La iglesia católica avanza en una ardua negociación con China

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 12/1/17 en: 

 

La iglesia católica y los líderes comunistas de la República Popular China no se han llevado demasiado bien a lo largo de las últimas décadas. Por ello, por instrucciones expresas del papa Francisco se está negociando activamente un acuerdo de reconciliación entre el Vaticano y las autoridades chinas que, de pronto, podría cambiar esa relación caracterizada esencialmente hasta hoy por la existencia de una mutua actitud de desconfianza.

Esa trabajosa conversación bilateral, como cabía suponer, tiene hoy sus defensores y también sus fuertes detractores. En ella, de alguna manera se pone en juego la autonomía con la que normalmente la Iglesia Católica maneja aquellas cuestiones esenciales que tienen que ver con su propia vida y con su funcionamiento interno.

Las negociaciones en curso están bajo la órbita específica del Cardenal Pietro Parolin, el mismo diplomático del Vaticano que hoy trata de encarrilar, sin demasiado éxito, el diálogo abierto entre el gobierno del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y los dirigentes de la oposición formalmente unificada.

Las rispideces de China con la iglesia católica comenzaron temprano. En rigor, en 1949 cuando, muy poco después de que los marxistas se hicieran del poder en China, decidieran expulsar a todos los misioneros católicos que allí se desempeñaban. Por considerarlos como meros instrumentos de los países de Occidente. Por ello, además, se dispuso entonces que los católicos deben profesar su fe bajo la tutela inmediata del Estado.

Las relaciones diplomáticas de China con el Vaticano han estado efectivamente interrumpidas desde el año 1951.

Hay en China unos doce millones de católicos, se supone. De ellos, más de dos terceras partes operan envueltos en una suerte de discreta clandestinidad en la que profesan su culto. Esto atento a que han preferido mantener siempre lealtad incondicional hacia Roma y, en consecuencia, no someterse a control formal alguno por parte del Estado chino. Muchos, descubiertos que fueron por las autoridades chinas, sufrieron por esa razón persecuciones y algunos hasta fueron encarcelados, simplemente por el presunto delito de mantener oculta su fe.

La principal diferencia a zanjar entre ambas partes tiene que ver con la designación de los obispos. Y con el futuro de aquellos que ya han sido nombrados. Para el Vaticano, los obispos son nada menos que los sucesores de los apóstoles. Por esta razón, ellos deben ser designados por el Pontífice.

Para la dirigencia política china, en cambio, sus designaciones deben ser coordinadas con el gobierno, porque de lo contrario, sostienen, habría una suerte de «intervención» inaceptable por parte del Vaticano en los «asuntos internos» de China.

Entre los obispos que han sido designados exclusivamente por el gobierno chino, sin contar con la aprobación de la Iglesia Católica, hay algunos que han roto sus votos de castidad, casándose y teniendo hijos. Y que no desean ni aspiran a «reconciliación» alguna con Roma. A su vez, entre los obispos que fueron designados exclusivamente por el Vaticano, que son casi treinta, hay algunos que han ya sido encarcelados por distintos períodos de tiempo y motivos.

La situación actual en China es que los obispos que el Estado chino designa obtienen con alguna frecuencia una suerte de «guiño oficioso previo» por parte del Vaticano y luego obtienen un perdón especial por haber sido designados desde fuera de la Iglesia.

Pero las cosas no siempre son así y tanto el Vaticano, como China, designan a veces obispos sin obtener el consentimiento de su respectiva contraparte. No obstante, el gobierno chino reclama constantemente a los católicos de su país la pertenencia a la Asociación Católica Patriótica de China.

La situación es bien compleja e ineficiente. Por las diferencias en la forma de designar a los obispos católicos hay hoy nada menos que unas 70 diócesis en China que carecen de obispo titular. A lo que se agrega que los ocho obispos católicos que han sido designados unilateralmente por el gobierno chino se consideran como excomulgados de hecho por la Iglesia Católica, razón por la cual su situación deberá ser objeto de un cuidadoso examen en busca de encontrar alguna posible solución al menos para la mayoría de ellos.

El actual arzobispo de Hong Kong, el cardenal John Tong, en una carta pastoral dirigida recientemente a sus fieles anunció que las autoridades chinas estarían ahora dispuestas a alcanzar un entendimiento con el Vaticano sobre este tan delicado tema. Agregando que muchos fieles que profesan su culto en un marco de total discreción no estarían todavía de acuerdo con someter en modo alguno las designaciones de los obispos católicos a decisión alguna por parte del gobierno de China. A lo que sumó, en obvia procura de tranquilizar a su inquieta feligresía, la advertencia de que el Papa no lastimará la integridad de la fe de una iglesia que se proclama como universal.

El respetado y valiente cardenal chino ya retirado, Joseph Zen, ha acusado al Papa de estar demasiado ansioso en este tema y aprovechado para llamar la atención de que, por ello, la posibilidad de llegara un arreglo «inaceptable» existe. Se habla de que ya existiría un primer «borrador» de un posible acuerdo, que sin embargo nadie parecería estar apurando demasiado.

Lo cierto es que existe un precedente, de corte bien pragmático. Es el de Vietnam, donde el Vaticano confirió, en la década de los 90, una suerte de derecho de «veto» a las autoridades locales respecto de las designaciones de los obispos, que no obstante quedaron a cargo exclusivo del Vaticano, que respeta el «derecho de oposición» que parecería haber conferido a las autoridades locales. Algo relativamente parecido podría de pronto acordarse con China, según sostienen algunos observadores.

Las autoridades chinas, por su parte, han estado generando algunas señales de autoridad, como la decisión de hacer quitar todas las cruces de los techos y campanarios de los templos cristianos en el este del inmenso país. Lo cierto es que la última designación de un obispo católico, en Changzhi, en el noreste de China, contó con la aprobación previa conjunta de la Iglesia Católica y del gobierno chino.

Hace muy pocos días, en otra señal de interés, el Papa Francisco se reunió, en Roma, por primera vez en público desde 1949, con el obispo de Suzhou, Joseph Xu Honggen.

Por el momento, el Vaticano no mantiene relaciones diplomáticas con la República Popular China, sino con Taiwán, isla que para China, como es sabido, debe tenerse tan sólo como una parte de su enorme territorio. Si las relaciones bilaterales finalmente se establecen, el Vaticano debería previsiblemente cortar su actual vinculación oficial con Taiwán.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Una solución china para Malvinas

Por Martín Krause. Publicado el 14/5/12 en http://www.lanacion.com.ar/1473014-una-solucion-china-para-malvinas

Si el pasado 2 de abril el 30° aniversario de la Guerra de Malvinas sacudió a los argentinos más que otros años, el tema continuará llamando su atención por más tiempo, ya que en 2013 se cumplirán 180 desde que el comandante James Onslow desplazó de las islas al gobernador Luis Vernet. Todo gobierno argentino saca a relucir el tema de tanto en tanto, más cuando están en problemas, pero es poco lo que han logrado. El principio de la soberanía originada en la primera ocupación se enfrenta con el de la autodeterminación de sus habitantes y no parece haber ninguna idea nueva que permita salir del atolladero.

Por eso, tal vez es un buen momento para plantear una idea osada, que a muchos parecerá ridícula o imposible, pero que, ante la falta de ideas nuevas y frescas, tal vez no lo sea más que el mero llamamiento a negociar cuando ya todo ha sido dicho y cada lado se aferra a sus argumentos.

Esa idea es aprender de Hong Kong, otra colonia británica. La isla quedó en manos inglesas a perpetuidad a partir de la Guerra del Opio. Tras la segunda guerra del Opio, en 1860 ese territorio se amplió a la península de Kowloon, y en 1889 se firmó un convenio de locación por 99 años por la isla de Lantau y territorios adyacentes que se llamaron Nuevos Territorios. Cuando se aproximaba la fecha de expiración del contrato, los gobiernos de China y el Reino Unido acordaron el traspaso a China de todo lo que ahora llamamos Hong Kong, que sería considerada una zona administrativa especial y mantendría sus leyes y un buen grado de autonomía por 50 años bajo una constitución llamada ley básica.

El primer elemento de la propuesta tiene que ver con el tiempo. La primera lección por sacar del ejemplo anterior es que hay que tener paciencia «china» y que ésta a la larga brinda sus frutos, sobre todo, porque alivia de las responsabilidades políticas a quienes se vean en la tarea de firmar los acuerdos. Pensemos en un acuerdo cuyo proceso final tenga una fecha dentro de 50 años, suficiente como para que ya no estemos aquí todos los que podamos discutir el tema ahora.

Pero el tiempo solo no es suficiente, ya que hay que generar intereses para que todas las partes estén dispuestas a llegar a un acuerdo, o por lo menos a no resistirse. Y es allí donde la idea de Hong Kong, o de la generación de una free city, puede resultar un aporte nuevo.

La idea de las free cities tiene una larga tradición, pero una versión moderna comenzó con Paul Romer, profesor de desarrollo económico en la Universidad de Stanford, que las denominó charter cities. Su propuesta era permitir el origen de nuevas reglas que favorezcan el progreso a partir de acuerdos que podrían realizar los países para que una cierta región ofrezca reglas de calidad en el modelo de Hong Kong o Singapur. En particular, en relación al primero Romer entendió que hubo un acuerdo allí entre China y el Reino Unido, que dejó en manos de este último el establecimiento de esas normas en ese pequeño enclave en la costa de China.

Luego de la revolución maoísta, la frontera con el continente estaba cerrada y el comercio de esa pequeña ciudad languidecía. Hasta que apareció Sir John James Cowperthwaite. Escocés, graduado de Cambridge, había sido designado como un funcionario de menor grado en Hong Kong, en 1941, pero no pudo llegar por la guerra hasta 1945. Al poco tiempo de asumir, se dio cuenta de que los refugiados estaban progresando sin ninguna sombra por parte del gobierno. Fue nombrado secretario de Hacienda en 1961, cargo que ocupó por diez años. Mantuvo la tasa sobre el impuesto a las ganancias en un 15% y una cobertura del 100% de reservas en libras esterlinas para la moneda local, algo que nunca hizo público. Incluso rechazó elaborar estadísticas «por miedo a que luego se quisiera hacer algo con ellas».

Reformó el servicio civil y lo volvió tremendamente eficiente, limitándolo a unas pocas tareas. Hong Kong se volvió un lugar atractivo para desarrollar la iniciativa empresarial, sus habitantes comenzaron a desarrollar productos que luego harían famoso el made in Hong Kong, llegó la inversión y la economía comenzó a crecer al 9% anual. El PIB per cápita alcanzó en 2010 la cifra de 47.130 dólares, frente a los 7570 de China.

Romer tomó ese ejemplo para proponer algo similar en Guantánamo, sugiriendo que quedara en manos de Canadá o de una serie de países que fueran «accionistas», incluida Cuba, y se generaran allí normas similares a las de Hong Kong. La idea fue luego profundizada como free cities por la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala ( www.freecities.org ), y terminó convirtiéndose en una ley en la vecina Honduras.

El futuro dirá cómo se desarrolla esta idea, que tiene una larga e interesante tradición. La ciudad de Lübeck, puerto alemán en el Báltico, fue fundada formalmente en 1143 por Adolfo II, que tuvo que ceder la ciudad a Enrique el León en 1158. Enrique limpió la zona de quienes la devastaban de tanto en tanto y diseñó una «carta» de derechos, se eliminaron pesados impuestos, aranceles y regulaciones, se prometió tratamiento justo bajo la ley y una acuñación de moneda independiente. Tras la muerte de Enrique, fue por unos años una ciudad imperial y Barbarroja le permitió designar un Consejo que, formado principalmente por comerciantes, perduró hasta el siglo XIX. En 1226, el emperador Federico II le otorgó el estatus de «ciudad libre», atrajo numerosos comerciantes y se convirtió en un importante centro comercial. Era considerada la «Reina de la Liga Hanseática», formada por un grupo de ciudades-puertos cercanos que adoptaron una estructura de reglas similar.

En el caso de las Malvinas podría pensarse en un acuerdo que fijara un plazo largo para el traspaso de su soberanía a la Argentina y que, mientras tanto, se acordara también una ley básica, que sería la ley fundamental de las islas. Según ésta, y siguiendo el modelo de Hong Kong, habría un impuesto muy bajo y una total libertad de inversión y comercio sin importar la procedencia de los capitales o las personas y libertad para usar cualquier tipo de moneda, incluso, por supuesto, el peso argentino. En tal sentido, el Reino Unido debería eliminar la barrera para que los argentinos compren propiedades en la isla o se trasladen a ella, igual trato que recibirían chinos o brasileños o británicos. Esta ley básica sería administrada por una tercera parte, digamos alguna que genere confianza tanto a los kelpers como a los inversores internacionales. Podría ser Canadá, Australia o Nueva Zelanda; al ser países del Commonwealth, no significarían tanto cambio para ellos. Tal vez para generar símbolos de unidad y paz podrían flamear allí las banderas de las islas, de la Argentina, el Reino Unido o Canadá o quien fuera el país tutor. Cualquier modificación de la ley básica tendría que ser acordada entre estos actores. Luego de vencido el plazo de 50 años, la soberanía pasaría a ser argentina, país que se comprometería a mantener esa ley por otros 50 años más, pero ahora ejerciendo la soberanía sola.

¿Por qué les interesaría esto a los kelpers? En principio, les garantizaría a todos ellos un largo plazo de estabilidad con normas basadas en la libertad y el respeto a los derechos individuales y la propiedad. El país tutor sería confiable y el acuerdo refrendado por las partes y avalado por la comunidad internacional generaría seguridad jurídica para los inversores. La Argentina, además, como un gesto importante de amistad, recibiría todos los productos y servicios elaborados en la isla libres de trabas y aranceles, como si fueran provenientes de una provincia argentina más. Esto les daría a los isleños acceso al mercado más grande e importante que tienen cerca. Es más, los socios del Mercosur manifestarían una solidaridad dando a esos productos el mismo trato que se les da a los de un integrante de la zona. Algo similar podrían hacer los otros países de América latina, ya no sólo declaraciones de apoyo sino la efectiva apertura a estos bienes y servicios. Para los kelpers, sería la gran oportunidad de obtener paz y prosperidad sin ninguna nube que pueda empañar el horizonte.

¿Por qué interesaría esto al Reino Unido? Porque estaría resolviendo un problema espinoso que le trae más dolores de cabeza y gastos que otra cosa manteniendo el respeto a los derechos individuales de los kelpers, con la garantía de supervisión de un país aliado y amigo.

¿Por qué le interesaría a la Argentina? Porque obtendría la soberanía sobre las islas a largo plazo y varios símbolos importantes a corto plazo: acceso de los argentinos como propietarios, inversores o simples turistas, una bandera allí flameando y la transformación del tema en una mera cuestión de tiempo cuyo éxito le tocará a algún desconocido, esto es, no tenemos idea quién será el presidente que recibiría las islas ni siquiera si ha nacido ya. Es como acordar la realización de un Mundial de fútbol o unos Juegos Olímpicos: se acuerdan ahora, pero vaya a saber quién será el que los inaugurará.

¿Por qué les interesaría a los argentinos? Porque tal vez sería la llave para cambiar el país y que de una vez por todas recupere un camino de continuo progreso y crecimiento económico. Es el caso de China: si bien ésta recuperó el pequeño territorio, fue éste pequeño enclave el que cambió al gigante país continental. Los gobernantes tuvieron que darse cuenta de que su sistema no funcionaba, mientras que el de la pequeña isla era todo un éxito. Terminaron copiándolo y ahora son la gran historia de crecimiento del planeta. Primero crearon unas zonas económicas especiales que eran áreas como Hong Kong en sus comienzos, y luego extendieron el experimento a todo el país. En el futuro, con unas Malvinas prósperas como fruto de la libertad, tal vez, aprenderíamos también los argentinos qué es lo que nos conviene en el continente.

Y así, tal vez, el problema de las Malvinas no sólo terminaría solucionado, sino también siendo una solución que nos negamos a encontrar.

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).