¿Qué estamos haciendo los modernos con Mises?

Por Adrián Ravier. Publicado el 15/11/11 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2011/11/15/%c2%bfque-estamos-haciendo-los-modernos-con-mises/#more-1439

Axel Leijonhufvud se ha preguntado, ¿qué han hecho los modernos con Keynes? Ha reclamado que los economistas modernos interesados en la síntesis neoclásica keynesiana, han abandonado al Keynes original, un autor que descreía de la matemática y de los gráficos para expresar las ideas en economía, y que poco se había interesado por los estados de equilibrio. Me pregunto: ¿Estamos haciendo hoy lo mismo con Mises?

En un estudio sobre Robert Lucas, Francisco Rosende señala que la revolución keynesiana tiene más que ver con la síntesis neoclásica posterior a la Teoría General, que con las ideas contenidas en este famoso libro.

Desde este punto de vista, para Lucas el carácter “revolucionario” de la Teoría general de Keynes no se relacionaría tanto con los planteamientos que allí se encuentran, como con el hecho de que contemporáneamente con la aparición de este libro tuvieron lugar otros desarrollos, los que permitieron expresar el enfoque macroeconómico de Keynes con un mayor grado de formalización, e incluso se hizo posible una evaluación empírica de los mismos. […]

En particular, Lucas se refiere al hecho de que en dicho libro Keynes abandona la teoría del ciclo como marco de referencia de su análisis y replantea la discusión macroeconómica como un problema de determinación del nivel de producto, usando para ello las identidades de cuentas nacionales. Este enfoque, esencialmente estático y desvinculado de los procedimientos metodológicos usados en la teoría de los precios relativos, habría permitido sintetizar de un modo simplificado el debate macroeconómico a través del instrumental IS-LM desarrollado por Hicks (1937). Además, los progresos experimentados en el campo de la econometría hicieron posible estimar empíricamente las funciones de comportamiento implícitas en el modelo mencionado, e incluso simular el efecto de cambios en política económica sobre un cierto conjunto de agregados macroeconómicos, haciendo uso de estos modelos.

De acuerdo con lo expuesto por Lucas en la entrevista que aparece en el libro de Arjo Klamer, “Conversations with Economists”, la Teoría general de Keynes sería, a su juicio, un libro impreciso y poco riguroso, del cual se podrían obtener numerosas citas que evidenciarían la ausencia de un marco analítico sólido, y que eventualmente podrían ser utilizadas para defender puntos de vista diferentes. Sin embargo, en la interpretación que se realiza de la teoría keynesiana a partir del planteamiento de la misma a través de un esquema de oferta y demanda agregada, ésta pasa a tomar una forma más precisa,la que puede diferenciarse de la teoría clásica y, por lo tanto, ser sometida a una evaluación empírica.

En su introducción a “Contra Keynes y Cambridge”, Bruce Caldwell ha señalado que una de las razones por la cual Hayek fue perdiendo su fama internacional hacia mediados de la década de 1930, es que los economistas no habían podido desarrollar una síntesis neoclásica de sus ideas. El propio Hicks señala que hubo varios intentos por aquellos años, pero había algunos misterios que no se pudieron develar. Esto llevó a que la teoría austriaca del ciclo económico fuera vista como anticuada.

Podríamos decir que el propio Hayek inició la síntesis neoclásica de la teoría austriaca del ciclo económico con sus triángulos hayekianos, en un intento por simplificar la teoría del capital por medio de gráficos. Pero no logró demasiado.

En los últimos años, y en particular con el libro “Tiempo y Dinero. La Macroeconomía de la Estructura del Capital” de Roger W. Garrison, se ha comenzado a desarrollar una síntesis neoclásica del enfoque austriaco.

Ludwig van der Hauwe ha señalado que este modelo representa “una ruptura radical” en la tradición austriaca, mientras Jörg Guido Hülsmann ha sido más claro señalando a esta contribución como un “modelo esencialmente neoclásico”.

Sin embargo, tal como ocurriera con las ideas de Keynes, a partir de estos desarrollos empezamos a encontrar nuevas aplicaciones de la teoría austriaca del ciclo económico, con lo cual se resuelve una de las críticas más importantes planteadas a esta tradición. Aplicaciones a la crisis de Japón o a la crisis subprime, hoy son fundadas en la macroeconomía del capital.

Pero, ¿qué ha quedado de la teoría austriaca del ciclo económico de Mises? ¿Representa la macroeconomía del capital la esencial del modelo de Mises?  ¿S pierde algún elemento fundamental? ¿Cabe aquí la misma crítica que Leijonhufvud ha hecho a la síntesis neoclásica keynesiana? En definitiva, ¿qué estamos haciendo los modernos con Mises?

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Argentina: a los palos con el mercado.

Por Pablo Guido. Publicado el 14/11/11 en: http://chh.ufm.edu/blogchh/

Desde principios de año que la “fuga” de divisas en Argentina ha acumulado una cifra que ya supera los 22 mil millones de dólares, un 5% del PIB. Es una cifra importante. Pero más importante es que desde hace 8 años a la fecha (a lo largo de todo el gobierno actual) dicha “fuga” haya sido de unos 75.000 millones de dólares, pero el 90% de dicha cifra en los últimos 4 años. Los 75 mil millones de dólares que han salido del sistema productivo argentino, dirigiéndose “debajo del colchón” o a alguna cuenta del exterior, equivalente al 125% de los depósitos totales del sector privado en los bancos argentinos (60.000 millones de dólares).

El 23 de octubre pasado la presidente, candidata a renovar el cargo, ganó con un contundente 54% de los votos. Desde ese momento hasta ahora pasaron dos semanas, en las cuales el gobierno, ante la continuidad masiva de compras de dólares por parte de la gente, ha intentado dos cosas con sus medidas: incrementar la oferta de dólares y reducir la demanda de dólares. La lógica parece obvia ya que si lo lograra el precio del dólar debería ir bajando. El problema es que para aumentar la oferta de dólares ha obligado a las empresas petroleras, mineras y gasíferas a vender todos sus dólares de exportaciones en el mercado local. También obligó en un plazo de 50 días a que las empresas aseguradoras repatríen sus dólares del exterior. Para aplacar la demanda de dólares ha implementado un control de cambios mediante un sistema informático administrado por el organismo recaudador que decide si una persona está habilitada para comprar dólares, además de definir el monto de la operación. ¿Cuál es el resultado de estas medidas? Que son medidas de cortísimo plazo ya que aquellos que estaban pensando ingresar dólares al país (inversiones, etc) no lo hagan y los que estaban decidiendo si compraban o no dólares se vuelquen ahora a hacerlo. La enorme demanda de dólares que en Argentina está ocurriendo parte de un hecho claro: en los últimos años el precio del dólar ha subido un 30% aproximadamente mientras que el resto de los bienes y servicios ha aumentado en promedio un 100% al menos. Es decir, lo más barato que hay en el país es el dólar. Entonces, ante cualquier incremento de incertidumbre, la gente se vuelca a comprar dólares, para cubrirse. ¿Cubrirse de qué? De un nuevo manotazo del Estado a los ingresos o patrimonios de las personas. El gobierno actual no sólo ha incrementado la carga tributaria legal sino también ha sancionado una ley por la cual se apropió de unos 30 mil millones de dólares que estaban ahorrados en cuentas personales del sistema previsional. Además de incrementar las regulaciones que dificultan los negocios en muchos sectores o de establecer controles de precios a ciertos sectores de la economía. Entonces, la gente tiene el temor que ante el faltante de recursos fiscales el gobierno confisque otros ingresos o patrimonios individuales. Si lo piensa así se dirige a comprar lo que estima le podrá reducir la pérdida de la confiscación, en este caso los dólares que están baratos.

Desde que se implementaron estos controles cambiarios comenzaron a aparecer cientos de rumores respecto a nuevos controles: que el gobierno controlaría las ondas telefónicas de las personas que hablen en el centro financiero de la capital del país o que la policía revisaría las mochilas y bolsas que la gente lleve en dicho sector financiero de la ciudad. Seguramente no lo harán, pero lo importante es la percepción que tiene la gente. Estos temores incentivan una demanda aún mayor de dólares. Pero el último rumor es uno que ya ha ocurrido en Argentina hace 10 años. La pesificación de los depósitos en dólares. Esta noticia apareció el domingo 13 de noviembre y de ser percibido por la gente como probable incrementará aún más la “fuga” de dólares del país. Es el problema que muchos gobiernos enfrentan, de no querer solucionar la causa del problema y sí sus efectos. En este caso, el control de precios sobre el dólar, no hará otra cosa que ampliar la brecha entre el precio del dólar “oficial” y el “informal”. Además de complicar las operaciones cambiarias habituales y necesarias para el funcionamiento del proceso productivo.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina).

LOS FUNDAMENTOS DEL ESTADO LIBERAL DE DERECHO SEGÚN BENEDICTO XVI

Por Gabriel J. Zanotti: Publicado el 30 de Octubre de 2011 en http://www.institutoacton.com.ar/articulos/gzanotti/artzanotti90.pdf

Benedicto XVI sigue enseñando el liberalismo político de más alta calidad; ese liberalismo por el cual muchos católicos nos han querido condenar absolutamente, ese liberalismo que según muchos católicos es pecado y ese liberalismo del cual habla ahora Benedicto XVI, en esos términos (“estado liberal de derecho”, y no sólo “estado de derecho”), novedad terminológica inédita en el Magisterio Pontificio y ante la cual muchos se hacen los distraídos.

Pero no es cuestión de insistir sólo con ese tema. La cuestión es reflexionar sobre los contenidos del liberalismo de Benedicto XVI, cuya calidad y profundidad son sólo comparables a los discursos de Pío XII cuando también hablaba del derecho natural (1) .
Nos referimos esta vez a su discurso en Bundesrat alemán del 22 de Septiembre de este año (2)

Benedicto XVI comienza recordando una célebre frase de San Agustín que para la conciencia histórica alemana tiene especial significación: “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”, dijo en cierta ocasión San Agustín (“De civitate Dei, IV, 4, 1)”. Esto es, el gobierno, sin el límite del derecho, donde se encuentran los derechos fundamentales del hombre, ¿qué legitimidad tiene? Ninguna, y por ende, al usar la coerción, su diferencia con una banda de bandidos es sencillamente nula. Lamentablemente Benedicto tiene que recordar cómo afecta especialmente a los alemanes esa tragedia: “…Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra el derecho; cómo se ha pisoteado el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y empujarlo hasta el borde del abismo”. Pero salvando las distancias, no hay que colocar a la historia alemana como el único ejemplo. Un pontífice latinoamericano también podría haber dicho que nosotros, los latinoamericanos, estamos lamentablemente acostumbrados a los bandidos en el poder como situación habitual, a su descaro e hipocresía, ocupando puestos en la OEA como si fueran verdaderos estadistas, con toda la complicidad y banalidad del mal de dichos organismos internacionales, que los admiten y los aplauden, con todo su estatismo y su autoritarismo desenfrenado que frena el desarrollo de los pueblos produciendo la pobreza, el hacinamiento, el hambre y la desnutrición de millones de personas, verdaderos pecados sociales que claman al cielo que para colmo son luego interpretados como “capitalismo”.

Pero entonces, continúa Benedicto XVI, ¿cómo reconocer lo que es justo? De vuelta, en la espantosa experiencia de la resistencia al nazismo se ve que hubo personas que reconocieron en el criterio de mayoría una total insuficiencia para contestar a esa pregunta. La resistencia a la barbarie nazi se basó intuitivamente en un derecho natural más allá de la elección democrática de Hitler y de la sola legalidad positiva de sus “leyes”. Vuelve entonces a hacer la misma pregunta, sobre cómo reconocer lo que es justo. Y allí el Papa sorprende con una tesis histórica que unifica gran parte de la historia del derecho occidental: “…los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado en el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano (Cf. W. Waldstein, “Ins Herz geschrieben. Das Naturrecht als Fundament einer menschlichen Gesellschaft” (Augsburg 2010, 11ss; 31-61).. De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de este vínculo precristiano entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico del Iluminismo, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo”. Obsérvese algo fundamental: para el Papa no hay contradicción, sino evolución, entre el derecho romano, la Edad Media y el desarrollo jurídico de la Ilustración. Algo casi idéntico a la tesis de Hayek en el cap. 11 de “Los fundamentos de la Libertad” (3)-

Pero sorprenderá a muchos, también, la sana secularización que Benedicto XVI supone en ese proceso. Muchos filósofos actuales contraponen a un derecho natural religioso, solamente proveniente de una arbitraria voluntad de Dios, con el ordenamiento jurídico secular de la sociedad. Contrariamente, Benedicto XVI sostiene que “…Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la razón creadora de Dios”. Este párrafo es ininteligible para gran parte de la cultura neokantiana y neopositivista actual. Los pensadores cristiano-católicos nunca han pensado que lo bueno es tal porque Dios lo ordena de modo arbitrario, sino que lo bueno se basa en la naturaleza de las cosas creada por Dios, siendo el modelo de este pensamiento, por supuesto, Santo Tomás de Aquino. Esto es, podemos encontrar en los fundamentos del derecho una naturaleza humana que puede ser reconocida por todos los seres humanos –como en los terribles momentos del nazismo- y al mismo tiempo ello presupone una armonía razón-fe, porque esa naturaleza humana está creada por Dios y, por ende, se inscribe en la tradición judeo-cristiana. A esto volverá Benedicto al final de su discurso.

Pero, ¿por qué esta dificultad de reconocer a la naturaleza humana? Benedicto diagnostica dos cuestiones: una, la escisión ser/deber ser y dos, y de modo coherente, la razón instrumental positivista, que impide reconocer algo fuera de los cánones del método científico. Benedicto XVI se opone de manera frontal al paradigma dominante de la época, el neopositivismo, (al cual los post-modernismos, agregamos nosotros, no hace más que retroalimentarlo). “…La razón positivista –dice el Papa- que se presenta de modo exclusivista y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, y sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los “recursos” de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo”. Obsérvese la referencia a un mundo “auto-construido”: por similar vía van las crítica de Hayek al constructivismo, aunque el liberalismo de Benedicto XVI agrega a Hayek lo que le faltaba: la base de la crítica al constructivismo en el derecho natural cristiano.

Pero si es “cristiano”, ¿cómo puede ser “sanamente secular”, cómo puede darse en una sana laicidad abierta a todos los pueblos? Benedicto XVI ya había explicado este tema cuando habló de la razón pública cristiana (4) , una razón que tomando sus temas del Cristianismo, es razón humana y, por ende, capaz de comunicarse con todos sin cortar con su propia identidad. Por eso la cultura Europea es una cultura cristiana y a la vez secular, que abre a la sana laicidad pero no al laicismo, al reconocimiento de los derechos del hombre fundados en Dios –como en la declaración de la independencia norteamericana- y por ello mismo abiertos a todos en un ámbito de libertad. Por ello así termina este, nunca mejor dicho, magistral discurso del magisterio de Benedicto XVI: “…A este punto, debería venir en nuestra ayuda el patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción sobre la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la consciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma – del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”.

Gracias, Benedicto, por este discurso histórico.

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(1) Ver Zanotti, G.: “La importancia del Magisterio Social de Pío XII”, en http://gzanotti.blogspot.com/2008/12/la-importancia-del-magisterio-social-de.html

(2) L´Osservatore Romano, ed. en lengua española, (2011), 39, 25-9-2011.

 (3) Unión Editorial, Madrid, 1975.

(4) Sobre este tema ver Zanotti, G.: El discurso que Benedicto XVI no pronunció, en http://www.institutoacton.com.ar/articulos/gzanotti/artzanotti34.doc

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Homenaje a Juan Bautista Alberdi:

Por Alberto Benegas Lynch (h.): Publicado el 7/11/11 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3298

En estas palabras conmemorativas para honrar a Juan Bautista Alberdi, me limitaré a formular ante los Académicos de esta corporación algunas consideraciones telegráficas en torno a cuatro citas del célebre tucumano, para luego responder a lo que se estime pertinente e intercambiar opiniones con los presentes. Acaba de publicarse en Chile mi último libro por la Universidad del Desarrollo que se refiere a sistemas bancarios y estructuras arancelarias que fueron los dos temas que principalmente ocuparon la atención de Jean Gustave Courcelle-Seneuil, el primer profesor de economía contratado en ese país a instancias de Félix Frías, entonces corresponsal de “El Mercurio” en París, a su vez aconsejado por Alberdi a la sazón en Valparaíso, con lo que influyó decisivamente a introducir el liberalismo en la nación trasandina.

La primera cita alberdiana es como sigue: “La aduana proteccionista es opuesta al progreso de la población, porque hace vivir mal, comer mal pan, beber mal vino, vestir ropa mal hecha, usar muebles grotescos, todo en obsequio de la industria local que permanece siempre atrasada por lo mismo que cuenta con el apoyo de un empleo que dispensa de modificarse en mejorar sus productos” (Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853, Buenos Aires, Editorial Raigal, 1854/1954, p. 279).

Desafortunadamente, a pesar de haber transcurrido más de trecientos años desde que se inició el debate librecambio-restriccionismo, todavía no se han comprendido en la medida suficiente las ventajas de comprar barato y de mejor calidad frente a la imposición de productos más caros y de peor factura. La fronteras abiertas al comercio de bienes y servicios permiten una menor erogación por unidad de producto con lo que se liberan recursos humanos y materiales para fabricar otros bienes, con lo que aumenta el nivel de vida de la población.

Resulta tragicómico el rol de los llamados “vistas de aduana” cuyo mensaje es bloquear la posibilidad de ingresar productos de mejor calidad de los que se encuentra disponibles en el interior del país o, de lo contrario, se pretende cohecho para ingresar lo propio. Todos los aranceles y tarifas aduaneras disminuyen el nivel de vida de la población receptora de los bienes que se deseaba ingresar puesto que, como queda dicho, la prohibición provoca un uso mayor de los siempre escasos recursos disponibles.

Debemos tener en cuenta que dentro de esos escasos factores productivos, el más importante es el trabajo puesto que no se concibe la producción de ningún bien ni la prestación de ningún servicio sin el concurso del trabajo manual e intelectual. El desempleo significa sobrante de trabajo lo cual solo ocurre cuando los aparatos estatales imponen ingresos superiores a los permitidos por el mercado a través de las mal llamadas “conquistas sociales”. Si imaginamos que en la actualidad el presente gobierno, en un rapto de intensa “sensibilidad social”, estableciera salarios de cincuenta mil dólares mensuales para todos, a poco andar comprobaríamos que la medida condenó a todos al desempleo y a la inanición. Esto es lo que generan las interferencias coactivas en el mercado: barren con los puestos de trabajo de quienes más necesitan trabajar.

Los salarios e ingresos en términos reales son consecuencia de las tasas de capitalización, es decir, equipos, maquinarias, instalaciones y conocimientos que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar la productividad y, a su vez, esas inversiones se logran en la media en que se cuenten con marcos institucionales que aseguren los derechos de todos. Entonces, la abrogación de aranceles permite que los recursos humanos se empleen en otros campos que no era posible considerar mientras los aranceles congelaban la productividad.

La contrapartida de las exportaciones es el ingreso de divisas lo que tiende a hacer que baje su valor que, a su vez, incentiva las importaciones que, a su turno, aprecia la divisa que estimula las exportaciones y así sucesivamente. Son dos brazos de un mismo proceso. Las manipulaciones en el tipo de cambio y las estructuras arancelarias distorsionan el referido proceso con lo que se consume capital y, por ende, se reducen los salarios. El aludido restriccionismo se ha denominado “proteccionismo” pero en verdad, por las razones apuntadas, se desproteje a los consumidores y, en todo caso, se beneficia a pseudoempresarios que obtienen mercados cautivos, privilegios y prebendas a costa de sus congéneres.

El contrabando, en última instancia, subroga el librecambio. Sin aranceles no tendría lugar ni sentido alguno este comercio clandestino y no se trata de suscribir la peregrina idea de gradualmente liberar aranceles al efecto de “proteger la industria incipiente” que en las primeras etapas “puede no ser rentable”. El empresario debe evaluar los proyectos correspondientes y absorber los eventuales quebrantos iniciales para después resarcirse con creces pero no trasladarlos sobre las espaldas de los consumidores puesto que, de lo contrario, en lugar de que el empresario asuma la responsabilidad se incentiva el establecimiento de políticas que dan lugar a que se subsidien proyectos fantasiosos que nunca maduran porque están mal evaluados y solo se presentan para sacar partida del apoyo arancelario.

En realidad, las fronteras solo tienen sentido para evitar los enormes riesgos de la concentración de poder en un gobierno universal, pero en una sociedad abierta no deben convertirse en culturas y regiones alambradas que impiden la libre circulación de personas y bienes. Los nacionalismos xenófobos estiman equivocadamente que lo local es siempre un valor y lo foráneo un desvalor con lo que se da por tierra con la cooperación social y los principios de la civilización del necesario respeto recíproco.

Las integraciones regionales constituyen burdos pretextos para no abrirse al mundo y se sostiene livianamente que son “los primeros pasos” en dirección al librecambio cuando, como queda consignado, han transcurrido más de tres siglos desde que comenzó el debate sobre la materia. Kenneth E. Boulding en su texto clásico sugiere que “para estudiar adecuadamente los aranceles debemos considerarlos como aumentos artificiales en el coste de transporte […] Lo mismo que los ferrocarriles son un dispositivo para disminuir el coste de transporte entre dos lugares, los aranceles son un dispositivo para aumentarlo. Así pues, un defensor razonable de los aranceles debe demostrar su lógica estando también dispuesto a defender el retorno a los tiempos del caballo y la diligencia” ( Análisis económico, Madrid, Revista de Occidente, 1941/1947, p.157).

En la segunda cita el autor se pregunta y responde del siguiente modo: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes le exigía a Alejandro, que no le haga sombra” (Opus cit., p. 8) y en la tercera se lee que “Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por si mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida, persona, propiedad, libre acción, el gobierno del Estado sería inútil, su institución no tendría razón de existir” (“El proyecto de Código Civil para la República Argentina” en Obras Completas, Buenos Aires, Imprenta de la Tribuna Nacional, 1868/1887, tomo VII, p. 90).

Estas dos referencias apuntan a las funciones del gobierno en una sociedad abierta. En nuestro caso tomamos dos aspectos, uno referido a la cara medular de los mercados y otro al contexto institucional. En el primer caso, me ha parecido pertinente aludir a la trascendencia de los precios como trasmisor de conocimiento disperso y fraccionado. John Stossel en una documental televisiva propone centrar la atención en un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola del supermercado y a partir de allí imaginar los múltiples procesos productivos en regresión desde el momento inicial. Los agrimensores que miden terrenos, los alambradores con todo el significado de empresas en sentido horizontal y vertical tanto de transferencias bancarias, transportes, materias primas, contratación de personal etc etc como los postes con sus décadas de forestación y reforestación. Los equipos para desmalezar, los plaguicidas, los fertilizantes, las máquinas sembradoras, las cosechadoras, la construcción de tanques de agua y bebederos, el ganado vacuno, los recorridos del campo con los caballos, las monturas y riendas con sus respectivas empresas comerciales e industriales. Cada uno está concentrado en sus tareas específicas y, salvo la última etapa, nadie está pensando en el trozo de carne envuelto en celofán en la góndola del supermercado y, sin embargo, se encuentra disponible para el consumo de la misma manera que ocurre con millones de productos que cotidianamente se ofrecen. Es que los precios recogen los requerimientos de los diferentes bienes, los cuales dejan de cumplir esta función vital cuando son interferidos por planificadores que necesariamente concentran ignorancia en lugar de permitir aquella información relevante, por eso es que en sistemas estatistas hay faltantes y desajustes de diversa naturaleza. Y no se trata de contar con equipos capaces de almacenar muchos datos, es que sencillamente la información no está disponible con anterioridad a las respectivas decisiones que ponen de relieve las estructuras valorativas. Dejando de lado las tragedias morales y físicas de tantos seres humanos, el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín se debe a las mencionadas razones técnicas, del mismo modo que ocurren los estrepitosos y reiterados fracasos en Cuba, Corea del Norte, Irán y demás países totalitarios.

Los precios de mercado hacen posible la evaluación de proyectos, la contabilidad y el cálculo económico en general. Si esas señales cruciales son distorsionadas por los aparatos estatales, se convierten en números carentes de significado. A su vez, los precios de mercado implican la propiedad privada (el uso y disposición de lo propio). En la medida en que se afecta la propiedad privada, los precios dejan de tener vigencia. Dado que los recursos son escasos, la propiedad privada sirve para administrarlos del modo más eficiente posible: los que aciertan en las demandas del prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos. Sin duda que para que esto ocurra los empresarios deben mantenerse alejados del poder de turno, de lo contrario se convierten en barones feudales o cazadores de privilegios que afectan gravemente a los demás puesto que sus operaciones nada tienen que ver con la competencia abierta en el mercado sino que se hacen negocios en los despachos oficiales.

El haz de contratos que se llevan a cabo diariamente supone en primer término a la propiedad privada y los precios. Como ha ilustrado Bernardo Krause, nos levantamos a la mañana y tomamos el desayuno (estamos en contacto con transferencias de derechos de propiedad a través de la compra-venta, sea del refrigerador, el microondas, el pan, la leche, la mermelada, los cereales, el jugo de naranja o lo que fuere). Tomamos un taxi, un tren, un bus y llevamos los hijos al colegio (contratos de adquisición, de enseñanza, de transporte). Estamos en el trabajo (contrato laboral), encargamos a nuestra secretaria ciertas tareas (mandatos) y a un empleado un trámite bancario (contrato de depósito), para solicitar un crédito (contrato de mutuo) o para operar ante cierta repartición (gestión de negocios). Alquilamos un inmueble para las vacaciones (contrato de locación), ofrecemos garantías (contrato de fianza). Nos embarcamos en una obra filantrópica (contrato de donación). Resolvemos los modos de financiar las expensas de nuestra oficina o domicilio (contrato societario), etc. Este haz de contratos solo tiene sentido si hay la posibilidad de usar y disponer de lo propio, de lo contrario no hay posibilidad de transferir esos derechos.

El segundo tema que surge de las dos últimas citas de Alberdi nos conduce a la situación institucional en cuanto a las funciones limitadas de los gobiernos a la protección de derechos y no a la demolición de estos tal como ocurre cuando se conciben como la facultad de echar mano al fruto del trabajo ajeno con lo que se quiebra la noción jurídica del respeto recíproco para convertir a la sociedad en una serie de desmanes reiterados como si se tratara de un enorme círculo en el que todos tienen metidas las manos en los bolsillos ajenos, con lo que naturalmente se estimula el saqueo y se destrozan los incentivos a la producción y al ahorro.

Actualmente se ha desvirtuado completamente la noción de la democracia soñada por autores como Giovanni Sartori en cuanto al respeto a los derechos de las minorías, para convertirse en cleptocracia, es decir, gobiernos de ladrones de libertades, propiedades y la liquidación de proyectos legítimos de vida. Estimo que ha llegado el momento de pensar en nuevas defensas si se desea conservar la sociedad abierta puesto que como decía Einstein es imposible lograr resultados distintos insistiendo con las mismas recetas. Es necesario despejar telarañas mentales y considerar y debatir variantes que permitan encauzar al Leviatán.

Como una posibilidad pueden tomarse en cuenta dos variantes para el Poder Ejecutivo, una para el Legislativo y una para el Judicial. En el primer caso es de interés recordar la reflexión de Montesquieu en el segundo capítulo de la Segunda Parte de El espíritu de las leyes donde escribe que “El sufragio por sorteo está en la índole de la democracia”. En esta situación, dado que cualquiera pude ser candidato, la propuesta cambiaría drásticamente el eje del debate desde las bostezantes anécdotas personales de candidatos y de relatos sobre nimiedades de partidos políticos para concentrar esfuerzos en la limitación al poder. En segundo lugar, siempre en el Ejecutivo, resultaría de interés retomar los medulosos debates en el Congreso Constituyente estadounidense respecto a la conveniencia de establecer un Triunvirato al efecto de evitar los caudillos o “líderes iluminados” y tamizar las decisiones. Respecto al Legislativo recomiendo la lectura del tercer tomo de Derecho, legislación y libertad del premio Nobel F. A. Hayek en cuanto a sus propuestas respecto del funcionamiento de la Cámara de Senadores y, por último, en cuanto al Judicial, podría debatirse la conveniencia de que en los casos de arreglos contractuales las partes establezcan quienes han de participar en la resolución de eventuales conflictos y las instancias que las partes estipulen, sin regulación de ninguna naturaleza (incluso sin que se requiera la necesidad de ser abogado, lo cual facilitaría el arbitraje en casos que requieran conocimientos muy específicos), todo lo cual nos acercaría a las etapas iniciales del common law como un proceso de descubrimiento del derecho y no de diseño o ingeniería social.

Desde la Carta Magna de 1215 en adelante las constituciones han sido establecidas para limitar el poder y reconocer derechos anteriores y superiores a los gobiernos, sin embargo, de un tiempo a esta parte, dichos documentos se han convertido en una lista de aspiración de deseos contrarios al estado de derecho y a las normas más elementales de convivencia civilizada compatibles con la visión orwelliana. Si se me permite un ejemplo actual -digno de Woody Allen- señalo el de los partidarios de Rafael Correa, en Ecuador, que en la reciente Asamblea Constituyente propusieron seriamente (afortunadamente la moción no prosperó) incluir en la nueva Constitución “el derecho al orgasmo de la mujer”.

Las antedichas propuestas institucionales que mencionamos muy brevemente darían tiempo a que se estudien y discutan las áreas vinculadas a las externalidades, los bienes públicos y el dilema del prisionero según las nuevas y sustanciosas contribuciones en la materia, junto con la selección adversa y el riesgo moral en el contexto de la asimetría de la información.

Finalmente, la cuarta cita se refiere a temas monetarios en la que Juan Bautista Alberdi escribe que “El gobierno que puede forzar al país a su mando a que le preste todo el producto anual de sus sueldo y de su trabajo, es decir, todo el valor de su riqueza por la emisión de ese empréstito forzoso que se llama papel-moneda inconvertible, es el de un país perdido para la riqueza y la libertad […] La libertad es el contraveneno del papel-moneda por la simple razón que él es el veneno de la libertad. El papel-moneda de Estado es el despotismo del país por el país, al revés del papel moneda individual y libre; es decir, del crédito libre, del empréstito facultativo que es la libertad o dominio de lo suyo y, en último análisis, del gobierno del país por el país” (Estudios económicos, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1870/1916, p.262-63).

Aquí el padre de nuestra Constitución fundadora distingue el papel-moneda inconvertible de curso forzoso como un fraude o dinero fiat, del papel-moneda como recibo por mercancía-dinero depositada. Dada la larga experiencia acumulada en materia de manipulaciones estatales de la moneda, el corazón del problema debe verse en la constitución misma de la banca central, institución que por otra parte no existía en la época de Alberdi. En este sentido, el premio Nobel en economía Milton Friedman ha escrito en  Moneda y desarrollo económico (Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1972/1979, p.55):“Llego a la conclusión de que la única manera de abstenerse de emplear la inflación como método impositivo es no tener banco central. Una vez que se crea un banco central, está lista la máquina para que empiece la inflación” o como enfatizó en Monetary Mischief. Episodes in Monetary History (New York, Harcourt Brace Jovanovich Publishers, 1992, p.261), parafaseando a Clemanceau, que “la moneda es una materia demasiado seria como para dejarla en manos de banqueros centrales”.

Las autoridades de la banca central solo pueden operar en una de tres direcciones: expandir la base monetaria, contraerla o dejarla inalterada. Cualquiera de los tres caminos necesariamente altera los precios relativos, es decir, distorsiona las antes comentadas señales vitales en el mercado con lo que se malguía a los operadores económicos, lo cual significa desperdicio de recursos que se traduce en bajas de salarios e ingresos en términos reales. A estos efectos es del todo irrelevante si la banca central es independiente del ministro del ramo: de todos modos estará confrontada entre las tres vías aludidas y, consecuentemente, conducirán a la desfiguración de los precios de mercado con los efectos negativos apuntados. Si se sostuviera que las autoridades de la banca central pueden colocar la base monetaria en el mismo nivel que la gente la hubiera deseado, no tendría razón de ser la intervención monetaria con el agregado que el único modo de saber la preferencia de la gente es dejarla que exprese sus valorizaciones.

El mencionado Hayek, en su Denationalization of Money (Londres, Institute for Economic Affairs, 1976)  ha demostrado la imperiosa necesidad de que los gobiernos se abstengan de entrometerse en el negocio monetario y crediticio. Es que preguntarse cual es el bien que debe utilizarse como dinero y que cantidad debe haber es equivalente a cuestionarse que cantidad de zanahorias debe ofrecerse en el mercado. La gente debiera ser libre de elegir los activos monetarios con que prefiere llevar a cabo sus transacciones con lo que se repetirá parte de la historia monetaria en la que se elegían ciertos bienes como dinero, competencia en la que predominó el oro y la plata. Fue la indisciplina monetaria la que dio lugar a las severas crisis mundiales acentuadas y prolongadas con regulaciones que trabaron los arreglos voluntarios.

Desde hace varias décadas asistimos a nuevas manifestaciones de desorden monetario y fiscal en el contexto de un Leviatán desbocado en base a promesas demagógicas de imposible cumplimiento. Esto ocurre tanto en Europa como en Estados Unidos que parecen haber engrosado la lista de países llamados del Tercer Mundo que son de ese modo no por razones étnicas, ni por climas diversos, ni por la dotación de recursos naturales, sino por medidas estatistas y empobrecedoras que destrozan el ahorro interno y ahuyentan el externo.

Hoy en Estados Unidos -el país que admiraba Alberdi y que era ponderado por todos los espíritus libres del orbe- de cada dólar gastado por el gobierno central, cuarenta y dos centavos son deuda, con un déficit fiscal del 13% del PBI y un gasto público que se ha duplicado en la última década en el contexto de inauditos “salvatajes” a empresas irresponsables, ineptas o ambas cosas a la vez, siempre con los recursos detraídos coactivamente del patrimonio de terceros. La escisión de los valiosos postulados de los Padres Fundadores surgió con fuerza durante las administraciones de W. Wilson y F. D. Roosevelt pero se acentuó grandemente a partir de las gestiones de G. W. Bush y ahora en la presidencia de Obama donde solamente las regulaciones contraproducentes del gobierno federal alcanzan a setenta mil páginas, mientras no se protegen derechos de propiedad, por ejemplo, a través del sistema bancario de reserva fraccional manipulado por la banca central que, frente a cambios en la demanda de dinero, provoca crisis superlativas.

Por otra parte, en nuestro país, la creciente inflación del 30% anual se intenta disimular con multas y castigos a consultoras privadas que revelan esos guarismos que, por ende, se apartan de las cifras oficiales. En la tierra de Alberdi se están destruyendo las bases de la República…se ha cruzado el Rubicón y, a menos que se reaccione a tiempo con las ideas, valores y principios liberales sustentados por el ilustre pensador al que nos venimos refiriendo, tendremos que proclamar alea iacta est. Muchas gracias.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.

En defensa del voto en blanco.

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 3/11/11 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7001

En política no puede pretenderse nunca lo óptimo puesto que necesariamente en campaña significa un discurso compatible con la comprensión de las mayorías lo cual requiere vérselas con el común denominador y en funciones demanda las conciliaciones y consensos para operar. Muy distinto es el cuadro de situación en el plano académico que se traduce en ideas que apuntan a lo que al momento se considera lo mejor sin componendas de ninguna naturaleza que desvirtuarían y pervertirían por completo la misión de un académico que se precie de tal ya que implica antes que nada honestidad intelectual. 

Como he escrito antes, en esta instancia del proceso de evolución cultural el político está embretado en un plafón que le marca las posibilidades de un discurso de máxima y uno de mínima según sea capaz la opinión pública de digerir propuestas de diversa índole. El político no puede sugerir medidas que la opinión pública no entiende o no comparte. La función del intelectual es distinta: si ajusta su discurso a lo que estima requieren sus audiencias, con toda razón será considerado un impostor. 

Ahora bien, en este contexto cuando un votante se encuentra frente a ofertas políticas que considera están fuera de mínimas condiciones morales debe ejercer su derecho a no votar o, si se encuentra en un país en el que no se reconoce ese derecho, debe votar en blanco, lo cual siempre significa que se rechazan todas las ofertas existentes al momento. Incluso, a veces el voto en blanco envía una señal más clara al rechazo que la abstención puesto que implica tomarse el trabajo de trasladarse al lugar de votación para dejar constancia del disgusto. En esta línea argumental, es como señala el título de la obra en colaboración de Leon y Hunter: None of the Above. The Lesser of Two Evils…is Evil en la que se lee que “No importa la elección que haga, usted pierde […] Votar en un sistema de no-representación hace más daño que bien […] La consecuencia de votar al menos malo termina haciendo mal […] Si un votante apoya a un mal candidato, es responsable de darle sustento y estimula al político y sus representantes a promover el mal en su nombre”. No cabe mirar para otro lado y eludir las responsabilidades por lo que se votó. Tal vez, en alguna oportunidad, puede pensarse en un sistema en el que cada uno sea patrimonialmente responsable por las políticas que adopta el candidato al que suscribió en las urnas, de ese modo se utilizará una porción mayor de neuronas para evaluar la decisión electoral. 

En el caso del voto en blanco, no debe caerse en el temor de ser arrastrado por la trampa estadística allí donde se descuentan esos votos del universo y, por ende, se inflan las posiciones de los candidatos votados (lo cual, en la situación planteada, no hace diferencia) puesto que lo relevante es la conciencia y votar como a uno le gustaría que votaran los demás, la suba en las posiciones relativas de todos los otros candidatos no modifica el hecho de rechazar las propuestos que se someten a sufragio en una situación límite de inmoralidad en la que todos los postulantes se asemejan en las políticas de fondo y solo los diferencian matices y nimiedades que son en última instancia puramente formales. 

Además, en esas circunstancias, el voto en blanco es un llamado de atención para los distraídos que hacen del proceso electoral el summum de sus afanes vitales cuando el resto del año duermen la siesta de la vida y no hacen nada por modificar el cuadro educativo que precisamente constituye la raíz del problema y que, a su vez, contribuirá a modificar el clima de la opinión pública al efecto de permitir discursos políticos de otra envergadura. 

Salvador de Madariaga elabora en torno al tema de la responsabilidad individual al apunar que “Es libre aquel que sabe mantener en sus propias manos el poder de decidir en cada etapa de su vida y aquel que vive en una sociedad que no obstaculiza el ejercicio de ese poder” y Ortega subraya que “en la medida que yo pienso y hablo, no por propia e individual evidencia, sino repitiendo esto que se dice y se opina, mi vida deja de ser mía, dejo de ser el personaje individualísimo que soy”. Por otra parte, también hay que sopesar lo escrito por Hannah Arendt en cuanto a que hoy se “enseña que la mitad de la política es construcción de imagen y, la otra mitad el arte de hacer que la gente crea en lo imaginado”, siempre teniendo en cuenta que “nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las virtudes políticas”. 

El título de esta columna periodística alarmará en grado sumo a quienes se han dejado penetrar con machaconas ideologías siempre de lavaje (o más bien infección) mental, por las que se les ha inculcado que hay que avalar el sistema a cualquier costo (aunque sea al precio de liquidar el sistema mismo). Toman la necesidad de votar por algún postulante por más detestable que sea como un ritual propio del fanatismo de una secta religiosa llena de misticismos y falacias groseras. De este modo, los políticos en cuestión se sienten avalados y convalidados y evitan la vergüenza de verse rechazados e ignorados por el voto en blanco. Nada altera más a un pliticastro que el voto en blanco. 

En la situación indicada, el voto en blanco o “voto protesta” como se lo ha denominado, es fruto del hastío y hartazgo moral del ciudadano pero es un voto de confianza y esperanza en un futuro que se considera es posible cambiar, frente a los apáticos e indiferentes que votan a sabiendas a candidatos con propuestas malsanas. En este sentido, el voto en blanco es un voto optimista que contrasta con la desidia de quienes ejercen su derecho por candidatos que saben son perjudiciales. 

Solo cabe reconsiderar el voto el blanco cuando coincidiera con la expresa instrucción de alguna línea política de proceder de esa manera (lo cual es infrecuente), en cuyo caso el resultado será confundido con el antedicho objetivo de rechazar todo lo que al momento se ofrece. 

Tal como ha expresado el premio Nobel en Economía James M. Buchanan “Bajo el supuesto convencional que dominó el análisis antes de la irrupción de la revolución del public choice, la política estaba moldeada como una actividad de despotismo benevolente para promover el `interés público`, lo cual se presumía que tenía lugar independientemente de las preferencias reveladas que no estaban sujetas a ser descubiertas. Si esta imagen romántica de la política se descarta y es reemplazada por la realidad empírica de la política, todo incremento politizado en el tamaño relativo de un sector de la economía necesariamente conlleva un incremento en el potencial de explotación”. Al fin y al cabo de lo que se trata es de controlar al Leviatán y mantenerlo en brete porque como ha cantado George Harrison de los Beatles en “Taxman”, el agente impositivo siempre está al acecho para un manotazo a una porción mayor del ingreso de la gente:

            If you drive a car I’ll tax the street

           If you try to sit I’ll tax the seat

          If you get too cold I’ll tax the heat

         If you take a walk I’ll tax your feet.  

Es indispensable que cada uno asuma su deber de contribuir a engrosar espacios de libertad naturalmente sustentados en las ideas que le son afines puesto que se trata -nada más y nada menos- de la condición humana. El descuido de esa obligación moral personalísima nos recuerda (y alerta mientras estemos a tiempo) que Arnold Toynbee sostuvo que el epitafio del Imperio Romano diría “demasiado tarde”. Es de gran trascendencia conocer el pasado de las diversas naciones sin las adulteraciones que suelen pretender los oficialismos al efecto de no repetir errores según el conocido pero poco comprendido consejo ciceroniano; en el libro que acaba de publicarse de Niall Ferguson -titulado Civilization– el autor subraya la importancia de estudiar historia para interpretar adecuadamente el presente y poder enfrentar el futuro, en cuyo contexto lo cita a Colligwood quien insistía en que “la historia hace referencia a las ideas” puesto que, en ciencias sociales, los hechos sin hermenéutica carecen de significación. 

En resumen, para preservar el respeto recíproco tan caro a la sociedad abierta, es menester que cada uno asuma la responsabilidad por lo que hace todos los días, lo cual incluye el día de las elecciones. En el extremo señalado, el rechazar las ofertas políticas constituye un paso saludable al efecto de trasmitir el mensaje contundente que lo que está sobre el tapete no satisface con un mínimo de decencia.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.

Liberales de Domingo:

Por Jorge Solari: Publicado el 8/11/11.

Creo que fue Gabriel García Marquez en “Cien años de soledad” que decía que en Macondo la diferencia entre liberales y conservadores era que unos iban a misa de las 6 de la tarde y los otros a la de 7.

 Muchos argentinos son los que yo llamo liberales de domingo y conservadores de lunes a viernes.

La profesión de futbolista me apasiona desde ciertos puntos de vista.

Es una de las profesiones más liberales y competitivas que hay en nuestro país. Para llegar a jugar en 1ª división son muchos años de sacrificio, de cuidado físico, de competencia (no todos llegan).

Esta profesión tiene una particularidad que me animaría a decir única: el banco de suplentes.

¿Por qué única? En cualquier otro tipo de actividad no existe alguien sentado en el banco a la espera de que si mi performance no es buena, pueda suplantarme por decisión de mi Jefe (el DT sería la figura futbolística).

Gracias a la competitividad, el fútbol argentino es uno de los mejores del mundo: dos campeonatos mundiales, un subcampeonato, quinto en el 2.006, futbolistas argentinos en los mejores equipos del mundo, y muchos etcéteras.

¿Se imaginan una propuesta “progre” denostando esta “despiadada” competencia y proponiendo un ÚNICO Club Nacional Argentino de Fútbol al estilo de la ex ENTel Monopólica, Estatal y Eficiente?

Este equipo estaría integrado por hermanos, sobrinos y amantes de los políticos y sindicalistas de turno y a fin de año se consagraría automáticamente campeón ya que no tendría con quién competir.

Y aquí voy a ir cerrando.

Los llamados “liberales de domingo” son esos hinchas y fanáticos de fútbol que comprenden PERFECTAMENTE que la manera que tiene su equipo de llegar a triunfar es que sus jugadores sean los mejores, que no tengan ningún prurito de hacer perder (deportivamente) al otro.

Son los que exigen a sus jugadores que transpiren la camiseta, que le gritan al DT (el Jefe) “cambialo a ese burro” cuando alguno está jugando mal, que equivale a “movelo de puesto” en la jerga laboral, y quizás ese burro el siguiente domingo no integre siquiera el banco de suplentes con lo que dejará de cobrar el premio.

Son los que gritan a los jugadores “mandate a mudar, patadura. No servís ni para meterla en el arco iris” que equivale a decirle, en la jerga laboral, “renunciá porque no servís ni para llamar el ascensor”.

Son los que gritan “andá a jugar la B”, lo que equivale a decir “deberías trabajar por un sueldo menor porque no estás al nivel de una empresa de 1ª”.

Son los que al finalizar el partido, si el equipo perdió, esperan a los jugadores para recordarles su árbol genealógico, que equivale a tener que recibir del Jefe o de un cliente externo o interno “no me gusta el servicio que me estás dando y posiblemente sea la última vez que te reclame”.

Esos mismos liberales de domingo se transforman cuando amanece el lunes y se convierten.

Pretenden lograr un trabajo sin sacrificios, pretenden que nadie tiene derecho a cambiarlos de puesto porque están haciendo mal su trabajo.

Pretenden que se les asegure “un puesto de trabajo” (si es de por vida mejor) cuando ese no derecho no existe (en todo caso no debería).

Pretenden cobrar lo mismo que cobraba Batistuta aunque ellos sean como “ponga aquí su patadura preferido” en su trabajo.

Pretenden no saber que el que manda es el Jefe (DT) o el Cliente (la Hinchada).

Creen entender que cuando alguien accedió a un sueldo, este no puede ser variado NUNCA hacia abajo, etc.

 Para terminar, recordemos que la profesión de jugador de fútbol no está regida por ningún Convenio Colectivo de Trabajo. ¡Gracias a Dios!

Jorge Solari es egresado de ESEADE.

Crisis financiera o bancaria, o crisis del capitalismo?

Por Guillermo Luis Covernton. Publicado el  7/11/11.

Me ha resultado muy interesante seguir el debate que están llevando adelante el Dr. Adrián Ravier y el Mg. Nicolás Cachanosky, con algunas otras personas, en sus blogs, a propósito de artículos que hablan de las cuestiones a las que me he referido en el título. Algunas de esas intervenciones las hemos publicado aquí.

Un aporte sumamente interesante de N. Cachanosky es la advertencia que nos hace en relación a lo que el Dr. Gabriel Zanotti ha llamado alguna vez el “diálogo inter paradigmas”.

Es muy difícil tratar de debatir con otras personas que piensan diametralmente distinto que nosotros, si antes no podemos ponernos de acuerdo en que es lo que queremos significar con los términos que vamos a usar. En ese sentido, el aporte de  N. Cachanosky es esclarecedor.

Pero yo iría un poco más allá y me replantearía el grado de utilidad que puede tener el debate, no solo cuando los términos aluden a significaciones distintas, sino incluso, cuando los objetivos que se persiguen al estudiar un fenómeno, son absolutamente opuestos.

Desde ya que acepto la posibilidad que un médico que estudia una bacteria, para poder encontrar una vacuna contra la enfermedad que esta produce, quizás pueda sacar algún provecho de los estudios que hace otro individuo, que pretende, en cambio, utilizarla para la guerra bacteriológica.

Pero me resulta muy difícil aceptar, y quizás sea muy improbable, que ambos puedan llegar a ponerse de acuerdo para intercambiar los resultados de sus experiencias con la honestidad intelectual suficiente como para poder sacar algún beneficio de tal intercambio.

Aludo a esta cuestión, porque, en alguna parte del debate que mencionamos, se introducen planteos que vienen del marxismo, y se intenta refutarlos. Pero no deberíamos perder de vista el hecho que, cuando un economista, en general, estudia el fenómeno de las crisis y su recurrencia, lo hace con la vista puesta en tratar de entender que es lo que hace que éstas se manifiesten, pero a los efectos de evitarlas, minimizarlas, o hacer desaparecer sus consecuencias.

Pero cuando un marxista analiza el fenómeno de las crisis, en general, lo hace como una herramienta que puede ayudarle en el logro de la revolución que persigue.

No nos confundamos: El marxista no busca el objetivo de paz y convivencia civilizada que es la meta del economista común, del formado en cualquier otra escuela de pensamiento. La meta del marxista es la lucha de clases y la destrucción de la propiedad y del sistema de mercado, mediante la revolución.

Cuando no hay crisis, la prosperidad dificulta la revolución. Y cuando hay crisis, las consecuencias de estas la potencian. Ernest Mandel explicaba muy bien esto:

En marzo de 1850, Marx escribió todavía en la alocución enviada del Comité Central a la Asociación de los comunistas de Alemania que había que esperar la pronta llegada de una nueva revolución… Siete meses más tarde, el primero de noviembre de 1850, … escriben todo lo contrario: ”ante esta prosperidad general en la cual las fuerzas productivas se desarrollan de manera tan exuberante como pueden hacerlo en el marco de las relaciones burguesas, no se puede hablar de una verdadera revolución. Tal revolución no es posible más que en los períodos en los cuales estos dos factores, las fuerzas productivas modernas y las formas de producción burguesas entran en contradicción unas con otras… Una nueva revolución no es posible más que después de una nueva crisis. Es tan segura como esta última”.[i]

Como podemos ver, las épocas de prosperidad son una dificultad para el marxismo, y las de crisis, una oportunidad para instaurar la dictadura del proletariado, que es su objetivo final.

No me cabe ninguna duda de que podemos encontrarnos con algunos diagnósticos que podemos considerar acertados, por ejemplo, y de nuevo, siguiendo al mismo estudioso del marxismo:

En La ideología alemana, vemos a Marx y Engels retomar esta misma distinción, analizar brevemente las razones por las cuales pueden producirse crisis monetarias y señalar que las crisis de superproducción no tienen como causa una superproducción física, sino perturbaciones del valor de cambio”.[ii]

Pero de ahí a considerar que en el marxismo podemos encontrar puntas de investigación que nos ayuden a encontrar antídotos para las recurrentes fluctuaciones, creo que hay un peligroso abismo.

Vamos a ver que, en forma fragmentaria e inorgánica, en la teoría marxista se mencionan aspectos en los que, si tenemos la suficiente indulgencia, podremos encontrar acuerdos. Que las tasas de interés y de redescuentos tienen algo que ver, que los niveles de reservas bancarias muestran algo y que la falta de diversificación del riesgo crediticio colabora, es algo que también se encuentra en algún teórico marxista:

“De tal modo, Marx y Engels, atribuyen… una importancia igualmente pronunciada a los fenómenos puramente monetarios y al papel clave que desempeñan en la génesis de la crisis. Un primer pánico de 1847 causado por un brusco aumento de la tasa de descuento del Banco de Inglaterra y la publicación de un balance semanal de este banco, que mostraba que sus reservas de oro habían bajado a 2.5 millones de libras, no llegó a acarrear el derrumbe de las grandes casas bancarias o comerciales. Éste se producirá en agosto de 1847 a consecuencia de la bancarrota de una serie de casas especializadas en el comercio del trigo y de los productos coloniales, seguida de una serie de bancarrotas espectaculares de bancos y de corredores en octubre de ese mismo año”.[iii]

Pero queda muy claro el objetivo por el cual estudiaban las crisis: para los teóricos marxistas, eran oportunidades excelentes para debilitar el sistema que deseaban desterrar completamente. Y la difusión de las ideas que puedan tener algo de verdad, insertas en otra estructura de pensamiento, han sido siempre algunas de las herramientas utilizadas para captar la atención de otros estudiosos honestos e inquisitivos.

“Pero estos ocho años de estudios de los problemas de la coyuntura le habrán proporcionado a Marx los instrumentos conceptuales con los cuales nos ofrecerá en El capital, si no una teoría completa del ciclo capitalista (no tuvo tiempo de redactarla) sí por lo menos los materiales principales para la construcción de tal teoría.

Por lo demás, éstos han inspirado grandemente a los economistas que, a partir de Tugan-Baranowsky (el cual es un ”marxista legal” ), han desarrollado en el siglo XX las diversas teorías llamadas de las crisis periódicas. Alvin Hansen afirma que ”el profesor Aftalion, lo mismo que Kassel y Spiethoff, le deben mucho a Marx y a las ideas derivadas de Marx y de otros… Sus escritos están llenos de sugerencias que han influido mucho en el pensamiento no marxista a propósito de los ciclos, a pesar del hecho de que autores no ortodoxos no han reconocido siempre la amplitud de su deuda con Marx, o inclusive no se han dado cuenta de la misma”.

Esta observación tiene validez particularmente para aquellos que, como los autores anteriormente citados, han construido su teoría de las crisis sobre la duración del ciclo de reconstitución del capital fijo, o si se prefiere, sobre la actividad de inversión (de acumulación de capital) como motor principal del ciclo. Pero tiene valor igualmente para quienes han creído poder descubrir en el subconsumo de las masas la causa principal de las crisis cíclicas”.[iv]

Como se puede ver, esta indulgencia hacia el análisis marxista nos puede terminar identificando con afirmaciones que, como mínimo, parecen altamente aventuradas. Del último párrafo parecería desprenderse la inspiración marxista no solo del Keynesianismo, sino de toda teoría que pretenda explicar el ciclo. Y sin hacer ninguna crítica a los groseros errores que tal análisis implica.

La búsqueda de la verdad, como objetivo intelectual, no permite que nos tomemos estas licencias.

Por el contrario, la defensa a ultranza de doctrinas intrínsecamente equivocadas hace no solo útil, sino incluso necesaria la introducción de contrasentidos conceptuales que puedan abonar confusiones que enmascararán siempre las falacias defendidas.

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Es profesor de Macroeconomía y de Finanzas Públicas en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA).