El principio de “no intervención” y los derechos humanos

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 3/8/17 en:  http://www.lanacion.com.ar/2049577-el-principio-de-no-intervencion-y-los-derechos-humanos

 

El  argumento no se le cae de la boca al autoritario Nicolás Maduro . Tampoco al también autoritario presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. Ni al vicepresidente de Cuba, José Machado. Todos ellos responden a las crecientes acusaciones de que los regímenes que encabezan violan los derechos humanos de sus pueblos con el argumento sintonizado de que señalarles objetivamente esa circunstancia implica una violación del principio de “no intervención” en los asuntos internos de sus respectivos países.

¿Es así? Ciertamente no, como enseguida veremos.

Primero, ¿Qué sostiene el principio de “no intervención? Muy simple: que cada Estado tiene el derecho soberano de conducir sus propios asuntos, sin ser perturbado por injerencia extranjera alguna. Lo que está expresamente previsto, tanto en varias resoluciones especiales sobre el tema de la Asamblea de las Naciones Unidas, como en la propia Carta de la Organización de los Estados Americanos. Salvaguardia que, sin embargo, no es absoluta.

Diversos internacionalistas latinoamericanos fueron, en sus momentos, decisivos con sus contribuciones doctrinarias, al nacimiento y consolidación del principio de “no intervención”. Desde su origen. Entre ellos: el gran jurista chileno Andrés Bello y nuestros extraordinarios y recordados ilustres connacionales: Carlos Calvo y Luis María Drago. También, aunque más tarde, el jurista mexicano Isidro Fabella.

El principio en cuestión, por lo demás, adquirió una fuerza muy particular después de la Segunda Guerra Mundial, conformándose desde entonces como pauta central de las relaciones internacionales contemporáneas. Acompañada de una conciencia generalizada en el sentido de que la observancia de los derechos humanos ha dejado de ser una materia sometida exclusivamente a la jurisdicción interna o doméstica de los Estados. La comunidad internacional toda ha mostrado su interés inequívoco por tratar de asegurar la protección efectiva de los derechos humanos, cualquiera sea el Estado u organismo multilateral que, de pronto, sea responsable de su violación.

“Intervenir” se entiende como tratar de plegar o doblar la voluntad de otro Estado mediante la coacción, cualquiera sea la forma de presión utilizada. No sólo mediante la recurrencia a la fuerza armada, sino también a través de cualquier otra forma de injerencia. Fuera cual fuera, si con ella se hace presión efectiva.

A lo antedicho cabe agregar que hoy está claro que los asuntos relativos a los derechos humanos no se consideran como reservados exclusivamente al dominio “reservado” a los Estados. En rigor, muy pocas materias están tan reguladas desde el derecho internacional como lo está el tema de los derechos humanos respecto del cual lo cierto es que la comunidad internacional ha creado una panoplia de importantes organismos especializados en defenderlo.

Por esto, la situación actual en esta materia puede resumirse fácilmente, como lo hace Edmundo Vargas Carreño: “Los Estados no pueden invocar como un asunto de su dominio reservado el tratamiento que le dispensan a las personas sometidas a su jurisdicción y los Estados y las organizaciones Internacionales no dejan de cumplir con el principio de no intervención cuando adoptan medidas en contra de Estados que violan los derechos humanos, siempre y cuando dichas medidas sean compatibles con otras normas del derecho internacional”.

Medidas que, entonces, no pueden considerarse como intervenciones “ilícitas”, desde que -queda claro- son valederas. Entre ellas, las de carácter o naturaleza meramente de “representación diplomática” (incluyendo las que se vinculan con el “nivel” de la representación diplomática) y las denominadas “expresiones de preocupación” o de “desaprobación”, en cuanto tiene que ver con situaciones particulares en materia de derechos humanos.

A su vez, la protección efectiva, en sí misma, puede teóricamente obtenerse a través de los diversos sistemas regionales o de la propia Naciones Unidas.

Es cierto, cabe apuntar, que para el referido organismo multilateral las violaciones graves y masivas y sistemáticas de los derechos humanos (a la manera de lo que hoy desgraciadamente sucede -de modo abierto y descarado-en Venezuela ) han dejado de ser asuntos que sólo conciernen individualmente a los respectivos Estados y se han transformado en un verdadero tema de la comunidad internacional, que debe asumir la tarea de defender esos derechos humanos, prevenir sus violaciones, denunciarlas y hasta sancionarlas.

En esta materia, la comunidad internacional no tolera, ni permite, la existencia de impunidad. Aunque en los hechos, en las instancias particulares, no tenga la capacidad real de poner inmediato fin a las violaciones o atrocidades de las que se ocupe. Lo cierto es que las violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos se enfrentan hoy con rapidez y decisión.

Entre los medios de que se dispone están los “informes” de los organismos internacionales o regionales sobre las violaciones a los derechos humanos que se detectan. Ellos operan a la manera de mecanismos de alerta y son, además, elementos dinamizadores de la acción requerida en cada caso para tratar de ponerles fin.

La soberanía no incluye el derecho de los Estados de asesinar o lastimar en masa o de reprimir con la muerte como variante, cuando de controlar protestas pacíficas de los civiles se trata. Esto debe sostenerse enérgicamente y con todas las letras desde que es nada menos que una conquista esencial de la larga marcha de la humanidad en el camino moderador de la civilización. Por esto los intentos de los partidarios del llamado “apartheid”, tanto en Rhodesia, como en Sudáfrica terminaron felizmente fracasando. Y por esto el totalitario Nicolás Maduro no tendrá éxito.

A la tarea de defender la vigencia de los derechos humanos también contribuyen los distintos tribunales e instituciones especiales en materia de derechos humanos que han sido creados y que generalmente son bastante eficientes y efectivos, particularmente en los ámbitos regionales.

En cambio, la cuestión de la llamada posibilidad de una “intervención humanitaria” -que no es ciertamente un tema menor desde que incluye el eventual uso de la fuerza- aún no parece haber sido todo lo definida y regulada que ella teóricamente debiera ser en el concierto de las naciones.

Ocurre que no es fácil armonizar la idea de “no intervención” con los límites que debe tener el uso de la fuerza y, además, con la necesidad de asegurar el respeto de todos a los derechos humanos. En esto no hay dos circunstancias idénticas y las reacciones deben necesariamente tener en cuenta las particularidades propias de cada caso. Pero lo cierto es que, según ha quedado rápidamente visto, el llamado principio de “no intervención” ya no sirve para tratar de asegurar impunidad para quienes, desde los distintos gobiernos, de pronto se atreven a violar sistemáticamente los derechos humanos de sus pueblos, pretendiendo escudarse tras él. Mal que le pese a Nicolás Maduro y a su ácida colaboradora, la ex canciller Delcy Rodríguez.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Tracey Rose en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

Por Delfina Helguera. Publicado el 21/12/16 en: http://www.arte-online.net/Notas/Tracey_Rose_en_el_Museo_de_Arte_Moderno_de_Buenos_Aires

 

La artista sudafricana Tracey Rosa fue convocada por el Museo de arte moderno a crear una nueva obra que pudiera reflexionar sobre otra mirada de la humanidad con una mirada lúdica y aguda.

Tracey Rose es una artista sudafricana nacida en c en 1974, ha participado de la Bienal de Venecia y Lyon, en la última Bienal de San Pablo entre otras exhibiciones de importancia y ahora exhibe por primera vez en nuestro país. Son obras de sitio específico, pensadas para el contexto local, en un momento en donde en el museo se exhiben una serie de papeles inéditos de Antonio Berni y una muestra histórica de obras en papel de Pablo Picasso. Justamente para dialogar con muestras históricas es que el equipo curatorial del museo propone una exhibición de una artista contemporánea, en palabras de Victoria Noorthorn su directora “para balancear una mirada muy histórica y masculina y que tuviera un gran poder de enunciación”, y además la considera una de las grandes artistas de hoy. El foco principal de las obras en Rose es la reflexión sobre los abusos de poder del hombre con el énfasis en el apartheid, un proceso de segregación racial que estuvo en vigencia en su país hasta el año 1992.

La exhibición ocupa la gran sala del segundo subsuelo y simula ser un campo de juegos para niños, con una gran colchoneta para tirarse, un puente de colores que invita a cruzarlo y paredes pintadas por chicos. Esta elección es deliberada ya que la artista tiene un hijo pequeño que viajó con ella y su intención fue crear un espacio en donde los chicos pudieran jugar libremente no como en un espacio de museo.

Cueva de las manos en pleno montaje

La fuerza de la propuesta reside en su ambigüedad, nada es literal. En el centro de la sala la colchoneta es un gran continente de colores pastel, la Pangea, aquel que reunía América con África y otros continentes del mundo en una gran tierra, en el otro extremo replica la Cueva de Las Manos en la provincia de Santa Cruz en honor a los pueblos originarios en donde ha escrito los nombres las regiones del país con mayor índice de esclavitud, así como los barrios de Buenos Aires que registraron más esclavos en la colonia. En el centro un retrato a modo de caricatura de Adolf Hitler y Eva Braun en referencia a la teoría de que escaparon de Europa en un submarino y vivieron el resto de sus días felizmente en la Patagonia. El nazismo como concepción política de la que se nutre el apartheid, y las reverberaciones que ha tenido en la historia reciente.

La cabeza de Tsafendas

En una de las paredes laterales una gran escultura de arcilla que representa la cabeza de Tsafendas, el hombre que asesinó al creador del apartheid en 1966 y enfrentada a ésta un gran arco iris, el mismo que la artista vió dos veces en su vida, la primera de ellas fue cuando murió Nelson Mandela. La tensión se mueve entre el horror y la esperanza, entre la inocencia de la niñez y el espanto de lo que puede llegar a hacer el hombre. Los dibujos en la pared fueron hechos por Lwandle, el hijo de Rose y su amigo Tomás así como las pequeñas manos impresas en la cueva son de ellos y sus amiguitos. La producción de la muestra estuvo a cargo del museo, y la exposición fue gestada a partir de conversaciones entre Rose y Noorthorn durante un intenso año. Es interesante la posibilidad que se abre de traer artistas extranjeros contemporáneos que trabajen con materiales in situ, le aporta un aire fresco a la escena local y le brinda al público una experiencia distinta,

 

Delfina Helguera: Es Licenciada en Letras (UBA). Ha sido co-representante de Sotheby’s filial Argentina. Socia fundadora de la Asociación Amigos de Malba. Dirige Lavinia Subastas de Arte. Es profesora de Curaduría I y de Mercado de Arte y es Directora del Departamento de Arte y Diseño en el Instituto Universitario ESEADE.

SIGNIFICADO DE LA DISCRIMINACIÓN SUDAFRICANA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Como es sabido y está en todos lados registrado, la historia en territorio sudafricano comienza hace más de cien mil años y se divide en el período pre-colonial, colonial,  post-colonial, la era del apartheid y, finalmente, el post-apartheid.

Los primeros visitantes extranjeros a la zona fueron los portugueses Bartolomé Dias en 1488 y en 1497 Blasco de Gama. Luego lo hizo el holandés Jan van Riebcek en 1652 y un grupo numeroso de ingleses en 1795.

A partir del descubrimiento de oro y diamantes durante el período decimonónico esa región comenzó a mudar de las faenas agrarias a las industriales en el contexto de luchas encarnizadas entre la dominación holandesa y la inglesa que culminaron en las guerras Boer entre 1899 y 1902  y que en gran medida sustituyeron las feroces batallas y las consiguientes matanzas entre tribus nativas. En aquellas guerras triunfó el imperio inglés de donde surge la unión sudafricana en 1909. Mucho más adelante, por un referendo de 1961 se decidió la independencia y el establecimiento de la república. Ya en 1934 se había proclamado un así llamado “self-government” en cuyo contexto dominó la situación el nacionalismo local de 1948 a 1994 y el más crudo apartheid (llamado “separateness”, un espantosamente violento sistema opresivo a favor de la casta gobernante y sus amigos que acentuaron muchos de los aspectos repulsivos de la era colonial y pre-colonial). En este último año se concretó el sufragio universal y asume Nelson Mandela con un gobierno de coalición y unidad nacional al efecto de eliminar el apartheid, ya terminada la ingerencia de la Unión Soviética debido a su colapso sellado con el derrumbe del Muro de la Vergüenza.

Si bien la expresión apartheid se comenzó a utilizar a partir de la década del cuarenta del siglo xix , la discriminación por el color de la piel comenzó de facto mucho antes. El apartheid fue la segregación de jure. En todo caso esta espantosa situación significaba el apartamiento legal de los negros del derecho a trabajar en ciertos lugares, la obligación de vivir en barrios asignados, la imposibilidad de casamiento con blancos y de no mantener relaciones sexuales entre colores diversos de piel “que significan inmoralidades e indecencias” (!), colegios separados, medios de transporte segregados y en general la conculcación de los derechos individuales y restricciones de la mayoría nativa, incluyendo el debido proceso. En otras palabras, lo opuesto a los valores de una sociedad abierta.

Hay dos obras que a mi juicio resultan las más esclarecedoras respecto a Sudáfrica que son South Africa´s War against Capitalism de Walter E. Williams y The Economics of The Colour Bar de W. H. Hutt. En el primer libro, el autor subraya que la referida discriminación se basa en puro racismo que siempre descansa en la atrabiliaria idea de la superioridad en la naturaleza de unas personas sobre otras, sustentada en la completamente falsa noción de diferencias de naturaleza biológica (más abajo volveremos sobre la noción equivocada de “raza”). Esto no es patrimonio de los sudafricanos, por ejemplo, el profesor de educación de la Universidad de Yale, Charles Duram, y el historiador estadounidense Edgar Brookes le escribían los discursos apoyando el segregacionismo al primer ministro sudafricano James Hertzog.

Por otra parte, también escribe Williams que los profesores de la Universidad de Cape Town, Bronislaw Malinowski y A. R. Radcliffe-Brown, argumentaban lo que estimaban un peligro de permitir que los nativos tomen contacto con la sociedad Occidental por lo que concluían la necesidad de mantenerlos separados, tal como insistió el Rev. Charles Bourquín en cuanto a que “la segregación disminuye la tensión racial” lo cual, claro está ha sido demostrado una y mil veces que lo contrario es la verdad (además de la lesión a los derechos de las partes interesadas).

También el primer ministro sudafricano Jan C. Smuts decía que permitir la unión de blancos y gente de color “en lugar de hacer que se eleven los negros, degradarán a los blancos”. Y hasta el “educador” sudafricano John Cecil Rhodes sostenía que “el propósito de Dios fue hacer de los anglo-sajones la raza predominante”.

Por otro lado, Alfred Milner , comisionado de Sudáfrica comenzó en 1904 a justificar la proscripción de los procesos electorales de “los incivilizados, sean estos del color de piel que fueran”, fundamentación que luego condujo a acalorados debates en ese país. Este tipo de propuesta ha calado en distintas partes del mundo en diversas épocas debido a la preocupación del futuro de la democracia que a veces aludía a cierto nivel patrimonial para poder acceder al antedicho escrutinio. Sin embargo, está visto que completar doctorados no asegura la adhesión a los principios de la sociedad libre, lo cual también ocurre con personas de gran patrimonio (aun suponiendo que lo haya adquirido legítimamente).

Williams le atribuye gran relevancia el destacar que el inicio del desmoronamiento del inaceptable apartheid comenzó con trabajos intelectuales al iniciarse los años ochenta y ejecutada en forma más acabada el 31 de enero de 1986 con el discurso ante el Parlamento del presidente Pier W. Botha al decir que “creemos que la dignidad humana, la vida, la libertad y la propiedad de todos debe ser protegida, independientemente del color, la raza o la religión”.

Pero hay dos puntos que son los centrales en el libro que comentamos. En primer término, el gravísimo dislate de asimilar durante décadas el apartheid con el capitalismo cuando en realidad es su antónimo. Así, por ejemplo, el Obispo Desmond Tutu, el premio Nobel de Sudáfrica de enorme predicamento, escribió en Frontline en el número de septiembre de 1980 que “De entrada debo decir que soy anticapitalista […] lo aborrezco debido a que estimo es un orden económico esencialmente de explotación […] Lo que he visto en mis 48 años en todo el mundo me ha convencido que ninguna dosis de cirugía plástica puede alterar su básicamente cara fea”.

En esta misma línea argumental, Raymund Sutter, el conocido activista anti-apartheid, consignó en Business Day el 22 de agosto de 1985 que “cualquier programa que pretenda terminar con la opresión racial en Sudáfrica debe ser anti-capitalista”. Y Winnie Mandela dijo a Pravda el 14 de febrero de 1986 que “la Unión Soviética es la antorcha de todos nuestros anhelos y aspiraciones. En la Unión Soviética el poder genuino del pueblo ha transformado los sueños en realidad”.

Concluye Williams con acopio de documentaciones que todas las medidas fiscales, del sector externo y laborales del anti-apartheid apuntaban a profundizar en grado sumo el intervencionismo y el estatismo de los gobiernos segregacionistas. Enfatiza que en el terreno laboral las legislaciones sobre salarios mínimos naturalmente barrían del mercado a los menos eficientes al efecto de proteger el trabajo de los blancos respecto a los que se hubieran ofrecido por salarios más bajos para realizar las faenas marginales.

Este último punto lo desarrolla extensamente Hutt en su obra mencionada más arriba para concluir que el mercado no distingue color de piel ni religión, “es ciego ante las diferencias personales” lo que pretenden los consumidores es la mejor calidad al menor precio, “la ética del mercado libre es que le niega al estado el poder de discriminar”. En este contexto la sociedad abierta es consubstancial a la igualdad ante la ley.

Lo dicho sobre el apartheid va para Nelson Mandela quien en su autobiografía apunta que “adquirí las obras completas de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse-tung […] me sentí muy estimulado por el Manifiesto Comunista, El Capital me dejó exhausto. No obstante, me sentí fuertemente atraído por la idea de una sociedad sin clases, que a mi  parecer era un concepto similar al de la cultura tradicional africana, en que la vida es comunal y compartida. Suscribía el dictado básico de Marx, que tiene la simplicidad y la generosidad de una regla de oro: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades” […] Descubrí que los nacionalistas y los comunistas africanos tenían, en términos generales, muchas cosas en común”.

Los veintisiete años en prisión de Mandela no modificaron sus ideas básicas (lo cual surge en su autobiografía, ya liberado con motivo de su visita a París a Mitterand y su extremista mujer Danielle), aunque su obsesión seguía siendo finiquitar los vestigios de segregación aun vigentes, lo cual logró en pasos muy significativos durante su mandato en los que mitigó su estatismo con algo de keynesianismo a raíz de sus conciliaciones para gobernar. Así escribe que su plataforma electoral ponía en primer plano  “el Programa para la Reconstrucción y Desarrollo, en que se exponía nuestro plan de creación de puestos de trabajo a través de las obras públicas”. Como es sabido la obra pública “para la creación de puestos de trabajo” solo reasigna factores de producción desde las áreas que reclama el mercado a las impuestas por burócratas con lo que se consume capital y se reducen salarios.

Esa obsesión por integrar blancos y negros es indudablemente el mérito de Mandela más allá de sus ideas en otros campos por lo que fue muy merecido su premio Nobel de la Paz nada menos que junto a de Friederik de Klerk con quien venía en negaciones desde hacía algún tiempo.

Por último, para cerrar esta nota reitero el tema de la raza que, en gran medida, estaba presente en ambos bandos enfrentados por el apartheid. Hitler y sus sicarios, después de sus descabelladas, embrolladas y reiteradas clasificaciones con la intención de distinguir “la raza” aria de la judía (sin perjuicio de su confusión con lo que es una religión), adoptó la visión marxista y concluyó que se trata de “una cuestión mental”, mientras tatuaba y rapaba a sus víctimas para diferenciarlas de sus victimarios. A lo dicho cabe enfatizar que en todos los seres humanos hay solo cuatro posibilidades de grupos sanguíneos y que las características físicas son el resultado de la ubicación geográfica.

Spencer Wells, el biólogo molecular de Stanford y Oxford, ha escrito que “el término raza no tiene ningún significado”. En verdad constituye un estereotipo. Tal como explica Wells en su obra mas reciente (The Journey of Man. A Genetic Odyssey), todos provenimos de África y los rasgos físicos, como queda dicho, se fueron formando a través de las generaciones según las características climatológicas en las que las personas han estado ubicadas, lo cual también ha sido expresado por Darwin y Dobzhansky.

                                              

 Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Sudáfrica, en manos del partido de Mandela

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 14/5/14 en http://www.lanacion.com.ar/1690204-sudafrica-en-manos-del-partido-de-mandela

El crecimiento económico y social de Sudáfrica -una de las potencias emergentes- está hoy lejos de ser lo que el país necesita. Contra un promedio del 6,5% del PBI, al que están creciendo las economías subsaharianas, Sudáfrica crece tan sólo al 2,3%. Un ritmo demasiado lento para poder atender las expectativas postergadas de la gente.

La moneda sudafricana se devalúa. La actividad económica del país está empantanada. El importante sector extractivo está azotado por una huelga dura de los mineros de platino, que lleva ya cuatro meses sin encontrar una solución. Por esto se la tiene como la que más daño ha hecho a la economía de Sudáfrica en, quizás, toda la historia. Para las empresas productoras de platino, la pérdida se calcula en unos 1400 millones de dólares. Para los trabajadores, los salarios no percibidos representan el orden de los 750 millones de dólares. Para el país todo, una pérdida de ingresos por exportaciones muy significativa. Por ello, todos pierden en ese conflicto, queda visto. No obstante, el tiempo pasa y la contienda continúa. Como si nadie pudiera arbitrar las diferencias y permitir el pronto regreso a la normalidad.

Para hacer el ambiente sudafricano de desaliento aún más perceptible, la caótica Nigeria -cuya población triplica a la sudafricana- acaba de autoproclamarse como la economía más importante de toda África, desplazando a Sudáfrica de ese lugar.

En ese bastante pantanoso escenario, acaban de realizarse las elecciones nacionales sudafricanas. Pese a todo, el partido de Nelson Mandela -el Congreso Nacional Africano (CNA)- obtuvo una victoria clara. Resonante. Con una amplitud incuestionable, que permitirá al actual presidente, Jacob Zuma, obtener la reelección que ambiciona. Un segundo mandato, entonces.

Para el CNA, esta es la quinta presidencia consecutiva de Sudáfrica. Para Zuma, es el último mandato posible bajo el actual esquema constitucional sudafricano. Asumirá el próximo 21 de mayo, cuando la Asamblea de su país, con su nueva conformación, lo consagre formalmente como presidente.

Esto ocurre 20 años después de que el fallecido y recordado Mandela -al que los sudafricanos se refieren cariñosamente como “Madiba”- desterrado que fuera el odioso “apartheid”, alcanzara la presidencia de su país. Desde entonces Sudáfrica, en los hechos, ha sido gobernada por un único partido: el CNA, al que deben atribuirse los logros y los fracasos.

Zuma, a los 72 años, obtuvo esta vez el 62,15 % de los votos. Esto es una clara demostración de confianza de su electorado, que lo tuvo como la mejor opción en la contienda electoral. O la única. Hablamos de la amplia mayoría del 73% de los sudafricanos que votaron entre todos los que estaban en condiciones de sufragar.

De esta manera, el CNA obtuvo 249 de los 400 escaños parlamentarios en juego. Una mayoría amplia. Neta. Indiscutible. Como ha sido -reitero- una constante en las últimas dos décadas. Aunque en la última elección el CNA, es cierto, había logrado el 65,9% de los votos y obtenido 264 bancas. Hay algún deterioro, pero no irreversible.

En la oposición, la Alianza Democrática, el partido que gobierna la provincia del Cabo Occidental, al que recientemente se ha unido alguna parte de la nueva elite empresaria sudafricana de color, mejoró bastante su participación. Ahora con el 22,23% de los votos se aseguró 89 bancas. Antes de la reciente elección, el principal partido de oposición tenía tan sólo 67 escaños. Hoy se acerca a obtener la cuarta parte de los votos totales. Paso a paso. Con ritmo. Ocurre que sus resultados mejoraron, claramente, en la populosa provincia de Gauteng, la que tiene el mayor número de votantes de todas.

A su vez, los izquierdistas radicales del Partido de los Combatientes por la Libertad Económica, encabezados por el populista Julius Malema, el controvertido ex jefe de la juventud del CNA -que terminara siendo expulsado de esa agrupación y que ahora encabeza el referido partido minoritario que propugna nacionalizar de las minas y los bancos- se aseguraron el 6,35% de los votos. Algo más de lo esperado. Pero por ahora, un participante marginal.

El partido más pequeño, el Agang, liderado por una respetada mujer de color de tendencia algo más conservadora, que alguna vez fuera directora del Banco Mundial, Mamphela Ramphele, desencantó. Apenas logró dos bancas. El fallido coqueteo mantenido por Ramphele con la Alianza Democrática le hizo evidentemente daño. Pero ella sigue en política y es ciertamente una alternativa bien interesante para el futuro del país.

De poco sirvieron para perjudicar a Zuma las acusaciones de haber gastado nada menos que 23 millones de dólares de fondos públicos en la refacción y mejora de su propia residencia personal. Y de haber utilizado aviones militares para transportar invitados a una fiesta de casamiento. Tampoco influyó el halo general de corrupción e ineficiencia que desde hace rato flota sobre su administración.

Salvo un episodio aislado, en Alexandra, un suburbio de Johannesburg, las elecciones sudafricanas fueron ordenadas, normales y tranquilas. Sin irregularidades de significación.

Esta fue la primera vez que más de medio millón de sudafricanos que nunca, por edad, vivieron bajo el apartheid, votaron. Para ellos, que nacieron en libertad, ese largo y deplorable drama es sólo historia. Dura. Pero no parte de su propia vida.

Se espera ahora una convocatoria a conformar un gabinete de tecnócratas que ponga en vigor un clima de negocios más atractivo para las empresas, de modo de reactivar e impulsar a la economía y de tratar de bajar la altísima tasa de desempleo, que está en el 25%. Todo ello mientras los programas sociales se mantienen.

Para observar con atención estará el desempeño del compañero de fórmula de Zuma, su vicepresidente, Cyril Ramaphosa, un exitoso empresario de color que, de pronto, podría (según creen muchos) transformarse en el sucesor de Zuma. Es su delfín. Los empresarios confían en él. Es un buen negociador. Y es astuto. Gozó de toda la confianza de Mandela, pero en lugar de seguir en la política, en su momento decidió hacer dinero, con laureles. Hoy, de regreso al escenario grande de la política, habrá que ver cómo Ramaphosa maniobra de cara al futuro y qué posibilidades y alternativas comienza a enhebrar de aquí en más.

Para Sudáfrica, después de la elección, aparentemente más de lo mismo. Pero con la urgente necesidad de alcanzar un ritmo de crecimiento más adecuado. Si esto no se logra, la aparición de alternativas políticas al CNA será presumiblemente más rápida y hasta en el interior del partido de gobierno las pulseadas y fricciones -todavía relativamente sordas- pueden subir rápidamente de tono.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Cuba y la “dimensión criminal” del comunismo

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 13/3/14 en: http://www.eldiarioexterior.com/cuba-y-la-dimension-criminal-43502.htm

 

En la monumental obra: “El Libro Negro del Comunismo”, que describe los crímenes, terror y represiones de los gobiernos comunistas, Stephane Courtois sostiene, con mucha razón, que existe una verdadera “dimensión criminal” del comunismo, que aparece con sólo contemplar como históricamente no ha vacilado en usar la fuerza para reprimir violentamente a su propio pueblo. Cada vez que lo creyó necesario.
Por esto, lo que está ocurriendo en Venezuela no debiera sorprender realmente a nadie. Ni las muertes de civiles inocentes que protestaban pacíficamente. Ni las cobardes e inhumanas torturas a las que se sometiera a estudiantes de ambos sexos. Ni los numerosos presos políticos, que incluyen a dirigentes de la oposición y gremiales. Ni, por cierto, la abierta barbarie desplegada por los matones venezolanos a sueldo, con los que las autoridades procuran disimular lo que sucede y alejarse de asumir las responsabilidades del caso. Como lo acaba de denunciar pública y directamente la valiente Conferencia Episcopal de Venezuela que aglutina a los obispos católicos de ese país.
Los auto-denominados “bolivarianos” están gravemente preocupados. Y no sin razón, después de haber sometido a Venezuela mediante el terror y las intimidaciones de todo tipo por espacio de 14 insufribles años, advierten que todo tiembla en un país devastado.
Porque lo que ha sucedido en las calles de su país puede resumirse en que la gente ya perdió el miedo y, advirtiendo que está en juego el futuro de sus libertades esenciales, sigue saliendo a las calles, día tras día.
En esto ha estado ya, corajudamente, por espacio de dos largas semanas. Estoica y heroicamente, a la vez. En total inferioridad de condiciones y sujeta a agresiones de todo tipo. Porque no quiere vivir en lo que percibe será mañana otro verdadero “apartheid” político, similar al de Cuba. Disfrazado probablemente de régimen de “partido único”, donde el que no entona el “discurso único”, sabe que simplemente no existe. Que no será tenido en cuenta y que, si habla, será demonizado e insultado y -como si todo eso fuera poco- terminará inexorablemente mal.
Si miramos a Cuba, el panorama sobre lo que sucede en la colonizada Venezuela se aclara. Primero están los 15.000 fusilamientos dispuestos por Fidel Castro, por los que ha logrado vivir en la impunidad. Pocos los recuerdan. Menos aún son aquellos que le asignan responsabilidad alguna por lo sucedido. Como si nadie hubiera ejecutado esos crímenes, ni fuera responsable por ellos.
Además está lo que sigue sucediendo. Cada vez más. Me refiero al uso creciente de grupos para-policiales, por cuyo accionar violento en rigor nadie es responsable. Hablamos de las llamadas “Brigadas de Respuesta Rápida” cubanas, que aparecieron en la década de los 80 y que siguen activas, con sus pistolas y palos, dependiendo del Ministerio del Interior.
Con sus matones, que incluyen a ex delincuentes y a lo que nosotros llamaríamos las “barras bravas”. Con ellos se agrede -física y verbalmente- a la disidencia. Constantemente. Sin descanso. Cada vez que se cree que ello es conveniente o necesario para el régimen.
Esos grupos -irregulares presuntamente- tuvieron que ver con las 6.400 detenciones arbitrarias que ocurrieron en Cuba durante el año 2013. La política de Raúl Castro es -queda visto- también violenta. Aunque algo distinta, quizás. Reprime con violencia singular, aunque quirúrgica. Con arrestos breves. Con agresiones físicas duras, pero cortas, que aparentemente procuran ahora no ser terminales. A lo que suma multas y sanciones pecuniarias contra gente sumergida en la pobreza que vive en la precariedad.
En Cuba todos sienten indefensión y ese es precisamente el objetivo del régimen hereditario de los hermanos Castro. No otro. Aterrar es el objetivo central y permanente, resumido en esa sola palabra. Las indefensas “Damas de Blanco” (las esposas de los disidentes encarcelados) son uno de sus blancos constantes y preferidos. Lo que evidencia la singular cobardía que subyace a su injustificable accionar.
La brutalidad ha sido exportada siempre por Cuba. Es de alguna manera parte de la “estrategia de seguridad” que Cuba sugiere a sus aliados y simpatizantes. Siempre. Porque sabe de su utilidad, por experiencia propia.
No caigamos entonces en el engaño torpe  de suponer que la brutalidad no forma parte esencial de la identidad totalitaria de los gobernantes que, con el nombre de comunistas u otro que sólo disimula su verdadera naturaleza, utilizan la violencia contra sus propios pueblos. Siempre.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Elogio de Nelson Mandela

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 30/6/13 en http://elpais.com/elpais/2013/06/27/opinion/1372345409_851455.html

Transformó la historia de Sudáfrica de una manera que parecía inconcebible y demostró, con su inteligencia, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles.

Nelson Mandela, el político más admirable de estos tiempos revueltos, agoniza en un hospital de Pretoria y es probable que cuando se publique este artículo ya haya fallecido, pocas semanas antes de cumplir 95 años y reverenciado en el mundo entero. Por una vez podremos estar seguros de que todos los elogios que lluevan sobre su tumba serán justos, pues el estadista sudafricano transformó la historia de su país de una manera que nadie creía concebible y demostró, con su inteligencia, destreza, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles.

Todo aquello se gestó, antes que en la historia, en la soledad de una conciencia, en la desolada prisión de Robben Island, donde Mandela llegó en 1964, a cumplir una pena de trabajos forzados a perpetuidad. Las condiciones en que el régimen del apartheid tenía a sus prisioneros políticos en aquella isla rodeada de remolinos y tiburones, frente a Ciudad del Cabo, eran atroces. Una celda tan minúscula que parecía un nicho o el cubil de una fiera, una estera de paja, un potaje de maíz tres veces al día, mudez obligatoria, media hora de visitas cada seis meses y el derecho de recibir y escribir sólo dos cartas por año, en las que no debía mencionarse nunca la política ni la actualidad. En ese aislamiento, ascetismo y soledad transcurrieron los primeros nueve años de los veintisiete que pasó Mandela en Robben Island.

En vez de suicidarse o enloquecerse, como muchos compañeros de prisión, en esos nueve años Mandela meditó, revisó sus propias ideas e ideales, hizo una autocrítica radical de sus convicciones y alcanzó aquella serenidad y sabiduría que a partir de entonces guiarían todas sus iniciativas políticas. Aunque nunca había compartido las tesis de los resistentes que proponían una “África para los africanos” y querían echar al mar a todos los blancos de la Unión Sudafricana, en su partido, el African National Congress, Mandela, al igual que Sisulu y Tambo, los dirigentes más moderados, estaba convencido de que el régimen racista y totalitario sólo sería derrotado mediante acciones armadas, sabotajes y otras formas de violencia, y para ello formó un grupo de comandos activistas llamado Umkhonto we Sizwe, que enviaba a adiestrarse a jóvenes militantes a Cuba, China Popular, Corea del Norte y Alemania Oriental.

En la soledad de la cárcel revisó sus ideas e hizo una autocrítica radical de sus convicciones

Debió de tomarle mucho tiempo —meses, años— convencerse de que toda esa concepción de la lucha contra la opresión y el racismo en África del Sur era errónea e ineficaz y que había que renunciar a la violencia y optar por métodos pacíficos, es decir, buscar una negociación con los dirigentes de la minoría blanca —un 12% del país que explotaba y discriminaba de manera inicua al 88% restante—, a la que había que persuadir de que permaneciera en el país porque la convivencia entre las dos comunidades era posible y necesaria, cuando Sudáfrica fuera una democracia gobernada por la mayoría negra.

En aquella época, fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, pensar semejante cosa era un juego mental desprovisto de toda realidad. La brutalidad irracional con que se reprimía a la mayoría negra y los esporádicos actos de terror con que los resistentes respondían a la violencia del Estado, habían creado un clima de rencor y odio que presagiaba para el país, tarde o temprano, un desenlace cataclísmico. La libertad sólo podría significar la desaparición o el exilio para la minoría blanca, en especial los afrikáners, los verdaderos dueños del poder. Maravilla pensar que Mandela, perfectamente consciente de las vertiginosas dificultades que encontraría en el camino que se había trazado, lo emprendiera, y, más todavía, que perseverara en él sin sucumbir a la desmoralización un solo momento, y veinte años más tarde, consiguiera aquel sueño imposible: una transición pacífica delapartheid a la libertad, y que el grueso de la comunidad blanca permaneciera en un país junto a los millones de negros y mulatos sudafricanos que, persuadidos por su ejemplo y sus razones, habían olvidado los agravios y crímenes del pasado y perdonado.

Habría que ir a la Biblia, a aquellas historias ejemplares del catecismo que nos contaban de niños, para tratar de entender el poder de convicción, la paciencia, la voluntad de acero y el heroísmo de que debió hacer gala Nelson Mandela todos aquellos años para ir convenciendo, primero a sus propios compañeros de Robben Island, luego a sus correligionarios del Congreso Nacional Africano y, por último, a los propios gobernantes y a la minoría blanca, de que no era imposible que la razón reemplazara al miedo y al prejuicio, que una transición sin violencia era algo realizable y que ella sentaría las bases de una convivencia humana que reemplazaría al sistema cruel y discriminatorio que por siglos había padecido Sudáfrica. Yo creo que Nelson Mandela es todavía más digno de reconocimiento por este trabajo lentísimo, hercúleo, interminable, que fue contagiando poco a poco sus ideas y convicciones al conjunto de sus compatriotas, que por los extraordinarios servicios que prestaría después, desde el Gobierno, a sus conciudadanos y a la cultura democrática.

Como la gota persistente que horada la piedra, fue abriendo puertas en esa ciudadela de desconfianza

Hay que recordar que quien se echó sobre los hombros esta soberbia empresa era un prisionero político, que, hasta el año 1973, en que se atenuaron las condiciones de carcelería en Robben Island, vivía poco menos que confinado en una minúscula celda y con apenas unos pocos minutos al día para cambiar palabras con los otros presos, casi privado de toda comunicación con el mundo exterior. Y, sin embargo, su tenacidad y su paciencia hicieron posible lo imposible. Mientras, desde la prisión ya menos inflexible de los años setenta, estudiaba y se recibía de abogado, sus ideas fueron rompiendo poco a poco las muy legítimas prevenciones que existían entre los negros y mulatos sudafricanos y siendo aceptadas sus tesis de que la lucha pacífica en pos de una negociación sería más eficaz y más pronta para alcanzar la liberación.

Pero fue todavía mucho más difícil convencer de todo aquello a la minoría que detentaba el poder y se creía con el derecho divino a ejercerlo con exclusividad y para siempre. Estos eran los supuestos de la filosofía del apartheid que había sido proclamada por su progenitor intelectual, el sociólogo Hendrik Verwoerd, en la Universidad de Stellenbosch, en 1948 y adoptada de modo casi unánime por los blancos en las elecciones de ese mismo año. ¿Cómo convencerlos de que estaban equivocados, que debían renunciar no sólo a semejantes ideas sino también al poder y resignarse a vivir en una sociedad gobernada por la mayoría negra? El esfuerzo duró muchos años pero, al final, como la gota persistente que horada la piedra, Mandela fue abriendo puertas en esa ciudadela de desconfianza y temor, y el mundo entero descubrió un día, estupefacto, que el líder del Congreso Nacional Africano salía a ratos de su prisión para ir a tomar civilizadamente el té de las cinco con quienes serían los dos últimos mandatarios delapartheid: Botha y De Klerk.

Cuando Mandela subió al poder su popularidad en Sudáfrica era indescriptible, y tan grande en la comunidad negra como en la blanca. (Yo recuerdo haber visto, en enero de 1998, en la Universidad de Stellenbosch, la cuna del apartheid, una pared llena de fotos de alumnos y profesores recibiendo la visita de Mandela con entusiasmo delirante). Ese tipo de devoción popular mitológica suele marear a sus beneficiarios y volverlos —Hitler, Stalin, Mao, Fidel Castro— demagogos y tiranos. Pero a Mandela no lo ensoberbeció; siguió siendo el hombre sencillo, austero y honesto de antaño y ante la sorpresa de todo el mundo se negó a permanecer en el poder, como sus compatriotas le pedían. Se retiró y fue a pasar sus últimos años en la aldea indígena de donde era oriunda su familia.

Mandela es el mejor ejemplo que tenemos —uno de los muy escasos en nuestros días— de que la política no es sólo ese quehacer sucio y mediocre que cree tanta gente, que sirve a los pillos para enriquecerse y a los vagos para sobrevivir sin hacer nada, sino una actividad que puede también mejorar la vida, reemplazar el fanatismo por la tolerancia, el odio por la solidaridad, la injusticia por la justicia, el egoísmo por el bien común, y que hay políticos, como el estadista sudafricano, que dejan su país, el mundo, mucho mejor de como lo encontraron.

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

K o anti K: la resurrección de Hamlet en Argentina

Por Gabriela Pousa. Publicado el 26/11/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=4216

K o Anti K es la consigna. Pertenecer o no pertenecer. En este hábitat de fundamentalismo y porfía, los argentinos dirimen, más que una clasificación política, una concepción de vida.

 Aquello que unos odian, otros lo idolatran. Sólo hay vida en los extremos. Depende desde donde se lo mire, una letra de abecedario condena o redime. Es el ‘apartheid’ contemporáneo, un rayo en el ala de Dédalos.

 En ese contexto, la historia se reescribe antojadizamente. Es un imperativo: hay que definirse. No es tiempo para tibios. Surgen cada vez con más virulencia las proclamas y los slogan.

La campaña ya no es únicamente de los políticos. Partidarios de uno y otro lado ni siquiera discuten sus diferencias.

 Los argumentos caen en saco roto, y el atropello es en este momento, lo que alguna vez fuera el convencimiento.

El Hamlet contemporáneo insta a tomar cartas en el asunto. El que no juega es desterrado, pero nadie sabe del todo donde esta parado.

 La pasión ciega y agota las ideas. Sin certeza de que haya amores, hay sin embargo odios declarados.

El gorilismo dejó de ser una posición respecto a un líder o partido para ser un delirio acorde al que caracteriza al actual teatro político.

 La cordura no tiene cabida, la ideología se desdibuja. En igual plano se equiparan y comulgan conservadores, ortodoxos y comunistas.

 El kirchnerismo que ha sido desde el vamos ofensivo, hoy se agota en una defensa torpe de si mismo. En ese trance, el “gorila” se independiza del peronismo. Provenga de Marx o del más encumbrado liberalismo, se lo obliga a adoptar una categoría que identifica y catapulta a primera vista. Tampoco es fácil ser de los “buenos” en estos tiempos.

¿Cómo salir en defensa de “diez años de crecimiento” cuando se pone en evidencia el colapso energético? ¿Cómo justificar diez años creciendo a tasas chinas con los fondos buitre encima? ¿De qué manera aplaudir la distribución de riqueza con aumento en el índice de miseria? Tan patética resulta la lucha que, mientras escribo, está planteándose la disyuntiva: ¿el juez Griesa o los kirchneristas?

 Guste o no, el jurista americano ya ha sido embanderado, y la opinión que podamos tener frente a la deuda en cuestión, nos dirime entre patriotas o cipayos.

 De esa forma es como también el sindicalismo sale a pista con la opción Caló o Moyano, y hasta la desvencijada Unión Cívica del radicalismo se paraliza frente a un Alfonsín o Moreau.

En las entrañas del belicismo, se libra otra interna sin sentido: Néstor o Cristina. La trampa es poner como opción la otra cara de la misma moneda. Quien plantea una disidencia recibe a cambio una afrenta.

 Epítetos vulgares ocupan un porcentaje demasiado grande de los 140 caracteres aptos en las redes sociales. Insultos y agresiones en lugar de certezas y razones.

 En ese ámbito, pareciera que el 7D se libra una batalla decisiva. Absurdo planteo maniqueo: optar entre Clarín o el gobierno. No interesa que se coincida con algún punto de vista. La lógica no cuenta.

 Hay que fanatizarse: si no es Jorge Lanata es Víctor Hugo. Si no es la televisión pública es TN o canal 13, si no es Boca es River. Adiós Independiente, Racing o San Lorenzo. Ese es también el marco de las cuentas de Twitter y Facebook.

 En ellas, puede evitarse el nombre, negarse origen y religión, pero se recalca a priori la bandería como si ahí estuviese la trascendencia. Y quizás así sea. Ser o no ser… Hay que vender, esa es la consigna. Es el triunfo de la marca sobre el individuo.

 La causa aplasta el juicio crítico. Lo agota, lo asfixia, lo deja simplemente, sin salida. K o Anti K es la consigna. Pertenecer o no pertenecer. En este hábitat de fundamentalismo y porfía, los argentinos dirimen, más que una clasificación política, una concepción de vida. Y este es apenas el camino de ida… concepción de vida.

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.