomás de Aquino copia de Aristóteles que “La violencia se opone directamente a lo voluntario como también a lo natural, por cuanto es común a lo voluntario y a lo natural el que uno y otro vengan de un principio intrínseco, y lo violento emana de principio extrínseco”, en la Suma de Teología, I-II, q. 6, a. 5.

Así, Etienne Gilson asegura, en el Capítulo VIII de la Segunda Parte de “El Tomismo”, que para el Aquinate “Lo natural y lo violento se excluyen… “. Para redondear recordemos que Aristóteles en ‘La Gran Moral’ (I, XIII) señala que “… por ejemplo, se puede obligar a un caballo a que se separe de la línea recta por donde corre, haciéndole que cambie la dirección… Y así, siempre que fuera de los seres existe una causa que los obliga a ejecutar lo que contraría su naturaleza o su voluntad, se dice que estos seres hacen por fuerza lo que hacen… Esta será, pues, para nosotros la definición de la violencia y de la coacción: hay violencia siempre que la causa que obliga a los seres a hacer lo que hacen es exterior a ellos; y no hay violencia desde el momento que la causa es interior y que está en los seres mismos que obran”.

O sea, hacer una distinción entre “uso de la fuerza” y violencia es una burda incoherencia y, si es católico, además desdice a la más profunda teología cristiana que reafirma la Infinita Misericordia de Dios, esto es, que Dios perdona absolutamente y a ninguna falta penaliza ni memoriza. Esto termina con la idea del “uso de la fuerza” (la violencia) como castigo y queda por analizarla en el caso de prevención delictiva. Solo el hecho de que esto supone prejuzgar ya invalida el argumento, pero suponiendo que el prejuzgar la comisión de un delito fuera “justo” o necesario, “el fin no justifica”  los medios, no puede cometerse un acto inmoral (la violencia) para evitar otro.

Se dirá que un mundo así de coherente sería utópico, pues no lo sería porque hasta en los casos de defensa propia y urgente los métodos no violentos son los eficaces. Por el contrario la “autoridad” que se basa en el “uso de la fuerza” siempre destruye, como toda violencia, y por esto y no por otra cosa cuanto más estatista (cuanto más se abusa del monopolio estatal de la violencia para imponer “autoridad”) más destruido y pobre queda cualquier país.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Futuro demorado

Por Gabriela Pousa. Publicado el 27/8/13 en: http://economiaparatodos.net/futuro-demorado/

Uno de los principales problemas que acechan a la Argentina actual radica en la dicotomía entre temas urgentes y temas importantes. Muy pocas veces ambos coinciden, y la necesidad de resolver coyunturas demora fatalmente la solución de asuntos que pudieran cambiar algo más que furtivas situaciones económicas o políticas.

Se vive en un permanente “hoy para mañana” como si el mundo o el país tuviese fecha de vencimiento. Se ha convertido a la Argentina en un producto de consumo. Allí está pues, en la góndola, listo para ser propiedad del primero que lo lleve hacia la caja registradora.

En esa carrera se anotan personajes harto conocidos cuyo principal inconveniente radica en ser apenas eslabones de la cadena que nos sujeta a vivir en un perenne ahora sin poder vislumbrar un horizonte futuro.

A conciencia, nadie se atrevería a asegurar con convicción férrea que un Daniel Scioli, o un Sergio Massa por mencionar un par apenas, sean grandes estadistas capaces de redimir los males que afectan a la Argentina. Sin embargo, todo gira en torno a ellos. Se han situado en el escenario como protagonistas.

Detrás, elenco y actores secundarios se reparten el libreto sin importarles en demasía si están capacitados o no para representar los roles que el guión impone. En definitiva, saben que no son ni serán más que marionetas de un gran titiritero.

Para comprobar esto, alcanza con recordar los nombres que pasaran por el Ministerio de Economía, y así deducir luego que el problema de los números, como el resto de los problemas, encuentra siempre un denominador común: la titular del Ejecutivo. No fueron ni Felisa Micelli, ni Miguel Peirano, ni Martín Lousteau, ni Carlos Fernández, ni Amado Boudou ni mucho menos Hernán Lorenzino los responsables de la debacle de las cuentas que hoy no cierran.

Cada uno a su manera pudo haber contribuido al descalabro monetario, pero quién manejó desde el vamos la economía del país como si se tratase de un banco instituido sólo para financiar negocios propios fue Kirchner. Néstor primero, Cristina luego.

De allí que creer que algún furtivo enroque de ministros o incluso que la salida de alguno de ellos será solución al derrotero que enfrenta el gobierno, es tan ingenuo como creer que no hay diferencia entre Sidney y el conurbano, o entre Quebec y Río Gallegos…

Estas nimiedades aportan únicamente al cortoplacismo que se ha establecido como límite al sueño de los argentinos.

Posiblemente, una gran mayoría suponga que el cepo al dólar es el verdadero mal de este periodo, sin embargo, lo realmente grave va mucho más allá de un billete extranjero. Aquello que explica la decadencia argentina es como todo lo esencial a lo cual Saint Exupery – a través de El Principito -, le otorgó una cualidad muy peculiar: la invisibilidad. Y es verdad. Lo esencial que debe modificarse en la Argentina parece no percibirse a simple vista.

Restablecer la escala de valores, recomponer la pirámide social, respetar la autoridad, priorizar la educación, y volver a categorizar las jerarquías son asignaturas pendientes que se saben o deberían saberse indispensables para pensar una Argentina realmente distinta. De lo contrario, lo que vaya a cambiar tras un comicio será meramente el decorado. Nada de ello, sin embargo, está siendo demandado por los argentinos.

Ahora bien, ¿en qué estamos? Estamos sumidos en una interna política peronista donde el gobernador de Buenos Aires se ofrece como garante de la institucionalidad, y el intendente de Tigre hace lo propio como paladín del diálogo. Ambos coinciden en algo: la moderación. Saben que la paciencia ciudadana para soportar la confrontación fútil y cotidiana es la que está diciendo basta.

Sin embargo, mantener la “cordialidad” que ostentan hoy les será dificultoso cuando observen que de heredar, heredarán un país arrasado donde el ajuste no será una opción sino algo obligado.

Mientras tanto, la ciudadanía sigue compulsivamente cegada en su perspectiva, imposibilitada de ver más allá de la puja electoralista. Viviremos dos años no como una etapa final de mandato sino como una sumatoria de “ahoras” que nos mantendrán “distraídos” de escándalo en escándalo.

Los funcionarios seguirán compitiendo por ver quien es el más original a la hora de hacer el ridículo, la Presidente oscilará entre la acusación falsa, la denuncia de complots y sus realidades inventadas, tratando de mostrarse como lo que ya no es: una mandataria fuerte aún cuando un dato no puede ser menospreciado: sigue detentando el poder.

En consecuencia, cabe advertir que la capacidad de daño sigue estando a la orden del día. Cristina siempre entendió la política desde una visión belicista. Creó enemigos que no existían, dividió la sociedad como hace mucho tiempo no sucedía. Perdió las internas,

Perderá las legislativas, para ella no son derrotas definitivas sino batallas de una guerra más decisiva. La debilidad, lamentablemente, potencia la violencia.

En ese trance, en lugar de observar el surgimiento de verdaderas alternativas, veremos al gobierno acallando voces y redoblando afrentas. Presiones, aprietes y descalificaciones será en lo sucesivo la política de Estado del kirchnerismo.

Mientras eso suceda, apenas 24 ó 48 horas será el plazo de cualquier expectativa. El cepo al porvenir es el que más lastima. Borges acertaba en su sentencia: “El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer.”

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.

Argentina: La mentalidad autoritaria

Por Gabriel Boragina. Publicado el 23/6/13 en http://www.hacer.org/latam/?p=28667

Normalmente –en la terminología política- se suele designar autoritarismo a una forma de gobierno, cuya característica distintiva es la manera en que se ejerce el poder que detenta. Pero, a veces, es interesante detenerse a indagar cuáles son las causas profundas que subyacen en los modos autoritarios de ejercer el poder, raíces que arraigan y hasta trascienden lo meramente político, que es el lado habitual desde el cual se suele abordar el tema por la mayor parte de los autores. En materia de autoritarismo, lo político es una mera derivación de lo filosófico, como nos da a entender K. R. Popper con las siguientes palabras:

“El hombre puede conocer; por lo tanto, puede ser libre. Tal es la fórmula que explica el vínculo entre el optimismo epistemológico y las ideas del liberalismo.

Al vínculo mencionado se contrapone el vínculo opuesto. El escepticismo hacia el poder de la razón humana, hacia el poder del hombre para discernir la verdad, está casi invariablemente ligado con la desconfianza hacia el hombre. Así, el pesimismo epistemológico se vincula, históricamente, con una doctrina que proclama la depravación humana y tiende a exigir el establecimiento de tradiciones poderosas y a la consolidación de una autoridad fuerte que salve al hombre de su locura y su perversidad. (Puede encontrarse un notable esbozo de esta teoría del autoritarismo y una descripción de la carga que sobrellevan quienes poseen autoridad en la historia del Gran Inquisidor de Los Hermanos Karamazov, de Dostoievsky.)” [1]

Es por esta razón que el autoritarismo ha de negar forzosamente la libertad, pero con la advertencia que esa negación no es consistente, por cuanto lo que el autoritario niega es todas las libertades ajenas, menos la suya propia. Pero no se detiene ahí, porque la negación de la libertad de los demás implica necesariamente en quien lo hace el paso siguiente de imponer su autoridad por sobre todos esos demás, de quienes se niega que sean o puedan ser libres. Quien dice que el hombre no es libre se contradice a sí mismo, (por cuanto para ser coherente debería negar su propia libertad) en la medida que pretenda dirigir a otros. Si, por el contrario, afirma de todos (inclusive de sí mismo) la inexistencia de libertad, se trata simplemente de una mentalidad esclavista (el reconocerse no-libre involucra necesariamente admitirse esclavo).

Sigue K. R. Popper así:

“Pero la teoría de que la verdad es manifiesta no sólo engendra fanáticos —hombres poseídos por la convicción de que todos aquellos que no ven la verdad manifiesta deben de estar poseídos por el demonio—, sino que también conduce, aunque quizás menos directamente que una epistemología pesimista, al autoritarismo. Esto se debe, simplemente, a que la verdad no es manifiesta, por lo general. La verdad presuntamente manifiesta, por lo tanto, necesita de manera constante, no sólo interpretación y afirmación, sino también re-interpretación y re-afirmación. Se requiere una autoridad que proclame y establezca, casi día a día, cuál va a ser la verdad manifiesta, y puede llegar a hacerlo arbitraria y cínicamente. Así muchos epistemólogos desengañados abandonarán su propio optimismo anterior y construirán una resplandeciente teoría autoritaria sobre la base de una epistemología pesimista. Creo que el más grande de los epistemólogos, Platón, ejemplifica esta trágica evolución.”[2]

Precisamente esto se observa en el campo de la política por doquier. Los políticos que aspiran al poder, proclaman en discursos y entrevistas, ser más o menos poseedores y detentadores de esa “verdad manifiesta”. Mientras hablan de “consensuar”, en los hechos y una vez posesos ya del poder, sólo se los observa imponer a troche y moche. Su límite estará dado exclusivamente por aquellos a quienes tales políticos (ya en función de gobierno), intentan someter a cualquier costa. Ejemplo vivo de esta última actitud la encontramos en los populismos latinoamericanos de los Kirchner en la Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo chavista venezolano, movimientos todos estos que guardan -en lo esencial- una indisimulable similar vocación autoritaria.

A pesar de que estos autócratas –como muchos otros antes que ellos en la historia, tales como sus inspiradores, Hitler, Mussolini y Stalin- invocarán la “autoridad” que les confiere “el pueblo”, no obstante ello, sus actos demuestran día a día que esa “autoridad” que presuntamente declaman haberles sido “delegada”, en rigor se la están auto-atribuyendo ellos mismos. Y aunque esa “delegación” fuere cierta en un primer momento, sus largas permanencias -a cualquier precio- en la cima del poder, indican a las claras, tanto su falta de legitimidad como su ausencia de autoridad, porque ningún ciudadano confiere autoridad para ser atropellado en sus derechos ni para que se restinga su libertad, salvo, claro está, que nos encontremos frente al caso de un pueblo exclusivamente compuesto por serviles esclavos.

Por otra parte, resulta muy ilustrativo recordar la etimología del término, aspecto sobre el cual nos instruye el Dr. Alberto Benegas Lynch (h) de esta manera al referirse a los “derechistas”:

“Por último, tienen una idea autoritaria de lo que significa la autoridad, palabra esta última que según el diccionario etimológico deriva de autor, de creador, con la consiguiente connotación de peso moral, es decir, en este contexto, la autoridad no puede escindirse de la conducta no importa la investidura ni la profesión de quien la detente. En este sentido, el autoritarismo es una degeneración de autoridad. El uso de la fuerza de carácter ofensivo siempre mina la supuesta autoridad de quien la ejerce. En este sentido, como queda dicho, es deber del ciudadano libre el renegar de “autoridades” que se conducen como sátrapas, sea cual sea la posición que ocupen en la sociedad”[3]

Según este enfoque –que compartimos- el autoritarismo sería simplemente el término que sirve para definir el uso de la fuerza de carácter ofensivo, y quien recurre al empleo de esta fuerza ofensiva carece -desde ese mismo momento- de cualquier clase de autoridad.

Notas:

[1] Karl R. Popper. Conjeturas y refutaciones El desarrollo del conocimiento científico. Edición revisada y ampliada – ediciones PAIDOS Barcelona-Buenos Aires-México. pág. 26

[2] K. R. Popper, ob. Cit, pág. 30

[3] Alberto Benegas Lynch (h) “La caja, las normas y la autoridad”. Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 29 de diciembre 2011

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.