Cristo y las riquezas (2da. Parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/02/cristo-y-las-riquezas-2da-parte.html

 

Comenta el historiador en otra parte de su obra[1] refiriéndose a la labor de los profetas que, para ellos:

“La meta ha de ser la justicia social. Los hombres de­ben cesar de buscar la riqueza como el propósito principal de la vida: «¡Ay de los que añaden una casa a otra, y agregan un campo a otro campo, hasta que no queda más lugar! Han de ser obligados a vivir solos en medio de la tierra.» Dios no tolerará la opresión de los débiles, «”porque aplastasteis a mi pueblo y machacasteis el rostro de los pobres”, dice el Se­ñor, el Eterno de los ejércitos». [2]

Como vimos en una cita anterior, esas casas y campos eran fruto de la expropiación a campesinos endeudados. Este párrafo indica a las claras que la riqueza en tiempos bíblicos y neotestamentarios se debía a la explotación de los pobres, cosa que continuó sucediendo hasta la aparición del capitalismo en el siglo XVIII. Resulta manifiesto que las condenas de Nuestro Señor Jesucristo se dirigen a esa forma o manera de hacerse ricos, y no contra la riqueza en sí misma. Dado que en aquel tiempo no se conocía otra forma de enriquecerse que, a través de una economía de suma cero, es que se refiere exclusivamente a ella como la “riqueza” lisa y llana. Hay una crítica (en cierto sentido) a un sistema económico imperante. Cristo no acepta que la riqueza surja en base a ningún tipo de explotación a los pobres. Existe mucha evidencia histórica que la pobreza del pasado era causada por los altos impuestos que todos estaban obligados a pagar, sea en dinero o en especie, lo que incluía la entrega de esclavos (que superaban en número a sus amos) al fisco. La cantidad de esclavos que se poseían era un índice de riqueza y seguramente también estarían sujetos a impuestos.

“Esdras había es­tablecido una altiva distinción entre el «pueblo del Exilio», los bnei ba-golá, temerosos de Dios y virtuosos, y los am ba-arets, que apenas eran judíos, pues a su juicio en muchos ca­sos habían nacido de matrimonios impropios. Esdras no tuvo escrúpulos en castigarlos severamente 53 y después, como la mayoría eran analfabetos y desconocían la Ley, habían sido tratados como ciudadanos de segunda clase o los habían ex­pulsado directamente. Habrían sido los primeros en benefi­ciarse si los rigoristas hubiesen perdido y se hubiese raciona­lizado la Ley. Pero ¿cómo podían los reformadores, que eran esencialmente un partido de los acomodados y los funciona­rios, apelar al pueblo común pasando por encima de los rigo­ristas? Y sobre todo, ¿cómo podían abrigar la esperanza de hacerlo con éxito cuando se los identificaba con los altos im­puestos, que infligían mayores sufrimientos precisamente a los pobres? Estos interrogantes carecían de respuesta, y por lo tanto se perdió la oportunidad de instalar el universalismo sobre una base popular.”[3]

El párrafo describe la rivalidad entre dos grupos judíos (rigoristas y reformadores), pero para nuestro tema lo que interesa es que los impuestos eran altos y por eso el pueblo común era pobre, lo que es lo mismo a decir que en esos tiempos la mayoría era muy pobre frente a una minoría muy rica que incluía a “un partido de los acomodados y los funciona­rios”. Se refiere a la nobleza y la clase sacerdotal que era el estrato alto de entonces. En tanto los pobres eran los campesinos y artesanos, que equivaldrían a lo que hoy se llamaría la clase productiva. Estos eran los que sostenían a la nobleza y el clero mediante fuertes tributos. Nuestro Señor Jesucristo atacó pues este tipo de riqueza en poder de la clase sacerdotal (acomodados y funcionarios), única manera de hacerse rico en aquellos tiempos.

Un dato significativo que demuestra -a mi modo de ver- que El Señor Jesucristo no condena la riqueza ni a los ricos por ser tales, es que en su tiempo los publicanos eran hombres tan ricos como despreciados. No obstante, Cristo fue su amigo, al punto tal que, uno de ellos (Mateo) fue llamado por El para ser su discípulo. Mateo, como publicano, seguramente fue un hombre rico como sus pares, pero su riqueza no fue obstáculo para que Dios lo eligiera como discípulo suyo, llegando a ser más que eso como apóstol.

Otro caso de un publicano cuya riqueza si se menciona en el texto sagrado es el de Zaqueo, quien también fue elegido por el Señor para ser huésped de su casa. Zaqueo deja entender que antes de conocer a Cristo no procedió de forma honesta, al declarar públicamente frente al Salvador que daría la mitad de todos sus bienes a los pobres, y que si hubiera defraudado a alguno se lo devolvería cuadruplicado. Esto da una idea bastante exacta de la fortuna habida por Zaqueo, lo que no impidió al Señor decirle que se había salvado él y toda su casa. Zaqueo estaba -de algún modo- admitiendo que su fortuna era mal habida. Y reconoció que este era el tipo de riqueza que el Señor condenaba, por ello en su conversión quiso liberarse de ella.

Se podría decir que Mateo fue admitido como discípulo porque dejó todo y siguió a Cristo. Pero esta aparente objeción cede cuando se advierte que a Zaqueo, Cristo no le pidió que deje nada y -no obstante- declaró que se había salvado sin necesidad de entregar todos sus bienes a los pobres. Bastó simplemente que Zaqueo (por su propia iniciativa) declarara al Señor que devolvería lo defraudado y la mitad de sus bienes a los pobres:

Luc 19:8 Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado.

Fue su actitud lo que salvó a Zaqueo, y no el dinero que estaba dispuesto a ceder, porque el Señor declaró que ya estaba salvo aun cuando a ese momento Zaqueo todavía no había procedido a devolver ni un céntimo.

[1] http://www.accionhumana.com/2019/01/cristo-y-las-riquezas.html

[2] Paul Johnson, La historia de los judíos. Ediciones B, S. A., 2010 para el sello Zeta Bolsillo. Pág. 117

[3] Johnson, P. La historia…ibidem. Pág. 155

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El negacionismo económico. Un manifiesto contra los economistas secuestrados por la ideología: De Pierre Cahuc y André Zylberberg

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/3/18 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/El-negacionismo-economico-Un-manifiesto-contra-los-economistas-secuestrados-por-la-ideologia/40795

 

Pierre Cahuc y André Zylberberg

Este libro expulsa a los economistas antiliberales más radicales, como los podemitas galos “aterrados”, al mundo de la superstición. La economía, alegan los autores, es una ciencia, y oponerse a sus conclusiones es como sostener que el tabaco garantiza la buena salud de los pulmones.

Y la economía demuestra que la demonización de las finanzas y la propuesta de la Tasa Tobin (que no es de Tobin) son insostenibles, aunque “prestan inmensos servicios a los políticos, sobre todo en campaña electoral y en periodos convulsos. Con arrojarlas de carnaza a las masas vengativas, el éxito está asegurado”. Además: “las subidas de impuestos tienen un efecto negativo en el crecimiento”. Desmontan asimismo varias falacias de suma cero, o maltusianas: la llegada de inmigrantes no aumenta el paro ni reduce los salarios, y la reducción de la jornada laboral no crea empleo, como tampoco lo crean las prejubilaciones. Terminan refutando las jeremiadas sobre los peligros de los robots y “el fin del trabajo” pregonadas desde Davos y otros saraos análogamente arrogantes y buenistas.

Para colmo, nadie puede acusarlos de ser agentes del poder económico. Cahuc y Zylberberg dedican un capítulo a desollar a los “empresarios que arruinan Francia” con los camelos de la “política industrial”, cobrando fortunas de consumidores y contribuyentes. Es el típico capitalismo de amiguetes, “fábula” que no sirve para nada “porque son las empresas en declive las que más se movilizan para recibir ayudas públicas. Se juegan su supervivencia. Por desgracia, también vemos que las subvenciones concedidas a esas empresas no les permitieron superar sus dificultades”.

Como era de esperar, muchos han arremetido en Francia contra los autores acusándolos de liberales, y llevándose las manos a la cabeza: ¿cómo es posible que sigamos con el liberalismo del FMI, de los bancos centrales, y de la economía neoclásica? Sin embargo, la teoría neoclásica no es liberal, como sabe cualquiera que haya hojeado un manual, los bancos centrales tampoco, y el FMI menos todavía, porque se ha pasado toda la vida reclamando subidas de impuestos. Y, por asombroso que parezca, tampoco lo son los autores. No critican a los bancos emisores, y no quieren que el gasto público sea menor sino mejor. Afirman que bajar los impuestos es apenas un “remedio milagroso”. Ellos quieren subirlos. Les gusta, como a tantos en la izquierda y en la derecha, el modelo escandinavo, con altos impuestos, con retenciones y sin deducciones, para que nadie se escape, pero con mercados abiertos y flexibles.

Los liberales estarán tentados también de criticarlos por su reduccionismo, o “cientismo”, que diría Hayek, y por su visión de la economía como una disciplina puramente experimental. No estoy de acuerdo. La teoría económica no está tan alejada de los problemas reales de la gente como a veces se afirma, y ha mostrado en las últimas décadas una mayor pluralidad de enfoques, incluido el institucional. Los autores no declaran que la economía es igual que la física; y, por cierto, la economía experimental no es terreno exclusivo de los antiliberales: que se lo cuenten a Vernon Smith.

Las debilidades de este volumen son otras, empezando por su propio énfasis en la contrastación, que los lleva a ser imprudentes, como cuando dan por sentado que los multiplicadores del gasto local están en torno al 1,5: B. Dupor y R. Guerrero calculan, en cambio, que se sitúan entre el cero y el 0,5 (Journal of Monetary Economics, diciembre de 2017). Como muchos otros economistas, no analizan bien el Estado, y creen que es una suerte de condición exógena, que plantea unas demandas, que los economistas responden de manera técnica y asignativa.

La lógica del propio Estado, como decía equivocadamente Hicks, nos es ajena. Se trata de desatino, que a la postre bloquea el análisis robusto de la realidad. Hay otros errores, como cuando hablan de “bancos” en España, y es obvio que se refieren a las cajas; o de “desregulación” cuando quieren decir lo contrario.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Gasto, inflación y Keynes

Por Gabriel Boragina Publicado  el 28/5/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/05/gasto-inflacion-y-keynes.html

 

Cada uno de nosotros, cuando se ve enfrentado a la necesidad de incurrir en gastos, debemos observar -como primera medida- cuál es la cuantía de los recursos que disponemos. Es decir, es en función de nuestros ingresos previos que estaremos en condiciones de determinar qué cantidad de dinero podemos destinar al gasto. Sin embargo, los gobiernos no operan en este sentido, sino en el inverso: fijan primero su meta de gastos, y -en función de esta- deciden cuántos recursos deben recaudar de los mal llamados “contribuyentes” para poder cubrir los gastos decretados. La razón por la cual los gobiernos pueden actuar de este modo (y ninguno de nosotros puede hacer lo mismo) radica en que, mientras los particulares hemos de obtener nuestras entradas ofreciendo antes algo a cambio a otra persona que valorice lo que ofertamos, y sólo después, si la contraparte acepta el trato, podremos lograr el tan ansiado ingreso, los gobiernos se ven eximidos de seguir este proceso, por la sencilla razón de que todos ellos (al establecer el imperium de la ley) están facultados -mediante su concurso- a extraer las sumas que necesiten por medio de la fuerza a los inermes e indefensos ciudadanos.

“Pareciera que la economía política de los gobiernos es tal que el gasto público siempre aumenta cuando aumenta la recaudación impositiva y cuando se puede emitir más. Nunca se reduce el déficit fiscal aumentando la recaudación, pues esto supone que los gastos son constantes y la experiencia indica que esto no es así. Por ejemplo en estudios que el autor de este libro hizo para un país cuya recaudación fiscal dependía en 80% del precio del petróleo, se tomaron todos los años en que el precio del petróleo aumentaba y, por otro lado, todos los años en que esos precios bajaban. Observamos que la correlación entre gasto y recaudación impositiva era muy alta en los años de alza en la recaudación. También observamos que la correlación era muy baja (los gastos no bajaban) en los años de baja en la recaudación. Esa asimetría, no se evita con la existencia de la Caja pero se reduce substancialmente pues de otra manera esta conducta fiscal lleva a la larga a la devaluación (como sucedió en el país de referencia). La caja pone más disciplina pues en los años en que la recaudación baja no se puede emitir y no queda más remedio que aumentar el endeudamiento o bajar los gastos.”[1]

El autor citado, partidario de la caja de conversión (a ella alude cuando se refiere simplemente a “la caja”) explica con meridiana claridad cómo operan los gobiernos en materia de gasto público, el que no lo hacen depender -ni exclusiva ni enteramente- de la recaudación fiscal (como en sana política económica debería de ser) sino que lo manejan como una variable autónoma, y cuya “lógica” parecería ser la “necesidad” de ir siempre en aumento, sin importar el medio por el cual se financie ese gasto público. En otras palabras, nos explica que, cuanto mayor era la recaudación también así lo era el gasto, pero el alto nivel de este no se veía en absoluto afectado en los casos donde la recaudación disminuía. En este último supuesto, los gobiernos lo que hacen no es bajar el gasto (como deberían hacerlo) sino buscar otros medios para financiarlo. Y ya hemos visto que los mecanismos a los que echa mano para esto último son la emisión monetaria, más impuestos, o directamente inflación. Pero, sabemos de sobra que estas tres últimas medidas (en realidad podrían resumirse en dos, ya que la inflación no es más un impuesto solapado) no solucionan sino que agravan los efectos del alto gasto público, produciendo fuertes distorsiones en la economía toda.

“Los análisis empíricos se concentraron en poner a prueba la estabilidad de la demanda de dinero aun en situaciones de gran inestabilidad como las grandes inflaciones pues, recordemos que el gran desafío de Keynes era su hipótesis de que la demanda por dinero era inestable. Él proponía como una función más estable la función consumo, diciendo que existía una relación estable entre el consumo nominal y el ingreso nominal. También decía que la propensión marginal a consumir era, en circunstancias como las de Estados Unidos en los años treinta, muy pequeña y por lo tanto el estado tenía que gastar para aumentar la propensión al gasto de la economía en total. Luego de muchas controversias se ha llegado a una mezcla donde las teorías modernas toman en cuenta el dinero y su demanda, pero no ignoran la política fiscal ni la importancia del gasto público. Cuando hay inflación los países se acuerdan de Friedman y cuando hay recesión se acuerdan de Keynes y, cuando la situación es más o menos normal, los economistas juegan en el medio campo.”[2]

Como ya hubiéramos examinado en otra ocasión, Keynes suponía que las recesiones (como la de los años 30 que fue -en gran parte- la que inspiró su teoría) se “solucionaban” recién cuando el gobierno irrumpiera en la economía incrementando el gasto público, para lo cual cualquier medio que este utilizara era “válido”. Su negación de la “Ley de Salidas” de Jean B. Say, y la de los valiosos aportes de los demás economistas clásicos le impido ver su craso error. El aumento del gasto público importa tanto como un alza de la demanda y -a su turno- una consiguiente elevación de los precios, entre otros efectos. Para lograr eso, se combinaban perjudiciales medidas, como altos impuestos, emisión monetaria, endeudamiento, etc. generando una espiral inflacionaria que eclosionaría el sistema económico (como finalmente sucedió) al no encontrarse las manipulaciones artificiales del gobierno respaldadas por un genuino ahorro previo que permitiera un proceso de capitalización con bases en una economía real. Obviamente, que la demanda de dinero cae en picada en épocas inflacionarias, pero son pocos los que advierten la relación entre este último fenómeno y la demanda de moneda. No hay pues fórmulas “mágicas” para escapar a este dilema, excepto la austeridad fiscal y presupuestaria.

[1] Valeriano F. García. Para entender la economía política (y la política económica). Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos México, D. F. 2000. pág. 169

[2] Valeriano F. García. Para entender la economía política…ob. cit. pág. 185/186

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Populismo, desarrollismo y “Cambiemos”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 6/7/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/07/populismo-desarrollismo-y-cambiemos.html

 

No dejan de sorprenderme muchos liberales que se sorprenden (y no es un juego de palabras) de la política económica seguida por el presidente Macri. Como si fuera una novedad que Macri no es liberal. Resulta claro que ni lo fue ni lo es. Y si bien, verbalmente nunca fue demasiado claro ni especifico respecto de sus ideas económicas, siempre lo resultaron sus políticas como Jefe de gobierno porteño. El presidente es un desarrollista, al estilo del expresidente Frondizi.

Veamos la definición de desarrollismo según el diccionario de economía:

“desarrollismo. Término poco preciso que estuvo en boga en los años sesenta y que se refería a la ideología que postula como meta de la sociedad y de la acción estatal la obtención de un acelerado crecimiento económico. El desarrollismo latinoamericano hacía énfasis en la transformación de las economías atrasadas de la región, concentrando los esfuerzos en la creación de una base industrial y la superación de la condición de países exportadores de materias primas. En la mayoría de los casos este desarrollismo asumió como modelo de crecimiento la llamada sustitución de importaciones, la que se intentó lograr mediante un elevado nivel de proteccionismo. (V. DESARROLLO; PROTECCIONISMO; SUSTITUCION DE IMPORTACIONES).”[1]

Va de suyo que el desarrollismo tiene pocos puntos de contacto con el liberalismo, o lo que algunos llaman las “políticas de libre mercado”. De tal suerte que, quienes desde el liberalismo se ilusionaron (o lo siguen haciendo) con un Macri “liberal” deberían ir moderando sus expectativas (el tiempo dirá si habrán de abandonar por completo tales esperanzas).

Pero ¿entonces el desarrollismo no es más que una variante del populismo? ¿No hay, en rigor, ningún verdadero “cambio” entre el populismo anterior y el desarrollismo actual?

Obviamente que ni el populismo ni el desarrollismo pueden llevarse a cabo sin recursos. Pero lo que diferencia al populismo del desarrollismo es -en un menor grado- el cómo sufragar sus respectivos proyectos y -en un grado mucho mayor- los destinos que les dan a los dineros recaudados.

En el populismo, la fuente primaria -y a veces casi exclusiva de financiamiento- proviene de altos impuestos que permitan sostener un elevado gasto público. Cuando, por cualquier motivo, ya no es posible recaudar más tributos se suele echar mano a la emisión monetaria. El desarrollismo frecuenta dar prioridad al costeo vía inversiones nacionales y/o extranjeras, sean estas privadas o estatales, y solo en un segundo plano se recurre a la política fiscal, aunque es verdad que en la práctica acostumbran ir parejas.  Y solamente en una tercera instancia apela a la inflación.

Otra diferencia que encuentro entre el populismo y el desarrollismo son los diferentes caminos del gasto estatal. En tanto, en el populismo el fin del gasto público esta preferentemente orientado hacia el financiamiento del clientelismo político a través de programas de subsidios directos e indirectos (con el claro objetivo de crear una dependencia electoral constriñendo al subvencionado a votar al líder populista) en el desarrollismo, la dirección de los fondos se remite, más bien, hacia obras de infraestructura, obra pública en general, o lo que se mal denomina “inversiones estratégicas”. Al tiempo que, la política de subvenciones (que, por cierto, no se deja de lado) se dirige preponderantemente hacia el sector empresarial. El eslogan predilecto es el de la creación de una “fuerte y poderosa industria nacional” que se encuentre en condiciones de competir con la foránea.

Para sintetizar, podríamos decir que, en tanto el objetivo del populismo se centra en el consumo, el del desarrollismo lo hace más en la inversión. Lo que ambos tienen en común es que ponen énfasis el primero en el consumo “público” y el segundo en la inversión “pública” (donde el vocablo “público” ha de traducirse por el más exacto de “estatal”, y descuidan -o desdeñan directamente- tanto el consumo privado como la inversión privada. Aquí debemos tener en cuenta que, desde nuestra propia perspectiva liberal, la inversión siempre es privada. No hay tal cosa como “inversión pública”, ya que lo que el estado dice “invertir”, en realidad son fondos previamente extraídos al sector privado vía impuestos u otros mecanismos expoliatorios usuales (inflación, controles de precios, cupos, etc.). En este sentido, tanto el populismo como el desarrollismo a lo que impropiamente denominan “inversión pública”, lo definimos -desde el liberalismo- como puro y simple gasto estatal.

De lado de las disimilitudes, podemos anotar que, el populismo es más estatista que el desarrollismo y menos permeable a las inversiones extranjeras, por lo que también es más nacionalista que este último. Dado que el desarrollismo apunta al crecimiento económico, prioritariamente en infraestructura industrial, ello hace que, en su etapa inicial, se abra a la inversión extranjera.

Por supuesto que, hay más puntos de contacto y otras diferencias entre ambos sistemas, pero lo importante a tener en cuenta en este momento es que no coincidimos con aquellos que creen que Macri es o está haciendo una política “liberal”. Mucho menos que las disposiciones económicas que toma merezcan esta calificación. El gobierno de Cambiemos es claramente intervencionista, y la injerencia que defiende en la economía es de tipo desarrollista. Por lo que, en lo personal, no me llaman la atención las medidas que viene adoptando. Y tampoco me cabe duda alguna que, si bien el desarrollismo puede apadrinar -cada tanto- alguna pauta liberal, no está en su esencia ni en sus miras abrazar al liberalismo como sistema económico.

Pero esto tampoco resulta novedoso. El gran pensador y profesor austriaco L. v. Mises ya decía -allá por 1927- que hablar de un “gobierno liberal” es una contradicción en términos.

En suma, al menos para mí, tengo en claro que la propuesta de Cambiemos no fue la de cambiar populismo por liberalismo. Nada de eso. Sino que el cambio propuesto fue el de populismo por desarrollismo (por más que Cambiemos no utilice este término). Y también creo que el votante mayoritario de Macri tenía en claro esto último. Por eso que, entiendo que se equivocan los que dicen que Cambiemos “traicionó” a sus electores. En absoluto. El votante de Macri quería precisamente esto que Macri está llevando a cabo. Por eso me sigue resultando extraño el “asombro” que demuestran ciertos liberales ante los pasos económicos que viene realizando el gobierno.

[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela. Voz respectiva.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.