No falta solidaridad privada, sobra derroche público

Por Iván Carrino. Publicado el 30/12/19 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/12/30/no-falta-solidaridad-privada-sobra-derroche-publico/

 

El presidente Alberto Fernández (Presidencia)

El presidente Alberto Fernández (Presidencia)

“Si ajustar es ordenar las cuentas públicas, entonces estamos haciendo un ajuste”. Finalmente, la tan temida palabra fue pronunciada, y de manera elogiosa, por un presidente peronista.

Uno creía que jamás iba a ver algo así, pero Argentina se permite estas cosas. Y muchas más se permite el peronismo.

El peronismo congeló precios en los ‘40 y los 2000, pero también los liberó en los ‘90. El peronismo fue el primero en tener 40% de inflación anual, y el primero también en arrollarla por 10 años consecutivos. El peronismo subió el gasto jubilatorio a niveles récord, pero también es el único capaz de freezarlo por seis meses sin que vuele siquiera una canica.

Ahora desde la retórica, a este ajuste se lo quiere disfrazar de solidaridad. Según el presidente, este acomodamiento de las cuentas fiscales –algo que todo economista observa como deseable- no es el que se intentó siempre en Argentina, ya que evita recaer sobre los “menos favorecidos”. En ese sentido, se reclama “solidaridad” a quienes más tienen, para que ayuden a los que han sido más afectados por la crisis.

Solidaridad que surge a fuerza de leyes, lo que es una contradicción en términos.

Caridad récord

Por otro lado, si la solidaridad se midiera en función de los impuestos pagados, Argentina debería ser declarada el país del mundo donde más creció esta actitud en los últimos 17 años.

La línea azul del gráfico de abajo muestra la recaudación tributaria dividida el Producto Bruto Interno entre los años 2002 y 2018. Es decir, los impuestos que recauda el estado por cada peso que todos los argentinos producimos en un año.

Recaudación tributaria y gasto público en porcentaje del PBI

Recaudación tributaria y gasto público en porcentaje del PBI

Lo que se observa es que hasta el año 2015 la también llamada “presión tributaria” trepó desde el 20,6% del PBI hasta el 35,4%. Es decir que, en la retórica oficial, hubo un fenomenal incremento de la solidaridad de los argentinos, quienes pagábamos $20 por cada $100 producidos y pasamos a pagar $35.

Desde la misma perspectiva, otro sector que se ha pasado de solidario ha sido el agroexportador. Entre el año 2003 y 2018 el gobierno nacional recaudó por “Derechos de Exportación” la friolera de USD 116.600 millones. (Este dato surge de calcular la recaudación anual por este concepto en pesos de cada año y dividirlo por el tipo de cambio oficial promedio de dicho año.)

Estos USD 116.600 millones equivalen al 21% de toda la exportación de Productos Primarios y Manufacturas de Origen Agropecuario del período. A esto, claro, deben sumarse todos los otros impuestos que el sector agrícola también paga, como Ganancias, IVA, Ingresos Brutos, Aportes Patronales, y un sinfín de etcéteras.}

No obstante todo este boom impresionante de solidaridad coactiva, el país está en quiebra. La inflación es récord mundial hace más de diez años, lo que refleja que el gobierno agotó la fuente de financiamiento monetaria. Además, también estamos en una situación de mini-default con un riesgo país por las nubes, lo que refleja que también está agotado el financiamiento en forma de crédito.

¿Cómo es esto posible? Es que el problema no es la recaudación tributaria, que ha crecido enormemente, sino el derroche de gasto, que fue aún mayor.

El problema es el gasto

Entre 2002 y 2016, en el mismo período en que la presión fiscal pasó de 20% a 35% del PBI, el gasto del sector público consolidado (es decir, nación, provincias y municipios) subió casi 20 puntos, pasando desde el 22,6% del PBI a un fabuloso 41,5%.

De acuerdo con los últimos datos oficiales publicado por el Ministerio de Hacienda, la mayor parte de ese aumento está explicado por el llamado “Gasto Social” (cuyo principal componente es el gasto en jubilaciones estatales) y por los subsidios económicos otorgados a mansalva por el kirchnerismo. De los casi 20 puntos de aumento del gasto ocurrido entre 2002 y 2016, 5 corresponden a subsidios energéticos, y 4,7 a jubilaciones.

La lista la sigue el gasto de funcionamiento del estado (nuevos empleados, por ejemplo) con un aumento de 2,5 puntos, y aumentos similares han ido a rubros como salud y educación. Ahora bien, cabe destacar que si el incremento hubiera sido solo en salud y educación, hoy no habría ningún problema fiscal a resolver, ya que el gasto público total sería del 27,4% del PBI.

Ahora si las erogaciones gubernamentales no hubieran escalado como efectivamente lo hicieron, no habría habido déficit fiscal, no tendríamos estos niveles de inflación, ni estos niveles de deuda, ni habríamos acudido al FMI, ni el Riesgo País estaría cercano a 2000 puntos básicos.

Finalmente, sin esta expansión sideral del sector público, a nadie se le ocurriría subir aún más los impuestos que paga el sector privado. Además, este sector tendría más dinero para producir y, también, para dedicar a la verdadera solidaridad, que es la que sale del bolsillo propio y de manera voluntaria.

Para cerrar, Argentina no enfrenta un problema de falta de solidaridad, ni la solidaridad se impone con más impuestos. Argentina tiene un problema de exceso de “Estado de Bienestar” que es demasiado caro para lo que podemos permitirnos.

Por ahí debe pasar el ajuste, pero sin tocar un peso de gasto asistencial.

Esto es absolutamente posible: solo por dar un dato, Alberto Fernández dice que el Plan Contra el Hambre costará $100.000 millones. Ese monto equivale a solo el 2,1% del gasto total presupuestado para el año 2019.

¿Me van a decir que no hay 2,1% de gasto para recortar en otra área en lugar de subir todavía más la carga tributaria? Yo no me lo creo. Espero que usted tampoco.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

 

¿Un punto de inflexión?

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 8/11/16 en: http://www.rionegro.com.ar/columnistas/un-punto-de-inflexion-JB1560496

 

El economista Paul Romer, exprofesor de Desarrollo Económico de la Universidad de Stanford y empresario de éxito, desenvolvió la idea de que el desarrollo depende de las normas por las que se rigen las relaciones económicas.

Precisamente, el citado enfoque argumenta que los países pobres lo son porque sus normas, deficientes, desincentivan la inversión y la creatividad empresarial. La evidencia es muy simple, los altísimos gravámenes sobre el sector real de la economía argentina destruyen los incentivos de los empresarios, quienes no invierten porque pierden dinero con cada unidad adicional que ofrecen en el mercado. El riesgo propio, más el desconocimiento del terreno en grado de detalle, erige barreras aún más distantes para los inversores extranjeros.

Carlos Rodríguez, de la Universidad del CEMA, sostiene: “Nos hemos convertido en una economía de reparto, que vive básicamente de las rentas de nuestros abundantes recursos naturales y el esfuerzo del sector agroexportador”. Y continúa diciendo: “Mientras el ingreso per cápita permanece casi estancado hace décadas, el número de jurisdicciones político/administrativas y de empleos públicos para llenarlas crece sin cesar. También aumentan los impuestos, en número y en las alícuotas de los que ya existen. La presión impositiva creciente es necesaria para que el Estado absorba o subsidie el imparable número de desempleados estructurales que la misma presión impositiva genera. Es un círculo vicioso que la política se ha visto incapacitada de detener”.

Sin embargo, la solución aparece evidente: el inevitable ajuste del sector público y la consecuente disminución de la presión tributaria. Por supuesto, el listado de quienes deben ser ajustados es extenso y se propaga, entre otros, sólo por citar algún ejemplo, desde el indecoroso incremento de la dieta de los legisladores hasta la creación de vanos cargos en la función pública, en todos los niveles de gobierno.

Es necesario espabilarse contra los intereses creados, la corrupción institucional, la inequidad de la Justicia, la inercia del dolce far niente propuesto por el facilismo populista, que ha sido gradual, pero sistemático, y no ceder ante las protestas ni dar marcha atrás, porque, como ya se ha dicho en la Edad Media, “la verdad es hija del tiempo”. Así, las inconsistencias y tensiones inherentes a las fases de “exuberancia irracional”, multiplicadas por perturbaciones del gasto, deben subsumirse al germen de una “sana recesión” que adecue a niveles sustentables esa parte de la ecuación.

Sólo si el presidente Macri es capaz de hacer el esfuerzo de mantener un rumbo de gobierno que garantice los derechos de propiedad, y que permita a los ciudadanos expresar la mejor versión de cada uno, el conjunto de las decisiones empresariales darán lugar a una asignación intertemporal concreta del capital: la del crecimiento económico. De lo contrario, nada vendrá por añadidura, sino la zozobra que ante un eventual punto de inflexión está a punto de salirse de cauce.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.