Héroes en la Rusia totalitaria y nuevos paradigmas

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 26/2/22 en: https://www.infobae.com/opinion/2022/02/26/heroes-en-la-rusia-totalitaria-y-nuevos-paradigmas/

Anna Politkovaskaya, Alexander Solzhenitsyn, Mstilav Rostropovich, Vladimir Bukovsky, Garry Kasparov y Andrei Sakaharov enfrentaron el totalitarismo ruso en todos los frentes

Alexander Solzhenitsyn

El término “héroe” ha sido usado y abusado muy frecuentemente por parte de quienes aplastan con sus botas las libertades individuales, sean militares o civiles entronizados en gobiernos que fuerzan a la población a rendirles tributo con estatuas y demás homenajes a todas luces injustificados.

A nuestro entender los seis héroes rusos en el sentido más ajustado del término han sido sin duda Anna Politkovaskaya, Alexander Solzhenitsyn, Mstilav Rostropovich, Vladimir Bukovsky,Garry Kasparov y Andrei Sakaharov.

La primera fue asesinada en un ascensor en Moscú por su valiente y constante crítica al régimen de Putin. Politkovskaya nació en Nueva York, hija de diplomáticos rusos ante las Naciones Unidas, estudió en los Estados Unidos para luego vivir en la tierra de sus ancestros, donde se graduó en la carrera de periodismo en la Universidad de Moscú y allí tuvo su primera confrontación seria al presentar su tesis sobre Marina Tsvetaeva, la poetisa condenada por el régimen estalinista. En Moscú, con un grupo de amigos fundó un diario, la Novaya Gazeta, con la idea de competir nada menos que con Pravda, el periódico oficial que paradójicamente significa “verdad”.

Desde ese nuevo periódico denunció permanentemente la corrupción y los atropellos del gobierno de Putin en todos los frentes. Como sucede en esos sistemas, fue reiteradamente amenazada de muerte y advertida de los serios peligros que corría incluso por amigos periodistas de Occidente, como el director de The Guardian de Londres. Esto ocurría en un contexto donde, según el Grupo Helsinki, solamente en Moscú durante los gobiernos de Putin, fueron asesinados por los sicarios una cantidad inaudita de periodistas que se animaron a hablar de las atrocidades del sistema.

A pesar de todo, la extraordinaria periodista de marras proseguía con sus denuncias en sus valientes artículos de investigación. Consignó que el fundamento de su actitud era: “Si alguien cree que puede vivir una vida confortable en base a pronósticos optimistas, allá ellos, es la forma más fácil pero también constituye la pena de muerte para nuestros nietos” (este pensamiento hay que refrescarlo también en otros lares). Randon House de Nueva York publicó su impresionante y muy ilustrativo diario bajo el título de A Russian Diary. A Journalist Final Account for Life, Corruption and Death in Putin’s Russia.

Salman Rushdie escribe: “Como toda buena investigadora periodística, Anna Politkovskaya presentó verdades que reescribieron los cuentos oficiales. La continuaremos leyendo y aprendiendo de ella a través de los años”. Antes de eso publicó un libro con una notable investigación cuyo título en la versión castellana es La Rusia de Putin (Barcelona, Debate) donde documenta muy acabadamente los reiterados atropellos y las iniquidades llevadas a cabo por los hampones de Putin y los desaguisados y la miseria que debe sufrir el común de la gente.

De Alexander Solzhenitsyn no hay mucho más que decir de lo que ya se ha dicho sobre este notable escritor que ilustró su opinión sobre el sistema comunista en su célebre El archipiélago Gulag y en su también celebrada Carta a los burócratas soviéticos donde destaca la mugre moral del sistema en contraste con el respeto recíproco como eje central de la sociedad libre.

Mstilav Rostropovich si bien pertenece al mundo de la música como director de orquesta, pianista y el violonchelista de mayor jerarquía mundial que estrenó más de un centenar de piezas, fue un notabilísimo y persistente difusor de las libertades individuales y severo detractor de los totalitarismos, comenzando por el imperante en Rusia, país lo privó de su ciudadanía por todas sus reiteradas declaraciones en favor de la sociedad abierta y por haberlo cobijado a Solzhenitsyn cuando este no contaba con los suficientes ingresos como para mantenerse debido al acoso totalitario. Recibió el Premio de la Liga Internacional de Derechos Humanos en 1974, estaba casado con la soprano Galina Vishnévskaya y fue director de la orquesta sinfónica de Washington DC durante 17 años.

Vladimir Bukovsky -a quien tuve el gusto de conocer personalmente cuando siendo Rector de ESEADE lo invité a pronunciar una conferencia en uno de los actos académicos de graduación- ha sostenido que “el monstruo que crearon nuestros Frankensteins mató a sus creadores, pero él está vivo, muy vivo. A pesar de los informes optimistas de los medios de comunicación occidentales, que en los años transcurridos desde entonces han proclamado que Rusia entró en la era de la democracia y de la economía de mercado, no hay evidencias, ni siquiera perspectivas, de que así sea. En lugar de un sistema totalitario ha surgido un estado gangster, una tierra sin ley en la cual la antigua burocracia comunista, mezclada con el hampa, se ha convertido en una nueva élite política, así como en una nueva clase de propietarios”.

La Unión Soviética provocó el mayor genocidio de la historia de la humanidad: cien millones de asesinatos desde 1917 a 1989 como lo muestra el Libro negro del comunismo escrito por seis investigadores encabezados por S. Courtois, (Planeta, 1998).

Alarmado,Garry Kasparov -más conocido por el ajedrez- escribió que el actual presidente Vladimir Putin celebró nada menos que la historia de la KGB, imprimió efigies del asesino Félix Dzerzhinsky, eliminó el debate sobre si Lenin debe ser removido del lugar de honor que ocupa en la Plaza Roja, puesto que afirmó que “hacerlo sería decirles a los rusos que ellos han venerado valores falsos”.

Asimismo, Kasparov señaló que en los textos difundidos por la Universidad de Moscú se tergiversan los hechos más importantes de la historia soviética y “las invasiones de Hungría y Checoslovaquia son descritas como operaciones conjuntas del Pacto de Varsovia para preservar la integridad del sistema socialista”. Kasparov, con razón, se indignó frente al hecho de que las autoridades rusas —a diferencia de lo que ocurrió después del holocausto hitleriano o la reciente inauguración de La Casa del Terror, en Hungría— no han producido ni el más mínimo mea culpa. Insiste en que Putin “es el mayor enemigo del mundo libre”, con quien “no hay diálogo posible” y “nada es cierto de lo que dice de Ucrania”, al escribir estas líneas en proceso de ser invadida por la canallada rusa instalada en el gobierno… un escándalo internacional para todas las personas decentes.

Vladimir Putin y Garry Kasparov

La situación actual de Rusia, dominada por la antigua nomenclatura, se ha adueñado por parte de aquellos hampones de lo más importante de la actividad económica de aquel país. En medio de intimidaciones y cercenamiento de la prensa y amenazas cada vez que hay simulacro de procesos electorales y de violencia institucionalizada, esta parodia grotesca significa un peligro para la civilización además de una catástrofe para el sufrido pueblo ruso. En su momento nos visitó en Buenos Aires Yuri Yarim Agaev como emisario de Bukovsky, quien nos explicó detenidamente que en 1991 hubiera sido posible revertir la situación en Rusia debido a la colaboración de eminentes ciudadanos de ese país. La operación se frustró debido a la decidida intervención del Fondo Monetario Internacional, que apoyó con sumas millonarias a las mafias hoy enquistadas en el poder y en los sectores económicos y sociales más importantes. Una vez más se repite aquello que Eudocio Ravines citaba de Lenin: “Occidente vende a los rusos las cuerdas con que serán ahorcados”.

Por último Sakharov, el destacado físico nuclear que sin entender de economía ni de derecho -lo cual ha puesto en evidencia en varias de sus declaraciones públicas- cabe subrayar su arrojo para combatir al totalitarismo ruso lo cual lo hizo acreedor del premio Nobel de la Paz en 1975. En su entrevista con Olle Stenholm enfatiza que el aparato estatal soviético “representa el extremo de la concentración económica, política e ideológica del poder” y que lo que define al régimen “es la ausencia de libertad y la burocratización de la administración”. Tras este drama está presente de largo tiempo en Rusia la confusión de ideas y valores, primero con el terror blanco y luego con el rojo que se prolonga hasta nuestros días con otro disfraz. La única forma de progresar es contar con marcos institucionales que respeten la propiedad privada -a contracorriente de lo propuesto por Marx y Engels en cuanto a la abolición de esta institución fundamental- y, por tanto, los derechos individuales y la consecuente libertad de las personas, comenzando por su propio cuerpo y su pensamiento, extendido a lo que obtienen de modo lícito.

Para percatarse de primera mano de la catástrofe que genera el marxismo revolucionario nada mejor que la lectura del libro del argentino ex guerrillero y agente de los servicios cubanos de espionaje Jorge Masetti titulado Entre el furor y el delirio donde concluye que “caigo en cuenta de que la revolución ha sido un pretexto para cometer las peores atrocidades […] Hoy puedo afirmar que por suerte no obtuvimos la victoria, porque de haber sido así, teniendo en cuenta nuestra formación en Cuba, hubiéramos ahogado el continente en una barbarie generalizada.”

Afortunadamente la larga tradición liberal abre las puertas a nuevos paradigmas que se despegan por completo de los extremos apuntados en la presente nota periodística puesto que como reza el lema de la Royal Society de Londres nullius in verba, es decir, no hay palabras finales. Es constante el peregrinaje por incorporar nuevas dosis de conocimiento en el mar de ignorancia en el que nos debatimos en una secuencia interminable de corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Hay quienes se han quedado atrasados en el debate considerando que no es necesario actualizarse pero de un tiempo a esta parte incluso se han suscitado intercambios académicos aún no saldados del todo sobre la objeción a la existencia del monopolio de la fuerza. No completados aún pues no ha podido dedicarle el suficiente tiempo debido a la manía por la monotonía en la repetición de los errores del estatismo en sus diversas variantes lo cual hace que no pocos se dediquen a coyunturas girando como canes que pretenden morderse la cola sin destino a la vista. Proceden como si el liberalismo fuera una ideología, no en el sentido inocente del diccionario de conjunto de ideas ni siquiera en el sentido marxista de falsa conciencia de clase sino como algo cerrado, terminado e inmóvil. Necesitan ventilación porque hay tufo a encierro. En esta línea argumental hace tiempo publiqué un artículo titulado “El liberalismo como anti-ideología”.

Estos giros infructuosos de machacar en lo coyuntural no les ha dado oxígeno y los ha apartado del centro de jugosos debates sobre los que ni siquiera se han dado tiempo para saber de qué se trata. Esto es así principal aunque no exclusivamente referidos a los pro y contras de las externalidades, los free-riders, bienes públicos, el dilema del prisionero, la asimetría de la información, el teorema Kaldor-Kicks y el equilibrio Nash donde se extiende el concepto del orden espontáneo con reformas sumamente ingeniosas y rigurosas en las áreas de justicia y seguridad que es necesario atender. Por mi parte he participado en este debate vía mi libro titulado Hacia el autogobierno. Una crítica al poder político que lleva prólogo del premio Nobel en Economía James M. Buchanan (Buenos Aires, EMECÉ Editores, 1993), mi ensayo presentado en el seminario en Seúl, en agosto de 1995, con el título “Toward a Theory of Autogovernment” patrocinado por la International Cultural Foundation, ponencia publicada en 1997 junto a las otras de ese encuentro académico en el libro Values and Social Order (Sydney-Londres, Avebury Publishers, Gerard Radnitzky ed.), complementado al año siguiente por otro de mis ensayos: “Bienes públicos, externalidades y los free riders: el argumento reconsiderado” publicado en Estudios Públicos, Santiago de Chile, No. 71, invierno de 1998, mi ensayo “¿Es posible el gobierno limitado?” publicado en Madrid por Proceso de Mercado. Revista Europea de Economía Política, Vol. XIV, No. 2, otoño 2017 que amplié con una nota en el post scriptum de mi libro Maldita coyuntura editado por Grupo Unión y también en mi libro Estados Unidos contra Estados Unidos publicado en su primera edición por el Fondo de Cultura Económica siempre con prólogo de Carlos Rodríguez Braun y prefacio de Álvaro Vargas Llosa donde intercalé el referido debate en el capítulo titulado “Despejar telarañas mentales: una mirada al futuro”.

En todo caso, aun sabiendo que -igual que en todas las ramas científicas- es muy probable que más adelante nos refuten a nosotros con mejoras, es necesario mirar desde distintos ángulos a nuevos paradigmas radicalmente opuestos al totalitarismo ruso y a todo exceso encabezados principalmente por autores de la talla de Anthony de Jasay, Bruce Benson, David Friedman, Bruno Leoni, Michel Huemer, Leslie Green, Murray Rothbard, Walter Block, Gustave de Molinari, Albert J. Nock, Herbert Spencer, Edward Stirngham, Jesús Huerta de Soto, Morris y Linda Tannehill y también en las postrimerías de Friedrich Hayek que a pesar de su avanzada edad ha mostrado cintura y capacidad notable de reflejos frente a nuevas propuestas que han dejado en la antigüedad a muchas propuestas clásicas, lo cual hemos consignado en detalle en textos anteriores.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La gran estafa del impuesto a la herencia

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 8/1/2en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-gran-estafa-del-impuesto-a-la-herencia-nid08012022/

¿Quién será el que invierta en un negocio si el resultado no se puede trasmitir total o parcialmente a descendientes? Así se tenderá a vivir al día, sin ahorros

Como es sabido, el Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels en 1848 constituye el documento central de la religión totalitaria de nuestra época. Allí se detallan diez puntos para sabotear y exterminar al sistema capitalista. En su punto tercero se aconseja eliminar la herencia en el contexto de lo que reza ese manifiesto en cuanto a que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada.”

Se ha sostenido que el establecimiento del impuesto a la herencia tiende a igualar a todos en la largada de la carrera por la vida, atenuando las ventajas de nacimiento; y, en el extremo marxista, se nivelaría en un sentido absoluto en aquella metáfora deportista. Se sigue diciendo que esto es justo porque permite que cada uno desarrolle sus potencialidades sin el apoyo del esfuerzo de sus ancestros.

Anthony de Jasay –el célebre profesor de Oxford y probablemente el autor más prolífico y creativo en la tradición de pensamiento liberal– muestra que resulta autodestructivo el ejemplo de la carrera por la vida. Esto es así debido a que el que llega primero en esa contienda verá destruido su esfuerzo, ya que nivelarán a sus descendientes nuevamente en la próxima carrera, puesto que ellos no recibirán nada del esfuerzo de su progenitor debido precisamente a la guillotina horizontal que implica el impuesto a la herencia, sea expropiatorio en su totalidad o de modo parcial, en cuyo caso el resultado abarcará la totalidad o el efecto negativo será sobre una parte.

Es del todo irrelevante para el bienestar de la gente quién es concretamente el que generó una fortuna: si el padre, el abuelo o el mismo titular del momento; el asunto estriba en los resultados y la respectiva gestión administrativa. Si el heredero administra mal, es decir, si en un mercado abierto no da en la tecla con las preferencias de sus semejantes, incurrirá en quebrantos, lo cual significa que transferirá sus recursos a otras manos más competentes. El impuesto a la herencia bloquea, deteriora y desdibuja el antedicho proceso, lo cual se traduce en despilfarro que consume capital y, por ende, contrae salarios e ingresos en términos reales. En este contexto, ¿quién será el que invierta en un negocio si el resultado no se puede trasmitir total o parcialmente a descendientes? Así se tenderá a vivir al día sin ahorros. En otras palabras, el impuesto a la herencia perjudica a toda la economía, pero muy especialmente a los más vulnerables, puesto que las menores tasas de capitalización siempre afectan con más fuerza a los más pobres.

Los estatistas siempre están al acecho para incluir medidas del tipo mencionado, lo cual desafortunadamente en nuestros tiempos incluye a la cabeza de la Iglesia Católica con sus alientos al redistribucionismo del fruto del trabajo ajeno y a los embates de los aparatos estatales. De allí que cuando le preguntaron al actual papa si es comunista, respondió: “Son los comunistas los que piensan como los cristianos” (Roma, La Reppublica, noviembre 11, 2016); y también sus reiteradas declaraciones y documentos varios que la emprenden contra el capitalismo y los mercados libres, al tiempo que alaba a tercermundistas y equivalentes, todo lo cual intensifica la pobreza en grado sumo.

La influencia central en Marx provino de Hegel, quien en su Filosofía del derecho (asunto que alude también en La filosofía de la historia) resume su posición cuando escribe: “El Estado es la realidad de la idea ética; es el espíritu ético […] El Estado es la voluntad divina como espíritu presente.” Esta obra ha sido posteriormente prologada por Marx, donde subraya: “La religión es el sollozo de la criatura oprimida […] Es el opio del pueblo. La eliminación de la religión como ilusoria felicidad del pueblo es la condición para su felicidad real”. Este andamiaje conceptual ha sido tomado en cuenta por sus seguidores al efecto de demoler desde adentro religiones oficiales, faena realizada principal, pero no exclusivamente por Antonio Gramsci para incorporar adherentes al marxismo.

Un destacado precursor del marxismo fue Robespierre, que en la contrarrevolución francesa expresó en su conocida diatriba del 2 de diciembre de 1793: “Todo lo indispensable para la preservación es propiedad común”.

Es triste que desde el púlpito se aliente lo dicho, puesto que otra influencia decisiva en el pensamiento de Marx fue el determinismo físico en Demócrito, sobre el que trabajó su tesis doctoral. Tal como han explicado, entre muchos, autores como el filósofo de la ciencia Karl Popper y el premio Nobel en neurofisiología John Eccles, esa postura niega la existencia de la psique fuera de los nexos causales inherentes a la materia, lo cual imposibilita el libre albedrío, la revisión de nuestros juicios, proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, la responsabilidad individual, la moral y la propia libertad. Esta postura marxista se pone de relieve especialmente en la obra en coautoría con Engels titulada La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica (no es una errata, es así el título), en el que aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert, donde mezcla ese tema con ofensas contra el judaísmo –que desarrolla en La cuestión judía–, a pesar de descender de una familia rabínica, aunque su padre cambió de religión al efecto de contar con mayor número de clientes en su bufete de abogado en el contexto del régimen prusiano.

Un buen número de intelectuales se dejaron seducir por el marxismo que recién abandonaron una vez que comprobaron de primera mano los desastres irreversibles que produce. Hoy se suele renegar de la etiqueta marxista, pero se adopta buena parte de sus recetas, lo cual está presente en aulas universitarias, en círculos sindicales, en no pocos medios periodísticos, en ámbitos empresarios, en organismos internacionales financiados por gobiernos y en un número nada despreciable de los libros publicados. Incluso los hay quienes se proclaman abiertamente antimarxistas pero degluten sus principios.

Ha habido y hay fervientes revisionistas que objetan distintos aspectos del marxismo, pero vuelven una y otra vez a sus ejes centrales, como es el caso del impuesto a la herencia. Aparecen marxistas edulcorados que rechazan enfáticamente la violencia, sin percatarse de que está en la naturaleza de todo régimen totalitario el uso sistemático de la fuerza al efecto de torcer voluntades que pretenden operar en direcciones distintas a las impuestas por los mandones de turno.

Hasta se conjetura que el propio Marx se percató de su error, en cuanto a que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1871, que echaba por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por eso es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra, tal como nos informa Engels en la introducción al segundo volumen veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el inicio de aquella obra, se abstuvo de publicar, salvo dos textos secundarios: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de París.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Maquiavelo describe la raíz del poder político

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 8/1/2en: https://www.infobae.com/opinion/2022/01/08/maquiavelo-describe-la-raiz-del-poder-politico/

El pensador florentino fue el precursor del pensamiento político moderno. Durante siglos fue colocado del lado de los villanos, aunque el contenido de su obra refleja otra cosa

Nicolás Maquiavelo

Hace tiempo escribí sobre este personaje pero debido a que se vuelve sobre el asunto estimo pertinente recordar lo dicho con algunas variantes. Hay quienes juzgan que este autor revelaba su perversidad en sus dos obras más conocidas, es decir, El Príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio, lo cual se configura como “maquiavelismo”, pero lo que hizo en estas obras -especialmente en la primera- es simplemente una descripción del poder y de los politicastros que pululan por doquier, lo cual es señalado, entre otros, por autores como James Burnham, George Sabine o Maurizio Vitroli en sus archiconocidos trabajos sobre la materia.

“Podría citar mil ejemplos modernos y demostrar que muchos tratados de paz, muchas promesas han sido nulas e inútiles por la infidelidad de los Príncipes, de los cuales, el que más ha salido ganando es el que ha logrado imitar mejor a la zorra. Pero es menester respetar bien ese papel; hace falta gran industria para fingir y disimular, porque los hombres son tan sencillos y tan acostumbrados a obedecer las circunstancias, que el que quiera engañar siempre hallará a quien hacerlo”. Este es uno de los pasajes de El Príncipe de Maquiavelo en el que resume su tesis central.

En esa obra célebre se encuentra el verdadero rostro del poder cuando se lee que el gobernante “debe parecer clemente, fiel, humano, religioso e íntegro; más ha de ser muy dueño de sí para que pueda y sepa ser todo lo contrario […] dada la necesidad de conservar el Estado, suele tener que obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión […], los medios que emplee para conseguirlo siempre parecerán honrados y laudables, porque el vulgo juzga siempre por las apariencias”. Incluso hay quienes ingenuamente interpretan el uso maquiavélico de virtú como si se tratara de virtud cuando en verdad esa expresión en El Príncipe alude a la voluntad de poder que solo se obtiene por el uso de la fuerza. Más aún, escribe Maquiavelo que “El Príncipe que quiera conservar a sus súbditos unidos y con fe, no debe preocuparse de que le tachen de cruel […] es más seguro ser temido que amado […] Los hombres temen menos ofender al que se hace amar que el que se hace temer […] solo han llevado a cabo grandes empresas los que hicieron poco caso de su palabra, que se dieron maña para engañar a los demás”.

Por su parte, en el contexto de los poderes papales, en el otro libro referido Maquiavelo señala que en relación a los abusos del caso “el primer servicio que debemos los italianos a la sede papal es haber llegado a ser irreligiosos y malos” y concluye en un plano más amplio que “Jamás hubo ni habrá un país unido y próspero sin no se somete todo a la obediencia de un gobierno.” Recordemos en otro orden de cosas que de los veinte Concilios hasta el momento -de 325 a 1965- a la mitad de ellos asistió el gobernante político del momento.

Se trata entonces de una muy ajustada observación de lo que en líneas generales significa quién se instala en el trono del monopolio de la fuerza que denominamos gobierno, pero resulta sumamente curiosa la renovada confianza, no solo de los consabidos adulones que sin vestigio alguno de dignidad están en todas partes y anidan en todos los tiempos, sino de gente de apariencia normal que es engañada y saqueada una y otra vez, a pesar de lo cual insiste en la experiencia cuando el próximo candidato promete “cambio, combatir la corrupción y establecer justicia” y otras cantinelas equivalentes.

Produce asombro y verdadera perplejidad que se suela considerar como normal que el político mienta en campaña para engatusar a la incauta clientela, incluso livianamente se lo justifica y perdona al candidato diciendo que “es político”. Es que como ha escrito Hannah Arendt, “nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las virtudes políticas”. Por ello es que Alfred Whitehead ha enfatizado que “el intercambio entre individuos y entre grupos sociales es de una de dos formas, la fuerza o la persuasión. El comercio es el gran ejemplo del intercambio a la manera de la persuasión. La guerra, la esclavitud y la compulsión gubernamental es el reino de la fuerza”. Por su lado Ortega y Gasset ha escrito: “La política se apoderó de mí y he tenido que dedicar más de dos años de mi vida al analfabetismo (la política es analfabetismo)”. Como nos ha enseñado Gaetano Mosca, la historia no debe interpretarse con lentes monistas o unidireccionales, pero en el caso que nos ocupa se juega nada menos que la libertad que es lo que precisamente permite abrir ríos que se bifurcan en muy distintas direcciones y que permiten naves de diverso calado y volumen.

Después de tantas matanzas, guerras, torturas y estropicios mayúsculos patrocinados por los aparatos estatales de todas las latitudes, es menester derribar telarañas mentales y explorar otras avenidas fértiles. Para los que quieren ver la realidad del poder hay por lo menos dos etapas que, a su debido tiempo, es aconsejable se transiten. Si lo que se presenta a continuación no es aceptado hay que pensar en otros procedimientos pero no quedarse inmóvil esperando las próximas elecciones pues de este modo se corre el riesgo de convertir al planeta tierra en un inmenso Gulag en nombre de una democracia degradada.

Debe percatarse que la democracia como ha sido concebida en una manifestación de igualdad ante la ley y la protección de los derechos de las minorías, no ha funcionado debido a los incentivos perversos que se desatan muy a disgusto de los Giovanni Sartori de todos los tiempos. En el camino el sistema ha mutado en cleptocracia, a saber, el gobierno de los ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida de cada uno de los que llevan a cabo actividades que no lesionan derechos de terceros.

En una primera etapa, por ejemplo, debería contemplarse el establecimiento de tres pilares aplicables a los tres poderes. Un triunvirato para el Ejecutivo al efecto de diluir la idea del líder y similares tal como se propuso en los debates constitucionales estadounidenses y, agregamos, elegido por sorteo tal como lo propuso Montesquieu en el segundo capítulo del Segundo Libro de El espíritu de las leyes y tal como ocurrió en las repúblicas de Florencia y Venecia, situación en la que las personas dejan de contarse anécdotas más o menos irrelevantes sobre candidatos para concentrarse en los límites al poder, esto es en la fortaleza de marcos institucionales puesto que cualquiera podría acceder. En el Judicial, Bruno Leoni sugiere que debería permitirse que en los conflictos que surjan en las relaciones contractuales, las partes deberían establecer quienes han de oficiar de árbitros en todas las instancias que se estipulen sin regulación de ninguna naturaleza, con lo que se volverá a lo ocurrido durante el primer tramo del common law y durante la República romana. Por último, debería adoptarse lo que Hayek bautizó como “demarquía” en el tercer tomo de su Law, Legislation and Liberty al efecto de introducir reformas al Legislativo.

En la segunda etapa, que es en la que ahora nos detendremos a resumir pero con la brevedad que exige una nota periodística, debería prestarse atención a lo que han venido sugiriendo autores tales como Anthony de Jasay, Bruce Benson, Randy Barnett, David Friedman, Murray Rothbard, Jan Narvenson, Gustave de Molinari, Leslie Green, Walter Block, Morris y Linda Tanehill y tantos otros (sistema que he bautizado como “autogobierno”, que a falta de una definición lexicográfica hago una estipulativa en mi libro y en mis tres ensayos académicos sobre la materia publicados respectivamente en Buenos Aires, Londres, Madrid y Santiago de Chile). Debates sobre estos temas están demorados y poco explorados debido a que estamos inundados de medidas infantiles que atrasan y demoran toda posibilidad de progreso como la machacona y absurda idea del control de precios, la inflación monetaria, el embrollo de impuestos astronómicos, deudas siderales, legislaciones contrarias a los derechos más elementales, cerrazón al comercio internacional y normas en el ámbito laboral que perjudican enormemente a quienes desean trabajar.

Es del caso destacar que una de las obras del referido de Jasay titulada Against Politics donde se objeta el monopolio de la fuerza y se explica la manera evolutiva de producir normas en libertad, el premio Nobel en economía James Buchanan escribe sobre ese trabajo que “Aquí se encuentra la filosofía política como debiera ser: temas serios discutidos con verba, agudeza, coraje y genuino entendimiento”. Lo peor son los conservadores en el peor sentido de la expresión, esto es, no los que pretenden conservar la vida, la libertad y la propiedad, sino los que no pueden zafar de las tinieblas mentales y son incapaces de discutir otros paradigmas dentro de la tradición liberal que como es sabido no es un puerto sino una travesía permanente en un contexto evolutivo. Por ello la sabiduría del lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, a saber, no hay palabras finales.

No me quiero poner demasiado técnico en esta columna periodística pero el debate por el momento se centra y gira en torno a la cerrazón al comercio internacional y el llamado equilibrio Nash.

Es de interés tener en cuenta los casos en los que las sociedades que operaron sin el monopolio de la fuerza como el de Islandia desde el año 900 al 1200 de nuestra era al que se refiere David Friedman en “Private Creation and Enforcement of Law: A Historical Case” y David Miller en su libro Bloodtaking and PeacemakingFeud, Law and Society in Saga Island, el de Irlanda desde principios del siglo VI a mediados del XVII, caso al que alude Joseph E. Penden en “Stateless Societies: Ancient Ireland” y el caso de los hebreos, tal como lo relata la Biblia antes del período de los Jueces (Samuel, II, 8), mencionado sucintamente por Lord Acton en su Essays on Freedom and Power.

Nada de lo dicho puede adoptarse a la manera de un tajo abrupto en la historia, es indispensable el debate en un proceso de discusiones paulatinas en el que exista la debida comprensión de las ventajas de un sistema abierto sin monopolios impuestos. El antes aludido Barnett en Restoring The Lost Constitution nos dice que en nuestro sistemas políticos resulta curioso la insistencia que están consentidos por los ciudadanos cuando no hay manera de expresar el no-consentimiento en cuyo contexto se interpreta como que el aparato estatal fuera el dueño del lugar donde uno vive: “Cara, usted consiente, seca también consciente, no tira la moneda ¿adivine que? Usted también consiente. Esto simplemente no es consentir”. Por último, resulta atingente recordar que Joseph Schumpeter ha señalado en Capitalismo, socialismo y democracia que “La teoría que asimila los impuestos a cuotas de club o a la adquisición de los servicios, por ejemplo, de un médico, solamente prueba lo alejada que está esta parte de las ciencias sociales la aplicación de métodos científicos”.

No es posible vaticinar cuánto tiempo demandará el antedicho debate ni siquiera si se concretará a niveles suficientes, pero en todo caso es absolutamente necesario ponerle bridas al abuso del poder si queremos vivir una vida digna. Es cierto que ha habido y hay políticos con los mejores propósitos y deseos de libertad, pero el tema es revisar con atención y el debido tiempo los incentivos y las consecuencias implícitas en el monopolio de la fuerza.

En línea con lo dicho en esta nota, es pertinente concluir con un pronóstico de Jorge Luis Borges. En el libro titulado El otro Borges en el que Fernando Mateo recopila dieciséis entrevistas de diversos medios al célebre escritor, se reproduce una en la que Borges reitera lo que ha dicho y escrito en muchas otras oportunidades, a saber, que la meta debiera ser la abolición de los aparatos estatales en línea con lo estipulado por el decimonónico Herbert Spencer, ocasión en la que el periodista inquiere: “¿Piensa seriamente que tal estado es factible?” A lo que el entrevistado responde: “Por supuesto. Eso sí, es cuestión de esperar doscientos o trescientos años”. A continuación, como última pregunta, el entrevistador formula el siguiente interrogante: “¿Y mientras tanto?” A lo que Borges contesta: “Mientras tanto, jodernos”.

Agrego un pensamiento de Chesterton antes de un final con un par de pensamientos brutales: “Toda ciencia incluso la ciencia divina es una sublime novela policial. Solo que no está destinada a descubrir por qué ha muerto un hombre, sino el más oscuro secreto de por qué está vivo.” Así es, resulta clave preguntarnos para qué vivimos, no simplemente transcurrir. Y los dos pensamientos brutales llevan al extremo lo consignado por Maquiavelo, uno es el disfraz de politicastros que resumió Trotsky en su discurso en el Parque Sokolniki el 6 de junio de 1918 donde vocifera que “Nos proponemos construir un paraíso terrenal”, el otro mucho más sincero y que pone al descubierto la tentación de los aparatos estatales sin límites pertenece a Stalin en el Catorceavo Congreso del Partido el 18 de diciembre de 1921 en el sentido de sostener que “Quien se oponga a nuestra causa con actos, palabras o pensamientos -si, bastan los pensamientos- será totalmente aniquilado”…lo cual mandó hacer con el propio Trotsky.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Gato por liebre: la notable influencia de Karl Marx

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 4/9/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/09/04/gato-por-liebre-la-notable-influencia-de-karl-marx/

Karl Marx

A pesar de que muchos intelectuales reniegan de la etiqueta marxista, adoptan y suscriben buena parte de sus recetas

En lo que va de la historia de la humanidad no ha habido un pensador que haya influido más en los acontecimientos mundiales que Karl Marx debido a su notable capacidad de penetrar en las áreas más sensibles que han captado la atención de numerosos intelectuales de muy diversas condiciones y profesiones.

La influencia central en Marx provino de Hegel quien en su Filosofía del derecho (asunto que alude también en La filosofía de la historia) resume su posición cuando escribe que “El Estado es la realidad de la idea ética; es el espíritu ético en cuanto a voluntad patente, clara por sí misma, sustancial […] El Estado es la voluntad divina como espíritu presente y que se despliega en la forma real y en la organización de un mundo”. Esta obra ha sido posteriormente prologada por Marx donde subraya que “La religión es el sollozo de la criatura oprimida […] Es el opio del pueblo. La eliminación de la religión como ilusoria felicidad del pueblo, es la condición para su felicidad real”. Este andamiaje conceptual se ha tomado en cuenta por sus seguidores al efecto de demoler desde adentro a religiones oficiales, faena realizada principal pero no exclusivamente por Antonio Gramsci para incorporar adherentes en religiosos que puedan absorber la filosofía marxista aun manteniendo el altar (en el caso del Papa Francisco su interés por el comunismo fue despertado primero de muy joven por la doctora Esther Balestrino y luego de ordenado por Monseñor Enrique Angelelli, la primera también entusiasta de Gramsci y el segundo celebraba misa bajo la insignia de los Montoneros).

Un destacado precursor del marxismo fue Robespierre que en la contrarrevolución francesa expresó es su célebre discurso del 2 de diciembre de 1793 que “todo lo indispensable para la preservación es propiedad común” a contracorriente de lo expresado en la declaración de derechos de 1789 en cuanto a “la propiedad un derecho inviolable y sagrado.”

Otra influencia decisiva en el pensamiento de Marx fue el determinismo físico en Demócrito sobre el que trabajó su tesis doctoral. Tal como han explicado entre muchos autores como el filósofo de la ciencia Karl Popper y el premio Nobel en neurofisiología John Eccles, esa postura que niega la existencia de la psique fuera de los nexos causales inherentes a la materia imposibilita el libre albedrío, la revisión de nuestros juicios, proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, la responsabilidad individual, la moral y la propia libertad. Esta postura marxista se pone de relieve especialmente en la obra en coautoría con Engles titulada La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica (no fue una errata, es así el título) en el que aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert, donde mezcla ese tema con diatribas contra el judaísmo -que desarrolla en La cuestión judía– a pesar de descender de una familia rabínica, aunque su padre cambió de religión al efecto de contar con mayor número de clientes en su bufete de abogado en el contexto del régimen prusiano.

Un buen número de intelectuales se dejaron seducir por el marxismo que recién abandonaron una vez que comprobaron de primera mano los desastres irreversibles que produce no sólo en cuanto a matanzas sino en cuanto a la miseria a la que condena a la población. Hoy se suele renegar de la etiqueta marxista pero se adoptan y suscriben buena parte de sus recetas, lo cual está presente en aulas universitarias, en círculos sindicales, en no pocos medios periodísticos, en ámbitos empresarios, en iglesias, en organismos internacionales financiados por gobiernos y en un número nada despreciable de los libros publicados. Incluso los hay quienes se proclaman abiertamente anti-marxistas pero degluten sus principios.

Como es de público conocimiento, hay ríos de tinta sobre el marxismo respecto a lo cual también he escrito antes para agregar unas gotas a ese caudaloso río, pero dada la entusiasta reincidencia de sus postulados vuelvo a insistir en el tema con otros ingredientes. Ha habido y hay fervientes revisionistas que objetan distintos aspectos del marxismo pero vuelven una y otra vez a sus ejes centrales. Aparecen marxistas edulcorados que rechazan enfáticamente la violencia sin percatarse que está en la naturaleza de todo régimen totalitario el uso sistemático de la fuerza al efecto de torcer voluntades que pretenden operar en direcciones distintas a las impuestas por los mandones de turno.

En la sección 36 del tercer capítulo del Manifiesto Comunista escrito en 1848 por Marx y Engels se consigna el aspecto central de su tesis (que ya habían subrayado en la antes mencionada La ideología alemana): “Pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”Si no hay propiedad privada, no hay precios, ergo, no hay posibilidad de contabilidad, evaluación de proyectos o cálculo económico. Por tanto, no existen guías para asignar eficientemente los siempre escasos recursos y, consecuentemente, no es posible conocer en que grado se consume capital. Y conviene enfatizar que los daños se producen en la medida en que se afecte la propiedad sin necesidad de abolirla.

A este enjambre crucial imposible de resolver dentro del sistema, se agrega el historicismo inherente al marxismo, contradictorio por cierto puesto que si las cosas son inexorables no habría necesidad de ayudarlas con revoluciones de ninguna especie. También es contradictorio su materialismo dialéctico que sostiene que todas las ideas derivan necesariamente de las estructuras puramente materiales en procesos hegelianos de tesis, antítesis y síntesis ya que, entonces, en rigor, no tiene sentido elaborar las ideas sustentadas por el marxismo.

Esta dialéctica hegeliana aplicada a las relaciones de producción pretende dar sustento al proceso de lucha de clases. En este contexto Marx fundó su teoría del polilogismo, es decir, que la clase burguesa tendría una estructura lógica diferente de la de la clase proletaria, aunque nunca explicó en qué consistían las ilaciones lógicas distintas a las aristotélicas ni cómo se modificaban cuando un proletario se enriquecía ni cuando un burgués es arruinado y en qué consiste la estructura lógica de un hijo de un proletario y una burguesa. Sobre las llamadas “clases sociales” me explayaré en una próxima columna.

Las contradicciones son aún mayores si se toman los tres pronósticos más sonados de Marx. En primer lugar, que la revolución comunista se originaría en el núcleo de los países con mayor desarrollo capitalista y, en cambio, tuvo lugar en medio de la pobreza de la Rusia zarista. En segundo término, que las revoluciones comunistas aparecerían en las familias obreras cuando todas surgieron en el seno de intelectuales-burgueses. Por último, pronosticó que la propiedad estaría cada vez más concentrada en pocas manos y solamente las sociedades por acciones produjeron una dispersión colosal de la propiedad tal como en un contexto más amplio hoy explican autores como Anthony de Jasay cuando critican a Thomas Piketty.

En este muy apretado resumen, cabe mencionar que la visión errada de Marx respecto a la teoría del valor-trabajo dio lugar a la noción de la plusvalía. Aquella concepción sostenía que el trabajo genera valor sin percatarse que las cosas se las produce (se las trabaja) porque se les asigna valor y no tienen valor por el mero hecho de acumular esfuerzos (por más que se haya querido disimular el fiasco con aquella expresión hueca del “trabajo socialmente necesario”).

Lo dicho no va en desmedro de la conjetura respecto a la honestidad intelectual de Marx en cuanto a que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1871 que echaba por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y a pesar de ser un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar, salvo dos textos secundarios: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de París.

Lenin era más sagaz que sus maestros ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución. Por eso escribió lo que aparece en el quinto tomo de sus obras completas en el sentido que “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”.

Curiosa es en verdad la noción de los marxistas sobre la división del trabajo: Marx y Engels consignan en la antedicha obra sobre la ideología alemana que “en una sociedad comunista, en la que nadie tenga una esfera exclusiva de actividad sino que cada uno pueda formarse en cualquier sector que desee, la sociedad regula la producción general y por tanto se hace posible hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al atardecer, criticar después de cenar, como me apetezca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico”.

A pesar de esta visión idílica, la violencia está indisolublemente atada al marxismo. Por esto es que en el antedicho Manifiesto comunista se declara que “no pueden alcanzar los objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social”. Marx en Las luchas de clases en Francia en 1850 y al año siguiente en 18 de Brumario condena enfáticamente las propuestas de establecer socialismos voluntarios como islotes en el contexto de una sociedad abierta. Por eso es que Engles también condena a los que consideran a la violencia sistemática como algo inconveniente, tal como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Eugen Dühring por lo que Engels escribió El Antidühring sobre el “alto vuelo moral y espiritual” de la violencia.

Parte de la tesis de esta nota estriba en que, mal que les pese a “los progres” y a los “fachos”, la manía de identificar una postura intelectual por la localización geográfica de derecha e izquierda presenta una falsa disyuntiva. La representación más fuerte de las derechas está constituida por el nazi-fascismo. En los hechos, Hitler tomó cuatro pilares del marxismo: la teoría de la explotación, el ataque a la propiedad, el antiindividualismo y la teoría del polilogismo. Por su parte, Mussolini fue secretario del Círculo Socialista y colaboró asiduamente en el periódico Avenire del Lavoratore, órgano del movimiento comunista, época en que sus lecturas favoritas incluían a George Sorel, Kropotkin y la dupla Marx-Engels. Luego fue colaborador del diario Il Populo y director de Avanti. Tal como consigna Gregorio De Yurre en Totalitarismo y egolatría , “era la figura más destacada y representativa del ala izquierdista del marxismo italiano”.

En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo marxista que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente.

Entre los autores que han enfatizado las similitudes y parentescos de la izquierda y la derecha se destaca nítidamente Jean-François Revel, quien en La gran mascarada apunta: “No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no sólo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales”.

Tengamos muy presente como señala el gato por libre el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with a Human Face“Aplíquese marxismo a cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final”. Respecto de la social democracia de Eduard Bernstein conviene subrayar que a pesar de su revisionismo respecto de Marx, insiste en el redistribucionismo que significa reasignar factores productivos desde las áreas preferidas por los consumidores hacia las deseadas por los aparatos estatales, con lo que el consiguiente derroche de capital reduce salarios e ingresos en términos reales.

Es de interés remontarse a Marx y tomar su noción de ideología como algo enmascarado, un engaño que oculta otros intereses, por ende, en este contexto, se trata de algo falso que encubre intenciones espurias. En esta línea argumental, toda cultura sería ideológica excepto la marxista que sería transideológica. En un sentido más amplio y de acepción más generalizada, un ideólogo es aquel que profesa un sistema cerrado, terminado e inexpugnable. En otros términos, lo contrario al liberalismo que, por definición, está abierto a un proceso de constante evolución.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

El inmenso peligro de la guillotina horizontal

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 18/5/2en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-inmenso-peligro-de-la-guillotina-horizontal-nid18052021/

En nuestro medio se ha agudizado la manía del igualitarismo, pero no es una tendencia original, puesto que lamentablemente se observa en muy distintos países, incluso en algunos de los que han tenido una tradición de respeto recíproco y que la han abandonado en pos de la guillotina horizontal. Resulta de gran importancia subrayar la igualdad ante la ley, es decir, la igualdad de derechos; en cambio, la pretendida igualdad de resultados indefectiblemente empobrece a todos, muy especialmente a los más vulnerables.

Las diferencias de rentas y patrimonios son la consecuencia directa de lo que la gente hace en el supermercado y afines. Por eso resulta tan contraproducente cuando los gobiernos proceden a redistribuir ingresos, puesto que inexorablemente significa contradecir los deseos y preferencias de la gente que distribuyó pacífica y voluntariamente sus recursos, para imponer por la fuerza otras direcciones de los siempre escasos factores de producción. Incluso Thomas Sowell –senior research fellow de Hoover Institution– aconseja no recurrir a la expresión “distribución de ingresos, puesto que los ingresos no se distribuyen, se ganan”.

Aun al apartarse del consejo de Sowell, producción y distribución son dos caras del mismo proceso: quien produce recibe como contrapartida su ingreso. Por eso resulta tan disparatada la aseveración, seguramente bienintencionada, de que “primero hay que producir y luego veremos cómo se distribuye”, sin comprender que nunca habrá producción si se está en manos arbitrarias para distribuir en un sentido distinto de quienes producen.

En esta misma línea argumental se insiste en el atrabiliario concepto de “justicia social”. Esta entelequia solo puede tener dos significados: por un lado, una grosera redundancia, puesto que la justicia no puede ser mineral, vegetal o animal, es solo social, y por otro lado la acepción más generalizada de sacarles a unos lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece, situación que contradice la definición clásica de “dar a cada uno lo suyo”, y “lo suyo” remite al derecho de propiedad, que es en este caso contradicho. Por eso es que el premio Nobel de Economía Friedrich Hayek ha escrito que todo sustantivo seguido del adjetivo “social” lo convierte en su antónimo: constitucionalismo social, derechos sociales, democracia social y naturalmente justicia social.

Tal como nos enseña el profesor de Harvard Robert T. Barro, “el determinante de mayor importancia en la reducción de la pobreza es la elevación del promedio ponderado del ingreso de un país y no disminuir el grado de desigualdad”, y otro premio Nobel de Economía, James M. Buchanan, consigna: “Mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras la fuerza y el fraude queden excluidos, aquello sobre lo cual se acuerda es, por definición, lo que puede ser clasificado como eficiente”.

Anthony de Jasay –célebre profesor de Oxford– muestra cómo la metáfora deportiva es autodestructiva cuando se dice que lo razonable es que cada uno largue en igualdad de condiciones en la carrera por la vida y que es injusto que unos tengan ventajas sobre otros debido a diferencias patrimoniales. Pero a poco de andar se percibe que en ese esquema el primero en llegar a la meta se percatará de que ha realizado un esfuerzo inútil, puesto que en la largada de la carrera siguiente lo nivelarán nuevamente y, por lo tanto, en este correlato deportivo con las diferencias de ingresos, no podrá transmitir el resultado de su energía a sus descendientes.

El punto medular en este análisis consiste en que, en una sociedad abierta, los que mejor atienden las necesidades de su prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos. Y no es que en el proceso de cooperación social se proceda de este modo por razones filantrópicas, es que se está obligado a actuar de esa manera si se quiere el propio mejoramiento. Y lo trascendental del asunto es que esas ganancias significan tasas de capitalización más elevadas, lo cual constituye la única causa de aumentos de salarios en términos reales. Esa es la diferencia entre países ricos y pobres, y, a su vez, esas inversiones mayores son el resultado de marcos institucionales que establecen el respeto recíproco.

Como hemos señalado en otra oportunidad, hoy en día, en gran medida, ocurre con los gobiernos lo que describía Ray Bradbury en su novela Fahrenheit 451: bomberos que incendian, es decir, gobernantes que en lugar de garantizar derechos, los conculcan.

Uno de los canales más frecuentes que apuntan a la aplicación de la guillotina horizontal es el impuesto progresivo. Como es sabido, ese tributo se traduce en que la alícuota progresa a medida que progresa el objeto imponible, a diferencia del gravamen proporcional, que, como su nombre lo indica, implica uniformidad en la tasa. La progresividad produce tres efectos dañinos centrales. En primer lugar, altera las posiciones patrimoniales relativas, a saber, la gente con sus compras y abstenciones de comprar va distribuyendo ingresos, con lo que consecuentemente surgen distintas posiciones relativas de ingresos entre los destinatarios. Pues bien, la progresividad cambia esas directivas, con lo que se modifica la asignación de recursos, contradiciendo las citadas indicaciones, lo cual se traduce en derroche, que a su turno afecta salarios.

En segundo término, bloquea la tan necesaria movilidad social, ya que dificulta el ascenso y descenso en la pirámide patrimonial. Y por último, la progresividad es en verdad regresividad, ya que por las razones apuntadas, al mermar la inversión debido a los mayores pagos progresivos de los contribuyentes de jure disminuyen los ingresos de los marginales, que se convierten en contribuyentes de facto.

Para recurrir a la terminología de la teoría de los juegos, es pertinente destacar que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes ganan, que es otro modo de decir que son de suma positiva, a diferencia de lo que se conoce como el “Dogma Montaigne”, donde se supone que quien gana es el que recibe la suma monetaria y pierde el que la entrega en la transacción. Esto es el resultado de obsesionarse con el lado dinerario del intercambio sin atender que la entrega de dinero es para recibir un bien o un servicio que el interesado valora en más. Aquella perspectiva se extiende al comercio internacional, en el que equivocadamente se atribuye valor a las exportaciones y se subestima el peso de las importaciones, cuando precisamente se exporta para poder importar, del mismo modo que nosotros vendemos nuestros servicios para poder adquirir lo que necesitamos.

Por último mencionamos una idea que, prima facie, aparece atractiva y razonable, pero esconde un problema medular. Se trata de la “igualdad de oportunidades”. La sociedad libre brinda mejores oportunidades, pero no iguales; la mencionada igualdad es ante la ley, no es mediante ella; las oportunidades no son a costa de arrancar el fruto del trabajo ajeno. Si a un amateur en el tenis se le diera igualdad de oportunidades de jugar con un profesional, habría que, por ejemplo, obligar a que este utilizara el otro brazo al que está acostumbrado a emplear en ese deporte, con lo que se habrá lesionado su derecho. El igualitarismo anula los efectos beneficiosos de liberar las energías creativas, en especial para los más necesitados.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿Es cierto que dato mata relato?

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 3/10/20: https://www.infobae.com/opinion/2020/10/03/es-cierto-que-dato-mata-relato/

Existe la creencia de que “los datos hablan por sí mismos”, pero si así lo fuera, ¿por qué las lecturas erradas se multiplican?

James M. Buchanan (Wikipedia / Atlas Network)

James M. Buchanan (Wikipedia / Atlas Network)

Lo primero es definir los términos. En el contexto de lo que dejamos consignado en el título de esta nota, relato quiere decir análisis errado de la realidad y el dato está basado en estadísticas que pretenden refutar lo anterior.

La conclusión fundamental de lo dicho es que si fuera cierto que dato mata relato no habría relato pues hubiera fenecido. Sin embargo, observamos que los relatos no solo no han muerto sino que se multiplican con audiencias cada vez mayores en nuestra época.

¿Por qué ocurre esta llamativa multiplicación? Pues porque el debate de fondo no tiene lugar entre dato y relato sino en un plano anterior y de mucho mayor peso, que es la confrontación entre interpretaciones contrarias de los nexos causales de la realidad. Recién entonces, una vez comprendidos estos nexos puede agregarse como una demostración de aquella refutación rigurosa la serie estadística en cuestión que ya en esa instancia sirve para reconfirmar el punto.

Esto que dejamos consignado lo ha explicado el premio Nobel en economía Friedrich Hayek en un célebre y notable texto titulado “The Facts in Social Sciences” donde muestra la gran diferencia entre las ciencias naturales y las sociales. Señala que en el primer caso se observan hechos como la mezcla entre un líquido y otro en el laboratorio produce tal o cual resultado. Sin embargo, en ciencias sociales no hay laboratorio sino que enfrentamos fenómenos complejos que hay que interpretar todos ellos, no hay las reacciones de laboratorio sino que hay acciones humanas que requiere se las entienda. En otras palabras, si por ejemplo el historiador se propone describir la Revolución Francesa aun viviendo en la época no la entenderá con solo mirar los movimientos de los personajes, debe interpretar el sentido y la razón de lo que ocurre (para no decir nada de los que no la vivieron que deben reinterpretar lo que otros interpretaron). Es decir, si alguien sostuviera que ese acontecimiento se produjo porque Luis XVI estornudó no hay forma de refutarlo en los hechos, solo se puede explicar a través del desarrollo de nexos causales.

Lo que venimos comentando desde luego no significa que cada cual tenga su interpretación y todas son valederas: habrá unas que se acercan más a lo sucedido que otras y las habrá que dan en el clavo. Desde luego que todo conocimiento tiene la característica de la provisionalidad abierto a refutaciones, de modo que lo que hoy entendemos por la Revolución Francesa en las versiones más confiables pueden mañana refutarse con éxito. Eso es común a todas las ciencias.

El asunto entonces no es caer en la ingenua posición de sostener que todo se resuelve mostrando una planilla con los suficientes datos, pues esos mismos datos serán (y son) interpretados de muy diversas maneras precisamente respecto al otro plano que venimos comentando.

Estemos atentos, pues no puede decirse sin equívoco del mismo modo en que dijimos si los datos mataran al relato éste ya habría fenecido, que si las explicaciones sobre nexos causales en el otro plano al que aludimos fueran suficientes las explicaciones erradas habrían desaparecido. Sin duda esto es así, pero la gran diferencia estriba en que ni remotamente se han difundido las argumentaciones para confrontar a los supuestos nexos causales implícitos y explícitos en las teorías equivocadas. Y precisamente uno de los motivos por los cuales esto no se ha llevado a cabo en grado suficiente es por la manía de acumular datos en lugar de tomarse el trabajo de ahondar en los antedichos nexos causales que resolverían el problema. Por supuesto que también está presente lo que el mismo Hayek ha puntualizado y es que los fenómenos sociales son en gran medida contraintuitivos, es decir, lo primero que viene a la mente suele estar mal, se requiere profundizar para percatarse de la verdadera dimensión del problema. Por eso los discursos de demagogos son más atractivos que los densos que demandan el análisis de los fenómenos complejos. El resultado es entonces que una abrumadora mayoría se pliega a lo desviado. Por eso es que resulta indispensable la muy trabajosa y empinada faena educativa para adentrarse en la aventura del conocimiento que siempre es un peregrinar con luces y sombras en un contexto evolutivo.

Como escribe Hayek en el ensayo citado, en ciencias naturales o físicas hay hechos objetivos observables que terminan allí puesto que no hay en este campo propósito deliberado sino mera reacción, mientras que en ciencias sociales se trata de conocer las opiniones y los propósitos de las personas las cuales deben ser interpretadas, en última instancia se trata de lo que se conoce como teleología. En otros términos, no se trata de la descripción de hechos físicos sino de la interpretación de acciones, esto es las motivaciones que impulsan a la acción. Como consigna Hayek, es saber “por qué se hace tal o cual cosa que está más allá de lo físico que observamos” puesto que toda la historia humana no trata de hechos físicos que es suficiente mirar sino de una reconstrucción mental que parte de un andamiaje conceptual que permite la interpretación: “No son hechos dados sino fruto de una laboriosa reconstrucción”, no hay corroboración en base a cosas sino en base a interpretaciones de conductas. Sin embargo, en ciencias naturales no hay conductas que evalúan y razonan sobre medios para la consecución de fines.

Esto para nada quiere decir que las series estadísticas no sirven. Muy lejos de ello, son indispensables, pero como complemento del referido andamiaje conceptual de interpretación. Nuevamente reiteramos: los pasos son primero despejar los conceptos y luego reconfirmarlos y ejemplificarlos con los datos numéricos, pero no a la inversa. Ya sabemos que hay hechos físicos en las ciencias sociales, los humanos son parcialmente materia y proceden en una parte con la materia pero eso no explica las conductas y los propósitos deliberados que las comandan.

Entonces el sostener que en ciencias sociales hay demostraciones en base a datos empíricos carece de sentido, la demostración se encuentra en el nivel del entendimiento de los fenómenos complejos que no se entienden por el hecho de exhibir un gráfico o un cuadro. Es un tema de prioridades del mismo modo que no puede primero contarse con la tortilla y luego batir huevos.

Ludwig von Mises muestra en Los fundamentos últimos de la ciencia económica que debe distinguirse entre la recopilación de datos y la teoría económica “se podrá registrar que fulano trabajó en la mina de carbón perteneciente a tal compañía en el pueblo cual y ganaba cierto salario por trabajar determinadas horas pero no hay manera de deducir de esos datos y similares una teoría que explique los factores que determinan salarios.” Más aun, alguien puede mostrar estadísticas que revelan crecimientos en el nivel de vida y concluir que se debe a la libertad económica, mientras que otro puede sostener que esas estadísticas están sesgadas puesto que ese resultado se produjo “a pesar” de la libertad económica puesto que “el contrafáctico pone al descubierto que si el Estado Benefactor hubiera procedido en consecuencia, la gente hubiera estado más protegida y feliz”. En el plano de los datos no hay manera de resolver el dilema, es solo en el terreno de la teoría económica anterior a los datos que se puede explicar el fenómeno y, en su caso, luego mostrar las series estadísticas que confirman lo dicho.

Como queda consignado, en ciencias naturales el hecho físico es suficiente pues no hay acción sino reacción, en cambio en ciencias sociales el hecho físico requiere explicación e interpretación de propósitos deliberados. Por eso es que libros y ensayos desde Ragnar Frisch, Jan Tinbergen, Roy G.D. Allen y Enrico Giovanini al actual Thomas Piketty están inundados de series estadísticas (y fórmulas), mientras que obras como las de Murray Rothbard, Israel Kirzner, Anthony de Jasay, James Buchanan, von Mises y Hayek no contienen series estadísticas (ni fórmulas) para probar sus puntos.

Soy consciente de que este es un tema controvertido y que la gran mayoría piensa que “los datos hablan por sí mismos”, pues no, hay que hablar durante y sobre todo antes de la exhibición de las series estadísticas y los gráficos, de lo contrario nunca se entenderá el significado de lo que se pretende trasmitir en esta materia.

Ahora viene otro tema que eventualmente puede escindirse de lo anterior pues es solo un asunto conexo que se refiere al uso y abuso de las matemáticas en ciertos ámbitos de las ciencias sociales, sobre lo que he escrito antes pero que ahora resumo muy telegráficamente.

El matemático Paul Painlevé explica en “The Place of Mathematical Reasoning in Economics” que las matemáticas puras o aplicadas implican medición, lo que naturalmente requiere unidad de medida, requiere constantes, situación que no tiene lugar en el ámbito de la ciencia económica, que se basa en la subjetividad del valor. El precio expresa el intercambio de estructuras valorativas cruzadas entre comprador y vendedor, no mide el valor. Incluso el signo igual es improcedente: si se observa que en el mercado se paga 10 pesos por una manzana, no quiere decir que una manzana sea igual a 10 pesos, puesto que si fuera así, no habría transacción. El valor de los 10 pesos y de la manzana no son iguales para el comprador y para en vendedor, más aún, son necesariamente distintos: el comprador evalúa en menos los 10 pesos que la manzana y el vendedor estima estos valores en sentido opuesto.

Por otra parte, el uso de expresiones algebraicas como “función” no son aplicables a la economía, puesto que significa que, al conocer los valores de una variable, se conocen los de otra, cosa que no ocurre en la acción humana. Tampoco es riguroso el dibujo de las simples curvas de oferta y demanda, dado que implican variables continuas, lo que no es correcto en la acción humana, ya que en el mercado no se distingue entre pasos infinitesimales, sino que se trata de variables discretas. Se dibujan las curvas solamente por razones estéticas, pero, como queda dicho, encierran un error grave. La pretensión de aludir a números cardinales en las estructuras valorativas no es posible en ciencias sociales (indicar que tal o cual acto significa cierto número de intensidad en la valorización carece por completo de significado), sólo es posible aludir a números ordinales (es decir, los que indican orden o prioridad), todo lo cual no permite comparaciones de utilidades intersubjetivas. Incluso las llamadas curvas de indiferencia se basan también en una noción equivocada (además de suponer la posibilidad de comparar valores en términos cardinales), ya que la indiferencia es lo opuesto a la acción. También es necesario subrayar una obviedad y es que vínculo causal se traduce en correlación pero correlato no implica relación causal.

Hay la idea de que las mediciones verifican una proposición y que sólo lo que se verifica empíricamente tiene sentido científico es incorrecto, como ha detallado Morris Cohen en Introducción a la lógica, esa misma proposición no es verificable y, por otro lado, tal como enfatiza Karl Popper -en Conjeturas y refutaciones– en la ciencia nada es verificable, ya que, como hemos apuntado, el conocimiento es sólo sujeto a corroboración provisoria y abierto a refutaciones.

La visión del equilibrio y la llamada competencia perfecta tan repetidas en muchas cátedras de economía son erradas, el mercado es un proceso no un equilibrio. Estos modelos presuponen conocimiento prefecto de todos los elementos relevantes, lo que, a su vez, implica que no hay competencia (todos tienen el conocimiento necesario), ni empresarios (no habría oportunidades nuevas), ni arbitraje (no habría nada que descubrir respecto a costos subvaluados en términos de precios finales). Además, como se ha señalado reiteradamente, en ese modelo no tendría cabida el dinero, ya que no habría imprevistos y, por ende, no habría posibilidad de cálculo económico, con lo que la economía se derrumbaría.

El antes mencionado premio Nobel en economía Buchanan en su ensayo titulado “¿Qué deberían hacer los economistas?” indica: “Los avances de más importancia o notoriedad durante las dos últimas décadas consistieron principalmente en mejoras de lo que son esencialmente técnicas de computación, en la matemática de la ingeniería social. Lo que quiero decir con esto es que deberíamos tomar estas contribuciones en perspectiva; propongo que se las reconozca por lo que son, contribuciones a la matemática aplicada, a la ciencia de la administración, pero no a nuestro campo de estudio elegido, que, para bien o para mal, denominamos economía”.

Resume este tema Wilhelm Röpke en Más allá de la oferta y la demanda: “Cuando uno trata de leer un journal de economía en estos días, frecuentemente uno se pregunta si no ha tomado inadvertidamente un journal de química o de hidráulica […]. Los asuntos cruciales en economía son tan matemáticamente abordables como una carta de amor o la celebración de Navidad […]. Tras los agregados pseudo-mecánicos hay gente individual, son sus pensamientos y juicios de valor”. Y McCloskey enfatiza: “La economía en las universidades de los Estados Unidos se ha convertido en un juego matemático. La ciencia fue extirpada de la economía”.

No parece necesario insistir en la enorme utilidad de las matemáticas, pero intentamos destacar los problemas que surgen al aplicarlas a campos que estimamos no corresponden. Las matemáticas en la contabilidad y en la evaluación de proyectos y en tantísimos otros campos resultan imprescindibles, pero naturalmente no resultan relevantes en cualquier ámbito. En realidad, esto ocurre con todos los instrumentos; aun cuando son muy fértiles en algunos territorios, no lo son en otros.

Como conclusión final hay que estarse precavido con aquello de tomarse al pie de la letra que “dato mata relato”, pues puede terminar matando las mejores intenciones de quien exhibe datos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Los intelectuales, la política y la manía de la autopsia

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 11/1/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/01/11/los-intelectuales-la-politica-y-la-mania-de-la-autopsia/

 

José Ortega y Gasset (Wikipedia)

José Ortega y Gasset (Wikipedia)

El rol del político consiste en entender qué es lo que demanda la gente y proceder en consecuencia con propuestas en las correspondientes plataformas. Desde luego que hay distintos segmentos con diferentes conformaciones de la opinión pública a las cuales se dirigen los políticos en campaña.

Pero en este contexto es relevante subrayar que el político no se trepa a la tribuna para decir lo que nadie entiende ni acepta. Antes de subir al podio, debe contar con la suficiente información de lo que requiere su audiencia.

En un sistema democrático es indispensable la función del político, que apunta a representar a sus seguidores. En esta línea argumental es crucial comprender que antes del político subyacen las ideas que comparten los votantes que aunque no sean todas iguales, en cada caso se trata de ideas que influyen en sus preferencias.

Qué bueno y saludable ha sido que los grandes maestros como Buchanan, Eccles, Hayek, Benson, Popper, Nock, Read, Planck y otros intelectuales no se hayan dedicado a la política puesto que nos hubiéramos privado de esos faros extraordinarios y los sobresalientes como von Mises que se involucraron transitoriamente en puestos políticos de jóvenes afortunadamente los abandonaron para poder trabajar en sus proyectos académicos y otros como Rothbard intervinieron con la pretensión de eliminar la política. Y algunos intelectuales que por razones de fuerza mayor se mezclaron en la política quedaron con gusto amargo en sus paladares, por ejemplo, Ortega y Gasset que escribe: “La política se apoderó de mi y he tenido que dedicar más de dos años de mi vida al analfabetismo (la política es analfabetismo)”.

No se trata de sugerir que no haya políticos, los ha habido que han sabido poner límites a la extralimitación del poder (los menos frecuentes por cierto), se trata de comprender las inexorables secuencias y las necesarias prioridades y ordenes de prelación para lograr los objetivos de mayor bienestar para todos si se trabajan en las ideas del respeto recíproco.

En todo caso, hay demasiados candidatos a la figuración política y sumamente escasos los inclinados a las arduas tareas de escarbar en las profundidades de conceptos y teorías que permiten mejorar moral y materialmente a todos. Como escribe Anthony de Jasay, “no es imposible poner la carreta delante de los caballos, es poco práctico”.

Por eso hablamos de “la manía de la autopsia”, en otras palabras se tiende a elaborar sobre medidas pasadas que se reiteran con un tedio colosal y que condujeron a mortajas políticas en lugar de proponer otras concepciones y paradigmas que precisamente surgen de debates abiertos sobre horizontes vitales en lugar de repetir hasta el cansancio lo perimido, lo muerto y lo fracasado. Es frecuente que los gobiernos nuevos se refieran a “la herencia recibida” en alusión a la gestión del gobierno anterior, esta es una manifestación de la manía de la autopsia que opera como una calesita macabra. En definitiva, la metáfora de la manía de la autopsia alude a la machacona repetición de algo arcaico y finiquitado lo cual lógicamente provoca una inercia que conduce a la repetición del cadáver que no zafa del círculo vicioso.

Hannah Arendt y tantos otros pensadores de fuste han marcado las reiteradas mentiras en la política. “Y bueno, qué quieren, es político”, intentan justificar los incautos. Por eso es que Eduardo Mallea ha señalado que para mirar lejos uno entrecierra los ojos “pero para mirar realmente a la distancia hay que cerrar los ojos de la carne y abrir los del espíritu a nuevas perspectivas”.

El problema medular son los epígonos, a saber, los que siguen a otros sin mediar. Locke escribía sobre el problema de “conceder asentimiento a opiniones corrientes recibidas”, Tocqueville concluye que las personas “temen más al aislamiento que al error” y Hume consigna que los hombres “encuentran muy difícil el seguir su propio juicio o inclinación cuando se opone al de sus amigos y compañeros diarios”.

Todos los roles honestos son muy respetables. Hay quienes son buenos para armar listas, conseguir fichas de afiliación y proceder en las contiendas electorales, pero es de desear que los que tienen condiciones intelectuales no consuman sus energías en la política. Y hacer las dos cosas siempre ha complicado, tal como explica Ortega en la antedicha cita, puesto que sabemos el tiempo colosal que demanda la vida intelectual para ser serios en la preparación de clases, libros, corrección de tesis y similares. Por eso alguna vez me he preguntado en voz alta que hubiera sido del mundo si Einstein en lugar de dedicarse a la física hubiera sido intendente de algún pueblo.

Las ideas provienen de otro ámbito completamente distinto del político. Se trata de un trabajoso proceso que comienza en cenáculos intelectuales, pasa por muy diversos planos educativos, llegan a los medios de comunicación y finalmente exigen esas ideas los votantes a los políticos que se presentan como “dirigentes”, pero en la práctica los que en verdad dirigen son los intelectuales que concibieron las ideas en primer término.

El intelectual cumple un rol decisivo para bien o para mal, según sea la tradición de pensamiento a la que adhiere. En el teatro de los acontecimientos no aparece en primer plano el intelectual, que se mantiene en sus bibliotecas observando cómo los políticos se arrogan el papel de inventar lo que sugieren como si hubiera aparecido de la nada la idea.

Sin duda que hay roles y funciones muy dispares: el intelectual concibe la idea y el político la ejecuta pero, como queda dicho, el referente que prepara el terreno es el primero mientras que el segundo la propone al público una vez que haya llegado a ese terreno.

Todo comienza en el nivel teórico. La computadora, la forma de arar y sembrar, las maquinarias y equipos, la medicina, los transportes terrestres, aéreas y marítimas, la física, la arquitectura, la vestimenta y todo cuanto se nos pueda ocurrir comienza con una idea, con una concepción teórica. Generalmente el primero que concibe una idea novedosa es vilipendiado por sus congéneres, por lo que John Stuart Mill ha consignado con razón que “todas idea buena pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Una vez que la idea se aplica los que antes la rechazaban por “impracticable” la aceptan como algo dado, como algo natural.

Pensemos en el que propuso el arco y la flecha en la época de los garrotes; seguramente fue considerado como estrafalario al sugerir algo que nadie había aplicado hasta la fecha y así sucesivamente con todos los inventos y descubrimientos, pues quién iba a tomar en serio a la persona que por primera vez conjeturó que un aparato inmenso iba a volar y convertirse en un avión o que pudiera existir algo como la telefonía inalámbrica o, para el caso, las ventajas de marcos institucionales que respetaran derechos de todos.

Como decimos, son roles distintos los del intelectual y los del político solo que es muy importante percatarse de que no se puede ejecutar una idea que no se sabe en qué consiste. No tiene sentido ocuparse primero de la política y luego de las ideas puesto que de ese modo el fracaso está garantizado.

Hoy en día el trabajo intelectual está muy retrasado respecto a la política. Hay demasiados candidatos para esto segundo y muy escasos ocupantes de lo primero con lo que naturalmente la política resulta un fiasco de proporciones mayúsculas. Hay una desproporción superlativa entre ambos roles puesto que es mucho más fácil alardear con propuestas vacías y contraproducentes que trabajar arduamente en el plano intelectual para producir propuestas con sustancia y riguroso fundamento.

Entonces, si se trabaja lo suficiente en el terreno intelectual el resto, es decir, la ejecución política, se da por añadidura puesto que, como queda dicho, lo uno sigue a lo otro: ni bien se percibe que la gente demanda tal o cual idea el político la propone al efecto se sacar partida electoral. También lo que sucede es que el rol político tiene muchos más candidatos porque la faena es más fácil por más que se aleguen dificultades enormes. Tiene la ventaja de la exposición mayor y más lucida, la foto y equivalentes que contrasta con el intelectual que se mantiene en su lugar de trabajo y las más de las veces en el anonimato.

Equivocadamente se dice que hay que ocuparse de la política puesto que lo otro es a largo plazo. En otros términos, la pretensión de ejecutar lo que aun no se sabe, es decir, la tentación de lo insustancial, lo demagógico, lo banal con visos de profundidad.

Por último, una cuestión lindante y emparentada que he mencionado en otra ocasión y es otro desequilibrio: la desproporción de tiempo dedicado a la coyuntura respecto al debate de ideas de fondo lo cual también cierra el paso para explorar y abrir otras avenidas que precisamente permitan contar con coyunturas favorables en el futuro. Esta balanza desbalanceada muchas veces ocurre en los medios orales, puesto que los escritos cuentan con más espacio para columnas de opinión. En la televisión y la radio se suele consultar sobre la coyuntura por lo que hay demasiados candidatos a responder con lo que se deja de lado el trabajo a más largo alcance, como decimos tan necesario para rectificar rumbos. Yo mismo he pasado por aquella etapa puesto que desde mediados de los 70 hasta fines de los 90 -un cuarto de siglo- he participado en programas reiteradamente en los Neustadt, Grondona y equivalentes de aquella época, a veces todas las semanas y a veces todos los días lo cual naturalmente resta tiempo para las faenas de fondo. Una vez que corté con eso pude disfrutar no solo de un tiempo mucho mayor para trabajar en ideas de fondo sino que logré redoblar una reconfortante paz interior. Por supuesto que es del todo respetable quienes deciden otro camino, incluso -aunque son casos muy aislados y excepcionales- hay quienes visitan esos programas usando la coyuntura como pretexto para anclarse en tópicos de fondo. Solo señalo en un plano más general la necesidad de contar con mayores energías para modificar rumbos descarriados con propuestas que salen de la coyuntura y los lugares comunes.

En resumen, para salir del marasmo es indispensable buscar un equilibrio entre los entusiasmos político-coyunturales y las faenas puramente intelectuales para abandonar la manía de la autopsia y poder vislumbrar un futuro en el que los políticos se vean obligados a recurrir a un discurso razonable.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

El grave error de confundir lo intelectual con lo político

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 7/12/19 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/12/07/el-grave-error-de-confundir-lo-intelectual-con-lo-politico/

 

Casa Rosada (iStock)

Casa Rosada (iStock)

En esta nota periodística planteo un tema que estimo muy fundamental pero que muchas veces se pasa por alto y no se le otorga la suficiente entidad. Son frecuentes las airadas protestas por lo que dicen y, sobre todo, por lo que hacen los políticos en funciones. La crítica es desde luego necesaria al efecto de corregir desvíos y abusos, pero no se contempla que el político procede conforme a lo que conjetura que la gente entiende y comparte, por lo menos es lo que anuncia. No puede proceder en otra dirección, pues si comienza a decir y hacer lo que nadie entiende ni mucho menos comparte estará perdido como político. No se sostiene el funcionario que opera a contramano de lo que la opinión pública demanda.

Como queda dicho, si un político comienza a pontificar desde la tribuna sobre asuntos que los destinatarios no comprenden ni aceptan, su final inexorablemente será el fracaso y se verá obligado a dejar el cargo.

Si las cosas son así, el enfoque debe ser la batalla cultural para modificar el pensamiento dominante y comprender y aceptar otras ideas. Solo así el político podrá cambiar su discurso. El político está determinado a recurrir a un lenguaje y a conceptos que se mantienen en un plafón de máxima y mínima. Si se sale por arriba o por debajo de esas marcas, sus días como político estarán contados. Y resulta de gran importancia percatarse de que el antedicho plafón está siempre configurado por las ideas que flotan en la opinión pública y, a su vez, estas ideas provienen de un territorio completamente distinto: del plano intelectual, que comienza en cenáculos reducidos y cuando se va ampliando va tocando segmentos cada vez mayores hasta que el mensaje le llega al político que, para ser exitoso, debe adoptar los nuevos criterios originalmente concebidos y promovidos por intelectuales.

Con mucha razón John Stuart Mill ha escrito que “todas las buenas ideas pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Miremos a nuestro alrededor y comprobaremos que antaño si alguien hubiera dicho que la telefonía operaría sin cable, que aparecerían aparatos que denominaríamos robots, que aparecerían máquinas que vuelan que llamaríamos aviones, Internet, que enfermedades consideradas incurables se curarían, que podría trabajarse la estructura genética de alimentos para reproducirlos exponencialmente y tantísimas otras cosas que siempre están primero en la mente de alguien que generalmente es considerado un demente hasta que la idea se aplica y entonces se toma como algo dado y natural como si siempre hubiera estado presente.

Entonces sobre la base de este cuadro de situación lo que debe mirarse con suma atención es la batalla cultural, puesto de de allí emana todo. La faena política obliga al pragmatismo y a la negociación para poder funcionar en democracia. Los puentes y los consensos son indispensables puesto que no se puede imponer lo que se cree a las otras partes sin caer en una dictadura. En este plano no hay más remedio que “tragarse sapos”. Sin embargo, en el campo intelectual no hay ningún “sapo que tragarse” puesto que se trata de marcar el rumbo. Si, por ejemplo, un liberal asume el gobierno debe pedir, reclamar y exigir críticas de sus compañeros de ruta al efecto de poder acercarse a su ideario pero de ningún modo puede actuar como le gustaría, debe adaptarse al clima de la opinión pública. Por otra parte, un intelectual pragmático es un oximoron: el intelectual está obligado siempre a expresar lo mejor, a subir la vara y nunca adaptarse ni negociar frente a lo que otros demandan; lo contrario es un impostor. Nada hay más triste que observar a supuestos intelectuales que la juegan de políticos, quienes al no ser lo uno ni lo otro se convierten en embaucadores que buscan afanosamente un cargo en el gobierno de turno pero finalmente son repudiados en ambos andariveles.

Hay la malsana costumbre de considerar al político como un “dirigente”. En verdad no dirige nada, es dirigido por la opinión pública lo cual no niega el hecho de que hay políticos que a través de la historia han sabido ubicarse con el apoyo de lo mejor de la opinión pública y muchos otros con lo peor, pero en todos los casos no resulta posible proceder a espaldas de lo que la gente comprende, y reiteramos la comprensión viene de la mano de los esfuerzos educativos que llevan a cabo los intelectuales (para bien o para mal según la tradición de pensamiento a la que adhieran). Mucho menos aceptable es la expresión “líder” que remite al Duce y al Führer y que en la práctica es aquel que explota lo peor de la opinión pública. La palabra adecuada es “referente” pero en rigor se aplica a intelectuales que abren caminos y amplían horizontes y no a políticos que, como decimos, deben adaptarse a los reclamos de la gente para seguir en funciones.

El intelectual que abdica de su rol y formula propuestas que sabe no apuntan a lo mejor para ser “políticamente correcto” tiene que saber que los políticos están embretados en la necesidad de negociar y si apuntan al techo -esto es a lo óptimo como deben- la negociación en la esfera política hará que el debate se ubique en la mitad de la pared, pero si el pseudointelectual apunta a la mitad de la pared, inmediatamente las negociaciones políticas harán que la propuesta se ubique en el zócalo.

Como apuntamos al comienzo, no es que no deba criticarse a los políticos en funciones, muy por el contrario es una faena sumamente higiénica y necesaria para intentar que, dado el clima cultural vigente, se saque la mejor partida de lo que puede hacerse ya que la clientela electoral no es nunca uniforme, pueden y deben aprovecharse los fragmentos de lo que se estima son buenos proyectos y evitar caer en las fauces de los que propugnan retrocesos.

Se repite la perogrullada de que “la política es el arte de lo posible” lo cual es evidentemente cierto, no se puede ir más lejos de lo que al momento se acepta. Por ello es que en esta instancia del proceso de evolución cultural el político en democracia está obligado a tejer y zurcir acuerdos con las distintas representaciones políticas, no puede ni debe operar en base a su propio grupo sin atender los otros. Pero lo curioso es que hay quienes pretenden otra cosa en el campo político sin interiorizarse de lo que ocurre en el plano educativo. Les parece que la educación es otra cosa sin ver que precisamente es en eso que hay que trabajar si se desea que la política cambie su fisonomía.

Reiteramos que esto no quiere decir que no haya políticos incapaces de extraer el máximo fruto de lo que existe y, por tanto, desperdician oportunidades muy valiosas. Desafortunadamente hay muchísimos casos de estos. Pero al efecto de ilustrar nuestro tema es bueno centrar la atención en el significado de la educación que no consiste en trasmitir cualquier cosa en cualquier sentido sino la trasmisión de valores y principios consistentes con el respeto recíproco, en eso estriba la conducta civilizada. Como es sabido, la etimología de educar proviene de la acepción latina ex ducere que remite a sacar de dentro, desarrollar las potencialidades de cada uno en el contexto señalado.

Si hemos comprendido estos puntos clave, entonces solo queda que cada uno contribuya con sus estudios y la correspondiente difusión de los valores que conducen al respeto recíproco. ¿O es que se preferirá la actitud cómoda de seguir parlando livianamente de los políticos agazapados en el poder o de coyunturas más o menos irrelevantes? Concretamente el examen de conciencia diario debería ser el preguntarnos que hicimos durante la jornada para modificar de raíz la situación.

Para sacar y guiar las máximas potencialidades de las características y condiciones de cada uno como ser irrepetible y único en la historia de la humanidad, es menester contar ante todo con un sistema competitivo y abierto en el que se aprovechen del mejor modo posible los conocimientos disponibles en un proceso de prueba y error puesto que nadie tiene una receta de lo que todos deben hacer. Hay muchas maneras de proponer conocimientos en el contexto de corroboraciones siempre provisorias abiertas a posibles refutaciones. Entonces el peor escenario es contar con ministerios o reparticiones oficiales que impongan desde el vértice del poder estructuras curriculares o pautas para todos los establecimientos educativos, puesto que el oxígeno y las puertas y ventanas abiertas de par en par es requisito indispensable para el progreso científico y el consiguiente nivel de excelencia.

Una vez comprendido lo anterior, es importante percatarse de que las personas que nunca vieron una planilla fiscal son las que más pagan impuestos cuando los contribuyentes de jure se hacen cargo de altos gravámenes, puesto que al contraer sus inversiones disminuyen las tasas de capitalización que es la única causa de salarios e ingresos en términos reales, por tanto, el peso principal de los tributos recae sobre los contribuyentes de facto, los más pobres ya que un peso para un pobre no tiene el mismo significado que un peso para un rico.

Habiendo dicho lo anterior, se sigue que no hay tal cosa como educación gratis y que las instituciones estatales de educación constituyen una injusticia y una carga para las personas más pobres. Como la denominada “educación gratuita y estatal” es la vaca sagrada del momento, puede que la ficción continúe pero alguna vez será necesario hacer un alto en el camino y vislumbrar que se basa en falacias sustanciales y que no puede educarse para libertad y la independencia de criterio en base a la coacción, lo cual se acerca en definitiva al adoctrinamiento que es la antítesis de la educación en cuya situación se termina enseñando en que debe pensarse en lugar de ejercitarse en como pensar, a cuestionar y a criticar.

Proteger y cuidar las características educativas es el prerrequisito para liberar energías creativas que cambien el clima político opresivo. Cuando se declara que determinados fulanos deben “juntarse para ver que país queremos” se están sentando los cimientos para el establecimiento de un sistema autoritario puesto que solo la más amplia libertad puede producir resultados de excelencia. En esta línea argumental, cito una vez más al marxista Antonio Gramsci que desde el otro lado del mostrador tenía mucha razón al aconsejar que se “tome la cultura y la educación, el resto se da por añadidura”.

Los hay quienes con la mejor buena voluntad confunden lo intelectual con lo político y carecen de cintura política por lo que pretenden dejar de lado lo que en realidad sucede y abandonan los territorios que cuentan con mayor apoyo electoral para defender lo defendible al momento, por ejemplo, la libertad de prensa y la independencia de la Justicia aunque en lo demás dejen mucho que desear. Es que lo primero es primero: si esto no se apuntala, nada de lo demás resulta posible con lo que los desubicados políticamente se estrellan una y otra vez contra la pared, sobre todo si ambicionan la presidencia en lugar de algo más modesto y efectivo que es concentrarse en las legislaturas mientras se abren posibilidades de continuar con la batalla cultural. Como consigna Anthony de Jasay, “no es imposible poner la carreta delante de los caballos, pero es poco práctico”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

LOS LIBERALES ESTAMOS EN DESVENTAJA

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 25/1/ 19 en https://www.infobae.com/opinion/2019/01/25/los-liberales-estamos-en-desventaja/

 

Debido a que no hay de todo para todos todo el tiempo, es decir, los recursos son escasos en relación a las necesidades, se hace necesario asignar derechos de propiedad al efecto de que se coloque en las manos más eficientes para atender los requerimientos del prójimo. Quienes dan en la tecla obtienen beneficios y quienes yerran incurren en quebrantos. Los patrimonios y las rentas no son posiciones irrevocables, deben ser convalidadas permanentemente en el mercado abierto.

 

Dada esta situación, naturalmente habrá quienes tienen más éxito que sus vecinos lo cual se traduce en desigualdades de resultados, indispensables para el logro de los objetivos señalados de abastecer a los demás y al premiar a los más eficientes para tal fin se abren las puertas para maximizar las consecuentes inversiones que dan lugar a las mayores tasas de capitalización posibles que, a su turno, son las únicas causas de incrementos en salarios e ingresos en términos reales. Lo relevante en toda sociedad no es el delta entre pobres y ricos sino la mejora de todos, al fin y al cabo, como queda dicho, las desigualdades de rentas y patrimonios son consecuencia directa de los plebiscitos diarios en el mercado con las compras y abstenciones de comparar de cada cual. Por eso resulta una torpeza mayúscula que los políticos impongan “redistribuciones” puesto que significan volver a distribuir por la fuerza la distribución pacífica y voluntaria de las gentes cotidianamente en el supermercado y afines.

 

Habiendo dicho esto, ahora es menester dar otro paso en nuestro análisis para comprobar que debido a que la gran mayoría no se ha adentrado en el proceso a que acabamos de aludir, no se conforman con mejorar sino que pretenden estar al nivel patrimonial de los más eficientes sin exteriorizar los talentos y las condiciones de aquellos. Sobreviene entonces la envidia que no es el sentido de la sana emulación sino el deseo irrefrenable de arrancarle recursos a los mejores. Como no pueden ganar legítimamente los recursos adicionales a que aspiran, entonces pugnan por el manotazo y como saben que el asalto a mano armada está condenado y penado, pretenden que los aparatos estatales hagan la faena por ellos. No solo esto sino que hay empresarios con complejo de culpa por sus ganancias sin entender tampoco el proceso de mercado competitivo.

 

Asimismo, los políticos al recibir tamaño mensaje incorporan a sus plataformas electorales diversas maneras de expropiación para ganar las elecciones y así asumir el poder (y cuando aparece alguien disfrazado de semi-liberal resulta que era para ocultar otras derivaciones o para fabricar negociados). Es cierto que, como se ha indicado en reiteradas oportunidades, la democracia para ser tal demanda renovados límites al poder para que no se convierta en mayorías ilimitadas que arrasan con los derechos de las minorías en abierto conflicto con la misma esencia de la democracia, pero de todos modos en mayor o menor medida está siempre latente el riesgo señalado. Por otro parte, no hay alternativa puesto que en esta instancia del proceso de evolución cultural la otra posibilidad es la dictadura lo cual entierra todo vestigio de respeto a las autonomías individuales.

 

Entonces solo queda el camino de la educación en valores y principios compatibles con la sociedad abierta. Pero aquí surge otro obstáculo que subraya las desventajas en las que se encuentra el liberalismo ya que como, entre otros, ha escrito el premio Nobel Friedrich Hayek todo lo referido a los fundamentos de la libertad “resulta contraintuitivo”, es decir, lo primero que se infiere está mal y necesita digerirse y meditarse cuidadosamente. Esto último acentúa la desventaja de marras puesto que si bien los debates centrales se llevan a cabo en las aulas, las personas están naturalmente  inclinadas a promover medidas inconvenientes para el funcionamiento de la sociedad libre debido a lo contraintuitivo del caso. Esta desventaja es aun mayor cuando los gobiernos manipulan la educación.

 

Tremendo desafío entonces el de los liberales que parten en la carrera con marcadas desventajas. Una lucha desigual que, sin embargo, debe darse como única salida al marasmo estatista y autoritario del momento. Es sumamente alentador observar la muy gratificante reacción de alumnos cuando tienen la posibilidad de estar expuestos a tradiciones de pensamiento habitualmente poco exploradas. Estas reacciones constituyen una gran esperanza para el futuro que contrarresta la envidia a la que nos referimos más arriba que habitualmente se base en la errada noción de la suma cero sin percatarse que la riqueza no es algo estático sino dinámico y cambiante según sean las necesidades de la gente.

 

Antes he aludido al libro más conocido de Thomas Piketty en el contexto de las críticas más contundentes como son las de Anthony de Jasay, Thomas Sowell y más recientemente la de Steven Pinker. En esta ocasión pensamos que ilustra la desventaja de los liberales (ilustra el embrollo en que estamos). Se trata de comentar nuevamente  una obra menos conocida de Piketty titulada La economía de las desigualdades. Como implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza.

Abre este nuevo escrito con una oda a la justicia social como eje central de su análisis, sin percatarse que esa expresión en el mejor de los casos constituye una grosera redundancia puesto que no está presente el concepto de justicia en el reino vegetal, mineral o animal donde no hay responsabilidad individual. En el peor de los casos significa lo opuesto a la idea de justicia según la definición clásica de “dar a cada uno lo suyo”. Piketty recurre al término en  este último sentido con lo cual da por tierra con la noción de justicia para abrir cauce a las arbitrariedades de los burócratas de turno. Por su parte, Hayek agrega que el adjetivo “social” seguido de cualquier sustantivo lo convierte en su antónimo,  como, por ejemplo, es el caso del constitucionalismo social, la democracia social, los derechos sociales etc.

A continuación incurre en otro equívoco de proporciones al sostener que la “desigualdad en el empleo” fue una de las mayores causas de la desigualdad de resultados, desconociendo que el desempleo involuntario (el voluntario no es el problema) se debe exclusivamente a la imposibilidad de concretar arreglos contractuales libres como consecuencia de las mal llamadas “conquistas sociales” que imponen salarios superiores a los del mercado, es decir, superiores a los que las tasas de capitalización permiten (sin embargo, Piketty sugiere hacer esto). En otras palabras, si la desigualdad se conecta con el desempleo la solución estriba en liberar el mercado laboral de trabas e impuestos al trabajo que justifican la existencia de la economía informal al efecto de poder emplearse y no estar condenado a deambular por las calles y eventualmente morirse por inanición  por no encontrar trabajo en ninguna parte.

Sorprende en grado sumo su aseveración en cuanto a que la compilación de estadísticas es una faena complicada “respecto a la desigualdad que existió en los países comunistas, porque había muchos beneficios en especie que son difíciles de cuantificar desde el punto de vista monetario”. Las cursivas son nuestras para destacar lo de los “beneficios” en el sistema del Gulag en los que se liquidó a millones de personas por hambrunas espantosas y por fusilamientos y purgas varias, nos suena tan disparatado como hablar de los “beneficios” que se otorgaban a las víctimas de los hornos crematorios de los sicarios nazis.

Concluye que “Para Marx y los teóricos socialistas del siglo XIX, aunque no cuantificaban la desigualdad de la misma manera, la respuesta no dejaba lugar a dudas: la lógica del sistema capitalista es amplificar incesantemente la desigualdad entre dos clases sociales opuestas, capitalistas y proletarios”. A esta altura de la evolución cultural, sorprende este razonamiento puesto que todos los análisis serios han puesto en evidencia el esparcimiento de la riqueza ya desde la aparición de las sociedades por acciones y los mercados de capitales, además del incremento notable de salarios debido precisamente a los aumentos en las inversión per capita a lo que debe agregarse la improcedencia de la confrontación “de clases” en lugar de ver la antedicha cooperación entre las tasas de capitalización al efecto de incrementar salarios e ingresos en términos reales.

Encomillamos la expresión “de clase” porque si bien es ampliamente utilizada, es desafortunada ya que clase proviene del marxismo que sostenía vía el polilogismo que el proletario y el burgués tienen una estructura lógica distinta, a pesar de que ningún marxista haya explicado concretamente en que consisten esas diferencias respecto de la lógica aristotélica.

Lo que si es sumamente dañino y peligroso es la alianza reiterada entre supuestos empresarios y el poder lo cual se traduce inexorablemente en la explotación de los que no tienen poder de lobby. Esto que nunca menciona Piketty nos retrotrae al antiguo régimen en el que los ricos nacían y morían ricos independientemente de su capacidad para servir al prójimo y los pobres nacían y morían pobres y miserables con total independencia de su capacidad para atender las demandas de los demás, por lo que la movilidad social se torna indispensable.

Y es en este sentido que el autor que comentamos reitera su recomendación de establecer gravámenes altos y progresivos, lo cual, como dijimos antes altera las posiciones relativas en el mercado (contradice las indicaciones de la gente con sus compras y abstenciones de comprar), al tiempo que introduce una concepción fiscal regresiva al afectar la inversión que repercute especialmente sobre los ingresos más bajos y, por último, no solo significa un castigo a la eficiencia sino que privilegia a los más ricos que se ubicaron en el vértice de la pirámide patrimonial antes del establecimiento del tributo progresivo que bloquea la mencionada movilidad social.

Piketty se pregunta “¿Por qué los individuos que heredan un capital deberían disponer de unos ingresos vedados a quienes sólo heredaron su fuerza de trabajo. En ausencia de toda eficiencia de mercado, esto bastaría en amplia medida para justificar una redistribución pura de las ganancias del capital de las ganancias del capital hacia los ingresos del trabajo […] ¿Acaso la desigualdad de la distribución del capital entre individuos y entre países no solo es injusta sino también ineficaz?”.

La herencia de bienes obtenidos legítimamente es el componente de mayor peso en el proceso económico puesto que incentiva en grado sumo la producción con la idea de trasmitir lo producido a las próximas generaciones. El aplicar la guillotina horizontal en este campo mina esos potentes incentivos. En el mercado resulta del todo irrelevante en nombre y el apellido de quienes poseen recursos, lo relevante y decisivo es la forma en que se administran. En la medida de la aptitud o ineptitud de los herederos incrementarán o dilapidarán lo recibido.

En esa misma cita Piketty incluye la redistribución a nivel internacional. Henos aquí un tema sobre el que han escrito profusamente autores como Peter Bauer, Melvyn Krauss, Doug Bandow y James Bovard apuntando a que los dólares sacados compulsivamente del fruto del trabajo ajeno no solo han generado subsidios cruzados sino que han facilitado que los gobiernos receptores continúen con políticas estatistas y corrupciones que provocaron los problemas de la fuga de capitales y la huída de personas en busca de horizontes mejores.

Otra vez en este libro de Piketty se pretenden adornar afirmaciones con estadísticas, algunas irrelevantes y otras mal tomadas tal como lo han señalado economistas de la talla de Rachel Black, Louis Woodhill, Robert Murphy, Hunter Lewis y Mathew Rognlie que han detectado nuevos errores gruesos en las estadísticas de Piketty. En esta línea argumental, el antes citado Pinker formula una crítica demoledora a un error más bien de colegial en la obra original de Piketty quien escribe que “La mitad más pobre de la población mundial es tan pobre en la actualidad como lo era en el pasado, con apenas el 5% de la riqueza total en 2010, al igual que en 1910”. A continuación dice Pinker que con una lógica implacable responde: “Pero la riqueza actual es infinitamente mayor que en 1910, por lo que si la mitad más pobre posee la misma proporción, es mucho más rica, no igual de pobre”.

En todo caso esta es solo una muestra de los problemas conceptuales que deben enfrentar los liberales en esta batalla cultural tan desigual por las razones expuestas en un contexto donde se interpreta equivocadamente la riqueza como algo estático sujeto a la suma cero. Así y todo el esfuerzo debe redoblarse en vista de los notables progresos realizados en varios frentes intelectuales y en vista de las grandes mejoras logradas en el pasado por sociedades en la medida en que se extendía la libertad. Es del caso enfrentar con rigor los nacionalismos que hoy invaden el mundo ahora liderados por el gobierno de Estados Unidos, pero es como ha escrito Albert Camus: “quiero demasiado a mi país como para ser nacionalista”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

 

LA ASOMBROSA ACEPTACIÓN DEL MARXISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Jean-Paul Sartre ha escrito que el marxismo todo lo impregna. A pesar de los estrepitosos fracasos, de la pobreza y miseria que generó y genera y de las horrendas matanzas y espeluznantes hambrunas que ha causado, a pesar de todo esto sus preceptos medulares siguen en pie y con variadas etiquetas se lo sigue aceptando.

 

Un buen número de intelectuales se dejaron seducir por el marxismo que recién abandonaron una vez que comprobaron de primera mano los desastres irreversibles que produce. Hoy se suele renegar de la etiqueta marxista pero se adoptan y suscriben buena parte de sus recetas, lo cual está presente en aulas universitarias, en círculos sindicales, en medios periodísticos, en ámbitos empresarios, en iglesias, en organismos internacionales financiados por gobiernos, en un número nada despreciable de los libros publicados. Incluso los hay quienes se proclaman abiertamente anti-marxistas pero incorporan sus principios.

 

Ha habido y hay fervientes revisionistas que objetan distintos aspectos del marxismo pero vuelven una y otra vez a sus ejes centrales. Aparecen marxistas edulcorados que rechazan enfáticamente la violencia sin percatarse que está en la naturaleza de todo régimen totalitario el uso sistemático de la fuerza al efecto de torcer voluntades que pretenden operar en direcciones distintas a las impuestas por los mandones de turno.

 

También ha habido casos de extraordinarios escritores que han demostrado gran disgusto por todo tipo de abusos de poder pero muy paradójicamente se han declarado comunistas, como es el caso de Tolstoi, especialmente en sus trabajos menos conocidos pero muy sustanciosos, a diferencia de Dostoievsky quien recibió influencias bienhechoras de los dos profesionales rusos becados en la cátedra de Adam Smith. Debido al sistema de privilegios que lo rodeaba, Tolstoi consideraba que la institución de la propiedad privada provenía del otorgamiento de prebendas. Tolstoi, a diferencia de Dostoievsky, no se interiorizó del rol de la propiedad privada como esenciadísimo al efecto de asignarla en las manos más eficientes para atender las demandas de la gente a través del sistema de ganancias y pérdidas.

 

En el tercer capítulo del Manifiesto Comunista escrito en 1848 por Marx y Engels se consigna el aspecto central de su tesis “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”. Si no hay propiedad privada, no hay precios, ergo, no hay posibilidad de contabilidad, evaluación de proyectos o cálculo económico. Por tanto, no existen guías para asignar eficientemente los siempre escasos recursos y, consecuentemente, no es posible conocer en que grado se consume capital. Y conviene enfatizar que los daños se producen en la medida en que se afecte la propiedad sin necesidad de abolirla.

A este enjambre crucial imposible de resolver dentro del sistema, se agrega el historicismo inherente al marxismo, contradictorio por cierto puesto que si las cosas son inexorables no habría necesidad de ayudarlas con revoluciones de ninguna especie. También es contradictorio su materialismo dialéctico que sostiene que todas las ideas derivan de las estructuras puramente materiales en procesos hegelianos de tesis, antítesis y síntesis ya que, entonces, en rigor, no tiene sentido elaborar las ideas sustentadas por el marxismo.

Esta dialéctica hegeliana aplicada a las relaciones de producción pretende dar sustento al proceso de lucha de clases. En este contexto Marx fundó su teoría del polilogismo, es decir, que la clase burguesa tiene una estructura lógica diferente de la de la clase proletaria, aunque nunca explicó en que consistían las ilaciones lógicas distintas ni como se modificaban cuando un proletario se ganaba la lotería ni cuando un burgués es arruinado y en que consiste la estructura lógica de un hijo de un proletario y una burguesa.

Las contradicciones son aún mayores si se toman los tres  pronósticos más sonados de Marx. En primer lugar que la revolución comunista se originaría en el núcleo de los países con mayor desarrollo capitalista y, en cambio, tuvo lugar en la Rusia zarista. En segundo término, que las revoluciones comunistas aparecerían en las familias obreras cuando todas surgieron en el seno de intelectuales-burgueses. Por último, pronosticó que la propiedad estaría cada vez más concentrada en pocas manos y solamente las sociedades por acciones produjeron una dispersión colosal de la propiedad tal como en un contexto más amplio hoy explican autores como Anthony de Jasay cuando critican a Thomas Piketty.

En este muy apretado resumen periodístico, cabe mencionar que la visión errada de Marx respecto a la teoría del valor-trabajo dio lugar a la noción de la plusvalía. Aquella concepción sostenía que el trabajo genera valor sin percatarse que las cosas se las produce (se las trabaja) porque se les asigna valor y no tienen valor por el mero hecho de acumular esfuerzos (por más que se haya querido disimular el fiasco con aquella expresión hueca del “trabajo socialmente necesario”).

En el primer libro que Marx y Engels escribieron juntos publicado en 1845, La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert. La obra contiene muchas aristas pero la que ahora subrayo es el materialismo de Marx (determinismo físico según la terminología popperiana) ya puesto en evidencia en su tesis doctoral sobre Demócrito.

Lenin era más sagaz que sus maestros ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución (ni en ninguna circunstancia). Por eso escribió lo que aparece en el quinto tomo de sus obras completas en el sentido que “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”. Por esto también es que Paul Johnson en su Historia del mundo moderno destaca que “Lenin nunca visitó una fábrica ni pisó una granja”.

Curiosa es en verdad la noción de los marxistas sobre la división del trabajo: Marx y Engels consignan en La ideología alemana que “en una sociedad comunista, en la que nadie tenga una esfera exclusiva de actividad sino que cada uno pueda formarse en cualquier sector que desee, la sociedad regula la producción general y por tanto me hace posible hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al atardecer, criticar después de cenar, como me apetezca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico”.

A pesar de esta visión idílica, la violencia está indisolublemente atada al marxismo. Por esto es que en el antedicho Manifiesto comunista declara que “no pueden alcanzar los objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social”. Por esto es que Marx en Las luchas de clases en Francia en 1850 y al año siguiente en 18 de Brumario condena enfáticamente las propuestas de establecer socialismos voluntarios como islotes en el contexto de una sociedad abierta. Por eso es que Engles también condena a los que consideran a la violencia sistemática como algo inconveniente, tal como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Eugen Dühring por lo que Engels escribió El Antidühring en donde subraya el “alto vuelo moral y espiritual” de la violencia.

Lo dicho no va en desmedro de la conjetura respecto a la honestidad intelectual de Marx en cuanto a que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1870 que echaba por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y a pesar de ser un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar sobre el tema central de su tesis de la explotación y solo publicó dos trabajos adicionales: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de Paris.

Parte de la  tesis de esta nota estriba en que, mal que les pese a «los progres» y a los «fachos», la manía de identificar una postura intelectual por la localización geográfica de derecha e izquierda presenta una falsa disyuntiva.

La representación más fuerte de las derechas está constituida por el nazi-fascismo. En los hechos, Hitler tomó cuatro pilares del marxismo: la teoría de la explotación, el ataque a la propiedad, el antiindividualismo y la teoría del polilogismo. Por su parte, Mussolini fue secretario del Círculo Socialista y colaboró asiduamente en el periódico Avenire del Lavoratore, órgano del movimiento socialista, época en que sus lecturas favoritas incluían a George Sorel, Kropotkin y la dupla Marx-Engels. Luego fue colaborador del diario Il Populo y director de Avanti. Tal como consigna Gregorio De Yurre en Totalitarismo y egolatría , «era la figura más destacada y representativa del ala izquierdista del marxismo italiano».

En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo respecto del marxismo que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente.

Entre los autores que han enfatizado las similitudes y parentescos de la izquierda y la derecha se destaca nítidamente Jean-François Revel, quien en La gran mascarada apunta: «No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no sólo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales».

Tengamos muy presente lo que señala el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with a Human Face : «Aplíquese marxismo a cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final». Respecto de la social democracia de Eduard Bernstein conviene subrayar que a pesar de su revisionismo respecto de Marx, insiste en el redistribucionismo que significa reasignar factores productivos desde las áreas preferidas por los consumidores hacia las deseadas por los aparatos estatales, con lo que el consiguiente derroche de capital reduce salarios e ingresos en términos reales. La actual quiebra de los llamados «sistemas de seguridad social» coactivos en distintas partes del mundo, los desplantes del sindicalismo compulsivo, la maraña y caos fiscal son el resultado de la antedicha visión, que termina empobreciendo a quienes se dice se desea proteger y la destrucción del derecho a manos del pseudoderecho, son algunos de los resabios marxistas.

Es de interés remontarse a Marx y tomar su noción de ideología como algo enmascarado, un engaño que oculta otros intereses, por ende, en este contexto, se trata de algo falso que encubre intenciones espurias. En esta línea argumental, toda cultura sería ideológica excepto la marxista que sería transideológica. En un sentido más amplio y de acepción más generalizada, un ideólogo es aquel que profesa un sistema cerrado, terminado e inexpugnable. En otros términos, lo contrario al liberalismo que, por definición, está abierto a un proceso de constante evolución.

Es así que, en definitiva, la tesis marxista, crítica de la ideología y de la religión (“el opio de los pueblos”) se convierte en una ideología y en una caricatura de religión con dogmas, creencias y ortodoxias no susceptibles de revisarse y los que han  pretendido alguna oposición han sido condenados severamente como herejes. Una propuesta cerrada y terminada que debe tomarse en bloque.

En todo caso, es pertinente detectar la conexión entre ideología y violencia, puesto que el peligro es enorme de cazas de brujas cuando se considera que se posee la verdad absoluta y se busca el poder. El adagio latino lo explica: ubi dubium ibi libertas (donde no hay dudas, no hay libertad puesto que se sabe a ciencia cierta donde dirigirse sin necesidad de sopesar alternativas ni decisiones).

Es muy fácil para el ideólogo deslizarse hacia el uso de la fuerza “para bien de la humanidad” aun destrozando las libertades del hombre concreto. Si está todo dicho y es la verdad absoluta hay una tentación para imponerla y excomulgar a los no creyentes. Son seres apocalípticos que pretenden rehacer la naturaleza humana y a su paso dejan un tendal de cadáveres. Son “redentores” que aniquilan todo lo que tenga visos de humano. Son militantes (esa palabreja espantosa que usan algunos desprevenidos) que obedecen ciegamente los dictados de sus dogmas y consignas tenebrosas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.