El déficit y la deuda se solucionan bajando el gasto público

Por Iván Carrino. Publicado el 27/10/16 en: http://www.ivancarrino.com/el-deficit-y-la-deuda-se-solucionan-bajando-el-gasto-publico/

 

En Argentina nadie quiere bajar el gasto público. Sin embargo, todos se quejan por las consecuencias que genera su elevado nivel.

La economía de las familias y las empresas tienen mucho para enseñarles a los gobiernos. Si en una familia los ingresos corrientes no dan para costear las vacaciones, el colegio de los chicos, el mantenimiento del auto y el pago del alquiler, ésta puede acudir a la tarjeta de crédito.

Sin embargo, si la diferencia entre ingresos y gastos no cambia, la deuda comenzará a ser un problema y la familia va a enfrentar una crisis.

Lo mismo le sucede a las empresas. Pueden pagar alquileres de oficinas lujosas, autos para los cargos ejecutivos, y hacer multimillonarias campañas de publicidad con cargo a deuda.

No obstante, si no llega un día en que los ingresos superan a los costos, la empresa se verá enfrentada a severas dificultades financieras.

Vistas de manera superficial, la familia y la empresa están enfrentadas al problema de la deuda. Ahora cuando uno mira la situación con mayor detenimiento, observa que lo que originó esa deuda fue el gasto, que superó a los ingresos. Y ahí es donde hay que trabajar para solucionar el problema.

Es por esto que las acciones de las compañías suelen subir cuando anuncian una baja de los costos operativos. Menos costos implican una mayor eficiencia productiva y, también, una mayor capacidad para cumplir con los acreedores.

A las familias les sucede lo mismo. A veces hay que hacer sacrificios.

En la economía Argentina pasa algo similar. Son numerosos los analistas de todos los sectores y colores políticos que advierten sobre el elevado ritmo de endeudamiento del gobierno nacional. El diario La Nación sostuvo recientemente que “El Gobierno volvió a emitir bonos y ya recurre al mercado una vez cada 6 días”. El total de deuda emitido en lo que va del año asciende a U$S 40.000 millones, el 16% del stock que el gobierno informó a diciembre de 2015.

Para Agustín D’Attellis, economista y reconocido defensor de las políticas económicas del gobierno kirchnerista, la deuda en dólares que contrae el gobierno tiene el objetivo de financiar la fuga de capitales y el giro de utilidades de las empresas en el exterior.

Esto no es cierto. En un mercado cambiario libre, cualquiera puede ahorrar en el extranjero o enviar las ganancias de su empresa a la casa matriz. Ahora esto podría pasar también con un gobierno que tuviera superávit fiscal y, por tanto, ninguna necesidad de endeudarse. La deuda del gobierno, entonces, nada tiene que ver con la compra de dólares por parte de los privados.

Ahora con lo que sí tiene que ver la deuda pública es con el déficit público. De la misma forma que la familia que está utilizando la tarjeta de crédito, o la empresa que acude al financiamiento en el mercado, lo que explica el endeudamiento del gobierno es el desequilibrio entre ingresos y gastos.

El año pasado, el déficit fiscal sin tener en cuenta las transferencias de ANSES y el BCRA fue de $ 370.000 millones (6,3% del PBI). Este año, a pesar del muy tímido intento de recortes en subsidios energéticos, el mismo se ubicará en torno a los $ 560.000 millones, un 7,1% del PBI.

Con este nivel de desajuste, se comprende de dónde viene la montaña de la deuda. La pregunta, entonces, es cómo solucionar esto.

Una respuesta que suelen dar los políticos es la de aumentar los impuestos “a los ricos”. El gobierno, de hecho, ya está planteando algo del estilo, porque enviará al congreso un proyecto para modificar las escalas del Impuesto a las Ganancias, incorporando una nueva del 40%. El problema es que este incremento de los impuestos “a los ricos” repercute en toda la economía, ya que reduce los incentivos al progreso y la mejora de la productividad.

Otra respuesta es que el crecimiento económico incrementará la recaudación. Esto es una posibilidad. En la medida que hay más producción, ventas y consumo, la recaudación tributaria sube, pero no sabemos a ciencia cierta si será suficiente para cubrir el gasto. Además, lo que debería hacer el gobierno es reducir aún más las tasas impositivas; no dejarlas como están y esperar embolsar más dinero del contribuyente.

La conclusión es clara: si no queremos subir los impuestos, y de hecho pensamos que lo mejor es bajaros, pero tampoco queremos volver a la emisión monetaria descontrolada que genera inflación, solo queda una forma de abordar el problema fiscal: reducir el gasto público.

Menos gasto público es menos déficit. Y menos déficit es menos inflación, menos deuda, y menos carga tributaria. Es hora de que los políticos escuchen el mensaje.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Si hay avalancha importadora, no habrá recesión

Por Iván Carrino. Publicado el 30/6/16 en: http://www.ivancarrino.com/si-hay-avalancha-importadora-no-habra-recesion/

 

En el afán de criticarlo todo, o defender sus intereses particulares, muchos referentes y analistas dejan de lado principios básicos de razonamiento económico.

Hace dos días fui invitado a participar de un debate en la pantalla de C5N. El tema principal era la economía en el segundo semestre, algo que nuevamente divide a analistas, políticos y economistas. Durante el debate, donde también estuvieron Agustín D’Attellis y Leo Bilanski, escuché algo que me llamó poderosamente la atención. En concreto, la afirmación de que el nuevo modelo económico hará caer la demanda y, al mismo tiempo, amenazará la supervivencia de las empresas porque permitirá una “avalancha importadora”.

Al escuchar el argumento en vivo, mi respuesta rápida fue la siguiente: si hay caída de la demanda, no hay avalancha importadora. O lo que es lo mismo, si hubiera una avalancha importadora, eso es reflejo de que hay más, y no menos, demanda.

Esta mañana abrí El Cronista y me encontré con lo mismo. La Unión Industrial Argentina divulgó un informe donde muestra la mala performance del sector en los primeros meses del año y acusa principalmente a la competencia de las importaciones, que (en cantidades) crecieron 10,5% anual de enero a mayo.

En uno de los párrafos citados por el matutino económico, se afirma:

Se presentó un informe que expuso el incremento de las importaciones en un contexto de caída de actividad y consumo

La Unión Industrial Argentina, por defender sus intereses económicos, cayó en el mismo error que comentábamos al inicio. Sostener, al mismo tiempo, que hay un incremento de las importaciones y una caída del consumo.

La afirmación es una contradicción. Llevemos el tema a una simple economía familiar. En una casa de familia, las importaciones representan todo lo que la familia compra porque no puede producir puertas adentro. Así, cuando uno de sus miembros va al supermercado a adquirir un paquete de arroz, está “importando” ese paquete de arroz. Ahora dicha importación refleja automáticamente un aumento del consumo. En definitiva, ¿para qué vamos a comprar arroz si no es para hacer uso de él? Así, es evidente que no podemos hablar de un aumento de las importaciones y una caída del consumo al mismo tiempo.

Del ejemplo anterior se extrae otra cosa: que tampoco puede hablarse de recesión (caída de la producción) si al mismo tiempo hay una “avalancha de importaciones”. Es que lo que nuestra familia compra en el supermercado tiene que pagarlo con dinero y, para conseguir ese dinero, tendrá que producir algo y venderlo en el mercado. Mayores compras externas, entonces, reflejan que o bien estamos produciendo más, o bien que estamos vendiendo (exportando) más. Si este no fuera el caso, no tendríamos con qué pagar el aumento en las compras.

Ahora bien, algo que sí podría pasar es que los argentinos decidan consumir menos productos de fabricación nacional a cambio de productos importados. Así, “el consumo” no cae, sino que migra desde proveedores nacionales a proveedores extranjeros. Si éste fuera el caso, a priori no habría nada que objetar. Si los consumidores eligen productos importados, será porque éstos satisfacen mejor sus deseos, tanto en calidad como en precio.

Ahora bien, si se quisiera que nuestra industria fuera más competitiva, es claro que la respuesta no pasa por cerrar la importación o dar subsidios, sino por reformar estructuralmente la economía del país. Es decir: reducir el gasto público, bajar los impuestos y desregular mercados.

Otro latiguillo de los corporativistas de la UIA es el desempleo. Según el artículo citado, si “no baja el ritmo de productos ingresados del exterior, comenzará a resentirse el empleo”. Esta afirmación es una mera amenaza carente de sustento.

En mi libro Estrangulados analizo el desempleo en el amplio grupo de países que ocupan los 10 primeros puestos en Apertura Comercial del mundo. La tasa promedio de desocupación en todos ellos es de 9,4%, un número no bajo, pero lejos de representar niveles críticos. Ahora lo interesante es que dentro del grupo hay países con tasas realmente bajas como Hong Kong, Suiza o Singapur, con desempleos del 3,2%; 3,3% y 1,9%.

Evidentemente, nada tiene que ver la apertura comercial con la desocupación.

Ahora lo que sí tiene que ver con la apertura es la riqueza de las naciones.

Los países más abiertos al comercio del mundo tienen un PBI per cápita promedio de USD 41.000, mientras que los menos abiertos promedian los USD 7.700, una diferencia de 5,3 veces a favor de los que abrazan la globalización.

En los primeros cinco meses del año las importaciones en cantidades crecieron 10,5%. Cierto. Pero el aumento fue contrarrestado con una suba de 12,9% en cantidades exportadas, algo que los intervencionistas de siempre se olvidan de mencionar.

Ahora el punto en discusión es más amplio: ¿Queremos seguir viviendo en una economía cerrada al mundo, hiperintervenida y con 30% de pobreza como el promedio de los últimos 30 años? ¿O queremos un país abierto, con crecimiento sostenible y reducción de la pobreza como sucede en el resto del mundo que abraza la globalización?

Este es el punto más importante, más allá de las graves incoherencias lógicas que contienen los argumentos estatistas de siempre.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.