El supuesto “fracaso” de un mercado incompleto y el evidente fracaso del estado según Bruno Frey

Por Martín Krause. Publicado el 20/11/18 en: http://bazar.ufm.edu/supuesto-fracaso-mercado-incompleto-evidente-fracaso-del-estado-segun-bruno-frey/

 

Con los alumnos de Public Choice vemos a Bruno Frey en “La relación entre eficiencia y la organización política”, donde compara el fracaso del estado y el del mercado. En verdad, en el caso de este último, se trata más bien de su ausencia, por la ausencia de derechos de propiedad. También, por la comparación con una situación ideal que no existe ni podría existir :

“A. El fracaso del mercado

Los mercados privados competitivos no logran un óptimo de Pareto o un resultado eficiente cuando existen externalidades o bienes públicos o cuando las economías de escala llevan a los proveedores a una posición monopolista. Éste fue el mensaje de la teoría económica de posguerra, que gozó de general aceptación. En consecuencia, el gobierno (que, según se da por sentado, tiene que elevar al máximo el bienestar social) debe intervenir para obtener un resultado más eficiente. Después de haber llegado a esta conclusión, considerándola satisfactoria, los políticos obran en consecuencia, tanto en el nivel microestructural (e. g., nacionalizando empresas o llevando a cabo políticas estructurales) como en el macroestructural (adoptando una política fiscal y monetaria de neto corte keynesiano).

Esta concepción, que dominó la escena económica hasta fines de la década del sesenta y parte de la del setenta, todavía existe en la actualidad. Si bien no es sorprendente que muchos políticos continúen aprovechando esta invitación a aumentar las actividades gubernamentales, también comparten este punto de vista destacados representantes de la teoría económica. Por ejemplo, en el enfoque neoclásico de la economía pública, los impuestos y los precios públicos se determinan sobre la base del supuesto de que el gobierno eleva al máximo el bienestar social.

  1. El fracaso del gobierno

El advenimiento de la moderna economía política (que incluye la elección pública, el nuevo institucionalismo y el análisis de los derechos de propiedad y de los costos de transacción), en la que se da por sentado en todos los aspectos que el gobierno es un actor endógeno dentro del sistema político-económico, afectó notablemente la ortodoxia respecto del fracaso del mercado (por ejemplo, véanse los trabajos de Mueller, 1989; Eggertsson, 1990, y Frey, 1983). En este enfoque se analizan cuidadosamente las propiedades de los sistemas de toma de decisiones políticas.

El “Teorema de imposibilidad general” (Arrow, 1951, cuyo antecedente es Condorcet, 1795), que establece la conclusión fundamental de que bajo supuestos “razonables” no existe un equilibrio político entre opciones siempre que se tomen en cuenta las preferencias individuales, despertó gran interés entre los eruditos. Los resultados electorales revelan una inestabilidad cíclica; en el caso de los asuntos multidimensionales, pueden abarcar todo el espacio político, incluyendo los resultados ineficientes (McKelvey, 1976).

Otros fracasos políticos también han sido objeto de un profundo análisis: debido al problema de los bienes públicos involucrado, los votantes no tienen demasiados incentivos para informarse acerca de la política y para participar en los procesos electorales; el resultado medio de una elección resultante de una competencia perfecta entre dos partidos en general no es eficiente; no todos los intereses en juego tienen la misma capacidad de establecer grupos de presión política (Olson, 1965); y las burocracias y la búsqueda de rentas constituyen un elemento adicional para desnaturalizar las asignaciones destinadas a lograr eficiencia.

Sobre la base de estos y otros fracasos políticos se ha llegado a la conclusión de que el gobierno no puede superar las deficiencias del mercado. Lo que ocurre en la realidad es más bien que la intervención política impide aun más la eficiencia. Un ejemplo de esto es el incentivo gubernamental en favor de la creación de un ciclo de negocios (Nordhaus, 1989) que incremente sus posibilidades de reelección.

  1. El fracaso del gobierno es más significativo que el fracaso del mercado

La moderna economía política ha alcanzado resultados tan convincentes que en este momento los eruditos ortodoxos piensan que los fracasos del mercado tienen menos importancia que los fracasos políticos. Esta creencia se afianza aun más por el redescubrimiento de la proposición de Coase (1960) de que si los derechos de propiedad están bien definidos y los costos de transacción son bajos, las externalidades no impiden el funcionamiento de un mercado eficiente. Además, se considera cada vez más que las ganancias de las empresas monopolistas son un indicador de eficiencia en la producción. De estos resultados se desprende que los mercados funcionan bien y la política funciona mal (véase un análisis de este tema en Wintrobe, 1987, pp. 435-6, o en Wittman, 1989, pp. 1.395-6), y en consecuencia habría que reducir generalmente la intervención gubernamental o eliminarla por completo, reservando la asignación de recursos a los mercados privados.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

PRÓLOGO A “REFLEXIONES SOBRE LA ECONOMÍA ARGENTINA” DE NICOLÁS CACHANOSKY.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 24/9/17 en https://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/09/prologo-reflexiones-sobre-la-economia.html

 

Es un completo honor para mí presentar este primer libro de Nicolás Cachanosky, que entra claramente en una las misiones fundamentales del Instituto Acton: la enseñanza de la economía para la toma de conciencia de cuáles son las condiciones bajo las cuales los pueblos pueden superar la pobreza.  
Nicolás Cachanosky es un modelo de cómo estar al frente de los más avanzados debates y aportes académicos y, al mismo tiempo, cómo difundir didácticamente la complejidad de la ciencia económica para los debates ciudadanos. Este libro tiene las dos características: es un libro técnico, con pluma amable pero que necesita atención por parte del lego, escrito especialmente para ayudar a la comprensión del drama y posibilidades de recuperación de la economía argentina. Cuantos más ciudadanos argentinos lean este libro, mayores serán nuestras posibilidades de recuperación. 
El papel de este prólogo no es volver a explicar lo que Nicolás explica, sino ubicarlo en un contexto filosófico más global que pueda sí mostrar la enorme importancia de esta obra. 
Lo primero que sorprenderá al lector, en un libro de economía, es la importancia que el autor le da a las instituciones. Pues bien, ello no debería sorprendernos. Cuando nos adentramos un poco más en la ciencia económica más sólida y profunda, en la “good economics” en la cual ha abrevado el autor, nos damos cuenta de que el desarrollo y la capitalización no son el resultado de un ministerio, de un plan, sino de instituciones sólidas que garanticen la propiedad y el libre comercio. La inversión es la utilización del ahorro para producir nuevos bienes de capital. Lo cual implica que debe haber ahorro en el mercado de capitales e inversionistas que puedan pensar en el largo plazo. O sea, ahorro e inversión, la clave del desarrollo, implican la posibilidad de tomar riesgos en el presente pensando en la rentabilidad a largo plazo. Ahora bien, si le damos a un estado la facultad para que de modo arbitrario e ilimitado suba la carga impositiva, produzca inflación, legisle todo tipo de regulaciones, controle las variables económicas y además se endeude, no habrá ahorro ni inversión, y el resultado será la pobreza y el subdesarrollo. Por lo tanto, un estado limitado, donde constitucionalmente estén prohibidas dichas prácticas, donde por consiguiente los grupos de presión no tengan incentivos para acercarse a los poderes ejecutivos y legislativos, donde haya un poder judicial realmente independiente, y donde haya un verdadero federalismo donde el presupuesto de las provincias no dependa de las prebendas del estado nacional, es, en conjunto, la condición institucional del desarrollo económico. De allí el magnífico capítulo del autor dedicado a la democracia y a los límites institucionales del estado. 
En el caso argentino, esto es particularmente revelador. La economía de mercado no es una política económica más que se pueda “planificar e instrumentar” desde las mismas instituciones mussolinianas dejadas por el peronismo y que no han sido reformadas por ningún gobierno. Porque ellas mismas implican, uno, imprevisibilidad a largo plazo (porque desde esos organismos gubernamentales se puede dar vuelta todo lo medianamente racional que se intente hacer), y, dos, un permanente estado de control, de permisos, de regulaciones, de corruptelas, de gasto público, de estado elefantiásico.  
Por eso la peculiar atención del autor al tema del capitalismo, al libre mercado y al famoso “neoliberalismo de los 90”. Los argentinos creen en general que los 90 fueron “el mercado”. Esto es grave. No es una sola cuestión de términos. El mercado implica precisamente eliminar ese estado ilimitado que en los 90 no fue eliminado, y que coherentemente termina elevando los impuestos, la deuda pública, el gasto público, para terminar por ello en la crisis del 2001. Cualquiera tiene derecho a estar en contra del comunismo, pero si identifica a George Washington con el comunismo, tendrá un leve problema de apreciación histórica. De igual modo cualquiera tiene derecho a estar intelectualmente contra el mercado, pero si cree que Menem era el mercado, tendrá el mismo problema. Cabe preguntarse, por lo demás: quienes están intelectualmente en contra del mercado, ¿qué “idea” tienen del mercado? Tal vez este libro les ayude a reflexionar sobre ello. Porque tal vez está pensando en lo que se llama “capitalismo real”, o sea lo que Ludwig von Mises llama “intervencionismo”, en la parte VI de su tratado de economía. Quizás sería bueno que concluyendo este libro el lector quisiera encarar esa apasionante lectura.  
Para el lector argentino, la explicación de “las cuatro etapas del populismo”, es fascinante porque no tiene más que aplicarlas a su propia experiencia, pero ahora con los elementos de la buena economía. No las voy a explicar yo pero sí facilitar su comprensión con una elemental analogía. Supongamos que soy un presidente que sube con grandes promesas de distribución del ingreso y la lucha contra el capitalismo salvaje. Supongamos que el banco central está ordenado y la economía más o menos funcionando. Entonces re-distribuyo todo lo que quiero y me convierto en el primer trabajador, en el qué grande sos, etc. Al principio todo parece ir bien (uno). Pero luego el banco del estado comienza a quedarse sin reservas. Tengo que subir impuestos, endeudarme, confiscar, emitir moneda, hay inflación, comienzan los problemas (dos) pero, claro, siempre está EEUU y su imperialismo para echarle la culpa. Finalmente se llega a la hiperinflación, al default, al casi quiebre de la cadena de producción y distribución, al caos (tres). Claro, entonces algo, alguien, deberá frenar la fiesta inolvidable, y será el culpable de toda la pobreza que esa fiesta ha producido (cuatro). ¿Les hacer acordar a algo? 
Por ello al argentino promedio le es tan difícil advertir los peligros del déficit fiscal, inflación, control de precios, etc. Fundamentalmente porque vive aún en la nostalgia de la primera etapa del populismo, donde pareciera que no hay escasez. Olvidar la escasez en economía es como olvidar la matemática en la Física, o el sonido en la música, o el agua en la vida. Pero sí, se la olvida. “El estado debería hacer….”. Si, ¿y de dónde? En primer lugar, de impuestos. Ah, que paguen los que más tienen. Sí, pero el impuesto progresivo a la renta frena las inversiones y por ende terminan pagando los que menos tienen.  
Cuando el tema impositivo no da para más, se entra en déficit fiscal, como cualquier familia que gasta más que sus ingresos. ¿Cómo financiar el déficit? Pues con emisión de moneda o con deuda pública. La emisión de moneda genera inflación: Nicolás “se mata” explicándolo, ante infinitas voces que aún creen que no es así (de vuelta, por la negación de la escasez, porque si el problema económico se solucionara emitiendo moneda, no habría problema económico). La inflación produce aumento de precios. El gobierno intenta entonces controlar los precios. Ello genera faltante de bienes y servicios. Como las tarifas congeladas de luz: no hay luz. No hay vuelta que darle. No hay, sencillamente.  
Pero queda, claro, la deuda pública. Hasta que ya no se puede pagar más y…. Oh, el default. Pero entonces, de vuelta, los malos son los acreedores. Es impresionante cómo los argentinos han llamado a quienes no aceptaron la quita de la deuda: los buitres. ¿Y por qué tenían que aceptarla? ¿Por caridad? Ah, eso es confundir las cosas. Uno puede “prestar” algún dinerillo a algún amigo en problemas, sabiendo que no lo puede devolver. Pero eso no es un préstamo, es una donación. Si es realmente un préstamo, hay un acreedor. Y la cuestión es: ¿por qué tuve que pedir un préstamo? En el caso del déficit fiscal, es claro: porque los gobernantes y sus votantes creyeron que el estado es como Jesús en las bodas de Caná. Incapaces luego de reconocer esa peculiar confusión teológico-económica, echan las culpas, furiosos, a un salvaje capitalismo financiero internacional, cuando todo se debe en realidad al real salvajismo de un estatismo nacional.  
Por último, el autor evalúa propuestas de reforma, de solución. Dejo al lector que las disfrute por sí mismo, con un margen de esperanza. Pero una esperanza fundada en que, si él ha comprendido las ideas del autor, será parte luego de una opinión pública transformadora de una realidad nacional de otro modo inamovible.  
Hay que agradecer a Nicolás Cachanosky, doctor, profesor, assistant professor en la Metropolitan State University of Denver, su compromiso, su jugada personal a favor de su país, su paciente aplicación de la más elevada macroeconomía a las circunstancias de este enloquecido lugar, tan soberbio, tan nacionalista, tan autoreferente, y tan irrelevante para el mundo. Nada obligaba al autor a este inmenso y difícil trabajo, excepto su delicada conciencia, su hombría de bien, su compromiso por la verdad, valores tan escasos en estos momentos. No sólo ha sido Nicolás uno de mis mejores alumnos, sino uno de los más generosos e intelectualmente honestos que he tenido y conocido. Hoy, su amistad me honra totalmente, al mismo tiempo que seguir adelante de forma permanente con la llama prendida de nuestros respectivos padres. Que Dios se lo tenga en cuenta. 

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Bruno Frey: La relación entre eficiencia y la organización política. El fracaso del estado es mayor que el del mercado

Por Martín Krause. Publicada el 7/6/17 en: http://bazar.ufm.edu/bruno-frey-la-relacion-eficiencia-la-organizacion-politica-fracaso-del-estado-mayor-del-mercado/

 

Con los alumnos de Public Choice vemos a Bruno Frey en “La relación entre eficiencia y la organización política”, donde compara el fracaso del estado y el del mercado. En verdad, en el caso de este último, se trata más bien de su ausencia, por la ausencia de derechos de propiedad. También, por la comparación con una situación ideal que no existe ni podría existir :

“A. El fracaso del mercado

Los mercados privados competitivos no logran un óptimo de Pareto o un resultado eficiente cuando existen externalidades o bienes públicos o cuando las economías de escala llevan a los proveedores a una posición monopolista. Éste fue el mensaje de la teoría económica de posguerra, que gozó de general aceptación. En consecuencia, el gobierno (que, según se da por sentado, tiene que elevar al máximo el bienestar social) debe intervenir para obtener un resultado más eficiente. Después de haber llegado a esta conclusión, considerándola satisfactoria, los políticos obran en consecuencia, tanto en el nivel microestructural (e. g., nacionalizando empresas o llevando a cabo políticas estructurales) como en el macroestructural (adoptando una política fiscal y monetaria de neto corte keynesiano).

Esta concepción, que dominó la escena económica hasta fines de la década del sesenta y parte de la del setenta, todavía existe en la actualidad. Si bien no es sorprendente que muchos políticos continúen aprovechando esta invitación a aumentar las actividades gubernamentales, también comparten este punto de vista destacados representantes de la teoría económica. Por ejemplo, en el enfoque neoclásico de la economía pública, los impuestos y los precios públicos se determinan sobre la base del supuesto de que el gobierno eleva al máximo el bienestar social.

  1. El fracaso del gobierno

El advenimiento de la moderna economía política (que incluye la elección pública, el nuevo institucionalismo y el análisis de los derechos de propiedad y de los costos de transacción), en la que se da por sentado en todos los aspectos que el gobierno es un actor endógeno dentro del sistema político-económico, afectó notablemente la ortodoxia respecto del fracaso del mercado (por ejemplo, véanse los trabajos de Mueller, 1989; Eggertsson, 1990, y Frey, 1983). En este enfoque se analizan cuidadosamente las propiedades de los sistemas de toma de decisiones políticas.

El “Teorema de imposibilidad general” (Arrow, 1951, cuyo antecedente es Condorcet, 1795), que establece la conclusión fundamental de que bajo supuestos “razonables” no existe un equilibrio político entre opciones siempre que se tomen en cuenta las preferencias individuales, despertó gran interés entre los eruditos. Los resultados electorales revelan una inestabilidad cíclica; en el caso de los asuntos multidimensionales, pueden abarcar todo el espacio político, incluyendo los resultados ineficientes (McKelvey, 1976).

Otros fracasos políticos también han sido objeto de un profundo análisis: debido al problema de los bienes públicos involucrado, los votantes no tienen demasiados incentivos para informarse acerca de la política y para participar en los procesos electorales; el resultado medio de una elección resultante de una competencia perfecta entre dos partidos en general no es eficiente; no todos los intereses en juego tienen la misma capacidad de establecer grupos de presión política (Olson, 1965); y las burocracias y la búsqueda de rentas constituyen un elemento adicional para desnaturalizar las asignaciones destinadas a lograr eficiencia.

Sobre la base de estos y otros fracasos políticos se ha llegado a la conclusión de que el gobierno no puede superar las deficiencias del mercado. Lo que ocurre en la realidad es más bien que la intervención política impide aun más la eficiencia. Un ejemplo de esto es el incentivo gubernamental en favor de la creación de un ciclo de negocios (Nordhaus, 1989) que incremente sus posibilidades de reelección.

  1. El fracaso del gobierno es más significativo que el fracaso del mercado

La moderna economía política ha alcanzado resultados tan convincentes que en este momento los eruditos ortodoxos piensan que los fracasos del mercado tienen menos importancia que los fracasos políticos. Esta creencia se afianza aun más por el redescubrimiento de la proposición de Coase (1960) de que si los derechos de propiedad están bien definidos y los costos de transacción son bajos, las externalidades no impiden el funcionamiento de un mercado eficiente. Además, se considera cada vez más que las ganancias de las empresas monopolistas son un indicador de eficiencia en la producción. De estos resultados se desprende que los mercados funcionan bien y la política funciona mal (véase un análisis de este tema en Wintrobe, 1987, pp. 435-6, o en Wittman, 1989, pp. 1.395-6), y en consecuencia habría que reducir generalmente la intervención gubernamental o eliminarla por completo, reservando la asignación de recursos a los mercados privados.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA. 

B. Frey: El fracaso del gobierno es más significativo que el fracaso del mercado (en verdad, su ausencia)

Por Martín Krause. Publicada el 8/11/16 en: http://bazar.ufm.edu/b-frey-el-fracaso-del-gobierno-es-mas-significativo-que-el-fracaso-del-mercado-en-verdad-su-ausencia/

 

Con los alumnos de Public Choice vemos a Bruno Frey en “La relación entre eficiencia y la organización política”, donde compara el fracaso del estado y el del mercado. En verdad, en el caso de este último, se trata más bien de su ausencia, por la ausencia de derechos de propiedad. También, por la comparación con una situación ideal que no existe ni podría existir :

“A. El fracaso del mercado

Los mercados privados competitivos no logran un óptimo de Pareto o un resultado eficiente cuando existen externalidades o bienes públicos o cuando las economías de escala llevan a los proveedores a una posición monopolista. Éste fue el mensaje de la teoría económica de posguerra, que gozó de general aceptación. En consecuencia, el gobierno (que, según se da por sentado, tiene que elevar al máximo el bienestar social) debe intervenir para obtener un resultado más eficiente. Después de haber llegado a esta conclusión, considerándola satisfactoria, los políticos obran en consecuencia, tanto en el nivel microestructural (e. g., nacionalizando empresas o llevando a cabo políticas estructurales) como en el macroestructural (adoptando una política fiscal y monetaria de neto corte keynesiano).

Esta concepción, que dominó la escena económica hasta fines de la década del sesenta y parte de la del setenta, todavía existe en la actualidad. Si bien no es sorprendente que muchos políticos continúen aprovechando esta invitación a aumentar las actividades gubernamentales, también comparten este punto de vista destacados representantes de la teoría económica. Por ejemplo, en el enfoque neoclásico de la economía pública, los impuestos y los precios públicos se determinan sobre la base del supuesto de que el gobierno eleva al máximo el bienestar social.

  1. El fracaso del gobierno

El advenimiento de la moderna economía política (que incluye la elección pública, el nuevo institucionalismo y el análisis de los derechos de propiedad y de los costos de transacción), en la que se da por sentado en todos los aspectos que el gobierno es un actor endógeno dentro del sistema político-económico, afectó notablemente la ortodoxia respecto del fracaso del mercado (por ejemplo, véanse los trabajos de Mueller, 1989; Eggertsson, 1990, y Frey, 1983). En este enfoque se analizan cuidadosamente las propiedades de los sistemas de toma de decisiones políticas.

El “Teorema de imposibilidad general” (Arrow, 1951, cuyo antecedente es Condorcet, 1795), que establece la conclusión fundamental de que bajo supuestos “razonables” no existe un equilibrio político entre opciones siempre que se tomen en cuenta las preferencias individuales, despertó gran interés entre los eruditos. Los resultados electorales revelan una inestabilidad cíclica; en el caso de los asuntos multidimensionales, pueden abarcar todo el espacio político, incluyendo los resultados ineficientes (McKelvey, 1976).

Otros fracasos políticos también han sido objeto de un profundo análisis: debido al problema de los bienes públicos involucrado, los votantes no tienen demasiados incentivos para informarse acerca de la política y para participar en los procesos electorales; el resultado medio de una elección resultante de una competencia perfecta entre dos partidos en general no es eficiente; no todos los intereses en juego tienen la misma capacidad de establecer grupos de presión política (Olson, 1965); y las burocracias y la búsqueda de rentas constituyen un elemento adicional para desnaturalizar las asignaciones destinadas a lograr eficiencia.

Sobre la base de estos y otros fracasos políticos se ha llegado a la conclusión de que el gobierno no puede superar las deficiencias del mercado. Lo que ocurre en la realidad es más bien que la intervención política impide aun más la eficiencia. Un ejemplo de esto es el incentivo gubernamental en favor de la creación de un ciclo de negocios (Nordhaus, 1989) que incremente sus posibilidades de reelección.

  1. El fracaso del gobierno es más significativo que el fracaso del mercado

La moderna economía política ha alcanzado resultados tan convincentes que en este momento los eruditos ortodoxos piensan que los fracasos del mercado tienen menos importancia que los fracasos políticos. Esta creencia se afianza aun más por el redescubrimiento de la proposición de Coase (1960) de que si los derechos de propiedad están bien definidos y los costos de transacción son bajos, las externalidades no impiden el funcionamiento de un mercado eficiente. Además, se considera cada vez más que las ganancias de las empresas monopolistas son un indicador de eficiencia en la producción. De estos resultados se desprende que los mercados funcionan bien y la política funciona mal (véase un análisis de este tema en Wintrobe, 1987, pp. 435-6, o en Wittman, 1989, pp. 1.395-6), y en consecuencia habría que reducir generalmente la intervención gubernamental o eliminarla por completo, reservando la asignación de recursos a los mercados privados.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).