Estatismo, capitalismo y desigualdad:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 1/3/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/02/estatismo-capitalismo-y-desigualdad.html

 

Argentina hacia la década de 1920 se encontraba entre los países con las mejores posiciones económicas, disputando con las potencias mundiales de la época. ¿La razón? Su economía era preponderantemente capitalista, lo que empezó a cambiar hacia la década del 30 del siglo XX en que se inicia el camino primero hacia una economía mixta y luego cada vez más hacia un estatismo más acentuado (peronismo) para volver a un estatismo un poco menos acusado, pero conservando todos los males y descalabros inherentes a las economías mixtas. Situación que se mantiene en el presente con todas sus consecuencias negativas.
Los casos de Alemania, Francia, países nórdicos y Japón que se citan a menudo como “exitosos”, lo son en la medida que sus economías no están basadas en la distribución sino en la capitalización. Producción y distribución son dos fenómenos concomitantes, paralelos y simultáneos, como dos caras de una misma moneda y no procesos separados, ni en compartimentas estancos. Pero, para que la producción (y consecuente distribución) sea posible, el requisito previo, indispensable, y excluyente es la capitalización. Sin capital es imposible producir (e invariablemente distribuir) nada. Ergo, decir que esas economías “deben su éxito” a la distribución es una tremendísima barrabasada propia de incompetentes. En cuanto a la capitalización, tal y como su mismo nombre lo indica, sólo es posible si la economía es capitalista y no en ningún otro supuesto. Las economías no-capitalistas o anticapitalistas por definición no capitalizan nada, ergo no pueden producir nada, y correlativamente no habrá nada para distribuir. En suma, no pueden recibir siquiera el nombre de “economías”. Por ello, querer hablar de “economías mixtas” o “intervencionistas” o “socialistas” o “comunistas” es un contrasentido completo. Estos últimos engendros son antieconomías, no “economías”.
Hay que tener muy en cuenta que ningún sistema económico puede disminuir la desigualdad. Si -en cambio- se puede reducir la pobreza. No la desigualdad. Como dice Alberto Benegas Lynch (h) la igualdad es sólo una abstracción de las matemáticas y no existió ni existe en ninguna parte, pese a que se la busca desde que el hombre es hombre. Se trata de una quimera. La fortuna es fruto del talento o -si se quiere- de la suerte, y ninguno de ambos pueden ser igualados en todos los seres humanos. Y quien tuviera tal potestad dejaría de ser igual a los demás, para pasar a ser un dictador mundial por definición desigual a todos desde su condición de dictador y dueño de todos los bienes y destinos humanos. A este resultado conduciría insistir sobre el dogma de la igualdad como lo hacen los igualitaristas. La pobreza -en cambio- es algo diferente; es un mal que debe ser combatido por todos los medios, y la única arma para batallarlo es el capitalismo y no ninguna otra.
La gente cree que los impuestos abultados disminuyen la pobreza. Pero los tributos exorbitantes son anti-capitalistas, porque aumentan la pobreza. Onerosas tasas impositivas restan, no suman, tan cierto como que 5 – 2 = 3, y que 3 < 5, y no al revés. Quien diga que los “países ricos” lo son porque cobran elevados impuestos deberían volver al colegio primario, porque ni siquiera dominan las reglas de sumar y restar. Si el PBI total de una sociedad es de 100 millones y el gobierno recauda 50 millones en impuestos, tendremos esta cuenta = 100 (PBI) – 50 (impuestos) = 50 (PBI) + 50 (impuestos) = 100 (PBI). ¿Cuál es la “riqueza”, el “crecimiento” o el “progreso” que habría “creado” el impuesto? Ninguno. Es igual a cero. Lo único que ocurrió es que la riqueza (ya existente antes del impuesto) simplemente cambió de manos: antes, el 100 % de ella estaba en manos de los productores de esa riqueza. Luego del impuesto, el 50 % de esa riqueza pasó a manos de los burócratas y gobernantes, y sólo el 50 % restante quedó en las de los productivos. ¿Conclusión?: Se enriquecieron los parásitos burócratas a costa de los trabajadores que se empobrecieron. Por supuesto que, la propaganda del gobierno siempre irá a decir que los impuestos “crean riqueza”, y es esto lo que la gente cree y repite de memoria casi sin pensar, ya que es lo que todos hemos escuchado sin cesar desde pequeños. Claro ¿qué van a decir los gobiernos contra los impuestos, si estos son el “salario” de burócratas y gobernantes? Si que “crean riqueza”, pero sólo para ellos y sus “amigos”, pero para nadie más. El pueblo (todos aquellos que no cobran impuestos, sino que sólo se limitan a pagarlos o ir a la cárcel) se empobrece con cada nuevo tributo, o con cada aumento de alícuota de algún gravamen ya existente.
El problema de fondo en esto es la propiedad. Debe ser privada. Esta es la solución. Al pagar impuestos la sociedad productiva (en adelante, SP) se empobrece a favor de la sociedad improductiva que está compuesta por los burócratas, los gobernantes, que con buen tino se los ha llamado la clase parasitaria, (en adelante, abreviada como CP) porque la SP pierde la propiedad privada de lo expoliado por la CP vía impuestos. Al botín, la CP le designa como “recaudación” o “recursos públicos”, fórmulas estas más “elegantes”, y en apariencia más “decentes” que lo que realmente es: el botín robado a la SP. Es decir, propiedad privada que pasa a ser estatal.
Pero tal como hemos visto, los mal denominados “recursos públicos” no existen. Los recursos siempre son privados. El gobierno los roba y los califica “públicos”. Esa es la única diferencia. Pero el nombre que la CP le asigne no cambia la naturaleza ni la esencia final de los bienes expoliados. El gobierno no posee nada sin que antes lo hubiera robado al pueblo (entendiendo aquí por la palabra “pueblo” a no otra cosa que a gente que esta fuera del gobierno, lo que también indicamos SP).
Y la propiedad privada es crucial que se defienda, porque es la única vía existente para capitalizar los recursos. Cuando los recursos privados pasan a ser propiedad estatal su destino es el despilfarro, la dilapidación, el derroche, con lo cual toda la sociedad se convierte en más pobre. Incluyendo a los depredadores burócratas y gobernantes.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

 

La careta del gigante.

Por Mario Vargas Llosa: Publicado el 13/7/14 en: http://elpais.com/elpais/2014/07/11/opinion/1405089994_921237.html

PIEDRA DE TOQUE. El mito de la ‘Canarinha’ nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible atenerse a la verdad, por dolorosa que sea

Me apenó mucho la cataclísmica derrota de Brasil ante Alemania en la semifinal de la Copa del Mundo, pero confieso que no me sorprendió tanto. De un tiempo a esta parte, la famosa Canarinha se parecía cada vez menos a lo que había sido la mítica escuadra brasileña que deslumbró mi juventud y esta impresión se confirmó para mí en sus primeras presentaciones en este campeonato mundial, donde el equipo carioca dio una pobre imagen haciendo esfuerzos desesperados para no ser lo que fue en el pasado sino jugar un fútbol de fría eficiencia, a la manera europea.

No funcionaba nada bien; había algo forzado, artificioso y antinatural en ese esfuerzo, que se traducía en un desangelado rendimiento de todo el cuadro, incluido el de su estrella máxima, Neymar. Todos los jugadores parecían embridados. El viejo estilo —el de un Pelé, Sócrates, Garrincha, Tostao, Zico— seducía porque estimulaba el lucimiento y la creatividad de cada cual, y de ello resultaba que el equipo brasileño, además de meter goles, brindaba un espectáculo soberbio, en que el fútbol se trascendía a sí mismo y se convertía en arte: coreografía, danza, circo, ballet.

Los críticos deportivos han abrumado de improperios a Luiz Felipe Scolari, el entrenador brasileño, al que responsabilizan de la humillante derrota por haber impuesto a la selección carioca una metodología de juego de conjunto que traicionaba su rica tradición y la privaba de la brillantez y la iniciativa que antes eran inseparables de su eficacia, convirtiendo a los jugadores en meras piezas de una estrategia, casi en autómatas. Sin embargo, yo creo que la culpa de Scolari no es solo suya sino, tal vez, una manifestación en el ámbito deportivo de un fenómeno que, desde hace algún tiempo, representa todo el Brasil: vivir una ficción que es brutalmente desmentida por una realidad profunda.

No hubo ningún milagro en los años de Lula, sino un espejismo que ahora comienza a despejarse

Todo nace con el Gobierno de Lula da Silva (2003-2010), quien, según el mito universalmente aceptado, dio el impulso decisivo al desarrollo económico de Brasil, despertando de este modo a ese gigante dormido y encarrilándolo en la dirección de las grandes potencias. Las formidables estadísticas que difundía el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística eran aceptadas por doquier: de 49 millones, los pobres bajaron a ser sólo 16 millones en ese período y la clase media aumentó de 66 a 113 millones. No es de extrañar que, con estas credenciales, Dilma Rousseff, compañera y discípula de Lula, ganara las elecciones con tanta facilidad. Ahora que quiere hacerse reelegir y que la verdad sobre la condición de la economía brasileña parece sustituir al mito, muchos la responsabilizan a ella de esa declinación veloz y piden que se vuelva al lulismo, el Gobierno que sembró, con sus políticas mercantilistas y corruptas, las semillas de la catástrofe.

La verdad es que no hubo ningún milagro en aquellos años, sino un espejismo que sólo ahora comienza a despejarse, como ha ocurrido con el fútbol brasileño. Una política populista como la que practicó Lula durante sus Gobiernos pudo producir la ilusión de un progreso social y económico que era nada más que un fugaz fuego de artificio. El endeudamiento que financiaba los costosos programas sociales era, a menudo, una cortina de humo para tráficos delictuosos que han llevado a muchos ministros y altos funcionarios de aquellos años (y los actuales) a la cárcel o al banquillo de los acusados. Las alianzas mercantilistas entre Gobierno y empresas privadas enriquecieron a buen número de funcionarios y empresarios, pero crearon un sistema tan endemoniadamente burocrático que incentivaba la corrupción y ha ido desalentando la inversión. De otro lado, el Estado se embarcó muchas veces en faraónicas e irresponsables operaciones, de las que los gastos emprendidos con motivo de la Copa Mundial de Fútbol son un formidable ejemplo.

El Gobierno brasileño dijo que no habría dineros públicos en los 13.000 millones que invertiría en el Mundial de fútbol. Era mentira. El BNDS (Banco Brasileño de Desarrollo) ha financiado a casi todas las empresas que ganaron las obras de infraestructura y que, todas ellas, subsidiaban al Partido de los Trabajadores actualmente en el poder. (Se calcula que por cada dólar donado han obtenido entre 15 y 30 dólares en contratos).

Las obras mismas constituían un caso flagrante de delirio mesiánico y fantástica irresponsabilidad. De los 12 estadios acondicionados sólo se necesitaban ocho, según advirtió la propia FIFA, y la planificación fue tan chapucera que la mitad de las reformas de la infraestructura urbana y de transportes debieron ser canceladas o sólo serán terminadas ¡después del campeonato! No es de extrañar que la protesta popular ante semejante derroche, motivado por razones publicitarias y electoralistas, sacara a miles de miles de brasileños a las calles y remeciera a todo el Brasil.

Las cifras que los organismos internacionales, como el Banco Mundial, dan en la actualidad sobre el futuro inmediato del Brasil son bastante alarmantes. Para este año se calcula que la economía crecerá apenas un 1,5%, un descenso de medio punto sobre los últimos dos años en los que sólo raspó el 2% . Las perspectivas de inversión privada son muy escasas, por la desconfianza que ha surgido ante lo que se creía un modelo original y ha resultado ser nada más que una peligrosa alianza de populismo con mercantilismo y por la telaraña burocrática e intervencionista que asfixia la actividad empresarial y propaga las prácticas mafiosas.

Las obras del Mundial de fútbol han sido un caso flagrante de delirio e irresponsabilidad

Pese a un horizonte tan preocupante, el Estado sigue creciendo de manera inmoderada —ya gasta el 40% del producto bruto— y multiplica los impuestos a la vez que las “correcciones” del mercado, lo que ha hecho que cunda la inseguridad entre empresarios e inversores. Pese a ello, según las encuestas, Dilma Rousseff ganará las próximas elecciones de octubre, y seguirá gobernando inspirada en las realizaciones y logros de Lula da Silva.

Si es así, no sólo el pueblo brasileño estará labrando su propia ruina y más pronto que tarde descubrirá que el mito en el que está fundado el modelo brasileño es una ficción tan poco seria como la del equipo de fútbol al que Alemania aniquiló. Y descubrirá también que es mucho más difícil reconstruir un país que destruirlo. Y que, en todos estos años, primero con Lula da Silva y luego con Dilma Rousseff, ha vivido una mentira que irán pagando sus hijos y sus nietos, cuando tengan que empezar a reedificar desde las raíces una sociedad a la que aquellas políticas hundieron todavía más en el subdesarrollo. Es verdad que Brasil había sido un gigante que comenzaba a despertar en los años que lo gobernó Fernando Henrique Cardoso, que ordenó sus finanzas, dio firmeza a su moneda y sentó las bases de una verdadera democracia y una genuina economía de mercado. Pero sus sucesores, en lugar de perseverar y profundizar aquellas reformas, las fueron desnaturalizando y regresando el país a las viejas prácticas malsanas.

No sólo los brasileños han sido víctimas del espejismo fabricado por Lula da Silva, también el resto de los latinoamericanos. Porque la política exterior del Brasil en todos estos años ha sido de complicidad y apoyo descarado a la política venezolana del comandante Chávez y de Nicolás Maduro, y de una vergonzosa “neutralidad” ante Cuba, negándoles toda forma de apoyo ante los organismos internacionales a los valerosos disidentes que en ambos países luchan por recuperar la democracia y la libertad. Al mismo tiempo, los Gobiernos populistas de Evo Morales en Bolivia, del comandante Ortega en Nicaragua y de Correa en el Ecuador —las más imperfectas formas de Gobiernos representativos en toda América Latina— han tenido en Brasil su más activo valedor.

Por eso, cuanto más pronto caiga la careta de ese supuesto gigante en el que Lula habría convertido al Brasil, mejor para los brasileños. El mito de la Canarinha nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible —aunque sea dolorosa— atenerse a la verdad.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

Argentina cae en picada:

Por Iván Carrino. Publicado el 31/3/14 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2014/03/31/argentina-cae-en-picada-en-indice-de-banco-mundial/

 

Son muchos los respetados economistas que, ante el apretón monetario del Banco Central destinado a controlar la inflación (si se puede hablar de inflación controlada con niveles de 3 o 4% mensual) y contener el avance del dólar blue, coinciden en que eso solo no es suficiente. El problema, advierten, es el déficit fiscal y, si este no se corrige por el lado del gasto,entonces el BCRA deberá volver a imprimir pesos no sólo para financiar al fisco sino para pagar los intereses de su deuda. Al déficit fiscal se sumará el cuasi fiscal y el final de la película puede ser incluso más traumático.

En efecto, el gasto público está desbordado. En la última década creció 450% en dólares. Si se mide en porcentaje del PBI este se acerca al 45%, niveles similares a países como Suecia, Alemania, o Noruega. Sin embargo, nos advertía Milton Friedman que estas cifras podían subestimar el costo real del Estado para la sociedad:

“Estas cifras exageran en ciertos aspectos la influencia del Estado y la subestiman en otros (…) La subestiman porque intervenciones del Estado que tienen efectos considerables sobre la economía pueden suponer un gasto insignificante (por ejemplo, los contingentes de importación, el salario mínimo oficial, las comisiones reguladoras de los precios, las leyes de defensa de la competencia).”

En este sentido, no sólo tenemos que mirar el gasto público, sino también las regulaciones sobre la actividad privada, que no cuestan dinero a los contribuyentes pero sí distorsionan y afectan el normal funcionamiento de la economía.

Un sector golpeado por este tipo de intervenciones en nuestro país es, desde hace años, el del comercio internacional. Las retenciones a las exportaciones, con el intento de hacerlas móviles en 2008, son el ejemplo paradigmático. Otro ejemplo son las tristemente célebres Declaraciones Juradas Anticipadas de Importación, una barrera discrecional para frenar importaciones. Según las nuevas autoridades, este sistema iba a flexibilizarse y transparentarse. Sin embargo, no hubo novedades al respecto.

Estas costosas intervenciones se ven reflejadas directamente en el Índice de Desarrollo Logístico del Banco Mundial. El recientemente publicado índice analiza lo favorable o desfavorable que es el país para el comercio internacional. Para ello, aborda temas como las regulaciones aduaneras, la puntualidad, o la infraestructura a disposición de la logística internacional.

Desde la primera publicación del índice, la Argentina cayó 15 puestos. Pasó del poco meritorio número 45 en 2007, al puesto número 60 en 2014. No es de extrañar que el rubro que haya mostrado la peor evolución haya sido el de las aduanass, que analiza la “simplicidad y predictibilidad de las formalidades” necesarias para importar y exportar. Si sólo tomáramos ese indicador, la caída sería de 34 puestos (del 51 al 85).

En Argentina las ideas mercantilistas están de moda. Tenemos que “cuidar la balanza comercial”, cerrar la economía para “proteger la industria nacional” y “mirar el mercado interno”. Sin embargo, esas políticas impiden la innovación, destruyen a los exportadores y perjudican a todos los consumidores al obligarlos a elegir una menor variedad de productos a precios más altos.

En conclusión, el gasto público es un problema, pero también lo son todas aquellas intervenciones del estado que el gasto no mide y que afectan negativamente la vida económica de la sociedad.

Como nota final, el gasto de Alemania asciende al 45% del producto bruto. Sin embargo, es líder en el ranking aquí analizado. No es casualidad que, pese a la prodigalidad pública, en Alemania la calidad de vida sea mucho mejor a la que se encuentra de este lado del océano.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.