¿Se viene la crisis?: más vale prevenir que curar

Por Aldo Abram: Publicado el 19/3/18 en: http://www.ambito.com/915581-se-viene-la-crisis-mas-vale-prevenir-que-curar

En enero de 2006, con motivo del uso de las reservas internacionales para pagarle al FMI, publiqué un artículo advirtiendo que era muy mala idea desprenderse de más de u$s9.000 millones que podían ser útiles cuando estallara la burbuja que se estaba gestando entonces. Hoy siento que estoy viviendo un déjà vu; ya que a nivel internacional se están dando las mismas condiciones que llevaron a la crisis de 2007-8. Por eso, mi perseverancia en advertir al actual Gobierno que debe tomar medidas para enfrentar esta contingencia, que la mayoría considera tremendista, al igual que entonces. En 2006, los políticos, analistas e inversores narcotizados por los excesos de financiamiento que generaban crecimiento y las ganancias artificiales sin techo pregonaban, modificando la frase de Francis Fukuyama: «El fin de las crisis». Ese fue el título del siguiente artículo que publiqué explicando, no solo que eso no tenía sentido, sino por qué consideraba que se estaba incubando una nueva crisis dando los argumentos que comento a continuación.

Desde 2001, debido a los temores de una crisis tras el acto terrorista contra las Torres Gemelas, la Reserva Federal bajó fuertemente la tasa de interés de referencia. Para que eso suceda, compra Bonos del Tesoro de los EE.UU. emitiendo dólares y aumentando el crédito. El problema es que la gente demanda préstamos para gastar o invertir, no para guardar los dólares en el bolsillo; por lo que esto tiende a generar una pérdida de valor de la moneda.

En aquella época en EE.UU., como indicador de inflación se seguía el IPC Núcleo, que era la canasta total de consumo menos la energía y los alimentos que se consideran más volátiles. Lo malo es que esto implicaba tomar una brújula sesgada. China y otros países de Asía habían empezado a implementar reglas de juego de mercado en sus economías; lo que provocó un fuerte crecimiento de sus economías. Cuando alguien pobre tiene más capacidad de gasto, justamente aplica mayor proporción de sus nuevos ingresos a alimentos y energía, así que la demanda de estos y, por ende su precio, suben fuerte. Ahora, en EE.UU., ante el aumento de los valores de ambos componentes de su canasta, tuvieron que restringir el consumo en el resto y, por lo tanto, sus precios tendieron a subir muy poco. Esos eran justo los que relevaba el IPC Núcleo, subestimando la inflación.

Si la Reserva Federal y los analistas del mundo hubieran mirado el IPC total o los precios de los activos, hubieran notado que se estaba inflando una burbuja. Si bien su presidente Alan Greenspan se dio cuenta de la «exuberancia irracional de los precios», tendió a subir muy despacio la tasa de interés; por lo que corría de atrás a la de mercado presionada por el crecimiento económico, lo que lo obligaba a seguir emitiendo liquidez e inflando la burbuja hasta que estalló.

Hoy pasa exactamente lo mismo. La Reserva Federal viene sosteniendo bajas tasas de interés desde 2009 y ha estado inflando una nueva burbuja. Esta vez no se nota en los precios al consumidor, porque la crisis de 2007-8 generó una reacción mundial hacia un mayor ahorro y a bajar el endeudamiento; ya que ése fue el origen asumido de dicho traspié. Por ende, los excesos de liquidez no han estado yendo al gasto, sino a la inversión y sobre activos de deuda escasos; por lo que se observa que hoy los precios de los activos financieros, aún quitado el impacto de la inflación, están muy por encima de cuando explotó la anterior crisis. De hecho, incluso en el mercado inmobiliario de los EE.UU. que fue al que se le adjudicó la debacle, en algunos indicadores muestra valores, sin inflación, por encima de los de 2007, cuando todos saben que «Quien se quema con leche ve una vaca y llora».

Cabe aclarar que la crisis de 2007-8, no fue «culpa de las hipotecas», sino que se dirigió la mayor parte de la liquidez excedente porque se generó una posibilidad de ganancias extraordinarias al aliviar las condiciones para tomar créditos de las personas y darles la garantía de dos entidades semiestatales como eran Freddy Mac y Fannie Mae. Solo estalló más rápido la burbuja que más se infló; pero había burbujas en todo el mundo. Esto pasa porque cuando la Reserva Federal decide excederse en la provisión de liquidez, esta actitud se generaliza a todos los bancos centrales; ya que hay una idea equivocada de que una baja del tipo de cambio es mala para la economía del país. Es decir, si la Reserva Federal emite excesivamente y deprecia su moneda, los otros bancos centrales del mundo tratan de evitar que baje en sus mercados comprando dólares emitiendo sus propias monedas e incentivando sus propias burbujas.

Si alguien preguntara si necesariamente estallará la burbuja, quizás no si la Reserva Federal pudiera subir la tasa un poco más ágilmente para intentar desinflarla. Tampoco, sabemos cuándo explotará si la Fed no hace los deberes, pero las probabilidades de una crisis internacional empezarán a incrementarse desde mediados de año y no demoraría más de 2 años en producirse. ¿Dónde estallará la primera burbuja? Nadie lo sabe; pero automáticamente empezará un estallido en cadena.

Este gobierno heredó un Estado y un Banco Central casi quebrados. Debido al gradualismo elegido como estrategia han logrado un muy lento y acotado avance en términos de mejorar su solvencia. Por lo tanto, no hay ninguna posibilidad de que puedan aguantar el corte del crédito que implicaría una crisis mundial. Por eso, hoy que hay excesos de liquidez el Gobierno debería abocarse a generar una red de seguridad financiera con créditos contingentes (a usar si se da una debacle internacional) que podrían ser provistos por organismos internacionales, bancos centrales de países desarrollados y bancos comerciales, cubriendo las necesidades de financiamiento de por lo menos un año. Habrá que pagar por estos préstamos; pero cabe recordar el dicho «Un banquero te presta el paraguas solo cuando hay sol». Si estalla una crisis, seremos uno de los primeros países a los que les desaparecerá el crédito. Entonces, será tarde y los costos para los argentinos enormes.

 

Aldo Abram es Lic. en Economía y fue director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

Mercados: tiempo de toboganes

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 7/2/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/mercados-tiempo-de-toboganes/

 

Ironizó ayer la columna Lex del Financial Times sobre el laconismo de Trump en Twitter: habiendo lanzado más de 60 mensajes celebrando lo bien que iba la Bolsa desde que llegó a la Casa Blanca, en las últimas horas no había tuiteado nada al respecto. Era lógico: Wall Street se pegó un batacazo histórico el lunes, que se compensó algo ayer, aunque el eco siguió rebotando fuera de Estados Unidos, donde reinaron los números rojos. El Ibex, con un -2,5 %, sufrió la mayor caída en cuatro meses, y cerró al nivel más bajo de once meses.

Así como Trumpo no dijo nada, los agentes del mercado aseguraron que no pasa nada, que es una “corrección temporal”. Siempre sucede lo mismo: ningún político habla cuando la Bolsa se hunde, y ningún bróker grita nunca: “¡pánico! ¡todos a vender todo!”. Al contrario, siempre dicen que o bien se quede usted inmóvil, o bien, si la cosa se hunde más, incluso que aproveche y compre.

Lo cierto es que ni los políticos, ni los agentes de bolsa, y mucho menos los economistas, conocen el futuro. Lo que sí sospechamos algunos es que hemos vivido una falsa bonanza, producto de que los bancos centrales, empezando por la Reserva Federal, hicieron lo que políticos, banqueros, gestores de fondos, y demás protagonistas del mundo financiero, les rogaban que hicieran: inundarlo todo con liquidez. Y lo hicieron, con la misma excusa que esgrimieron antes de 2007: los precios no subían. Era y siguió siendo una falacia, que estriba en medir los precios por el IPC, como si los activos no tuvieran precios, o como si sus precios no importaran.

Esta maniobra, repetida en mayor o menor medida por el Banco Central Europeo y otras autoridades monetarias, dio como resultado una nueva “represión financiera” que combinó una recuperación de la economía, una subida de las bolsas y unos tipos de interés, unos salarios y un IPC contenidos. Al mismo tiempo, se trataba de una situación engañosamente apacible, que ocultaba tensiones que tarde o temprano iban a aflorar. Como símbolo de la responsabilidad de los bancos centrales en todo esto, la sacudida se produjo el mismo día en que Jay Powell asumía como presidente de la Reserva Federal, tras la gestión de la supuestamente diestra Janet Yellen. En fin, tambien a Alan Greenspan lo llamó “maestro” nada menos que Bob Woodward.

Un tranquilizante convencional es que la economía real va bien, incluso muy bien. Por tanto, si nos sucede algo es porque suben los salarios, que ya era hora, o por culpa de vaya usted a saber qué recoveco “técnico”, porque los famosos “fundamentales” van estupendamente. Es posible que sea así, pero no lo sabemos. Sólo lo sabremos cuando suban los tipos, baje la marea, y veamos quién lleva traje de baño y quién no. Es decir, qué activos están sostenidos por inversiones reales sólidas y cuáles sólo brillan con tipos inusualmente bajos o “reprimidos”.

Mientras tanto, parece que ha empezado el tiempo de los toboganes. La situación podría resolverse, y pasar del tobogán a la subida más o menos estable, si la reforma fiscal de Trump rinde sus esperados frutos reactivadores, y si es imitada en otras latitudes. De eso debería tuitear el presidente americano, y no de la Bolsa. Por fin, si no se resuelve, entonces no se queje usted de los toboganes, porque la alternativa será peor.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

DESENREDAR LA MADEJA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Hay quienes están muy ocupados y preocupados con la transición desde un sistema estatista a uno menos paternalista o directamente más cercano a la sociedad abierta. En esta nota miraré el asunto desde otro ángulo, en el sentido de sostener que la transición no es el problema sino saber hacia que meta debemos dirigirnos. Una vez comprendidos los objetivos, la transición se hará lo mejor posible, es decir, lo que permita la opinión pública al efecto de acercarse a la libertad. Pero esa transición, precisamente, se podrá hacer en pasos mayores en la medida en que se haya trabajado bien en explicar las metas.

 

Los debates sobre políticas de transición son interminables y muy farragosos cuando, como queda dicho, el ojo de la tormenta radica en saber hacia donde debemos encaminarnos. Con razón ha dicho Séneca que “no hay vientos favorables para el navegante que no sabe hacia donde se dirige”. No es que haya que abandonar por completo las ideas de transición, se trata de un tema de prioridades, las cuales están enormemente desbalanceadas a favor de las políticas que pretenden desplazarse de un punto a otro sin tener en claro cual es ese otro. Y lo alarmante es que muchas veces se pretende navegar con las mismas instituciones y políticas que se desea reemplazar solo que con “funcionarios buenos”. Con eso no vamos a ninguna parte ya que como nos han enseñado autores como Ronald Coase, Douglass North y Harlod Demsetz, el asunto es de incentivos que corresponden a instituciones y no de personas que son en verdad del todo irrelevantes al efecto de lo que venimos considerando.

 

Veamos entonces a título de ilustración solo un par de medidas a las que conviene apuntar aunque en la transición no se logre el cometido en todo su significado, por lo menos se abre el camino y se señala el rumbo.

 

Para comenzar es importante recordar la premisa de la que partieron los Padres Fundadores en Estados Unidos, dado el notable éxito de operar en un clima de irrestricto respeto recíproco durante una parte sustancial de su historia. Dicha premisa es siempre desconfiar de monopolio de la fuerza que denominamos gobierno puesto que como decía Acton “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. De allí es la insistencia en redoblar los esfuerzos para establecer límites al poder político y tener siempre presente lo reiterado en Norteamérica desde el comienzo y es que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”. En una forma más gráfica lo escrito por Benito Pérez Galdós en 1812 en cuanto a que, en defensa propia y como una mediada precautoria, a los políticos hay que mirarlos como “una manada humana que no aspira más que pastar en el presupuesto” y en el  contexto de lo posteriormente enseñado por intelectuales de la talla del premio Nobel en economía James M. Buchanan respecto a que el interés de los políticos es su propio confort, aspecto que constituye el centro del Public Choice. No es que no hayan habido políticos bien intencionados y decentes, esto no resulta relevante a los efectos del sistema que ha mutado de democracia a cleptocracia debido a los incentivos, lo cual hay que corregir a través de mecanismos y procesos como los sugeridos por pensadores de gran calado sobre los cuales he escrito en detalle en otras ocasiones. En todo caso, sin las mencionadas premisas, si la idea es anclarse en el status quo no vale la pena proseguir con lo que expongo a continuación..

 

Ahora se están estudiando y debatiendo teorías más sofisticadas que apuntan a resolver otros temas y proporcionar otros andamiajes conceptuales en relación al dilema del prisionero, los bienes públicos, la asimetría de la información y la llamada “tragedia de los anticomunes”, pero en esta instancia del proceso de evolución cultural debemos enfrentar los obstáculos que presenta el Leviatán.

 

Veamos este par de sugerencias anunciadas (ya que una nota periodística no permite desarrollar un programa de gobierno), como un primer paso de las metas antes referidas para ejemplificar y no “hacer la plancha” con la pretensión de administrar las mismas instituciones que provocaron el problema pero con “gente buena”. Es como dice Einstein, no es posible obtener resultados distintos con las mismas recetas (por más bienintencionados que sean los que la llevan a cabo).

 

Primero, es de vital importancia que se entienda que el fruto del trabajo de la gente está siendo evaporado vía el entrometimiento del aparato estatal en el dinero. Como han explicado tantos premios Nobel en economía como Friedrich Hayek, es necesario independizar la moneda del gobierno. Para citar otro ejemplo, Milton Friedman ha escrito en su última versión de la política monetaria que “la moneda es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos de banqueros centrales” (Monetary Mischiefs) y que “Llego a la conclusión de que la única manera de abstenerse de emplear la inflación como método impositivo es no tener banco central. Una vez que se crea un banco central, está lista la máquina para que empiece la inflación” (Moneda y desarrollo económico).

 

Es que los banqueros centrales, por más competentes y decentes que sean, solo pueden operar en una de tres direcciones: expandir la base monetaria, contraerla o dejarla inalterada. Cualquiera de las tres posibilidades distorsionarán los precios relativos, lo cual se traduce inexorablemente en derroche de capital que, a su vez, implica disminución de ingresos y salarios en términos reales. Y si se dice que la banca central tiene la bola de cristal con la que puede adivinar la cantidad de moneda que la gente hubiera preferido, no hay motivo para intervenir con el consiguiente ahorro de gastos administrativos.

 

Asimismo, contar con una banca central independiente del poder político tampoco significa nada puesto que los directores se encontrarán frente idéntico dilema. El único modo de eliminar el tema inflacionario es que la gente pueda elegir libremente los activos monetarios con los que llevará a cabo las transacciones, en un contexto en el que se elimina el sistema bancario de reserva fraccional, lo cual replicaría parte de la historia monetaria en la medida en que había libertad para seleccionar mercancías-dinero que eran canjeadas por recibos-billetes en casas de depósito (luego bancos).

 

Es completamente anacrónico creer que la banca central se establece para “preservar el valor del signo monetario”. Ninguna banca central ha hecho eso. Se trata de extraer recursos coactivamente de la gente. Alan Greenspan considerado el conservador por excelencia, durante sus 18 años de administración al frente de la Reserva Federal en Estados Unidos, provocó un incremento del 74% en el índice de precios (oficial) y la Argentina, desde que se estableció la banca central en 1935, ha debido sustraer 13 (trece) ceros a su signo monetario. En la misma línea de pensamiento, es menester dejar de lado la sandez de la “soberanía monetaria” que es lo mismo que insistir en la soberanía de la zanahoria.

 

La segunda medida alude a la cuestión medular de la educación. Hay muchísimo que elaborar en este tema, pero una primera etapa consiste en que los colegios y universidades privadas sean en verdad privadas y no como son actualmente privadas de independencia sin pautas ni imposiciones de ninguna naturaleza.

 

La educación debe consistir en un proceso abierto de prueba y error en el contexto de un permanente descubrimiento a las nuevas y cambiantes contribuciones. No cabe para nada ministerios o secretarías de educación sino la competencia entre quienes piensan en estructuras curriculares, textos, horarios y demás manifestaciones culturales. Incluso las acreditaciones deben hacerse como antaño por medio de instituciones no gubernamentales que procedan a su vez en competencia como una auditoría cruzada. También es de interés destacar que los fondos públicos no deben bajo ningún concepto financiar casas de estudio privadas. Este es el modo de asegurar la excelencia académica y la independencia.

 

Más aun, hoy en día constituye una manifestación retrógrada pensar de otra manera en pleno desarrollo del home-schooling, las aulas virtuales para carreras de grado y posgrado y los MOOC en los que se excluye al Gran Hermano y la consiguiente politización de algo tan delicado como la educación. En la vereda de enfrente es natural que primero el marxismo y luego el nacionalsocialismo y el fascismo demanden enfáticamente la implantación de la educación estatal, gratuita y obligatoria (como es sabido lo “gratuito” constituye un despropósito superlativo puesto que todos pagan, especialmente aquellos que nunca vieron una planilla fiscal ya que lo hacen por medio de la reducción de sus salarios debido a la contracción en la inversión que producen los contribuyentes de jure).

 

En resumen, deben analizarse los procedimientos del momento con espíritu crítico y con mentes despejadas de telarañas y preconceptos al efecto de preservar las autonomías individuales y proteger, sobre todo, a los más débiles económicamente. Es hora de despertar de la modorra y revertir los caminos que permiten el avasallamiento de los derechos individuales.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE

¿Es posible un retorno al patrón oro?

Por Adrián Ravier. Publicado el 23/7/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/07/23/es-posible-un-retorno-al-patron-oro/

Analistas económicos y políticos de posiciones diversas han coincidido en aseverar que la crisis financiera internacional encuentra su causa en la política monetaria que maneja la Reserva Federal de los Estados Unidos. Éstos no apuntan sólo a la mala política monetaria que creó la burbuja inmobiliaria, sino también al modo en que se ha administrado el dinero desde 2008 en adelante, depreciando el dólar y exportando con ello algunos problemas internos de Estados Unidos al resto del mundo.

Analistas de Estados Unidos, Europa y Asia empezaron a preguntarse entonces si es posible crear una alternativa a este inestable patrón dólar, y la primera respuesta que surgió no fue el euro, la libra, el marco suizo, el yen japonés o el yuan chino, sino un posible retorno al oro. El Congreso de Estados Unidos incluso creó una comisión a la que distintos teóricos e historiadores de la moneda y la banca han sido invitados para exponer sus posiciones.

Lo que aquí nos proponemos -siguiendo a Lawrence H. White– es responder a los diez argumentos centrales que la literatura presenta en contra de un retorno al patrón oro, incluyendo argumentos de presidentes de la Reserva Federal como Alan Greenspan Ben Bernanke, economistas de renombre como Tyler Cowen y Paul Krugman, y analistas como Eduardo Porter y Jesús Fernández Villaverde. Al respecto, un especialista en temas monetarios como Friedrich Hayek reflexionaba en 1943: “El patrón oro, como sabemos, tuvo indudablemente grandes defectos, pero corremos el gran peligro de que su condena, hoy día de moda, pueda oscurecer el hecho de que también tuvo grandes virtudes, ausentes en la mayoría de sus alternativas”.

Analicemos entonces los diez argumentos centrales que expone la literatura:

   1. El patrón oro deja que la cantidad de dinero sea determinada por fuerzas accidentales

Hay un germen de verdad en este punto, puesto que el patrón oro permite que la cantidad de dinero en circulación sea determinado por las fuerzas de la oferta y la demanda en el mercado del oro. Sin embargo, en el sistema vigente de Banca Central y dinero fiat la oferta de dinero es controlada por las decisiones de un comité de expertos de la Reserva Federal. La pregunta que queda es bajo cuál sistema se comporta mejor la cantidad de dinero y su poder adquisitivo.

La experiencia dicta que el stock de oro nunca fue estable. Sin embargo, durante el mayor descubrimiento de oro en California, en 1848, la caída del poder adquisitivo del dinero fue ínfima. En el intervalo de mayor inflación, el índice general de precios para los Estados Unidos subió de 5.71 en 1849 a 6.42 en 1857, un incremento de 12.4 % en un período de ocho años. La literatura es clara en este respecto, en expertos de historia monetaria como Hugh Rockoff o Rolnich y Weber.

   2. El patrón oro produciría una deflación dañina

Si bien el patrón oro ofreció bastante estabilidad mientras operó, es cierto que en ciertos momentos hubo deflación de precios. Por ejemplo, entre 1880 y 1900, Estados Unidos evidenció un prolongado período de deflación récord. Sin embargo, dicho período no fue para nada desastroso en la economía real. El producto real per cápita comenzó dicho período en $3.379 y terminó en $4.943 (ambos medidos en dólares de 2000). El crecimiento real per cápita fue más que saludable con un 46 %, lo que implica que el producto real más que se duplicó.

Es así que, como explica George Selgin, los economistas debemos aprender a distinguir un proceso de deflación benigna y saludable, de otro dañino, como el que en efecto ocurrió entre 1929-1933 en la conocida Gran Depresión. La deflación benigna sería aquella que viene acompañada por aumentos de productividad, donde la caída de precios sólo redunda en un aumento del salario real.

   3. El patrón oro fue responsable de los pánicos bancarios del siglo XIX y de la contracción monetaria de 1929-33, con la consecuente gran depresión

La contracción monetaria de 1929-33 es precisamente el ejemplo clásico de la deflación dañina. Pero hay que notar que ésta no se generó bajo la existencia de un sistema de patrón oro, sino precisamente bajo la atenta mirada de la Reserva Federal. Uno podría observar el caso de Canadá en el período 1929-33 y ver que efectivamente bajo patrón oro no hubo pánico. Tampoco encontramos pánicos en Canadá en el siglo XIX. Fue el sistema de Banca Central en definitiva el que debilitó al sistema bancario.

   4. El beneficio del patrón oro (controlar la inflación) se podría alcanzar con un costo menor, simplemente controlando la cantidad de dinero fiat

Si bien este condicional es cierto, en la práctica no ocurrió tal cosa. El propio Alan Greenspan ha explicado que lo mejor que la Reserva Federal puede hacer en política monetaria es intentar replicar exactamente lo que un sistema de patrón oro habría hecho en cada caso. Greenspan incluso ha reconocido que en los años ’70 la Reserva Federal generó una inflación acelerada porque el patrón oro no limitó la política monetaria. Y es que en ausencia de competencia las autoridades monetarias no tienen conocimiento ni incentivos para administrar bien el dinero.

Además, aun reconociendo que en los últimos 30 años la inflación ha sido más baja que en el período de posguerra, aun estos niveles de inflación actuales son mayores que los que evidenció el sistema de patrón oro. Por otro lado, el costo del sistema de patrón oro ha sido exagerado por los economistas, incluso por Milton Friedman, al asumir que el 100 % de la oferta monetaria (M2) debía estar respaldada en oro. Pero Lawrence H. White ha demostrado bajo su estudio de la historia monetaria que un sistema de banca libre con reserva fraccionaria puede operar con sólo un 2 % de los billetes respaldados en oro, lo cual reduce drásticamente la cantidad de oro necesaria para retornar a dicho sistema. Finalmente, debemos señalar que dicho costo es realmente muy bajo en relación con los daños que el sistema de Banca Central ha generado en la sociedad en el último siglo.

   5. El patrón oro no implica ningún límite, porque el gobierno podría devaluar o simplemente suspender la obligación de respaldar sus billetes en cualquier momento que lo desee

Objeciones como ésta podrían presentarse a otras normas o reglas, como es el caso de la Constitución. Pero aun así, las reglas constitucionales resultan útiles. Kydland Prescott han señalado exitosamente la necesidad de fijar reglas para la política monetaria, lo cual redunda en un compromiso de parte de las autoridades monetarias, al mismo tiempo que ofrecen previsibilidad.

De más está decir que el patrón oro no es la única regla. El propio Milton Friedman ha ofrecido su regla de una tasa de crecimiento monetario fija para cada período, o los objetivos de inflación regulan hoy la política monetaria de varios bancos centrales. Pero el patrón oro tiene una historia mucha más extensa y exitosa que estas reglas alternativas y es la única alternativa que no requiere de un banco central. Dejar la política monetaria en manos de banqueros privados bajo competencia, en lugar de la institución gubernamental, como era el caso de Estados Unidos antes de 1913, elimina la posibilidad de las dañinas sorpresas monetarias. También es cierto que el gobierno puede suspender el patrón oro en situaciones de emergencia como fue el caso en la Guerra Civil, pero el espíritu del patrón oro presiona para retornar al sistema y a la paridad, como de hecho ocurrió en Estados Unidos, según han demostrado Bordo y Kydland.

   6. El patrón oro, como cualquier sistema de tipo de cambio fijo, es vulnerable a la especulación

Nicolás Cachanosky ha explicado que en un sistema de patrón oro no hay tipos de cambio, por lo que no puede haber especulación sobre ellos. Lo que sí tenemos es paridad, pero la aclaración es necesaria. Lo que abre la puerta a la especulación es la debilidad de la paridad que ofrece un sistema monetario, sea el sistema de patrón oro o cualquier otra moneda de reserva. Un Banco Central puede ser débil, y ése es precisamente cuando combinamos un sistema de Banca Central con el patrón oro. Afortunadamente, el patrón oro no requiere de un Banco Central. White y Selgin muestran que con un sistema de emisores privados de dinero descentralizado, no hay institución capaz de devaluar, por lo que no hay razones para esperar la peligrosa especulación.

   7. El dinero fiat es necesario para que un prestamista de última instancia responda a las necesidades de liquidez del sistema bancario

La historia muestra que un prestamista de última instancia prácticamente no sería necesario bajo un sistema monetario sólido y estable. Nuevamente vale la pena comparar el caso de Estados Unidos y Canadá en el siglo XIX. En los casos excepcionales donde tal cosa fuera necesaria, Richard H. Timberlake enseña que las cámaras de compensación pueden resolver el problema.

   8. El cambio a un sistema de patrón oro involucra costos masivos de transición

El costo de transición para retornar al patrón oro sería muy bajo. A diferencia del caso europeo con la transición al euro, no sería necesario redenominar los precios, porque la denominación del dólar se mantendría. A la tasa adecuada entre dólar y oro, los precios no necesitarían pegar un salto.

   9. Abandonamos el patrón oro en primer lugar por buenas razones

Como bien explica Juan Carlos Cachanosky, en 1933 el presidente Roosevelt devaluó el dólar de $20.67 a $35 por onza de oro, pero el problema no era el patrón oro, sino la debilidad del sistema de la Reserva Federal. La deflación se podría haber resuelto con una mejor política monetaria y reforma bancaria, pero sin abandonar el patrón oro.

En 1971 Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar con el oro porque la propia Reserva Federal había expandido la oferta monetaria demasiado como para mantener la paridad del dólar en $35 la onza. Se hubiera evitado esto si la Reserva Federal no hubiera aplicado políticas monetarias tan agresivas en los años 1960.

Benjamin Anderson o Murray Rothbard explican que no fueron las reglas del patrón oro las que fallaron. Fue, más bien, la Reserva Federal la que falló.

   10. No hay oro suficiente y Estados Unidos no puede recrear el sistema de Patrón Oro internacional por sí mismo

Sí hay oro suficiente para retornar al patrón oro “si definimos correctamente el precio del dólar en términos de oro”. Pero la segunda parte de este argumento ha quedado para el final porque representa la objeción más fuerte presentada contra el retorno a este sistema. Un retorno unilateral de Estados Unidos al patrón oro privaría a su economía de los beneficios de un sistema de patrón oro internacional. Es por ello que un acuerdo global resulta necesario. Esto, sin embargo, no parece ser un gran obstáculo. En tiempos tan inestable como los actuales, la búsqueda de un sistema monetario sólido está a la orden del día. Un retorno global al oro puede ser la solución real a la crisis financiera global de los últimos años.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Mitos sobre la coyuntura global

Por Adrián Ravier. Publicado el 15/5/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/05/15/mitos-sobre-la-coyuntura-global/

 En los últimos días ha surgido una extensa literatura en los medios acerca de las dificultades económicas que experimenta la Unión Europea, y el contraste con una recuperación norteamericana. Insisten estos analistas en que la dicotomía encuentra sus causas en las distintas políticas económicas aplicadas. Del lado europeo, “el fundamentalismo fiscal alemán” con sus “ajustes a ultranza” para eliminar el déficit fiscal. Del lado norteamericano, “políticas de demanda” que priorizan la creación de empleo y la recuperación de la actividad económica. Desde luego, estos analistas no hablan en el vacío, sino que se posicionan sobre la macroeconomía dominante, que en situaciones de crisis se apoya sobre la sombra de Keynes y su Teoría General, hoy encabezada por Paul Krugman.

Lo cierto, sin embargo, es que la salud de la economía norteamericana no es mejor que la europea. Si algo reconocemos los críticos de Keynes es que las “políticas de demanda” tienen efectos positivos de corto plazo. Esto permitió a Obama reducir la tasa de desempleo por debajo del 8 % a pocos días de las elecciones, lo cual empujó a los votantes a confiarle un nuevo mandato. Pero difícilmente la economía norteamericana pueda -con este tipo de políticas- devolver a los inversores la confianza que necesitan para emprender y crear empleo genuino. Si bien es cierto que a partir de julio de 2012 hubo un repunte de los mercados bursátiles, éste perdió fuerza, lo que se complementa con retrocesos tanto en la actividad económica -en el último trimestre de 2012 se contrajo a sólo 0,1 %-, como en el empleo -que llegó al 7,9 % en enero de 2013.

La Unión Europea no está mejor. Pero esto no se debe a los “ajustes a ultranza”, sino a la ausencia de una reducción del déficit. Las cuentas públicas siguen mostrando deficiencias, lo cual impide que los mercados recuperen confianza e inviertan en el Viejo Continente. Lejos de reducir el déficit, lo que hace la Unión Europea es financiar el déficit de los 17 países del euro con dinero del banco central, aspecto que fue remarcado por un experto en asistir a gobiernos desde la autoridad monetaria como Alan Greenspan. La consecuencia lógica, entonces, es que la crisis siga su curso, pero ahora propagándose hacia los países centrales, como Francia y Alemania, el primero en recesión y el segundo con una desaceleración de la actividad económica.

El pronóstico para 2013 es realmente crítico para el mundo desarrollado, aunque atractivo para la región latinoamericana. Mientras la Reserva Federal y el Banco Central Europeo inunden los mercados con sus divisas -con tasas de interés entre 0 y 0.25%-, y mientras China haga lo propio por evitar sobrevaluar su moneda, los precios de los commodities seguirán alcanzando nuevos niveles récord, visualizándose en abultados superávit comerciales. Al mismo tiempo, los capitales seguirán acercándose a nuestra región a la espera de tasas de interés más elevadas en Estados Unidos. Esto es una oportunidad única de desarrollo que al momento Brasil, Chile, Perú, Colombia y Uruguay están aprovechando, mientras Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela desperdician.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.