En la Argentina, la propiedad privada está en jaque

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 13/7/2en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/en-la-argentina-la-propiedad-privada-esta-en-jaque-nid13072021/

Avellaneda, movilizada. Unas 10.000 personas se concentraron ayer en Avellaneda, el punto central de la protesta por la expropiación de Vicentin. Hubo allí productores y dirigentes agropecuarios, pero también mucha gente que se opone a la expropiación y que dejó al Gobierno un mensaje contrario a cu
Avellaneda, movilizada. Unas 10.000 personas se concentraron ayer en Avellaneda, el punto central de la protesta por la expropiación de Vicentin.

Es del caso abrir esta nota periodística con un pensamiento escrito por al mayor artífice de nuestra Constitución fundadora de 1853/60. Así, Juan Bautista Alberdi consignó: “Pero no basta reconocer la propiedad como derecho inviolable. Ella puede ser respetada en su principio y desconocida y atacada en lo que tiene de más precioso: en el uso y disponibilidad de sus ventajas […] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública”.

La propiedad privada constituye el eje central de una sociedad libre y su ataque es la piedra angular del régimen totalitario, por ello es que Marx y Engels, en El manifiesto comunista, de 1848, han dicho: “Pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”.

Como los bienes no crecen en los árboles y no hay de todos para todos todo el tiempo, se hace necesario asignar derechos de propiedad a los efectos de darles el mejor uso a los siempre escasos recursos. En este contexto, los comerciantes y equivalentes, para mejorar su situación, se ven obligados a atender las necesidades del prójimo. De este modo, el que acierta obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Desde luego que esto no ocurre cuando mal llamados empresarios se alían con el poder para obtener privilegios, lo cual siempre atenta contra el bienestar de la gente.

Alberdi había bebido en fuentes sólidas; en este sentido, cabe recordar que James Madison, el padre de la Constitución estadounidense –la carta magna que nos sirvió de modelo–, resumió su pensamiento al escribir: “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad”. Como es sabido, la propiedad remite a la protección de la vida, la expresión de los propios pensamientos y el uso y disposición de lo propio. En esta línea argumental es pertinente señalar que la Justicia, según la definición clásica, significa “dar a cada uno lo suyo”, y lo suyo se traduce en la propiedad. En otros términos, no hay Justicia sin propiedad, son términos inseparables.

De un tiempo a esta parte se está jugando con fuego en nuestro medio al insinuar que puede expropiarse un bien que el aparato estatal considere “improductivo”. Antes he escrito sobre este asunto, pero se hace necesario insistir, dado el recrudecimiento del embate de marras. Ser productivo no es producir más cosas; es producir las consideradas de mayor valor. Dadas las actuales circunstancias, no es mejor producir un millón de botones que producir diez tractores. En esta misma línea argumental, debe tenerse muy en cuenta que las mayores producciones de valores no son los bienes tangibles: los estados de felicidad cuando se constituye una buena familia, cuando se observa una buena puesta de sol, una partida de ajedrez entre amigos y equivalentes son algunos ejemplos de vida productiva. Más bien la producción de bienes materiales es en general un medio para producir valores de otra especie y rango.

El significado de la eficiencia, entre otros, lo ha explicado bien el premio Nobel de Economía James M. Buchanan cuando escribió: “Mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras no tengan lugar la fuerza y el fraude, aquello sobre lo cual se acuerde se define como eficiente”. Cuando se sostiene que puede expropiarse lo no productivo a criterio de ciertos burócratas en el poder, se están sentando las bases para las mayores iniquidades. ¿Cuántas habitaciones se usan diariamente en una casa? ¿Acaso no son “improductivas” las que no se usan habitualmente? ¿No deberían expropiarse? Y así sucesivamente con la ropa, con parques y jardines que se disfrutan con la mirada, pero que no “producen cosas” en el sentido corriente de la expresión.

Por otro lado, quien ahorra en un terreno baldío, quien ahorra en dólares bajo el colchón, quien ahorra para coleccionar automóviles antiguos o acumula obras de arte, lo hace porque, dadas las circunstancias, es lo que estima más productivo. Si se equivoca, consume su capital, y si acierta, lo acrecienta. También, si miramos el globo terráqueo, observamos que hay muchos recursos marítimos, forestales y territoriales que al momento no son explotados en el sentido al que habitualmente se alude, lo cual se debe a que, como queda dicho, los factores de producción son escasos. Solo hay dos maneras de establecer prioridades para qué hacer con esos bienes: que decida la gente o que decida el aparato estatal. Si se decidiera por esto último, a contracorriente de las preferencias de la gente, inexorablemente habrá consumo de capital y, por ende, más pobreza.

La propiedad privada hace que cada cual cuide de lo suyo en contraste con lo que modernamente se ha dado en llamar “la tragedia de los comunes”, donde lo que es de todos no es de nadie, un concepto que ya había sido desarrollado por Aristóteles cuando refutó el comunismo de Platón.

La institución de la propiedad permite el establecimiento de precios como reflejo de las estructuras valorativas de las partes contratantes, puesto que se trata de transacciones de derechos de propiedad. Cuando se afectan derechos de propiedad necesariamente se distorsionan precios, lo cual desdibuja la contabilidad y la evaluación de proyectos. En el extremo donde se decide la abolición de la propiedad desaparecen por completo los precios, pero el problema surge aun sin llegar a este extremo cada vez que se lesiona aquel derecho.

La reflexión alberdiana con que abrimos esta nota nos lleva al programa del fascismo. El comunismo es más sincero: pregona el uso y la disposición directa de la propiedad por el aparato de la fuerza, mientras que el fascismo permite el registro de la propiedad a nombre de particulares, pero usa y dispone de ella el gobierno. Es el sistema que más éxito tiene en el llamado mundo libre. Veamos el sistema educativo, donde en gran medida las instituciones privadas están privadas de independencia debido a las imposiciones de pautas y estructuras curriculares por parte de ministerios de educación; veamos el sistema bancario y financiero, en gran medida dirigido por la banca central, y así sucesivamente hasta ámbitos como el de los taximetreros, dirigidos en sus tarifas, horarios y color con que están pintados, lo que hace que los verdaderos dueños sean los alcaldes de la ciudad.

Como bien explica William H. Hutt, la tesis de estimular la producción con inyección estatal de dinero en áreas al momento consideradas “ociosas” no solo empobrece vía la inflación, sino que convierte usos que en esa instancia se estiman convenientes en usos inconvenientes a criterio de la gente. Los megalómanos no toman en cuenta y desprecian las preferencias de la gente, puesto que consideran sus recetas las mejores para manejar a su antojo vidas y haciendas ajenas.

Energúmenos como Hugo Chávez, que con su machacón “exprópiese” ha arruinado uno de los países más ricos del orbe para convertirlo en una situación de desesperante miseria; este dictador del Orinoco vociferaba: “La propiedad privada no tiene cabida en la revolución socialista” (salvo para sus secuaces y familiares, que se embolsan lo ajeno con total impunidad, como siempre ocurre con esta canallada). Es de gran importancia percatarse de que la lesión al derecho de propiedad perjudica a todos, pero muy especialmente a los más vulnerables.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿Expropiar lo que el político estima “improductivo”?

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 26/6/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/06/26/expropiar-lo-que-el-politico-estima-improductivo/

Al minimizar el derecho de propiedad se elimina la institución que permite la mejor utilización de los recursos existentes para atender las necesidades de la gente

Hugo Chavez

Hay manifestaciones que revelen un desconocimiento palmario del proceso que tiene lugar en las relaciones sociales en ámbitos de libertad para lo cual resulta esencial comprender el valor de la Justicia que significa “dar a cada uno lo suyo” y “lo suyo” remite a la propiedad privada. En este contexto la igualdad ante la ley resulta crucial para el bienestar moral y material de todos lo cual subrayamos es ante la ley y no mediante ella.

Tal es el embrollo mental de los que rechazan la institución de la propiedad privada que tampoco entienden lo que significa lo productivo y lo improductivo en andariveles bifrontes. Por una parte, dados los siempre escasos recursos, lo productivo es lo que la gente prefiere. Ese es el sentido, entre muchos otros autores, que dan precisión a la materia como es el caso del premio Nobel en economía James M. Buchanan cuando escribe que “mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras no tenga lugar la fuerza y el fraude, aquello sobre lo cual se acuerde se define como eficiente.”

Por otra lado, quien ahorra en un terreno baldío, quien ahorra en dólares bajo el colchón, quien lo hace para coleccionar automóviles antiguos o acumula obras de arte es porque dadas las circunstancias es lo que estima más productivo. Si se equivoca consume su capital y si acierta lo acrecienta. También, si miramos el globo terráqueo observamos que hay muchos recursos marítimos, forestales y territoriales que al momento no son explotados en el sentido al que habitualmente se alude, lo cual se debe a que, como queda dicho, los factores de producción son escasos y solo hay dos maneras de establecer prioridades sobre qué hacer con esos bienes: que decida la gente o que decida el aparato estatal. Si se decidiera por esto último, a contracorriente de las preferencias de la gente, inexorablemente habrá consumo de capital y por ende más pobreza.

Ser productivo no es producir más cosas, es producir las consideradas de mayor valor. Dadas las actuales circunstancias, no es mejor producir un millón de botones que producir diez tractores. En esta misma línea argumental debe tenerse muy en cuenta que las mayores producciones de valores no son los bienes tangibles: los estados de felicidad cuando se constituye una buena familia, cuando se observa una buena puesta de sol, una partida de ajedrez entre amigos y equivalentes son algunos ejemplos de vida productiva. Más bien la producción de bienes materiales son en general un medio para producir valores de otra especie y rango.

Cuando se sostiene que puede expropiarse lo no productivo a criterio de ciertos burócratas en el poder se está sentando las bases para las mayores iniquidades. ¿Cuántas habitaciones se usan diariamente en una casa? ¿Acaso no son “improductivas” las que no se usan habitualmente? ¿No deberían expropiarse? Y así sucesivamente con la ropa, con parques y jardines que se disfrutan con la mirada pero que no “producen cosas” en el sentido corriente de la expresión.

Más aun, estas disquisiciones en última instancia apuntan a la macabra guillotina horizontal del igualitarismo puesto que según los politicastros le dará un uso más productivo el que recibe la parte arrancada a otro que su titular original, sin percibir que el asunto es exactamente al revés: el empleo más productivo es el que establece la gente vía el plebiscito diario del mercado con los votos de compras y abstenciones de comprar de la gente y los mayores patrimonios trasmiten su fortaleza a los más débiles a través de incrementos en salarios fruto de aquellas tasas de capitalización.

La propiedad privada hace que cada cual cuide de lo suyo en contraste con “la tragedia de los comunes” donde lo que es de todos no es de nadie. Como hemos consignado antes, la forma en que se toma café y se encienden las luces no es la misma cuando nosotros pagamos las cuentas respecto de cuando se obliga a otros a financiar con el fruto de sus trabajos.

Otra vez conviene repasar que la asignación de derechos de propiedad es vital precisamente a los efectos de darle el mejor uso a los recursos disponibles. Quienes dan en la tecla con las necesidades del prójimo incrementan sus ganancias y quienes yerran incurren en quebrantos. Esto es en la sociedad libre, por el contrario cuando irrumpen los empresarios prebendarios con sus alianzas con el poder de turno, el atropello a los derechos de la gente está garantizado.

La institución de la propiedad permite el establecimiento de precios como reflejo de las estructuras valorativas de las partes contratantes puesto que se trata de transacciones de derechos de propiedad. Cuando se afectan derechos de propiedad necesariamente se distorsionan precios lo cual desdibuja la contabilidad y la evaluación de proyectos. En el extremo donde se decide la abolición de la propiedad desaparecen por completo los precios y como también hemos destacado en otras ocasiones no se sabe si conviene construir los caminos con oro o con asfalto y si alguien sostiene que con el metal aurífero es un derroche es porque recordó los precios relativos antes de la referida abolición de la propiedad. En otros términos, técnicamente el comunismo es un imposible desde la perspectiva económica ya que no se puede economizar donde no hay precios que demás está decir nada tienen que ver con la imposición de simples números siempre arbitrarios que puedan establecer e inventar los gobiernos totalitarios.

Es del caso recordar lo escrito sobre la importancia de la propiedad privada por los padres de las constituciones estadounidense y argentina respectivamente. James Madison lo ha hecho en 1792: “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad” y Juan Bautista Alberdi lo hizo en 1854, “Pero no basta reconocer la propiedad como derecho inviolable. Ella puede ser respetada en su principio y desconocida y atacada en lo que tiene de más precioso: en el uso y disponibilidad de sus ventajas […] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública.”

Esta reflexión alberdiana nos lleva al programa del fascismo. El comunismo es más sincero: pregona el uso y la disposición directa de la propiedad por el aparato de la fuerza, mientras que el fascismo permite el registro de la propiedad a nombre de particulares pero usa y dispone de ella el gobierno. Es el sistema que más éxito tiene en el llamado mundo libre. Veamos el sistema educativo donde en gran medida las instituciones privadas están privadas de independencia debido a las imposiciones de pautas y estructuras curriculares por parte de ministerios de educación, veamos el sistema bancario y financiero en gran medida dirigido por la banca central y así sucesivamente hasta ámbitos como los taximetreros que al ser dirigidos en sus tarifas, horarios y color con que están pintados hace que los verdadero dueños sean los alcaldes de la ciudad.

La sandez de las mal denominadas “empresas estatales” constituyen otro ejemplo del embate a la propiedad privada. Una empresa implica arriesgar recursos propios y no ajenos por la fuerza. Desde el instante en que se establecen estos organismos políticos (mal llamadas empresas estatales por el antedicho motivo) se alteran las prioridades de la gente puesto que se canalizan los recursos en sectores distintos de lo que hubiera hecho la gente libre y voluntariamente (y si lo hiciera en el mismo sentido no tiene sentido la intervención estatal con ahorro de gastos burocráticos, con el agregado de que el único modo de saber que desea la gente es dejarla actuar). Si, además, ese organismo es deficitario y monopólico la situación no puede ser peor. Por otro lado, si se dijera que el aparato estatal debe encargarse de abastecer áreas inviables desde el punto de vista económico ya que ningún empresario privado la encarará, si esto se sostuviera decimos, debe tenerse muy presente que cada actividad antieconómica que financia el gobierno (es decir, los contribuyentes) se traduce en despilfarro y consumo de capital, lo cual necesariamente redunda no solo en la ampliación de las zonas inviables sino que contrae salarios e ingresos en términos reales puesto que las tasas de capitalización son su única causa.

Uno de los pilares de mayor peso en la sociedad abierta consiste en las relaciones contractuales que remiten a la propiedad. Como nos recuerda Bernardo Krause, desde que nos levantamos a la mañana se hacen patentes los contratos: abrimos la heladera, usamos el microondas, engullimos mermelada, tostadas y queso que son todos fruto de contratos de compra-venta. Tomamos un colectivo (contrato de transporte), llevamos a nuestros hijos al colegio (contrato de educación), si voy en el automóvil al trabajo cargo nafta (contrato de compra-venta de energía), lo dejo en una playa de estacionamiento (contrato de locación), llego al trabajo (contrato laboral), voy al banco (contrato de depósito) o solicito un crédito (contrato de mutuo), concedo una garantía (contrato de fianza), entrego una suma de dinero a una Fundación (contrato de donación), encargo a un funcionario que gestione un trámite (mandato) etc.

Como bien explica William H. Hutt la tesis de estimular la producción con inyección estatal de dinero en áreas al momento consideradas “ociosas” no solo empobrece vía la inflación, sino que convierte usos que en esa instancia se estiman convenientes en usos inconvenientes a criterio de la gente. Los megalómanos no toman en cuenta y desprecian las preferencias de la gente puesto que consideran sus recetas como las mejores para manejar vidas y haciendas ajenas, aunque ellos mismos atesoren sus habitualmente mal habidos patrimonios en lugares a buen resguardo de las satrapías que recomiendan.

Energúmenos como Hugo Chávez que con su macabro y machacón “exprópiese” ha arruinado uno de los países más ricos del orbe para convertirlo en una miserable pocilga donde hasta brutalmente escasean los medicamentos y la comida, este dictador del Orinoco vociferaba que “la propiedad privada no tiene cabida en la revolución socialista” (salvo para sus secuaces y familiares que se embolsan lo ajeno con total impunidad como siempre ocurre con esta canallada).

Minimizar el derecho de propiedad es no entender nada de cuestiones sociales puesto que se condena a la pobreza a muchísima gente al eliminar la institución que, como queda dicho, permite la mejor utilización de los recursos existentes para atender las necesidades de la gente. El no robar y no codiciar los bienes ajenos de los Mandamientos son otra demostración de la trascendencia de ese derecho que es parte sustancial de la sociedad civilizada. El actual Papa una vez más volvió a la carga contra la propiedad privada en la 109 Conferencia de la OIT el 17 del mes que corre, donde leyó su texto en el que consignó que “siempre junto al derecho de propiedad privada está el más importante y anterior principio de subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra y por tanto al derecho de todos a su uso” a lo cual agregó levantando la vista en una improvisación en la que subrayó lo dicho: “El derecho a la propiedad privada es secundario al derecho primario del derecho universal de los bienes”. No se necesita ser una persona especialmente inteligente para percatarse que este peculiar silogismo se traduce lisa y llanamente en arrasar con la propiedad privada, por más que algunos exégetas atrabiliarios intenten disfrazar lo expresado en esta ocasión que no hace más que reiterar lo manifestado antes por el Papa Francisco en distintas oportunidades, a contracorriente de lo resumido por Pio XI en Quadragesimo Anno: “Nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero” y en un plano más amplio Juan Pablo II explica el significado del capitalismo y la trascendencia de la propiedad privada en la sección 42 de Centesimus Annus. Cuando al Papa en ejercicio se le preguntó si es comunista respondió “son los comunistas los que piensan como los cristianos” (en el diario italiano La Repubblica, noviembre 11 de 2016).

Por último, subrayamos que los atropellos a la propiedad privada son siempre invasiones a la privacidad, es decir a lo más valorado para preservar las autonomías individuales y la dignidad del ser humano. No hay más que mirar lo que ocurre con el nivel de vida de la gente en lugares en los que se respeta la propiedad respecto a los despojos y las situaciones lamentables y desesperadas en que se convierten los lugares en donde no se respeta esta institución fundamentalísima. La falta de respeto a la propiedad ajena es una característica del espíritu autoritario.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La manía estatista

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 2/3/18 en: El País de Uruguay.

 

Es notable como hay quienes persisten en la magia más rudimentaria al creer a pie juntillas que los aparatos estatales hacen aparecer recursos de la galera. No se percatan que los gobernantes nunca financian nada para la gente de su propio peculio. Todo lo que entrega a un sector es porque lo ha arrancado del fruto del trabajo de otras personas. No hay magia.

Pero de tanto machacar que el truco y el embuste se traducen en nuevos recursos se convierte al gobierno en un mecanismo infame por el que todos pretenden vivir a costa de los demás. Es como si se tratara de un inmenso círculo en el que cada uno tiene metidas las manos en los bolsillos del vecino con lo que la vida se torna insoportable y las tensiones son permanentes, desgastantes y empobrecedoras. Empobrecen porque la única manera de producir es trabajar y no estar pendiente de cuanto se puede arrancar del prójimo.

Hace poco comentaba que en Buenos Aires escuché por la radio que un fulano se quejaba amargamente porque las naranjas cuestan once veces más en la góndola que en la tranquera del productor. El quejoso proponía que el aparato estatal intervenga en esto que estimaba era un entuerto de proporciones mayúsculas.

Pues bien, préstese atención a lo siguiente: si lo dicho es correcto y se considera que el margen operativo es grande ¿por qué el que denuncia no se mete en el negocio a los efectos de sacar partida del arbitraje y así baja el precio del citrus en cuestión? Y si se dice que el sujeto de marras no cuenta con los recursos suficientes, hay que responder que eso no resulta necesario puesto que se vende la idea a otros para que contribuyan a sufragar la operación.

Si nadie acepta entrar en ese negocio es debido a una de dos razones: o la propuesta es un cuento chino y no hay el atractivo que se menciona o, siendo cierto lo que se dice, hay otros negocios que reclaman una mayor atención y como lo recursos son limitados no pueden encararse todos los proyectos simultáneamente. También hay que tener en cuenta los manotazos impositivos que en cada etapa encarecen el producto.

Este ejemplo de las naranjas puede extenderse a infinidad de negocios en los que los gobernantes abandonan su misión específica que en esta instancia del proceso de evolución cultural es la seguridad y la justicia. Y esto ocurre debido precisamente a que el monopolio de la fuerza atiende otros muchos reglones que no le competen.

Un rubro que habría que mirar detenidamente en el llamado mundo libre es el de las jubilaciones. Resulta que los aparatos estatales se han apoderado de ingresos ajenos para montar una fenomenal estafa a través del sistema de pensiones conocidas como de reparto, lo cual conduce a déficit crónicos con jubilaciones magras que no alcanzan para vivir.

El caso argentino es ilustrativo. Las inmigraciones eran masivas en la época en que se adoptaron principios liberales del respeto al prójimo -desde la Constitución de 1853 hasta el golpe fascista del 30 y mucho más descabellado después del golpe de Perón de 1943- debido a que los salarios e ingresos de los peones rurales y el de los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España.

Debido a esto decimos, nuestros ancestros ahorraban e invertían en terrenitos, departamentos y compañías de seguros, activos de los que fueron despojados por el peronismo con absurdas leyes de alquileres, desalojos y demás barrabasadas para obligarlos a aportar a cajas jubilatorias estatales. No se necesita ser un experto en matemática financiera para percibir el atraco monumental cuando se constatan los mendrugos que reciben a cambio de aportes en el transcurso de una vida de trabajo. Lamentablemente hubo otros países que imitaron la experiencia estatista argentina que ahora es tiempo de revisar dado que los populismos modernos han continuado con pasos en falso bajo muy diversas etiquetas.

Como hemos consignado antes, el engaño de las mal llamadas empresas estatales es otro mito que obliga a asignar recursos ajenos por la fuerza en lugar de asumir riesgos con recursos propios. Los mercados abiertos y competitivos permiten sacar lo mejor dadas las circunstancias imperantes.

En este contexto, es de gran importancia estar prevenidos de supuestos empresarios que operan en alianza con los gobiernos para contar con mercados cautivos y así explotar miserablemente a sus congéneres. Son asaltos que se consuman con el apoyo político. La distribución de rentas y patrimonios se lleva a cabo en el supermercado y afines, la denominada redistribución necesariamente opera en otra dirección con lo que se disminuyen salarios ya que las tasas de capitalización son su única causa. Las diferencias de ingresos la marca la gente con sus votos cotidianos con sus compras y abstenciones de comprar, la envidia y la guillotina horizontal empobrece a todos. Los resultados dependerán de la capacidad de cada cual para servir a sus semejantes en procesos abiertos exentos de privilegios. La igualdad es ante la ley, no mediante ella.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

 

 

El peligro es mantener el rumbo

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Con este volumen de gasto público, presión tributaria y deuda del aparato estatal interna y externa vamos a chocar nuevamente. Las anécdotas, las explicaciones, las excusas y las buenas intenciones no resultan relevantes, lo difinitorio son los resultados de la gestión.

 

Las esperanzas han sido grandes en que Cambiemos cambie las cosas pero las frustraciones van creciendo y nos meten en un callejón sin aparente salida: del otro lado Frankenstein en su peor momento y de este el lobo feroz de siempre. Del otro lado un estatismo deliberado y rampante y de éste un estatismo por inoperancia.

 

Entre otras muchas cosas se encienden luces coloradas al comprobar la creciente colocación de títulos públicos en las carteras de los bancos que éstos adquieren con dineros de los depositantes quienes se ven obligados a financiar erogaciones gubernamentales. Hay que tener muy presentes experiencias nefastas anteriores. A esto se agrega también la colocación de títulos de la misma especie en la agencia encargada de administrar los recursos que pertenecen a los jubilados para, en cambio, financiar gastos estatales.

 

Hemos repetido que carece por completo de sentido centrar la atención en que el gasto estatal sea eficiente, el tema estriba en la eliminación de funciones ya que si algo es inconveniente si se hace eficiente es mucho peor. De igual manera y por las mismas razones, no se trata de podar gastos puesto que igual que en la jardinería el crecimiento es con mayor vigor. Se ha dicho hasta el cansancio que no es posible que un muy reducido número de personas que trabajan se vea arrastrada por la fuerza a mantener a un grupo mayoritario que no trabaja. Esto en cualquier lugar conduce indefectiblemente a la quiebra. No puede mirarse para otro lado.

 

¿La Argentina se merece el machacar tercamente en los mismos desaguisados que nos han llevado a crisis recurrentes? La respuesta es indudablemente por la afirmativa. Hagamos un inventario para saber que hace cada uno todos los días para que se lo respete. ¿Acaso puede prosperar una sociedad cuyos miembros en su gran mayoría se dedican exclusivamente a sus negocios personales y descuidan los indispensables estudios y contribuciones  para que se comprendan y acepten los beneficios de vivir en libertad? Los negocios cuando son legítimos son bienvenidos pero este ejercicio no fortalece las defensas, incluso para el propio negocio.

 

¿Es serio endosar la responsabilidad en los políticos y abdicar de las defensas? ¿Es aceptable solo esperar el día de las elecciones cuando no se ha hecho nada en el intervalo para mejorar las cosas? Es suicida el circunscribirse a criticar mientras se engullen alimentos para, acto seguido, seguir con los arbitrajes sin ver el peligro de abandonar el esfuerzo cotidiano. Los Padres Fundadores estadounidenses han enseñado a los Alberdi y seguidores de estas latitudes que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”. Suenan las alarmas cada vez que desde el gobierno se insiste en que debe mantenerse el rumbo actual.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

LA IMPORTANCIA DE LOS CONTRATOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Uno de los pilares de mayor peso en la sociedad abierta consiste en las relaciones contractuales. Desde que nos levantamos a la mañana se hacen patentes los contratos: abrimos la heladera, usamos el microondas, engullimos mermelada, tostadas y queso que son todos fruto de contratos de compra-venta. Tomamos un colectivo (contrato de transporte), llevamos a nuestros hijos al colegio (contrato de educación), si voy en el automóvil al trabajo cargo nafta (contrato de compra-venta de energía), lo dejo en una playa de estacionamiento (contrato de locación), llego al trabajo (contrato laboral), voy al banco (contrato de depósito) o solicito un crédito (contrato de mutuo), concedo una garantía (contrato de fianza), entrego una suma de dinero a una Fundación (contrato de donación), encargo aun funcionario que gestione un trámite (mandato) etc.

 

El contrato presupone la propiedad ya que significa intercambio de valores entre las partes para lo cual usan y disponen de lo propio o por encargo de terceros. Depende del valor de que se trate, el contrato puede ser escrito o tácito (de adhesión como, por ejemplo, cuando se adquiere un boleto en el subterráneo o una entrada al cine se presupone que la contrapartida del contrato es prestar el servicio correspondiente.

 

Como la característica medular de los bienes económicos es su escasez, es decir, no hay para todos, de lo contrario no serían bienes económicos y, como el aire, en este planeta en este momento simplemente se usa sin que se pague precio alguno. La propiedad y el precio son términos correlativos. No hay lo uno sin lo otro. Donde se ha abolido la propiedad no hay precios y, por ende, no hay posibilidad alguna de contabilidad ni evaluación de proyectos, situación que consecuentemente no permite saber cual es el estado de la economía: cuanto se consume de capital.

 

El respeto al contrato permite la civilización, la cual se ha derrumbado cada vez que los megalómanos de turno la han emprendido contra esta institución vital. En realidad, dejando de lado las horribles masacres, la falta de respeto al contrato explica la caída del Muro de la Vergüenza en Berlín: el caos económico que siempre repercute sobre aspectos cruciales de lo social.

 

Vía la asignación de derechos de propiedad,  las diferencias patrimoniales se van estableciendo según sean las votaciones diarias en el supermercado y afines. Como se ha reiterado tantas veces, el que da en la tecla sobre los gustos de su prójimo obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Las posiciones patrimoniales no son irrevocables, antes al contrario proceden de los gustos y preferencias del consumidor. Este proceso permite optimizar las tasas de capitalización que son la única causa de la elevación en el nivel de vida de la gente, muy especialmente de los más necesitados.

 

Por supuesto que este proceso no ocurre cuando operan pseudoempresarios que viene a expensas de los demás quienes son explotados por quienes acrecientan sus fortunas no por servir mejor a su prójimo sino merced a los privilegios que le otorga el poder de turno en un intercambio de favores siempre trubio.

 

En la medida en que los aparatos estatales intervienen en el mercado, en esa media se deteriora el contrato y, por tanto, necesariamente se va perdiendo el rumbo de la economía puesto que los operadores no cuentan con la información que se requiere para invertir o desinvertir en las distintas áreas.

 

Debilitar el contrato definitivamente destruye incentivos al atacar el derecho de propiedad. Por ejemplo, si no se asignan derechos de propiedad en un edificio los que viven allí actuarán en línea con “la tragedia de los comunes”, es decir, como lo que es de todos no es de nadie, habrá conflictos sin resolver entre los que habitan ese edificio (incluso los modales serán poco corteses e incluso la basura se tratará de modo muy poco conveniente en cuyo contexto todos se echarán la culpa recíprocamente y se tenderá a que nadie asuma costos al pretender ser free-rider del vecino). Sin embargo, si cada uno tiene su propiedad, el titular cuidará de lo suyo con esmero y, a menos que se trate de un ladrón para lo cual hay otras soluciones, no se inmiscuirá en lo ajeno e intentará lograr un clima de concordia.

 

El derecho de propiedad y, por tanto el cumplimiento del contrato son inseparables de la justicia ya que su definición clásica es el “dar a cada uno lo suyo” y también inseparable de la libertad ya que de este modo cada uno puede elegir como proceder con el fruto de su trabajo.

 

Varias son las teorías que atentan abiertamente contra la propiedad y los contratos. En primer lugar, la llamada teoría del “abuso del derecho” lo cual constituye una logomaquia ya que un mismo acto no puede ser simultáneamente conforme y contrario al derecho. Como ha dicho M. Planiol el abuso comienza cuando termina el derecho. M.A. Risolía a su vez subraya la peligrosidad de otorgar al juez la facultad de distinguir un abuso dentro de la misma regulación jurídica.

 

La teoría de “la lesión” está también en línea con el llamado “abuso del derecho” suponiendo una posible lesión aun dentro de la norma vigente (en todo caso si esto fuera así habría que sustituirla por otra norma a través del Poder Legislativo pero no otorgar al juez la posibilidad de modificar de facto la ley) y, a su vez, la teoría de “la imprevisión” difiere de la lesión respecto a la temporalidad (la lesión se juzga al momento de celebrarse el contrato, mientras que la imprevisión en un momento futuro porque una de las partes no previó lo que iba a ocurrir). J. A. Bibiloni ha escrito en este sentido que “no hay sociedad posible si por circunstancias no previstas se pretende resarcimiento. El contrato exige que el deudor respete sus compromisos, arruinándose si fuera necesario”.

 

En cuarto lugar, la teoría del “enriquecimiento ilícito” no en el sentido de quien se enriqueció con el fraude lo cual debe ser castigado sino en un sentido bien diferente: el que se enriqueció más allá de lo que el juez arbitrariamente considera excede “lo razonable”, situación que ignora el sentido mismo del contrato.

 

Finalmente, la novel teoría de “la penetración” por la que se sostiene que los accionistas de una sociedad anónima son responsables con sus bienes, respondiendo por los actos de la empresa de la que son copropietarios. Se consideran solidaria e ilimitadamente responsables por los actos de las personas de existencia ideal que han emitido los títulos, lo cual de hecho extingue la personería jurídica de las sociedades anónimas.

 

De más está decir que cuando nos referimos al derecho de cada cual no estamos aludiendo a la supuesta facultad de saquear al vecino, lo cual lamentablemente hoy día en no pocos lares estos pillajes se conocen como “nuevos derechos”, situación, claro está, que significa pretender un pseudoderecho contra el derecho, es decir, de arremeter contra el bolsillo del prójimo con el apoyo del aparato estatal. En otros términos, cuando se concluye que el sentido del monopolio de la fuerza es para garantizar y proteger derechos de los gobernados se alude principalmente al derecho de propiedad comenzando por el propio cuerpo, la libertad de expresar el propio pensamiento y el uso y disposición de lo adquirido lícitamente a través de contratos implícitos o escritos al efecto de intercambiar valores libre y voluntariamente entre las partes.

 

Antes he escrito parcialmente sobre lo que sigue pero ilustra nuestro tema de hoy. Cuenta Paul Johnson que le informaron a Jorge iv que su peor enemigo había muerto, “¿no me diga que finalmente ha muerto Carolina?” interrogó sorprendido el rey (aludiendo a su mujer, por lo menos oficialmente) a lo que el informante respondió “No su majestad, ha muerto Napoleón”. He aquí un malentendido. Salvo contadas excepciones parecería que estamos metidos hasta el tuétano en un tejido espeso de malos entendidos y conversaciones entre sordos. El segundero pasa rápido y no tenemos siete vidas como los gatos. ¿Estaremos destinados a repetir lo mismo ad nauseam una y otra vez? Si fueran errores, pero por lo menos nuevos, tendría la ventaja de generar debates que estimulan la imaginación. Pero repetir y repetir produce bostezos que entumecen al más despabilado e inquieto de los mortales. Siempre entre la ciénaga de la corrupción y los manotazos estatistas de los gobiernos que bajo una u otra etiqueta hacen más o menos lo mismo con distintas modalidades y modales.

 

Es que no hay magias. Seguramente sería atractivo que los problemas se pudieran arreglar con la mera expresión de deseos y con el decreto o decretazo. Pero, lamentablemente, las cosas no son así. Existen nexos causales que no pueden ignorarse sin pagar un precio muy alto. Rompiendo el termómetro no se baja la temperatura. Hay que tomarse el asunto con calma y analizar las causas de los males con un poco mas de enjundia. Subas incesantes en el gasto público, astronómicos incrementos en la deuda gubernamental y déficit fiscal incontenible, en el contexto de la degradación de organismos de contralor, “robos para la corona”, corrupciones de toda índole y una agraviante farandulización. Esto y no un movimiento mecánico explica las vueltas del péndulo. Afortunadamente hay signos de una revitalización de la justicia en diversos lares,  es de esperar que se confirmen para no limitarnos a repetir aquello de la herencia recibida.

 

Cuando éramos niños, nos han preguntado muchas veces “¿quiere que le cuente el cuento del gallo pelado?”. Si uno respondía “bueno” nos decían “No le digo que diga bueno, le pregunto si quiere que le cuente el cuento del gallo pelado”. Cuando uno replicaba “si” para introducir una variante, el interlocutor insistía “No le digo que diga si, pregunto si quiere que le cuente el cuento del gallo pelado” y así sucesivamente, no había forma de entrarle al asunto. No había diálogo posible. Esto está pasando hoy. Al repetir recetas anacrónicas y perimidas estamos contándonos el cuento del gallo pelado. Hay que salir de la trampa y retomar sendas que han dado resultado y que nos sacarán de encima el pesado lastre que llevamos. No está a nuestro alcance corregir los acontecimientos alejados, pero por lo menos pongamos un poco de entusiasmo para enmendar lo que tenemos a la mano. Como escribió Einstein “los problemas no pueden resolverse con quienes los han creado”.

 

Un modo de comenzar a revertir nuestros problemas consiste en respetar los contratos, lo cual conlleva otras consideraciones vitales para el futuro de la sociedad libre.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Los subsidios los pagan los pobres

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 29/11/17 en: https://www.cronista.com/columnistas/Los-subsidios-los-pagan-los-pobres-20171129-0017.html

 

Los subsidios los pagan los pobres

Este es un tema sumamente delicado y desafortunadamente poco comprendido. Cuando se afirma que el aparato estatal subsidia tal o cual actividad o sector debe entenderse que es el vecino el que financia ya que ningún gobernante pone de su peculio.

Ahora bien, miremos de cerca el asunto. El contribuyente de jure al hacerse cargo del impuesto naturalmente deja de invertir en el presente o de consumir (lo cual repercute en la inversión futura). En cualquier caso, este proceso incide directamente de modo negativo sobre los salarios e ingresos en términos reales. En otras palabras, son los relativamente más pobres quienes con mayor fuerza se hacen cargo del tributo, son contribuyentes de facto aunque nunca hayan visto una planilla fiscal.

Sería interesante que estas ocurrencias no tuvieran lugar pero en ese caso deberíamos creer en la magia al suponer que nadie paga y que esos pagos no tienen consecuencias. En este sentido los aparatos estatales constituyen una ficción por la que aparece que financian sin lastimar a nadie como si sacaran recursos de la galera.

Otra cosa bien distinta es la decisión política en cuanto a la transformación de una situación a la otra pero desde el llano es de suma importancia no presentar el asunto como si se tratara de una prestidigitación o de un milagro laico de proporciones superlativas. La misión de quienes desean ayudar a los gobiernos a transitar el camino de la sensatez no es el aplauso sino la crítica.

Por supuesto que para que el mencionado tránsito suceda con eficiencia hay que tener el coraje y la decisión de colocar el gasto público en niveles compatibles con un sistema republicano y, en nuestro caso, eliminar los ministerios creados por el actual gobierno y dejar sin efecto medidas obscenas como la financiación de equipos de polo y demás sandeces. También es indispensable contar con un mercado libre en materia laboral para que la transición evite el desempleo, lo cual implica desprenderse de la legislación fascista de asociaciones profesionales y convenios colectivos que Perón copió de la Carta del Lavoro de Mussolini y abandonar la inmoralidad de los así llamados agentes de retención que se traducen en la manipulación del fruto del trabajo ajeno.

Sería muy atractivo que pudieran resolverse los horribles problemas de la pobreza con un decreto en cuyo caso no habría que andarse con timideces y promulgar uno bien jugoso para hacernos a todos millonarios, pero las cosas no son así. Se requiere la captación de ahorro interno y externo para que se eleven los salarios. Esa es la diferencia entre países pobres y ricos: marcos institucionales civilizados donde se respete lo que es de cada cual sin interferencias de políticos megalómanos que crean miseria al proponer subsidios por doquier con recursos de otros, todo lo que tocan lo empobrecen: son el rey Midas al revés.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

Los pasos de la reconstrucción

Por Gabriel Boragina. Publicado el 12/12/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/12/los-pasos-de-la-reconstruccion.html

 

El flamante presidente de todos los argentinos, Mauricio Macri, tiene una tarea titánica por delante, como ya hemos esbozado antes ([1]).

Es tanto lo que hay que hacer (y rehacer), que parece difícil decidir por dónde empezar el trabajo. En lo que sigue, intentaremos bosquejar lo que -a nuestro juicio- deberían ser los primeros pasos a dar, que no implica, desde luego, que deban dejarse de lado otros, también igualmente necesarios como creemos que son los que describiremos a continuación.

Después de la debacle dejada por el FpV ([2]) opinamos que el primer objetivo a encarar por el presidente Macri ha de ser la depuración del muy viciado aparato estatal que recibe del ex-gobierno del FpV. En realidad, para ser más precisos, habría que hablar de *desinfección* porque, literalmente, el estado-nación se encuentra en una situación análoga a la de un organismo casi completamente infectado por un ejército de letales *bacterias K*. Pero, a los fines de conservar un cierto estilo, nos referiremos en lo que sigue a un proceso depurativo.

Este proceso depurativo debería comenzar con un intenso plan de desburocratización del total de los organismos del *estado*. Ya que el sector que se halla más contaminado por el virus sembrado por el FpV se localiza justamente en la burocracia estatal.

Entendemos en tal sentido- que se deberían dar los siguientes pasos:

  1. Una Revisión exhaustiva y profunda de los legajos de cada empleado público para :
  2. Determinar su continuidad, en caso de verificarse que se trata de personal de carrera en la rama de que se trate.
  3. Y en contrapartida : eliminación del personal efectivizado durante los tres gobiernos del FpV. Excepción (en este último caso) de aquellos que :
  4. Cuentan con una comprobada y confirmada idoneidad y capacidad de trabajo, la que deberá surgir de exhaustivos y periódicos exámenes para constatar esos extremos.
  5. Carecen por completo de afiliación política y de antecedentes (propios o familiares) que los vinculen con el régimen depuesto por las urnas.

Estas primeras medidas nos parecen prioritarias, por cuanto -como ya expusimos en tantas otras ocasiones- estamos convencidos que la burocracia estatal es el peor obstáculo del nuevo gobierno. Máxime en que esta gestión que se inicia, ha puesto como eje central de su campaña su vocación de cambio.

No cabe ninguna duda que, por su misma definición, la burocracia (en todos sus niveles) es lo contrario a cualquier cambio o, incluso, al mero intento de cambio.

La burocracia (en rigor toda burocracia, no sólo la nuestra) es una verdadera clase social en el más estricto significado de la palabra, es decir una auténtica casta enquistada en el seno de todo gobierno, como un estamento sólidamente estratificado.

¿Qué efectos pensamos que se conseguirían con esto? Estas iniciales disposiciones permitirían:

  1. Contar con un gobierno más liviano y al mismo tiempo más eficiente.
  2. Quedará el personal de carrera administrativa. O sea, con más experiencia.
  3. Se libera fuerza de trabajo para la actividad privada.
  4. Se lograría una aceleración y simplificación de trámites administrativos.

En realidad, los efectos b, c, y d, están concatenados y se derivan directamente de a).

  1. Un segundo paso a dar -a nuestro entender- seria (luego del anterior) mantener las dependencias estatales estrictamente necesarias, suprimiendo las superfluas y tendiendo a que -en su conjunto- sean las mínimas posibles. Para el cumplimiento de este objetivo juzgamos forzoso :
  2. Eliminar secretarias y subsecretarías sobrantes y dispendiosas.
  3. Evitar crear nuevas reparticiones del tipo de las que se suprimen o de cualquier otra clase.
  4. Desmonopolizar funciones estatales, para lo cual será imprescindible delegar (o mejor dicho descentralizar) en la actividad privada -de manera NO monopólica- la mayor cantidad de funciones burocráticas que hasta la actualidad ha venido desempeñando el gobierno nacional.

El último punto anterior se conseguirá mediante estos mecanismos:

  1. Privatizaciones no monopólicas.
  2. A través de concursos y licitaciones públicas realmente transparentes.
  3. La instrumentación de concesiones, pero sujetas a metas cuantificables y verificables, renovables en la proporción del concreto cumplimento de los objetivos. Con lo que se obtendrá -a la vez- una reactivación del sector privado del mercado laboral, que es el único y verdadero mercado de trabajo.

Hemos trazado, apenas en pocas líneas, lo que nos parece el primer bastión que el nuevo gobierno debería atacar. En otras palabras, lo que llamáramos antes un plan de depuración del organismo estatal, para liberarlo de las graves infecciones ocasionadas por el régimen dictatorial del FpV.

Por supuesto, estos habrían de ser los primeros pasos de un completo programa, comprensivo de una política económica racional, que incluyera total apertura de los mercados nacionales e internacionales, disciplina fiscal, bajo gasto público, mínimos impuestos y emisión monetaria, libertad cambiaria, respeto a la propiedad privada, a los contratos en general sin más limitaciones que las que las leyes impongan, etc.

En lo institucional, son ineludibles reformas de mas volumen y entidad, tales como formular las denuncias a que de lugar el art. 36 de la Constitución de la Nación Argentina respecto del régimen depuesto por las urnas; lograr una segura independencia del poder judicial; imponer la estricta obligación de los jueces a cumplir con la ley; etc.. En otras palabras, la instauración de un auténtico Estado de Derecho. Las que naturalmente llevarán algo más de tiempo.

Somos conscientes -como decíamos al comienzo- que las reformas a emprender por el nuevo gobierno son muchas, vastas y de gran calado. Y como el mismo presidente lo anticipó repetidamente, no habrá soluciones mágicas ni rápidas, ni en el corto ni en el mediano plazo. Pero estamos convencidos que empezar con la reforma del sector estatal (mal llamado «público») aunque no en forma excluyente, es -a no dudarlo- de una prelación de primer nivel.

[1] Ver: La reconstrucción.

[2] FpV. Siglas del Frente para la Victoria. Secta política del peronismo, conformada por el nefasto matrimonio Kirchner.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.