Lord Keynes y el pleno empleo

Por Gabriel Boragina: Publicado el 11/9/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/09/lord-keynes-y-el-pleno-empleo.html

 

M. Keynes ha pasado a la historia económica como el paladín del “pleno empleo”. Sin embargo, aun no se encuentra suficientemente difundido (especialmente entre el vulgo) que sus recetas nunca consiguieron el tan ansiado objetivo y que, lejos de obtenerlo, tampoco podrían hacerlo, dado que su teoría para llegar a ello, fue y es -desde todo punto de vista- inviable.

Examinemos a continuación más en detalle la falacia keynesiana:

“Keynes argumentaba en La Teoría General que la economía de libre mercado no contenía ningún mecanismo interno para asegurar el pleno empleo. La debilidad crucial, decía, yace en la relación entre el ahorro y la inversión. La gente tiende a consumir más cuando sus ingresos suben, pero este incremento no es tan grande como el aumento en el ingreso. En otras palabras, también se ahorra una parte del aumento del ingreso. El problema, insistía, es que el ahorro es “no-gasto” y si la gente no gasta todo el ingreso extra que ganan, los empresarios pueden no tener el incentivo para invertir lo suficiente para emplear a todos aquellos que quieren trabajos a los salarios establecidos. Como resultado, una gran parte de la mano de obra puede acabar desempleada porque el sector privado ha fallado en crear suficientes puestos de trabajo. La economía, por tanto, se puede quedar atascada durante un periodo prolongado en lo que Keynes llamó un “equilibrio con desempleo”. ¿No podrían mejorar los trabajadores sus perspectivas aceptando salarios monetarios más bajos? No, insistía Keynes, porque los trabajadores sufren de una “ilusión monetaria” -incluso cuando los precios estuvieran cayendo y un recorte en los salarios no les afectara en términos de poder de compra, los trabajadores rechazarían aceptar menos dinero-“.[1]

El error de Keynes consistía en que impugnaba como “falsa” la ley de la oferta y la demanda, también denominada “Ley de Salidas” de Say. De haber aceptado la verdad de esta ley básica de la economía habría advertido que su planteo era por completo equivocado. Pero no era su único desconocimiento, sino que tampoco tenía claro cómo funcionaban el ahorro y la inversión, lo que brinda evidencia que sus conceptos sobre ambos también eran oscuros. No obstante, su ataque principal estaba dirigido contra el ahorro, que Keynes asimilaba por completo al atesoramiento, campo este último donde también padecía de una severa confusión. En suma, parecía creer que -en última instancia- lo que provocaría el desempleo sería el excesivo ahorro, lo cual bien sabemos que resulta por completo falso. En su diseño mental, suponía que la única forma de generar empleos era mediante el consumo íntegro del ingreso por parte de la gente, lo que demuestra la falacia de las conexiones causales que establecía en su “teoría”. El pleno empleo sólo reconoce una exclusiva y única causa : la total ausencia de interferencias regulatorias por parte de los gobiernos en el mercado laboral, es decir el más absoluto y riguroso respeto a las convenciones pactadas en los contratos laborales celebrados en el marco de la más incondicional libertad entre empleadores y empleados. En otras palabras, lo necesario para la existencia de pleno empleo es la no interferencia del gobierno en el mercado laboral, y no las abstrusas “elaboraciones” keynesianas.

“En vez de pedir que los trabajadores aceptaran cobrar menos, Keynes estaba a favor de aumentar el nivel general de precios para que los empresarios pudieran obtener beneficios sin recortar los salarios. En otras palabras, la solución de Keynes para el desempleo era la inflación de precios.”[2]

También proponía la misma solución respecto de los salarios, lo que demuestra un nuevo desconocimiento adicional de la teoría keynesiana, a saber: en qué consiste realmente la inflación y cuáles son sus efectos. En realidad, los empresarios no podrían obtener beneficios si por un excesivo nivel de precios los consumidores se veían impedidos de aumentar sus compras, lo que hacía necesario que por un mecanismo análogo (inflacionario) se aumentara el poder de compra de los asalariados. No obstante, Keynes tampoco parecía advertir que en el mediano y largo plazo la inflación no aumenta el poder de compra real del salario. Lo que se genera en los hechos, es una carrera infernal entre precios y salarios (en rigor, entre dos tipos de precios diferentes, pero ambos precios al fin).

“Déficit público. El gasto deficitario del gobierno proporcionaría una demanda adicional al mercado, empujando los precios hacia arriba y estimulando la contratación. Esta política continuaría hasta que se consiguiera el “pleno empleo”. Pero debido a que, desde el punto de vista de Keynes, los empresarios eran normalmente cortoplacistas e irracionales en sus miedos acerca de las perspectivas de las inversiones, el sector privado siempre se retrasaría en crear trabajos. El gobierno tendría que estar constantemente al control de los instrumentos monetarios y fiscales, inyectando gasto en la economía para evitar que volviera a hundirse en niveles de desempleo inaceptables.”[3]

A esa demanda adicional del gobierno es a lo que los keynesianos llamarían pomposamente “demanda agregada”. Keynes creía que las mayores ganancias de los empresarios, fruto, a su turno, del aumento de precios generado por la demanda adicional del gobierno, impulsarían a una superior contratación de empleo, pero es de sentido común saber que no necesariamente habría de ser así. En realidad, también en eso se equivocaba Keynes. El mayor gasto de consumo gubernamental podría tener como efecto –alternativamente- un incremento de los gastos personales o familiares del empresario en cuestión, o el atesoramiento empresarial, o bien mayor inversión en tecnología, dado que los empresarios siempre están alertas a cualquier oportunidad de abaratar costos. Es verdad que esta mayor inversión en tecnología podía, indirectamente, crear nuevo empleo, pero -al mismo tiempo- antiguos puestos de trabajo desaparecerían como fruto de la innovación tecnológica. Por otra parte, el gasto continuaría empujando los precios al alza, desalentando la demanda de los trabajadores que no pudieran afrontar esos aumentos.

[1] Richard M. Ebeling.”Hazlitt y el fracaso de la economía keynesiana”. The Freeman. Ideas on Liberty. Nº 2

[2] Ebeling R.”Hazlitt y el…” op. cit. p. 2

[3] Ebeling R.”Hazlitt y el…” op. cit. p. 2

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

LA FANTASÍA DEL EFECTO DERRAME

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Si realmente se quiere ayudar a los más pobres de todas las sociedades, debe contarse con marcos institucionales de tales características que hagan atractiva la inversión. Solamente el crecimiento de las tasas de capitalización permite el incremento de salarios e ingresos en términos reales.

 

No se trata entonces de solo declamar sobre la necesidad de incrementar las inversiones puesto que la abstención de consumo, esto es, el ahorro, requiere de un ámbito en el que se ofrezcan garantías de su cuidado y respeto. El destino del ahorro es la inversión o su equivalente la tasa de capitalización que se concreta en equipos, herramientas de muy diverso tenor, maquinarias y conocimientos relevantes al objeto perseguido de optimizar el retorno.

 

Siempre el ahorro se traduce en inversión, incluso cuando se invierte en dinero. Se procede de esta manera porque, igual que toda inversión, se estima que el valor futuro será mayor que en el presente. En este caso, al guardar bajo el colchón la masa monetaria es menor y frente a los bienes disponibles hace que bajen los precios, es decir, sube el poder adquisitivo de la unidad monetaria. Generalmente (no siempre) se procede de este modo cuando no hay suficientes garantías para invertir en otros sectores, a menos que la colocación sea en bancos debido a atractivas tasas de interés. Se cualquier modo, hay un estrecho correlato entre el clima civilizado de respeto a la propiedad y el volumen de inversiones.

 

El proceso por el cual se conectan las tasas de capitalización y los ingresos en términos reales procede a través de los siguientes cuatro pasos. Antes de mencionarlos cabe precisar que para que tengan lugar en todo su potencial esos pasos, es menester que el inversor tenga claro que no obtendrá privilegios si contacta a los gobernantes y, también, se saca el mayor provecho posible si el mercado laboral está abierto, a saber, que los arreglos contractuales entre las partes no es interferido por los aparatos de la fuerza.

 

Pues bien, los cuatro pasos son los siguientes: primero, el empresario tendrá muy presente que su meta es obtener el mejor rédito posible dadas las circunstancias imperantes (de lo contrario, será removido en la primera asamblea de accionistas). Segundo, dado que no puede robar a través de dádivas gubernamentales, está obligado a servir a los efectos de incrementar su patrimonio. Tercero, se abocará entonces a ofrecer mayor cantidad de bienes y servicios de los que ya existen o nuevos bienes y servicios. Cuarto, como el mercado laboral se encuentra libre de trabas todos están empleados en faenas manuales o intelectuales por lo que el capitalista en cuestión no tiene más remedio de ofrecer salarios y honorarios más elevados si quiere atraer personas hacia su negocio para que colaboren en su emprendimiento. Es así como se eleva el nivel de vida y si en lugar de una sola empresa invierten muchas, los ingresos se multiplican y, además, los recursos humanos se emplean  en tareas más humanas y productivas (por eso es que en países de altas tasas de capitalización no existe tal cosa como el servicio doméstico y similares).

 

No es que en Huston-Texas los empleadores sean más generosos y comprensivos que los de La Paz-Bolivia, es que en el primer caso están obligados a pagar salarios más altos por las razones apuntadas (y por el mismo servicio). Son irrelevantes las diferencias patrimoniales de quienes contratan y son contratados en el mercado laboral, como queda dicho, son las tasas de capitalización las que marcan los salarios independientemente si uno es millonario y el otro está quebrado.

 

Vamos entonces al llamado “efecto derrame”. Como he apuntado en otras oportunidades, esta terminología no solo se utiliza peyorativamente para aludir al proceso antes señalado sino que confunde totalmente conceptos clave. Para nada se trata de asimilar el tema a un vaso del que beben cuantiosamente los opulentos y, cuando rebalsa (derrama) pueden beber los menesterosos de la tierra. En absoluto. Se trata de un proceso que va en paralelo a la evolución de los ingresos en términos reales. Cada incremento en las tasas de capitalización hace que los salarios aumenten tal como hemos destacado. Por ello es que los que recurren a la idea del “efecto derrame” provienen de diferentes variantes socialistas muy alejados de los valores y principios de una sociedad abierta.

 

Por último, si las legislaciones apuntan al igualitarismo se desarticulan los efectos bienhechores especialmente para los más necesitados puesto que se contradice la desigualdad que la gente votó en el supermercado y afines según sea la atención que se preste al consumidor y la respectiva calidad y precio.

 

La denominada redistribución de ingresos significa volver a distribuir por la fuerza la distribución que se logró debido a las votaciones de la gente en el plebiscito diario del mercado. Y tengamos en cuenta que el mercado somos todos cuando compramos nuestra ropa, alimentos, vivienda, libros y demás.

 

El igualitarismo desmorona los marcos institucionales necesarios para la antes aludida inversión ya que impone la guillotina horizontal, lo cual equivale a que se embista contra los resultados de la inversión. No es posible tener la torta y comérsela al mismo tiempo. Si se desea combatir la pobreza no puede atacarse la inversión en los hechos, por más que se la alabe en el discurso, asignando recursos a sectores distintos de los votados por la gente en procesos abiertos y competitivos con lo que se derrochan aquellos factores productivos y, por tanto, se perjudica especialmente a los marginales reduciendo sus salarios.

 

Demás está decir que cuando nos referimos al rol de la desigualdad no aludimos a los pseudoempresarios aliados al poder que obtienen sus patrimonios fruto de la explotación del privilegio ni a los gobernantes que echan mano a dineros públicos, sino, como queda dicho, a quines obtienen sus ingresos en mercados abiertos y competitivos y que, por tanto, deben atender las necesidades y deseos de la gente.

 

Regulaciones asfixiantes, impuestos insoportables, endeudamientos siderales, inflaciones galopantes y gastos públicos incontrolables constituyen recetas infalibles para extender la exclusión y la miseria.

 

Por sugerencia de un  ex alumno del doctorado de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires que me envió el tape, acabo de escuchar una conferencia de Miguel Ángel Cornejo trasmitida desde Lima en el Estadio Nacional del Perú (ahora veo que hay varias de su autoría en Youtube). En estas líneas quiero mencionar uno de los ejes centrales de aquella presentación que estriba en su vehemente preocupación de que en nuestro continente latinoamericano en general se ha insistido hasta el cansancio que es una virtud el ser pobre y que constituye un galardón el sufrimiento. El orador dice que de este modo no vamos a ningún lado ya que esa actitud conduce al estancamiento cuando no al retroceso. Expresa Cornejo que se necesita una visión radicalmente distinta para progresar, cual es la admiración a los exitosos que han logrado sus sueños en base a procedimientos legítimos, cualquiera sea el ámbito de su acción. Decimos nosotros que, además del sano consejo de la emulación, se estimulan las tasas de capitalización (no la sandez del “efecto derrame”). Sostuvo con razón el orador que el lamento, la victimización, la envidia y el reclamo para que el fruto del trabajo de otros se destine coactivamente a paliar problemas son características destinadas a perpetuar el fracaso.

 

Todos los temas que hoy se dan por sentados deben ser revisados y discutidos con detenimiento al efecto de que las funciones gubernamentales sean confirmadas o eliminadas, tal como hacen los especialistas en hacienda y contabilidad con la herramienta del presupuesto base cero. En mis clases en la Maestría en Economía que estoy ahora dictando por aulas virtuales para la Swiss Management Center University les digo a los estudiantes que es como si mi cátedra de Análisis Económico fuera un libro en colaboración con ellos titulado Cuestionar todo, no por el deseo de debatir sino para fijar una atenta mirada en las políticas económicas del momento tomando la debida distancia para racionalizar y estudiar desde diversos ángulos acerca de la conveniencia de su mantenimiento o desmantelamiento. Entre muchas otras cosas, concluimos que el llamado “efecto derrame” deforma hasta convertir en una caricatura grotesca lo que se quiere decir cuando se señalan las virtudes del incremento de la inversión per capita.

 

No es que deba haber unanimidad en esto (ni en ningún otro asunto ya que el conocimiento es provisional sujeto a refutaciones) pero es importante prestar atención a los argumentos y contra-argumentos a los efectos de sacar conclusiones. Termino con una nota de humor negro y es que Prensa Latina (la agencia única y oficial cubana) trasmite la curiosa noticia que Raúl Castro declaró el 13 de abril del corriente año que es “un enemigo absoluto de la unanimidad”. Como es sabido, hasta ahora, desde 1959, no se conoce un solo caso que no fuera de votaciones unánimes en la llamada Asamblea Nacional y en todos los foros de la isla-cárcel, esto si genera un “efecto derrame” sobre la población en el sentido más verticalista, truculento y brutal de la expresión.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

Tres problemas con el cepo cambiario

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 6/11/13 en: http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2013/11/06/tres-problemas-con-el-cepo-cambiario/#more-56

La acelerada pérdida de reservas por parte del BCRA ha puesto en el centro del escenario el problema del cepo cambiario. Si bien queda poco para que termine el 2013, en lo que va del año el BCRA ya perdió más reservas que el 2011 y el 2012 juntos. Incluso se estima que terminará el año perdiendo alrededor de 12.000 millones. Estos números pueden ser peores si además se tienen en cuenta préstamos que recibe el BCRA que hacen “ver” que las reservas propias son más que las reales. Ni hablar del patrimonio en el balance del BCRA si se toman las letras intransferibles del Tesoro al nulo valor de mercado en lugar de valor libro. ¿Cuál es el punto de tener un cepo cambiario si el BCRA es incapaz de controlar sus propias reservas?

El problema del cepo es que no soluciona el problema de fondo. El dólar oficial se encuentra artificialmente barato, lo que hace que su oferta (por exportaciones, etcétera) sea menor y que su demanda (para importaciones, atesoramiento, etcétera) sea mayor. El desequilibrio es la pérdida de reservas resultante. Parte importante de este problema es la precaria situación energética a la que se ha llegado luego de diez años de kirchnerismo. Ante este panorama, la pregunta de si se puede salir del cepo y cómo hacerlo se ha escuchado con mayor frecuencia en los últimos días. Una política para salir del cepo tiene que hacer frente a por lo menos tres problemas.

En primer lugar, el desvío del tipo de cambio oficial respecto al tipo de cambio real. En la medida que el tipo de cambio oficial mantenga un precio de dólar barato, la oferta no podrá satisfacer a la demanda en  el mercado de cambios. Esto no es otra cosa que la interacción entre demanda y oferta. La Argentina está en un típico problema de atraso cambiario. La política cambiaria K ha sido similar a la tablita de Martinez de Hoz; ajustar el tipo de cambio por debajo de la inflación.

Si uno estima el tipo de cambio del 2007 (cuando se interviene el INDEC) en adelante por la inflación verdadera de Argentina menos la americana, a fin del 2012 el tipo de cambio debería estar alrededor de los 12 pesos. Es decir, el mercado blue se encuentra más cerca de un tipo de cambio de equilibrio que el tipo de cambio del BCRA. Esto no quiere decir que la solución sea una devaluación. De poco sirven la devaluaciones que buscan evitar cambios de fondo en la economía del país. Las economías son más competitivas frente al mundo cuando el sector productivo es competitivo, no cuando el BCRA devalúa artificialmente el tipo de cambio bajo el eufemismo de “tipo de cambio competitivo”. En lo que va del 2013, el BCRA devaluó el peso alrededor de un 25% (en términos anuales), tasa similar a la inflación anual. Este es un ritmo de devaluación, llevado adelante por el kirchnerismo, por más que el gobierno niegue sus propias políticas.

En segundo lugar, es indispensable dar fin a la inflación, ya entre las mayores a nivel mundial. La diferencia entre una inflación del 2% y una del 25% no es meramente de valores. Con una inflación del 25%, el peso puede ser medio de pago, pero deja de ser una eficiente unidad de cuenta y definitivamente deja de ser un medio para atesorar valor. Esto quiere decir que mientras el peso puede ser un medio de pago no es dinero propiamente dicho. Si el atesoramiento de valor (ahorrar) no es posible, entonces la demanda de tenencia de pesos colapsa. Esto quiere decir que todo peso que no se necesita para transacciones (compras de cada mes como ir al supermercado, pagar impuestos, etcétera) se utiliza para comprar bienes y dólares, pero no se ahorra. El aumento en consumo no se debe a las bondades del modelo kirchnerista, se debe a la destrucción del peso como reserva de valor. Ante la inevitable pérdida de riqueza, mejor comprar un televisor plasma o cambiar el auto que ahorrando en pesos. En el segundo caso se pierde valor pero al menos se disfruta de un nuevo bien adquirido. El desafío del BCRA no es sólo bajar la inflación, es volver a generar la confianza en la gente que el peso ha vuelto a ser dinero, lo que incluye ser un medio viable y confiable para atesorar valor. En  el centro de estos problemas se encuentra el déficit fiscal, el cual el BCRA financia al mismo tiempo que se deslinda del problema inflacionario. Una actitud que va en contra la credibilidad necesaria para recuperar la seguridad en el peso.

En tercer lugar, hay un serio problema de confianza. El dinero fiat como el peso (dinero no convertible) obtiene su valor de la confianza que el mercado tenga en el BCRA. Cuando el BCRA no es confiable, entonces comienza a haber una preocupación por las reservas, dado que sin cepo cambiario el mercado puede rápidamente cambiar el peso por otra moneda más dura. Pero si el BCRA fuese confiable nadie estaría preocupado por el nivel de reservas. ¿Quién se preocupa, acaso, por las reservas de la Reserva Federal de Estados Unidos? No va a ser fácil eliminar la preocupación por las reservas en un país con un historial único de inflación y un presidente del BCRA que niega que la inflación sea su responsabilidad. ¿Cómo creer la palabra a un gobierno que insiste con publicar las irreales cifras delINDEC (sólo por dar el ejemplo más claro)? El gobierno argentino es considerado, doméstica e internacionalmente, un mentiroso crónico. ¿Cómo creerle a un mentiroso crónico? El kirchnerismo es un movimiento sin credibilidad. ¿Le creería a usted a Cristina Kirchner si le dice por cadena nacional que le promete proteger el valor del peso secundada por funcionarios como Boudou, Moreno, Kicillof, Pimpi Colombo, Marcó del Pont, Abal Medina, etcétera? El problema del kirchnerismo no es sólo su rechazo a un problema inocultable, sino que han dilapidado la credibilidad necesaria para que las medidas que debería tomar sean creíbles.

El kirchnerismo ha hecho a la sombra de los otros poderes del Estado un gran daño social y económico. Pero el mayor golpe que han dado al país es el daño institucional. Sin embargo, al votar la estatización de las AFJP y la expropiación de YPF, la oposición es tan responsable del deterioro institucional del país como el kirchnerismo. El problema de una parte importante de la oposición es que ha dañado también su propia credibilidad. La confianza, el respeto a la clase política, las instituciones formales e informales, etcétera, se construyen con mucho esfuerzo y tiempo. Es muy fácil, sin embargo, echar por tierra tanto trabajo. Está confundida la oposición si cree que los problemas del kirchnerismo se solucionan mejorando la gestión pero sin un serio cambio de actitud hacia el problema institucional y revisión de las políticas de fondo. Solucionar el problema del cepo cambiario requiere más que medidas económicas consistentes, requiere de una credibilidad y prestigio institucional que ni el oficialismo ni la oposición se han preocupado por cuidar. Solucionar los problemas económicos del país va a ser más difícil de lo necesario.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

El valor del dinero

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 20/5/13 en http://www.rionegro.com.ar/diario/el-valor-del-dinero-1166273-9539-nota.aspx

 Los problemas monetarios constituyen el interés recurrente por parte de los economistas, desde el nacimiento mismo de la ciencia que compete a esta parte del conocimiento. Sin embargo, pese a todos estos años y a las reiteradas y aun a veces trágicas crisis, con origen en desequilibrios monetarios, el concepto y las funciones del dinero siguen siendo de difícil comprensión.

Los acontecimientos políticos recientes dan cuenta que los gobernantes argentinos son, quizás en los tiempos que corren, uno de los participantes peor entendidos del concierto global, en este aspecto. Desde la conducción económica se afirma que la expansión monetaria del peso no es inflacionaria y, sujeto al argumento análogo en que se funda la expansión monetaria de la Reserva Federal de los Estados Unidos, concluye: la emisión no es la causa del incremento de precios.

En verdad, debe hacerse saber a las autoridades que el valor del dinero, como el de cualquier otro bien, depende de su utilidad marginal. Si la utilidad marginal del dinero sube, entonces, el poder adquisitivo del mismo se incrementa y, en consecuencia, con las mismas unidades monetarias se puede adquirir un mayor número de bienes. Es decir, si se aplica el término “valor” al dinero, bajo esta perspectiva, se quiere expresar que el precio de la mayoría de los bienes tiende a cambiar, predominantemente, a la baja a lo largo del período analizado. En caso contrario, el procedimiento se invierte.

No obstante, nobleza obliga, razones de justicia exigen reconocer la idea de un fuerte incremento en la emisión, tanto de pesos como de dólares, realizados por parte de los respectivos bancos centrales enunciados.

Esclarecer por qué en similares condiciones monetarias (según las autoridades argentinas) el dólar es fuertemente valorado frente al alicaído y escarpado equivalente doméstico, o peso argentino, implica ahondar en el concepto ya aludido.

Un precio es un tipo de cambio y significa la cantidad de unidades de una mercancía que hay que entregar para comprar una unidad de otra. Todos los bienes tienen un precio respecto de otros: un peso equivale a x unidades de dólar, y viceversa.

El poder adquisitivo del dinero se mantiene estable cuando su oferta y demanda se mueven en la misma dirección, sentido y magnitud. Así, se facilita el intercambio en forma eficiente, puesto que para que ello se produzca es necesario que la oferta de dinero varíe en la misma cuantía que la demanda de dinero.

Interceder por la elasticidad de la oferta y la estabilidad del valor del dinero es un problema a resolverse mediante la regulación de la cantidad de moneda, para preservar, de manera estable, el valor del dinero en términos de bienes.

En ocasiones se producen desajustes en la estabilidad del poder adquisitivo del dinero. Es la oferta la que debe acompañar a la demanda de dinero y no la demanda quien debe adecuarse a la oferta. El caso del dinero en nada difiere del de los demás bienes y servicios. Un exceso de oferta significará un mayor stock nominal de billetes y monedas, para adquirir la misma cantidad de bienes. Es decir, una pérdida del poder adquisitivo. Dicho de otro modo: si la oferta monetaria crece más rápido que la demanda, entonces los precios tienden a aumentar y el poder adquisitivo, a caer.

Ahora bien, con el propósito mencionado de cotejar vis a vis dólares y pesos, no es menos cierto que ambos signos monetarios presentan profundas diferencias. En particular, se debe referir a las condiciones jurídicas, políticas y económicas que subyacen en las instituciones de ambos países.

Pero la diferencia esencial estriba, como se ha dicho, en la utilidad marginal de los signos tratados. La Reserva Federal, bajo la inspiración de ideas keynesianas, implementó los programas quantitative easing 1, 2 y 3 (tomadas en los últimos años para afrontar la reciente crisis) mediante la compra de títulos valores con el fin de bajar la tasa de interés, incluso a largo plazo, y saciar los deseos de mantener depósitos. Sin embargo, no se ha alcanzado el impacto esperado en la inversión y los bancos han acumulado reservas excedentes récord en la Reserva Federal. Es decir, creció muy fuerte el atesoramiento. Por otra parte la gran demanda de dólares por déficits de cuenta corriente, como moneda hegemónica, se ha canalizado hacia las reservas de otros bancos centrales como, por ejemplo, el Banco Central de China que acumula 3,4 billones de dólares. Así, el impacto de la emisión sobre los precios domésticos ha sido atemperada y, en consecuencia, la utilidad marginal del dinero para transacciones ha sido levemente ajustada a la baja. Aunque el riesgo sistémico se ha incrementado.

Por su parte, analizar el proceso expansivo del peso argentino presenta, con respecto a la divisa del norte, una única similitud, justamente la expansión. No obstante, a diferencia de la otra moneda, el atesoramiento ha caído estrepitosamente, incluso, para aquellos que debemos utilizarla en el curso forzoso de las operaciones corrientes. El crecimiento exacerbado de los pesos ha dado como resultado una pauperización del valor de la divisa local lo que ha redundado en un vertiginoso proceso inflacionario. Aquellos países que echan mano del efecto inflacionario, se verán obligados a suspender dichas prácticas en pos de mantener estable el valor de su moneda. De lo contrario, la bancarrota será el fin inevitable.

Si los países se comprometieran a no obstaculizar en manera alguna el libre comercio dentro de sus territorios de las monedas de cada país, se conduciría a la supresión de todo tipo de control de cambios y de regulación del movimiento de dinero en estos países, como asimismo a la plena libertad de utilizar cualquiera de estas monedas tanto en las operaciones como en la registración contable de las mismas.

Tan pronto como el público se habituara con estas prácticas, habría inmediatos efectos contra la desviación de suministrar buen dinero y su desplazamiento hacia monedas de mejor calidad.

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), Profesor Titular en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.