Patentes y descubrimientos: una nota

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

En la ciencia y en el conocimiento en general no hay tal cosa como verificación sino corroboraciones provisionales sujetas a posibles refutaciones tal como enseñan entre otros Morris Cohen en su Introducción a la lógica y Karl Popper en su Conjeturas y refutaciones. El progreso científico está basado en esta premisa pero lamentablemente la ignorancia hace posible descansar en certezas que son las que bloquean el progreso porque no permiten acercarse a las verdades, no permiten incorporar tierra fértil en el mar de ignorancia en el que nos desenvolvemos. Ese es el sentido de lo dicho por Emmanuel Carrére. “lo contrario a la verdad no son las mentiras sino las certezas”. Nada humano alcanza la perfección, por tanto se trata de un tránsito sin término en el afán de descubrir nuevos aspectos. El lastre más pesado para el conocimiento son los aferrados al statu quo, son los conservadores a raja tabla, las telarañas mentales que no dan lugar a la aventura del pensamiento. El arraigo al pasado, al inmovilismo y a la superlativa escasez de imaginación para concebir lo mejor constituye el reflejo más potente del atraso.

Emparentado con el tema que ahora abordamos  brevemente -el de las patentes- la Academia Nacional de Ciencias me publicó hace casi treinta años un ensayo (por si fuera de interés, está en Internet reproducido en la revista académica chilena Estudios Públicos) titulado “Apuntes sobre el concepto de copyright” de cuarenta páginas con palabras introductorias de Julio G. H. Olivera, donde intentaba demostrar los inconvenientes de las leyes de copyright, en este caso apunto a lo mismo pero referido a las patentes. Muchos son los autores que han señalado con anterioridad las mismas conclusiones pero esta línea argumental partió de dos trabajos pioneros de Arnold Plant en la London School of Economics, respectivamente titulados “The Economic Theory Concerning Patents for Inventions” (Economica, febrero de 1934) y “The Economic Aspects of Copyrights for Books” (Economica, mayo de 1934).

Antes que nada debe subrayarse que la patente se diferencia de la marca, es decir, constituye un fraude operar bajo la marca (el nombre) de otra empresa o persona. En segundo lugar, es necesario precisar que la patente otorga un privilegio que permite cobrar un precio más alto del que hubiera sido de no mediar la prerrogativa.

En tercer término es de interés destacar que, dados los siempre escasos recursos, la patente desvía factores de producción hacia lo patentable en investigación y desarrollo en dosis mayores de lo que hubiera sucedido de no haber mediado el mencionado privilegio y como las necesidades son ilimitadas se producirá un faltante artificial en otros reglones como, por ejemplo, el pan, la leche, las verduras y las represas. Por otra parte, las universidades de prestigio cuentan con departamentos de investigaciones de gran fertilidad sin privilegios otorgados por los aparatos estatales.

En cuarto lugar, la patente se otorga por cierto número de años lo cual pone de manifiesto que el producto o proceso en cuestión no pertenece estrictamente al patentado sino al gobierno. Si fuera un derecho de propiedad no debiera limitarse en el tiempo sino hasta que el supuesto titular venda o regale.

Quinto, el régimen de las patentes entra en un galimatías al intentar definir lo patentable de lo no patentable. En este último caso, no se autoriza patentar que dos más dos son cuatro o que la Tierra es redonda, solo lo que se dice son invenciones que en verdad son descubrimientos de leyes de la naturaleza preexistentes por lo que no corresponde cobrar y por lo que es permisible copiar, ya sea un procedimiento de ejercicios para el dolor de espalda, el proceso por el cual tiene lugar la electricidad o un nuevo estilo de construcción arquitectónica, situación que no quita la posibilidad cordial de dar crédito a quien descubrió lo dicho, a diferencia de la genuina creación, por ejemplo, la literaria en cuyo caso puede un tercero también comercializar la obra una vez hecha pública (publicada) pero nunca cometer el robo, es decir, el plagio, de usar el texto como si fuera propio (tema sobre el que me explayé en el antes referido ensayo sobre copyrights).

Sexto, en este contexto el prestigio de la marca atrae debido a lo confianza que inspira aunque la fórmula del medicamento, la bebida o lo que fuera sea copiada si es que la competencia real o potencial pudiera acceder a la misma, puesto que en un mercado libre nadie está obligado a hacer pública la fórmula o el proceso que descubrió.

Séptimo, hay un correlato de lo que estamos apuntando con la llamada “teoría de la industria incipiente”. Se dice que los aparatos estatales deben establecer aranceles aduaneros “al efecto de proteger emprendimientos locales hasta que adquieran la experiencia necesaria frente a empresas extranjeras que cuentan con mayor entrenamiento”. Pues esto está mal razonado, en una sociedad abierta el emprendimiento que arroja pérdidas en los primeros períodos (como lo son la mayor parte de la evaluación de proyectos nuevos) con la conjetura de que las ganancias futuras más que compensen los referidos quebrantos iniciales, debe ser financiado por las empresas que pretenden ejecutar el proyecto. Y si los fondos no alcanzaran deberían financiarse con la venta de parte del emprendimiento sea con recursos locales o internacionales. Si nadie en el orbe se interesa por la idea, es por un de dos motivos: o es un cuento chino (lo cual es muy común en estos avatares “proteccionistas” que desprotegen a los consumidores) o, siendo un proyecto rentable hay otros que lo son más y, como queda dicho, siendo los recursos limitados deben establecerse prioridades puesto que todo no puede hacerse al mismo tiempo.

Octavo,  en el contexto de las patentes debe subrayarse el eje central del fundamento de la propiedad privada deriva de la naturaleza de las cosas: pone en evidencia que los bienes son escasos en relación a las ilimitadas necesidades. En conexión con lo que apuntamos en el  tercer punto, como hemos enfatizado recientemente en otro contexto, si hubiera de todo para todos todo el tiempo no habría necesidad de asignar y resguardar derechos de propiedad (tal como viene ocurriendo con el oxígeno en este planeta). Como esto no es así, el proceso de asignación de derechos de propiedad se debe a que el uso y la disposición estará en las mejores manos en una sociedad abierta al efecto de proteger el fruto de la propia labor y simultáneamente servir de la mejor manera al prójimo. Quienes administran mejor lo bienes estarán compensados con ganancias y quienes yerran en la operación de sus bienes incurrirán en quebrantos con lo que los patrimonios cambiarán de manos según la eficiencia para atender las demandas de los demás. Sin embargo, en el caso de las patentes el privilegio produce escasez artificialmente.

Noveno, el colmo de la injusticia y lo contraproductivo en el sistema prevalente de patentes es cuando otra persona o empresa descubren por una vía independiente lo mismo que descubrió el patentado tiene que resignarse a no producir puesto que el primero detenta el monopolio.

Cuando en economía se habla de monopolio debe aclararse que hay dos tipos: el que surge en el mercado como consecuencia del apoyo voluntario de los consumidores o el que es impuesto por la fuerza por el gobierno. El primero es consubstancial con el proceso de mercado puesto que no puede existir la segunda empresa en cualquier ramo antes que exista la primera. Es el caso del arco y la flecha en épocas del garrote, es el caso de la computación, de los productos farmacéuticos, de las comunicaciones y de todo lo que inicialmente tiene lugar en el planeta. Lo importante en estas cuestiones es que el mercado esté abierto para que cualquiera en cualquier punto del mundo pueda entrar a competir, lo cual no quiere decir que necesariamente habrá varios oferentes,  esto dependerá de los reclamos de la gente y de los recursos disponibles. Cuantos operarán en cierto rubro será consecuencia de las circunstancias del caso, pero, repetimos, es fundamental que el mercado se encuentre abierto de par en par para cualquiera que se considere en condiciones para competir.

Sin embargo, el segundo tipo de monopolio, el legal, el privilegio otorgado por el gobierno, siempre y en toda circunstancia es dañino sea un monopolio estatal o privado, el precio será superior, la calidad inferior o las dos cosas al mismo tiempo. Este es el caso de las patentes y, como he analizado en mi ensayo que mencioné antes en base a la nutrida bibliografía disponible, esta conclusión también se aplica a las leyes de copyrights.

Arnold Plant y tantos otros intelectuales (destaco especialmente a Fritz Machlup, Lionel Robbins y el premio Nobel en economía Friedrich Hayek) han demostrado en detalle en sus respectivos trabajos los graves inconvenientes de imponer el sistema de patentes, incluso para la calidad de las inversiones en investigación de la propia área en cuestión. Como ha escrito una y otra vez Fredéric Bastiat,  un buen analista no se limita a estudiar las consecuencias visibles y a corto plazo de una política sino que debe interesarse por las consecuencias que a primera vista no se detectan y las que tienen lugar en el largo plazo, es decir, las que se producen en definitiva y en el balance neto.

Cada vez con más frecuencia la política se desvía de lo que en esta instancia del proceso de evolución cultural es su misión de proteger derechos para, en su lugar, atropellarlos. Constituye una regresión al absolutismo. Hoy, en un plano más amplio, Anthony de Jasay ha consignado que “Es bien sabido que de buenas intenciones está pavimentado el camino al infierno, pero no es bien sabido que el camino a la pobreza está pavimentado de la política”, a lo que podríamos agregar lo que decía Ronald Reagan: “Los dos primeros oficios de la humanidad fueron la prostitución y la política, lamentablemente cada vez más el segundo se está pareciendo al primero”. Y esto es urgente revertirlo si queremos sobrevivir. En todo caso, estimamos que este introito al tema de las patentes es suficiente para un artículo periodístico.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Ronald H. Coase.

Por Guillermo Luis Covernton.

Hoy, 2 de Septiembre de 2013, recibimos con profunda pena, pero con gran deferencia, la noticia del fallecimiento del profesor Ronald H. Coase.

El Dr. Coase había nacido en Willensden, Inglaterra, el 29 de diciembre de 1910, en el seno de una familia en la que ambos padres trabajaban en el servicio de correos. De joven padeció algunos problemas físicos en sus piernas, que demoraron algo su educación formal.

Obtuvo su título de grado en la London School of Economics and Political Science en 1932, en donde recibió una fuerte influencia de Sir Arnold Plant. Fue profesor en la Dundee School of Economics and Commerce entre 1932 y 1934. Luego dictó cátedras en la Universidad de Liverpool de 1934 a 1935. Posteriormente volvió a su “Alma Matter” entre 1935 y 1939 y nuevamente desde 1946 a 1951. Fue precisamente en este primer período, exactamente en 1937, cuando publica en “Economica”, el journal de la LSE, uno de sus trabajos más citados: “The Nature of the Firm”.

En este, hace un análisis económico de las reglas y de los costos de las negociaciones, que implica cualquier sistema de asignación de precios. Tema luego abordado también por Oliver Williamson y retomado por él mismo en un famosísimo trabajo de 1960, al que nos referiremos más adelante.

En la década del ´50 se traslada a los EE.UU. en donde se desempeña en la Universidad de Buffalo y posteriormente en el Center for Advanced Studys in the Behavioral Sciences, en la Universidad de Virginia. En esta época publica su “The Federal Communications Commission”, en donde propone la asignación de derechos de propiedad al espectro radioeléctrico, en vez del pago de licencias, como una forma de evitar los problemas de externalidades entre los diferentes usuarios. A partir de 1964 se incorpora al cuerpo docente de la escuela de leyes de la Universidad de Chicago, siendo Clifton R. Musser Professor Emeritus of Economics, y además, editor de la revista Law and Economics, de dicha institución, hasta 1982.

En 1960 publica el que se convertiría en su trabajo más citado y el más difundido de la economía, durante el siglo XX y hasta hoy: “El problema del costo social”. Allí analiza, nuevamente, el costo de los sistemas de asignación de precios y los arreglos sociales y métodos de pago implícitos en ellos. Observando las sinergias que se obtienen en la búsqueda de la reducción de costos de información, desarrollo y de intercambio de bienes entre las distintas divisiones de una empresa, arriba a la conclusión de que los costos de transacciones llevan a decisiones relevantes en estas organizaciones.

Hace un aporte incontestable a los problemas de lo que hoy conocemos como “externalidades”, es decir, acciones que causan efectos en nuestros vecinos y la comunidad. Y ataca la idea de Arthur Pigou de fijar impuestos a las externalidades negativas y subsidios a las positivas. Por el contrario, plantea que, en la medida en que los costos de transacciones sean suficientemente bajos y en que estén claramente asignados los derechos de propiedad, del modo que sea, los individuos, libremente, encontraran soluciones satisfactorias al problema de las externalidades, cuya apreciación  puede ser totalmente subjetiva. Como en el caso del pastor de ganado y del agricultor, que refiere en su texto. Se puede encontrar en esto una fuerte identificación con la teoría del valor de Menger.

En 1988 recibió su título de Doctor Rerum Politicarum H.C., es decir, doctor en Ciencias Políticas, en la Universidad de Colonia. Luego obtuvo  doctorados honorarios de las siguientes universidades: Yale University: (D. So Sc), Doctor en Ciencias Políticas, (1989). Washington University in St Louis: (LLD), Doctor en Leyes, (1991).  University of Dundee: (LLD), Doctor en Leyes, (1992).  University of Buckingham: (D. Sci). Doctor en Ciencias, (1995).  Beloit College: (D. H.L.) Doctor en Ciencias Sociales, (1996),  Universite de Paris I: Doctor, (1996).

En 1991 fue galardonado con el premio que otorga el parlamento sueco, en homenaje a Alfred Nobel, por sus aportes al campo de la economía, en su caso en particular, por: “por su descubrimiento y clarificación de los costos de transacción y los derechos de propiedad, para la estructura organizacional y para el funcionamiento de la economía”.

http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/economic-sciences/laureates/1991/press.html

Su disertación, en ocasión de recibir dicho premio, puede leerse aquí:

http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/economic-sciences/laureates/1991/coase-lecture.html

El Dr. Coase fue un humanista convencido. Para él, la economía era la ciencia en la que las personas se desempeñaban y tomaban decisiones. Claramente, no fue un empirista. Estaba persuadido de que: “El modo en que funciona el sistema económico es complicado. Tiene muchos componentes. Cada componente es en sí mismo un mini-sistema. El modo en que estos mini-sistemas interactúan es muy complejo. Una regresión de datos estadísticos agregados, no nos dicen mucho acerca del modo en que funciona la economía”

Su objetivo académico, a lo largo de su vida, fue enfocarse en los problemas que consideraba más importantes para el desarrollo de la economía: “No pierdan más el tiempo con elucubraciones teóricas acerca de la educación, la familia o los delitos: no son temas nuestros. Además, el bien que les hacemos es sólo parcial, puesto que, sin bien los aspectos económicos son relevantes, no son los únicos y son los menos importantes para esas ciencias. Ocúpense en cambio de la economía real, pero a fondo, no sólo con la mirada estrecha de la lógica económica maximizadora, sino considerando todos los motivos que inciden en las decisiones y hechos económicos”.

Para Coase: “La economía mala o incorrecta es la que he llamado economía de pizarrón. No estudia la economía real del mundo. En cambio, focaliza sus esfuerzos en un mundo imaginario que sólo existe en la mente de los economistas, por ejemplo, el mundo de los costos de transacción cero. Las ideas e imaginaciones son importantísimas en la investigación económica, al igual que en cualquier ciencia. Pero el objeto de estudio debe ser real”.

Ronald Harry Coase fue un profesor dedicado, un economista certero y generoso, una persona de modales académicos impecables y de gran compromiso con la profesión. Todos aquellos que hemos tenido la suerte de poder abordar lo que él llamaba la “Economía correcta”, guardaremos una eterna deuda de gratitud, con sus aportes al conocimiento. Una deuda ciertamente impagable.

En su homenaje, vendría muy bien que releyéramos algunos de sus trabajos más importantes:

http://web.usal.es/~isuarez/teoria_de_la_empresa/la%20naturaleza%20de%20la%20empresa.pdf

http://www.eumed.net/cursecon/textos/coase-costo.pdf

http://www.eumed.net/cursecon/textos/rev45_coase1.pdf

 

Uno de sus últimos artículos, publicado a la edad de 102 años, se puede consultar aquí:

http://hbr.org/2012/12/saving-economics-from-the-economists/ar/1

Un detalle exhaustivo e todas sus publicaciones puede encontrarse aquí:

http://www.coase.org/coasepublications.htm

Algunas otras opiniones sobre sus trabajos:

http://www.eumed.net/cursecon/colaboraciones/Miro-Coase.htm

Una disertación a sus 99 años:

http://www.law.uchicago.edu/video/coase112309

Entre sus distinciones, merecen mencionarse las siguientes:

Distinguished Fellow, American Economic Association

Honorary Fellow, London School of Economics

Fellow, American Academy of Arts and Sciences

Corresponding Fellow, the British Academy

Membre Titulaire, The European Academy

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Es profesor de Macroeconomía, Microeconomía, Economía Política y de Finanzas Públicas en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Es director académico de la Fundación Bases.