Discurso político y paternalismo

Por Gabriel Boragina Publicado  el 9/9/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/09/discurso-politico-y-paternalismo.html

 

No deja de sorprenderme la fascinación que despierta en muchas personas el discurso político.

Se gasta mucha energía en discusiones banales propagandísticas.

El debate político es sano, pero en esa materia -como en tantas otras- lo que cuentan son los hechos, las acciones o las realizaciones.

Si la acción no se compadece con el discurso, si no lo acompaña, el discurso se queda en pura cháchara.

Quienes se entusiasman con un discurso político encendido son como niños que esperan ilusionados el cumplimento de las promesas de campaña. Resulta claramente una muestra de inmadurez cívica desde mi punto de vista.

En casos como el de Argentina, en el que la acción política -en una mirada retrospectiva- ha tenido efectos tan destructivos, sólo puede explicarse que la gente siga teniendo fe en políticos sobre la base de los razonamientos precedentes.

A veces, se ha dicho que la sociedad argentina es “adolescente” y que por eso no aprende de sus repetidos fracasos anteriores. Sin embargo, a la luz de los acontecimientos históricos de las últimas décadas, yo he sostenido (y lo sigo haciendo) que nuestra sociedad es infantil y no adolescente. Es decir, a mi juicio, la sociedad se encuentra en una etapa previa a lo que culturalmente en lenguaje habitual se denomina “adolescencia”.

Se acostumbra a rotular convencionalmente de esta manera a diferentes rangos de edades. La infantilidad, la adolescencia, la madurez, adultez, etc. no tienen que ver -a mi entender- con ninguna etapa biológica o etaria.

Son más bien actitudes, modos de comportamiento que adoptan las personas, y que tiene mayor vinculación -creo- con lo adquirido que con lo biológico. En otros trabajos míos he expuesto mis tesis acerca de este punto, por lo que no voy a extenderme demasiado ahora sobre tal aspecto.

Llamo, pues, infantil a la cualidad dependiente del niño, que se sabe indefenso, y que espera todo de sus padres o de otros adultos (ascendientes, o sus maestros y profesores).

Interpolando tal analogía, puede observarse que la relación entre los gobernados y los gobernantes en Argentina presenta estas características (posiblemente también se de en otras latitudes, pero -de momento- circunscribimos nuestro estudio al caso argentino por ser el que conocemos más de cerca).

El culto al líder, propio de los sistemas fascistas o populistas, es un síndrome que denota elevadas dosis de infantilismo en sus cultores y una demanda de paternalismo dirigida al jefe de turno. Si el que se vislumbra como jefe no revela tener atributos paternalistas sus chances de ser elegido por los votantes caen. De la misma manera que el niño anhela confiar en una autoridad fuerte, que le inspire respeto y la protección que demanda, idénticamente el pueblo infantilista exigirá líderes que lo conduzcan con firmeza, disciplina y decisión. De poseer estos requisitos y de ser suficientemente demostrativo a ese respecto, será elegido jefe y se asegurará una masa de seguidores. Al pueblo infantilista le bastará un discurso encendido, vibrante y convincente, aun cuando carezca de contenido concreto y no sea acompañado por acciones específicas.

Puede ocurrir que un pueblo de estas características carezca de políticos con perfiles paternalistas. En tales supuestos, aquellos que más se aproximen al mismo serán aceptados y elevados al poder. En Argentina, por ejemplo, los Kirchner nunca fueron líderes, pero el enorme vacío de poder que imperaba en el país al tiempo de sus elecciones, sumado a la ausencia de verdadera oposición de los partidos restantes, los ubicó fortuitamente al mando con tan sólo un 22% (primera elección)[1] y un 36,6% y 35,9% (2° y 3° elección) de los votos reales (la prensa de entonces difundió otros guarismos irreales notoriamente inflados)[2]

El padre autoritario y el padre dialogante

Tal como sucede en muchas familias, en las sociedades paternalistas se dan dos contornos diferentes de dirigentes políticos que reproducen -a nivel social y a gran escala -los roles del padre autoritario y el del padre dialogante que suelen manifestarse en el orden doméstico. En Argentina, los gobiernos peronistas y militares cumplieron el primer rol. Los gobiernos radicales el segundo, y en algunos tramos, el primero también. Dado que los primeros gobernaron más tiempo y más veces que los últimos, este hecho nos da con precisión el rasgo socio-político de la sociedad argentina, a saber: la de un paternalismo autoritario. El gobierno de Macri se proyecta como un caso atípico en el marco del folklore político, aunque -por momentos- encuadra dentro del esquema del padre dialogante. Un dirigente que manda, pero, al mismo tiempo dialoga, explica y busca el consenso de su “familia” (los gobernados). Es “padre”, “amigo” y “maestro” a la vez.

De más está decir que, esta postura socio-política está muy lejos del de un espíritu republicano, en el que quien gobierna es el pueblo por medio de sus representantes, sistema al que también se le denomina democracia representativa.

En este, el representante cumple el rol que su misma denominación indica, a saber: se limita a representar a su mandante y ejecutar el mandato que le fuera conferido por este. No dirige, sino que es dirigido. Es precisamente lo contrario al paternalismo en el que votante entiende estar eligiendo a un “político-padre”.

La evolución de un régimen paternalista hacia otro republicano democrático depende de un sinnúmero de factores, pero entre ellos destacan el educativo-cultural como el más significativo.

Hemos hablado muchas veces del legado paternalista derivado del colonialismo de la época de la conquista española y portuguesa en lo que hoy es Centro y Sudamérica, y la parte de Norteamérica que ocupa México. Dispar -y en mucho- al de las colonias instaladas en los hoy Estados Unidos.

Esto implicó que el estilo paternalista europeo fue exportado hacia todos los territorios conquistados. Y este legadocultural-educativo -con las mayoría de sus instituciones- se prolongó a través del tiempo hasta nuestros días en la que dicha cultura ha arraigado y, a pesar de los esfuerzos de notables políticos e intelectuales del siglo XIX en tratar de incorporar instituciones y leyes inspiradas en el liberalismo verdaderamente progresista de John Locke, J. Stuart Mill, Adam Smith, Edmund Burke y los que -en general- se conocen como los representantes de la Escuela de Manchester, no han podido conciliar del todo el paternalismo cultural que domina a sus anchas estas latitudes y el liberalismo democrático y republicano que tanto ha hecho progresar a todos los países que -en mayor o menor grado- lo han adoptado.

[1] El escrutinio real y definitivo -no publicitado masivamente en los medios- arrojaba en realidad un 16% final.

[2] Ver mi nota Gobernar a través de un mito

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

LA DISCRIMINACIÓN NECESARIA Y LA PERJUDICIAL

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Según el diccionario, discriminar quiere decir diferenciar y discernir. No hay acción humana que no discrimine: la comida que elegimos engullir, los amigos con que compartiremos reuniones, el periódico que leemos, la asociación a la que pertenecemos, las librerías que visitamos, la marca del automóvil que usamos, el tipo de casa en la que habitamos, con quien contraemos nupcias, a que universidad asistimos, con que jabón nos lavamos las manos, que trabajo nos atrae más, quienes serán nuestros socios, a que religión adherimos (o a ninguna), que arreglos contractuales aprobamos y que mermelada le ponemos a las tostadas. Sin discriminación no hay acción posible. El que es indiferente no actúa. La acción es preferencia, elección, diferenciación, discernimiento y, por ende, implica discriminar.

 

Como se ha dicho, si una persona con mucha sed en un desierto tiene una cantimplora con agua a su derecha y otro a la izquierda y se declara indiferente de cual beber y, por ende, no elige uno de ellas, se morirá de sed. Para seguir viviendo debe discriminar, elegir y optar.

 

Esto debe ser nítidamente separado de la pretensión, a todas luces descabellada, de intentar el establecimiento de derechos distintos por parte del aparato estatal que, precisamente, existe para velar por los derechos y para garantizarlos. Esta discriminación ilegítima echa por tierra la posibilidad de que cada uno maneje su vida y hacienda como le parezca adecuado, es decir, bloquea la posibilidades que cada uno discrimine acerca de sus preferencias, lo cual debe ser respetado en un estado de derecho siempre que no se lesiones iguales derechos de terceros. Otro modo de referirse a aquél uso abusivo y pervertido de la ley es simple y directamente el del atropello al derecho de las personas.

 

La igualdad ante la ley resulta crucial, concepto íntimamente atado a la justicia, es decir, a la propiedad primero del propio  cuerpo, a sus pensamientos y a sus pertenencias, en  otras palabras,  el “dar a cada uno lo suyo”.

 

La prueba decisiva de tolerancia es cuando no compartimos las conductas de otros. Tolerar las que estamos de acuerdo no tiene mérito alguno. En este sentido, podemos discrepar con las discriminaciones, elecciones y preferencias de nuestro prójimo, por ejemplo, por establecer una asociación en la que solo los de piel oscura pueden ser miembros o los que tienen ojos celestes. Allá ellos, pero si no hay violencia contra terceros todas las manifestaciones deben respetarse, no importa cuan ridículas nos puedan parecer.

 

Curiosamente se han invertido los roles: se tolera y alienta la discriminación estatal con lo que no le pertenece a los gobiernos y se combate y condena la discriminación que cada uno hace con sus  pertenencias. Menudo problema en el que estamos por este camino de la sinrazón, en el contexto de una libertad hoy siempre menguante.

 

Parece haber una enorme confusión en esta materia. Por un lado, se objeta que una persona pueda rechazar en su propia empresa la oferta laboral de una mujer embarazada o un anciano porque configuraría una “actitud discriminatoria” como si el titular no pudiera hacer lo que estima conveniente con su propiedad. Incluso es lícito que alguien decida contratar solo a quienes midan más de uno ochenta. Como es sabido, el consumidor es ciego a religiones, etnias, alturas o peso de quienes se desempeñan en las empresas, por tanto, quien seleccione personal por características ajenas al cumplimiento y la eficiencia pagará el costo de su decisión a través del cuadro de resultados, pero nadie debiera tener el derecho de impedir un arreglo contractual que no use la violencia contra otros.

 

Por otra parte, en nombre de la novel “acción positiva” (affirmative action), se imponen cuotas compulsivas en centros académicos y lugares de trabajo “para equilibrar los distintos componentes de la sociedad” al efecto de obligar a que se incorporen ciertas proporciones, por ejemplo, de asiáticos, lesbianas, gordos y budistas. Esta imposición naturalmente afecta de forma negativa la excelencia académica y la calidad laboral ya que deben seleccionarse candidatos por razones distintas a la competencia profesional, lo cual deteriora la productividad conjunta que, a su vez, incide en el nivel de vida de toda la población, muy especialmente de los más necesitados cuyo deterioro en los salarios repercute de modo más contundente dada su precariedad.

 

Por todo esto es que resulta necesario insistir una vez más en que el precepto medular de una sociedad abierta de la igualdad de derechos es ante la ley y no mediante ella, puesto que esto último significa la liquidación del derecho, es decir, la manipulación del aparato estatal para forzar pseudoderechos que siempre significa la invasión de derechos de otros, quienes, consecuentemente, se ven obligados a financiar las pretensiones de aquellos que consideran les pertenece el fruto del trabajo ajeno.

 

Desde luego que esta atrabiliaria noción del “derecho” como manotazo al bolsillo del prójimo, entre otros prejuicios, se basa en una idea errada anterior, cual es que la riqueza es una especie de bulto estático que debe “redistribuirse” (en direcciones distintas a la distribución operada en el supermercado y afines) dado que sería consecuencia de un proceso de suma cero. No conciben a la riqueza como un fenómeno dinámico y cambiante en el que en cada transacción libre y voluntaria hay un proceso de suma positiva puesto que ambas partes ganan. Es por esto que actualmente podemos decir que hay más riqueza disponible que en la antigüedad, a pesar de haberse consumido recursos naturales en el lapso de tiempo trascurrido desde entonces. Es cierto el principio de Lavoisier, en cuanto a que “nada se pierde, todo se transforma” pero lo relevante es el crecimiento de valor no de cantidad de materia (un teléfono antiguo tenía más material que uno celular, pero este último presta servicios mucho mayores y a menores costos).

 

Vivimos la era de los pre-juicios, es decir el emitir juicios sobre algo antes de conocerlo (y conocer siempre se relaciona con la verdad de algo, ya que no se conoce que dos más dos son ocho). La fobia a la discriminación de cada uno en sus asuntos personales y el apoyo incondicional a la discriminación de derechos por parte del Leviatán es, en gran medida, el resultado de la envidia, esto es, el mirar con malevolencia el bienestar ajeno, no el deseo de emular al mejor, sino que apunta a la destrucción del que sobresale por sus capacidades.

 

Y esto, a su vez, descansa en la manía de combatir las desigualdades patrimoniales que surgen del plebiscito diario en el mercado en donde el consumidor apoya al eficiente y castiga al ineficaz para atender sus reclamos. Es paradójico, pero no se condenan las desigualdades patrimoniales que surgen del despojo vía los contubernios entre el poder político y los así llamados empresarios que prosperan debido al privilegio y a mercados cautivos otorgados por gobiernos a cambio de favores varios. En realidad, las desigualdades de la época feudal (ahora en gran medida replicadas debido al abandono del capitalismo) son desde todo punto de vista objetables, pero las que surgen de arreglos libres y voluntarios, no solo no son objetables sino absolutamente necesarias al efecto de asignar los siempre escasos factores productivos en las manos más eficientes para que los salarios e ingresos en términos reales puedan elevarse. No es relevante la diferencia entre los que más tienen y los que menos poseen, lo trascendente es que todos progresen, para lo cual es menester operar en una sociedad abierta donde la movilidad social constituye uno de sus ejes centrales.

 

Como las cosas no suceden al azar, para contar con una sociedad abierta cada uno debe contribuir diariamente a que se lo respete.

Podemos extrapolar el concepto del polígono de fuerzas de la física elemental al terreno de las ideas. Imaginemos una enorme piedra en un galpón atada con cuerdas y poleas y tirada en diversas direcciones por distintas personas ubicadas en diferentes lugares del recinto: el desplazamiento del bulto será según el resultado de las fuerzas concurrentes, ninguna fuerza se desperdicia. En las faenas para diseminar ideas ocurre lo propio, cada uno hace lo suyo y si no se aplica a su tarea la resultante operará en otra dirección. Los que no hacen  nada solo ven la piedra moverse y habitualmente se limitan a despotricar en la sobremesa por el rumbo que toma.

 

Hace poco tiempo en Buenos Aires estaba escuchando radio en el automóvil y el locutor expresó que una señora, dueña de una casa en la zona costera, puso un aviso en algún periódico que no es del caso mencionar en el que anunciaba que ponía su vivienda en alquiler durante la temporada veraniega con la condición que el inquilino fuera vegetariano. Consignaba en el aviso de marras que los residuos de la carne atraían microbios que deseaba evitar.

 

Henos aquí que todos los miembros del equipo que trabaja en el programa radial en cuestión pusieron el grito en el cielo y condenaron sin piedad a la titular del aviso. Manifestaron que esa actitud era “discriminatoria” y que, en consecuencia, había que aplicarle las normas correspondientes y no permitir semejante propuesta de alquiler.

 

Hubo llamados de radioescuchas que se plegaron a las invectivas de los conductores (por lo menos los que se pasaron al aire). Una señora muy ofuscada levantó la voz y señaló que debía detenerse a quien haya sido capaz de una iniciativa de esa índole puesto que “actitudes como la discutida arruinan la concordia argentina”. Otro fulano, que dijo ser ingeniero con experiencia en operaciones inmobiliarias de envergadura, espetó que habría que confiscarle la propiedad a la autora de “semejante anuncio”. Y así siguieron otras reflexiones patéticas y dignas de una producción cinematográfica de terror, sin que nadie pusiera paños fríos ni apuntara a introducir atisbo de pensamiento con cierto viso de cordura.

 

Entonces, vivimos la era en la que se discrimina lo que no debiera discriminarse y no se permite discriminar lo que debe discriminarse.  Por cierto, una confusión muy peligrosa. Algo aclara un pensamiento de Cantinflas: “Una cosa es ganarse el pan con el sudor de la frente y otra es ganarse el pan con el sudor del de enfrente”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.