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Latinoamérica necesita empresarios, no lobistas

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 17/3/17 en: http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article139230518.HTML

 

Eran los tiempos del presidente Menem en Argentina y la apertura, la desregulación y las privatizaciones parecían ameritar seminarios y “rondas de negocios” en el exterior, y colaboré con su organización hasta que, entre otras cosas, comprendí que eran inútiles.

Es que cuando la información vuela alrededor del globo, no tiene sentido que funcionarios viajen para “explicar” nada. Basta con crear las condiciones, y las inversiones solas volarán: bajar impuestos para que las personas tengan recursos para emprender con rentabilidad, y desregular liberando la creatividad y la capacidad de desarrollarlas… salvo que prefieran el lobby…

Según Jesús Huerta de Soto, “la función empresarial no exige medio alguno… es esencialmente creativa”. Es esa capacidad de crear en pos del mejoramiento social para lo que es necesario depender de los clientes –y no de los políticos– que deben inducir el camino de la eficiencia creadora.

Esta capacidad creativa supone el hallazgo de “conocimiento que se desconocía que podía existir”, dice Esteban Thomsen, como cuando un nuevo móvil supera al anterior mejorando la calidad de vida. Así “…prescindir de las típicas características de imaginación, atrevimiento y sorpresa equivale a eliminar enteramente la naturaleza humana”, remata Israel Kirzner, desmintiendo a los políticos que regulan poniéndole límites al atrevimiento.

Cuando el Estado interfiere al mercado con regulaciones que coartan la libertad creativa, destruye el rol empresario y da lugar a los lobistas, inmorales y faltos de ética desde que no responden a la naturaleza del mercado siendo que la moral es la adecuación al orden natural.

Durante aquellos seminarios daba vergüenza ajena el ver a los “empresarios” –lobistas– más importantes sentados durante horas, literalmente, en los lobbies esperando a los funcionarios que establecerían las regulaciones –monopolios, condiciones favorables, etc.– que los enriquecieran en detrimento del mercado.

Días atrás, como todos los años, fui invitado a la inauguración de Arco Madrid. Por una cuestión de ética y principios, quise evitar la coincidente “visita oficial” del presidente argentino. Pero fue inevitable encontrarlos en la inauguración, y allí estaban los más importantes “empresarios” –lobistas– argentinos…

Luego, encontré a ejecutivos españoles que participaron en la visita oficial que, entre otras cosas, me dijeron que hacer negocios con lobistas es tonto, sobre todo en países donde, por la inestabilidad, el funcionario interlocutor de hoy no es el de mañana. Y en general no invertirán en Argentina, al menos hasta las elecciones legislativas de octubre y hasta que aclare la economía, que no parece favorable a pesar de los pronósticos de los gurús.

Argentina –cuyo gobierno podría definirse ideológicamente como “peronista caviar”– crecerá en 2017 según estos gurús, cosa que dudo mientras que, irónicamente, la economía de la populista Bolivia tiene una mejor reputación internacional y se espera que crezca 4.6% en 2017. Ahora, es preocupante el que estos gurús suelen errar porque sus predicciones no tienen asidero racional, y son los mismos que suelen equivocarse y, sin embargo, siguen siendo escuchados. Así es como el país va a los tumbos.

En fin, Latinoamérica necesita elevar sus principios, su ética y su moral, y una dirigencia social, empresaria, académica, de medios, etc., más seria e ilustrada, mucho más.

 

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

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¿Fracasó el neoliberalismo?

Por Adrián Ravier. Publicado el 4/6/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/06/04/fracaso-el-neoliberalismo/ 

Nadie sabe bien qué es el neoliberalismo, pero lo que parece estar claro en la opinión pública argentina es que ha fracasado. Se lo identifica generalmente con el “Consenso de Washington” o con algunos autores de la Escuela de Chicago y la Escuela Austriaca, especialmente Ludwig von Mises, Milton Friedman o Friedrich Hayek. Pero lo cierto es que las ideas que estos autores defendieron tienen poca o nula relación con la política económica de aquellos países que toman como ejemplo, especialmente la Argentina noventista. De hecho, la corrupción, el excesivo gasto público, los recurrentes déficits fiscales, el endeudamiento, la falta de federalismo, el mercantilismo del Mercosur y la falta de un sistema republicano de gobierno con respeto por las instituciones y la división de poderes, no parece ser consistente con el “liberalismo”. En lo que sigue, no intentaré volver sobre la disputa comentada, sino señalar que varios países latinoamericanos, a pesar de sufrir el impacto de la Crisis del Tequila de 1995, la crisis asiática de 1997, el default ruso de 1998, la devaluación de Brasil en 1999 y las depresiones norteamericana y argentina de 2001, aun así continuaron por el mismo camino “neoliberal” y los resultados fueron positivos.

Dos caminos alternativos

Tras la década perdida de 1980, los países de Latinoamérica emprendieron un camino de cierta apertura económica y privatización de sus empresas públicas deficitarias. El Estado había resultado incapaz de gestionar los servicios públicos como la luz, el agua, el gas o las telecomunicaciones, y en algunos países la monetización del déficit fiscal terminó con una acelerada inflación. Las reformas implementadas en la década del 90 permitieron a los países latinoamericanos modernizar sus economías. La inversión extranjera directa estaba representada en grandes flujos de dinero, pero también en know how, sobre cómo gestionar las inversiones en ciertos campos clave que permitieran a la economía tecnificarse. En prácticamente todos los países latinoamericanos se observó una extensión de los servicios públicos en toda la amplitud de sus territorios nacionales, cuando antes eran negados a una gran parte de la población, al mismo tiempo que se construyeron autopistas y rutas que hicieron más eficiente la comunicación entre los estados provinciales, extendiendo la frontera de posibilidades de la producción. En algunos países, como Argentina, Bolivia, Venezuela o Ecuador, -y por diferentes causas- el modelo hoy calificado como “neoliberal” no terminó bien, y la opinión pública decidió apoyar otros modelos que cambiaran el rumbo. Es así que en la última década estos cuatro países decidieron apoyar un modelo de desarrollo interno, privilegiaron las relaciones dentro del grupo, avanzaron -quizás con la excepción de Bolivia- en un modelo de sustitución de importaciones– y planificaron un entramado de subsidios y regulaciones que escaseaban en la década anterior. Otros países, sin embargo, continuaron con aquel modelo “neoliberal”. Chile, Brasil, Colombia, Perú y Uruguay evitaron cerrar sus economías y doblaron esfuerzos en intentar atraer capitales como base de su desarrollo productivo, al tiempo que mantuvieron las privatizaciones de los servicios públicos como un factor acertado de los gobiernos previos.

¿Resultados similares?

En la última década las estadísticas muestran que ambos modelos fueron exitosos en términos de aumentar la inversión, reducir la pobreza, crear empleo, alcanzar un crecimiento económico acelerado e incluso reducir la carga de la deuda en relación con el PIB. La similitud, sin embargo, es sólo aparente. Y no me refiero únicamente a lo engañosas que pueden resultar las estadísticas en el primer grupo -especialmente Argentina y Venezuela-, sino a otras cuestiones de fondo. Mientras Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador expandieron la inversión pública, las otras economías estimularon la inversión privada. Mientras el primer grupo creó mayor empleo público, el segundo creó empleo privado. Mientras el primer grupo reduce la deuda pero acelera la inflación, el segundo grupo reduce la deuda, con estabilidad monetaria. Mientras el primer grupo muestra un crecimiento del gasto público sobre PIB, en el segundo grupo este ratio cae. Mientras el primer grupo nacionaliza empresas privatizadas en la década anterior, el segundo grupo profundiza aquel modelo y mejora las regulaciones.

Analizar lo genuino y sostenible de ambos modelos nos obliga a estudiar en profundidad estas diferencias. Lo que se busca, en definitiva, es que la caída de la pobreza sea continua, y no accidental. Habrá que esperar al final de la historia, pero mi optimismo radica en que un posible mayor éxito relativo de las políticas del segundo grupo, incentiven a los primeros a imitar aquel modelo abierto. Axel Kicillof insiste en revertir el noventismo, pero lo que en realidad hace hoy el gobierno argentino es profundizar lo peor del menemismo.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Un mensaje de optimismo: “Argentina no es Venezuela”

Por Adrián Ravier. Publicado el 14/10/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=4025

He distinguido en otra columna el camino opuesto que persiguen hoy dos grupos de países latinoamericanos en su búsqueda del desarrollo. Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador parecen perseguir un camino de aislamiento y “desarrollo” interno, mientras Chile, Uruguay, Brasil, Perú y Colombia persiguen un camino de apertura, de Daleintegración al mundo, intentando atraer capitales para sustentar y acelerar el desarrollo.
No volveré aquí sobre esta comparación. En esta columna intentaré más bien distinguir los casos de Argentina y Venezuela, pues a pesar de este factor común y la amistad política de sus mandatarios, hay diferencias que considerar.
 
El petróleo y sus devivados versus la soja
Varios analistas han destacado la similitud que existe entre el rol que juega el petróleo y los derivados en la economía venezolana y la soja en la economía argentina. Esta similitud se justifica en la medida que la salud de sus economías depende, en parte, de que el precio de los commodities se mantenga en niveles relativamente elevados en comparación con otros tiempos. Sin embargo, es necesario considerar que la dependencia de Venezuela es mucho mayor que la del caso argentino. La exportación de bienes y servicios de Venezuela está constituida en un 90 % por  petróleo y derivados, la mitad de las exportaciones tienen como destinatario a Estados Unidos, además de que la mitad de los ingresos fiscales del gobierno provienen de estos productos.
No puedo coincidir con José Natanson, en su última columna de Página 12, en donde afirma que “el auge de los precios de los hidrocarburos terminó de ahogar al sector agrícola de las llanuras venezolanas, que en su momento supo ser pujante”, pues me parece que la responsabilidad de que hoy Venezuela necesite importar el 70 por ciento de los alimentos que consume, fue causado por la política económica hiper-intervencionista de Chávez.
La soja se distingue del petróleo en su naturaleza renovable, pero además el complejo sojero representa sólo la cuarta parte de las exportaciones argentinas. Una proporción semejante de las exportaciones viene representada por la industria automotriz, el turismo sigue generando divisas, y a pesar de los esfuerzos de Moreno y Kicillof por aislar la economía, los socios comerciales están bastante diversificados con Brasil, China, Estados Unidos y Europa. Por el lado fiscal, la soja sólo representa un 13 % de los ingresos fiscales
 
Controles cambiarios y nacionalizaciones
Otra comparación se identifica en los controles cambiarios. En Venezuela el dólar informal duplica al oficial. En Argentina, la diferencia entre el dólar “blue” y el oficial, es de un 30 %, aunque va en ascenso.
Respecto a las estatizaciones, Venezuela ha avanzado hasta controlar todas las “industrias estratégicas”. En Argentina, se avanzó con las pensiones e YPF, pero no está claro que el gobierno tenga el consenso necesario para avanzar aun más, como sería el deseo de Kicillof.
 
¿Optimismo ingenuo?
Así presentadas las cosas, mi optimismo parece ingenuo. Claramente, Argentina avanza en una “chavinización” de su economía y una re-reelección de Cristina Fernández de Kirchner podría terminar asemejando estructuralmente la Argentina a Venezuela.
Pero Argentina y Venezuela mantienen aun diferencias importantes. Mi nota de optimismo es que Argentina aun está a tiempo de aprovechar esta oportunidad que nos ofrece el mundo y recuperar el rol agro-alimenticio que supo jugar antes de la primera Guerra Mundial. Sólo se necesita un cambio de rumbo: eliminar los controles de precios y actualizar las tarifas de los servicios públicos, volver al mundo con acuerdos internacionales, congelar el gasto público en valores nominales hasta ponerlo en línea con la recaudación tributaria y gradualmente eliminar el déficit fiscal y la inflación, eliminar las retenciones, desbloquear las exportaciones e importaciones, eliminar el control de cambios, y mucho más. 
Pensar en una reforma integral de este tipo es una ilusión, si vemos al kirchnerismo en el gobierno. Pero la Constitución Nacional hoy nos ampara de un nuevo gobierno kirchnerista y mi sensación es que no podrán avanzar en la re-reelección. Argentina todavía tiene ciertas instituciones que funcionan. La Carta Magna aun se respeta el mínimo necesario para impedir que el kirchnerismo se mantenga en el poder.
Se dirá que la Señora Presidente recibió el 54 % de votos en la última elección. Sin embargo, en ese momento la economía crecía en torno al 8 % anual. Hoy la economía está estancada, la inflación se acelera y las presiones sindicales atentan contra cualquier intento de re-reelección.
Hace falta un cambio de rumbo, y la democracia argentina nos dará una nueva oportunidad muy pronto. Lo que preocupa ahora es la oposición. El desafío es que el cambio no sea sólo de nombres.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

 

China, el dragón domesticado:

Por Alejandro A. Tagliavini: Publicado el 4/4/12 en: http://america.infobae.com/notas/47723-China-el-dragon-domesticado

Que el comunismo es conservador ya lo sabemos, basta ver a Corea del Norte, tan vieja que parece de la Edad Media, o pasear por Cuba, regenteada por octogenarios, que parece sacada de una película de los años 50. Pero ahora parece que también es “ortodoxo”.  

 Resulta que la comunista China, hace unas décadas, decidió dejar atrás el rígido manual maoísta y liberar lenta y paulatinamente al mercado y abrirse a Occidente, logrando que unos 300 millones de chinos, que hoy forman parte de los niveles sociales medios, hayan visto crecer exponencialmente su riqueza convirtiendo al dragón rojo no sólo en el primer inversor externo de Alemania -gracias a la lenta relajación de las normas sobre inversión en el exterior-, sino también en la segunda economía mundial.

 Pero no nos engañemos. Este lugar en el ranking de las potencias económicas es en términos absolutos y lo gana gracias a su cuantiosa población de 1.400 millones, que cuadruplica a la de EEUU, que aun así sigue siendo la primera potencia. China todavía es un país con una gran mayoría de personas muy pobres, debido a que no les ha llegado la liberación del mercado, y donde el descontento de millones es cada vez más visible.

 En este nuevo rol de pseudocapitalistas, el presidente del estatal Banco Central de la República Popular China, Zhou Xiaochuan, dijo en el marco del Boao Economic Forum que “existen nuevos elementos que pueden conducir nuevamente a la economía del mundo a una recesión”. Y haciendo gala de su “ortodoxia” en materia económica (su adhesión a la escuela económica en boga en Occidente), enfatizó: “Estamos de acuerdo en que, para superar la crisis, los EEUU tienen que inyectar liquidez”. No obstante, subrayó su preocupación por lo que se conoce como “relajación monetaria”. Sucede que, entre otras cosas, la Reserva Federal ha comprado bonos para reducir las tasas de interés.

 De esta forma, las empresas pueden endeudarse con facilidad y, supuestamente, invertir y crear puestos de trabajo. Pero la realidad de fondo es que ese dinero barato es financiado por el Estado, que nada produce por sí mismo, sino que lo retira del mercado al que, ahora, devuelve luego de pasar por una maraña burocrática costosísima e ineficiente que dilapida buena parte. Irónicamente, el combustible de la expansión china ha sido el crédito barato, reforzado por la baja remuneración laboral.

 El presidente del banco chino dijo que es muy difícil controlar el flujo de liquidez y aunque “es de esperar que el dinero inyectado por los EEUU se quedará allí, algunos emergentes van a sufrir las entradas de capital en exceso” y se dio el lujo de sermonear al afirmar que “los EEUU tienen que ser más responsables y considerar no sólo su economía, sino la global”. Es que algunas economías emergentes temen las complicaciones generadas por una excesiva liquidez en sus batallas para mantener sus metas de inflación.

 Buena oportunidad para aclarar que esta “ortodoxia” económica es falsa: no es la “emisión espuria de dinero” el factor inflacionario, sino el exceso de oferta monetaria por sobre la demanda del mercado. Así, es inevitable que las monedas estatales, más o menos, tengan inflación porque los políticos y burócratas ni se manejan con criterios de servir eficientemente al mercado, sino políticos; ni en tiempo real, sino tras una burocracia letárgica.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.