Para proteger el planeta hay que cuidar la propiedad

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 12/6/17 en http://www.lanacion.com.ar/2032685-para-proteger-el-planeta-hay-que-cuidar-la-propiedad

 

 

Muchos no entienden que si cada uno cuida lo suyo, los recursos naturales también estarán protegidos, sin necesidad de que el Estado se entrometa demasiado

El objeto de esta nota no es debatir la posición del presidente de los Estados Unidos respecto del medio ambiente, basada en su contraproducente noción del mal llamado «proteccionismo», que en verdad desprotege a los consumidores, y el consecuente control estatal del comercio exterior. Tampoco aludirá a las trifulcas internas entre dirigentes políticos estadounidenses respecto del tema en cuestión. En cambio, centra su atención en los lugares comunes a los que adhieren muchos ecologistas que no atienden el rol que cumple el derecho de propiedad para preservar del mejor modo posible los recursos naturales.

A todos nos interesa el futuro del planeta, puesto que en él vivimos y nos afectan las perspectivas para el bienestar de nuestros descendientes. Sin embargo, debemos estar atentos a lo que se ha dado en denominar «la tragedia de los comunes», que puede resumirse en la siguiente idea: lo que es de todos no es de nadie. La asignación de los derechos de propiedad, en cambio, hace que cada uno cuide lo suyo. Quien no lo hace adecuadamente pierde patrimonio. Esto es importante, porque no pocos ambientalistas se basan en «el derecho difuso» y la «subjetividad plural» para intervenir en la propiedad del prójimo aunque no haya nexo causal con una lesión al derecho de quien demanda. Este canal comenzó a utilizarse después del derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín, como un modo de estatizar. Con el pretexto de cuidar la propiedad del planeta se destruye la institución de la propiedad.

Veamos el caso de la preocupación por la extinción de especies animales. Muchas especies marítimas están en vías de extinción. Esto hoy no sucede con las vacas, aunque no siempre fue así: en la época de la colonia, en buena parte de América latina el ganado vacuno se estaba extinguiendo debido a que cualquiera que encontrara un animal podía matarlo, engullirlo en parte y dejar el resto en el campo. Lo mismo ocurría con los búfalos en Estados Unidos. Esto cambió cuando comenzó a utilizarse el descubrimiento tecnológico de la época: la marca, primero, y el alambrado, luego, clarificaron los derechos de propiedad. Lo mismo ocurrió con los elefantes en Zimbabwe, donde, a partir de asignar derechos de propiedad de la manada se dejó de ametrallarlos en busca de marfil.

Respecto del agua, indispensable para la vida del hombre, el premio Nobel en Economía Vernon L. Smith escribe: «El agua se ha convertido en un bien cuya cantidad y calidad es demasiado importante como para dejarla en manos de las autoridades políticas». El planeta está compuesto por agua en sus dos terceras partes, aunque la mayoría es salada o está bloqueada por los hielos. Sin embargo, hay una precipitación anual sobre tierra firme de 113.000 kilómetros cúbicos, de la que se evaporan 72.000. Eso deja un neto de 41.000, capaz de cubrir holgadamente las necesidades de toda la población mundial. Sin embargo, se producen millones de muertes por agua contaminada y escasez. Tal como ocurre en Camboya, Ruanda y Haití, eso se debe a la politización de la recolección, el procesamiento y la distribución del agua. En esos países, por ejemplo, la precipitación es varias veces superior a la de Australia, donde no tienen lugar esas políticas y en consecuencia no ocurren esas tragedias.

En cuanto a la polución, no se trata de eliminarla por completo: respirar supone la exhalación de monóxido de carbono. Se trata de proteger los derechos de propiedad que se infringen cuando se emiten gases tóxicos en cierta escala. En este caso deben preservarse los pulmones y castigar a los infractores, tal como se hace si se arroja basura al jardín del vecino o si altos decibeles molestan al vecindario. Ahora la tecnología permite a través de remote sensoring y de tracers detectar los emisores, sean automotores, fábricas o fuentes equivalentes.

Por su parte, la lluvia ácida se traduce en precipitaciones que incluyen ácido nítrico y ácido sulfúrico provenientes de algunas industrias. Especialmente, de plantas eléctricas que generan emisiones de dióxido de sulfuro y óxido de nitrógeno, que afectan los vegetales e incorporan acidez en los ríos y lagos, con consecuencias negativas para las especies que allí se desarrollan.

El efecto invernadero, al igual que los otros casos mencionados, es controvertido. La opinión dominante es refutada por academias y científicos de peso como Robert C. Balling, Donald R. Leal, Fredrik Segerfeldt, Julian Simon, Martin Wolf, Terry L. Anderson y Ronald Bailey. Según estas opiniones, en las últimas décadas hay zonas donde se ha engrosado la capa de ozono que envuelve el globo en la estratosfera. En otras se ha debilitado o perforado. En estos casos, los rayos ultravioletas, al tocar la superficie marina, producen una mayor evaporación y, consecuentemente, nubes de altura, que dificultan la entrada de rayos solares. Esto conduce a un enfriamiento del planeta, que se verifica con adecuadas mediciones tanto desde la tierra como desde el mar.

Se sostiene también que el fitoplancton consume diez veces más dióxido de carbono que todo el liberado por los combustibles fósiles. Y que las emisiones de dióxido de sulfuro a través de aerosoles compensa la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera que produce el mencionado enfriamiento. El Executive Committee of the World Meteorological Organization de Ginebra concluye: «El estado de conocimiento actual no permite realizar predicciones confiables acerca de la futura concentración de dióxido de carbono o su impacto sobre el clima».

En cualquier caso, siempre debe tenerse muy presente el balance neto de cada medida que se adopta. Por ejemplo, al conjeturar que los clorofluorcarbonos destruyen las moléculas de la capa de ozono a causa del uso de refrigeradoras y aparatos de aire acondicionado, combustibles de automotores y ciertos solventes para limpiar circuitos de computadoras, hay que considerar las intoxicaciones que se producen debido a refrigeraciones y acondicionamientos deficientes de la alimentación, como también de los accidentes automovilísticos debido a la fabricación de automotores más livianos.

En resumen, no cabe repetir un lado de la argumentación por el hecho de que el poder de lobby sea mayor, como el que se pone de manifiesto en el Acuerdo de París. En cambio, debemos analizar con detenimiento las distintas posiciones, sobre todo cuando se trata de un tema tan delicado. A veces la arrogancia impide advertir que los cambios más radicales en el planeta tuvieron lugar antes de la Revolución Industrial, lo cual incluye las notables bajas en el mar (se podía cruzar a paso firme el estrecho de Bering y las especies y las temperaturas se modificaron grandemente).

En estos debates es necesario prestar atención a los diversos andamiajes analíticos y despejar telarañas mentales. Tampoco encerrarse en la creencia de que los aparatos estatales deben intervenir, apartándose de su misión específica en una sociedad libre en relación con la protección de los derechos de propiedad. En este contexto, cuando hay lesiones a los derechos, los responsables deben ser penados. Si el Estado se entromete en otras direcciones, habrá desajustes y arbitrariedades. Esperemos que no ocurra, como apunta Gustave Le Bon: «No es más fácil discutir con el poder de las muchedumbres que con los ciclones».

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Demandas que degradan

Por Eduardo Filgueira Lima. Publicado el 13/10/16 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2016/10/13/demandas-que-degradan/#.V_9sZdlKJOE.facebook

 

De acuerdo al criterio de Malena Galmarini (hay otros proyectos en danza) referido a que debería haber un cupo del 50% para cubrir en cargos electivos por mujeres -no siendo de ninguna manera misógino, sino por el contrario muy respetuoso de la mujer y sus derechos-, pienso que:

1) la propuesta degrada a la mujer porque la impone por obligación legal y no por sus méritos,

2) con el mismo criterio cualquier minoría grupo, o secta (o llámeselo como se quiera), podría pretender tener un cupo: ¿porque no un cupo para los ambientalistas, o para los gay o para los musulmanes, o para los judíos, o para las comunidades originarias.. ?????, y la lista sigue…… todos merecedores de mi respeto y consideración,.. pero no por ello de un cargo público.

Estos proyectos “imponen” derechos de sectores, grupos o facciones que se sienten que “deben” de acceder a lo que desean por imposición.

Estas imposiciones desatienden a muchos que tienen mejores condiciones y desalientan el camino del mejoramiento personal, como el de la sociedad.

Los derechos de ellos parecen estar así por encima de los derechos de los demás. Y sabemos que en países de medianos a bajos ingresos y con bajas oportunidades, la perspectiva de imponerse a través de la carrera política luce como una oportunidad muy atractiva.

Con proyectos de este tipo se desmerece la meritocracia y que ocupen los cargos de gobierno aquellos que más méritos tienen para ello (aunque reconozco que ya bastantes ineptos hay que ocupan bancas, cargo, funciones, etc. sin mérito propio y por solo ser militantes, avivados, amigos o parientes de funcionarios o políticos de turno).

El proyecto del cupo femenino 50% impone sin tener en cuenta los valores, ni la capacidad de quienes deberían ocupar esos cargos. Ello da como resultado una menor perspectiva de mejorar el gigantesco e ineficiente estado que tenemos y mayores para caminar hacia una democracia plagada de estupidez.

Por otro lado -y esto queda oculto en la discusión- existe un tema que atañe a la filosofía política: ¿Que es más importante (o debe priorizarse) en una democracia para que un país logre los objetivos que la misma supone: respetar los derechos individuales o superponer a ellos los derechos sociales?,.. digo esto porque se habrá notado que existe una notoria contradicción entre ambos.

Los derechos individuales son el resultado de miles de años de evolución de la humanidad, y se consagran institucionalmente porque son útiles a la convivencia y cooperación entre los hombres para alcanzar sus objetivos. Por ello son derechos universales, que luego son legitimados por la legislación y ninguno de ellos (salvo el derecho a la vida) son derechos absolutos.

Por otra parte existen otros bienes cuya protección y cuidado son importantes para el desarrollo de una sociedad (como la educación o la salud), por lo que se los considera de “interés público” y hacen al interés de toda la comunidad por sus consecuencias inmediatas o alejadas.

Pero determinados grupos de presión han incorporado “derechos” que solo son de interés de esos grupos específicos y que no hacen al conjunto, sino a su propia protección, lo que resultaría innecesario si se observan y cumplen los primeros.

Pero de igual forma son impuestos e incluso difundidos como prevalentes y no solo que sirvan de ejemplo para que la sociedad no solo los respete, sino también los imite y difunda, como la forma más adecuada de vida. Y aunque cada uno pueda elegir lo que desee como camino para definir sus propios objetivos de vida, la coerción que a través de estos “derechos de grupos” se ejerce resulta atentatoria de la convivencia social. Y se los trata de imponer como modelos de vida, aunque sea de interés de solo algunos, o derechos de algunos que debieran adoptar y proteger todos. Se trata de una forma de imposición de un pensamiento que supone iguales en importancia los “derechos de grupos” y los derechos individuales o los de interés público.

Si los derechos individuales (y/o los de interés público) quedan subsumidos a los grupos de interés,.. poco podemos esperar de la democracia, ya que los grupos a los que representa cada uno de los derechos sociales (inacabables e infinitos) podrá imponer su voluntad a todos!

De hecho ya sucede que facciones, o grupos para reclamar por lo que consideran sus derechos (sin ponerlos en tela de juicio) vulneran los derechos individuales que son la base de la convivencia social.

En el caso que nos ocupa: si una mujer accede a un cargo “por cupo”!,.. impide probablemente el acceso de otro que puede estar más capacitado. El resultado es que pasando por encima de uno perjudica a todos.

Este es un tema importante que incluso es motivo de grandes controversias -por posicionamientos ideológicos diferentes- cuyo debate incluye el pensamiento de muchas universidades.

Los que defendemos como base los derechos individuales -sin dejar de considerar que existen otros que son de interés público de gran importancia, pero que en todos los casos tienen límites (salvo el derecho a la vida) y no son todos los que se reclaman- somos criticados por un pensamiento dominante que pretende que cada uno pueda reclamar a su gusto por lo que considera su derecho,.. (lo que resulta inconmensurable e imposible) y que además se reclama al estado que pagamos todos!!

El colectivismo –perdida la batalla política- encontró la forma de colarse ideológicamente en la sociedad.

 

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE y Profesor Universitario.

No alimente a las personas

Por José Benegas. Pubicado el 1/11/15 en http://josebenegas.com/2015/11/01/no-alimente-a-las-personas/

 

Los ambientalistas saben muy bien que alimentar a los animales salvajes los pone en peligro. Pierden sus habilidades para conseguir alimento y se vuelven dependientes de la mano humana.

Los voceros de la propaganda oficial suelen “acusar” al macrismo de querer suspender el programa de subsidios llamado “asignación universal por hijo”. Los amarillos se declaran inocentes de tener tal propósito y pueden exhibir entre sus filas a la autora del proyecto Elisa Carrió.

Está bien, estamos en campaña electoral y no se pueden esperar grandes dosis de realidad, menos después de más de una década de mentiras. Pero nadie dice lo que debería decirse: “No alimentes a las personas”. Son más que animales, quiere decir que disminuirlas al papel de recibir lo necesario para subsistir es un crimen perverso, que las deshumaniza y las transforma en improductivas, decadentes y dependientes. Es lógico hacerlo si el propósito es reducirlas a la servidumbre, pero en el nombre de su propio bien, hay que ser por lo menos muy negador o muy idiota.

Un proyecto político basado en el mantenimiento de una parte de la población sólo puede calificarse de maléfico. No he visto a nadie que necesite demasiada explicación cuando lee el cartel que se puede encontrar en todos los parques nacionales, también en la Argentina. No hay mucho que demostrar entonces sobre qué le hace a una persona tratarla como incapaz. El problema es que el que reparte tiene poder y el poder incluye el hacerse dueño del bien y del mal; criticar la alimentación a humanos es criticar al poder. En cambio los que arrojan pan a los pájaros, son nada.

Lo que es válido para la alimentación lo es para todas las otras necesidades de la vida. Los “buenos” crean “derechos” y sus beneficiarios se transforman en subanimales dependientes, capital político para el demagogo y el narcisista fanfarrón.

Captura de pantalla 2015-11-01 a las 1.15.36 AMEl ser humano cría gallinas, patos, vacas y otro tipo de animales que nunca tienen que preocuparse por la supervivencia porque tampoco volverán a las condiciones naturales jamás. El bienestar termina cuando al final del tratamiento, nos los comemos.

 

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.