Otra vez, viviendo de la emergencia impositiva

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 4/9/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/09/04/otra-vez-viviendo-de-la-emergencia-impositiva/

 

Francamente es preocupante que al Gobierno le haya llevado todo un fin de semana para estudiar cómo enfrentar la crisis cambiaria y terminar anunciando un aumento de impuestos junto con un nuevo organigrama de Ministerios, que dudo genere grandes ahorros

No queda claro en qué se ahorrarán 0,4 puntos del PBI en 2019 entre gastos corrientes, remuneraciones y gastos operativos. Estamos hablando $73.680 millones de acuerdo al PBI que dieron a conocer para 2019.

De todas maneras, de los 2,6 puntos del PBI que van a bajar el déficit fiscal, el 65% se explica por aumentos de impuestos (los nuevos derechos de exportación de monto fijo y por postergar por un año el aumento del mínimo no imponible) y otros 0,5% de ahorros en subsidios económicos que en rigor es trasladarle al sector privado la baja del gasto público vía mayores tarifas. Lo que antes se pagaba con impuestos ahora se pagará en las facturas de los servicios públicos.

Ahora bien, algo que uno no puede entender es que gente que viene del mundo empresarial siga con la costumbre de aplicar impuestos de emergencia, porque se trata de una situación que luego se convierte en permanente en la Argentina.

De emergencia a permanencia

1) Impuesto a las Ganancias comenzó como transitorio en 1932 con el nombre de Impuesto a los Réditos. Se tornó vitalicio: “llevamos 86 años en emergencia”.

2) IVA en  1995, por el Efecto Tequila la alícuota tuvo un aumento de emergencia del 18% al 21% por 8 meses, desde abril a diciembre de ese año. Lleva 23 años de emergencia.

3) Impuesto al cheque se estableció en 2001 como transitorio hasta diciembre de 2002. Acumula 17 años de emergencia.

4) Retenciones a las exportaciones resurgieron en 2002 como una emergencia y ya llevamos 16 años de vigencia.

5) Ahora nos informan un impuesto de monto fijo a las
exportaciones de $3 a $4 por dólar, dependiendo del producto, con lo cual
nuevamente estamos en emergencia.

Explicaciones falaces

Con el argumento que no se puede tocar el gasto público porque estalla el país, o se viene la conflictividad social y otras justificaciones por  el estilo, la realidad es que seguimos teniendo un gasto público que ahoga el crecimiento económico.

Por eso es errado el razonamiento que con el crecimiento económico el gasto público va a terminar licuándose sobre el PBI. La realidad es que el PBI no puede crecer en forma sostenida mientras no haya inversiones y no habrá inversiones con esta carga impositiva confiscatoria, la que a su vez es consecuencia del nivel de gasto público.

Tampoco es cierto que el 2017 veníamos creciendo bien en forma genuina. Buena parte de ese aumento de la actividad agregada estuvo sustentado en obra pública financiada con deuda externa que se terminó cuando se cortó el financiamiento externo.

Se puede entender que a menos de un año de las PASO ya no quede demasiado margen para aplicar un plan económico consistente, aunque habrá que ver si las medidas anunciadas alcanzan para llegar sin desbordes a agosto del año que viene.

Pérdida de oportunidades

Ahora, si bien queda escaso margen para aplicar medidas estructurales de cara a las elecciones, también es cierto que se desperdiciaron dos grandes oportunidades en el pasado: 1) el 10 de diciembre de 2015, y 2) luego de las elecciones de medio término en 2017.

Esto hace dudar de la verdadera vocación de cambios estructurales que puede haber en el Gobierno. Porque si no hay convicción que el problema no es solamente el déficit fiscal, sino fundamentalmente el nivel de gasto público, nunca van a avanzar en el sentido de bajar el gasto para reducir el déficit fiscal.

Cuando Cambiemos asumió el Gobierno, seguramente sabía que el nivel de gasto público que heredaba del kirchnerismo se traducía en una feroz carga impositiva que, junto con la inseguridad jurídica y el cepo cambiario, impedían toda posibilidad de crecer. Los desafíos que tenía por delante eran gigantescos y nadie pedía solucionar todo lo heredado en cuatro años de mandato, pero sí cambiar el rumbo.

El cambio de rumbo no consistía solamente en eliminar el cepo cambiario, implicaba comenzar a cambiar los valores que imperan en nuestra sociedad que son los que establecen la calidad de nuestras instituciones, es decir las normas, leyes, códigos y costumbres que regulan las relaciones entre los particulares entre sí y los particulares con el Estado.

Es decir, terminar con la cultura de la dádiva y reimplantar la cultura del trabajo. Sin embargo, desde que asumieron en 2015, varios funcionarios de Cambiemos viven compitiendo con el kirchnerismo para ver quién otorgó más planes sociales.

El presidente Mauricio Macri dice que quiere que midan su gestión por la reducción de la pobreza

El presidente Mauricio Macri dice que quiere que midan su gestión por la reducción de la pobreza

Macri dice que quiere que midan su gestión por la reducción de la pobreza. En todo caso sería mejor medir el éxito de su gestión por la menor cantidad de planes sociales que tiene que otorgar el Gobierno porque eso va a significar que las familias pueden mantenerse gracias al fruto de su trabajo y no del trabajo ajeno.

¿Qué tipo de sociedad competitiva puede construirse, considerando los cambios tecnológicos que vemos que llegan como un tsunami, si hay generaciones que viven viendo como sus padres no trabajan y viven del plan social? Ese es el primer gran cambio cultural que tiene que impulsar Cambiemos para poder iniciar una senda de crecimiento basada en las inversiones para poder incrementar la productividad y bajar la pobreza. Todo eso no se logra con más impuestazos.

Es probable que con el aumento del tipo de cambio mejoren las exportaciones y se produzca cierto grado de sustitución de importaciones, pero como en tantas otras oportunidades, las exportaciones no mejorarán por mayor competitividad, sino por esconder, transitoriamente, las ineficiencias estructurales detrás de un tipo de cambio más alto. Esto lo hemos visto en infinidad de oportunidades, hasta que se licua el tipo de cambio real y volvemos a los problemas del sector externo.

Insisto, si las medidas anunciadas son para llegar a las elecciones de 2019 sin estallidos económicos, se entiende aunque habremos perdido 4 años más de nuestras vidas en financiar un Estado ineficiente.

Ahora, si creen que se construye una política económica de largo plazo con este nivel de gasto público, esta carga tributaria y esta cultura de la dádiva, seguimos en el mismo problema que nos hizo entrar en esta larga senda de decadencia populista que ya lleva, por lo menos, 70 años. Mientras tanto, seguimos aumentando nuestra emergencia impositiva.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Politicas de shock y gradualismo

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 5/5/15 en: http://economiaparatodos.net/politicas-de-shock-y-gradualismo/

 

Shock versus gradualismo, es un debate que va ganando presencia entre los candidatos presidenciales.Si bien ningún candidato es explícito sobre este tema, algunos candidatos hablan de, por ejemplo, quitar el cepo y eliminar la inflación rápidamente, otros de tomarse varios meses o toda una gestión presidencial para bajar la inflación a un dígito. Esto no es otra cosa que postura de “shock” por un lado y “gradualismo” por el otro.

 

La oposición a las políticas de shock suelen basarse en que las mismas imponen un costo innecesario a la sociedad. Bajar el gasto público de golpe, por ejemplo, puede generar desempleo y desaceleración de la actividad económica. Por el otro lado, el gradualismo suele quedar a medio camino y las reformas, al quedar incompletas, son inconsistentes y nuevos problemas económicos aparecen en el mediano plazo. El gradualismo, por lo tanto, busca minimizar los costos sociales y económicos durante la transición. La crítica a las reformas en shock, sin embargo, obvian que las mismas también pueden hacerse con un plan de transición que hace justamente del gradualismo una opción innecesaria.

 

Una analogía puede ilustrar el punto. Una muela que causa dolor es retirada en el momento (shock), no de forma gradual. Si el shock no es una mera medida económica aislada, sino que es un plan económico cuidadosamente planeado, entones antes de quitar al muela se aplica anestesia o algún calmante. Si el plan de shock no es cuidadosamente planeado y se hace porque la realidad se lo impone al político, entones es como quitar al muela sin anestesia o calmante. El problema que enfrenta la próxima administración no es sólo encarar las reformas apropiadas para Argentina, sino diseñar un claro plan de transición hasta que las reformas hagan efecto. Esto es distinto al gradualismo donde las reformas se hacen lento, paso a paso, esperando que sus efectos se materialicen gradualmente.

 

Hay, por lo tanto, dos tipos de políticas de shock. Las que posee un plan de transición (plan bien diseñadas) y las que no (plan mal diseñadas.) La crisis del 2001 dejó impregnado en la opinión pública que un ajuste fiscal y cambios fuertes (shocks) implican alto costos económicos y sociales. Sin embargo, el manejo que hizo la política Argentina podría ser ejemplo de haber hecho todo lo importante mal: (1) pesificación asimétrica, (2) corralito y corralón, (3) aumento de impuestos, (4) creación de nuevos impuestos, (5) evitar un ajuste racional del gasto público cayendo en default, (6) congelar tarifas sin un plan de salida subsidiando a la oferta en lugar de la demanda, etc. A su vez, estas medidas fueron impuestas por la realidad; Lopez Murphy tuvo que renunciar por proponer un ajuste fiscal notablemente inferior y más ordenado que el que efectivamente sucedió por persistir en el mismo camino de desequilibrios económicos y fiscales.

 

No todos los casos de reformas son tan mal diseñados e implementados como el de Argentina en el 2001. El caso del Milagro Alemán muestra el resultado opuesto. El resultado fue tal que para el momento en que el Plan Marshall entra en efecto, Alemania ya encontraba su economía en recuperación. Las reformas graduales que Argentina llevo a cabo luego del “shock” del 2001 fueron en el sentido contrario al del Milagro Alemán. En Alemania se desregularon precios y se liberó al economía, en Argentina se controlan cada vez más precios y se incrementaron las regulaciones económicas. En su  manual de principios de macroeconomía, Tyler Cowen y Alex Tabarrok se refieren a Argentina como un “desastre económico”; esos pocos países que tienen todo para ser potencia económica mundial pero persisten en esquivar al desarrollo económico. El otro país que aparee como ejemplo de desastre económico junto a Argentina es Nigeria. Japón y Corea del Sur son los dos ejemplos de milagros económicos.

 

Discutir políticas de shock versus gradualismo es útil en la medida que esto implique un plan de transición para navegar las reformas que tarde o temprano van a tener que hacerse, especialmente en lo que respecta desequilibrios fiscales. Y si en lugar de medidas, lo que hay es un plan completo de reforma, entonces correr el riesgo de dejar las reformas a medio camino al elegir el camino del gradualismo parece ser un riesgo innecesario. Es decir, si su dentista es un estadista y la aplica un calmante, ¿para qué quitar al muela gradualmente un lugar de hacerlo en el momento?

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Odian tanto a Margaret…

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 9/4/13 en http://www.carlosrodriguezbraun.com/wp-content/uploads/2013/04/pagina_0904201390545.html

Margaret Thatcher era mujer y demócrata. Se presentó a varias elecciones y las ganó limpiamente con un amplio respaldo de las trabajadoras y los trabajadores. ¿Por qué la odian tanto, pues? Porque no era obediente, y eso es una grave falta para el pensamiento único, que sólo ama a las mujeres sumisas, con la pata quebrada y en la casa común del pensamiento único progresista.

Su espíritu crítico explica que no haya sido una heroína. No era simplemente una mujer, sino además una gran feminista, que gustaba decir: “Si usted quiere que algo se diga, pídaselo a un hombre. Si usted quiere que algo se haga, pídaselo a una mujer”. Y sin embargo, las feministas no sólo no la respetaron sino que le dedicaron una multitud de insultos. De hecho, la denigraron acusándola de… ¡no ser una mujer sino un hombre! No podía ser una dama sino una dama… de hierro.

Dirá usted: sus políticas fueron muy peculiares y contestadas. Veamos. Sin duda recibió una gran contestación en la calle y los medios de comunicación, dos ámbitos donde refulge el progresismo, y donde es difícil encontrar voces discordantes. Sin embargo, “la calle” aquí, como siempre, no quiere decir “la gente”, ni “el pueblo” sino la movilización a cargo de la izquierda y en torno a sus tópicos.

Política económica

Además, tampoco las medidas de la Thatcher fueron tan extraordinarias. Es verdad que privatizó empresas públicas, pero esa medida no fue excesivamente original. De hecho, en su tiempo todos los gobernantes la adoptaron. A menudo se olvida que en España no fueron los conservadores los que privatizaron el INI, sino los socialistas bajo el mando de Felipe González, a quien jamás la izquierda denostó llamándolo “ultraliberal”, que es lo más suave que le dijeron a la jefa del gobierno británico en esos años, y después.

No es, en efecto, su agenda de política económica la que la convirtió en la bestia negra de los progresistas. De hecho, ella subió los impuestos, pero al progresismo le dio igual. La gestión concreta de sus gobiernos tuvo desde el punto de vista liberal sus luces y sus sombras, y la izquierda pudo haberse aprovechado de las segundas, de su intervencionismo y su nacionalismo, que desplegó en la Guerra de las Malvinas, originada por la dictadura militar de mi país natal. Pero no lo hizo nunca. En cambio, siempre le negó a Margaret Thatcher el pan y la sal.

¿Por qué? Porque, repito, no obedecía y además le daba igual. Si consideraba que el general Pinochet había sido un amigo de Gran Bretaña, lo apoyaba sin que le importara la catarata de insultos que recibió. Por cierto, muchos progresistas que la pusieron a caer de un burro consideraban que Pinochet era un dictador pero Fidel Castro no: son ellos los que, según han ido muriendo, han recibido incontables elogios por su “compromiso”.

Thatcher estaba comprometida, pero no con las ideas que el progresismo aprueba, y esto resulta imperdonable. Con todos sus defectos, que los tuvo, la señora Thatcher siempre defendió la misma posición frente al comunismo: es un sistema empobrecedor y criminal. No hallará usted muchos otros políticos que hayan planteado y sostenido de modo coherente este punto de vista, sobre todo antes de 1989. Después cayó el comunismo y hasta muchos izquierdistas hubieron de aceptar que, efectivamente, sus ideas se habían concretado en dictaduras asesinas. Thatcher lo dijo siempre, como lo dijeron siempre Ronald Reagan y Juan Pablo II, que forman con ella el trío que más detesta el pensamiento antiliberal, precisamente por eso, porque cuando cayó el Muro de Berlín, las trabajadoras y los trabajadores no se acordaron de los políticos de la izquierda, no se acordaron de los socialistas, los sindicalistas y los comunistas que tantos paños calientes habían aplicado a las autoridades que los habían oprimido durante décadas. Se acordaron, en cambio, del presidente americano, del Papa polaco… y de esa política inglesa que murió ayer. Descanse en paz.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.