La “dominancia fiscal” y la compra de dólares del BCRA

Por Iván Carrino. Publicado el 7/3/18 en: http://www.ivancarrino.com/la-dominancia-fiscal-y-la-compra-de-dolares-del-bcra/

 

En marzo de 2016, el entonces Ministro de Economía, Alfonso Prat Gay, asistió al Congreso a debatir el tema del pago a los Fondos Buitre. En el plenario de comisiones fue enfrentado por Axel Kicillof, quien preguntó:

Ustedes dicen que a partir de negociar con los buitres van a conseguir fondos en dólares y que entonces no van a hacer un ajuste [brusco del déficit fiscal].

¿Pero por qué quieren que hacer ese ajuste? Porque si no, teóricamente, hay que emitir pesos.

 Ahora cuando lleguen los dólares: ¿le van a dar los dólares a los gobernadores, o pesos? Van a emitir los mismos pesos si no hacen el ajuste, van a traer dólares, y van a darles pesos. Con lo cual el grado de emisión [monetaria] para sostener el gasto, le pregunto si no es el mismo al final.

En su momento Prat-Gay respondió que no era lo mismo para el balance del Banco Central emitir pesos para comprar dólares que emitirlos para comprar adelantos transitorios y demás artilugios para financiar el déficit.

La discusión quedó ahí, pero me da la impresión que aún no queda claro dónde está la diferencia.

Recientemente, por ejemplo, discutía con un amigo que utilizaba un argumento muy similar al de Kicillof para sostener que la “dominancia fiscal” no se terminó y que, producto del déficit fiscal que sostiene el gobierno de Cambiemos, el Banco Central se ve obligado a emitir pesos.

Claro, la situación hoy es diferente: la emisión monetaria no va a comprar “adelantos transitorios”, sino los dólares que llegan de la deuda que se coloca afuera. Pero, en esencia, se trata de la misma dominancia fiscal de siempre.

Desde mi punto de vista, esto no es correcto.

Qué es dominancia fiscal

Indagando un poco en la definición de dominancia fiscal me topé con un artículo de Enrique Szewach, quien sostiene que:

En castellano básico, se trata de la maquinita del Banco Central (ahora ampliada por Ciccone), financiando el gasto público. En estas circunstancias la cantidad de dinero, la oferta monetaria, es función del déficit fiscal y no de decisiones de política del Banco Central.

Un trabajo del Banco Central de Colombia la define en el mismo sentido:

“En un régimen de dominancia fiscal, la autoridad fiscal fija exógenamente el sendero futuro del balance primario, independiente del nivel de su deuda, por lo que sus políticas de ingresos y gastos no necesariamente se orientan a satisfacer la condición de solvencia de las finanzas públicas. Desde el punto de vista de la determinación del nivel de precios, bajo este régimen la autoridad monetaria pierde capacidad para controlar la inflación, en la medida que los precios terminan siendo afectados por las decisiones fiscales de un gobierno autónomo. Puesto que la política monetaria “se acomoda” a la política fiscal, ésta última acabará dominando la primera.”

En términos más simples, cuando el tesoro muestra un desequilibrio y hay “dominancia”, entonces el Banco Central terminará asistiéndolo, comprometiendo los objetivos inflacionarios. Es decir, déficit fiscal, monetización del déficit e inflación, la historia por todos conocida.

En Argentina, si bien esa monetización sigue existiendo, lo cierto es que es cada vez menor. El dinero que el BCRA emite en concepto de asistencia al tesoro va cayendo en términos reales y pasó de representar 5,3% del PBI a 1,1%.

Sin embargo, sí es cierto que el BCRA compra dólares y que la gran mayoría de esas divisas provienen de la deuda que contrae el Sector Público.

Desde mi punto de vista, esto no es dominancia fiscal.

Es que si definimos como dominancia a la emisión para financiar el desequilibrio del tesoro, éste claramente no es el caso.

Un ejemplo sencillo

Imaginemos que Pedro necesita tomar deuda porque gasta más de lo que gana. Una opción que tiene es pedirle a su amigo, Juan Central, que le preste el dinero… Otra es pedirle a su primo estadounidense, John, que lo haga.

Si le pide prestado a John, producto de que éste vive en los Estados Unidos, Pedro recibirá dólares para cubrir su desequilibrio. Ahora con esos dólares Pedro ya habrá encontrado sus necesidades de financiamiento totalmente satisfechas.

Pedro necesitaba plata, John le prestó dólares, y ahora tendrá que devolvérselos en algún momento futuro. Pedro no necesita más financiamiento.

Lo que sí necesita Pedro son pesos para pagar sus gastos habituales. Y para eso puede perfectamente acudir a su amigo, Juan Central, quien se ofrece a pagarle $ 20 por cada dólar. Pedro vende los pesos, Juan se los compra, y sigue la vida.

Juan no financió a Pedro, solo le compró un bien que él deseaba y que Pedro tenía.

Con el Banco Central y el tesoro sucede lo mismo. El Banco Central no está financiando al tesoro cuando le compra los dólares. El tesoro ya se financió en el mercado y sólo está vendiendo esos dólares a alguien que los quiere para “acumular reservas”.

Ahora bien, esta acción puede perfectamente ser criticada. Se puede decir que genera emisión “en exceso”, se puede decir que esa emisión exige esterilización que sube la tasa de interés, o se puede decir que esta intervención viola la libre flotación de la divisa.

Sin embargo, no debería ser considerada “dominancia fiscal”. El BCRA no está financiando el desequilibrio del fisco, sino solo comprándole un bien que desea por  su política de “acumulación de reservas” en una transacción transparente y a precios de mercado.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Es un error que el Gobierno haya cambiado la meta de inflación

Por Iván Carrino. Publicado el 31/12/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2096679-es-un-error-que-el-gobierno-haya-cambiado-la-meta-de-inflacion

 

Argentina acarrea una historia de larga decadencia económica. De encontrarse entre los primeros países del mundo a comienzos del Siglo XX, pasamos a ocupar el puesto setenta y tantos.

En 1895, nuestro país tenía el 97% del PBI per cápita de Australia. Hoy tenemos solo el 43%.

El proceso de decadencia es largo. Pero la caída se profundiza en el período de 1975 a hoy.

¿Quiere saber por qué?

La respuesta es la inflación.

Salvo en 1978 y 1986, desde 1973 y hasta 1990 la tasa de inflación nunca bajó del 100% anual. Gustavo Lázzari y Pablo Guido explicaron que ése constituyó “el período de inflación alta más prolongado de la historia del mundo”.

La inflación es un cáncer para la economía. Destruye el poder de compra del salario, arruina el ahorro, impide planificar y distorsiona el sistema de precios generando falsos auges y posteriores depresiones.

A la Argentina, la inflación la borró del mapa.

Después de 1990 tuvimos 10 años de estabilidad, pero el gasto y la deuda generaron una nueva crisis sin precedentes. El resultado fue volver a probar con la receta inflacionista, que con los Kirchner terminó en el cepo y un estancamiento económico que se prolongó por 6 años.

¿Quién querría tener más inflación?

Curiosamente, no son pocos y acaban de obtener una victoria dentro del equipo económico del gobierno.

Es que para algunos, incluido el ex Ministro de Economía, Alfonso Prat-Gay, el ritmo planteado de desinflación era excesivamente veloz, lo que obligó a tener tasas “demasiado altas que generan atraso cambiario”.

Para atacar estos problemas, pidió elevar las metas de inflación.

Es decir, tener más inflación para que haya tasas más bajas y un dólar más competitivo. O sea, lo que efectivamente anunciaron Peña, Dujovne, Caputo y Sturzenegger el jueves pasado.

Hay dos problemas con esta propuesta.

El primero es que la tasa de interés de la política monetaria no es “alta”, como se dice. Al 30 de octubre de este año, y en el mejor de los casos, la “espectacular inversión” en los títulos del Banco Central rindió 3,2 puntos en términos reales.

Una tasa de interés de 3,2 puntos no parece ser problemática para la inversión. De hecho, de acuerdo con Orlando Ferreres, la Inversión Bruta Fija creció 13,4% interanual en octubre y promedia un aumento de 11,1% en los últimos 6 meses. Es decir, crece al mayor ritmo de los últimos 4 años, cuando la tasa era negativa contra la inflación.

Lo mismo pasa con el crédito. Está volando en términos reales, poco afectado por la “alta” tasa de interés.

El segundo punto es el tipo de cambio.

Según la mirada más heterodoxa, la apreciación del tipo real de cambio es preocupante y desinflar más lento ofrecería un dólar más competitivo.

¿Es esto realmente así?

A priori, no parece. Si la tasa de interés baja de su nivel actual, el dólar puede subir, pero igual subirían los precios, de manera que no se revertiría la apreciación real.

Yendo a lo más fundamental, el concepto en sí mismo es desacertado. Es que países como Chile, Perú, Colombia e incluso Brasil, han vivido un largo proceso de apreciación real de su moneda desde 2003 a 2013, sin que eso resultara en un obstáculo para su crecimiento.

Para sorpresa de algunos, en paralelo con el “dólar barato”, la economía de estos países creció, con baja inflación, bajo desempleo y aumento del salario real.

¿Por qué en Argentina debería ser diferente?

El Banco Central es la institución pública cuyo único rol en Argentina y cualquier país serio del mundo es tener una inflación baja y estable. No se puede imprimir crecimiento.

A corto plazo, es posible que una mayor laxitud monetaria tenga como contrapartida una mayor actividad, pero a largo plazo sabemos que solo trae inflación, crisis y pobreza.

Argentina debe crecer mirando el largo plazo. Y ahí el camino son las reformas estructurales. Más libertad económica, más inversión, crecimiento y reducción de la pobreza. Bajar la inflación es un componente más en ese combo de cambios profundos.

Ya probamos el atajo inflacionista. Nos fue peor que mal. Es una lástima que hayamos vuelto a caer en el error.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

¿Por qué no baja el gasto público?

Por Iván Carrino. Publicado el 2/6/17 en: http://www.ivancarrino.com/por-que-no-baja-el-gasto-publico/

 

Incluso cuando el gobierno quisiera reducir el gasto, el “estado profundo” no se lo permitiría.

Recuerdo una charla que escuché hace alrededor de 10 años. Quien disertaba en esa ocasión era director de una de las consultoras políticas más reconocidas del país. No recuerdo casi nada de la charla, pero sí una frase que me quedó grabada para siempre: “en política, la traición es una virtud”.

La frase, que puede sonar detestable, hacía referencia a la necesidad de los líderes políticos de traicionar sus lealtades, incumplir sus promesas y adaptarse permanentemente al cambio del “humor social” para avanzar en su carrera política.

Ejemplos de este fenómeno sobran en la política nacional. Políticos que se cambian de partido o que incumplen sus promesas electorales son un clásico.

El gobierno nacional no escapa a esta “tradición”. Durante la campaña 2015 prometió cambiar 180 grados lo que hacía el kirchnerismo. Sin embargo, en términos fiscales la promesa fue incumplida.

El estado, origen de nuestros problemas

Durante los 12 años de gobierno kirchnerista el gasto del gobierno creció de manera vertiginosa. De acuerdo a los últimos datos oficiales del Ministerio de Hacienda, el Gasto Público Consolidado avanzó nada menos que 20,6 puntos en términos del PBI, pasando de 26,6% a 47,2%.

Este alocado aumento de las erogaciones estatales no solo genera una mala asignación de recursos que reduce el crecimiento económico, sino que también es principal responsable de nuestra delicada situación fiscal.

El déficit, como quiera que se financie, es una bomba de tiempo que el propio Macri reconoce que no puede mantenerse en el tiempo.

Sin embargo, si consideramos lo que “Cambiemos” hizo hasta ahora, la realidad es que no cambió nada. El año pasado el PBI nominal creció 38%, cayendo en términos reales. El gasto, por su parte, creció alrededor de 39,3%. Esto lleva la ratio Gasto/PBI a 47,6%. Para 2017, si se cumple lo estipulado en el presupuesto, el gasto seguirá creciendo, pero en términos nominales volveríamos a niveles del 47,1%.

Este guarismo es similar al de países europeos y 85% superior al de Chile, Colombia y Perú promediados. Too much.

¿Es malo bajar el gasto?

Obviamente, cuando se propone bajar el gasto sale a la palestra una tribu de analistas imbuidos de keynesianismo que comienzan a recitar todas las calamidades que ocurrirían si se implementara la malvada austeridad. Un menor gasto, dicen, reduce la demanda agregada, la gente consume menos, las empresas reducen sus ventas, crece el desempleo y la economía colapsa.

No obstante este libreto, lo cierto es que la evidencia demuestra que es perfectamente compatible reducir el gasto público y mantener una economía vibrante.

Recientemente, Irlanda fue testigo de esta situación. Luego de llevar sus erogaciones al 65% del PBI en 2010, las redujo de manera considerable hasta el 29,5% en 2015. En términos nominales, el gasto cayó 31%. Obviamente, no ocurrió ninguna desgracia y la economía recuperó el crecimiento al tiempo que reducía su desequilibrio presupuestario.

Otro caso célebre es el de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo al estudio de Cecil Bohanon:

En 1944, el gasto del gobierno en todos los niveles representaba el 55% del PBI. Para 1947, el gasto público había caído un 75% en términos reales, o desde el 55% hasta el 16% del PBI (…)  Sin embargo, este “desestímulo” no resultó en un colapso del gasto en consumo o en inversión. El consumo real creció 22% entre 1944 y 1947 y el gasto en bienes durables creció hasta más que duplicarse en términos reales. La inversión bruta privada creció 223% en términos reales, con un enorme incremento real que se multiplicó por seis en el gasto destinado a viviendas residenciales.

Lo mismo puede decirse de Suecia. A principios de los años ’90, el estatismo sueco entró en crisis. El gasto público crecía en términos reales mientras que, por tres años consecutivos, la actividad económica cayó. En solo cuatro años (de 1989 a 1993) las erogaciones públicas habían subido 10 puntos del PBI hasta el 68%. A partir de allí, un programa de reforma buscó mejorar las cuentas. El gasto cayó en términos reales 0,9% al año entre 1992 y 1997. La economía volvió a crecer.

Si, como se ve en estos casos, la reducción del gasto público no genera crisis, ¿por qué el gobierno no avanza por este camino?

El estado profundo

Una respuesta posible a la anterior pregunta es que el gobierno está repleto de economistas keynesianos. Es probable. Alfonso Prat Gay, ex ministro de hacienda, por ejemplo, citó a Keynes en octubre del año pasado cuando se le preguntó por este tema.

Ahora bien, incluso cuando estuvieran relativamente convencidos de las bondades de la austeridad, lo cierto es que les sería políticamente imposible implementarla. Es que en Argentina, a pesar de que vivimos en democracia, los verdaderos hilos del poder los conduce un “estado profundo”, donde intereses corporativos, sindicales y políticos confluyen para mantener el statu quo.

Si el gobierno amaga con reducirle fondos al cine, ahí estarán los actores para gritar en contra. Si se reducen los subsidios y suben las tarifas, las asociaciones de defensa del consumidor podrán el grito en el cielo. Si se despiden trabajadores estatales, los gremios harán paro y bloquearán las calles. Si baja el gasto en obra pública, las cámaras empresarias harán lobby destacando la “importancia estratégica de la infraestructura”.

A medida que crece el gasto público, crecen los grupos concentrados directamente beneficiados por el mismo. Se genera una red de corporaciones que luego presionan políticamente (y otras violentamente) para que nunca más baje. Es el “estado profundo” que gobierna sin ir a las elecciones y destruye la economía.

Para reducir el gasto, el gobierno de Macri debe, primero que nada, despojarse de la idea de que esto sea perjudicial para la actividad económica y los pobres.

Pero, más importante, debe estar listo para enfrentar los intereses creados que no quieren que nada cambie en Argentina.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Macri en la Cueva de las Manos

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 10/1/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/macri-la-cueva-las-manos/

 

La Cueva de las Manos es un sitio arqueológico y de pinturas rupestres que se encuentra en la Patagonia, al sur de mi Argentina natal. Evoco sus imágenes, que resultan tan conmovedoras hoy como cuando fueron pintadas, hace nueve mil años, para bosquejar un balance del primer año del gobierno de Mauricio Macri.

Cuando llegó a la Casa Rosada dije algo que mantengo ahora: estoy contento de que haya ganado Macri las elecciones, pero también lo estaría si las hubiera ganado el conde Drácula. En efecto, es muy difícil empeorar el desastre del populismo kirchnerista, su demagogia, su sectarismo, su desprecio a las instituciones democráticas y republicanas, sus alianzas internacionales con lo peor del planeta, su corrupción y su calamitosa gestión económica.

Conviene subrayar este último punto, porque el kirchnerismo insiste en sus buenos resultados, contrastándolos con los malos del macrismo. La verdad es doble: suerte y despilfarro. Tuvo suerte el matrimonio Kirchner con el ciclo alcista de las materias primas, en particular la soja. Pero además acometió una delirante carrera para descapitalizar el país y crear en los argentinos una falsa sensación de riqueza, producto de una “fiesta de consumo artificial”, como dice el economista Roberto Cachanosky. El patrón fue similar en todos los casos. Por ejemplo, el gobierno prohibió exportar carne vacuna y la sobreoferta local les abarató a los argentinos su famoso asado durante un tiempo. ¿Milagro? No: espejismo. Eso duró mientras se produjo una abrupta caída de millones de cabezas, sacrificadas por la falta de rentabilidad, y la reducción de la oferta hizo que el precio del asado finalmente se disparara.

Lo mismo sucedió con el control de las tarifas eléctricas, que abarató la luz a los argentinos pero descapitalizó a las empresas con el resultado, recuerda Cachanosky, de que “volvieron los cortes de luz como en la época de Alfonsín, el sistema energético está colapsado y se necesitan miles de millones de dólares para reconstruirlo”. Otro tanto vale para el transporte público, los ferrocarriles, las carreteras, el gas…y hasta el patrimonio del Banco Central y de los pensionistas privados, cuyos ahorros fueron confiscados. Las autoridades populistas se marcharon dejando un déficit público del 7 % del PIB. “Lo cierto es que el kirchernismo literalmente destruyó la economía”.

En ese difícil contexto llega Mauricio Macri. Su propósito, como escribió hace poco en El País era claro: “pasar página”. En el aspecto institucional el contraste con el siniestro kirchnerismo es patente. La Argentina ha reparado su posición política en el mundo: Macri no homenajea a los dictadores cubanos y ha tenido el honor de ser insultado por Nicolás Maduro.

Pero en economía los resultados han sido desalentadores. La Argentina ha recuperado la estanflación: en 2016 se estima que el PIB habrá caído un 2,5 %, con una inflación del 40 %.

El Gobierno argentino pronostica un crecimiento del 3,5 % en 2017, pero el economista José Luis Espert cree que será menor, de en torno al 2 %, a pesar del efecto estadístico de comparar con un año muy malo, y a pesar de la cosecha, que será buena, aunque también lo será en el resto de las potencias agrícolas, con lo que los precios no subirán demasiado. El Ejecutivo de Macri prevé una inflación del 12-17 % y un dólar a 18 pesos, pero tampoco muchos analistas lo acompañan en su optimismo.

Se dirá que la herencia recibida era terrible y que se necesita tiempo. Es verdad. Y también es verdad que en economía se hicieron cosas buenas, empezando por la salida del “cepo cambiario” sin un colapso financiero ni un default. Hablando de eso, también se arregló la situación con los holdouts y la Argentina regresó a los mercados de crédito.

Pero el sempiterno problema del gasto público, que supera el 40 % del PIB no se resuelve. El Gobierno de Macri no lo ha reducido, y en cambio ha subido los impuestos y la deuda, que se coloca en dólares por encima del 7 %. Se vuelve a recurrir al tipo de cambio para contener la inflación, como tantas veces en el pasado. El torrente de inversiones extranjeras que había sido pronosticado no se ha producido, y es una de las razones del despido de Alfonso Prat Gay. Pero, como bien dice el periodista Carlos Mira, el ya ex ministro “no es completamente culpable de que esos objetivos no se hayan alcanzado. Es el propio presidente el que ha boicoteado la tarea”. De momento, cuenta con el colchón de ingresos que ha generado la exitosa amnistía fiscal (que allí llaman “blanqueo”).

Mauricio Macri mantiene una aprobación popular bastante elevada, a pesar de la recesión y la inflación, incluidos los tarifazos, pero no está claro que su estrategia sea sostenible. En vez de atender a las explicaciones convencionales de los grupos de presión que sigue financiando, como los sindicatos y los piqueteros, con la manida y falaz excusa del “estallido social”, igual debería pensar en la historia de su país, con tantas crisis repetidas por el exceso de gasto público, el endeudamiento, y la falta de medidas liberalizadoras.

Es posible, por supuesto, que la situación cambie a mejor. El economista Iván Carrino ha destacado el liberalismo probado del nuevo ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne. Y Martín Krause, catedrático de Economía de la Universidad de Buenos Aires, subrayó que Macri acaba de apuntar hace pocos días la necesidad de un cambio de valores, que deje atrás el intervencionismo populista, con brillantes promesas cortoplacistas que se tornan siempre en ruinas a medio plazo. Sería desde luego maravilloso superar la demagogia antiliberal y antirrepublicana de las consignas populistas como “los derechos se defienden en la calle”, y no en la Justicia, barbaridad típica de los piqueteros kirchneristas y de sus amigos españoles de Podemos. Sería magnífico dejar atrás su mensaje totalitario que busca la expansión de la política a expensas de la sociedad, y del Estado a expensas del mercado, en un ejercicio ilimitado del poder orientado sistemáticamente al recorte de derechos y libertades individuales. El problema, advierte el doctor Krause, es que nadie en el Gobierno argentino “se preocupa por las ideas y los valores”.

Si Macri empieza, bien iremos. Podría inspirarse el presidente en los mejores momentos de la historia argentina, cuando el liberalismo la convirtió en pocos años en un país rico y admirado. Por hablar de historia, podría remontarse hasta sus orígenes más remotos. Los primeros argentinos de la Cueva de las Manos parecen saludar, simpáticos. Pero ¿a que también parecen pedir que los dejen en paz?

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Una decisión política que abre interrogantes

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 27/12/16 en: http://www.infobae.com/opinion/2016/12/27/una-decision-politica-que-abre-interrogantes/

 

Si bien las expectativas económicas para el segundo semestre, así como las metas fiscales e inflacionarias prometidas por Alfonso Prat-Gay al inicio de su gestión, no se han cumplido, su salida del Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas responde más a cuestiones políticas que económicas. Este no sólo es el mensaje que ha dado a entender el jefe de gabinete, Marcos Peña, sino que Prat-Gay ha seguido una política muy gradualista, acorde con las preferencias del Gobierno. Los mayores desacuerdos que se mencionan son la falta de juego en equipo, con cortocircuitos en la reforma del impuesto a las ganancias como la gota que rebalsó el vaso.

Sin dudas las medidas más importantes de Prat-Gay se encuentran al inicio de su gestión: la salida del cepo cambiario y el arreglo con los holdouts. A estas dos medidas se suma también un inicio de normalización en las relaciones internacionales de Argentina. Sin quitar mérito a estas medidas, es importante contextualizarlas. La dificultad en la salida del cepo y el arreglo con los holdouts era más una cuestión política que técnica. El desafío que el kirchnerismo no pudo superar fue tomar la decisión más que diseñar un complejo plan económico. En el caso de los holdouts, tampoco había mucho margen de opción dado el fallo en firme del juez Thomas Griesa. Así como es justo contextualizar estas medidas, también es justo no minimizar estos logros de Prat-Gay.

La misma audacia y velocidad que se vio en la salida del cepo y el arreglo con los holdouts, sin embargo, no se vio en la corrección del mayor desequilibrio macro de la economía argentina: el déficit fiscal con una carga tributaria récord. Con una economía regulada, asfixiada con impuestos y un Estado insostenible, no debería ser sorpresa que la esperada lluvia de dólares no se haya materializado. Podría decirse que el mismo Prat-Gay desconfiaba de los resultados de su cartera, dado que ha apelado a un discurso del miedo, en lugar de confianza, para atraer recursos vía el blanqueo de capitales. El argumento de Prat-Gay consistía en avisar que quien no blanquease no iba a tener dónde esconderse, no en seducir con un consistente y sólido plan económico. Lamentablemente no se puede repetir demasiado, el problema que sigue sin solución es el déficit fiscal en un contexto donde ya no es factible seguir subiendo impuestos. El 2016 no va a mostrar una gran mejora en esta larga serie de desenfreno en el gasto público.

Sin embargo, dado que la salida de Prat-Gay sería más por cuestiones políticas que económicas, la decisión de removerlo por parte de Mauricio Macri abre algunos interrogantes. Cambiemos asumió el gobierno con una situación económica crítica, no asumió una economía estable que necesitase quizás ajustes menores. Lo que hace falta es cirugía mayor, no una aspirina para un resfrío pasajero. Es necesaria una reforma tributaria integral, una reforma del Estado integral, una reforma regulatoria integral, etcétera. Sin embargo, las decisiones económicas han quedado dispersas en quizás hasta diez personas distintas (ver nota). Imaginemos que las decisiones de salud o educación públicas estuvieran divididas en hasta diez personas, ¿esperaríamos grandes cambios y eficiencia, o esperaríamos lentitud, ruido entre los secretarios y problemas de gestión? ¿Por qué sería distinto en economía, justamente cuando el país necesita grandes cambios?

El débil desempeño de la economía argentina en el segundo semestre no se debe a la falta de juego en equipo de Prat-Gay, sino a la falta de decisiones económicas más audaces. El gradualismo pasó de ser una promesa de reformas lentas a ser un gradualismo tortuga, a ser finalmente un gradualismo en sentido contrario al necesario. El nivel de empleo público, el déficit fiscal comenzaron a aumentar en lugar de caer de manera gradual. No va a ser suficiente para revertir la situación económica de manera consistente y sostenible que Nicolás Dujovne y Luis Caputo jueguen en equipo más que Prat-Gay; es necesario comenzar a enviar señales claras de reformas de fondo. Cambiemos no debe darse el lujo de que el gradualismo implique que se vayan los cuatro años de gobierno sin reformas serias. En los próximos meses veremos si el nuevo equipo económico mantiene el gradualismo de Prat-Gay (más despacio no se puede ir) o si se aceleran las reformas económicas (una postura más shock, por más que le pese al actual Gobierno el uso de esta palabra).

La división de la cartera económica en dos, a su vez, invita a cuestionarse si en realidad hay un ministro de Economía o si lo que tenemos son secretarios (mini-ministros), donde en los hechos el ministro de Economía es la Casa Rosada. Esta es una audaz y peligrosa jugada política, dado que si la economía no repunta como se espera y no se percibe una clara autoridad económica, el costo político caerá en la Casa Rosada y no en los ministros, que pueden funcionar como fusibles políticos. Pasado ya un año de gobierno de Cambiemos, el nuevo cambio en la cartera de Economía pone otro tiempo de espera en el que el nuevo equipo económico debe asumir y comenzar a tomar sus decisiones. Así, mes a mes el gradualismo se va comiendo tiempo preciado para reformar la economía argentina de una buena vez.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Una meta fiscal que no se cumplió, porque no había convicción para concretarla

Por Adrián Ravier. Publicado el 27/12/16 en: http://www.lagaceta.com.ar/nota/713018/economia/meta-fiscal-no-se-cumplio-porque-no-habia-conviccion-para-concretarla.html

 

Con Mauricio Macri nace una nueva forma de hacer política, parecida, quizás, al modo de administrar una empresa. Se fijan metas, se deja trabajar y luego se evalúa la performance. Ha llegado el momento de evaluar a los ministros y Alfonso Prat-Gay tenía una meta fiscal que no cumplió, porque jamás estuvo convencido de ella.

En este primer año se priorizó ordenar la economía, tras la pesada herencia representada en los tres grandes desequilibrios: fiscal, monetario y cambiario. Comenzando por este último, Prat-Gay y Federico Sturzenneger, titular del Banco Central, trabajaron en conjunto para levantar el cepo cambiario, para arreglar con los holdouts y para acceder al crédito externo que le ayude al Gobierno en su estrategia de gradualismo. Sturzenegger, además, logró convencer al mercado de que las metas de inflación son viables, pero Prat-Gay no sólo no logró sus objetivos del segundo semestre, sino que tampoco pudo alcanzar la meta fiscal de 4,8 % de déficit primario que se había planteado. Si el déficit no fue mayor al actual se debe a que el blanqueo ofreció recursos extraordinarios que resultaron en una rueda de auxilio.

El incumplimiento de esta meta fiscal puede recibir variadas lecturas y hasta justificarse por medidas que incluyeron aspectos que estaban fuera del alcance del ministro saliente. Pero las metas de 2017, necesariamente, deben ajustar las tuercas de la cartera de Hacienda y Prat-Gay no está convencido de ello. No sólo descree que sea oportuno ajustar el déficit por las elecciones próximas, sino que su modo de entender la economía desaconseja apuntar al déficit fiscal en un contexto recesivo.

Está fuera de mi alcance comprender si la decisión es política, por la forma individualista de hacer política económica de Prat-Gay y su poco entendimiento con el jefe de Gabinete (Marcos Peña), pero me gustaría creer que Macri comprendió que fomentar la demanda agregada mediante gasto público en 2017 bien puede ser de ayuda para ganar las elecciones y mostrar cierto crecimiento, pero esa tendencia peligrará en 2018 si se pierde otro año en materia de metas fiscales. Me gustaría creer que Macri comprendió que el problema madre que tiene la Argentina es fiscal, y que sólo mediante un ajuste su Gobierno puede terminar con una economía en auge sostenible.

Nicolás Dujovne ha sido la persona elegida para avanzar en el desafío fiscal, y tiene más perfil docente que experiencia en el sector público. El Frente Renovador emitió algún comentario que identifica a Dujovne como un economista ortodoxo que acelerará el ajuste fiscal. Mi lectura, sin embargo, es diferente. Dujovne continúa el gradualismo y el foco se coloca en la comunicación. Vale como ejemplo la siguiente referencia suya: “si el Gobierno lograra mantener el gasto congelado, por los próximos cinco años, y si la economía creciera 3% por año, el gasto en relación con el PBI bajaría de 45% a 39% en 2021. Y si esa estabilidad del gasto permaneciera por diez años, caería hasta 34% del PBI en 2026.”

Con Dujovne no habrá ajustes o recortes de gasto. Las críticas de Dujovne a Prat-Gay o a Sturzenegger no son de fondo sino de forma. Mi lectura de sus notas es que cuestiona la estrategia de comunicación, más que las propias metas fijadas. Da la sensación de que mantendrá el foco en las mismas metas de déficit primario de 3,3% para 2017 (aún cuando el Presupuesto lo estima en 4,2 %); del 1,8 % para 2018 y del 0,3 % para 2019, pero con alguien que está convenido de su importancia.

Además pondrá foco en dos temas centrales: la fuerte presión tributaria, que a Dujovne le parece injusta e inviable, y la enorme proporción de empleo informal, que daría lugar a cierta flexibilización. El mercado ha reaccionado con tranquilidad ante este cambio. El dólar y el Merval prácticamente operaron sin cambios. Pero es más un cambio de nombres que de fondo y sustancial en la política fiscal. Sería deseable que las metas fiscales se construyan sobre el déficit consolidado y no sobre el primario, especialmente en una serie de años donde la Argentina acumulará nueva deuda con su consecuente pago de intereses.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

El gobierno enredado en un círculo vicioso

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 28/11/16 en: http://economiaparatodos.net/el-gobierno-enredado-en-un-circulo-vicioso/

 

El gobierno no baja el gasto esperando que lleguen inversiones y las inversiones no llegan hasta que no se baje el gasto.

La famosa reactivación que el gobierno había pronosticado para el segundo semestre sigue sin aparecer. El Índice General de Actividad, IGA, (un anticipo de la evolución del PBI) que publica el estudio de Orlando Ferreres muestra una caída del 4,7% al comparar octubre de este año con octubre del año pasado y el acumulado de los 10 primeros meses el año da una caída del 2,8%.

Por su parte el INDEC publica el EMAE (Estimador Mensual de Actividad Económica) hasta el mes de septiembre con una caída interanual del 3,7% y el acumulado de los primeros 9 meses de este año da una baja del 2,4%. Haciendo algo de futurología, es probable que este año termine con una caída del PBI del 3% aproximadamente y, tal vez por una cuestión estadística, el año que viene se detenga la caía o muestre una leve recuperación. Lo cierto es que la economía no reacciona y el gobierno se encuentra cada vez más enredado en un círculo vicioso.

El primer problema que le veo al gobierno para salir de este enredo es que ante una herencia fiscal muy complicada Macri está siguiendo los mismos pasos que De la Rúa.

En efecto, cuando De la Rúa, tal vez por presiones de la alianza partidaria que integró, nombró a José Luis Machinea al frente del ministerio de Economía, quedó en claro que ese campo iba a estar en manos del progresismo. Recordemos que en relaciones exteriores había nombrado a Adalberto Rodríguez Giavarini, un excelente profesional y persona y en Defensa a Ricardo López Murphy, también un excelente profesional y persona.

Lo concreto es que Machinea integró su núcleo duro en Economía con Miguel Bein, el que fuera asesor económico de Scioli, y con Pablo Gerchunoff, un economista también proveniente del progresismo.

La economía estaba en recesión cuando asumió De la Rúa con una caía del PBI del 3,3% en 1999, bastante similar a la terminará este año. Lo cierto es que ante la complicada situación fiscal, Machinea apunto a aumentar la carga tributaria con la famosa tablita de ganancias paralizando el incipiente proceso de reactivación que se estaba insinuando hacia fines de 1999. Ni por casualidad apostaron a bajar el gasto público.

Sin resultados concretos y con la economía sin reaccionar a lo largo de 2000 buscaron el apoyo externo para cubrir el déficit fiscal. Bush hijo le dio una mano a De la Rúa y sobre fines de 2000 le otorgaron el famoso blindaje el FMI, el gobierno español y otros organismos internacionales por U$S 38.000 millones. Evidentemente la postura progre de quienes ocupaban el ministerio de economía de ese momento jugó a favor de no bajar el gasto público y se enamoraron del endeudamiento como política pública para no asumir el desafío político de reformar el estado y bajar el gasto público para dominar las cuentas fiscales. Como todos sabemos Machinea renunció a principios de 2001, Ricardo López Murphy tuvo un fugaz paso por el ministerio de Economía y la historia posterior es suficientemente conocida como para insistir con ella.

Lo mismo parece estar pasándole a Macri. El presidente, posiblemente por un acuerdo político con las fuerzas de Cambiemos o por convicción personal, nombró en Hacienda a Alfonso Prat Gay, un economista que viene del progresismo al punto que en 2013 conformó una alianza política, la lista 502 UNEN, con dos políticos claramente de izquierda como son Victoria Donda y Humberto Tumini. Es decir, el manejo de las cuentas públicas las dejó en manos de un economista que viene del progresismo, de la misma manera que De la Rúa la dejó en Machinea, un hombre que venía de la época de Alfonsín y que el 6 de febrero de 1989, siendo presidente del BCRA, le estalló el mercado de cambios y terminamos en la hiperinflación. Ambos se enamoraron del endeudamiento.

Podríamos decir que el desastre económico que dejó el progresismo populista del kirchnerismo pretende ser solucionado con un progresismo populista de Cambiemos. Aplicar la misma receta que llevó al fracaso.

Por ahora, la única receta que encontraron en Cambiemos para solucionar el monumental problema fiscal que dejó el kirchernismo es recurrir al endeudamiento externo. Una forma de atrasar el tipo de cambio real y afectar las exportaciones que al mes de octubre siguen mostrando serios problemas para recuperarse.

El argumento del gobierno es que no puede bajar el gasto público, particularmente en empleados estatales, hasta tanto no lleguen inversiones que absorban esa mano de obra que quedaría desocupada. En rigor esa gente está desocupada pero figura estadísticamente como ocupada. El kirchnerismo disimuló la desocupación con el empleo público.

Sin embargo, con este nivel de gasto público y sin bajar los impuestos, las inversiones siguen sin llegar. Encima el endeudamiento externo hace que la economía argentina sea cara en dólares y frene decisiones de inversión. Mientras exista esta carga tributaria y esta legislación laboral, no se ven posibilidades de que lleguen inversiones. Si no llegan las inversiones el gobierno sigue argumentando que no se crean puestos de trabajo para pasar la gente del sector público al sector privado. Así que seguimos con un gasto público creciente por el costo del endeudamiento, una economía del sector privado formal que se achica ante la asfixia fiscal y con recursos cada vez más escasos para financiar el gasto público.

El gobierno está metido en un círculo vicioso del que no puede salir. El gobierno no baja el gasto esperando que lleguen inversiones y las inversiones no llegan hasta que no se baje el gasto.

¿Cómo romper este círculo vicioso? En primer lugar hay que tener funcionarios con formación económica que hayan estudiado en serio el funcionamiento de la economía. No es suficiente CV haber arbitrado con monedas en Londres para arreglar el lío que dejó el kirchnerismo. Es necesaria una preparación intelectual mucho mayor. Una comprensión mucho más amplia de la economía que el timbear con monedas.

En segundo lugar, habría que convocar a la oposición, sindicatos y empresarios y contarles la realidad de la herencia recibida. Eso mismo hay que hacerlo para toda la ciudadanía. Dar un discurso detallando el destrozo dejado por el kirchnerismo para que la gente comprenda las medidas que hay que tomar.

Tercero, en vez de tomar deuda para tapar un agujero fiscal que crece, endeudarse para reestructurar el sector público y bajar el gasto. El crédito se paga solo con solo una parte del ahorro del gasto.

Cuarto, bajar impuestos para atraer inversiones y devolverle poder de compra a la gente.

En ese contexto de política económica bajar la tasa de interés y dejar flotar libremente el tipo de cambio.

Una combinación de un plan económico que cierre, un economista que sepa comunicar y comprenda el funcionamiento completo de la economía es la clave frente a este disloque de ministerios del área económica.

Macri está cometiendo el mismo error que cometió De la Rúa. Pretende resolver un serio problema fiscal con políticas progresistas que agudizan el problema fiscal y agravan la situación social por el aumento de la desocupación. Esperemos que recapacite a tiempo y no pretenda apagar el fuego con nafta, es decir, solucionar los problemas dejados por el progresismo populista del kircherismo con más progresismo populista.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE