La unión es indispensable y urgente

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 16/3/2en: https://eleconomista.com.ar/2021-03-la-union-es-indispensable-y-urgente/

La unión es  indispensable  y urgente

He machacado una y otra vez con la necesidad de unión de todos los que se oponen al chavismo autóctono. Ahora lo hago una vez más antes que sea tarde. Ya sabemos que hay diferencias de criterio entre miembros del arco opositor. La gestión anterior ha sido un fracaso, comenzando con el impropio bailecito en la Casa Rosada del nuevo titular con la banda presidencial. Siguió con el intento de designar miembros de la Corte por decreto, el uso y la alimentación de los piqueteros, la amistad con sindicalistas autoritarios, la duplicación de la inflación, el endeudamiento colosal, primero sacaron pero en definitiva encajaron el cepo cambiario, aumentaron la pobreza disfrazada con la sandez de la “pobreza cero”. Y no se diga que apuntaron a abrirse al mundo pues no se trata de ponerse en la vidriera para exhibir el estatismo de siempre pues eso aumenta la vergüenza. No es que no haya habido nada bueno, de lo que se trata es de aludir al balance neto y esto fue el mantener el engrosamiento del Leviatán. Lo demás son anécdotas.

Por supuesto que hay valores en ese arco opositor y los hay que tienen sentido de autocrítica y también otros empecinados en el error. Es de desear que se sobreponga lo primero. Como he apuntado antes, los radicales tienen el extraordinario ejemplo de su fundador, el jeffersoniano Leandro Alem. Es de desear que se examinen sus propuestas liberales y se reconsideren los reiterados consejos de Juan Bautista Alberdi.

En cualquier caso, el segundero pasa rápido y si en las legislativas los chavistas ganan espacios habrá reforma constitucional y se procederá a la estocada final a la Justicia y a la libertad de prensa. De todos modos estimo poco serio sugerir que la oposición vaya dividida en las elecciones de medio término con críticas cruzadas (pues es por ello que irían divididos) para luego en 2023 ir junto a los criticados, lo cual es muy poco serio y confunde a los ya confundidos indecisos que suelen definir elecciones.

Además, como si eso fuera poco, se adiciona a la necesidad de repasar conceptos clave de la ciencia política y se hace necesario repasar también algo de aritmética puesto que, como ha ilustrado y explicado Alejo Lopez Lecube, el sistema electoral vigente D´Hont otorga proporcionalmente mayor representación a la mayoría, lo cual aceleraría el desbarranque.

No necesito subrayar la trascendencia de los principios liberales que permitieron que nuestro país estuviera a la vanguardia de las naciones civilizadas desde la Constitución liberal de 1853 hasta que afloró el estatismo primero en la década del 30 y luego más pronunciadamente a partir del ‘43, un esperpento que hemos venido adoptando desde entonces con los resultados que están a la vista.

Como ha consignado Alexis de Tocqueville, es frecuente que en países de gran prosperidad moral y material la gente de eso por sentado, lo cual constituye el momento fatal pues los espacios son ocupados por otros con lo que se corre el eje del debate y se marcan agendas en otra dirección.

Eso es lo que ocurrió en nuestro país donde los socialismos, marxismos, keynesianismos, cepalinos y estatismos en general dieron la batalla intelectual y la ganaron ampliamente. Ahora se observan reacciones sumamente saludables a través de instituciones y fundaciones varias preocupadas y ocupadas en la batalla cultural, es decir, en la trasmisión de valores basados en el respeto recíproco. Asimismo, hay notables profesionales que en faenas diarias destinan tiempo para fundamentar los postulados de la tradición de pensamiento liberal. Esta es una gran esperanza para retomar la senda alberdiana que nunca debimos abandorar y, otra vez, deslumbrar al mundo con el progreso que somos capaces de generar en libertad.

Hoy no se resiste la presión impositiva insoportable, la burocracia que carcome el fruto del trabajo ajeno, la inflación galopante, el gasto astronómico del aparato estatal, la inseguridad manifiesta, la Justicia atropellada y vejada, la libertad de prensa amenazada, las regulaciones asfixiantes y absurdas, legislaciones laborales que perjudican al que trabaja, el cinismo de políticos inescrupulosos, la deuda creciente. Somos el hazmerreír del mundo civilizado.

No debe confundirse el plano académico con el político. En el primer caso es indispensable apuntar alto y levantar la vara sin concesiones de ninguna naturaleza, en cambio en la política es necesario acordar para salvar el pellejo, es lo que nos pide la democracia en el contexto de divergencias.

Pero para revertir toda esta maraña infernal necesitamos tiempo seguir con el trabajo en el plano educativo, lo cual requiere urgentemente la antes mencionada unión de todos los que se oponen al chavismo local. Ya habrá tiempo de dirimir diferencias internas que no son nada al lado del derrumbe que se avecina. La mejor noticia para los megalómanos es que la oposición se fraccione. Como ha dicho Ortega y Gasset, “argentinos, a las cosas”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿PARA QUE ES EL GOBIERNO?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

En realidad, el rol y las funciones del monopolio de la fuerza que llamamos gobierno se instituyó luego de que buena parte de la humanidad pudo sacarse de encima los faraones, sátrapas, emperadores y similares, para en su lugar ofrecer seguridad y justicia, es decir, para proteger los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, tal como rezan todos los documentos fundamentales de las sociedades abiertas.

 

Pero henos aquí que de un largo tiempo a esta parte, las funciones de los aparatos estatales se han ido ensanchando hasta cubrir los espacios más íntimos de las personas, con lo cual, en lugar de proteger derechos, los gobiernos se han convertido en los principales enemigos de los gobernados y estos, siempre encerrados en el dilema del “menos malo”,  sufren los embates de forma reiterada.

 

El tema medular consiste en que se confunde la naturaleza del debate. Se discute si es bueno o malo para las personas tal o cual decisión y de allí irrumpe un salto lógico inaceptable: si se piensa que es bueno se concluye que el monopolio de la fuerza lo debe imponer. Esto es inaceptable para la dignidad y la autoestima de personas cuya característica central es rechazar el entrometimiento de una niñera forzosa que anula la imprescindible libertad de cada uno, lo cual conlleva la responsabilidad individual.

 

En la dieta alimenticia, en las finanzas, en el deporte, en el mundo cibernético, en la educación, en la cinematografía, en el periodismo, en la agricultura, en el comercio y en todo cuanto pueda ocurrirse está presente el Leviatán con sus garras demoledoras y todo “para el bien de la gente”. Un ejemplo es la insolencia, impertinencia y el atropello de prohibir a los restaurantes a que pongan saleros en las mesas.

 

En una sociedad abierta, este plano de análisis es del todo impropio. El aparato estatal es para proteger a la gente en sus derechos que son anteriores y superiores a la existencia misma del gobierno y no para jugar al papá (además, generalmente golpeador) de la persona de que se trate. Más aun, en la sociedad abierta se respeta de modo irrestricto que cada uno maneje su vida y su hacienda como le parezca mejor, como decimos, asumiendo cada uno su responsabilidad, lo cual incluye las asociaciones caritativas con recursos propios y así hablar en la primera persona del singular y no vociferar en la tercera del plural, es decir, proceder coactivamente con el fruto del trabajo ajeno. Tal como reza el adagio anglosajón: “Put your money where your mouth is”.

 

Con razón el decimonónico Bastiat decía que el aparato estatal “es la ficción por la que todos pretenden vivir a expensas de todos los demás”. Cada vez que se dice que el aparato estatal debe hacer tal o cual cosa hay que preguntarse a quienes de los vecinos hay que arrancarles recursos puesto que ningún gobernante aporta de su peculio para proyecto político alguno (más bien tienen una manifiesta inclinación por quedarse con lo ajeno).

 

Lo dicho para nada desconoce la posibilidad que algunas personas decidan ser manejadas por otros designando tutores o curadores y estableciendo sistemas colectivistas conviviendo dentro de un mismo país, pero nada autoriza a que ese sistema lo impongan a personas que mantienen su autoestima y su sentido de dignidad y quieran vivir como humanos, a saber, haciendo uso de su libertad.

 

Aparecen sujetos en el ámbito político en atriles diversos, casi siempre con el dedo índice en alto declamando que ellos no persiguen intereses electorales ni componendas sino que defienden principios. Pues no saben de que están hablando ya que la política busca votos de lo contrario se esfuman los candidatos y si no se acuerda pierden apoyo y si se mantienen tercos en principios son barridos del escenario. El político de una u otra inclinación es en última instancia un megáfono de lo que ausculta está demandando su clientela. Por eso es tan importante el debate de ideas y la educación: va al fondo de las cosas y determina lo que aplaudirá o rechazará la opinión pública que es la que, a su vez, permitirá que se articule tal o cual discursos desde los estrados políticos.

 

Repasar los documentos originales de todas las sociedades libres nos recuerda la idea de gobierno por la que se establecieron esas sociedades. Con el tiempo, debido a una muy exitosa faena educativa (más bien des-educativa) la idea del monopolio de la fuerza y sus consiguientes funciones ha variado radicalmente desde la idea jeffersoniana de que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” a la idea leninista de abarcarlo todo en manos del gobierno. Es que se dejó de lado el principio defensivo básico de que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia” pero no meramente por parte de algunos sino de todas las personas independientemente de sus obligaciones y tareas cotidianas. Si se pretende el respeto hay que hacer algo diariamente para lograr y mantener ese objetivo noble. No es como si algunos estuvieran en la platea esperando que actúen otros que deben estar en el escenario. Esta actitud conduce a que se demuela la platea, se caiga el escenario y finalmente se incendie el teatro en manos de hordas anti-civilización.

 

Ayuda a profundizar estas reflexiones, por ejemplo, el releer algunos pasajes de Alexander Herzen que Isaiah Berlin considera “un escritor genial” que “detestaba el conformismo, la cobardía, la sumisión a la tiranía de la fuerza bruta o las presiones de la opinión […] odiaba el culto al poder”.

 

Las obras completas de Herzen ocupan treinta volúmenes en la edición rusa, el repaso de ciertos pasajes puede inspirar y también reencauzar algunos de los acontecimientos de nuestra época. En su autobiografía titulada Mi pasado y mis ideas consigna que “Desde los trece años he servido a una idea marchando bajo una bandera: la de la guerra a toda autoridad impuesta, a toda clase de privación de la libertad, en nombre de la absoluta independencia del individuo”.

 

En su Desde la otra orilla nos dice -en el sentido orteguiano- que “Las masas aman la autoridad. Siguen cegadas por el arrogante brillo del poder […] Por igualdad entienden igualdad de opresión […] Pero no se les pasa por la cabeza gobernarse a si mismas”. Y también, en la misma obra, apunta que “El individuo que es la verdadera y auténtica realidad de la sociedad, siempre ha sido sacrificado a un concepto general, a algún nombre colectivo”.

 

Sin duda este constituye uno de los tantísmos ejemplos de pensadores que han dejado magníficos testimonios de su veneración por la libertad y sus ventajas sobre la prepotencia estatal. Testimonios que es imperativo estudiar al efecto de juntar fuerzas frente a la barbarie que pretende reducir a la humanidad en una majada de los siempre obedientes y sumisos lanares.

 

Como queda dicho, resulta del todo inconducente entrar por la variante de discutir si tal o cual medida le hará bien o mal a las personas, de lo que se trata es de respetar su radio de acción para que cada uno pueda seguir su camino y no depender del paternalismo autoritario que se arroga facultades que exceden en mucho la misión específica por la cual, en el contexto de la sociedad abierta, fue establecido el monopolio de la fuerza. Opinión que es naturalmente rechazada por los burócratas de turno porque les resta poder y canonjías propias del ámbito político.

 

Todo lo que se piensa le hace bien a otros pude ser difundido por los canales que se estimen convenientes, pero en ningún caso está moral ni jurídicamente justificado a que se recurra a la fuerza para que se proceda de un modo u otro si el titular prefiere operar de otra manera, siempre y cuando no se lesionen derechos en cuyo caso es deber del gobierno defender a la víctima del atropello.

 

Claro que si los gobiernos abarcan todos los espacios privativos de las personas no pueden defender la vida, la libertad y la propiedad, no por falta de recursos ni de tiempo sino porque es absolutamente incompatible con sus propósitos de estatismo rampante. No tiene sentido defender el derecho y al mismo tiempo atacarlo.  Hoy la seguridad personal está en riesgo cuando no en franco peligro de ser asaltado o muerto, la libertad estrangulada por los gobiernos y la propiedad debilitada por la destrucción de los contratos y las intervenciones directas en los procesos de mercado con lo que se pierde la brújula del cálculo económico y la consiguiente dilapidación de los siempre escasos recursos.

 

En esta instancia del proceso evolutivo se ha adoptado el monopolio de la fuerza para proteger a los integrantes de la sociedad de lesiones a sus derechos, por eso resulta sumamente paradójico que, como queda consignado, ese supuesto defensor se haya convertido en el agresor de mayor envergadura de quienes financian sus actividades. Por ello, mientras otros debates tienen lugar en el mundo académico, es de gran importancia agregar nuevas limitaciones y controles para ponerle bridas al Leviatán, ejemplos de lo cual hemos sugerido en otras columnas.

 

Por último, invito a mis lectores a pensar cuidadosamente en lo que nos ha recordado el Ing. Alejo Lopez Lecube respecto a la siguiente conclusión de Thomas Jefferson -uno de los Padres Fundadores de EEUU, redactor de la Declaración de la Independencia y el tercer Presidente de ese país- que expresó en 1790, después de finiquitada su misión diplomática en Francia y antes de  asumir como Secretario de Estado de George Washington: “Los dos enemigos de la gente son los criminales y el gobierno, de modo que atemos el segundo con las cadenas de la Constitución para que no se convierta en la versión legalizada del primero”.            

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.