Comentarios al pie de notas periodísticas

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 26/5/16 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2016/05/26/comentarios-al-pie-de-notas-periodisticas/

 

De entrada conviene subrayar que el conocimiento en todos los campos es siempre provisorio, sujeto a refutación. Hay dos dichos latinos que ilustran el punto: nullius in verba que es el lema de la Royal Society de Londres que significa que no hay palabras finales, es decir, que todo está sujeto a revisión. Nuestra ignorancia es ilimitada, necesitamos críticas y autocrítica en la esperanza de captar algo de conocimiento.

El segundo adagio es ubi dubium ibi libertas que se traduce en que donde hay duda hay libertad. Si estuviéramos rodeados de certezas no habría necesidad de acciones libres, es decir, aquella en las que se sopesan alternativas y opciones varias puesto que ya se sabría de antemano cual es al camino a seguir. De allí deriva la necesidad, por ejemplo, de separar tajantemente la religión del poder político, esto es, la “doctrina de la muralla” tan bien graficada en los orígenes de la revolución estadounidense. De lo contrario, el poder en manos de quienes todo lo ven con certeza conduce indefectiblemente al cadalso.

El debate abierto de ideas es absolutamente indispensable para progresar. Por esto es que los editores de las versiones digitales de algunos medios gráficos dan la oportunidad de proceder en esa dirección al ofrecer espacios para la crítica y las reflexiones sobre la publicación de columnas de opinión. Esto es tomado por algunos lectores en ese sentido y contribuyen a aclarar, agregar o rectificar algunas de las ideas expuestas.

Sin embargo, hay otros que se dedican a insultar y agraviar sin nunca agregar un atisbo de argumento. En realidad, pobres individuos ya que al no contar con ideas solo pueden dedicar denuestos al escritor (o incluso a la madre del autor). Es que los que no piensan solo pueden gritar. Como bien ha apuntado Mario Vargas Llosa: “son sujetos de superficie sin mayor trastienda”. Es un espectáculo triste que habla muy mal de los firmantes de supuestos comentarios que muchas veces ni siquiera tienen el coraje de consignar sus nombres y se ocultan en pseudónimos. Desperdician una gran oportunidad de formular críticas y consideraciones a lo dicho por el autor del artículo en cuestión al efecto de avanzar en el conocimiento, lo cual, en definitiva, es una faena en colaboración.

Recuerdo un cuento de Borges titulado “El arte de injuriar” donde había dos fulanos discutiendo, hasta que en un momento dado uno de los contertulios le arrojó un vaso de vino en el rostro al otro a lo que este otro respondió “eso fue una digresión, espero su argumento”. Ese es exactamente el caso, las agresiones personales constituyen una especie de grotesca digresión debido a que el agresor se encuentra indefenso en cuanto a materia neuronal por lo que es acomplejado de su pequeñez mental y, por ende, incapaz de comentar con un mínimo de seriedad y sustento.

Las críticas parciales o totales a las columnas de opinión formuladas con seriedad y rigor son siempre bienvenidas por estudiosos puesto que de lo que se trata es de aprender en el contexto de un proceso que no tiene término. La mentalidad abierta es uno de los mayores dones en una lucha despiadada por derribar telarañas y cerrojos mentales en la labor conjunta e interminable a la que nos referimos.

Tal vez La traición de los intelectuales de Julien Benda refleje con mayor precisión el abandono de así llamados intelectuales a su misión de buscar la verdad en pos de compromisos subalternos, generalmente de orden político.

Precisamente la tarea del intelectual es la crítica y la autocrítica, su razón de ser consiste en detectar errores, ambigüedades, posiciones pastosas y dogmatismos, por lo que, a su vez, las críticas a sus libros, ensayos y artículos le resultan alimento necesario a los efectos de corregir errores y explorar otras avenidas. Nuevamente lo citamos a Borges cuando enfatizaba que como no hay tal cosa como un texto perfecto, “si no publicamos nos pasaríamos  la vida corrigiendo borradores”.

De igual manera, el conocimiento exige “corregir borradores” permanentemente, puesto que está formado de una cadena infinita de críticas y críticas de las críticas. Pero el alarido y el insulto retrasan esta cadena mágica en el contexto de la aventura del pensamiento para retrotraerla al ruido gutural y al puro graznido.

Por eso insistimos sobre el desperdicio de valiosos espacios para ocuparlos hablando en superlativo en medio de vocabulario soez, en lugar de señalar conceptos deficientes y conclusiones desacertadas que a todos nos permiten mejorar. Si se me permite un desliz al repetir un conocido aforismo “nada hay más peligroso que un atolondrado con iniciativa”, referido en este caso a los que despotrican sin exhibir fundamento alguno en sus desvaríos y sus pésimos modales a veces ni siquiera dignos de un lenguaje carcelario. Da pena por esos vacíos existenciales que revelan estados tormentosos en sus interiores con problemas de magnitud que no saben a quien  endosar y como canalizar.

Incluso el propio pensamiento debe ser necesariamente crítico para sortear obstáculos y evitar trampas ocultas y así revisar premisas y seguirle el rastro al silogismo. El pensamiento lateral que ha  desarrollado originalmente Edward de Bono y el pensamiento crítico sobre el que ha escrito tanto Francis W. Dauer revelan la imperiosa necesidad de auscultar con el debido cuidado y dedicación todo lo que se expone, propio y ajeno. Y para recurrir a algo más elemental, es muy fértil consultar el texto clásico de Irving Copi, Introducción a la lógica, especialmente sobre la falacia ad hominem donde el supuesto crítico alude a las condiciones personales de quien escribe en reemplazo de una argumentación a lo que en realidad dice.

Los comentaristas que no comentan sino que agreden personalmente al autor de una nota son “militantes”, una expresión horrible sea de donde sea, provenga de donde provenga puesto que remite a lo militar, a la estructura vertical por excelencia y a la obediencia debida que podrá ser necesaria en el ámbito castrense pero es todo lo opuesto a la sociedad civil donde el debate y el respeto recíproco son esenciales no solo para la convivencia sino, como queda dicho, para la incorporación de conocimientos.

La virtud es el conocimiento decía Sócrates y estimulaba el descubrimiento de verdades a través del método de los interrogantes y Popper subraya la trascendencia del intercambio entre teorías rivales para sacar provecho del conocimiento existente. Pero esto no resulta posible con sujetos que más bien buscan el medir fuerzas a través de la confrontación física en un cuadrilátero de lucha libre que en el cuadrilátero de la ciencia en un marco de respeto y consideración recíproca. Un departamento de investigaciones en un centro de estudios es para los exaltados como es una trifulca bélica para un estudioso. El silencio y la meditación no es el ámbito adecuado para los que recurren al lenguaje del improperio como su medio de comunicación. Para un show de este tipo está el boxeo (o eventualmente el circo).

Lo expresado en modo alguno quiere decir que la crítica no deba ser contundente en el contra-argumento. Por el contrario, cuanto más contundente mejor para la antedicha aventura del pensamiento al efecto de que el punto quede lo más claro posible. Desde luego que de la fuerza argumental no se desprende la utilización de modales groseros, más aun el clima de intercambio de ideas siempre demanda cordialidad y, por supuesto, se destroza y se desploma el referido ámbito si surge alguien que no solo es grotesco en sus dichos sino que no presenta argumentación. Esto último no aparece en la academia ni en medios en los que los participantes desean aprender el uno del otro sino que es propio del subsuelo y de lo peor de los bajos fondos de una comunidad.

Como hemos apuntado, afortunadamente hay comentarios al pie de los artículos -reiteramos que siempre nos referimos a las versiones digitales de algunos medios-  que ayudan a pensar y rectifican errores o agregan argumentaciones y nuevas perspectivas, lo cual brinda un servicio de gran valor a los autores e ilustra al resto de los lectores.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Lágrimas que no secaron

Por Gabriela Pousa. Publicado el 2/9/13 en http://www.perspectivaspoliticas.info/lagrimas-que-no-secaron/

Borges solía rescatar cuán bueno era sentir asombro cuando todos sienten costumbre, de allí que aún pueda decirse que no todo esta perdido para los argentinos. Y es que cada discurso de la Presidente parece “maravillar” a gran parte de la sociedad sumida en la duda existencial: ¿Cristina Kirchner es o se hace? La respuesta es bastante incierta. A ello, la jefe de Estado suma cataratas de tuits corroborando las presunciones. El problema existe, se lo ve, se lo palpa. Algo pasa, algo no está bien con la mandataria.

Por otra parte, los argentinos somos expertos en ver la paja en el ojo ajeno, entonces la cuestión adquiere formas inéditas. Desde debates en sobremesas hasta consultas solapadas a especialistas en psiquiatría, pasando por diagnósticos perfectos emanados de páginas médicas colgadas en el ciberespacio. El corolario es claro: la conducta de la Presidente de Argentina roza lo demencial.

No se trata de faltar el respeto a la investidura, se trata de entender por qué un país signado para ser potencia se halla en pleno siglo XXI, después de años de escuchar que se ha crecido a tasas chinas, en una majestuosa decadencia.

Frente a la conducta ciertamente peculiar de quien detenta la titularidad del Ejecutivo Nacional, la reacción popular se justifica y la incredulidad de muchos se excusa. Aunque la reiteración de lo inexplicable se perpetúe, no termina de convertirse en costumbre, un buen síntoma. Sacando al Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, no hay otro caso de arbitrariedad emocional similar.

Cualquiera de nosotros, de tener un familiar en una circunstancia parecida, consultaría o tomaría medidas. Pero ¿qué hacer con Cristina? No es pariente, no es de la familia. Un alivio, pensamos. Sin embargo, su conducta nos involucra, sus actos inevitablemente repercuten en los nuestros. Cristina se mete en nuestra casa queramos o no. Maneja la heladera, acecha en la cocina, decide por nosotros qué se lleva a la mesa.

Genera broncas, fomenta odios, rechazos, adhesiones ya en pocos, y también preocupa. Preocupa o debiera preocupar por la simple razón de que está donde está por el voto popular. Y esta Cristina de hoy, que azora con sus elucubraciones vulgares en 140 caracteres es la misma que ganó elecciones en dos oportunidades porque la gente se pudo comprar un plasma en 12 cuotas, o en verano viajar a la costa, porque no se les había ocurrido todavía poner cepo al dólar, o porque Jorge Lanata no mostraba la bóveda en cámara. Pero la esencia no se modificó ni se modifica.

Es decir, ¿cómo es que los argentinos no advertían que la pobreza crecía o qué los funcionarios se enriquecían? ¿Era necesario que apareciera un periodista mostrando la evidencia? Si lo era, también deberíamos preocuparnos. ¿Dónde vivimos todos estos años? ¿O fue necesario que nombrarán a César Milani al frente del Ejército para entender que se usó y se jugó con los derechos humanos?

El kirchnerismo no cambió, ¿acaso sí lo hizo la población? Me gustaría dar una respuesta certera y afirmativa, pero recordemos que Lanata mostró la desnutrición de Barbarita en Tucumán diez años atrás, es decir mucho antes de mostrar el crecimiento de las villas y el “hambre de agua” en las provincias… Parece que nos mirábamos el ombligo, no más.

Hoy, Barbarita ya adolescente abandonó sus estudios y sigue viviendo en la marginalidad. Votó en blanco porque ni siquiera conoce el significado de ese sufragio. Una cosa es la mala memoria de un pueblo y otra muy distinta es hacer la vista gorda porque “en casa se come bien”. Si no se puede apelar a la objetividad, al menos evitemos la hipocresía antes que se convierta en una característica intrínseca de la Argentina.

Lo que sí se puede afirmar es que Cristina sigue siendo Cristina. La misma que culpó al gobierno de Estados Unidos de conspirar en su contra porque Antonini Wilson quedó varado con su valija en una aduana argentina. Aquella que se atragantó con una tostada una mañana al ver “al pelado ese”, que justamente ocupaba el Ministerio de Economía español. No es otra, es la que también acaba de culpar de ladrón a Sebastián Piñera, y hace unos años llamó “golpista” a Julio Cobos, su propio vicepresidente para luego cambiarlo por el impoluto Amado Boudou…

No hay diferencias. Posiblemente su debut en las redes sociales haya puesto aún más en evidencia su particular modo de proceder, pero de novedoso hay poco o nada tal vez. Frente a esta realidad insoslayable cabe preguntarse quizás por la salud mental de todos los que venimos soportando “caprichos” y arbitrariedades de la dirigente sin demandar cambios estructurales, sin haber podido frenar la irracionalidad de la confrontación gratuita y constante antes. ¿O acaso la sinrazón que creemos observar hoy no existía ayer?

Lamentablemente, hace diez años que el kirchnerismo viene actuando de idéntica manera, a lo sumo es probable que antes tuviera un poco más ordenada las cuentas pero Barbarita lloró de hambre en la TV mucho antes, diez años antes. no hay casualidades. Ahora bien, ¿sigue la sociedad argentina siendo aquella capaz de rifar su destino porque la economía todavía no salpica? A juzgar por los resultados de las elecciones internas, podría decirse que no.

Hay atisbos al menos de un cambio un poquito más profundo en la ciudadanía. Por primera vez, la corrupción irrumpe como límite a las arbitrariedades de una administración, por primera vez un aumento tramposo de sueldos no lo es todo a la hora de emitir el voto, por primera vez hay un genuino hartazgo frente a la soberbia y la mentira. Después de una década no parece ser poco aunque el tiempo sigue siendo el único recurso no renovable, y consecuentemente debería tenérsele más respeto a él que a nadie.

En 10 años muchos argentinos han quedado en el camino, un número siempre impreciso tal vez no perdió plata pero sí sueños y esperanzas, ¿cómo no hacerlas pesar a la hora de decidir, de optar?

El cambio real va a llegar a esta geografía cuando el bolsillo deje de ser el órgano más sensible de los argentinos, cuando más que asombro y costumbre, la actitud de un mandatario cause vergüenza propia y ajena, y se reaccione en consecuencia; cuando la economía no sea el termómetro de la felicidad; y la moral, la educación y la salud pesen más que el LCD, el 0km o qué se hará después de Navidad.

Hasta tanto no se asiente ese cambio en cada uno, el inconsciente colectivo seguirá eligiendo la comodidad y el confort del cortoplacismo. La salud mental de la Presidente es importante claro está, pero también lo es la salud mental de la sociedad que se olvidó de Barbarita, y hoy mirá otras chicas iguales a ella como si su desnutrición fuese novedad.

La discusión podría ser eterna como aquella del huevo o la gallina. Como sea, ciudadanía y dirigencia, de una u otra forma se asemejan, de modo que la autocrítica no debería ser sino bienvenida.

A pesar que las encuestas parecen descontar minuto a minuto votos al magro caudal electoral del gobierno, hay consultoras que hablan de un repunte de la imagen oficial, ¿será porque Cristina y sus funcionarios de golpe osaron decir la verdad? Como sea, asombra que todavía alguien les crea.

Qué no sea menester que nos muestren la miseria que sabemos que existe por TV para entender… Nada ha variado esencialmente en todos estos años de canibalismo político bajo el nombre de kirchnerismo. Muy por el contrario, todo se ha devaluado. La excepción a la regla es el llanto de Barbarita, es la contra figura de Cristina, es la realidad frente al relato. Para ella sólo ha variado su edad, ni siquiera sus cumpleaños.

 

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Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.