Otra vez el error de atar precios a las ganancias


Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 23/10/2
en: https://www.infobae.com/opinion/2021/10/23/otra-vez-el-error-de-atar-precios-a-las-ganancias/

Los precios surgen de la interacción entre la oferta y la demanda de un bien o servicio. Cuando el Estado interviene se entronizan los desequilibrios

Roberto Feletti, secretario de Comercio Interior

En mi columna de la semana pasada sobre el concepto de la demanda de dinero anuncié que continuaría con el tema en esta oportunidad, pero como apareció otro asunto más urgente postergo lo anterior. A veces parecería que el tiempo no transcurre y las experiencias no se toman en cuenta. Nuevamente irrumpe la sandez de sostener que la evolución de los precios depende de los márgenes operativos, por lo que funcionarios se dedican a controlar que estos últimos sean “razonables”. Otra vez el absurdo del “agio y la especulación” de raigambre peronista.

Un tema que hace a la introducción a la economía consiste en describir el proceso en el que tienen lugar los precios de mercado que en el contexto mencionado se traduce en que surgen debido a la oferta y la demanda del bien o servicio en cuestión. Si hay diez zanahorias y cuarenta demandantes el precio se ubicará a un nivel tal que permita colocar las diez verduras, esto significa que el precio limpia el mercado: a ese precio no hay sobrantes ni faltantes. Si los megalómanos del aparato estatal colocaran el precio a un nivel inferior faltará el producto y si lo establecieran en un punto superior habrá sobrantes. Y esto no tiene nexo causal alguno con las respectivas ganancias o eventuales pérdidas, como queda dicho, el precio hace que oferta y demanda se igualen. Es no entender nada de nada el mantener que el precio debe surgir de la relación con ciertos márgenes operativos. Por otra parte nadie garantiza ganancias, el precio puede traducirse en quebrantos o en beneficios puesto que este asunto va por cuerdas separadas.

Por esto es que resulta tan delicado e importante el sistema de precios y por eso es tan relevante no seguir ejemplos como los aberrantes que exhiben los autócratas venezolanos donde naturalmente no hay medicamentos ni alimentos suficientes por lo que le miseria más espantosa es solo digna de la isla-cárcel cubana y el esperpento de Corea del Norte.

Cuanto más se necesita de un bien mayor es la necesidad de respetar los precios libres (en realidad una redundancia puesto que los precios no libres son simples números que la autoridad impone sin significado económico). Cuando hay problemas graves en el mercado inmobiliario quiere decir que los burócratas metieron la nariz, cuando hay faltantes de medicamentos o alimentos también es debido a la arrogancia de gobiernos que el lugar de permitir la información dispersa y fraccionada que conectan los precios, en lugar de eso concentran ignorancia los sujetos colocados en diversas reparticiones estatales.

Control de Precios Cuidados

Ilustro lo dicho con lo que sucedió mientras vivía en Guatemala con mi familia cuando fui profesor invitado en la Universidad Francisco Marroquín. Hubo un terremoto de características devastadoras con lo que se destruyeron innumerables departamentos y casas, con la literal desaparición de pueblitos enteros. Poco antes ocurrió algo similar en Nicaragua aunque de proporciones menores. En todo caso, en este último país el gobierno decidió el control de alquileres y precios de viviendas “para las destinadas a personas de menor poder adquisitivo” y liberaron los precios “para las que podían comprar los ricos”. Resultado: se creó un estado de permanente faltante para las personas más vulnerables mientras que en el mercado de las viviendas de lujo se ajustó oferta y demanda. Es que luego de un terremoto se liberen o no los precios habrá gente a la intemperie pero la diferencia sustancial estriba en que si se liberan atraen a inversores para la construcción lo cual no ocurre si los precios se estancan como si no hubiera habido terremoto. La gran diferencia con Guatemala es que allí los precios quedaron libres de entrada para todos los segmentos, lo cual permitió una notable y rápida reconstrucción.

Antes me he referido al ejemplo que utiliza el periodista estadounidense John Stossel para explicar el rol de los precios. Nos invita a que imaginemos un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola de un supermercado. A continuación nos dice que cerremos los ojos y prestemos atención desde el inicio del proceso que permitió la existencia de ese producto. Vamos entonces en regresión. Primero los agrimensores calculando espacios en el campo, luego los alambrados y postes, por ejemplo, con especial atención a lo que remite esto último: el sembrado de árboles y la tala que insume períodos de muchos años, los transportes, las empresas para producir esos rodados, las cartas de crédito etc. etc. Sigue el periodista mencionado los tractores, las cosechadoras, los fertilizantes, los plaguicidas, los caballos, las riendas y monturas, las fábricas para todo ello y sus implicancias, el ganado, la industria del plástico para los envoltorios y tantas otras herramientas y asuntos a considerar. Nos dice Stossel que tengamos muy en claro en este proceso hay cientos de miles de personas que cooperan entre sí aunque cada una de ellas está solo concentrada en sus faenas específicas y no tiene conocimiento ni conciencia de todos los mecanismos que se llevan a cabo en paralelo o secuencialmente en los otros muchos sectores. Todo está coordinado por los precios de mercado, pero cuando aparecen los mandones del momento y afirman que “no puede dejarse el asunto liberado a la anarquía del mercado” se entronizan los desequilibrios y desajustes que terminan con que no hay celofán, ni carne, ni góndolas ni supermercados y todo se convierte en una noche horrible de conflictos insalvables.

Tengamos en cuenta que desde hace cuatro mil años -desde Hamurabi- que vienen provocando estropicios los controles gubernamentales de precios lo cual ha ocurrido una y otra vez en nuestro país. Es momento de percatarse de estas experiencias fallidas y tomar libros elementales de economía al efecto de abandonar tanta insensatez que hace sufrir a todos pero muy especialmente a los más necesitados.

Cuando era Secretario de Comercio, Alfredo Espósito nos invitó a un grupo de once personas críticas de la gestión y conexos a un almuerzo en esa repartición al efecto de exponer nuestras objeciones de política económica “con toda libertad”. Cuando me tocó el turno de hablar manifesté que antes que nada debía cerrarse esa Secretaría, frente a lo cual el doctor Espósito carraspeó y se produjo un silencio en la mesa hasta que se cambió de tema. A la salida Horacio García Belsunce -por entonces presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas- me dijo “estoy de acuerdo Alberto con tu propuesta pero evidentemente no has nacido para diplomático”. En las circunstancias actuales, vuelvo a hacer la misma propuesta.

Si se trata de lanzar inspectores a las calles para hostigar y controlar a los comerciantes y en general a los que producen tal como una vez más se ha dispuesto, es mejor dirigirlos al Banco Central por la hemorragia de emisión y al ministerio de economía para frenar tanto desatino. En el caso argentino, la tremenda inflación que se padece es reprimida por los embates absurdos del aparato estatal en precios y tarifas, el verdadero guarismo será mucho peor cuando se destape la olla.

Esta orgía de controles está en sintonía con lo que viene bregando el Papa Francisco desde que asumió. El 16 del mes que corre consignó en Twitter: “A las grandes corporaciones alimentarias, pido que dejen de imponer estructuras monopólicas de producción y distribución que inflan los precios y terminan quedándose con el pan del hambriento”. Por lo que exhibe una vez más su desconocimiento de todo el proceso económico y las virtudes de mercados abiertos, especialmente para los más necesitados.

Esto no sorprende pues cuando le preguntaron si es comunista respondió que “son los comunistas los que piensan como los cristianos” (Roma, La Reppublica, noviembre 11, 2016) y en Evangelii Gaudium escribe que “animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: ́no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos´”.

Se trata de San Juan Crisóstomo que además de tener una idea atrabiliaria de la propiedad era un antisemita rabioso que con el título de Adversus Judaeos escribió que los judíos “son bestias salvajes” que son “el domicilio del demonio” y que “las sinagogas son depósitos del mal” para quienes “no hay indulgencia ni perdón”. Descuento que el Papa está imbuido de las mejores intenciones pero lo relevante son los resultados de sus consejos, insistir que “el mercado mata” sin percatarse que el mercado somos todos y que desde el Vaticano cotidianamente se adquiere todo lo que se necesita por esa vía y sostener que “el dinero es el estiércol del diablo” sin conectar con el Banco del Vaticano es no tener presente la realidad más elemental y en su persistente redistribucionismo (para otros) no parece tomar en cuenta los Mandamientos de “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos.”

El problema medular por el que se insiste en esto de atar el precio a las ganancias radica en el desconocimiento de la teoría del valor. Incluso Marx mostró honestidad intelectual cuando en 1871 Carl Menger desarrolló la teoría que dio por tierra con la teoría marxista del valor trabajo y la plusvalía (o la versión modificada del costo de producción). Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que en 1871 había completado la redacción de los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y a pesar de ser un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar sobre el tema central de su tesis de la explotación y solo publicó dos trabajos menores adicionales: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de París.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Bastiat y la competencia

Por Gabriel Boragina Publicado el 15/7/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/07/bastiat-y-la-competencia.html

 

Hay autores que -en el tiempo- nos producen admiración por su agudeza de observación intelectual y su perspicacia. Uno de esos extraordinarios ejemplos es el de Frederic Bastiat, cuya asombrosa pluma supo combinar una suspicacia brillante con una fina ironía y, de paso, nos revela la antigüedad de los debates que -aun hoy día en nuestra época- acaloraron los ánimos más exaltados. Uno de esos temas (que en nuestro tiempo seguimos discutiendo casi en los mismos términos en que Bastiat los plantea) es el de la competencia. Veamos:

«En todo el léxico de la economía política no hay otra palabra que haya provocado más la ira de los modernos reformadores del mundo que: la competencia, o como se la suele determinar con mayor precisión para hacerla más odiosa, la competencia anárquica. ¿Qué significa competencia anárquica? No lo sé. ¿Qué se quiere poner en su lugar? Lo sé menos aún. Oigo, es cierto, que me gritan: ¡Organización! ¡Asociación! ¿Pero qué quiere decir eso? Debemos entendernos de una vez por todas. ¡Debo saber perfectamente qué clase de autoridad estos escritores quieren ejercer sobre mí y sobre todo el mundo! Porque, en efecto, yo reconozco sólo una, la de la razón.»[1]

Hoy en día -y si bien aún se habla de la competencia «anárquica» como en tiempos de Bastiat- se ha popularizado otra que -al fin de cuentas- viene a ser equivalente: competencia «salvaje». Respecto de ambas, podríamos formularnos los mismos interrogantes que se hacía Bastiat en su época.  No obstante, las preguntas que se plantea a si mismo Bastiat, son meramente retóricas. Él sabía muy bien a que se referían aquellos que acusaban a la competencia de «anárquica». Hoy se sigue contendiendo a la «anarquía del mercado» como si este fuera una entelequia sin gobierno alguno ni control de ninguna índole. Conforme nos explica Bastiat, la misma idea era la que campeaba entre sus contemporáneos, lo que nos permite advertir los antecedentes remotos de las aspiraciones colectivistas y dirigistas. Bastiat lo expresa con su acostumbrado lenguaje vívido:

«¡Adelante! ¿quieren privarme de mi derecho a valerme de mi juicio cuando se trata de mi propia existencia? ¿Quieren impedirme evaluar por mí mismo la retribución que me corresponde por mis servicios? ¿Quieren obligarme a obrar como a ellos les agrade, y no como a mí me parezca? Si me dejan mi libertad, sigue en pie la competencia. Si me la quitan, no soy más que su esclavo.»[2]

Bastiat identifica la libertad con la competencia. Para él se tratan de sinónimos. A tal punto que nos dice que si se elimina la competencia se pierde la libertad y nos convertimos en esclavos. Esto es de suma actualidad en tiempos presentes donde -como gran novedad- se dictan profusas legislaciones con el título ostentoso de «defensa de la competencia». Bastiat seguramente nos diría que defender la competencia es no otra cosa que defender la libertad. Pero ¿es que acaso existe la necesidad y alguna ley que defienda la libertad más allá de lo que la propia Constitución política de un país pueda reconocer? Paradójicamente, el análisis de los textos legales que dicen tener como objetivo la «defensa» de la competencia nos permiten ver que, de aplicarse obtendrán el resultado inverso: el ataque abierto a la competencia y la disminución paulatina de la misma.

«La asociación, dicen, será libre y voluntaria. ¡Magnífico! – pero entonces cada asociación guardará con las demás la misma relación que hoy guardan los individuos entre sí, y seguiremos teniendo la competencia. – La asociación será universal -. Eso ya pasa de broma. La competencia anárquica hunde en la miseria a la sociedad humana, y para remediar este mal, ¿hemos de esperar hasta que todos los seres humanos, franceses, ingleses, chinos, japoneses, cafres, hotentotes, lapones, patagones, se avengan en someterse a una de las formas de asociación inventadas por vosotros?»[3]

Plantea aquí Bastiat lo que se podría afirmar como una verdad de Perogrullo. Si las asociaciones que se proponen serán libres y voluntarias, entonces no hay nada que objetar, porque -por carácter transitivo- se regularán por si mismas, de análoga manera que los individuos espontáneamente se regulan por si mismos en sus relaciones con sus semejantes. Y, de idéntico modo que cada individuo compite con su semejante (lo quiera o no) cada asociación competirá con la otra. Será bueno recordar en este punto que la competencia -como ya lo sabía Bastiat- es un fenómeno inexorable de la naturaleza, que viene dado en razón de otro hecho innegable: el de la escasez de los recursos económicos en relación a las necesidades humanas. Nos vemos obligados a competir por dichos recursos, por la sencilla razón de que en la naturaleza no existe nada en cantidades suficientes para todo el mundo.

Bastiat ironiza en la cita con respecto a la contradicción entre la idea de una asociación universal que -a la vez- fuera «libre y voluntaria». Resulta obvio que si se pretende que sea universal esto se opone a tal presumida libertad y voluntariedad de ingreso y de salida.

«Pero que andéis con ojo: con eso confesáis que la competencia no puede destruirse; ¿y querréis acaso afirmar que un fenómeno indestructible, es decir, que pertenece a la naturaleza misma de las cosas, pueda ser un mal?[4]

Tal vez en este párrafo Bastiat se refiera implícitamente a la cuestión de la escasez a la que hicimos alusión más arriba. Nosotros (en otra parte) hemos diferenciado la competencia como un hecho y como un derecho. Bastiat, no obstante, parece estar hablando de la primera. Brevemente, nuestra idea al hacer tal distinción es que la competencia -sin perjuicio de ser un hecho infalible de la naturaleza- cuando se circunscribe al campo humano se torna en un derecho, no creado por la ley, sino reconocido por ella. Como un hecho de la naturaleza, la competencia no puede ser tenida por un mal, ni tampoco como un bien, dado que con ello entraríamos en un plano ético o jus-valorativo, propios precisamente de la ética o bien del derecho, donde si caben esas valoraciones.

1 Frédéric Bastiat «LIBERTAD COMO COMPETENCIA». Este artículo pertenece a su libro «Armonías Económicas», publicado en el año 1849.

[2] Bastiat, ibidem.

[3] Bastiat, ibidem.

[4] Bastiat, ibidem.

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.