El Perú a salvo

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 11/6/16 en: http://elpais.com/elpais/2016/06/10/opinion/1465563628_557697.html?id_externo_rsoc=TW_CC

 

El país sudamericano ha estado a punto de caer en las mismas manos que han protagonizado una de las páginas más negras de su historia

La ajustada victoria de Pedro Pablo Kuczynski en las elecciones presidenciales del 5 de junio ha salvado al Perú de una catástrofe: el retorno al poder de la mafia fujimorista que, en los años de la dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, robó, torturó y asesinó con una ferocidad sin precedentes y, probablemente, la instalación del primer narcoEstado en América Latina.

Perú

La victoria de Keiko Fujimori parecía irremediable hace unas pocas semanas, cuando se descubrió que el secretario general y millonario financista de su campaña y su partido, Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, estaba siendo investigado por la DEA por lavado de activos; se recordó entonces que la policía había descubierto un alijo de unos cien kilos de cocaína en un depósito de una empresa de Kenji, hermano de Keiko y con pretensiones a sucederla. El fujimorismo, asustado, intentó una operación sucia; el dirigente de Fuerza Popular y candidato a una vicepresidencia, José Chlimper, filtró a un canal de televisión cercano al fujimorismo una grabación manipulada para desinflar el escándalo; el ser descubierto, lo multiplicó. Muchos presuntos votantes de Keiko, que ingenuamente se habían tragado su propaganda de que sacando el Ejército a las calles a combatir a los delincuentes y restableciendo la pena de muerte habría seguridad en el Perú, cambiaron su voto.

Pero, el hecho decisivo, para rectificar la tendencia y asegurarle a Kuczynski la victoria, fue la decisión de Verónika Mendoza, la líder de la coalición de izquierda del Frente Amplio, de anunciar que votaría por aquél y de pedir a sus partidarios que la imitaran. Hay que decirlo de manera inequívoca: la izquierda, actuando de esta manera responsable —algo con escasos precedentes en la historia reciente del Perú—, salvó la democracia y ha asegurado la continuación de una política que, desde la caída de la dictadura en el año 2000, ha traído al país un notable progreso económico y el fortalecimiento gradual de las instituciones y costumbres democráticas.

El nuevo Gobierno no va a tener la vida fácil con un Parlamento en el que el fujimorismo controla la mayoría de los escaños; pero Kuczynski es un hombre flexible y un buen negociador, capaz de encontrar aliados entre los adversarios para las buenas leyes y reformas de que consta su programa de gobierno. Hay que señalar, por otra parte, que, al igual que Mauricio Macri en Argentina, cuenta con un equipo de colaboradores de primer nivel, en el que figuran técnicos y profesionales destacados que hasta ahora se habían resistido a hacer política y que lo han hecho sólo para impedir que el Perú se hundiera una vez más en el despotismo político y la ruina económica. De otro lado, es seguro que su prestigio internacional en el mundo financiero seguirá atrayendo las inversiones que, desde hace dieciséis años, han venido apuntalando la economía peruana, la que, recordemos, es una de las que ha crecido más rápido en toda la región.

La victoria de Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección

¿Qué ocurrirá ahora con el fujimorismo? ¿Seguirá subsistiendo como siniestro emblema de la tradición incivil de las dictaduras terroristas y cleptómanas que ensombrece el pasado peruano? Mi esperanza es que esta nueva derrota inicie el mismo proceso de descomposición en el que fueron desapareciendo todas las coletas políticas que han dejado las dictaduras: el sanchecerrismo, el odriísmo, el velasquismo. Todas ellas fueron artificiales supervivencias de los regímenes autoritarios, que poco a poco, se extinguieron sin pena ni gloria. El fujimorismo ha tenido una vida más larga sólo porque contaba con los recursos gigantescos que obtuvo del saqueo vertiginoso de los fondos públicos, de los que Fujimori y Montesinos disponían a su antojo. Ellos le permitieron, en esta campaña, empapelar con propaganda el Perú de arriba abajo, y repartir baratijas y hasta dinero en las regiones más empobrecidas. Pero no se trata de un partido que tenga ideas, ni programas, sólo unas credenciales golpistas y delictuosas, es decir, la negación misma del Perú digno, justo, próspero y moderno que, en estas elecciones, se ha impuesto poco menos que de milagro a un retroceso a la barbarie.

La victoria de Pedro Pablo Kuczynski trasciende las fronteras peruanas; se inscribe también en el contexto latinoamericano como un nuevo paso contra el populismo y de regeneración de la democracia, del que son jalones el voto boliviano en contra de los intentos reeleccionistas de Evo Morales, la derrota del peronismo en Argentina, la destitución de Dilma Rousseff y el desplome del mito de Lula en Brasil, la aplastante victoria de la oposición a Maduro en las elecciones parlamentarias en Venezuela y el ejemplo de un régimen como el de Uruguay, donde una izquierda de origen muy radical en el poder no sólo garantiza el funcionamiento de la democracia sino practica una política económica moderna, de economía de mercado, que no es incompatible con un avanzado empeño social. Quizás cabría señalar también el caso mexicano, donde las recientes elecciones parciales han desmentido las predicciones de que el líder populista Andrés Manuel López Obrador y su partido serían poco menos que plebiscitados; en verdad el ganador de los comicios ha sido el Partido Acción Nacional, con lo que el futuro democrático de México no parece amenazado.

El fujimorismo contaba con los recursos que obtuvo del saqueo de los fondos públicos

¿Es ingenuo ver en todos estos hechos recientes una tendencia que parece extenderse por América Latina a favor de la legalidad, la libertad, la coexistencia pacífica y un rechazo de la demagogia, el populismo irresponsable y las utopías colectivistas y estatistas? Como la historia no está escrita, siempre puede haber marcha atrás. Pero creo que, haciendo las sumas y las restas, hay razones para ser optimistas en América Latina. Estamos lejos del ideal, por supuesto; pero estamos muchísimo mejor que hace veinte años, cuando la democracia parecía encogerse por todas partes y el llamado “socialismo del siglo XXI” del comandante Chávez seducía a tantos incautos. ¿Qué queda de él, ahora? Una Venezuela en ruinas, donde la mayoría de la gente se muere de hambre, de falta de medicinas, de inseguridad callejera, y donde una pequeña pandilla encaramada en el poder da golpes de ciego a diestra y siniestra, cada vez más aislada, ante un pueblo que ha despertado de la seducción populista y revolucionaria y sólo aspira ahora a recobrar la libertad y la legalidad.

Acabo de pasar unas semanas en la República Dominicana, Chile, Argentina y Brasil y vengo a Europa mucho más animado. Los problemas latinoamericanos siguen siendo enormes, pero los progresos son también inmensos. En todos esos países la democracia funciona y las crisis que padecen no la ponen en peligro; por el contrario, y pienso sobre todo en Brasil, creo que tienden a regenerarla, a limpiarla de la corrupción, a permitirle que funcione de verdad. En ese sentido, la victoria de Pedro Pablo Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

Keiko Fujimori es la favorita en las elecciones de Perú

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 2/6/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1904944-keiko-fujimori-es-la-favorita-en-las-elecciones-de-peru

 

El próximo domingo los peruanos volverán a las urnas. Lo harán para votar en la segunda vuelta de sus elecciones presidenciales nacionales.

La paridad o empate técnico entre los dos contendores que las encuestas sugirieron desde un primer momento parece, sin embargo, haberse roto al tiempo de culminar la campaña y silenciarse los debates. Los números sugieren ahora que Keiko Fujimori podría ser la ganadora y que Pedro Pablo Kuczynski terminaría siendo derrotado. Con una diferencia del orden de unos cinco o seis puntos, a favor de la primera.

Pero, cuidado, en las elecciones peruanas la última semana, la anterior al día en que se debe votar, ha deparado algunas veces verdaderas sorpresas. Sin ir más lejos, en la última semana de las elecciones del año 2011, la propia Keiko Fujimori aventajaba al presidente Ollanta Humala por casi dos puntos y, sin embargo, terminó siendo derrotada.

Nadie puede entonces pretender todavía ser ni ganador, ni imbatible. La recta final es difícil. Y lo cierto es que todavía hay un 5% de votantes que manifiesta ser indecisos, sumado a un curioso 12% que asegura que votará en blanco, o que hará anular su voto.

Dieciséis años después de que Alberto Fujimori -envuelto en escándalos de corrupción y acusaciones de haber violado los derechos humanos de algunos de sus connacionales- renunciara a la presidencia de su país (por fax, desde Japón) su tenaz hija, a los 41 años, puede de pronto transformarse en la primera mujer que conduzca al ascendente Perú.

Cuando culmina la pulseada entre ella y su rival, el economista Pedro Pablo Kuczynski, de 77 años, la empeñosa Keiko Fujimori está más cerca de triunfar que nunca hasta ahora, redimiendo de algún modo a su padre. Así lo cree el 55% de los peruanos.

Como ha comenzado ya la “veda” de encuestas, los hechos de la última semana -a la que por ello se califica de “ciega”- y su impacto en la contienda electoral peruana no podrán ser, en más, “medidos” con cifras y deberán ser evaluados e interpretados por cada uno de los votantes.

Seamos algo más específicos en cuanto a la conformación de la actual perspectiva de los votos. Keiko Fujimori llega a la segunda vuelta liderando claramente en el norte de su país. En Lima, en cambio, está “cabeza a cabeza” con Pedro Pablo Kuczynski. Pero pierde feo en el sur andino, donde las preferencias están aparentemente del lado de su rival.

En el “interior urbano” de Perú, las encuestas sugieren que Pedro Pablo Kuczynski estaría al frente. En el “interior rural”, las cosas lucen a su vez a favor de Keiko Fujimori. En las franjas poblacionales de mayores ingresos, Keiko está claramente algo atrás y en las de menores ingresos, se ubica, en cambio, al frente.

La campaña de Pedro Pablo Kuczynski ha sido realmente pobre. Llena de errores. Y hasta de alguna impensada, pero dañina y poco feliz, expresión personal contra Keiko que, por lindar con la arrogancia y hasta con el insulto injustificado, lo perjudicó. Admitamos que no es nada fácil para un hombre de centro tratar de “atraer” a la izquierda, sin preocupar o hasta espantar a sus verdaderos correligionarios. Es un equilibrio realmente difícil.

Lo cierto es que el llamado “fujimorismo” que, al decir de Francisco Miró Quesada Rada, es mucho más una forma de hacer política, que una ideología (lo que podría también decirse del peronismo) porque mezcla caudillismo con populismo, clientelismo, y hasta con una tendencia al abuso de poder, parece estar más cerca de alzarse con el triunfo que su rival.

Pragmático, el “fujimorismo” busca y privilegia los resultados. Obtiene así apoyos inesperados, como el del cardenal arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, o el de los grupos evangélicos. Y ahuyenta sensiblemente tanto a los votantes izquierdistas, como a los liberales, para los que es anatema.

En su activo, el “fujimorismo” tiene la derrota de Sendero Luminoso; la reinserción de Perú en el mundo; el haber ordenado la economía que había sido ferozmente demolida por la izquierda militar, en los 80; y el logro de la paz con Ecuador. No es poco.

En su pasivo: un pasado autoritario y violaciones a los derechos humanos. Lo que es grave. A lo que cabe agregar la existencia del vacío producido, también en Perú, por el colapso de los partidos políticos tradicionales y la consiguiente posibilidad de poder aprovechar el espacio “vacío”. Por todo eso, el “fujimorismo” enciende las pasiones; a diferencia de Pedro Pablo Kuczynski, que no lo hace.

Keiko Fujimori es más bien amable, pero no parece ser demasiado carismática. Luce como una trabajadora incansable y disciplinada. Tenaz, sabe escuchar y parece capaz de aprender y, más aún, de adaptarse.

Si ella triunfa, lo sustancial del modelo económico abierto y de mercado que ha hecho crecer al Perú debería mantenerse sin mayores cambios, sin que ninguna modificación abrupta del rumbo general provoque convulsiones. Lo mismo puede ciertamente decirse de su rival ocasional. Pero en el caso particular de Keiko Fujimori habrá que estar vigilantes en el capítulo del buen funcionamiento de las instituciones centrales de la democracia, para que ellas no sean manipuladas, como en el pasado. Y también en el de las libertades civiles y políticas individuales, que fueran en su momento severamente conculcadas durante la gestión de su padre. Esto pese a que Keiko no deja de decir que ha aprendido las lecciones que en esos tan delicados temas le llegan desde el pasado. Y es posible que así sea.

Al margen del proceso electoral en curso, Perú sigue produciendo, en el plano económico, números que generan envidia: la inflación del mes de mayo fue del 0,21% y la tasa de inflación anualizada bajó al 3,54%, muy cerca del rango con el que procura operar el Banco Central de Reserva. El “modelo”, funciona.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

De cómo el Estado combate a la pobreza

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 11/11/15 en: http://hoybolivia.com/Blog.php?IdBlog=41361&tit=de_como_el_estado_combate_a_la_pobreza

 

Un fallo de la Suprema Corte mexicana autoriza el consumo, cultivo, transporte y posesión de marihuana a una asociación de fumadores sin ánimo de lucro, lo que allana el camino para que otros reclamen lo mismo. El tribunal ha privilegiado la libertad por sobre los efectos en la salud. Insólitamente, sólo el PRD de izquierda apoya la “legalización”, la no criminalización de los ciudadanos. El presidente iniciará un debate y, aunque su opinión es contraria, aceptaría la “legalización” dentro de un marco regulatorio.

Como nunca he consumido drogas “ilegales” ni soy especialista, no puedo dar mi opinión personal, pero muchos científicos de prestigio han hablado de lo terriblemente dañinas que son. En cualquier caso, definitivamente la solución no pasa porque el Estado las prohíba coactivamente porque solo logrará una excusa para que los funcionarios decidan arbitrariamente -corrupción de por medio- quién puede y quién no usar estas drogas.

Es creíble el testimonio del hijo del capo de las drogas Pablo Escobar, en el sentido de que Frank Sinatra era socio de su padre. Y más creíble que “la DEA (agencia antidrogas) cobraba a mi papá ‘impuestos’ para permitir que la cocaína entrase en EE.UU.” ‘Hecha la ley, hecha la trampa’ describe el sabio refrán en cuanto a lo que ocurre cuando coactivamente se pretende desviar el curso natural de los hechos: una ley coactiva solo promoverá la corrupción ya que los forzados se verán tentados a sobornar para conseguir lo que no pueden hacer naturalmente.

Según un informe del Imco, compuesto por académicos y ejecutivos mexicanos, el 63% de los empresarios considera que la corrupción es parte de la cultura del país. Irónicamente, de no ser por los sobornos muchos negocios no podrían existir y la pobreza social sería superior. El 70% dice que sus gobernantes no cumplen la ley y el 77% no confía en la policía y el 60% tampoco en los jueces.

El problema con la coacción -basado en el poder policial y militar, el monopolio de la violencia estatal- es que desvirtúa el desarrollo natural de las cosas y, por tanto, destruye. Probablemente, el caso más irónico sea el del “combate a la pobreza” con estas armas: el Estado impone impuestos a los ricos para solventar programas de promoción y ayuda social.

Pero los impuestos necesariamente son derivados hacia abajo –subiendo precios, bajando salarios, etc.- y terminan pagándolos los pobres a quienes les vuelve solo una parte ya que el resto se pierde en corrupción y otros gastos. Créame, se lo digo con toda seriedad después de investigar el tema, así es imposible erradicar la pobreza y los políticos lo saben, pero como no quieren reconocer su ineptitud, ignoraran e intentarán tapar el problema sin importarles que la gente muera. Remarco: sin importarles que la gente muera.

A tal punto es así que muchos políticos -y no es broma- creen que la solución es asesinar a los pobres. Corría la década de los 90 en Perú, y el presidente Alberto Fujimori creó el “Programa de salud reproductiva y planificación familiar 1996-2000”. Todavía hoy, con más de 2.000 denuncias registradas y una cifra estimada de más de 300.000 mujeres y hombres esterilizados -se desconocen cuantas fueron forzadas, la mayoría mujeres analfabetas que sólo hablan quechua- el actual Gobierno no pone el énfasis que debería en la investigación. Es que no le conviene del todo, al fin de cuentas, son políticos.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Confesiones de un liberal latinoamericano:

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 26/11/14 en:  http://www.lanacion.com.ar/1746791-confesiones-de-un-liberal-latinoamericano

 

Reproducimos el discurso que Mario Vargas Llosa dio en el 5to Lindau Meeting on Economic Sciences, una reunión que se hace cada dos años al sur de Alemania y que convoca a más de una decena de Premios Nobel y cientos de estudiantes de todo el mundo, en agosto de 2014

LINDAU, Alemania.- Agradezco muy especialmente al Consejo de los Encuentros Lindau con ganadores del Premio Nobel y a la Fundación Encuentros Lindau por invitarme a dar esta conferencia, pues de acuerdo a sus “considerandos”, han tomado en cuenta no sólo mi labor literaria sino mis ideas y opiniones políticas.

Créanme si les digo que esto es algo bastante novedoso. En el mundo en el que suelo moverme, ya sea en Latinoamérica, Estados Unidos o Europa, cuando alguna persona o alguna institución rinde tributo a mis novelas o ensayos literarios, usualmente agrega de inmediato frases como “aunque discrepamos con él”, “a pesar de que no siempre estamos de acuerdo con él” o “esto no implica que aceptemos sus críticas u opiniones sobre cuestiones políticas”. Aunque ya me he acostumbrado a esta bifurcación de mi persona, me alegra sentirme reintegrado por esta prestigiosa institución, que en vez de someterme a un proceso esquizofrénico, me ve como un ser humano unificado: un hombre que escribe, piensa y participa del debate público. Me gustaría creer que ambas actividades forman parte de una realidad única e inseparable. Pero ahora, para ser honesto con ustedes e intentar responder a la generosidad de esta invitación, siento que debería explayarme con cierto detalle sobre mis posiciones políticas. Y no es tarea fácil. Mucho me temo que no alcance con decir -tal vez fuese más sabio decir que “creo ser”- un liberal. Ya de por sí, ese término entraña una primera complicación. Como bien saben, “liberal” tiene significados distintos y usualmente antagónicos, dependiendo de quién lo use y en qué contexto. Mi difunta y querida abuela Carmen, por ejemplo, solía decir que un hombre era liberal para referirse a sus costumbres disolutas, alguien que no sólo no iba a misa sino que además hablaba pestes de los curas. Para ella, el prototipo que encarnaba esa idea de “liberal” era un legendario ancestro mío que un buen día, allá en mi Arequipa natal, le dijo a su esposa que iba hasta la plaza del pueblo a comprar el diario, para nunca más volver. La familia no tuvo noticias de él durante 30 años, hasta que el fugitivo caballero murió en París. “¿Y por qué se escapó a París ese tío liberal, abuela?”. “¿Y a dónde más si no a París, hijito? ¡Para corromperse, por supuesto!” Esta anécdota tal vez esté en el remoto origen de mi liberalismo y de mi pasión por la cultura francesa.

En Estados Unidos y en el mundo anglosajón en general, el término “liberal” tiene connotaciones izquierdistas y a veces suele asociárselo con el socialismo o con posturas radicales. En contrapartida, en Latinoamérica y España, donde la palabra fue acuñada en el siglo XIX para describir a los rebeldes que luchaban contra la ocupación napoleónica, me llaman liberal -o peor aún, neoliberal-, para exorcizarme o desacreditarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha transformado el significado original del término -el de un amante de la libertad que se alza contra la opresión- hasta darle una connotación conservadora o reaccionaria, vale decir, un término que cuando es usado por un progresista, es sinónimo de complicidad con todas las explotaciones e injusticias que padecen los pobres del mundo.

En Latinoamérica, el liberalismo fue una filosofía intelectual y política progresista que en el siglo XIX se oponía al militarismo y a los dictadores y que aspiraba a la separación entre la Iglesia y el Estado y al establecimiento de una cultura civil y democrática. En la mayoría de esos países, los liberales fueron perseguidos, exiliados, encarcelados o ejecutados por los regímenes brutales que con pocas excepciones -Chile, Costa Rica, Uruguay y paremos de contar-, prosperaron en todo el continente. Pero en el siglo XX, la aspiración de las elites políticas de vanguardia era la revolución, y no la democracia, y esa aspiración era compartida por muchísima gente que quería copiar el ejemplo de la guerrilla de Fidel Castro y sus “barbudos” de Sierra Maestra.

Marx, Fidel y el Che Guevara se convirtieron en íconos de la izquierda y la extrema izquierda. Dentro de ese contexto, los liberales fueron considerados conservadores, defensores del status quo, tergiversados y caricaturizados a tal punto que sus verdaderos objetivos políticos y sus ideas genuinas sólo tenían llegada a círculos muy pequeños, mientras que grandes sectores de la sociedad eran ajenos a ellos. Esa confusión sobre el liberalismo estaba tan extendida que los liberales latinoamericanos se vieron obligados a dedicar gran parte de su tiempo a defenderse de las distorsiones y ridículas acusaciones que recibían por derecha y por izquierda.

Recién en las últimas décadas del siglo XX, las cosas empezaron a cambiar en Latinoamérica, y el liberalismo empezó a ser reconocido como algo profundamente distinto del marxismo extremo y de la extrema derecha, y es importante mencionar que eso fue posible, al menos en la esfera cultural, gracias al valiente esfuerzo del gran poeta y ensayista mexicano Octavio Paz y de sus revistas Plural y Vuelta. Tras la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y la transformación de China en un país capitalista (por más que autoritario), las ideas políticas también evolucionaron en Latinoamérica, y la cultura de la libertad hizo importantes avances en todo el continente.

Más allá de eso, para mucha gente sigue siendo difícil asimilar el verdadero sentido de la palabra “liberal”, y para complicar aún más las cosas, ni siquiera los liberales parecen poder ponerse de acuerdo del todo sobre lo que significa el liberalismo y lo que significa ser un liberal. Quien haya tenido oportunidad de participar de alguna conferencia o congreso de liberales sabrá que esos encuentros suelen ser de lo más divertidos, ya que las discrepancias prevalecen sobre el acuerdo y porque como solía ocurrir con los trotskistas, cuando existían, todo liberal es a la vez un hereje y un sectario en potencia.

Como el liberalismo no es una ideología, vale decir, no es una religión dogmática laica, sino más bien una doctrina abierta y en evolución, que en vez de forzar la realidad para que ceda, se acomoda a la realidad, existen entre los liberales profundas discrepancias y las más diversas tendencias. Respecto de la religión y otros temas sociales, los liberales como yo, agnósticos y propulsores de la separación entre la Iglesia y el Estado y defensores de la despenalización del aborto, el matrimonio homosexual y las drogas, solemos ser ásperamente criticados por otros liberales que tienen opiniones opuestas sobre estas cuestiones. Esas diferencias de opinión son saludables y útiles, ya que no violan los preceptos básicos del liberalismo, a saber, democracia política, economía de mercado y la defensa de los intereses individuales por sobre los intereses del Estado. Hay por ejemplo liberales que creen que la economía es el campo donde deben resolverse todos los problemas, y que el libre mercado es la panacea para los problemas, desde la pobreza hasta el desempleo, desde la discriminación hasta la exclusión social.

Esos liberales, que son como verdaderos algoritmos vivientes, muchas veces le hacen más daño a la causa de la libertad que los marxistas, primeros campeones de la absurda teoría de que la economía es la base de la civilización, fuerza impulsora de la historia de las naciones. Eso es simplemente falso. Son las ideas y la cultura las que marcan la diferencia entre civilización y barbarie, y no la economía. La economía por sí sola, sin el puntal de las ideas y la cultura, tal vez produzca óptimos resultados en los papeles, pero no le da sentido a la vida de las personas, ni les ofrece a los individuos razones para resistir la adversidad, mantenerse unidos en la compasión, o vivir en un ambiente de verdadera humanidad. Es la cultura, ese cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas -entre las cuales debe incluirse obviamente también la religión-, la que da vida y aliento a la democracia y permite la economía de mercado, con su matemática fría y competitiva de recompensar el éxito y castigar el fracaso, para evitar que todo degenere en una lucha darwiniana en la cual, como dijo Isaiah Berlin, “la libertad de los lobos es la muerte de los corderos”. El libre mercado es el mejor mecanismo existente para generar riqueza, y cuando se lo complementa con otras instituciones y usos de la cultura democrática puede impulsar el progreso material de una nación a los espectaculares niveles a los que nos tiene habituados. Pero el libre mercado es también un instrumento implacable que sin el componente espiritual e intelectual que aporta la cultura, puede reducir la vida a una feroz batalla egoísta a la que sólo sobreviven los más aptos.

Por lo tanto, el valor central del liberal que yo aspiro a ser es la libertad. Gracias a esa libertad, la humanidad ha podido hacer su viaje de las cavernas a las estrellas y la revolución informática, y progresar desde las variadas formas de colectivismo y asociaciones despóticas hacia los derechos humanos y la democracia representativa. Los cimientos de la libertad son la propiedad privada y el imperio de la ley. Ese sistema garantiza las menores formas de injustica posibles, produce el mayor progreso material y cultural, frena con mayor eficacia la violencia y genera el mayor respeto por los derechos humanos. Para este concepto de liberalismo, la libertad es un concepto único e integral. La libertad política y la libertad económica son inseparables, como las caras de una moneda. Y como en Latinoamérica la libertad no es entendida de esa forma, la región ha sufrido varios intentos fallidos de gobiernos democráticos. Eso ocurrió ya sea porque las democracias que emergieron después de las dictaduras respetaron la libertad política pero rechazaron la libertad económica, que produjo inevitablemente más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque condujeron a gobiernos autoritarios convencidos de que sólo con mano dura y represión podría garantizarse el funcionamiento del libre mercado. Esa es una peligrosa falacia que quedó demostrada en países como Perú, durante la dictadura de Alberto Fujimori, y Chile, bajo Augusto Pinochet. El verdadero progreso nunca ha surgido de regímenes como esos. Así se explica el fracaso de las llamadas dictaduras “del libre mercado” de Latinoamérica.

Ninguna economía libre puede funcionar sin un sistema de justicia eficiente e independiente, y ninguna reforma tiene éxito si se implementa sin el control y la crítica de la opinión pública que sólo son posibles en democracia. Quienes creyeron que el general Pinochet era la excepción a la regla porque su régimen obtuve éxitos económicos luego descubrieron, junto con las revelaciones del asesinato y tortura de miles de ciudadanos, que el dictador chileno no solo era un asesino, sino un ladrón que tenía cuentas con millones de dólares en el exterior, como el resto de los dictadores latinoamericanos. La democracia política, la libertad de prensa y el libre mercado son los cimientos de la posición liberal. Pero así formuladas, esas tres expresiones poseen una cualidad abstracta y algebraica que las deshumaniza y las aleja de la experiencia de la gente común. El liberalismo es mucho, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto por el otro, y especialmente por quienes piensan distinto, por quienes practican otras costumbres, veneran a otro dios o a ninguno. Al aceptar convivir con quienes son diferentes, los seres humanos dieron el paso más extraordinario en el camino hacia la civilización. Fue una predisposición o un deseo que precedió a la democracia y que la hizo posible, y que contribuyó más que cualquier descubrimiento científico o que cualquier sistema filosófico a contrarrestar la violencia y a aplacar el instinto de controlar y matar en las relaciones humanas. Es también lo que despertó una natural desconfianza en el poder, en cualquier poder, y que es como una segunda naturaleza de nosotros, los liberales.

El poder es inevitable, salvo en esas encantadoras utopías de los anarquistas. Pero el poder sí puede ser controlado y contrarrestado para que no se exceda. Es posible despojarlo de sus funciones no autorizadas que oprimen al individuo, ese ser que para nosotros, los liberales, es la piedra angular de la sociedad, y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados. La violación de esos derechos desencadena inevitablemente una espiral de abusos que como ondas concéntricas, barren con la idea misma de justicia social.

Defender a los individuos es la consecuencia natural de creer en la libertad como valor individual y social por excelencia, porque en el seno de una sociedad, la libertad se mide por el nivel de autonomía del que gozan los ciudadanos para organizar sus vidas y trabajar en pos de sus objetivos sin interferencias injusticias, vale decir, la lucha por la “libertad negativa”, tal como la definió Isaiah Berlin en su célebre ensayo. El colectivismo era necesario en los albores de la historia, cuando los individuos eran simplemente parte de una tribu y dependían del conjunto de la sociedad para su supervivencia, pero empezó a declinar a medida que el progreso material e intelectual permitieron que el hombre dominara la naturaleza y superara el miedo al rayo, a las bestias, a lo desconocido y al otro, todo aquel que tenía otro color de piel, otro idioma y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a través de la historia en esas doctrinas e ideologías que sitúan los supremos valores de un individuo en su pertenencia a un grupo específico (la raza, la clase social, la religión o la nación). Todas esas doctrinas colectivistas -nazismo, fascismo, fanatismo religioso, comunismo y nacionalismo-, son enemigos naturales de la libertad y feroces enemigos de los liberales. En todas las épocas, ese defecto atávico, el colectivismo, ha levantado su horrenda cabeza para amenazar a la civilización y arrastrarnos de vuelta a la era del barbarismo. Ayer tomó el nombre de fascismo y comunismo; hoy se lo conoce como nacionalismo y fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, siempre se opuso a la existencia de partidos liberales porque sentía que esas agrupaciones políticas, al intentar monopolizar el liberalismo, terminaban desnaturalizándolo, encasillándolo, y forzándolo a entrar en los estrechos moldes de la lucha partidaria por el poder. Por el contrario, Mises creía que la filosofía liberal debía ser una cultura general compartida por todos las corrientes y movimientos políticos coexistentes en una sociedad abierta y prodemocrática, una escuela de pensamiento que nutriera a los socialcristianos, los radicales, los socialdemócratas, los conservadores y los socialistas democráticos por igual. Hay mucho de verdad en esa teoría. De eso modo, en el pasado reciente, hemos visto casos de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron profundas reformas liberales. Al mismo tiempo, hemos visto a líderes presuntamente socialistas, como Tony Blair en Inglaterra, Ricardo Lagos en Chile, y actualmente José Mujica en Uruguay, que implementaron políticas económicas y sociales que sólo pueden ser calificadas como liberales.

Aunque el término “liberal” sigue siendo una mala palabra que todo latinoamericano políticamente correcto tiene obligación de detestar, desde hace un tiempo, hay ideas y actitudes esencialmente liberales que han comenzado a infiltrarse por derecha y por izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. Eso explica por qué en años recientes, las democracias latinoamericanas no han colapsado ni han sido reemplazadas por dictaduras militares, a pesar de las crisis económicas, la corrupción y el fracaso de tantos gobiernos para alcanzar su potencial. Por supuesto que algunos siguen allí: Cuba tiene esos fósiles autoritarios, Fidel Castro y su hermano Fidel, que tras 54 años de esclavizar a su país, se han convertido en los líderes de la dictadura más larga de la historia latinoamericana, así como la desafortunada Venezuela, que de la mano del presidente Nicolás Maduro, el sucesor a dedo del comandante Hugo Chávez, sufre ahora las políticas estatistas y marxistas que muy pronto convertirán a Venezuela en una segunda Cuba. Pero son dos excepciones, y hay que enfatizarlo, en un continente que nunca antes había tenido una sucesión tan larga de gobiernos civiles surgidos de elecciones relativamente libres. Y existen casos interesantes y alentadores como el de Brasil, donde primero Lula da Silva y luego Dilma Rousseff, antes de llegar a la presidencia, abrazaron la doctrina populista, el nacionalismo económico y la tradicional hostilidad de la izquierda hacia los mercados, pero que tras asumir el poder, practicaron la disciplina fiscal y fomentaron la inversión extranjera, la inversión privada y la globalización, a pesar de que ambos gobiernos se sumieron en la corrupción, como ha ocurrido siembre con los gobiernos populistas, y finalmente fracasaron en la continuidad de la reforma.

Más que la revolución, el mayor obstáculo actual para el progreso en Latinoamérica es el populismo. Hay muchas maneras de definir “populismo”, pero tal vez la más exacta sea que es una forma de demagogia social y económica que sacrifica el futuro de un país a favor de un presente efímero. Con un discurso fogoso imbuido de bravatas, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner ha seguido el ejemplo de su marido, el fallecido presidente Néstor Kirchner, con nacionalizaciones, intervencionismo, controles y persecución de la prensa independiente, políticas que han llevado al borde la desintegración a un país que es, potencialmente, uno de los más prósperos del planeta. Otros tristes ejemplos de populismo son la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa y la Nicaragua del comandante sandinista Daniel Ortega, quienes en varios aspectos, siguen implementando el centralismo del control estatal que tantos estragos ha causado en todo nuestro continente.

Pero son las excepciones y no la regla, como era hasta hace poco en Latinoamérica, donde no sólo se están desvaneciendo los dictadores, sino también las políticas económicas que mantuvieron a nuestros pueblos en el subdesarrollo y la pobreza. Hasta la izquierda se ha mostrado reacia a faltar a su palabra de privatizar las jubilaciones -ya se ha hecho en 11 países latinoamericanos, hasta la fecha-, mientras que la izquierda de Estados Unidos, más reaccionaria, se opone a la privatización de la seguridad social. Son todos signos positivos de cierta modernización de la izquierda, que sin reconocerlo, admite que el camino hacia el progreso económico y la justicia social pasa por la democracia y los mercados, algo que los liberales venimos predicando en el desierto desde hace mucho tiempo. De hecho, si la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, tanto mejor, por más que las disfracen de una retórica que lo niega. Es un paso hacia adelante que deja entrever que Latinoamérica finalmente se estaría deshaciendo del lastre de las dictaduras y el subdesarrollo. Se trata de un avance, al igual que el surgimiento de una derecha civilizada que ya no cree que la solución a los problemas es golpear la puerta de los cuarteles, sino más bien aceptar el voto y las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otra señal positiva del incierto escenario latinoamericano actual es que el acendrado y antiguo sentimiento antinorteamericano que recorría el continente ha disminuido notablemente. Lo cierto es que hoy, el sentimiento antinorteamericano es más fuerte en ciertos países de Europa, como Francia y España, que en México o Perú. Es cierto que la guerra en Irak, por ejemplo, movilizó a vastos sectores de todo el espectro político europeo, cuyo único denominador común parecía ser no el amor por la paz sino el resentimiento y el odio hacia Estados Unidos. En Latinoamérica, esa movilización fue marginal y estuvo prácticamente confinada a los sectores de la izquierda más radicalizada, aunque en los últimos días el apoyo de Estados Unidos a la invasión israelí a la Franja de Gaza y la feroz masacre de civiles ha revivido un sentimiento antinorteamericano que parecía haberse desvanecido.

Si la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, tanto mejor, por más que las disfracen de una retórica que lo niega

Ese cambio de actitud hacia Estados Unidos reconoce dos razones, una pragmática y otra del orden de los principios. Los latinoamericanos que conservan el sentido común entienden que por razones geográficas, económicas y estratégicas, las relaciones comerciales fluidas y sólidas con Estados Unidos son indispensables para nuestro desarrollo. Además, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, como hacía en el pasado, ahora apoya sistemáticamente a las democracias y rechaza las tendencias autoritarias. Eso ha contribuido ostensiblemente a reducir la desconfianza y la hostilidad de las filas democráticas latinoamericanas frente a su poderoso vecino del norte.

Ese acercamiento y esa colaboración son cruciales para que Latinoamérica avance rápidamente en su lucha para eliminar la pobreza y el subdesarrollo.

En los últimos años, este liberal que habla ahora frente a ustedes se ha visto enredado con frecuencia en la controversia, por defender una imagen real de Estados Unidos, que las pasiones y los prejuicios políticos han deformado, en ocasiones, hasta el punto de la caricatura. El problema que enfrentamos quienes intentamos combatir esos estereotipos es que ningún país produce tanto material artístico e intelectual antinorteamericano como el propio Estados Unidos -país natal, no olvidemos, de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky-, al punto que uno se pregunta si el antinorteamericanismo es uno de esos astutos productos de exportación fabricados por la C.I.A. para hacer posible que el imperialismo manipule ideológicamente a las masas del Tercer Mundo.

Antes, el antinorteamericanismo era especialmente popular en Latinoamérica, pero ahora se produce en algunos países europeos, especialmente en aquellos que se aferran al pasado que ya fue, y que se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se han vuelto porosas y cada vez más difusas. Por supuesto que no todo lo que pasa en Estados Unidos es de mi agrado. Lamento, por ejemplo, que muchos estados todavía apliquen ese horror que es la pena de muerte, al igual que muchas otras cosas, como el hecho de que la represión está por encima de la persuasión en la lucha contra las drogas, a pesar de las lecciones que dejó la Prohibición. Pero en el balance de sumas y restas, creo que Estados Unidos es la democracia más abierta y funcional del mundo, y la que tiene mayor capacidad de autocrítica, que le permite renovarse y actualizarse más rápidamente en respuesta a los desafíos y las necesidades de un contexto histórico en cambio. Es una democracia que admiro justamente por lo que temía el profesor Samuel Huntington: una formidable mezcla de razas, culturas, tradiciones y costumbres, que han logrado coexistir sin matarse unas a otras, gracias a la igualdad ante la ley y la flexibilidad de un sistema que hace lugar en su seno para la diversidad, bajo el denominador común del respecto por la ley y por el otro.

En mi opinión, la presencia de 50 millones de personas de origen latinoamericano en Estados Unidos no amenaza la cohesión social o la integridad del país. Por el contrario, potencia a la nación, aportando una corriente de vitalidad cultural de enorme energía, en la cual la familia es un bien sagrado. Con su deseo de progreso, su capacidad de trabajo y su aspiración al éxito, esa influencia latinoamericana será de gran provecho para una sociedad abierta. Sin renegar de sus orígenes, esta comunidad se está integrando con lealtad y cariño a este nuevo país, y forjando fuertes vínculos entre las dos Américas. Y eso es algo de lo que puedo dar fe casi en carne propia.

Cuando mis padres ya no eran jóvenes, se convirtieron en dos de esos millones de latinoamericanos que emigraron a Estados Unidos en busca de oportunidades que su país no les ofrecía. Vivieron en Los Ángeles durante casi 25 años, ganándose la vida con sus manos, algo que nunca habían tenido que hacer en Perú. Durante muchos años, mi madre fue obrera textil en una fábrica llena de mexicanos y centroamericanos, entre los cuales hizo excelentes amigos. Cuando murió mi padre, pensé que mi madre regresaría a Perú, como él le había pedido. Pero ella decidió quedarse, vivir sola, e incluso solicitó y obtuvo la ciudadanía estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando los achaques de la edad la obligaron a volver a su tierra natal, siempre recordó Estados Unidos como su segunda patria, con orgullo y gratitud. Para ella, nunca hubo incompatibilidad en sentirse peruana y estadounidense al mismo tiempo: ni el menor atisbo de un conflicto de lealtades. Y creo que el caso de mi madre no es excepcional, y que hay millones de latinoamericanos que sienten lo mismo y que se transformarán en puentes vivientes entre dos culturas de un continente que hace cinco siglos fue integrado a la cultura occidental.

Tal vez este recuerdo sea más que una evocación filial. Tal vez, en este ejemplo veamos un atisbo del futuro. Soñamos, como suelen hacer los novelistas: un mundo libre de fanáticos, terroristas y dictadores, un mundo de distintas razas, credos y tradiciones, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras sean puentes que hombres y mujeres pueden cruzar en pos de sus objetivos, y sin más obstáculo que su suprema y libre voluntad.

Entonces, ya no hará falta hablar de libertad, porque será el aire que respiramos, y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises de una cultura universal, imbuida de respeto por la ley y por los derechos humanos, se habrá hecho realidad.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

Maduro versus Humala:

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 5/5/13 en http://www.eluniversal.com/opinion/130505/maduro-versus-humala

  A pesar de las alabanzas de Ollanta a Chávez, soplan aires distintos en ambos gobiernos, en ambos países. Como siempre, entre lo que los políticos dicen y lo que hacen hay una distancia que se rige por sus caprichos.

                            Ollanta Humala podría reunirse con la familia de Alberto Fujimori, de 74 años, para analizar un indulto por sus crímenes de lesa humanidad y de corrupción. Aunque aclaró que, antes, debe recibir el informe de la Comisión de Gracias Presidenciales. Según una encuesta de IPSOS Perú, el 55% estaría a favor de que el ex presidente sea indultado, y el 41% en contra. Según su familia, está “gravemente enfermo”, pero los chequeos médicos han desmentido que padeciera cáncer o que su vida corriera peligro.

                            En contraposición, el presidente venezolano dijo que “Ya tenemos el material… queremos hacer un documental central, con expertos internacionales… y los vamos a denunciar en todos los tribunales del mundo a nivel de derechos humanos, para que el mundo sepa que la ultraderecha venezolana está infectada de fascismo”. En esto gasta dinero Nicolás Maduro mientras la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) afirma que los están reprimiendo y que la primera víctima fue el general retirado Antonio Rivero, detenido por el SEBIN porque el militar estaba, supuestamente, involucrado en los sucesos violentos que dejaron 9 muertos y unos 70 heridos.

                           Estos aires distintos, de reconciliación por un lado y de violencia por el otro, no son casuales. Siendo del Estado el monopolio de la violencia, el estatismo -como el chavismo- significa su exacerbación, mientras que la inclinación hacia el mercado natural del Perú, por el contrario, implica la retirada del Estado, del monopolio de la violencia, de la violencia. Y este aire destructivo tiene sus consecuencias, por caso, en las remesas.

                           Los envíos de los emigrantes, en 2012, sumaron US$ 61.300 millones, aumentando desde 2009 cuando cayeron a US$ 56.500 millones, aunque siguen debajo de los 64.900 millones de 2008, según el informe “Las remesas a América Latina y el Caribe en 2012: comportamiento diferenciado entre subregiones”, del Fondo Multilateral de Inversiones (Fomin), del BID, que destaca el incremento significativo registrado en Centroamérica del 6,5%, debido a la recuperación económica de EEUU. Estos envíos suponen más del 10% del PIB en países como Honduras, Nicaragua, Jamaica, Guatemala o Haití.

                           México encabeza la recepción de remesas con US$ 22.400 millones, seguido por Guatemala 4.800 millones (9,3% más que en 2011), Colombia 4.000 millones (2,3% menos), El Salvador 3.900 millones (7,2% más), Honduras 2.894 millones (1,1% más), Perú 2.779 millones (3% más), Brasil 1.989 millones (0,8% más), Haití 1.988 millones (3,4% menos), Nicaragua 1.152 millones (9,4% más), Bolivia 1.094 millones (8,1% más), Argentina 991 millones (2% menos), Venezuela 803 millones (0,7% menos) y Panamá 601 millones (1,5% más).

                     Ahora, las transferencias a México se redujeron 1,6% debido a la menor emigración mexicana a EEUU. La mayor caída se produjo en Ecuador, que recibió US$ 2.451 millones, 8,3% menos porque, además de la crisis en España donde reside la mayor parte de los emigrantes del país andino, el nivel de conflictividad y agresividad del gobierno al igual que en Venezuela, ahuyentan al dinero. Mientras que hacia Perú crecen las remesas a pesar de que las necesita menos.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.