Elecciones, motivaciones y socialdemocracia

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/01/elecciones-motivaciones-y.html

 

Si bien el factor económico -se dice- es un móvil muy importante y muy frecuente por el cual el ciudadano decide su voto, no es el único. Las elecciones económicas (las que incluyen el voto a candidatos políticos -agregan quienes así argumentan-) están influenciadas por las emociones humanas.

Desde el punto de vista praxeológico la opinión expresada arriba puede ser objeto de varias objeciones.

Comencemos diciendo que, para la praxeología, economizar es optar, elegir entre diferentes alternativas. Y como toda acción implica una opción toda acción es económica, en la que se descartan unas alternativas por otras. En nuestro tema, esto incluye al voto político, también llamado sufragio. Al votar por un pretendiente al cargo, automáticamente estoy descartando a los restantes. Se trata, praxeologicamente, de una acción económica.[1]

Aun cuando se acepte que una decisión este influida -en mucho o en poco- por elementos emocionales, la acción final que se emprenda será económica en el sentido apuntado.

Ahora bien, las motivaciones por las cuales un votante elige al aspirante «A» en lugar del «B», también son, en última instancia, económicas.

Vivimos en un mundo estatista, donde esta tan aceptado que los gobiernos intervengan, manipulen o dirijan por completo la economía, que tenemos en cuenta este último componente a la hora de concurrir a emitir el sufragio. La gente está convencida que sus destinos económicos están y seguirán estando -sino enteramente- si en una proporción muy importante. en manos del partido de quien resulte el postulante electo. En consecuencia, su voto se orientará hacia aquel que promete más bienestar económico a corto o mediano plazo.

Las llamadas motivaciones «no-económicas», como -por ejemplo- la educación, la salud, la previsión social, la seguridad personal y jurídica, la corrupción, etc. son todas, en última instancia, también económicas por todo lo que llevamos dicho. Lo sepa la gente o no, todas esas actividades solo pueden sustentarse y desarrollarse contando con los respectivos fondos que, en el imaginario colectivo, han de ser adelantados por los gobiernos, cuando sabemos -desde la más pura ciencia económica- que esto nunca ha sido así, ni puede ser así. Nada que el gobierno gaste no ha sido sino previamente detraído del bolsillo de alguno o de todos nosotros mediante impuestos u otros artilugios «legales».

Entonces, a la hora de votar, evaluamos como fue la gestión económica del mandato (si pretende ser reelecto) o como suponemos que lo será en caso de que no hubiera aun ejercido el cargo. Y comparamos todo ello con nuestra personal situación económica. Esto es más acusado en aquellos lugares donde los gobiernos son más intrusivos en la vida ciudadana que en aquellos otros donde lo son menos.

Claro que, también en nuestras elecciones entran a jugar otros constituyentes, ya más de índole personal como, por ejemplo, el carisma del candidato, su liderazgo, sus actitudes personales, familiares, etc. Pero, más bien, cumplen un lugar secundario en relación a las motivaciones económicas, salvo casos excepcionales.

La cultura media del elector es otro ingrediente decisivo. No solamente cuenta su formación cívica, sino su nivel total de educación es relevante, porque de acuerdo a ellos será la opinión que se haga de los candidatos y lo que determine su voto.

Nos parece que -en promedio- las motivaciones económicas (según se las entiende popularmente) ocupan un 50% de la intención de voto, y el otro 50% lo representan las llamadas (o percibidas por el ciudadano como) no-económicas (educación, salud, seguridad, justicia, previsión social, etc.). El político que ofrezca mejorar estas cosas respetando esas prioridades del votante será quien finalmente se alce con el triunfo.

La visión socialdemócrata del electorado para la cual el gobierno-estado es una especie de Santa Claus o Robin Hood moderno, terminará votando al candidato que mejor prometa hacerle cumplir con dichos roles. La socialdemocracia -a la cual nos hemos referido en muchísimas oportunidades anteriores- representa un grado por encima al más básico del saber económico. Este nivel ultra elemental de «conocimiento» económico es el que ofrece el marxismo. Y radica en la pura intuición de lo que parece «evidente» a los ojos de cualquier persona sin discernimiento de economía: que hay gente que posee cosas que otros no tienen. De allí a concluir que lo que ostentan unos se debe a que no lo poseen otros hay un paso tan simple como es el que terminan dando la mayoría de las personas.

Es a esto a lo que se refería Friedrich A. von Hayek cuando insistía que la economía es una ciencia contraintuitiva. Sus verdades no son evidentes por sí mismas. Y es por esto que no ha existido jamás en la historia ningún gobierno liberal, ni democrático ni antidemocrático.

Aquel razonamiento errado marxista es matizado por el no menos equivocado socialdemócrata, en el sentido de que el estado-nación debe cumplir con la mal llamada «justicia social», es decir, quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otro lo que nos les pertenece, lo que -en esencia- no tiene demasiada diferencia con la fórmula marxista que proponía lo mismo por medio de la fuerza bruta revolucionaria. La única discrepancia con la socialdemocracia es que esta persigue idéntico fin, pero a través de los votos. Por eso, antes se usaba una expresión más clara, como la de socialismo democrático, y luego se la abrevió para disimular mejor, y quedó como socialdemocracia.

Lo que no parece aceptarse de ningún modo -al tiempo de hoy- es que el gobierno se abstenga de intervenir en la economía, fruto de esa ideología socialdemócrata que se impone mundialmente, y en la cual se enrolan la generalidad de los partidos políticos internacionales con mayores o menores variantes, pero todos encolumnados detrás de la «filosofía» socialdemócrata. Por supuesto, si esto se les dice a algunas de estas personas lo negarán enfáticamente. En su lugar, dirán «No. Yo soy de izquierda», o «de derecha» o «de centro», pero pocos admitirán ser socialdemócratas. Es que la gente prefiere manejarse con expresiones estereotipadas y ordinarias, corrientemente términos que divulga el periodismo, que es la fuente principal de información y, lamentablemente, hasta de formación de numerosas personas.

[1] véase Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Lecturas venezolanas

Por Enrique Zuleta Puceiro. Publicado el 22/10/12 en http://elestadista.com.ar/?p=2815

Los resultados electorales dependen cada vez más de la estrategia, logística y astucia de los aparatos electorales.

Con una diferencia de un millón y medio de votos, Hugo Chávez volvió a sepultar las expectativas de cambio despertadas en todo el mundo por la casi milagrosa unidad de las fuerzas de oposición. La embestida final del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela), una de las maquinarias de campaña y logística electoral más disciplinadas y eficientes del mundo, arrasó con casi todos los pronósticos y demostró, una vez más, que los resultados electorales dependen cada vez menos de la calidad de la compulsa entre líderes, propuestas y proyectos en competencia y cada vez más de la estrategia, logística y astucia de los aparatos electorales.

Detrás del 55% logrado por Chávez –o del 54% de Cristina Kirchner en octubre del 2011- está la capacidad de los partidos de gobierno de desbordar y volcar a su favor los límites inestables de ese empate virtual que, desde hace años, existe entre gobierno y oposición en casi todas las democracias presidencialistas, incluida la de Estados Unidos.

La experiencia venezolana es susceptible de varias lecturas posibles. Comencemos por las que pueden ser más útiles para la experiencia argentina. Ante todo, una enseñanza central para las oposiciones. Una cosa son los indicadores de imagen, apoyo, evaluación de desempeño o adhesión a los lineamientos al modelo político de un gobierno y otra, muy diferente, la decisión de voto. Contra lo que siguen afirmando los partidarios de la “elección racional”, sin evidencias mayores que lo respalden, la decisión de voto no responde exclusivamente a cálculos de utilidad. Es, más bien, la resultante de factores racionales y emocionales muy complejos y cambiantes, difíciles de estudiar y administrar en sociedades cada vez más dinámicas y complejas.

En el caso de Venezuela, tanto los apoyos sociales como la evaluación de desempeño de Chávez reconocen una lenta pero segura declinación, impulsada por el desencanto y como reacción ante la desmesura y el temor. En amplios sectores de la sociedad venezolana se ha instalado desde hace años la noción de que la aceleración de la violencia, la crisis de la infraestructura, el deterioro de los servicios o la corrupción pública y privada son facetas de un mismo fenómeno de crisis estructural de un modelo fracasado, cuyo tiempo se agotó. Una contabilidad apresurada de estos factores llevó incluso a muchos a pensar que el electorado castigaría esta vez este fracaso, en la medida en que la oposición había sido capaz de unirse detrás de Capriles, una candidatura joven y sólida en cuanto a sus recursos, experiencia y títulos de liderazgo. Capriles era para muchos la garantía de la posibilidad de un cambio.

El resultado electoral demostró, sin embargo, todo lo contrario. Chávez ganó en todo el país. Avanzó incluso en los siempre decisivos sectores medios de las ciudades más dinámicas del país. La oposición sólo logró demostrar capacidad de unirse contra Chávez. Salvo la figura y estilo de Capriles, no consiguió incorporar una sola propuesta concreta de alternativa, suficiente como para convencer del contenido y ventajas del cambio. La Mesa de Unidad Democrática (MUD) fue ante todo una coalición de oposición, no de gobierno. Bastaron algunos fundamentos económicos seguros y previsibles, bastante más difundidos en toda la sociedad de lo que suele reconocerse, para que la decisión por el statuquo terminara por imponerse.

Y esta es la cuestión central. Sin una plataforma concreta de propuestas y posibilidades efectivas de gobierno, la oposición no sólo pierde el rumbo. Por sobre todo, se desorienta detrás de los medios de comunicación y termina por ceder a las tentaciones del papel de instancia fiscalizadora – entre todos los roles de oposición es, sin duda, el menos apreciado por una sociedad que busca, ante todo, que alguien asuma y se haga cargo de los problemas tal cual se presentan.

Frente al rechazo a las insuficiencias, fracasos y lacras de los gobiernos, termina por imponerse un sentimiento aún más fuerte: la ira e impotencia ante la falta de alternativas, la sensación de que no hay otro camino. Es este sentimiento de despecho airado de los sectores independientes ante la impotencia de la oposición el factor que finalmente quiebra la virtual paridad de fuerzas del final, a impulsos de la conclusión fatalista de que “no hay otra alternativa”.

Los diez puntos que supieron agregar en su momento a su ventaja final presidentes tan diferentes y en el fondo tan parecidos como Hugo Chávez, Cristina Kirchner, Dilma Roussef o Evo Morales miden con claridad las distancias que hoy existen entre un populismo de corte no muy diferente del que protagonizó las tradiciones del caudillismo y el socialismo nacional y la multitud de fragmentos provenientes del estallido del espejo de la república constitucional. Venezuela vuelve a demostrar un hecho real. En las elecciones presidenciales se vota ante todo gobierno, no oposición. Una de las ventajas del régimen electoral venezolano es la de que, a poco tiempo de la elección presidencial, se producen – en diciembre- elecciones de gobernadores y alcaldes. Serán elecciones también de gobierno, que someterán a una dura prueba la consistencia de la oposición. El conglomerado variopinto y autocontradictorio del MUD, que alcanzó el domingo 7 de octubre más de seis millones de votos, deberá así ratificar su vocación de alternativa, apenas dos meses después de una derrota como la que acaba de experimentar. Tal vez sea esta la principal lección de Venezuela.

En el peor de los escenarios de deslegitimación de un modelo político, de no concurrir razones económicas y sociales capaces de alterar el pulso de las expectativas sociales, la responsabilidad final recae en la propuesta propiamente política de quienes pretenden el cambio. Si lo que une a los partidos de oposición es simplemente el rechazo a la reelección o la demanda de control a la corrupción, nada impedirá que, a la hora de sopesar alternativas y riesgos, el empate se rompa una vez más en favor del orden establecido, cualquiera sea la fórmula a que obligue la Constitución para entonces vigente.

Enrique Zuleta Puceiro es Profesor de la UBA, Sociologo y miembro del Consejo directivo de ESEADE.