SOBRE MI OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS DÉBILES

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 12/5/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/06/sobre-mi-opcion-preferencial-por-los.html

 

Ha llamado la atención en facebook mi fuerte defensa, en reiteradas ocasiones, de los que no pueden salir adelante, en medio de advocaciones a los fuertes que han perdido cabeza, brazos, manos, piernas y pies y aún así han corrido 200 metros en 1 segundo y han salido ganadores, proclamando luego “si yo puedo, tú puedes”, diciéndonos con ello de todo a los que aún no hemos perdido el dedo meñique.

En primer lugar los más asombrados han sido amigos liberales para los cuales yo tendría que ser un defendor del éxito individual frente a la adversidad. Allí hay una confusión. No sólo soy un defensor de la economía de mercado sino también de un sentido de “empresa” más allá del sistema económico, donde “la empresa de ser persona” consiste en descubrirse a sí mismo para luego a partir de allí desplegar “las alas de yo”, como ya he dicho en mi ensayo “Existencia humana y misterio de Dios”. Por lo demás, he defendido la empresa en el sentido misiano de “empresario promotor” no sólo desde un punto de vista económico sino dándole fundamentos cristianos, como lo hago en mi libro “Antropología cristiana y economía de mercado”, especialmente en el cap. IV.

Por lo tanto mi defensa de los débiles no tiene nada que ver con una especie de socialismo introducido cual caballo de Troya en mi pensamiento. El estado, la coacción, no tiene nada que ver con el tema. La preocupación viene por este lado: dando por obvio que hay personas que, por un lado, no tienen vocación empresarial en el sentido económico del término (como es mi caso), el problema se concentra en una gran mayoría que, por diversos motivos, no pueden emprender ni siquiera su propia existencia. Y allí está el problema de algunos “fuertes”: su no poder entender ese “no pueden”. Lo mío es un llamado a entender ese “no puedo” que surge en muchos como una profunda angustia fruto de motivos psicológicos y espirituales. El motivo psicológico principal es el inconsciente, el gran descubrimiento de Freud, y el motivo espiritual principal es el pecado original. Ahora bien, por supuesto que mi actitud ante ellos (y ante mí mismo) no consiste en negarles la posibilidad de recuperación. Claro que yo animo siempre a todos a que “puedan” pero antes escucho y trato de concentrarme en los motivos inconscientes y espirituales que conducen a esa situación. O sea, de nada vale el viejo y espantoso truco de “tirar de golpe a la parte onda de la pileta” al que dice que no puede nadar, SIN antes intentar mostrarle la necesidad de una terapia, tanto psicológica como espiritual, que ayude a la recepción de gracias actuales y habituales que vienen de Dios y que conducen al descubrimiento del sentido de la existencia. Claro que Dios puede hacer otro tipo de milagros más espectaculares, pero suponer que necesariamente los va a hacer es una temeridad peligrosa. Mejor suponer que su gracia va a descender mientras nosotros humildemente ayudamos a lo que conocemos de la naturaleza humana.

Por lo tanto, mi mirada, ante mí mismo y ante los demás, es esencialmente terapéutica, lo cual de ningún modo conduce a confirmar a los demás en sus debilidades, sino al contrario, a descubrir la salida.

Los entrenamientos no son para mí. Son procesos de selección del más fuerte, pero no de educación. Los comprendo, pero yo no soy entrenador. Comprendo que para un ejército haya que seleccionar a los más fuertes, y así con muchas cosas, pero mi vida no está para colocar reglas y expulsar al débil que no pueda seguirlas. Mi vida está para curar al débil, o sea, a mí mismo y a los demás, y las únicas reglas que verdaderamente  me importan son los 10 mandamientos ante cuyo NO cumplimiento Dios NO dio un curso de “tú puedes cumplirlos” sino que se sacrificó a sí mismo en la Cruz, porque de él viene la resurrección, y no de las propias fuerzas humanas como suponen todos los neopelagianos.

Por eso mi docencia es para todos. Y, precisamente, cuando educo al débil es para que pueda, no para confirmarlo en su “no poder”. Pero que pueda proviene de la misericordia, del diálogo, de la comprensión, y no de las órdenes de un capitán en un regimiento. Una vez un alumno, al advertir mi supuesta “no exigencia” (según el perverso sistema la determina) me dijo con toda sinceridad que le parecía que yo lo estaba subestimando. No supe en el momento qué contestar. Pero creo que, al contrario, no sub-estimo: estimo que sí, que puede, pero mediante una mirada de comprensión, y no mediante la mera facticidad del poder autoritario determinado por la estructura de la “clase”. O sea: suponer que el alumno “podrá” porque le tiramos todos los castigos necesarios, así lo “hacemos fuerte” es sub-estimarlo al máximo, porque suponemos que es como un animal que sólo responde a las campanas de Pavlov, que no puede actuar por sí y desde sí. Yo, al esperar el tiempo de cada uno, confío precisamente en que el otro llegará a su madurez sólo mediante el diálogo y que de allí surgirá precisamente el fuerte ante la adversidad. Y cuando ello no sucede, cuando nada parece dar resultado, aceptemos el misterio de la existencia humana y tengamos esperanzas en la misericordia de Dios.

Por lo demás, no juguemos a Dios, quien es el que verdaderamente sabe qué pruebas poner a los demás. Mejor ser uterino, mejor comprender, acunar, abrazar, pues ya Dios se encarga de poner pruebas en la existencia. Que tal vez por eso permite que nos crucemos con personalidades psicopáticas ante las cuales tengamos que entrenar la fortaleza. Pero los que tenemos un dedo de empatía, please, vayamos a jugar a Dios a otra parte.

Por lo demás, ¿qué es “poder aprender”? ¿Creen algunos que alguien “aprende” porque haya tenido que leer 1000 libros en 3 meses y repetir lastimosamente con una memoria exitosa miles de contenidos de un programa de 40 páginas? No: el profesor sólo abre las puertas del ropero, muestra el camino, de las tierras de Narnia que cada uno tendrá que recorrer.

Lo que la sociedad actual llama “fuerte” o “éxito” no es más que el hiper-adaptado a un sistema que “se” le impuso. Atrás de los supuestamente fracasados hay las más de las veces seres auténticamente pensantes que no compraron cualquier cosa, o humanos dolientes que hubieran merecido mejor atención. Ellos no recibirán ad-miración pero sí requieren que nosotros los miremos con una mirada de comprensión. Y si ad-miramos a alguien, cuidado: detrás de todo triunfo auténticamente humano está esa mano de Dios que habitualmente no queremos ver. Y si el éxito consiste en descubrirse a sí mismo y ser uno mismo, ah, muy bien, pero la existencia in-auténtica no llama a eso “éxito”. El ser humano no necesita “exit” (salir). Necesita ir ad intra, con-traerse, conocerse a sí mismo, estar en su casa interior.

 

Así que insisto: dejemos de admirar al fuerte. Dejemos de colgar en facebook cartelitos voluntaristas. La voluntad se fortalece en la Gracia, y la Gracia viene de Dios.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

SOBRE EL LIBRERO QUE SE FUNDIÓ:

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 29/3/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/03/sobre-el-librero-que-se-fundio.html

 

4.1   La ética en los precios (De “Antropologia cristiana y economía de mercado”, Unión Editorial, 2011).

Recordemos que según Santo Tomás el deber ser es un analogado del ser. Ello se desprende de la ética de Santo Tomás y de la filosofía cristiana en general, donde la ley natural no es más que el despliegue de las capacidades de la naturaleza del ser humano. Por eso, desde esa perspectiva, la famosa separación de Hume entre ser y deber ser no tiene sentido.

Por ende, para analizar el deber ser en los precios hay que analizar el ser en los precios, esto es, la naturaleza de esa relación intersubjetiva que llamamos precios (norma que se cumple, mutatis mutandis, para todas las cuestiones de ética económica).

Hasta ahora hemos dicho algo que creemos importante, esto es, que los precios son síntesis de conocimiento disperso, pero hay que extender el análisis de dicha caracterización para el tema que nos compete.

Repasemos dos cuestiones: propiedad y teoría del valor.

Analicemos para ello un caso simple: Juan decide vender su automóvil por U$S 10.000 y Roberto no lo quiere comprar por más de 8000. Por supuesto, una consecuencia muy importante, a efectos de teoría económica, es que en ese caso no habrá intercambio, pero a efectos de lo que estamos analizando, hay dos cuestiones previas.

Uno. Que Juan decida vender su automóvil presupone la propiedad de su automóvil. Por ende la oferta, la demanda y los precios presuponen la propiedad de los bienes y servicios que se intercambian. La propiedad de la que hablamos aquí está justificada como precepto secundario de la ley natural, según lo afirmado por Santo Tomás en I-II, Q. 94 a. 5 ad 3, por su utilidad, como un “adinvenio” del intelecto humano, que, como hemos visto en todo lo que venimos diciendo, en la economía actual pasa por minimizar el problema de la escasez. La propiedad es sencillamente una institución evolutiva para minimizar el problema de la escasez y por ello es precepto secundario de la ley natural[1].

Dos. Cuando dijimos que los precios son síntesis de conocimiento disperso, dijimos que ello permite leer en el mercado la escasez relativa de los bienes, esto, cuán escaso es un bien. Pero esa escasez no es objetiva, sino, como todos los fenómenos sociales, inter-subjetiva y subjetiva. ¿Qué quiere decir ello? Que el valor de los bienes en el mercado, que se traduce en los precios, no es una propiedad de la cosa en sí misma independientemente de su intercambio humano, sino de la cosa en tanto intercambiada y valorada por las personas (“subjetivo”) que intercambian. Esto es muy conocido por los economistas como teoría subjetiva del valor, pero habitualmente choca con la noción escolástica de bien cuyo valor, en tanto “bonum”, es “objetivo” (“la cosa es apetecida por ser buena y no buena por ser apetecida”); y por ello yo la estoy presentando de modo tal que no se produzca ese conflicto, pero no por mi modo de presentación sino porque verdaderamente no lo hay[2].

Por supuesto que el valor moral es “objetivo”, en tanto que el bien moral de una acción humana depende de un objeto, fin y circunstancias que no son decididos arbitrariamente por la persona actuante. Por supuesto que además puede haber otro tipo de valores involucrados en una mercancía (artístico, por ejemplo) independientes del acto de intercambio. Por supuesto que el “bonum” es un trascendental del ente y como tal el grado de bondad de una cosa depende de su “gradación entitativa”, dependiente de su esencia[3]. Pero nada de ello obsta a que, como hemos visto, la escasez de la que hablamos es inter-subjetiva, en relación a lo humano, y por ello si un bien o servicio no es demandado en el mercado no tiene valor (a ello llamamos subjetividad del valor en el mercado). Puede ser que algo “deba” ser demandado por los consumidores, pero lo que determina su precio en el mercado es que efectivamente sea demandado y ofrecido. Por ello los economistas saben que la teoría subjetiva del valor soluciona la famosa “paradoja del valor” de los economistas clásicos: algo tan importante como el agua puede tener menos valor en el mercado que una pepita de oro en la medida de que el agua en determinadas situaciones (no en un desierto) sea más ofrecida en el mercado y el valor de cada unidad de agua (que los economistas llaman “utilidad marginal”) sea menor.

Por ende algo vale en el mercado (repetimos: en el mercado) en la medida que una persona valore lo que ofrece y lo que demanda. Pero el precio implica el encuentro entre las valoraciones de oferente y demandante. Si yo valoro mi celular en U$S 5000 y nadie me compra por esa valoración, tendré que ir bajando mis pretensiones hasta encontrar un comprador. Pero si mi celular comienza a ser altamente demandado por mucha gente, puede ser que lo venda por esa valuación o más. Esto es, recién en el momento del intercambio se establece el “precio”, que depende, como vemos, del encuentro de las valuaciones subjetivas de oferentes y demandantes, y por eso los precios indican la “escasez relativa”: porque la escasez en el mercado no depende de lacantidad objetivamente contable del bien, sino de cuánto sea demandado y ofrecido por personas. Y esto es importante porque, a su vez, como ya explicamos, permite que las expectativas se ajusten: si yo soy oferente (tal vez empresario) de celulares y “leo” que los precios de los celulares suben, tal vez me decida a hacer inversiones adicionales en ese sector, lo cual aumentará luego la oferta de celulares y su precio comenzará a bajar. Todas estas explicaciones, que para algunos economistas (no todos) son muy conocidas, las estamos resumiendo a fines de comprender la naturaleza de esas relaciones intersubjetivas llamadas precios y por ende poder analizar bien su “deber ser”.

Las conclusiones respecto a la ética de los precios, dado en análisis anterior, son las siguientes:

–       La decisión de vender o no vender, comprar o no comprar (A),que es lo que implica que aumente o no la oferta y la demanda, depende de la propiedad como precepto secundario de la ley natural (B). Por ende, si B es éticamente correcto, A lo será también. Luego, si, por ejemplo, yo decidiera NO vender mi auto, y éste, a su vez, fuera altamente demandado, su precio potencial tendería a infinito, o sea, “no se vende”. Pero si la propiedad de mi auto es éticamente correcta, entonces que el precio sea “alto” en el sentido de tender al infinito, también lo es. Por ende un “precio alto” no es fruto de una acción inmoral, sino de una propiedad éticamente justificada, frente, a su vez, de una demanda del bien en cuestión.

–       La pregunta de si es lícito vender o comprar en el mercado por más o menos de lo que la cosa vale está mal planteada en cuanto que el valor en el mercado es subjetivo en el sentido que lo hemos explicado. La cosa en el mercado vale lo que vale en el mercado. Es casi tautológico. Si tiene algún otro tipo de valor, no es el valor que conforma los precios.

–       Cuando aumenta la demanda de un bien, alguien con buena voluntad puede decidir mantener el precio como está o bajarlo, pero la cantidad ofrecida del bien se acabará rápidamente. Un convento de benedictinos puede estar vendiendo miel por $ 10 el frasco. Supongamos que la demanda de miel aumenta repentinamente porque las personas están convencidas de sus propiedades curativas o lo que fuere. Los benedictinos pueden decidir bajar el precio o más aún, repartir todo su stock, y ello parecerá muy meritorio. Pero ese stock se acabará rápidamente. Tienen que producir más cantidad, lo cual requiere más inversión por parte de ellos, lo cual no es nada sencillo y, mientras tanto, si no quieren agotar el stock, deberán (con “necesidad de medio”, no “ontológica”) ver si pueden obtener un precio más alto, si la demanda les responde, para que no haya largas filas de demandantes alrededor del convento que luego se queden sin miel, y para, a su vez, obtener un margen adicional de rentabilidad que les permita obtener nuevos créditos para re-invertir en la producción de miel. Nada de ello se produce por la maldad moral de los benedictinos. A su vez, ese nuevo precio de la miel, más alto, atraerá a otro oferentes (excepto que los benedictinos tengan una licencia exclusiva para producir miel concedida por el gobierno) que lentamente harán que el precio de la miel tienda nuevamente a la baja.

–       Dado el corazón humano después del pecado original, puede ser perfectamente que alguien saque provecho de un precio alto, de un bien que es su propiedad, sin importarle en absoluto el prójimo, sobre todo en situaciones tales como ser vendedor de agua en un desierto, etc. Ello, obviamente, no sería correcto moralmente. Pero entonces, ¿qué hacer? La tentación es que los gobiernos (esto es, otras personas con poder de coacción) intervengan ese mercado y expropien la producción o fijen precios máximos, etc. Pero ello produciría los siguientes resultados: a) como explicamos antes, al intervenir en un precio se borra la fuente de interpretación de la escasez relativa en el mercado y la situación es peor; b) la expropiación de la producción en cuestión desalienta los incentivos para la producción y la situación es peor, atentando contra el principio de subsidiariedad.

–       Desde el punto de vista de la ley humana, hemos visto ya que Santo Tomás deja bien en claro que dicha ley no abarca todo lo prohibido por la ley natural. Por ende, vender al precio de mercado puede ser perfectamente bueno desde el punto de vista del objeto, fin y circunstancias de la acción, o no, pero en este último caso, por los motivos a y b, no es conveniente que la ley humana interfiera en el proceso de mercado. Lo inteligente es, desde el punto de vista de la ley humana, en un caso de emergencia, que una agencia gubernamental compre el bien en cuestión y lo venda más barato o lo regale y con ello no interfiere con el delicado proceso de precios. Por supuesto, esta propuesta es alto opinable, y depende de condiciones que los economistas han estudiado para los casos de “decisión pública”; en este caso se requerirían condiciones harto difíciles como que el gobierno sea preferentemente municipal, tenga sus cuentas en orden, no se financie con emisión monetaria o impuestos a la renta[4], etc.

–       Los precios en el mercado se manejan en una franja de máximo y mínimo: el límite máximo de venta es aquel más allá del cual no se encuentran compradores, y límite mínimo de compra es aquel por debajo del cual no se encuentran vendedores. Yo puedo querer que mi computadora se venda a U$S 10.000 pero es muy factible que más allá de 500 no se encuentren compradores; de igual modo, yo puedo querer comprar una computadora (usada) por U$S 1 pero es muy factible que por debajo de 400 no se encuentren vendedores. Esos límites están determinados precisamente por la oferta y la demanda del bien en cuestión y no se pueden pasar so pena de que no haya intercambio. Por ende la voluntad del vendedor o comprador en el mercado no “fija” los precios sino que depende de la interacción con la otra valoración. Esa franja es lo que implica el “precio de mercado”. Ahora bien, un cristiano debe tener en cuenta el bien de su prójimo y por ende puede ser perfectamente bueno que, al vender algo, en determinada circunstancia, no busque el límite máximo de venta sino el mínimo, pero más allá del mínimo no va a poder bajar. Yo puedo ser farmacéutico y propietario de mi farmacia y ante determinada circunstancia, bajar mi valuación de un medicamento de 100 a 80, pero si lo sigo bajando, por un lado aumentará enormemente la demanda y no voy a poder satisfacerla y, por el otro, los vendedores del medicamento en cuestión dejarán de proveerme. En ese caso, es perfectamente cristiano seguir vendiendo a 80 y, por otro lado, en una acción fuera de mercado, distribuir gratuitamente medicamentos que yo haya podido adquirir con mis recursos, ayuda de una fundación, etc. Hacemos todas estas aclaraciones precisamente para que se vea que la ética de los precios no tiene autonomía absoluta en la determinación de los precios. El nivel de los precios no depende de la buena o mala voluntad de las personas; esta última puede incidir pero hemos visto que el factor básico es la demanda subjetiva de los bienes y todas las consecuencias de la interacción de las valoraciones cuyos ejemplos hemos explicado.

Conclusión: la cosa “en sí misma”, esto es, independientemente de su intercambio en el mercado, puede tener tal o cual valor, pero ese valor notiene que ver con los precios. Estos últimos surgen de las valoraciones inter-subjetivas de las personas en el mercado, y hay que tener en cuenta esto último para analizar la ética de oferentes y demandantes en el mercado.

Pero este mercado, como hemos visto, no es un mecanismo, que se mueva por acción y reacción, sino un proceso, una inter-acción entre personas. Y el factor que lo mueve hacia una mayor coordinación de expectativas es la referida tendencia al aprendizaje, que se traduce en el factor empresarial. Pero ese papel –el empresario, la empresarialidad- ha quedado muy desdibujado ante una ética cristiana. Colocarlo nuevamente en el contexto de una antropología y ética cristiano-católicas, es el cometido de nuestro próximo capítulo.

 

[1]He desarrollado en detalle ese aspecto en Zanotti, Gabriel, Crisis de la razón y crisis de la democracia, Buenos Aires: UCEMA, 2008. [Online] disponible en www.cema.edu.ar/publicaciones/doc_trabajo.html; e id, “La ley natural, la cooperación social y el orden espontáneo”, en Revista de la Facultad de Derecho Nº 19, Guatemala: Universidad Francisco Marroquín, 2001.

[2]Hemos desarrollado esto en detalle en nuestra tesis de doctorado de 1990, Zanotti, Gabriel, Fundamentos filosóficos y epistemológicos de la praxeología, op.cit.

[3]Ver Ferro, Luis S., La sabiduría filosófica siguiendo las huellas de Santo Tomás, op.cit., Tema 3.

[4]Hayek, Friedrich A. von, Nuevos estudios, op.cit., cap. 8.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.