Un populismo que no cede

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 9/5/16 en http://www.lanacion.com.ar/1896768-un-populismo-que-no-cede

 

Muchos de los que se dicen opositores al kirchnerismo y condenan la corrupción hoy defienden sus políticas estatistas, sin advertir que la intervención del gobierno en la economía genera la oportunidad de vaciar las arcas públicas.

 

Hay quienes se pronuncian en contra de los populismos pero en los hechos los patrocinan, al suscribir con medidas francamente estatistas. Entre muchos argentinos se observa con alarma la semilla del gobierno anterior, aunque se dicen opositores al kirchnerismo. Es paradójico: critican los 12 años de gestión gubernamental y se fascinan ante la posibilidad de que se procese y condene a la ex presidenta y sus colaboradores, pero al mismo tiempo alaban sus políticas. No parecen percatarse de que lo que en realidad reclaman es kirchnerismo de buenos modales y sin corrupción.

Tampoco advierten que, más allá de tal o cual gobernante, lo relevante es el sistema que hace posible y estimula la corrupción, es decir, una estructura estatista que permite el uso discrecional del poder. Recordemos el dictum de Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Por un lado, entonces, detestan la corrupción, y por el otro la alientan, al apoyar el intervencionismo estatal que inexorablemente la genera.

El argumento es más o menos siempre el mismo: yo manejo bien mi patrimonio, pero el resto es incapaz y requiere un “experto” gubernamental que maneje bien el fruto de su trabajo; de lo contrario, lo invertirá mal. Olvidan que uno de los ejes centrales de la sociedad abierta consiste en el proceso del mercado libre y competitivo, donde los que aciertan en la satisfacción de las necesidades ajenas obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos. Así, el sistema hace que los siempre escasos recursos estén en las mejores manos. Este mejor aprovechamiento permite aumentar las tasas de capitalización, que es lo que hace que los salarios e ingresos aumenten.

Esto está bien ilustrado en el título de uno de los libros del premio Nobel de economía Friedrich Hayek, La fatal arrogancia. Los errores del socialismo. Es así: se trata de la soberbia de megalómanos que pretenden manejar por la fuerza vidas y haciendas de terceros. No es que el liberalismo sea perfecto -la perfección no está al alcance de los mortales-, pero se trata de minimizar costos y convertir en políticamente posible lo que al momento no lo es. Sostener que en política se hace lo que se puede es una perogrullada, el asunto es empujar en la buena dirección “desde el llano”; en el caso argentino, esto apunta a suscribir con el paradigma alberdiano.

El conocimiento está disperso y fraccionado entre millones de personas, las señales de los precios coordinan el proceso para la mejor asignación de recursos. La intención de los burócratas-planificadores resulta irrelevante, pues la decisión política necesariamente será distinta de lo que decida la gente en libertad (si fuera igual, no habría necesidad de consumir fondos para pagar emolumentos innecesarios; además, para saber qué requiere la gente hay que dejar que se exprese).

En el actual contexto argentino, temas monetarios, fiscales, laborales, de comercio exterior, de protección de derechos, de ética pública, aparecen en algunos debates en los que implícitamente se da por sentada la razón kirchnerista, es decir, la razón del populismo exacerbado. Se plantean reformas que son pura cosmética, ya que quedan intactas funciones incompatibles con la forma republicana de gobierno. Se termina “haciendo la plancha”, sólo que con funcionarios de mejores modales.

Es ridículo pensar que puede cambiarse a un sistema libre si se dejan inalterados los organismos con funciones creadas y administradas por los populismos y sus respectivas disposiciones y reglamentaciones. La libertad de que se dispone puede ser ancha como un campo abierto o puede convertirse en un sendero estrecho, angosto y oscuro en el que apenas se pasa de perfil. Lo uno o lo otro depende de que no se restrinja la libertad del prójimo por la fuerza. No dejamos de ser libres porque no podemos volar por nuestros propios medios, ni porque no podemos dejar de sufrir las consecuencias de nuestros actos inconvenientes, ni somos menos libres debido a que no podemos desafiar las leyes de gravedad ni las leyes biológicas. Sólo tiene sentido la libertad en el contexto de las relaciones sociales y, como queda dicho, ésta disminuye cuando se la bloquea recurriendo a la violencia.

Para medir nuestras libertades, pensemos en lo que podemos y no podemos hacer. Unas pocas preguntas relativas a la vida diaria aclararán el tema. ¿Están abiertas todas las opciones cuando tomamos un taxi? ¿Ese servicio puede prestarse sin que el aparato estatal decida el otorgamiento de licencias especiales, el color del vehículo, la tarifa y los horarios de trabajo? Cuando elegimos el colegio de nuestros hijos, ¿la educación está libre de las imposiciones de ministerios de educación y equivalentes? ¿Puede quien está en relación de dependencia liberarse de los descuentos compulsivos al fruto de su trabajo? ¿Puede elegirse la afiliación o desafiliación de un sindicato o no pertenecer a ninguno sin sufrir medidas por parte de los dirigentes? ¿Puede exportarse e importarse libremente sin padecer aranceles, tarifas, cuotas y manipulaciones en el tipo de cambio? ¿Pueden elegirse los activos monetarios para realizar transacciones sin las imposiciones del curso forzoso? ¿Hay realmente libertad de contratar servicios en condiciones pactadas por las partes sin que el Gran Hermano imponga sus caprichos? ¿Hay libertad de prensa sin contar con agencias gubernamentales de noticias, pautas oficiales, diarios, radios y estaciones televisivas estatales? ¿Hay mercados libres con pseudoempresarios que hacen negocios con el poder de turno en medio de prebendas y privilegios? ¿Puede cada uno elegir la forma en que preverá su vejez sin que el aparato estatal succione el salario por medio de retenciones? ¿Pueden futuras generaciones liberarse de deudas estatales contraídas por gobiernos que no han elegido y sin que se caiga en la falacia de las “ventajas intergeneracionales”? Quienes apoyan la prepotencia de los aparatos estatales no perciben que lo que financia el gobierno siempre proviene compulsivamente de los bolsillos del vecino, especialmente de los más pobres.

La decadencia de la libertad no aparece de golpe. Se va infiltrando de contrabando en las áreas más pequeñas y se va irrigando de a poco, a fin de producir una anestesia en los ánimos. Pocos son los que dan la voz de alarma cuando el cercenamiento de libertades no le toca directamente el bolsillo.

“Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres -escribió Tocqueville-. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra.” Por su lado, Anthony de Jasay consigna: “Amamos la retórica y la palabrería de la libertad a la que damos rienda suelta más allá de la sobriedad y el buen gusto, pero está abierto a serias dudas si realmente aceptamos el contenido sustantivo de la libertad”.

¿Cuántas personas hay que no hacen nada por la libertad? ¿Cuántos hay que creen que son otros los encargados de asegurarles el respeto a sus derechos? ¿Cuántos son los indiferentes frente al avasallamiento de la libertad de terceros? ¿Cuántos los que incluso aplauden el entrometimiento insolente del Leviatán siempre y cuando no afecte sus intereses de modo directo?

Entonces, ¿por qué ser libres? Por la sencilla razón de que de ese modo confirmamos la categoría de seres humanos y no nos rebajamos y degradamos en la escala zoológica, por motivos de dignidad y autoestima, para honrar el libre albedrío del que estamos dotados, para poder mirarnos al espejo sin que se vea reflejado un esperpento, para liberar energía creadora y así mejorar el nivel de vida y, sobre todo, para poder actualizar nuestras únicas e irrepetibles potencialidades.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Una carrera decisiva

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 25/10/12 en http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7542

Observamos con preocupación que con pequeños espacios de libertad la energía creativa produce inventos de extraordinaria valía pero si se pierde la brújula moral aquellos progresos se emplearán para el mal y terminarán extinguiendo la misma capacidad productiva en todos los órdenes.

No resulta necesario detenerse a detallar todos los prodigiosos adelantos tecnológicos que se han ido acumulando en nuestra era en los campos más diversos. No se necesita ser un observador avezado para constatar tanto adelanto de magnitudes colosales. Pero este importantísimo fenómeno es solo un contendiente en la carrera en el inmenso teatro de la civilización.

Hay otros dos participantes que revisten una inmensa importancia y son decisivos para el éxito final del primer contendiente mencionado. Se trata en primer lugar del calado espiritual de los seres humanos, antes que nada referido a la comprensión moral de sus actos, en otros términos, de la vital distinción entre lo que está bien y lo que está mal en sus conductas para proceder en consecuencia. El hombre es la única especie a la que pude aplicarse la idea moral puesto que está dotado de libre albedrío, es decir, de psique, mente o estado de conciencia.

Observamos con preocupación que con pequeños espacios de libertad la energía creativa produce inventos de extraordinaria valía pero si se pierde la brújula moral aquellos progresos se emplearán para el mal y terminarán extinguiendo la misma capacidad productiva en todos los órdenes.

El eje central de la moralidad consiste en el respeto por las autonomías individuales de lo cual el resto se sigue. Esto está directamente vinculado a la gran mayoría de lo que se dice hoy día en cuanto a las concepciones colectivistas que degluten al individuo. A título de ejemplo, pensemos en la degradada noción del derecho para convertirlo en una especie de carta blanca para saquear al prójimo. Consideremos las propuestas de los integrantes de aparatos estatales en lo referente al manejo prepotente de las vidas y haciendas ajenas en una carrera desenfrenada por regular todos los espacios de las acciones libres y voluntarias de las personas. Veamos la imposibilidad de contratar tal como las partes estiman pertinente sin lesionar derechos de terceros. Miremos el cuadro lamentable de la llamada educación en la que los gobernantes se inmiscuyen sin reparo alguno. Constatemos la caterva de disposiciones y cortapisas para concretar transacciones con personas ubicadas más allá de las fronteras. Verifiquemos las legislaciones sindicales que contradicen de manera grotesca la libertad de asociación. Hay que percatarse de los atropellos del Leviatán al manipular los activos monetarios con que se realizan intercambios pacíficos. Comprobemos las burdas estratagemas que utilizan megalómanos para cercenar la libertad de expresión. Examinemos la catarata de imposiciones desde el vértice del poder que estrangulan todo tipo de decisiones privadas.

En mis escritos he incluido en repetidas ocasiones la maravillosa cita de Tocqueville que resume el aspecto medular que estamos señalando: “De hecho, aquellos que valoran la libertad por los beneficios que ofrece, nunca la han mantenido por mucho tiempo […] El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Nada se gana con disponer de todo lo imaginable si no se es libre para elegir el destino de lo que se tiene. Es lo mismo que aquel fulano del cuento que vendió su libertad por millones y millones sin percibir que de nada le sirve un ingreso extraordinario si no puede usar y disponer, características que son la esencia de la propiedad, precisamente el derecho que le es primeramente conculcado en estos contextos.

Una vez, hace mucho tiempo, escribí una columna titulada “La civilización es frágil” para destacar que el largo, difícil y azaroso proceso en el que se forma la civilización siempre basada en normas de respeto recíproco, pero es fácil y rápida su destrucción. Entonces, hoy somos espectadores de una carrera suicida en la que la conducta moral queda grandemente rezagada con lo que los cimientos del progreso se encuentran severamente amenazados, lo cual, en definitiva, convierte en inútil y hasta contraproducente el avance tecnológico que será irremediablemente empleado para acelerar la decadencia.

El tercer competidor está conformado por los enemigos declarados de todo vestigio civilizado. Son los que representan las distintas vertientes del totalitarismo. Comparado con la antes mencionada degradación moral, este competidor no resulta tan peligroso ni devastador. Más aún estaría anulado y neutralizado en sus pretensiones si la fuerza moral en que descansa la civilización estuviera en su plenitud en otros ámbitos.

Estas mentes totalitarias no siempre comienzan con la idea de arrasar con todo, son muchas veces procesos escalonados, incluso hay quienes se quedan en las primeras instancias sin prever el ímpetu que desatan ya que en estas lides una cosa conduce a la otra hasta que resulta tarde para revertir la situación cuando se vislumbran las consabidas purgas, primero incruentas y luego cruentas. En esta caracterización todo parte de la arrogancia superlativa de mandones que cobijan la peregrina noción de que es posible manejar el universo desde el poder. Y no solo no tienen consideración alguna por la fabulosa presunción del conocimiento que ello significa con lo que la desarticulación es completa, sino que no tienen el menor respeto por los gustos, preferencias e inclinaciones de los súbditos en medio de extenuantes discursos donde ni siquiera cabe una inflexión para no trasmitir inseguridad.

En esta misma línea de pensamiento, los súbditos al principio se convierten en serviles cortesanos que aplauden todo lo que provenga del poder hasta que se dan cuenta en lo que se han metido, en cuyo caso hay algunos que atinan a reaccionar muy tardíamente mientras otros piden más castigos custodiados por los rufianes que hacen de comisarios a cambio de prebendas de gran envergadura.

Sin duda que la antiutopía de Orwell del Gran Hermano no es nada al lado de la de Huxley (especialmente en su versión revisitada) en cuanto a seres anestesiados que piden ser subyugados para mal de quienes mantienen su dignidad y sentido de autoestima, encandilamientos que tienen lugar siempre debido a la manera en que se van carcomiendo los cimientos morales, primero en lo chico y después en lo grande hasta que el olor a podrido envuelve los recovecos y finalmente cubre la totalidad del espectro social en el que quedan pequeños fragmentos de decencia que se debaten en un clima sumamente adverso y  pervertido.

Hay quienes se ilusionan con salir de tanto excremento en base al mencionado primer contendiente, es decir, en base al ingenio creador que se traduce en la tecnología como es ahora la avanzada investigación de ciudades en el espacio para zafar del asfixiante Leviatán (al fin y al cabo nuestro planeta está suspendido en el espacio y gira en torno al sol a 1.700 kilómetros por hora sin piloto de carne y hueso) y también notables proyectos de ciudades en el mar (además de los denodados esfuerzos y dificultades para poder concretar “ciudades libres” en nuestro mapa). Indagar en aquello efectivamente trasmite grandes esperanzas, pero también fracasarán estrepitosamente si no se fortalece y alimenta al segundo competidor clave, cual es el contenido moral de los habitantes, lo cual no se modifica por la ubicación geográfica sea en la tierra, en el espacio o en el mar.

Decía al comienzo que el aspecto medular de la noción moral reside en el respeto irrestricto a las autonomías individuales. A título del ejemplo más chocante de la masacre que se infringe a esa noción vital, me refiero al mal llamado “aborto” que es en verdad homicidio en el seno materno puesto que, como han explicado tantos científicos, la microbiología muestra que desde el instante de la fecundación del ovulo hay un ser humano en acto con toda la carga genética completa que naturalmente está en potencia de muchas otras cosas como todos los humanos, independientemente de su edad. No hay una mutación de la especie entre una etapa y otra, la aniquilación física de una persona como una manifestación agresiva en cualquier circunstancia se traduce en un crimen pero en la mencionada constituye un acto de cobardía mayúsculo, el “síndrome Polonio” tal como lo describe Julián Marías al conectarlo con el drama shakespereano en el que se le atraviesa una espada por el cuerpo de una persona a través de una cortina sin mirarle la cara. Hay situaciones que son espantosamente monstruosas como la violación pero nada justifica descargar la furia contra un inocente. Luis F. Lejeune ha reafirmado que “aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida de un nuevo ser humano no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser desde su concepción hasta el final de sus días no es una afirmación metafísica, es una sencilla evidencia experimental”. Es un chiste macabro el alardear de “derechos humanos” y al mismo tiempo suscribir los homicidios más espeluznantes y vergonzosos de nuestro tiempo. Si no se respeta el elemental derecho a la vida, la carrera está perdida de antemano.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.