Resurgimiento liberal

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 8/12/19 en:  https://www.elpais.com.uy/opinion/columnistas/alberto-benegas-lynch/resurgimiento-liberal.html

 

¿Cómo puede afirmarse lo que se consigna en el título de esta nota periodística cuando se observa en el mundo de hoy la xenofobia, el nacionalismo y el mal llamado “proteccionismo” en el contexto de un estatismo galopante? Es que como han señalado Milton y Rose Friedman en un célebre ensayo titulado “La corriente en los asuntos de los hombres” (traducido y publicado con permiso de los autores en la revista académica Libertas, Buenos Aires, No. 11, Año VI, octubre de 1989), lo que vemos al momento es lo que surge en la superficie pero debe bucearse y detectar las corrientes y contracorrientes que vienen gestándose bajo la superficie al efecto de poder espiar el futuro.

 

Escrutando así lo que viene en la próxima oleada, pongo por ejemplo la situación argentina. Puede conjeturarse con sobrados elementos de juicio que en el corto plazo la noche será oscura, pero si se mira bajo la superficie el cuadro de situación se presenta alentador. Las ideas liberales de Juan Bautista Alberdi permitieron un país floreciente luego de la tiranía rosista, desde la Constitución de 1853 hasta desbarranque colosal del golpe fascista del 30 y con mucha mayor velocidad en el declive a partir del golpe del 43 que nos encuentra a los argentinos desde entonces en un descalabro sistemático.

 

Decimos que bajo la superficie las perspectivas se manifiestan alentadoras debido a lo que principalmente ocurre con una proporción llamativamente grande de gente joven que estudian y difunden los valores y principios de una sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana). Por ejemplo, lo que viene sucediendo en instituciones notables como la Fundación Naumann, Federalismo y Libertad en Tucumán, las fundaciones Libertad y Bases en Rosario, la Fundación Libre en Córdoba, el Club de la Libertad en Corrientes, lo que ha realizado la Fundación Alberdi en Mendoza, en Buenos Aires Libertad y Progreso y el Instituto Amagi. Todas entidades que reúnen numerosos profesionales que publican artículos y ensayos, dictan clases y exhiben tesis doctorales con alto grado de excelencia.

 

Estos jóvenes reunidos en esas y otras instituciones y cátedras universitarias son estudiosos de historia para evitar que se repita aquello que señaló Aldous Huxley: “La lección más importante de la historia es que no se ha comprendido la lección de la historia”. En el denominado Salón Literario inaugurado en Buenos Aires, en 1837, el antes mencionado Alberdi expresó en una de sus ponencias que “mal nos será dado caminar si no sabemos de dónde venimos ni dónde vamos” y su colega Esteban Echeverría, en la misma asociación, aseveró que “no nos basta el entusiasmo y la buena fe, necesitamos mucho estudio y reflexión, mucho trabajo y constancia”.

 

Es de interés recordar que los argentinos estábamos a la vanguardia del mundo civilizado antes de la avalancha populista que aun nos persigue con una perseverancia digna de mejor causa. Reitero que antes de este aluvión,  los salarios de los peones rurales y los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. Las oleadas inmigratorias a nuestro país competían con las costas de Estados Unidos.

 

Luego ocurrió lo que podríamos bautizar como “el síndrome Tocqueville”, autor que sostuvo que es común que en países de gran progreso moral y material los habitantes dieran eso por sentado. Y ese es el momento fatal, puesto que se dejan espacios a otras tradiciones de pensamiento, en nuestro caso el keynesianismo, el cepalismo y los socialismos que fueron lo que el matrimonio Friedman denomina la contracorriente bajo la superficie que anticipó lo que luego desafortunadamente sucedió.

 

En un plano más amplio, hay otros síntomas que aparecen como halagüeños en el mundo hispanoparlante, por ejemplo que una editorial comercial estime que será negocio la traducción y publicación de un libro como El problema de la autoridad política de Michael Huemer (Deusto Editores, 2019), obra que adelanta debates muy suculentos que ameritan tener muy en cuenta pues nuevamente calan bajo la superficie.

 

También y fuera del caso argentino es muy interesante el de nuestros hermanos uruguayos -antes “la Suiza de América latina”- que presentan rasgos de reacción frente al populismo que, entre otros recientes, puede ilustrarse con la faena tan encomiable y productiva por parte del Centro de Estudios para el Desarrollo.

 

Sin duda que las acciones que contrarrestan lo señalado son muchas y vienen de largo puesto que no es un invento liberal el otorgar relevancia trascendental a la educación, pero lo atractivo de esta aventura del pensamiento es que cuando las audiencias son expuestos a razonamientos y argumentos de peso se vuelcan al liberalismo que no es más ni menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros.

 

Es de esperar que las personas honestas intelectuales hoy en otra posición se percaten que cuando se dice que los aparatos estatales deben hacer una cosa o la otra, son los vecinos los que se hacen cargo al ser esquilmados en el fruto de sus trabajos y esto indefectiblemente perjudica a todos, muy especialmente a los más necesitados.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

REFLEXIONES SOBRE LA CUARTA DIMENSIÓN

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Desde la más tierna infancia se nos ha dicho que aprovechemos el tiempo, que economicemos tiempo o que ahorremos el tiempo. Esto es porque somos finitos, porque tenemos un tiempo limitado para, dadas las circunstancias, hacer de nuestras vidas algo provechoso. Otra posibilidad consiste en deambular sin rumbo, esto es vegetar, lo cual a su vez significa no sacar partida de la condición humana dotada de libre albedrío al efecto de hacer algo con el timón.

En líneas generales podemos decir que aprovechar el tiempo es, en primer lugar, mejorar como personas y, en segundo término, contribuir a hacer en algo mejor el ámbito en el que nacimos y vivimos en contacto con nuestro próximo (prójimo). Mejorar quiere decir actualizar nuestras potencialidades en busca del bien según sean nuestros esfuerzos por conocer, es decir, por agrandarnos en lo que tenemos de más preciado cual es el intelecto que nos diferencia de todas las especies conocidas.

Sin duda que la faena de conocer tiene sus bemoles en el sentido que se trata de un proceso evolutivo de prueba y error siempre sujeto a posibles refutaciones. De allí es que el sistema social que optimiza resultados es el del respeto recíproco, a saber, el de la libertad en cuyo contexto cada cual se mueve según estime pertinente en concordancia con sus proyectos de vida siempre y cuando no lesiones derechos de terceros, lo cual incluye la generosidad respecto al prójimo (naturalmente con lo propio). En esto consiste el eje central de la tradición de pensamiento liberal.

Es cierto que la vida se vive una vez y el segundero pasa rápido pero nuestra misión no puede encajarse en la arrogancia superlativa de pretender la resolución de los problemas que indefectiblemente genera el autoritarismo. Nuestra misión es mucho más modesta: se circunscribe a poner nuestro granito de arena para que se comprendan las ventajas del respeto recíproco en cuyo ámbito cada uno asume la responsabilidad por lo que hace o deja de hacer pero se maximizan las posibilidades de sacar el mayor provecho posible de las circunstancias imperantes.

Derrochar o malgastar el tiempo -la cuarta dimensión- entonces se traduce en no vivir sino simplemente durar. Una persona sin objetivos, proyectos o metas superadoras está a la deriva, su vida es un sinsentido o vive la vida de otros, renuncia a la unicidad de su ser en toda la historia de la humanidad, lo cual refuta la idea de tiempos circulares o repetitivos ya que irrumpen personas distintas.

Ortega concluye que “la vida es tiempo” y que “el tiempo es irreparable”, una vez transcurrido se torna irreversible, “es el tiempo que se acaba” para cada cual. La vida es como la dibuja Shakespeare en el sentido de un gran teatro en el que hombres y mujeres no son más que actores que tienen posibilidades limitadas y concretas de entradas y salidas al escenario. Bien se ha dicho que matar el tiempo no es un homicidio sino un suicidio ya que afecta principalmente al sujeto que desperdicia su tiempo siempre limitado en esta tierra y que en última instancia constituye el test de su vida. Se ha mantenido que el tiempo es eterno pero no lo es para cada uno (por otro lado Woody Allen ha consignado que “la eternidad se hace muy larga, especialmente la última parte”).

Hay quienes se excusan y exhiben toda clase de pretextos en la falta de tiempo para no llevar a cabo faenas relevantes pero el día tiene veinticuatro horas para todos, de lo que se trata es de un tema de prioridades al efecto de encontrar el tiempo necesario. Hay quienes se quejan de la rapidez del tiempo y los hay satisfechos con el paso del transcurrir, concepciones subjetivas relacionadas con la intensidad del vivir y de posibles satisfacciones por logros obtenidos y la conjetura de no poder repetirlos si se pudiera navegar para atrás en el tiempo tal como proponía Wells en su ficción.

André Compte-Sponville nos enseña que el tiempo es el ser en cuanto a que si nada cambiara, si nada durara la existencia no sería, lo cual pone al descubierto el vínculo espacio-tiempo y el movimiento potencia-acto que puede denominarse energía. Enfatiza este autor: “Imaginemos que se detuviera el tiempo. ¿Qué pasaría? Nada, por definición, porque ya no pasaría más nada.” Solo para el inmortal el tiempo resultaría irrelevante.

Aldous Huxley ha escrito con razón que “la más firme enseñanza de la historia es que no hemos aprendido las enseñanzas de la historia”. Tal cual, hay fenómenos recurrentes que revelan que estamos encorsetados por el pasado, es como si estuviéramos condenados a repetir errores una y otra vez. Los ejemplos tremebundos de los totalitarismos del siglo xx y xxi atestiguan el aserto, en mayor o menor medida se toman ingredientes de esos regímenes de horror y los aplicamos en dosis diversas, en general sin las matanzas físicas pero si las matanzas del espíritu a través de aparatos estatales que con creciente saña aplican sus recetas a los así denominados “contribuyentes”. Hay signos muy preocupantes de persecuciones a ciudadanos pacíficos que han obtenido legítimamente sus ingresos, son el fruto de su trabajo y sin embargo se los confisca a través de impuestos inauditos y regulaciones inaceptables.

Ahora viene el intento de explicar desde otro ángulo el tiempo, el transcurrir o el devenir. Aristóteles primero, pero especialmente San Agustín mostraron lo intrincado que resulta elaborar sobre el significado del tiempo al señalar la dificultad de aprehender ese concepto. Se trata de aludir a la sumatoria de presentes pero resulta que no son más que tiempos que ya fueron (pasado) o que serán (futuro) y que divididos en fragmentos infinitesimales de presentes que en verdad hacen que esa noción más bien se esfume. Esto así considerado convierte al tiempo en una especie de enigma ya que si el presente no puede aprehenderse y el pasado ya no es y el futuro aun no ocurre, el tiempo se transforma en un misterio pero que, sin embargo, es. No podemos separarnos del tiempo. Es como aquel cuento del que buscaba afanosamente sus anteojos y resulta que los tenía puestos precisamente para buscarlos.

Por su parte, Henri Bergson fue pionero en elaborar sobre el tiempo psicológico o interior, por una parte, y el tiempo del reloj por otra al poner de manifiesto como sucesos agradables para el sujeto actuante pasan más rápidamente que los desagradables que subjetivamente considerados tienden a sucederse con mayor lentitud.

En realidad, tal como apunta John B. Prestley hubieron calendarios antes que relojes al efecto de facilitar los períodos de siembras y cosechas y para encuentros y comercios se hizo referencia a horas, días, meses y años para lo cual se recurrió como parámetro al giro de la Tierra sobre su eje y al giro de la Tierra en torno al Sol en el contexto de puntos de referencia que cambian a ritmos distintos de lo observado puesto que si absolutamente todo cambia al mismo compás no hay modo de medir el tiempo (el río fluye en relación a márgenes inmóviles).

Como es sabido, Albert Einstein explicó su teoría de la relatividad especial en base a sostener que, a diferencia de la concepción newtoniana, el tiempo no es absoluto, que depende de la ubicación del observador (una explosión será detectada en lugares distintos en diferentes tiempos debido a la velocidad del sonido y de la luz). Asimismo, su teoría general de la relatividad introdujo el factor masa, es decir, que si la Tierra fuera de mayor tamaño tardaría más en girar sobre su eje y en torno al Sol.

Stephen Hawking, aunque cambiante en su posición respecto al origen del universo, en su libro sobre el tiempo parte del Big-Bang que como es sabido se trata de algo contingente y no necesario como la Primera Causa a la que todo remite puesto que la regresión ad infinitum no permitiría la existencia ya que las causas nunca hubieran comenzado, Primera Causa que es inexorablemente anterior a la referida explosión inicial.

Si queremos establecer un punto sobre una recta, necesitamos una medida -una dimensión- para localizarlo. Si en lugar de una recta quisiéramos trasmitir la ubicación de una mancha en la alfombra, necesitaríamos dos números -dos dimensiones- para establecer el lugar exacto de la mancha: necesitaríamos el largo y el ancho. Si en una habitación cuelga una lámpara del techo y quisiéramos referir en que punto del espacio se encuentra la bombilla de marras, necesitaríamos tres números -tres dimensiones- que denominaríamos ancho, largo y profundidad. Si en esa habitación hubiera una mosca volando nos referiríamos a cuatro dimensiones: debemos agregar el tiempo, conocido como la cuarta dimensión. La localización de la mosca no es la misma a las diez de la mañana que a las dos de la tarde.

Esta cuarta dimensión a la que nos venimos refiriendo resulta trascendental para el ser humano. Constituye una implicación lógica de la acción humana, es uno de los teoremas que se explican al comenzar un curso de economía: si alguien tiene un deseo e ipso facto lo satisface, no hay acción humana. Para que haya acción necesariamente debe mediar tiempo entre el deseo y la búsqueda de la satisfacción correspondiente. El hombre no puede hacer todo al mismo tiempo, por tanto debe seleccionar, preferir, optar, en otros términos, economizar. Deberá establecer una escala de valores en sentido ordinal, no cardinal puesto que no son susceptibles de medirse (el precio no mide sino que expresa valorizaciones cruzadas, cuando se dice que una zanahoria vale dos pesos no es en modo alguno que dos pesos y una zanahoria sean iguales puesto que en ese caso no habría transacción).

No podemos posponer indefinidamente nuestras preferencias cotidianas, de lo contrario perecemos. Tampoco -si queremos realizarnos en la vida en el sentido antes mencionado- podemos posponer para siempre objetivos centrales en nuestras vidas tales como hemos aludido antes en esta nota. En definitiva, para vivir una vida propiamente humana, en esa aventura de pasar de lo latente a lo patente, el hombre no puede escindirse de la cuarta dimensión y cuanto más libre resulte el entorno, mayor serán sus posibilidades de logros. Es pertinente destacar que Henri Boulad nos dice que “el error de quienes calculan el tiempo matemáticamente consiste en olvidar que cada instante es único y, por lo tanto, no es susceptible de sumarse”.

Por último, dado que no somos solo materia puesto que, de lo contrario, como hemos apuntado en otras ocasiones, los nexos causales inherentes en nuestros kilos de protoplasma nos determinarían y no habría por tanto libre albedrío, es decir, libertad ni por ende responsabilidad individual ni moral ni proposiciones verdaderas y falsas ni ideas autogeneradas,  nuestro espíritu, psique o estados de conciencia no desaparecen con el tiempo. En este sentido de trascendencia es como ha estampado Chesterton  en el título de su libro: El hombre eterno.

 Como queda dicho, un modo eficaz de aprovechar el tiempo consiste en contribuir a que las cosas sean un poquito mejor respecto al momento en que nacimos para lo cual resulta ineludible el trabajo para que se comprendan las ventajas del respeto recíproco. Es una misión ineludible para cada uno ya que todos estamos interesados en que se nos respete y esto no viene del aire, deriva de esfuerzos cotidianos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

EL CASO DE JUDAS EXTENDIDO

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Tal vez la traición más denostada, conocida y escandalosa sea el caso de la llevada a cabo contra Jesús. Mateo relata que “Entonces uno de los doce, llamado Judas Iscariote fue donde los sumos sacerdotes y les dijo ´Qué me quereís dar y yo os lo entregaré?´ Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle”. Como es bien sabido, Jesús anticipó el hecho según consigna el mismo Mateo: “Al atardecer, se puso a la mesa con los doce. Y mientras comían dijo: ´Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros´ ”.

 

Judas fue el traidor más famoso pero por cierto no el único y también debe destacarse la patraña más vergonzosa al imputar de traidor a Dreyfus por la tristemente célebre judeofobia denunciada por el gran Zola en ese caso y por tantos otros en muchas otras de esas infames y espantosas persecuciones.

 

Originalmente en la historia romana la traición se refería a conceptos militares de entrega al enemigo (perduellio) y en la historia inglesa y estadounidense también hay signos de lo mismo que en el primer caso aludía a la lealtad al rey. Así hubieron debates sobre el Treason Act de 1695 en Inglaterra y sobre la Sección 3 de la Constitución estadounidense junto a las reflexiones de Madison en el número 43 de los Papeles Federalistas y las medidas precautorias al efecto de evitar abusos contra las libertades individuales en nombre de la “traición a la patria”.

 

En cualquier caso, en este escrito apunto en otra dirección. Es común la traición, esto es la deslealtad a valores convenidos, la entrega al enemigo, el darle la espalda a lo acordado, pero hay otra forma de traición a la que me refiero en esta nota periodística, y es la traición a uno mismo que esta presente en toda traición pero ahora la circunscribo a lo interindividual, a no ser fiel a las propias convicciones. Igual que la traición en general, a veces se lleva a cabo de modo conciente como cuando se dice o hace algo que pretende desconocer lo que está bien y otras de modo inconciente. En el fuero interno ocurre lo mismo, muchas veces se procede de modo deliberado y conciente y otras sin detenerse a analizar lo que se piensa o lo que se hace.

 

Como queda dicho, en el caso de este escrito apunto a un aspecto clave de lo que hacemos con nosotros mismos independientemente de cómo procedemos con quienes nos rodean. Sabemos que para la convivencia civilizada es menester que exista el respeto recíproco, sin embargo hay quienes, por una parte, proceden de un modo que no conduce al referido respeto y, por otra, hay quienes sin participar activamente en esa dirección son pasivos frente a los desmanes. Actúan como observadores de hechos como si fueran ajenos a lo ocurrido y solo se quejan cuando directamente les faltan el respeto a ellos mismos, lo cual hace que resulte tarde para reaccionar puesto que se dejó que la falta de respeto a otros avanzara demasiado y se enquistara en las costumbres y se naturalizaran los atropellos.

 

La traición  a uno mismo es seguramente la peor de las traiciones pues es un abandono a la propia dignidad. La genealogía de lo digno proviene de merecer un trato lo cual aplicado al ser humano remite a su libre albedrío, a su libertad, consecuentemente a sus derechos. Entonces todas las actitudes tendientes a coartar o enmudecer las autonomías individuales son contrarias a la dignidad humana.

 

No pocos espíritus autoritarios la emprenden contra la dignidad en provecho propio y concientes de su atropello, pero otros reclaman medidas contra la dignidad sin saberlo pensando que están por el buen camino. Los primeros se traicionan  a sabiendas, los segundos lo hacen inconcientemente pero en todo caso se trata de traidores a la naturaleza humana, con lo que por añadidura se empobrecen no solo moralmente sino materialmente puesto que obstruyen y aplastan la energía creadora y destrozan los mecanismos de cooperación social al atacar el derecho de propiedad.

 

Pero en todo esto hay cortocircuitos que hay que tratar  de evitar. Por ejemplo, el tema del Fondo Monetario Internacional. Los liberales y las izquierdas coinciden en que es una institución nefasta. Los liberales se oponen a esa entidad, en primer lugar, porque se financia coactivamente con recursos detraídos de los contribuyentes de distintos países y, en segundo lugar, porque el FMI es para ofrecerles apoyos a gobiernos fallidos. En los momentos que están por renunciar o corregir sus desatinos en cuanto al estatismo rampante, resulta que llegan carradas de dólares con tasas de interés inferiores a las del mercado y con períodos de gracia extendidos.

 

Las izquierdas se oponen porque estiman que se trata de una organización capitalista, pero como han señalado innumerables autores es una entidad que nada tiene que ver con el capitalismo y que habría que liquidar cuanto antes. Una concepción bastante retorcida, purulenta y absurda del significado del capitalismo. En verdad, el FMI en última instancia hace de apoyo logístico para mantener y alimentar a los antedichos gobiernos fallidos que son tales precisamente por adherir al estatismo (además de haber pasado por alto tremendas corrupciones como lo atestiguan países africanos y casos como el de Rusia y Turquía).

 

Todas las personas de buena fe quieren el bienestar de sus semejantes pero lo relevante consiste en centrar la atención en los medios idóneos para lograr ese cometido. No da lo mismo proceder en cualquier dirección. Se trata en primer lugar de contar con marcos institucionales civilizados al efecto de permitir la mayor dosis posible de ahorro interno y externo para que los salarios e ingresos en términos reales resulten lo más altos posibles. El rol del empresario es clave en este proceso: en un mercado libre está obligado a atender los reclamos de sus congéneres si desea prosperar y si no atiende satisfactoriamente a su prójimo incurre en quebrantos. Esto debe ser claramente separado de los prebendarios que se alían con el poder político para explotar a la gente a través de mercados cautivos.

 

En realidad el Judas moderno es el que traiciona los valores y principios de la moral y la responsabilidad individual para entregarse a las fauces del Leviatán que termina por crucificar la libertad. Antes he citado un pasaje de Aldous Huxley de su libro Ends and Means que estimo es la mejor descripción de lo que nos ocurre en el mundo de hoy: “En mayor o menor medida, entonces, todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están constituidas por una cantidad reducida de gobernantes, corruptos por demasiado poder y por una cantidad grande de súbditos, corruptos por demasiada obediencia pasiva e irresponsable”.

 

Así es, por una parte la corrupción que significa el abuso del poder. A veces se circunscribe la corrupción al robo de dinero pero las corruptelas pueden ser de muy diversas maneras y tal vez la más ponzoñosa y generalizada sea precisamente el atropello a los derechos de otros de la entidad supuestamente encargada de proteger y garantizar esos derechos. En el otro caso a que apunta Huxley aparecen los timoratos que se dejan manosear de la manera más ofensiva.

 

En este sentido también lo he citado a Leonard Read que en su obra Government an Ideal Concept señala lo que a su juicio ha sido un error del comienzo al consignar que “nosotros en Estados Unidos nos equivocamos al recurrir a la expresión ´gobierno´ puesto que significa mandar y dirigir lo cual debemos hacer cada uno de nosotros con nosotros mismos pero no con el prójimo. Usar esta palabra es lo mismo que referirse al guardián de una fábrica como gerente general”. Exactamente eso, la idea original alude en verdad a una agencia de protección y no al gobernar, mandar o administrar las vidas y haciendas ajenas. Es en este contexto que Etienne de la Boétie ha escrito con razón que “Son, pues, los propios pueblos lo que se dejan, o mejor dicho, se hacen encadenar que con solo dejar de servir romperían sus cadenas”. Si nadie hace caso a los disparates gubernamentales el gobierno no se sostiene.

 

Ese es el sentido de la recomendación de Thomas Jefferson en su correspondencia a James Madison el 30 de enero de 1787 en el sentido de que “Sostengo que una pequeña rebelión aquí y allá es una buena cosa, tan necesario en el mundo político como lo son las tormentas en el físico” y agrega que un gobierno republicano “no debería desalentarlas demasiado. Es una medicina necesaria para la firme salud del gobierno” al efecto de mantenerlo en brete. Más aún, Jefferson, en la misma carta, afirma que una de las formas de la sociedad es “sin gobierno como entre los indios” lo cual dice que “no está claro en mi mente si esa condición no es la mejor”. Esto es para mostrar el espíritu presente en los Padres Fundadores, muy lejos de las bellaquerías del presente, un espíritu que hizo de los Estados Unidos la tierra de la libertad y el respeto recíproco. Lamentablemente de un tiempo a esta parte ese coloso del Norte ha terminado por copiar la adoración al aparato estatal y a subestimar el valor primordial de las autonomías individuales. Se han traicionado esos valores y, pero aun, muchos son los que piden con sus votos que los traicionen. Muchos se han convertido en animalitos que demandan un dueño.

 

El sentido de autoestima se ha perdido en gran medida. Y para los que miran la debacle pasivamente, hay que recordar lo apuntado por  José Ortega y Gasset  en La rebelión de las masas “Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostener la civilización, se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado”.

 

Es indispensable retomar en rumbo perdido y tener el coraje moral (en el hombre siempre es moral, pero dados los sucesos del momento vale el énfasis) y asumir la condición humana  y la propia responsabilidad y no traicionarse, humillarse y rebajarse al nivel de las bestias. No podemos convertirnos en Judas de nuestro propio ser por más cantos de sirenas gritadas por las mentes autoritarias para imponer sus nefastos designios.

 

En todos lados ha habido gente digna que da voces de alarma  e intenta contribuir a que se pongan las cosas en su lugar. En el caso argentino es del caso repasar con mucha atención los trabajos de Juan Bautista Alberdi, el autor intelectual de la Constitución liberal argentina de 1853, quien dicho sea al pasar siguió los consejos de autores dedicados a sentar las bases de la sociedad abierta como el filósofo moral y economista Adam Smith. Debemos cifrar las esperanzas en los que no aceptan ser dominados por los Judas de nuestra época que renuncian a los valores insustituibles del respeto recíproco.

 

Termino con un pasaje shakeaspeareano de Hamlet en su idioma original y que resulta de una contundencia didáctica notable: This above all, to thine own self be true.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Mariquita Sánchez, la precursora

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Sin la pretensión de hacer comparaciones de dotes intelectuales con  Madame de Staël y Victoria Ocampo, Mariquita Sánchez (se llamaba María Josefa Petrona de Todos los Santos, primero casada con Martín Thompson y luego con Jean-Baptiste Mendeville) ocupa un lugar preponderante en su relación con el ideario liberal.

Primero por sus tertulias en  su quinta de San Isidro a las que asistieron personalidades como Manuel Belgrano, Vicente López y Planes, Juan José Castelli, Juan Larrea,  Nicolás Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes y Feliciano Chiclana, salones en donde se forjaron y consolidaron las ideas independentistas en lo que luego fue la República Argentina.

 

En esa quinta se cantó por vez primera la Marcha Patriótica (hoy Himno Nacional). Y mucho más adelante se discutieron los principios y valores liberales en su casa de la calle San José (actualmente Florida, en el centro de Buenos Aires) con Juan Bautista Alberdi, Esteban Echevarría, Juan María Gutiérrez, Félix Frías y Florencio Varela quienes también  participaron con Mariquita en su exilio de la tiranía rosista en Montevideo.

 

Sus escritos son pocos e incompletos (Diario Recuerdos del Buenos Aires virreinal junto a la resumida bibliografía de Pastor Obligado, la muy difundida obra de María Sáenz Quesada, la de Graciela Batticure y la compilación de Clara Vicaseca) pero la fecundidad de su organización y la calidez de su hospitalidad para las aludidas tertulias y debates fueron de una enorme fertilidad, realizadas en momentos que estaba muy mal visto que una mujer se involucrara en faenas intelectuales de esa envergadura y acompañada de tamañas personalidades.

 

Quería despegarse a toda costa de lo que había escrito como un clima en el que tres factores dominaban la situación en la que vivió tempranamente, “Tres cadenas sujetaron este gran continente de la Metrópoli: el terror, la ignorancia y la religión católica […donde] había una comisión del Santo Oficio para revisar todos los libros que venían, a pesar de que venían de España donde había las mismas persecuciones”.  Juan Bautista Alberdi escribió que Mariquita fue “la personalidad más importante de la sociedad de Buenos Aires, sin la cual es imposible explicar el desarrollo de su cultura y buen gusto”.

 

Después de Caseros vuelve a Buenos Aires desde su exilio en Montevideo y se ocupa principalmente de la Sociedad de Beneficencia que presidió durante un tiempo y especialmente dedicó su tiempo en esta institución a las niñas a los efectos de trasmitirles el sentido de independencia y dignidad en épocas en las que prevalecían criterios de machistas acomplejados y miedosos de la competencia, incompatibles con el sentido de una sociedad abierta.

 

Este estilo de comportamiento y las convicciones sobre los principios liberales, fue luego seguido y muy desarrollado por mujeres de la talla de Madame de Staël y Victoria Ocampo sobre las que he escrito antes y que ahora reitero solo en parte las observaciones entonces formuladas.

 

En esa misma línea entonces, Anne Louise Germanie Necker (Madame de Staël) fue tal vez de todos los tiempos la mujer que más contribuyó a establecer cenáculos y reuniones de gran jerarquía para el debate de ideas en la Europa decimonónica. Sus obras completas ocupan diecisiete tomos incluyendo su abultada correspondencia.

 

Mostró una muy especial reverencia por las libertades de las personas: “No hay valor mayor que el respeto por la libertad individual, lo cual constituye el principio moral supremo”. Consideraba que la tolerancia religiosa formaba parte de la columna vertebral de la sociedad civilizada: “La intolerancia religiosa es lo más peligroso que pueda concebirse para la convivencia pacifica”.

 

En prácticamente todas sus biografías que fueron muchas se destaca un dicho que recorría los distintos medios de la época: “Hay tres grandes poderes en Europa: Inglaterra, Rusia y Madame de Staël”.

 

Sus arraigados principios liberales, su carácter firme pero afable, sus cuidados modales, su sentido del humor y su don de gente la hacían especialmente propicia para el manejo de los encuentros intelectuales, todos ordenados con temas generalmente prefijados y tratados en profundidad en los que se hacía uso de la palabra por riguroso turno. Algunas de las figuras más prominentes que asistieron a sus encuentros fueron Gothe, Schiller, Chateaubriand, Edward Gibbon, Voltaire, Diderot, D´Alambert, Byron, Wilhem von Schelenger, Talleyrand y el más cercano y célebre de todos: Benjamin Constant.

 

Como buena liberal, Germanie Necker sostenía que las fronteras cumplían el solo propósito de delimitar países a los efectos de evitar la monumental concentración de poder que surgiría de un gobierno universal. Con razón mantenía que el fraccionamiento y la dispersión vía el federalismo dentro de las fronteras proporcionaba un reaseguro adicional a las extralimitaciones de los aparatos políticos y, a su vez, era una notable expositora de la libertad de comercio.  Asimismo, se hubiera disgustado mucho con la existencia de la figura del “inmigrante ilegal” propia de regimenes absurdos. Desde luego que nuestra autora no tuvo que vérselas con aquella contradicción en términos denominada “estado benefactor” cuyos “servicios gratuitos” naturalmente están siempre colapsados y demandan más recursos de los contribuyentes. Pero esto no debería servir de pretexto para bloquear los movimientos migratorios libres (salvo antecedentes delictivos). Si bien es cierto que el problema reside en el “estado benefactor” y no en los inmigrantes, se debería impedir que estos recurran a los referidos “servicios gratuitos” para no agravar la situación fiscal y simultáneamente debería eximírselos de aportes que impliquen el descuento del fruto de sus trabajos para mantener esas prestaciones (con lo que serían ciudadanos libres como muchos desearían ser). Por último, en aquellos tiempos tampoco se esgrimía la peregrina idea de que en un mundo donde los recursos son escasos y las necesidades ilimitadas, los inmigrantes restan posibilidades laborales a sus congéneres en lugar de ver que liberan ofertas de trabajo para otras tareas hasta ese momento imposibles de encarar (igual que ocurre cuando se introduce un método de producción más eficiente).

 

Luego de muchas y muy variadas experiencias europeas, Madame de Staël concluyó que las acciones bélicas siempre resultaban en graves prejuicios para todas las partes involucradas y que, lo mismo que sostuvieron enfáticamente los Padres Fundadores en Estados Unidos, tarde o temprano se traducirían en el desmesurado agrandamiento en el tamaño del Leviatán cuyas deudas y desórdenes de diversa naturaleza finalmente comprometerían severamente las libertades individuales por las que ella abogó toda su vida. Se inclinaba al principio civilizado de actuar como “ciudadanos del mundo” cuyos únicos enemigos declarados eran los que rechazaban la libertad, en cuanto al resto, le resultaba irrelevante la nacionalidad, el color de la piel o la religión siempre que el interlocutor se basara en los valores universales del respeto recíproco.

 

Por otro lado, no hay escritor hispanoparlante ni lector serio de ese mundo que no tenga conciencia del inmenso agradecimiento que se le debe a la editorial y a la revista Sur, que es lo mismo que decir Victoria Ocampo puesto que ella las sufragaba para beneficio de las letras y la cultura universales. Nació a fines del siglo diecinueve, épocas que en Buenos Aires se pretendía cargar a las criaturas con los nombres de buena parte de su árbol genealógico y del santoral: se llamaba Ramona Victoria Epifanía Rufina.

 

Victoria Ocampo reunió en sus salones a intelectuales como Otega y Gasset, Octavio Paz, Paul Valéry, Albert Camus, Victor Massuh, Eduardo Mallea, Aldous Huxley, Alfonso Reyes, Borges, Bioy Casares, Alicia Jurado, Igor Stravinsky, Carl Jung y Julián Marías.

 

Siempre estuvo del lado de quienes aclaman la libertad como un valor supremo. Sufrió persecución y cárcel durante la dictadura peronista por sus manifestaciones claramente liberales (“En la cárcel -escribe- uno tenía al fin la sensación de que tocaba fondo”). Los nacionalistas de la época intentaron por todos los medios de sabotear sus tareas, incluso, en 1933, la Curia Metropolitana la declaró persona non grata porque “Tagore y Krishnamurti, dos enemigos de la Iglesia, son amigos suyos”.

 

En momentos de escribir estas líneas en buena parte del mundo hay una crisis mayúscula de valores, parecería que en gran medida se ha perdido el sentido de dignidad y la autoestima y se ha abdicado en favor de los mandones de turno, pero en homenaje a personalidades como Victoria Ocampo en su lucha por la libertad y la cultura no debemos cejar en la trifulca de marras, porque como ha escrito Benedetto Croce “la libertad es la forjadora eterna de la historia” ya que “es el ideal moral de la humanidad” y por eso “el dar por muerta la libertad vale tanto como dar por muerta la vida”.

 

Doña Victoria abogó por los derechos de la mujer en igualdad con los de los hombres en línea con la gran Mary Wollstonecraft, la pionera en el genuino feminismo y no como algunas versiones degradadas modernas. Se rebelaba contra las imposiciones de machos incompetentes que no resisten las opiniones sesudas de mujeres porque se sienten disminuidos y, por ello, prefieren relegarlas a tareas puramente domésticas.

 

En su momento, Ocampo había escrito que “toda buena traducción es una manera de creación, jamás un trabajo mecánico ejecutado a golpes de diccionario […] Tanto una bella prosa como un bello poema no tienen más traducción que la de las equivalencias; equivalencias que a veces se alejan del texto para serle fiel”, del mismo modo que ella fue siempre fiel a si misma.

 

Mariquita Sánchez fue la precursora en estas faenas de reunir a personalidades al efecto de debatir las ideas de la libertad y así contribuir a despejar las falacias del autoritarismo. Es en este sentido es un ejemplo a seguir, especialmente para los apáticos e indolentes que consideran que el respeto recíproco es algo automático que no necesita ser defendido y cuidado.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

La soberbia de un Estado invasivo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 31/8/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1823636-la-soberbia-de-un-estado-invasivo

 

La intervención de los aparatos estatales en la economía perjudica a la gente, especialmente a los más necesitados, porque el derroche de capital afecta salarios e ingresos

Giovanni Papini, mi cuentista favorito, destaca que los siete pecados capitales derivan de la soberbia y escribe en una de sus múltiples ficciones (no siempre tan ficciones) que “el soberbio no tolera ser contrariado, el soberbio se siente ofendido por cualquier obstáculo y hasta por la reprensión más justificada, el soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior a él [?] El soberbio no concibe que cualquier otro hombre pueda tener cualidades o dotes de las que él carece; el soberbio no puede soportar, creyendo estar por encima de todos, que otros estén en lugares más altos que él”.

Por mi parte, aplico esta premisa general de Papini al terreno de la relación entre gobernantes y gobernados. Gobernar significa mandar y dirigir. Leonard E. Read nos enseña que, para mayor precisión, se debería haber recurrido a otra expresión, porque hablar de gobernante sería tan inapropiado como denominar al agente de seguridad de una empresa “gerente general”, ya que la función del monopolio de la fuerza es velar por los derechos de las personas y no regentearlas.

Pero resulta que los primeros mandatarios han mutado en primeros mandantes y, en lugar de proceder como efectivos agentes de seguridad de los derechos, los conculcan, con lo que se cumple la profecía de Aldous Huxley en su terrorífica antiutopía, en la que muchos piden ser sometidos, para desgracia de quienes mantienen su integridad y autoestima (lo cual es infinitamente peor que el Gran Hermano orwelliano).

En realidad, el espectáculo que ofrecen los burócratas que se consideran omniscientes es digno de una producción de Woody Allen: se dirigen a la audiencia como si estuviera compuesta por infradotados e imparten órdenes ridículas a diestra y siniestra, por ejemplo, sobre cómo deben ser los precios de bienes y servicios, sin percatarse de que las leyes de mercado operan por cuerda separada y de que cada intromisión inexorablemente provoca daños y desajustes de consideración.

El proceso es coordinado a través de los precios, que actúan como si fueran un tablero de señales que indican a los operadores las siempre cambiantes circunstancias para saber cuándo y dónde invertir o desinvertir. La información está fraccionada entre millones de actores, pero cuando desde el poder se pretende dirigir vidas y haciendas ajenas, se concentra ignorancia. Al irrumpir los megalómanos gubernamentales sobre la base de que “no puede dejarse que las cosas se desarrollen vía la anarquía del mercado y, por tanto, el gobierno debe dirigir”, se afecta gravemente el proceso. Esto perjudica a la gente, muy especialmente a los más necesitados, puesto que el derroche de capital afecta salarios e ingresos en términos reales. Idéntico fenómeno ocurre en el mercado financiero, agrícola, industrial o cambiario. En este último caso, resulta tragicómico observar debates sobre la devaluación, es decir, el establecimiento de un nuevo precio artificial que se le ocurre a cierto tecnócrata.

Mucha razón tenía el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek al titular su célebre libro La arrogancia fatal, que precisamente se refiere a los efectos sumamente perjudiciales de los supuestos controles que imponen los aparatos estatales. “Nuestros políticos -escribió Woody Allen- son ineptos y corruptos y, a veces, las dos cosas en el mismo día.” Esta decadencia sólo puede revertirse instalando nuevos y efectivos límites al poder para mantenerlo en brete. De ningún modo debemos esperar que los problemas se resuelvan con “gente buena” en el gobierno, puesto que el tema no es de personas, sino de los incentivos que marcan las instituciones.

Como bien ha explicado Thomas Sowell, no se trata tampoco de contar con computadoras de gran capacidad de memoria para que los políticos en funciones coordinen las operaciones mercantiles, puesto que no sólo “descoordinan”, sino que, sencillamente, la información no se encuentra disponible antes de la realización de las operaciones correspondientes.

No es procedente aplicar a un gobierno la terminología que se aplica a una empresa. La administración empresaria apunta a alinear incentivos para lograr objetivos comunes, atentos al cuadro de resultados, para conocer si se da en la tecla con las preferencias de la gente, lo cual se traduce en ganancias, o si se yerra, lo que se refleja en los consecuentes quebrantos. Esto no ocurre en un país, en el que sus habitantes tienen muy diversos proyectos y metas, que los gobernantes deben proteger, siempre y cuando no se lesionen derechos de otros.

Si un gobernante afirma que merced a su gestión se incrementó la producción de, por ejemplo, pollo, habrá que indagar acerca de las políticas dirigidas a ese objetivo que favoreció esa producción, lo cual va en detrimento de la producción de otro bien o servicio que, a su vez, genera un efecto negativo, ya que el proceso contradice lo que hubiera preferido la gente de no haber mediado la mencionada intervención. Éste es el despropósito central de las llamadas empresas estatales: en el momento de su constitución significan derroche de capital, puesto que se desvían los siempre escasos recursos hacia áreas distintas de las prioridades que hubiera establecido el consumidor.

En realidad, empresa estatal es una contradicción en los términos, ya que la actividad empresaria no es un simulacro ni un pasatiempo: en la empresa se arriesgan recursos propios y se asume la responsabilidad por los resultados (a diferencia de los empresarios prebendarios que deben su posición a los favores que le otorga el gobierno de turno). Si se afirmara que la empresa estatal no cuenta con privilegios, no tendría sentido su constitución, directamente operaría con todos los rigores del mercado.

De todo este enjambre que provoca la soberbia se desprenden las declaraciones sorprendentes de gobernantes que, como en Venezuela, hablan de “el derecho a la felicidad suprema” o en Ecuador, de establecer “el derecho al orgasmo de la mujer”, propuesta de la Asamblea Constituyente afortunadamente frustrada. Es que se ha perdido por completo la noción del derecho que significa que, como contrapartida, hay la obligación de respetarlo. Entonces, si alguien reclama el derecho a percibir algo que no obtiene lícitamente (porque los congéneres no se lo reconocen) y esto es otorgado por el gobierno, es decir que el prójimo coactivamente lo debe entregar, significa que se ha lesionado el derecho del prójimo, que queda reducido a un pseudoderecho.

Lo dicho no es obstáculo para que se dé ayuda al prójimo con recursos propios, pero es inaceptable la hipocresía de prenderse de un micrófono y usar la tercera persona del plural para apoderarse del fruto del trabajo ajeno. La filantropía remite a la primera persona del singular.

En contraposición al Estado de Derecho, hoy vivimos en la era de los pseudoderechos, es decir, la aniquilación del derecho propiamente dicho, que, necesariamente, se refleja en un enorme perjuicio para todos, muy especialmente para los más débiles económicamente, a quienes -al demolerse la estructura jurídica- se les corta la posibilidad de mejorar su bienestar.

Hay un correlato inverso entre los nombres de los ministerios y lo que ocurre (recordemos el Ministerio de la Verdad, de Orwell, en plena mentira oficial) y el absurdo Ministerio de Bienestar Social, donde es seguro el malestar, y así sucesivamente. El propio Ministerio de Economía constituye un despropósito, porque manejar la economía genera los desajustes señalados. Es mejor recurrir al Ministerio de Finanzas Públicas, de Hacienda o, más modestamente aún, Secretaría del Tesoro.

Nadie sabe a ciencia cierta qué hará la semana que viene, porque las circunstancias se modifican. Pero la petulancia mayúscula de ciertos funcionarios pretende manipular las vidas de millones de personas. Además, la gente debe tener siempre presente que cada vez que se recurre a los ingresos del aparato estatal, son los vecinos los que pagan, ya que ningún gobernante financia de su propio peculio.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EL PROBLEMA ES LA SOBERBIA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Giovanni Papini, mi cuentista favorito, destaca que los siete pecados capitales se subsumen en la soberbia y escribe en una de sus múltiples ficciones (no siempre tan ficciones) que “el soberbio no tolera ser contrariado, el soberbio se siente ofendido por cualquier obstáculo y hasta por la reprensión más justificada, el soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior a él […] El soberbio no concibe que cualquier otro hombre pueda tener cualidades o dotes de las que él carece; el soberbio no puede soportar, creyendo estar por encima de todos, que otros están en lugares más altos que él”.

 

Por mi parte, aplico esta premisa general de Papini al terreno de la relación entre gobernantes y gobernados. Ya de por si ésta terminología resulta un tanto estrafalaria ya que gobernar significa mandar y dirigir lo cual, en una sociedad libre, debería estar reservado a cada cual. En este sentido recuerdo una vez más que Leonard E. Read nos enseña que, para ser preciso, se debería haber recurrido a otra expresión porque la utilizada es tan inapropiada como sería el denominar al guardián de una empresa “gerente general” ya que la función del monopolio de la fuerza es limitarse a velar por los derechos de las personas siendo funcionarios de la población que los contratan y pagan para que le sirvan.

 

Pero resulta que los primeros mandatarios han mutado en primeros mandantes y el mandamás, en lugar de proceder como efectivo guardián de los derechos los conculca con lo que se cumple la profecía de Aldous Huxley en su terrorífica antiutopía, en la que muchos piden ser sometidos para desgracia de quienes mantienen su integridad y autoestima (lo cual es infinitamente peor que el Gran Hermano orwelliano).

 

En todo caso, sea con Orwell o con Huxley estamos frente a una situación en donde peligra la libertad y las autonomías individuales frente a los crecientes zarpazos del Leviatán. Etienne de La Boétie ha escrito que en realidad “son, pues, los propios pueblos los que se dejan o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con solo dejar de servir, romperían sus cadenas”.

 

Si observamos cada una de las intervenciones estatales que en esta instancia del proceso evolutivo tienen lugar fuera de la estricta protección a los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad, concluimos que la ridícula y contraproducente soberbia del gobernante desconoce la armonía del orden natural y los consecuentes procesos espontáneos con lo que la descoordinación y los fenomenales desajustes arruinan la concordia y conducen a la miseria moral y material.

 

Son espectáculos dantescos que para los observadores colocan a los megalómanos en situaciones tragicómicas, mientras las cacareadas “juntas de planificación”, “consejos sociales”, “expertos en desarrollo comunitario” y demás dislates dictaminan sus estropicios con seriedad digna de un pelafustán y sin sonrojarse mientras declaman absurdos justificativos con la idea de mitigar los resultados alarmantes de su gestión en todos los ámbitos donde meten  la nariz de la manera más torpe y grotesca que pueda uno imaginar. Desconocen el orden natural y pretenden sobreimprimir un desorden que ellos conciben en sus calenturientos desvaríos.

 

De este enjambre nacen las expresiones rimbombantes y cacofónicas con la intención de cubrir sus despropósitos como las citadas “programación funcional equilibrada”, “planificación logística paralela”, “ dirección global balanceada”, expresiones que solo pueden surgir de mentes ofuscadas y de un calado muy menor. Resulta en un teatro de muy mala calidad prestar atención a los discursos de ministros y presidentes frente a las cámaras, habitualmente en cadena nacional y con tonos elevados recurriendo a lenguaje de guerra, supuestamente para vencer a enemigos que ellos mismos crean y que todo quedaría tranquilo en la paz de los arreglos contractuales libres y voluntarios si  desaparecen simplemente de la escena y dejan  de provocar embrollos de diversa naturaleza.

 

Ah! se suele exclamar, esto quiere decir que hay que dejar las cosas liberadas a su suerte sin que nadie administre la asignación de recursos. Craso error, hay que dejar que cada uno administre lo suyo y no meterse compulsivamente con el fruto del trabajo ajeno. De eso precisamente se trata. Este comentario va especial aunque no únicamente dirigido a muchos colegas economistas que en gran medida de un tiempo a esta parte han sido entrenados para manipular las haciendas del prójimo. De ahí el chiste -en verdad no tan chiste- de una persona que presenciaba un desfile militar y constató que luego de la marcha de soldados, tanques y misiles apareció una agrupación de hombres vestidos de traje gris por lo cual le preguntó a su vecino de que se trataba. Recibió como respuesta “son economistas, no sabe el daño de que son capaces”.

 

En realidad el espectáculo que ofrecen los burócratas que se autoconsideran omniscientes es digno de una producción de Woody Allen: se dirigen a la audiencia como se estuviera compuesta por infradotados en el contexto de impartir órdenes irracionales a diestra y siniestra, por ejemplo, sobre como deben ser los precios de bienes y servicios sin percatarse que las leyes de mercado operan por cuerda separada y que cada intromisión inexorablemente provoca daños de consideración.

 

Antes he ilustrado el tema con lo que en su momento ha dicho el periodista John  Stossel respecto a lo que sucede con un trozo de carne envuelto en celofán en una góndola en un supermercado. Stossel nos invita a cerrar los ojos e imaginar en regresión el motivo por el cual se encuentra ese bien disponible. Los agrimensores, los fabricantes de postes junto a las largas faenas de plantaciones, talas, transportes y cartas de crédito y a las muchas empresas que horizontal y verticalmente participan como proveedores de equipos, las tareas de alambrado, los plaguicidas, los fertilizantes, la siembra, las cosechadores, los caballos, monturas y riendas, todo el proceso de la ganadería y el personal. Nadie salvo en la última etapa estaba pensando en el trozo de carne en la góndola. Cada uno estaba considerando su labor específica aplicando el conocimiento del caso que no es compartido por otros que cuentan con informaciones distintas para sus diversos trabajos.

 

Todo esto es coordinado a través de los precios que actúan como si fuera un tablero de señales que indican a los operadores las siempre cambiantes circunstancias para saber cuando y donde invertir o desinvertir. Pero luego irrumpen los megalómanos gubernamentales en base a que “no puede dejarse que las cosas se desarrollen por la anarquía del mercado”, situación en la que desaparece la carne, el celofán y frecuentemente el propio supermercado. Idéntico fenómeno ocurre en el mercado cambiario, financiero o industrial.

 

Mucha razón tenía el premio Nobel en economía Friedrich Hayek al titular su célebre libro La arrogancia fatal que precisamente se refiere a los efectos sumamente perjudiciales de los supuestos controles que imponen los aparatos estatales. Volviendo a Woody Allen, éste escribe sobre quienes habitualmente se desenvuelven en esos ámbitos: “Nuestros políticos son ineptos y corruptos y, a veces, las dos cosas en el mismo día”. Esta decadencia solo puede revertirse instalando nuevos y efectivos límites al poder para mantenerlo en brete, y de ningún modo esperar que los problemas se resuelvan con “gente buena” en el gobierno puesto que el tema no es de personas sino de incentivos que marcan las instituciones.

 

Como bien ha explicado Thomas Sowell, no se trata tampoco de contar con ordenadores con gran capacidad de memoria para que los políticos en funciones coordinen las operaciones mercantiles, puesto que, como queda dicho, no solo des-coordinan sino que sencillamente la información no se encuentra disponible antes de la realización de las operaciones correspondientes.

 

No es para nada procedente la ilegítima extrapolación del denominado gobierno a una empresa. La administración empresaria apunta a alinear incentivos para lograr objetivos comunes atentos al cuadro de resultados al efecto de conocer si se da en la tecla con las preferencias de la gente, lo cual se traduce en ganancias o si se yerra lo que se refleja en los consecuentes quebrantos. Esto no ocurre en un país donde sus habitantes naturalmente tienen muy diversos proyectos y metas que los gobernantes están supuestos de protegen siempre y cuando no se lesiones derechos de otros.

 

Si un  gobernante afirma que merced a su gestión se incrementó la producción de, por ejemplo, pollo habrá que indagar acerca de las políticas dirigidas a ese objetivo que significa que favoreció esa producción, lo cual va en detrimento de la producción de otro bien o servicio que, a su vez, genera un efecto negativo ya que el proceso contradice lo que hubiera preferido la gente de no  haber mediado la mencionada intervención. Este es el desbarajuste central de las llamadas empresas estatales: en el momento de su constitución significan derroche de capital puesto que se desvían los siempre escasos recursos hacía áreas distintas de las prioridades que hubiera establecido el consumidor (de hacer lo mismo que hubiera hecho, tampoco tiene sentido la empresa estatal).

 

De todo este enjambre que provoca la soberbia, se desprenden las declaraciones sorprendentes de gobernantes como “el derecho a la felicidad suprema” en Venezuela o la afortunadamente frustrada propuesta de la Asamblea Constituyente en Ecuador de establecer “el derecho al orgasmo de la mujer”. Es que se ha perdido por completo la noción del derecho que significa que como contrapartida hay la obligación de respetarlo. Entonces, si alguien reclama el derecho a percibir algo que no obtiene en el mercado (es decir, que los congéneres no se lo reconocen) y esto es otorgado por el gobierno quiere decir que el prójimo coactivamente lo debe entregar lo cual significa que se ha lesionado su derecho por lo cual significa un pseudoderecho.

 

Es que incluso hay un correlato inverso entre los nombres de los ministerios y lo que ocurre (recordemos el Ministerio de la Verdad en plena mentira oficial), por ejemplo, el tragicómico Ministerio de Bienestar Social donde es seguro en malestar y así sucesivamente. El propio Ministerio de Economía constituye un despropósito porque es para manejar la economía que es precisamente lo que generan los desajustes señalados, es mejor recurrir más modestamente a la Secretaría de Finanzas Estatales.

 

En resumen, la soberbia de los funcionarios es la causa de tanto entuerto. La gente no  debería tolerar tanta arrogancia en el manejo prepotente de sus vidas y propiedades y tener presente que cada vez que se recurre a los ingresos del aparato estatal son los vecinos los que pagan ya que los burócratas nunca recurren a sus patrimonios (en todo caso, muchas veces, se llevan recursos para alimentar sus cuentas personales).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

UNA CONEXIÓN INTERESANTE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hay dos andariveles que apuntan en la misma dirección de la sociedad abierta. Por un lado, la argumentación sobre las ventajas para el ser humano de vivir en libertad y la humillación y miseria de vivir en cautiverio a contramano de la condición propiamente humana de que se le respete a cada cual su proyecto de vida, con la única condición que se proceda de igual manera con los caminos que otros desean seguir, en otras palabras, con tal de que no se lesiones derechos de terceros.

 

Esta es la primera vertiente en la que el indagar en los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de la sociedad abierta se hace necesaria para comprender las razones de adoptar esa forma de vida. El segundo andarivel consiste en la mera acción de seres humanos que persiguen su propia protección en los hechos sin escudriñar en las bases filosóficas de su comportamiento.

 

Por ejemplo, cuando leemos que en tal o cual zona los vecinos deciden cercar su barrio para resguardar sus propiedades y así sus familias encontrarse más seguros frente a posibles asaltos y acechanzas varias. Por ejemplo, cuando se establece un centro comercial en donde el estacionamiento de vehículos está cuidado por particulares, las sendas interiores para circular cuentan con buena iluminación, están en buenas condiciones y están protegidas por servicios privados. Por ejemplo, cuando las personas contratan seguridad no-estatal porque desconfían de la policía. Por ejemplo, cuando se efectúan arreglos contractuales en base a árbitros privados al efecto de dirimir cualquier incumplimiento. Por ejemplo, cuando aparecen servicios de taxis en competencia con los permitidos por la autoridad del momento. Por ejemplo, cuando se recurre a los mercados informales para obtener lo que no obtienen en los oficiales. Por ejemplo, cuando la gente prefiere aportar a mutuales de medicina privada, y así sucesivamente.

 

Esta segunda vertiente, en la enorme mayoría de los casos no se produce sobre la base de un análisis pormenorizado del asunto, ni siquiera se alegan las ventajas de la sociedad abierta. Por el contrario, se procede en base a la mera intuición, a lo que les sale de las entrañas a quienes actúan de esa manera, a lo que es conforme a su naturaleza, a lo que intuyen es justo. Son también ideas sin las cuales no se puede actuar (salvo los denominados actos reflejos) pero son muy rudimentarias.

 

Ahora bien, estas últimas acciones y procedimientos no pueden dejarse a la deriva puesto que a la primera de cambio al enfrentarse con quienes equivocadamente argumentan los inconvenientes que a su juicio producen aquellos resguardos individuales y sostienen los beneficios que generaría la estatización y colectivización de las áreas referidas sin percatarse de “la tragedia de los comunes”, a la primera de cambio decimos, se ven obligados a retroceder puesto que no cuentan con las necesarias argumentaciones.

 

Además, esos procederes en base a la intuición están prendidos con alfileres en otro plano: no es infrecuente que den apoyo a propuestas políticas que succionan recursos de los bolsillos de otros puesto que estiman que a ellos no los afectará, todo lo cual pone de relieve una enorme contradicción.

 

Entonces resulta indispensable contar con razones y motivos y no proceder a los tumbos. Por eso es que es tan importante dedicarle el suficiente tiempo para pensar, decantar y concluir sobre los referidos fundamentos. De allí es que resulten de tanta trascendencia los debates sobre ideas de fondo, siempre en un proceso de permanente aprendizaje puesto que no hay tal cosa como ideas definitivas, deben ser probadas y defendidas cotidianamente y cambiadas cuando se demuestre la validez de otros principios rectores. Es un proceso evolutivo que no tiene término para los mortales puesto que la perfección no está a su alcance.

 

En lo personal, insisto en la definición que formulé hace varias décadas sobre el liberalismo como “el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros”, en esta franja muy amplia caben todos los progresos y cambios que se consideren pertinentes y calza en la larga y fecunda secuencia de contribuciones formidables que han realizado destacados miembros de esta corriente de pensamiento, desde Cicerón, pasando por la Escolástica Tardía, Sidney y Locke, la Escuela Escocesa, la Escuela Austríaca, Nozick y Buchanan para citar solo lo más descollante de esta tradición.

 

Del otro lado del mostrador de las ideas se ubica la arrogancia de quienes pretenden dirigir vidas y haciendas ajenas en todos los planos que los tentáculos del Leviatán les resulte posible abarcar, con lo que convierten a las personas en súbditos en una especie de horripilante esclavitud moderna. En este contexto, se observa con tristeza y angustia a funcionarios gubernamentales y candidatos a serlo ostentando una soberbia supina con que se conducen megalómanos que se arrogan la facultad de imponer acerca de lo que deben hacer o no hacer los demás con el fruto de sus respectivos trabajos.

 

Hay mucho que anda muy mal si la constitución del gobierno ha sido concebido modernamente para proteger los derechos de los gobernados pero comprobamos que en la práctica se han vuelto los enemigos de la gente con lo que nos hemos retrotraído a las peores épocas de los sátrapas de la antigüedad solo que con la fachada de la democracia en verdad convertida en pura cleptocracia.

 

Desafortunadamente hay quienes pretenden ocuparse de sus negocios y asuntos personales sin destinar el tiempo suficiente para que el sistema le permita proceder en ese sentido, con lo que a la corta o a la larga ven sus proyectos frustrarse. Es que el clima de libertad y respeto no surge automáticamente. Es indispensable dedicarle tiempo y esfuerzo cotidiano para que aquello tenga vigencia. Por eso mismo es que los Padres Fundadores estadounidenses repetían que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”. Y no se trata de endosar a otros la faena, cada uno, independientemente de cuales sean sus intereses y vocaciones personales, tiene el deber ineludible de contribuir a que se entiendan y se comprendan las bases de la libertad. Solo así tendrá sentido el respeto recíproco. Solo así se dará lugar al progreso moral y material sobre bases sustentables. Solo en este contexto se podrá ser optimista con fundamento sólido.

 

Comportarse como simple free rider del trabajo de otros que se esmeran en explicar y difundir los valores de la sociedad abierta está condenado al fracaso. La tarea es de todos los que creen en la dignidad del ser humano, en la unicidad de cada uno y en la capacidad de cada cual de decidir por si mismo sin la prepotente imposición de otros.

 

Como he consignado en otra oportunidad, Herbert Spencer en su obra titulada El exceso de legislación apunta con énfasis lo mucho que la sociedad le debe a los emprendedores y los daños colosales que llevan a cabo gobiernos habitualmente descarriados que no son generadores de riqueza sino que siempre la succionan de la gente. Juan Bautista Alberdi, en sus Obras completas recoge ese pensamiento spenceriano para llegar a las mismas conclusiones que alarman a este pensador que siempre basó sus reflexiones en la siguiente consideración que también estampa en sus escritos y que he citado muchas veces porque resume la esencia de su receta para el progreso, “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”. Spencer y Alberdi señalan lo paradójico que resulta que todo lo que dispone la humanidad se debe a la creatividad empresaria y, sin embargo, las plazas y las calles están generalmente tapizadas con los nombres de quienes habitualmente ponen palos en la rueda: politicastros de diverso signo y especie.

 

No se trata de fabricar “un hombre nuevo” vía el uso de la violencia de los aparatos estatales. Ya hay bastante experiencia de la miseria y las muertes que estos experimentos han creado. Se trata de estudiar la naturaleza humana y comprobar que todos actuamos en nuestro interés personal (lo cual incluye la caridad que es muy bienvenida y los actos criminales que deben ser combatidos). De este modo es que en un clima de libertad cada uno al satisfacer las necesidades de su prójimo se beneficia a si mismo con el producto de la transacción siempre pacífica y voluntaria, mientras el emprendedor está atento a los cambios de preferencias al efecto de dar en la tecla.

 

Nada garantiza el éxito del emprendedor ya que sus conjeturas sobre lo que aprecian otros pueden estar erradas. De este modo, quien acierta obtiene ganancias y quien yerra incurre en quebrantos. El cuadro de resultados marca el camino, lo cual se diferencia radicalmente de los prebendarios que solo se ocupan de acercarse al poder político para obtener un privilegio en desmedro de los consumidores que deben pagar precios más elevados, obtener calidades inferiores o ambas cosas a la vez.

 

Gracias a los emprendedores, la civilización cuenta con agua potable, con alimentos, con medicinas, con medios de transporte, con diques y represas, con libros, teatro, vestimenta, equipos, mobiliario y todo lo que atiende las necesidades básicas y las culturales y de confort. Nada hay sin el emprendedor desde al arco y la flecha hasta nuestro días y todo esto a pesar de las regulaciones absurdas y las cargas fiscales de los gobiernos que habitualmente, como queda dicho, no se limitan a proteger derechos sino a lesionarlos y atropellarlos, estrangulando libertades que son anteriores y superiores a la existencia misma de las estructuras gubernamentales.

 

Desde luego que el emprendedor no se limita al ofrecimiento de activos materiales, por ejemplo, quienes inician nuevos programas educativos son también emprendedores y, más aun, son de una categoría de la cual dependen los emprendedores de lo crematístico-material puesto que, entre otras cosas, facilitan la existencia de valores y principios que hacen posible el surgimiento de aquellos.

 

En cualquier caso, el emprendedor está siempre al acecho de oportunidades, más técnicamente expresado está atento a lo que estima son costos subvaluados en términos de los precios finales para sacar partida del arbitraje correspondiente en el sentido más lato de la expresión.

 

La mejor descripción de lo que viene ocurriendo la consignó Aldous Huxley, pensamiento con que abro la introducción de mi nuevo libro Estampas liberales que publicará a principios del año próximo el Club de la Libertad de Corrientes y la filial argentina de Unión Editorial de Madrid. Huxley escribió: “En mayor o menor medida, entonces, todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están hechas de una pequeña clase de gobernantes corruptos por demasiado poder y de una clase numerosa de súbditos, corruptos por demasiada e irresponsable obediencia pasiva” (Ends and Means).

 

En resumen, las dos vertientes o andariveles que mencionamos en esta nota periodística y que se conectan entre sí en la lucha por la protección de las autonomías individuales deben exponerse con claridad y rigor para que una de ellas no quede en una débil intuición que no se sostiene por si misma sino que se encuentre debidamente sustentada en argumentaciones fértiles al efecto de darle la protección adecuada a los derechos de cada cual.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.