SOBRE LA MUERTE DE LOS HUMILDES

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 28/5/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/05/sobre-la-muerte-de-los-humildes.html?m=1

 

Hace unos diez años que teníamos un plomero que se llamaba Miguel. Alto, pelo blanco, delgado, ya añoso, sus ojos reflejaban sin falta de alegría el dolor de una vida difícil. Llegaba, sonreía, calmaba, solucionaba los problemas, cobraba lo justo y a veces lo injusto para él. Yo fui desarrollando con los años una sutil amistad. Habitualmente lo acompañaba hasta su auto, ya viejito como él, llevándole su caja de herramientas. Hablábamos de la vida y yo lo escuchaba como a un abuelo. Y siempre así. Tenía mucho trabajo, estaba lleno de pedidos, pero si era urgente, venía y ejercía sobre los caños y sobre el agua un efecto parecido al de la Nanny McPhee.

A principios del 2016, en Enero, nos enteramos de que había muerto, en Septiembre del 2015. Un mes antes había estado trabajando en casa.

Y que ya estaba enterrado y olvidado.

Me quedé helado. El recuerdo es un recurso ante nuestros obvios lamentos por nuestra obvia mortalidad. ¿Pero qué pasa cuando no quedan ni recuerdos?

Sabíamos que tenía hijos y nietos pero nada más.

Aún parte de sus materiales están en nuestro balcón. Los había dejado para un próximo arreglo. Allí están. Casi como sus cenizas.

Nada. Pasó por el mundo en silencio, haciendo el bien, casi como si no hubiera existido. Qué curioso que los que hacen el bien en silencio no existan. Los que hacen mal y con mucho ruido, sí existen. Y pensar que Santo Tomás dice que el mal y el ruido no son existencias, sino privaciones…

En Guatemala, desde el 2003, nos hicimos amigos de Manuel. Un portero y guardia de seguridad. Manuel era bajito, delgado, de mediana edad. Con una amabilidad exquisita. Nos decía señorita Marcela y señor Gabriel. Pase, para servirle, qué manda. Con una naturalidad tal, con una esencialidad tan densa, que jamás le pedimos que nos dijera de vos, algo culturalmente inconcebible para él. Pero éramos amigos. Todos los años lo saludábamos con un gran abrazo. A la noche, en sus guardias nocturnas en el hotel, Marcela le preparaba un té con galletitas y yo se lo llevaba. Que gracias señor Gabriel, no se hubiera molestado señor Gabriel, gracias a la señorita Marcela. A la hora más o menos nos devolvía todo lavado y secado.

Y así, siempre. Era nuestro amigo. Uno de los mejores.

Y de repente, se murió.

Nos imaginamos que debe haber entrado en el cielo igual. Hola señor Pedro, gracias señor Pedro, qué manda señor Dios, muy amable señor Dios, para servirle señor Dios.

Pero se murió.

Y todo siguió igual, como si Manuel no hubiera existido.

La gente tan buena y humilde debería morirse con aviso. Pero no, tienen una muerte tan inexistente como su presencia.

Qué tan así es este mundo. Pero en el cielo deben haber entrado como los emperadores triunfantes entraban en Roma. Seguramente algo sorprendidos, pero Dios les debe haber explicado cómo son las cosas allí.

Mientras tanto aquí, se nos murieron. Llegaron a nuestra vida sin avisar. Se fueron sin avisar. De sorpresa. En silencio. En humildad.

 

Sea este un homenaje a todos los Migueles y Manueles del mundo.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

LA VIRTUD DE LAS «PROPER MANNERS», EL «PARA SERVIRLE», EL «REI» Y EL «OMOTE/URA»

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 15/1/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/01/la-virtud-de-las-proper-manners-el-para.HTML

 

Hace poco vi un video sobre “por que es difícil hacer amigos en Japón”, y el latino en cuestión que hablaba demostró cuán difícil le era entender dónde estaba. Dio la misma razón se afirma habitualmente para ambientes anglosajones: que son fríos.

¿Fríos? Yo me pregunto si un ser humano puede ser frío, y respondo: no. Todos tienen pasiones y sentimientos. Todos sienten amor, odio, ira, alegría, todos tienen ganas de abrazar, ganas de matar, todos sienten dolor por la traición, todos se mueren de amor por un bebé. Todos.

Sencillamente, hay algunas culturas, como las criticadas por las latinas, que han aprendido a custodiar algo que nosotros no: la intimidad.

¿Es fácil hacer amigos en Argentina? Oh, claro, seguro que sí. Todos te reciben y te tratan como si fueras el hermano de toda la vida. Qué lindos los abrazos, los besos, el “entrar en confianza”. Pero el problema es que eso es más hipócrita de lo que suponemos. No sólo vienen los comentarios por atrás, las maledicencias mientras te llenan de abrazos, las traiciones posteriores, tan efusivas como el abrazo inicial, sino que aunque no pase nada de ello, hay algo que queda expuesto desde el principio: la intimidad personal.

No se debe invadir el fondo del corazón del otro. Hay que llegar lentamente, hay que ir pidiendo permisos, hay que ir mostrando nuestro sacrosanto respeto, para que el templo de lo más íntimo del otro se vaya develando. Lleva su tiempo, lleva sus caminos de diálogo, de pruebas de nuestra sinceridad, de mostraciones permanentes en nuestro mirar y en nuestro hablar, que ratifiquen que no vamos a agarrar al corazón del otro y hacerlo pedazos como una basura que sólo merecería el descarte.

Y para eso hay normas de etiqueta. Nos pueden parecer frías, pero eso es no entender la naturaleza humana. El pudor no es una moralina sexual. Es taparse, precisamente, porque desconocemos si el otro nos respet a en tanto nosotros o no. Es abrirse lentamente en la medida que descubramos el corazón limpio del otro. Es saber que hay cosas que no pueden ser públicas porque la mirada de los otros puede ser malvada, cruel, hiriente.

Cuando no lo sabemos, estamos desprotegidos. Ciertas culturas –como ciertas costumbres de algunos porteños (no todos)- pueden parecer cálidas al principio, pero en verdad estamos desprotegidos. El otro cree que tiene el derecho a tratarte desde el principio como si fueras directamente una especie de hermano gemelo, y la realidad es que no es así. Y es tan NO así que luego vienen las grandes peleas: ¿cómo, vos no eras mi amigo? No, la verdad es que no lo eras y nunca lo fuiste. Así de triste.

Las formas, las proper manners anglosajonas o las normas de etiqueta japonesas, que tanto nos cuesta entender, tienen como función cultural la protección de la intimidad. Cuando finalmente hay amistad, es más en serio, mas cálida en verdad, porque el fondo del corazón puede realmente descansar. Las juegos de lenguaje forman parte de esa etiqueta. Aquí en Guatemala, que es una cultura latina, pero no “canchera y confianzuda”, tiene un Español  lleno de delicadísimas formas que lejos están de la hipocrespía, sino que son formas de convivir precisamente con el que no conocemos; formas que nos protegen del conocimiento disperso, como diría Hayek. Pase adelante, para servirle, qué manda, no tenga pena, fíjese que (para no decir directamente que no), etc…

Hay juegos de lenguaje de algunos argentinos que lo que tienen por detrás es una agresividad latente por más que digan que ya están acostumbrados. Che boludo, boludo, che tarado, qué hacés papá, dale tarado, no seas pelotudo, etc., y todas dichas desde el principio, sin mediación, sin aviso, en medio de las palmadas en la espalda. Claro, van luego a EEUU –y ni que hablar de Japón- y no entienden nada. Pero qué fríos que son estos tipos. Hay que portarse bien, claro –el porteño tiene terror al ridículo- pero qué aburrido no? ¡Volvamos por favor, a ver si nos agarramos a las piñas con alguien o nos morimos!!!!

La intimidad, los amigos verdaderos, son muy pocos, y está perfectamente bien que sea así. Para los demás, está la cordialidad en el trato, las palabras amables, totalmente compatibles con la sinceridad cuando hay un corazón respetuoso. La intimidad es un templo sagrado. El que no lo entiende es como el general romano que entró con su caballo al templo de Israel. Frente al horror, seguramente contestaba

“y a vos qué te pasa?”

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación