“Vamos a volver”

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/11/vamos-volver.html

 

“Vamos a volver” es el cántico de los adherentes al partido peronista. Es una adaptación más reciente del creado a fines de los sesenta y comienzos de los setenta que decía “Luche y vuelve” en alusión al General Juan D. Perón entonces confinado en su exilio en España. Es decir, el “Vamos a volver” no es una creación reciente, ni se aplica solamente a la actual coyuntura política, sino que es más una declaración de principios del peronismo. Y podría decirse que les ha ido bien con esa muletilla constante y tediosa, porque siempre han vuelto. Volvió Perón de su largo exilio y fue ungido con una tercera presidencia, y luego de Perón volvieron sus “muchachos peronistas” una y otra vez al gobierno.
Pero más allá de sus vueltas al gobierno argentino, todas ellas para quedarse largos años disfrutando del poder, el “Vamos a volver” tiene un significado más profundo todavía, porque es una fe de dogmas que ya se han hecho parte de la historia política del país. Es volver al pasado. En Argentina no es un “Vamos hacia el futuro”, “vayamos hacia adelante”, “al porvenir”. No. Es “Vamos a volver” ¿a “volver” adonde?
Sólo se puede volver al pasado, a la década fascista del 40 cuando el peronismo trepa al poder y comienza una obra destructiva que llega hasta nuestros días. Es esta Argentina, la Argentina que siempre está diciendo “Vamos a volver”… hacia atrás, hacia el atraso, hacia la pobreza, hacia la miseria, hacia lo que nunca funcionó en ninguna parte del mundo.
Por eso Argentina no crece, no se levanta, no asciende, porque siempre está volviendo, ayer como hoy volver hacia el único punto donde se puede volver… hacia atrás. Todo eso está plasmado y queda representado por el famoso cantito “Vamos a volver”, que entonan hoy con alegría los de ayer y hoy “muchachos peronistas”.
Entonces, la filosofía política argentina es un eterno retroceder que está representado por la facción peronista. Y siempre me he negado a los distintos “ismos” que se han querido formar con los apellidos de sus dos últimos personajes (Menem y Kirchner) porque el único “ismo” válido es el del fundador del partido (J. D. Perón) y que los discípulos no sólo han dicho profesar lealtad a su líder, sino que han querido “adaptar” sus ideas dirigistas a épocas “modernas” y a las coyunturas en las que les tocó gobernar.
Como acertadamente se ha dicho muchas veces, la “lógica” del peronismo ha sido y es la del poder por el poder mismo. Por eso Perón fue fascista durante sus dos primeros gobiernos (donde gritaba “¡Ni yankees ni marxistas, peronistas!”) pero debió “tolerar” a la izquierda dentro de su movimiento durante su tercer periodo.
Por análogos motivos y para mantenerse en el dominio, Menem se vio forzado a autorizar medidas económicas (por caso privatizaciones monopólicas y oligopólicas) que jamás había aceptado antes de llegar a la presidencia de la nación, pero la coyuntura económica existente al momento de su arribo al gobierno no le dejaban margen alguno para aplicar el populismo abiertamente fascista del fundador de su partido y en el cual él verdaderamente creía. Debió ser pragmático. Y también, por el mismo motivo el matrimonio Kirchner tuvo -para conseguir mantenerse en el gobierno- que aplicar las recetas contrarias a las que había tomado su predecesor partidario quien -a ese tiempo- había ganado alguna creciente impopularidad.
De la misma manera que Menem debió dar cierto giro hacia la “centro-derecha” como se decía, los Kirchner tuvieron que hacerlo hacia la “centro-izquierda” conforme se discutía entonces. Todo (para tanto en un caso como en el otro) no perder ni un gramo de autoridad. Es decir, siguiendo la lógica del líder y fundador del partido.
La constante en el peronismo y de estos personajes siempre fue la de “El fin justifica los medios” (Maquiavelo) y como “el fin” es fue y es el poderío, los medios han de adaptarse a esos fines, si es necesario se habla de “Economía popular de mercado” (Menem) o de su contrario (Kirchner y “Sra.”). Todo vale en y dentro del peronismo cuando de lograr y mantenerse en la cúspide del poder se trata.
Y desde luego, la democracia cae dentro de la misma “lógica”; es para ellos sólo un mecanismo formal para acceder a esa cima política que tanto anhelan, por la cual luchan en forma constante sean gobierno u oposición. Y esta última palabra es clave: el peronismo esta tan acostumbrado a gobernar (a su antojo) que siendo la primera vez que debió ser oposición en el gobierno de Macri, no supo serlo más que de la manera en que ellos siempre han accedido y permanecido en el mando: conspirando y saboteando cualquier medida que tome alguien que no perteneciera al “movimiento” y al que circunstancialmente le toque gobernar. Prescindiendo de las torpezas, errores y desconocimientos propios de los gobiernos de Alfonsín y de De la Rúa también lo hicieron con estos anteriormente, si bien con mayor éxito que con el presidente Macri.
Pero regresando al punto inicial, el “Vamos a volver” es ya casi como una “filosofía” de toda la Argentina. Es como un compromiso con el pasado, con todo lo retrogrado, con todo lo que paraliza e inmoviliza, con una actitud sociológica que impide a los argentinos crecer. Una visión psico-filosófica de un constante mirar hacia atrás y ambicionar un pasado de autoritarismo, de pobreza, de estancamiento.
Una actitud enfermiza de una sociedad enferma en lo más profundo de su ser. Todo eso la Argentina lo sintetiza en el “Vamos a volver” peronista, porque el peronismo se ha infiltrado hasta en las fibras más íntimas del ser nacional, se milite en el partido que se milite, todo está impregnado de peronismo, es decir de retraso, anacronismo, primitivismo, tribalidad en su más áspera expresión. Eso es -hoy por hoy- la Argentina en la que se vive. ¿Qué futuro le espera a una nación que en lugar de aspirar al porvenir sólo repite y ansia el “Vamos a volver”? Y -paradójicamente- quienes corean como loros “Vamos a volver” se llaman a sí mismos progresistas ¿alguna vez se ha visto incoherencia mayor?

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

El anacronismo del socialismo y de la política de control de costos

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 3/12/13 en:

http://economiaparatodos.net/el-anacronismo-del-socialismo-y-de-la-politica-de-control-de-costos/

 

Los cambios en el equipo económico del Gobierno dieron aún más trascendencia mediática a las políticas e ideas de Kicillof. El nuevo ministro de economía se define así mismo como marxista y keynesiano. Tampoco ha guardado energía en criticar a las “teorías ortodoxas”, sea lo que sea que Kicillof entienda por ortodoxia económica. Si sus actos algo sugieren, es un corte marxista más que keynesiano. Confiscaciones como las hechas a Repsol-YPF y la política de controlar la economía a través de grandes planillas de costos tiene bastante más de marxista que de keynesiano. Es importante, sin embargo, distinguir entre el socialismo de inicios del siglo XX y el socialismo actual. El retroceso que el último ha visto frente a los argumentos en defensa de economías libres no es menor; al punto tal la política de Kicillof de controlar los precios es peligrosamente anacrónica.

 

En 1920 Ludwig von Mises publica un artículo crítico al socialismo que iniciaría un debate de varias decadas sobre la viabilidad de las economías centralmente controladas. Si bien es cierto que Mises no fue el único en realizar este argumento, fue su artículo el que sacudió la postura socialista. Por socialismo se entiende una comunidad donde, si bien los bienes de consumo pueden ser privados, no existe propiedad privada sobre los factores de producción. El argumento de Mises es simple pero certero: Ante ausencia de derechos de propiedad en los factores de producción no es posible realizar el cálculo económico de ganancias y pérdidas. Por supuesto, una sociedad pequeña como una familia o una pequeña tribu puede organizarse sin un sistema de precios, pero este ya no es el caso de las grandes sociedades sobre la que se centraba el debate del cálculo económico en el socialismo. La Unión Sovietica, por ejemplo, logró mantenerse a flote permitiendo operar a los mercados negros y observando los precios de otros países para realizar sus propias planificaciones. Es decir, lo pco que funcionó la Unión Soviética se lo debe al sistema al que tanto se oponían. En China comunista las hambrunas eran tan graves que, a pesar de serias pena de cárcel, grupos de agricultores decidieron no obstante firmar un acuerdo secreto por el cual iban a resguardar parte de la producción para ellos mismos en lugar de distribuirlo según los planes centrales. La donación al estado pasó a ser como un impuesto, quedando el resto para el propio productor. El acuerdo obligaba a la comunidad a hacerse cargo del cuidado de la familia de quien fuese capturado por el gobierno. El éxito del este experimento de mercado hizo que el gobierno Chino decidiese dejarlo expandirse en las sombras dando origen a la revolución en la economía China que todavía hoy sorprende a no pocos. El gobierno Chino encontró en este sistema incipiente de mercado una solución a las hambrunas que el planeamiento central no podía solucionar. Vale la pena resaltarlo, los problemas en la Unión Soviética y China comunista no era en al producción de bienes de lujo para unos pocos, era en al producción de bienes tan básicos y necesarios como alimentos.

 

Uno de los tantos problemas de la obra de Marx y Engels es que no ofrece una descripción de cómo funcionaria la sociedad post-capitalista. El marximo es silencioso en uno de los puntos más importantes. Aquellos que se atrevían a hipotetizar sociedades socialistas eran denominados “utópicos.” Si bien los utópicos se atrevieron a pensar cómo funcionaría una sociedad socialista, obviaron el problema de la coordinación social a gran escala. Este fue le punto de critica de Mises, que no es otra cosa que una aplicación de la lección número uno del primer curso de economía: Buenas intenciones no garantizan buenos resultados. Las políticas públicas y económicas deben analizarse por sus resultados, no por sus intenciones. El argumento de Mises fue tan certero que el socialismo tuvo que modificar sus argumentos.

 

Luego de Mises, el socialismo ya no podía evitar referirse al problema económico, por lo que la estategia fue argumentar que el socialismo es posible si asumimos que tenemos información perfecta. Es de este debate de donde proviene el supuesto de información perfecta tan común en los manuales de economía aún hoy día. Este fue el argumento al que se enfrentó Hayek quien, con cierto sentido común, re-preguntó ¿información perfecta provista por quién exactamente..? Es decir, asumir información perfecta es asumir la solución del problema. Seguramente Kicillof no puede recurrir al supuesto de información perfecta para completar la gran planilla de costos de la economía Argentina. El problema, aclara Hayek, no es que la información este ahí afuera en el mercado esperando a ser capturada, sino que esa información surge del mismo proceso de mercado. Eliminar el mercado es eliminar también la información necesaria para la coordinación de mercado. Este es el dilema que presenta Mises y Hayek repite. Mirar los precios de otros países no sólo es hacer trampa al sistema que se dice defender, sino no preciso dado el diferente marco institucional. Cuando, por ejemplo, el equipo económico habla de regular las rentabilidades para que sean “normales” o “aceptables”, ¿se tiene en cuenta el reisgo agentino, es decir, el “riesgo Kicillof”? La rentabilidad de las empresas en Canadá o Suecia poco tienen que ver con las condiciones institucionales argentinas.

 

Si pensamos en el socialismo hoy día, la imagen es muy distinta a la del socialismo de la época de Mises y Hayek. Salvo excepciones, el socialismo se ha retirado a una posición donde se deja al mercado operar y se corrige de manera marginal al sistema “problemas” de distribución del ingreso; o el estado de bienestar ofrece servicios sociales como educación, pensiones y salud pública. Este es un socialismo muy distinto a la versión donde no se permite la propiedad privada de los factores de producción. El socialismo acepta que el mercado libre no es perfecto, y asume que los socialistas son los suficientemente inteligentes como para corregir los erroes. Los defensores del libre mercado tampoco creen que el mercado sea perfecto, pero son más humildes al momento de creerse con el conocimiento necesario para corregir imperfecciones inevitables del mundo en el que vivimos. En palabras de Hayek, el socialismo, si bien en notable retirada desde principios del siglo XX, aún sufre de pretención de un conocimento que no posee.

 

Al escuchar a Kicillof, y no pocos simpatizantes del gobierno, uno tiene la impresión de haber sido transportado por una máquina del tiempo unos cien años al pasado. El problema de anacronismo del equipo económico se transfiere a serios problemas de teoría económica. Uno de los puntos más delicados (y contraintuitivos) de principios económicos es que los costos no determinan los precios, sino que son los precios de bienes finales los que determinan los costos. Es por esto que la teoría del valor marginal es tan importante en economía. Si los costos determinasen los precios, entonces las empresas no tendrían pérdidas y no tendrían problemas cuando sus costos aumentan. Lo que el empresario debe hacer es estimar cual es la estructura de costos que puede afrontar dado los precios a los que espera poder vender su producto. Es la competencia entre empresarios la que en última instancai determina los precios de los factores de producción. Kicillof no sólo se equivoca al creer que puede controlar de manera centralizada la economía, se equivoca además al mirar los costos en lugar de los precios finales. En pocas palabras, la economía argentina está en manos de un equipo económico que entiende el proceso de mercado de manera inversa. Como en todo experimento histórico de control centralizado de la economía, el proyecto K de control de costos está determinado al fracaso.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.