EL GRADUALISMO PRODUCE SHOCK

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Hay tres palabras que estimo no son conducentes a lo que se desea trasmitir: ajuste, gradualismo y shock. Por ajuste se entiende una política que apunta a poner orden en las finanzas públicas pero que se traduce en penurias para la población. Esto suena ridículo,  el orden en la familia o en el gobierno reestablece las condiciones del progreso. Pero, más aun, la expresión está mal utilizada ya que el ajuste, es decir, la privación no se genera como consecuencia del orden sino del desorden. En otros términos, para evitar el ajuste debe ponerse orden (no gastar más de lo que ingresa, presiones tributarias razonables, no usar la deuda pública para “patear la pelota para más adelante” sin enfrentar los problemas, limitar las funciones gubernamentales a los principios republicanos, respetar la división de poderes etc.)

 

Por su parte,  el gradualismo resulta algo cómico ya que ser gradual necesariamente implica saber cual es la meta (¿gradual hacía donde?) y la mayor parte de los gobiernos no explicitan los objetivos de modo que más preciso es decir que van a la deriva cuyo último resultado habitualmente consiste en engrosar el aparato estatal.

 

En tercer lugar, el shock también se aplica mal puesto que se lo entiende como resultado del orden cuando los shocks aparecen cotidianamente debido a las sandeces que introducen las políticas estatistas. El orden es para eliminar los shocks puesto que, como queda dicho, ya bastantes shocks diarios sufre la población. Si el orden produjera shock sería mejor vivir en el desorden, pero a poco andar se comprobaría que esto último produce miseria y caos.

 

Por supuesto que toda medida en cualquier dirección que fuere siempre tiene consecuencias sobre terceros, el asunto es que en el balance el resultado sea positivo (cuando apareció el automóvil, la demanda por carricoches tirados por caballos declinó hasta desaparecer, cuando irrumpió la calefacción a gas se afectó la producción de leña, cuando aparecieron las computadoras la demanda por secretarias decreció y así sucesivamente lo cual liberó recursos humanos para atender otras necesidades y como los recursos son escasos en relación a los infinitos requerimientos, el proceso se traduce en progreso). Sin duda que las transiciones exigen capacitación pero la vida es una transición de un punto a otro, el progreso es cambio, todos los días cuando un colaborador en un emprendimiento sugiere nuevas medidas para mejorar está generando reasignaciones humanas y materiales. No se puede tener la torta y comérsela al mismo tiempo.

 

El político calibrará hasta donde puede llegar según la opinión pública pueda digerir lo propuesto, pero una vez evaluado este aspecto lo mejor es hacer lo considerado posible y mejor lo antes que las circunstancias permitan puesto que el goteo, “el gradualismo” produce desgaste y finalmente shock. Por ello es que la recomendación es proceder al comienzo de la gestión, cuando transcurre la luna de miel puesto que lo que no se hace de entrada no se podrá llevar a cabo debido al reagrupamiento de la oposición, tal como han demostrado las experiencias más resonantes de los gobiernos que alardearon  de gradualismo y terminaron en shocks tremebundos.

 

Uno de los obstáculos para entender las ventajas de poner orden y encaminarse a una sociedad abierta estriba en no captar las fenomenales e indispensables contribuciones teóricas que respaldan esa conclusión pero, en lugar de eso, se insiste que lo relevante son los hombres prácticos puesto que los teóricos son solo baladas románticas sin el realismo que se necesita para resolver problemas. La respuesta para evitar el uso de las antedichas expresiones en sentidos confusos, ambiguos y pastosos consiste en la educación al efecto de comprender las ventajas de orden y las desventajas del desorden y el proceso educativo es inseparable del andamiaje teórico.

 

En este sentido, reitero lo escrito en otra oportunidad. Como queda dicho, hay dos planos de acción que es perentorio clarificar y precisar. Esta diferenciación de naturalezas resulta decisiva al efecto de abrir cauce al progreso. Constituye un lugar de los más común -casi groseramente vulgar- sostener que lo importante es el hombre práctico y que la teoría es algo etéreo, mas o menos inútil, reservado para idealistas que sueñan con irrealidades.

 

Esta concepción es de una irresponsabilidad a toda prueba y revela una estrechez mental digna de mejor causa. Todo, absolutamente todo lo que hoy disponemos y usamos es fruto de una teoría previa, es decir, de un sueño, de un ideal, de un proyecto aún no ejecutado. Damos por sentado nuestros zapatos, el uso del avión, la televisión, la radio, internet, el automóvil, el tipo de comida que ingerimos, las medicinas a que recurrimos, los tipos de edificaciones, la iluminación, las herramientas, los fertilizantes, plaguicidas, la biogenética, la siembra directa, los sistemas políticos, los regímenes económicos etc. etc. Todo eso y mucho más, una vez aplicado parece una obviedad, pero era inexistente antes de concebirse como una idea en la mente de alguien.

 

John Stuart Mill escribió con razón que “toda idea nueva pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Seguramente, en épocas de las cavernas, quienes estaban acostumbrados al uso del garrote les pareció una idea descabellada el concebir el arco y la flecha y así sucesivamente con todos los grandes inventos e ideas progresistas de la humanidad. En tiempos en que se consideraba que la monarquía tenía origen divino, a la mayoría de las personas les resultó inaudito que algunos cuestionaran la idea y propusiera un régimen democrático.

 

Los llamados prácticos no son más que aquellos que se suben a la cresta de la ola ya formada por quienes previa y trabajosamente la concibieron. Los que se burlan de los teóricos no parecen percatarse que en todo lo que hacen son deudores de ellos, pero al no ser capaces de crear nada nuevo se regodean en sus practicidades. Todo progreso implica correr el eje del debate, es decir, de imaginar y diseñar lo nuevo al efecto de ascender un paso en la dirección del mejoramiento. Al práctico le corren el piso los teóricos sin que aquel sea para nada responsable de ese corrimiento.

 

El premio Nobel Friedrich Hayek ha escrito que “Aquellos que se preocupan exclusivamente con lo que aparece como práctico dada la existente opinión pública del momento, constantemente han visto que incluso esa situación se ha convertido en políticamente imposible como resultado de un cambio en la opinión pública que ellos no han hecho nada por guiar.” La práctica será posible en una u otra dirección según sean las características de los teóricos que mueven el debate. En esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos recurren a cierto tipo de discurso según estiman que la gente lo digerirá y aceptará. Pero la comprensión de tal o cual idea depende de lo que previamente se concibió en el mundo intelectual y su capacidad de influir en la opinión pública ordenada a través de sucesivos círculos concéntricos y efectos multiplicadores desde los cenáculos hasta los medios masivos de comunicación.

 

En todos los órdenes de la vida, los prácticos son los free-riders (los aprovechadores o, para emplear un argentinismo, los “garroneros”) de los teóricos. Esta afirmación en absoluto debe tomarse peyorativamente puesto que todos usufructuamos de la creación de los teóricos. La inmensa mayoría de las cosas que usamos las debemos al ingenio de otros, incluso prácticamente nada de lo que usufructuamos lo entendemos ni lo podemos explicar. Por esto es que el empresario no es el indicado para defender el sistema de libre empresa porque, como tal, no se ha adentrado en la filosofía liberal ya que su habilidad estriba en  realizar buenos arbitrajes (y, en general, si se lo deja, se alía con el poder para aplastar el sistema), el banquero no conoce el significado del dinero, el comerciante no puede fundamentar las bases del comercio, quienes compran y venden diariamente no saben acerca del rol de los precios,  el telefonista no puede construir un teléfono, el especialista en marketing suele ignorar los fundamentos de los procesos de mercado, el piloto de avión no es capaz de fabricar una aeronave, los que pagan impuestos (y mucho menos los que recaudan) no registran las implicancias de la política fiscal, el ama de casa no conoce el mecanismo interno del microondas ni de la heladera y así sucesivamente. Tampoco es necesario que esos operadores conozcan aquello, en eso consiste la división del trabajo y la consiguiente cooperación social. Es necesario sí que cada uno sepa que los derechos de propiedad deben respetarse para cuya comprensión deben aportar tiempo, recursos o ambas cosas si desean seguir en paz con su practicidad y para que el teórico pueda continuar en un clima de libertad con sus tareas creativas y así ensanchar el campo de actividad del práctico.

 

Desde luego que hay teorías efectivas y teorías equivocadas o sin un fundamento suficientemente sólido, pero en modo alguno se justifica mofarse de quienes realizan esfuerzos para concebir una teoría eficaz. Las teorías malas no dan resultado, las buenas logran el objetivo. En última instancia, como se ha dicho “nada hay más practico que una buena teoría”. Conciente o inconscientemente detrás de toda acción  hay una teoría, si esta es acertada la práctica producirá  buenos resultados, si es equivocada las consecuencias del acto estarán rumbeadas en una dirección inconveniente respecto de las metas propuestas.

 

Las telarañas mentales y la inercia de lo conocido son los obstáculos más serios para introducir cambios. Como hemos señalado, no solo no hay nada que objetar a la practicidad sino que todos somos prácticos en el sentido que aplicamos los medios que consideramos corresponden para el logro de nuestras metas, pero tiene una connotación completamente distinta “el práctico” que se considera superior por el mero hecho de aplicar lo que otros concibieron y, todavía, reniegan de ellos…los que, como queda dicho, hicieron posible la practicidad del práctico.

 

Afirmar que “una cosa es la teoría y otra es la práctica” es una de las perogrulladas mas burdas que puedan declamarse, pero de ese hecho innegable no se desprende que la práctica es de una mayor jerarquía que la teoría, porque  parecería que así se pretende invertir la secuencia temporal y desconocer la dependencia de aquello respecto de esto último, lo cual no desconoce que la teoría es para ser aplicada, es decir, para llevarse a la práctica.  Si se desea alentar el progreso debe enfatizarse la importancia del trabajo teórico y el idealismo, y no circunscribirse al ejercicio de practicar lo que ya es del dominio público. Por ello resulta tan estimulante el comentario de George Bernard Shaw cuando escribe que “Algunas personas piensan las cosas como son y se preguntan ¿por qué? Yo sueño cosas que no son y me pregunto ¿por qué no?”. Es hora de hacer un alto en el camino y reconsiderar las expresiones gradualismo, shock y ajuste y ponerlas en el contexto teórico adecuado.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

“No alcanza con solo ajustar las tarifas de luz”

Por Belén Marty: Publicado el 31/1/16 en: http://cadenaba.com.ar/nota.php?Id=35168

 

¿Es normal que en un país aumente cualquier tarifa un 500 por ciento? En Argentina sí. Al menos no sorprende. Hemos aprendido a incorporar estas vicisitudes en nuestra rutina. Las tomamos como se toman a las catástrofes naturales: sabemos que llegan y no podemos hacer nada para impedirlo.

Sin demasiada precisión, como un cirujano de primer año de residencia, el ministro Juan José Aranguren, dictaminó el fin de las tarifas congeladas. Estiman que con mayores ingresos por las nuevas tarifas estarán en condiciones de mejorar el servicio.

“Esta actualización tarifaria reconoce los verdaderos costos de las empresas, lo que permitirá retomar un camino de normalidad para brindar previsibilidad e inversión al sector”, aseguró el presidente de Edesur.

Como parte de esta normalidad pretendida, la Cámara Argentina de Industrias Electrónicas, Electromecánicas y Luminotécnicas (Cadieel) publicó una guía para el uso racional de la energía. Es decir, para que uno no abuse de la electricidad deberá, por ejemplo, poner su aire acondicionado en 24 grados.

La discusión que está en cada mesa hoy es ¿había alguna otra solución al problema energético argentino? ¿Se podría haber solucionado sin aumentar tanto las tarifas? La respuesta es no. Como a todos nos gusta que nos paguen por lo que valemos, lo mismo sucede con los servicios. Como dijo por twitter el economista ortodoxo José Luis Espert hay que pagar las cosas por lo que valen.

Pero más allá de que está bien (es lo correcto) haber sacado los subsidios, ¿alcanza eso para desactivar la bomba que dejó 12 años de kirchnerismo? El gobierno de Macri recibió la bomba y ha decidido hacer el ajuste (necesario) de manera gradual. Están pagando los costos del desastre kirchnerista.

Pero no todo está bien. Suben las tarifas pero no tienen planes de recortar el despilfarrado gasto público. Por tanto, se espera que este año la inflación sea aún más alta que la del 2015. Con ocho puntos del PBI de déficit fiscal hacer solo un ajuste de tarifas de energía zampándole a la gente un monstruoso tarifazo no alcanza. Además, el costo recayó en la gente y no en los políticos. El costo político fue casi nulo.

El punto es que no se puede tener la chancha, los 20 y la máquina de hacer chorizos. No se puede subir de un mantazo las tarifas sin asimismo bajar la carga impositiva. Hay que tener presente que nuestro país tiene una carga impositiva nefasta.

Necesita recaudar tanto para mantener este gasto público. El gasto se va, más que en subsidios a la energía, en sueldos de trabajadores del Estado.  Recordemos que en la última década se incorporaron al menos 2 millones de nuevos trabajadores al sector público. Y como el Estado no tiene recursos que nacen de un árbol, los sueldos de esos 2 millones extras salen de los bolsillos de todos los argentinos, incluido el bolsillo de los más humildes.

Además, hoy, por ejemplo un trabajador que se sube a las 5.30 de la mañana al tren está pagando alimentos que tienen en su costo un 40 por ciento de impuestos.

El verdadero ajuste fiscal que necesita hacer el gobierno no es (solamente) sacar los subsidios a la oferta de energía sino achicar el gasto. Los subsidios energéticos no llegaban a ser el 10 por ciento del gasto. El problema, entonces, no son solo estos subsidios.

La política kirchnerista decidió subsidiar la oferta (Edenor y Edesur) con el objeto de ganar la simpatía de los sectores populares de la Capital Federal. Y sin dudas lo logró.

Pero uno no puede evitar la realidad (el ajuste) a todos todo el tiempo. Este ahorro de US$4000 millones en subsidios ayudará solo un poco a mejorar las finanzas del arca pública y le complicará la vida a muchos otros porteños que se verán forzados a pagar subas extraordinarias impensadas en otros países del mundo.

Por el contrario, se podría haber hecho subas graduales y pensar en ir achicando el gasto en otros sectores más prescindibles como eliminar los subsidios a Aerolíneas Argentinas que pierde por año entre US$750 y US$1.000 millones. No creo que los sectores más populares lamenten mucho perder una aerolínea a la que nunca pudieron siquiera acceder a tomar.

Reiterando lo mencionado arriba, está bien la quita de subsidios pero eso es claramente innecesario al mirar la pintura completa. Es decir, se atacó al árbol y no al bosque. El primer paso, como le sucede a los adictos (en este caso, adictos al gasto) es admitir el problema. Lo demás siempre es más sencillo.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

LA OPORTUNIDAD DEL SIGLO.

Por Bertie Benegas Lynch. Publicado el 7/1/16 en: Ámbito Financiero.

 

Con relación al mentado “ajuste”, es muy temprano para saber qué rumbo tomará el gobierno y cómo gestionará la herencia de un gasto público descontrolado que ronda los $2,5 billones. Con semejante gasto y déficit, sería una perogrullada decir que debe haber un ajuste. El tema central radica en cuál de los dos caminos posibles se transitará para abordar el problema ya que los resultados de cada uno, son bien diferentes.

 

Un camino, es el ajuste que recae sobre el bolsillo del ciudadano. Este ajuste, que siempre se ha dado en la Argentina cuando los números del gasto público no cierran, llevaría a repetir notorios fracasos de nuestra historia económica. Incrementaría más la carga a un pesado carro del que el trabajador privado tira hace ya muchos años para sostener al sector público paquidérmico, que, lejos de ponerse a dieta, incrementa su adiposidad de forma exponencial. Y, en algún punto, el carro se vuelve a romper.

 

El otro camino es el ajuste del gasto público. Históricamente en la Argentina, los gobiernos no solo no cumplieron sus funciones específicas sino que se expandieron sin razón asfixiando cada vez más las actividades privadas. Si realmente pretendemos un cambio, no hay que cometer el error de hacer pequeños cambios pour la galerie, sino ejecutar recortes estructurales radicales. Ministerios, secretarías, subsecretarías, reparticiones, dependencias, e inexplicables órganos de control abundan en la estructura política y conllevan una desmesurada plantilla de empleados, la cual se duplicó en poco más de diez años.

 

El sentido común y la economía familiar no siguen criterios diferentes a los criterios que deben aplicarse en la administración de la hacienda pública. Si en una casa de familia los gastos superan los ingresos, se debe recortar dispendio rápidamente. Es momento de que la política argentina entienda de una buena vez que el estado no genera ingresos y que todo gasto público implica una postergación de proyectos y sueños familiares de individuos que pagan impuestos. Por consiguiente, los gobiernos deben hacer el menor daño posible limitando su radio de acción a las actividades que le competen y aplicando un riguroso criterio de optimización.

 

Es imprescindible también tener en claro que el problema no es el déficit sino el gasto, de otro modo, nos limitaríamos solo a evitar rojos contables en la gestión pública en lugar de atacar el problema de fondo. Como decía Milton Friedman, es preferible tener un mayor déficit respecto de un gasto público pequeño a tener cuentas fiscales que cierran en el marco de un gasto público enorme. De más está decir que resultaría una torpeza si el actual gobierno cae en la tentación de tomar empréstitos para cubrir faltantes de caja porque, siguiendo con el ejemplo de la economía familiar, sería como tomar un adelanto de efectivo de la tarjeta de crédito para pagar el vencimiento de la misma.

 

Hoy la Argentina tiene la gran oportunidad de restablecer la tendencia hacia la libertad y aspiro a que seamos capaces de retomar la senda de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

 

 

Bertie Benegas Lynch. Licenciado en Comercialización en UADE, Posgrado en Negociación en UP y Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE.

LO PRIMERO, PRIMERO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En esta ocasión quiero abordar tres temas estrechamente vinculados entre si, por lo que es frecuente que se los trate de modo conjunto tal como lo he hecho en otra oportunidad señalando algunos elementos e interrelaciones en parte distintas a las que voy a disecar ahora con la intención de que se digieran mejor.

 

En primer lugar, la devaluación. Como es sabido, no pocos son los gobiernos que por razones electorales están incentivados a engrosarse. Entre muchos otros, Gordon Tullock en su ensayo “The Growth of Government” muestra el crecimiento del aparato estatal, especialmente a partir de lo que se ha dado en denominar “el estado benefactor”, esto es, entregar el fruto del trabajo ajeno como clientelismo y explica la falacia de que el crecimiento del producto bruto interno justifica un Leviatán más adiposo (por ejemplo, el caso de Alemania versus Estados Unidos donde en el primer caso se incrementó el gasto público al aumentar el producto mientras en el segundo se mantuvo estable el gasto gubernamental con mejores resultados en el progreso).

 

Además, en otros de sus escritos, apunta a que los gastos en seguridad y justicia no justifican para nada los referidos saltos exponenciales que se deben a la incorporación de nuevas funciones gubernamentales (que, por otra parte, el autor revela que aquellas se han tercerizado en alto grado, por ejemplo, en EEUU a través del arbitraje en la Justicia y también la seguridad privada que depende de la fuerza pública). Tullock agrega que otro canal de tentación ha sido la aparición de nuevos tributos. Por su parte, James M. Buchanan se detiene a considerar la influencia malsana de la economía keynesiana  en Democracy in Deficit. The Political Legacy of Lord Keynes (en coautoría con Richard E. Wagner).

 

Naturalmente, estas concepciones estatistas nacen en ámbitos educativos los cuales, solo en  raros casos, cuentan con la contratara al efecto de fundamentar las ventajas de adoptar los postulados de la sociedad abierta, especialmente para los más necesitados debido a las tasas de capitalización según las preferencias reveladas en el proceso de mercado.

 

Entonces, en el contexto descripto al que generalmente se introduce la manipulación del tipo de cambio, el antedicho gasto público después de agotar caminos vía presiones impositivas descomunales y endeudamientos siderales, entran en la zona del déficit que es financiado con inflación monetaria, lo cual, a su vez, desactualiza la relación entre la divisa local y la extranjera que tiende a paralizar el comercio exterior. En lugar de liberar el mercado cambiario se opta por devaluar, a saber, los gobernantes establecen nuevos “precios” que estiman convenientes sin permitir que surjan los indicadores basados en estructuras valorativas.

 

Sin duda que la depreciación del signo monetario se produce cuando se expande la base, esa es la devaluación de facto pero la devaluación decretada de jure es menor por lo que el desajuste permanece en relación directa a ese delta (si fuera la que indica el mercado no habría necesidad de la intervención gubernamental).

 

La segunda medida que acompaña la devaluación es el llamado ajuste que implica podar o recortar gastos sin ir al fondo del problema, es decir, eliminar funciones al efecto de que la política no es traduzca en enormes y, en última instancia, inútiles sacrificios (puesto que si se poda, tarde o temprano la vegetación crece con mayor vigor y estamos a fojas cero y, otra vez, se vuelve a hablar de devaluación y ajuste, y así sucesivamente). Como siempre hay candidatos entusiastas a ser secretarios y ministros, la idea es pasar la tormenta lo más disimuladamente posible para permanecer en el cargo hasta la próxima crisis y así se vuelve a las andadas.

 

El tercer capítulo se vincula a la transición, o sea, las elaboraciones de cómo pasar de la situación crítica del momento a una de cordura pero lamentablemente basada solo en retoques fiscales y monetarios y no en medidas de fondo que reviertan la situación del estatismo rampante. Es que en la mayor parte de los casos los ejecutores de la transición no comparten la idea de eliminar funciones de algún peso y, en su lugar, generalmente adoptan una inconducente cosmética que estiman más o menos ingeniosa pero sin sustento alguno ya que dejan en pie los ejes centrales de los incentivos y la maquinaria estatista. No comparten la reestructuración de raíz, por más que hablen de presupuesto base cero: cuando revisan las funciones que generan los problemas que atropellan derechos las pasan por alto y las confirman. Naturalmente, con estos criterios, se vuelve a recaer en los mencionados ciclos que cada vez desgastan más y acentúan sus efectos perversos.

 

En otras oportunidades me he referido en detalle a las funciones que estimo imperioso eliminar, en esta ocasión ilustro lo dicho solo con la necesidad de entender que la transición requiere objetivos de lo contrario no es una transición, es decir, es indispensable saber hacia donde se apunta. Como queda dicho, si se trata de medidas de ajuste se repetirá el ciclo de fracasos, y si se trata de ir al fondo de los problemas eliminando funciones incompatibles con una sociedad abierta, el griterío será descomunal puesto que no existe la comprensión necesaria respecto a las funciones del gobierno. No hay disimulos ni disfraces que puedan cubrir este hecho inexorable.

 

Lo primero, primero. No hay modo de escapar a la realidad. No puede colocarse el carro delante de los caballos. Primero debe existir una mínima comprensión de la necesidad de que el aparato estatal debe limitarse a sus funciones específicas de proteger la vida, la libertad y la propiedad de los gobernados y dejar de lado todas las funciones que contradicen esas metas. En otros términos, dedicar la máxima energía al debate de ideas y a la educación en general, de lo contrario todas las transiciones terminan en un rotundo fracaso.

 

No es posible insistir en la descripción de incendios con todas las cifras y gráficos que se quieran si no se mira el foco del fuego y se trabaja en el campo de las ideas para que se comprenda la naturaleza y los efectos devastadores del combustible estatista, como queda dicho, muy especialmente para los más pobres. Es un tema de prioridades: lo primero, primero. No es conducente primero ocuparse del techo y luego de los cimientos. No es que el techo resulte innecesario -la transición- es que primero van los cimientos.

 

De más está decir que trabajar en la transición y en las ideas de fondo no son incompatibles sino que son complementarias, siempre y cuando se tenga en claro las metas hacia donde apuntará la transición, de lo contrario se trata más bien de un estancamiento o de una repetición: en definitiva, más de lo mismo. Lo desafortunado de este asunto es la gigantesca desproporción entre los profesionales que se ocupan de describir el desastre junto a una supuesta transición sin objetivos de erradicar funciones y, por otro lado, los que se preocupan de las ideas de fondo para que se entienda y acepte una genuina transición hacia la libertad.

 

No se me escapa que en general se considera una quimera dedicarse a la educación y al debate de ideas de fondo y que son “más prácticas” las faenas políticas, pero por mi parte, al contrario, estimo que nada hay más práctico que despejar telarañas mentales, precisamente para que sea posible articular un discurso político consistente con la sociedad abierta y no forzar la mano con propuestas que si son débiles resultan inconducentes y si van al fondo no pueden aplicarse debido a la superlativa incomprensión reinante. Y tengamos en cuenta que las propuestas “prácticas” en el sentido apuntado son cada vez menos liberales debido al corrimiento en el eje del debate que producen los estatistas que si trabajan en el terreno educativo siguiendo el consejo del marxista Antonio Gramsci (“cambien la cultura y la educación y el resto se dará por añadidura”). En esta línea argumental y en medio del clima cultural imperante, cada vez serán más políticamente incorrectas las sugerencias liberales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

Tres clases de economistas y lo mínimo que hay que hacer

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 15/9/13 en: http://economiaparatodos.net/tres-clases-de-economistas-y-lo-minimo-que-hay-que-hacer/

No se deje engañar, de esta fiesta populista no se salen sin pagar costos.

Luego de tantas crisis económicas que hemos vivido, la gente presiente que, más temprano que tarde, llegará algún ajuste. Por supuesto que el gobierno niega tal posibilidad, por otro lado buena parte de la oposición minimiza el problema económico diciendo que puede resolverse sin grandes sacrificios para la población y, finalmente, algunos economistas sostienen que si bien el panorama económico es complicado, la solución no tiene porqué ser dolorosa.

Que el gobierno niegue el ajuste no es ninguna novedad. Que los políticos opositores digan que la solución no es tan grave, también es entendible (digo entendible y no justificable) porque ellos no van a tener el control del Ejecutivo luego de las elecciones de octubre y, además, ¿para qué asustar a la gente y perder votos mientras el gobierno niega el ajuste? En todo caso que sea el oficialismo el que se haga cargo del ajuste llegado del momento.

Ahora bien, donde la gente puede tener más confusión es en las declaraciones de los economistas, lo cual es entendible porque hay tres tipos de discursos dependiendo del economista que hable.

Como no soy corporativo, me parece que hay que distinguir, al menos, entre tres clases de economistas. Están los que siempre van a hacer declaraciones light porque su negocio es hacer lobby o bien entretener a la gente con un discurso suave para que las empresas los sigan contratando. No vaya a ser cosa que advierta sobre los peligros económicos y la empresa deje de contratarlo por miedo al gobierno. Lo he padecido en carne propia.

Luego están los economistas cuya función es siempre estar metidos en los partidos políticos con mayores expectativas de llegar al poder. Esos economistas pueden un día estar con Menem, luego con Duhalde, después con Kirchner y hoy con Massa. ¿Cuál es su negocio? Generar la expectativa de que pueden estar en el poder o muy cerca del poder para que empresarios buscadores de privilegios los contraten con el solo objeto de tenerlos como “amigos” llegado el momento de pedir alguna protección, un subsidio o cualquier otro “beneficio”. Incluso tener información privilegiada. Estos economistas en realidad son traficantes de influencias y, por lo tanto, su discurso económico se va acomodando a las necesidades políticas del partido político en el cual recalen. Van saltando de partido político en partido político y acomodando su discurso de acuerdo al perfil de su nuevo socio político. Obviamente, en este caso, sus discursos no tienen nada que ver con las perspectivas económicas, y el lector habrá notado lo difusas que son sus respuestas al momento de responder cómo solucionaría determinado problema. Responden como políticos en busca de votos y no como profesionales de la economía.

Finalmente estamos los que nos dedicamos a la economía como consultores, profesores, investigadores, etc. En esta tercera clase de economistas hay de diferentes tendencias o escuelas económicas. Puede haber diferentes posiciones entre nosotros, pero decimos libremente lo que pensamos sobre lo que está ocurriendo y qué puede llegar a ocurrir. Obviamente que podemos equivocarnos tanto en el diagnóstico como en el pronóstico, pero lo que no hacemos es un discurso para entretener a la tribuna para no perder el contrato o bien hablar como políticos para traficar influencias.

Como pertenezco a esta última clase de economistas, al igual que muchos otros colegas, es que me animo a decir que luce muy difícil que pueda salirse de este embrollo económico con dos medidas menores y sin ningún impacto en la sociedad. Solo con ver los $ 110.000 millones en subsidios que se gastan anualmente para financiar  las tarifas artificialmente bajas de los servicios públicos y que dada la inflación existente ni siquiera pueden quedar congelados, uno tiene idea de la magnitud del ajuste tarifario que en algún momento habrá que hacer en energía y transporte público (trenes, subtes, colectivos, etc.).

El tema del tipo de cambio real es otro problema. Dado que difícilmente alguien se anime a hacer reformas estructurales profundas que permitan ganar productividad en la economía y hacer fuerte el peso en forma genuina, las probabilidades de una mega devaluación son altas. Solo un dato, si el dólar de $ 1,40 con el que se salió de la convertibilidad hubiese aumentado al ritmo de la tasa de inflación interna menos la inflación de EE.UU., para no caer en términos reales hoy tendría que estar en $ 9,30. Es solo un indicador para advertir cómo cayó el tipo de cambio real.

La enorme carga tributaria que soportamos en el sector formal de la economía es la contrapartida de un gasto público récord, tanto en cantidad cómo en baja calidad. Encima ni siquiera alcanzan los impuestos para financiarlo y el BCRA sigue aplicando el impuesto inflacionario para sostener al tesoro. Esa situación no se arregla con maquillaje o dos curitas y una aspirina. Se arregla con cirugía mayor en el gasto público.

No nos engañemos, si bien no soy keynesiano, el economista inglés propuso su fórmula de aumentar el gasto público para reactivar la economía cuando el gasto representaba el 10% del PIB. Jamás se le hubiese ocurrido sugerir semejante receta con un gasto público que orilla el 50% del PBI. A mi juicio Keynes estaba equivocado pero no era un delirante como para formular semejante disparate.

Y la disciplina monetaria depende, en gran medida, de la disciplina fiscal. Para frenar este creciente proceso inflacionario hace falta poner orden en las cuentas públicas.

Pero el tema más complicado va a consistir en recuperar la confianza en las instituciones, entendiendo por instituciones respeto por los derechos de propiedad, estabilidad en las reglas de juego, etc. Si CFK se va a fines del 2015 sin que le explote la economía antes, el que venga tendrá que asumir el costo de poner orden económico y recuperar la confianza de una Argentina que hoy es una marginada en el mundo.

Arreglar el tema energético, la infraestructura (rutas, trenes, puertos, etc.) va a requerir de grandes inversiones que solo vendrán cuando tengan la certeza de que aquí se acabó esta locura confiscatoria, reguladora y apretador. Cuando sepan que pueden girar sus utilidades y dividendos. Cuando no haya más cepo cambiario, lo cual es todo un tema eliminarlo porque ya se transformó en otro corralito. Si la salida del corralito era traumática, la del cepo también lo será. Por lo menos con este nivel de dólar oficial.

El listado de problemas económicos a arreglar es muy importante y nada fácil de esquivar los costos de 11 años de populismo desenfrenado. Pero atención que no se puede arreglar la economía si no se recupera la confianza en el respeto por las reglas de juego.

No estoy diciendo que nos espera un tsunami económico luego del kirchnerismo, pero a diferencia de las otras dos clases de economistas que mencionaba anteriormente, ningún economista serio puede afirmar que de esto se sale suavemente.

Sí reconozco que del total de medidas económicas que yo tomaría, muchas de ellas serían inviables políticamente. Ahora bien, aun aceptando ciertas restricciones políticas a las medidas económicas que personalmente considero óptimas, hay un mínimo de medidas que sí o sí habrá que tomar.

Cuando tomaba examen a mis alumnos en los post grados, mi principio era que había un mínimo de conocimientos de la materia que tenían que saber sí o sí. Si no conocían ese mínimo, no podían pasar. El resto  de lo que sabían era el lujo de la excelencia académica. Pero había un mínimo que no podía no conocer.

Con las medidas económicas para salir de este berenjenal pasa lo mismo. Hay un óptimo que dudo que alcancemos, pero ojo que el mínimo de medidas a adoptar es cada vez más elevado porque la destrucción económica va avanzando a medida que se profundiza el “modelo” y va pasando el tiempo.

Muchos no podrán estar de acuerdo con lo que acabo de expresar. Otros creerán sinceramente que puede salirse suavemente. Pero de lo que puede estar segura la gente es que acabo de escribir estas líneas cómo economista y no como traficante de influencias que se hace pasar por economista.

No se deje engañar, de esta fiesta populista no se salen sin pagar costos.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.