Liberalismo, a secas

Por Alejandro Alle: Publicado el 25 de Julio de 2011 en: http://www.elsalvador.com/mwedh/nota/nota_opinion.asp?idCat=6342&idArt=6037196

El adjetivo “liberal”, que según la definición de la Real Academia significa “inclinado a la libertad, comprensivo”, suele producir fuertes reacciones emocionales, siempre más cercanas al hígado que al cerebro.

La palabra comenzó a utilizarse en España a inicios del Siglo XIX, donde se calificaba de “liberales” a quienes se enfrentaban a las tropas napoleónicas. Fue, paradójicamente, adoptada en las colonias españolas por quienes terminarían siendo beneficiarios indirectos de Napoleón: los padres de nuestras patrias, ante la debilidad de Fernando VII, optaron por cortar lazos con Madrid. Urgidos por la libertad política (y por la tributaria…, claro).

Ya desde los himnos nacionales de nuestros países, a la libertad se la invoca con un fervor religioso: el argentino, por ejemplo, comienza con “Oíd mortales el grito sagrado/ Libertad, libertad, libertad”. Grito sagrado, nada menos.

Dicho entusiasmo no amainó, formalmente, en ninguna parte: en el departamento salvadoreño de La Libertad no se escucha a nadie quejarse de su bello nombre. Sólo un enajenado preferiría que se llamase La Esclavitud. O El Totalitarismo. Los autoritarios, sean de derecha o de izquierda, evitan ser tan obvios: prefieren apelar a la ridiculización de ciertos estereotipos.

Como el del supuestamente indefendible “laissez fair, laissez passer”, expresión acuñada por el francés Jean-Claude Gournay, al hacerse eco del reclamo de ciertos comerciantes que con el “laissez faire” pedían libertad manufacturera a las autoridades. Es decir, que se los “dejara hacer”.

Y con el “laissez passer” reclamaban libertad aduanera. Es decir, que se “dejara pasar” libremente las mercaderías en el comercio internacional, en un reclamo para que los gobernantes eliminasen barreras arancelarias decretadas para favorecer a ciertos pseudo-empresarios mercantilistas (autoritarios de derecha, tan frecuentes en nuestros barrios), que no querían competencia externa.

La manipulación dialéctica hizo que una enorme mayoría de personas instruídas asocie en la actualidad, equivocadamente, la expresión “laissez faire, laissez passer” con la apología del caos, con el egoísmo y con la anarquía. Con la miserable libertad del zorro en el gallinero. Triunfó el estereotipo. Perdió la libertad.

Mario Vargas Llosa, en una contundente definición de su pensamiento declaró “… el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella …”.

Agregó luego “… hay liberales que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas, los primeros propagadores de esa absurda tesis según la cual la economía es el motor de la historia de las naciones y el fundamento de la civilización”.

En la tarea de difundir los valores de la libertad, a los centros de pensamiento les corresponde un papel vital: llegar con poder de convencimiento a la opinión pública, para que ésta a su vez levante la vara de lo que una sociedad exige en materia de respeto a las libertades individuales. Desde las cosas más triviales hasta las más excelsas, porque entre un Estado kinder y un Estado cuartel la ruta está pavimentada.

Finalmente, así como provoca una sonrisa escuchar a quienes culpan de todos los males al “imperialismo yankee”, también debe rechazarse que los problemas de El Salvador sean siempre culpa de algún caudillo foráneo. Confundidos, algunos hasta cambian el nombre de las calles (¡?).

La oferta de autoritarismo siempre va a existir en este planeta: hoy sudamericano, mañana quién sabe de dónde. La tarea, ardua, pues tendrá detractores de derecha y de izquierda, será generar mayor demanda de libertad.

Fortaleciendo en la opinión pública la demanda de libertad se reducirá el impacto de cualquier oferta de autoritarismo. Bienvenidos, jóvenes de Alternativa Liberal.

Hasta la próxima.

Alejandro Alle es Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

Manuel Ayau: In Memoriam.

Palabras pronunciadas por el Prof. Dr. Guillermo Luis Covernton, con motivo de la inauguración del Tercer Congreso Internacional “La Escuela Austríaca en el siglo XXI”, organizado por: Fundación Bases; Instituto Hayek; Facultad de Cs. Económicas del Rosario (UCA) Rosario, Argentina 5, 6 y 7 de Agosto de 2010

Estimados Amigos:

El pasado Martes 3 de agosto, es decir apenas dos días atrás, quienes creemos en la sana economía, en el estudio sistemático y en la importancia de la educación económica para impulsar el bienestar y el desarrollo de las personas hemos tenido que lamentar el fallecimiento del Dr. Manuel Ayau Cordón:

Industrial guatemalteco, ingeniero mecánico, doctor honoris causa en letras humanistas por el Hillsdale College, y doctor honoris causa en Derecho por Northwood University, fue Rector fundador de la Universidad Francisco Marroquin. También se desempeñó como presidente de la Bolsa de Valores de Guatemala y de la Sociedad Mont Pèlerin. Fué miembro del Consejo Consultivo del Centro de Estudios Económico Sociales de Guatemala. Fiduciario de la Foundation for Economic Education de Nueva York. Y miembro de la Junta Directiva de Liberty Fund, Inc., Indianapolis.

Varios de quienes asistimos a este congreso tuvimos el privilegio de conocerlo, a fines del siglo pasado, con motivo del inicio de un programa de perfeccionamiento docente que propuso para su querida Universidad. Con ese motivo fuimos invitados, junto a un grupo de catedráticos argentinos entre quienes se contaban los Dres. Juan Carlos Cachanosky, Martín Krause, Gabriel Zanotti y yo mismo.

Nuestra tarea docente en la Universidad que él había contribuido a fundar y en donde dictó cátedra por años, nos permitió disfrutar, casi cotidianamente, y durante nuestras estadías en su país, que se extendieron a lo largo de los siguientes años, de su afabilidad, su sencillez, su don de gentes y su genuino interés por ayudar a la difusión de las ideas de la libertad, del respeto por el disenso, y del conocimiento económico serio y metódico que aspiraba para todos los ciudadanos de su querida patria.

Querido Muso: Gracias por todo lo que nos diste y gracias a Dios por permitirte acompañarnos estos 3 días, porque estoy seguro que tu alma estará compartiendo con nosotros este congreso que ahora se inicia.

Les propongo un minuto de silencio en su memoria.

Gracias.

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Es profesor de Macroeconomía y de Finanzas Públicas en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA).

Sobre las soluciones mágicas.

Por Alberto Benegas Lynch (h).  Publicado en: Diario de America el 6/10/2011

Básicamente existen dos caminos distintos y opuestos que se presentan para resolver los problemas sociales más acuciantes del ser humano. El primero consiste en trabajar y ahorrar para invertir en proyectos que sirvan a otros como medio del enriquecimiento personal. Llamemos a este el camino productivo. El otro es el manotazo al fruto del trabajo ajeno al efecto de consumir lo que otros producen, para lo que se recurre a la fuerza bruta. La primera vía es la realista y se presenta de modo directo y franco, la segunda de disfraza con recetas mágicas que resolverán problemas sin esfuerzo personal y se exhibe de manera torva.

La primera se basa en la más amplia apertura a todas las posibilidades que la creatividad permita, mientras que la segunda se sostiene en esquemas dogmáticos e ideológicos característicos de la cerrazón mental y el oscurantismo más cavernario. La primera descansa en las potencialidades del individuo en un contexto de libertad y respeto recíproco y la segunda se apoya en la violencia de los aparatos estatales, en el servilismo y en el atropello a los derechos de terceros. Lamentablemente no hay magias en las relaciones sociales y económicas: la productividad es el resultado de la perseverancia en el esfuerzo y el trabajo, la fabricación de sandeces como “el hombre nuevo” para lograr los propósitos que imaginan e imponen los comisarios de turno, ha conducido siempre a enormes sacrificios inútiles.

En este sentido, resulta muy apropiado aludir a Alexander Herzen a quien Isaiah Berlin se refiere detenidamente en Pensadores rusos donde sostiene que se trata del “más interesante escritor político ruso del siglo xix”. Sus obras de mayor importancia son sus memorias tituladas Mi pasado y mis ideas las cartas abiertas a Bakunin, en libro titulado A un viejo camarada , los ensayos reunidos bajo el título Desde la otra orilla y la colección de artículos publicados en “La campana” la revista que el mismo fundó en su autoexilio donde estableció la primera imprenta antizarista de Europa. Al decir de Berlin, su autobiografía “es una gran obra maestra literaria” y, al mismo tiempo, una muy completa descripción de la época, de personajes y contiene reflexiones de gran calado filosófico.

Herzen era hijo ilegítimo de un acaudalado ruso pariente lejano de de la familia Romanov que inventó el apellido de su criatura y a su debido tiempo le facilitó los medios para estudiar en la Universidad de Moscú. Escribe Berlin que este autor describe muy ajustadamente “la sociedad sofocante donde no había oportunidad de utilizar los talentos”. Detestaba el régimen zarista pero en las primeras etapas de su vida, influido por Hegel, Saint-Simon y Prudhon, adhería al socialismo que luego abandonó al percibir que se trataba de sustituir una tiranía por otra que “siempre conduce, al final, al holocausto y al sacrificio humano” (apunta Berlin que “atacó su propio pasado con una indignación particularmente intensa”).

Relata Isaiah Berlin un diálogo entre Louis Blanc y Herzen en el que el primero afirma que “el hombre debe sacrificarse a la sociedad” para el bienestar de ésta, a lo que nuestro autor replica que “no lo alcanzaremos nunca si todos hacen sacrificios y nadie disfruta”. Rechazó frontalmente la idea de la “igualdad en la servidumbre” y todos los esquemas autoritarios en los que, en nombre de construcciones mesiánicas, se aplasta la libertad y se bloquean “fines que son sagrados” para cada cual. Advierte de los tremendos peligros de los “liberadores” que avalan violencias más escabrosas que las que dicen reemplazar. Aconseja estarse en guardia de los discursos con recetas mágicas que todo lo resolverán de modo sencillo, rápido y sin costos. En definitiva,  se pregunta y responde “¿Por qué es valiosa la libertad? Porque es un fin en sí misma”. Por este motivo, también la arremete contra supuestos liberales que se basan en el utilitarismo, es decir, en la construcción de “balances sociales” en los que se trata a unas personas como medios para satisfacer los fines de otras.

La construcción estatista de la “sociedad ideal” basada en la prepotencia de los aparatos estatales  para “la felicidad del pueblo” es y ha sido el peligro mayor para la sociedad civilizada. Pararse en una tribuna y despotricar contra los que han ganado honestamente sus patrimonios y mantener “la sencilla receta” que es posible elevar el nivel de vida expropiando el fruto del trabajo ajeno, es creer en la magia más rudimentaria.

De estas visiones peligrosas nace la inflación que todo lo pretende resolver falsificando moneda, de esta visión nace la torpe legislación laboral que todo lo pretende resolver otorgando por decreto salarios más elevados, de esta visión nace el bloqueo en las aduanas de bienes y servicios mejores y más baratos “para enriquecer a los locales”, de esta visión nace el impuesto progresivo para redistribuir ingresos de otros, de esta visión nace la idea de que los emprendimientos gubernamentales en los negocios pueden “ayudar al bienestar de la población”, de esta visión nace el deseo irrefrenable de regular toda actividad lícita con disposiciones burocráticas.

Es posible que en los primeros tramos de las propuestas mágicas no haya malas intenciones sino un entramado de contradicciones y de ingenuos desconocimientos, pero la adopción de aquellas sugerencias descuajeringa de tal manera el tejido social que, como un efecto dominó, una medida de entrometimiento del Leviatán lleva a otra hasta que resulta que la encerrona es de tal magnitud que es sumamente difícil sacarse de encima tanta malaria. Tengamos bien presente que, entre otras cosas, la civilización descansa en la división del trabajo: de la inmensa mayoría de las cosas que usamos y de las que dependemos (la computadora, el avión, el teléfono, la comida, el refrigerador, el vestido etc.) no tenemos la más remota idea de cómo se fabrican, por ende, al dislocarse el proceso de mercado, se deteriora (cuando no se extingue) la respectiva producción y abastecimiento con lo que quedamos muy mal parados cuando no directamente a la intemperie.

En la práctica, los tibios, los que no presentan sus propuestas de modo franco sino con rodeos y titubeos, temerosos de aparecer con demasiado rigor, hacen finalmente de apoyo logístico a las recetas mágicas de los demagogos que luego critican. Se autoproclaman sabios del manejo político, sin percibir que sus propios discursos son corridos por quienes, desde la vereda de enfrente, convierten sus peroratas en obsoletas. Confunden gravemente el rol de quienes se desempeñan en el llano de quienes están en función de gobierno: los primeros deben ser las guías y a los segundos no les queda más que conciliar las diversas posiciones, pero si aquellos renuncian a sus funciones y apuntan bajo, éstos inexorablemente parten del nivel del zócalo para el necesario consenso ya que no se ha preparado el clima para otra cosa. De este modo, en lugar de subir las escaleras de la libertad y el respeto recíproco, se deslizan por el tobogán de la mediocridad estatista donde el Leviatán espera al pie con las fauces abiertas. Y esto no se mitiga cuando los propulsores de las ofertas blandas rebozan de los más cristalinos propósitos.

En estrecha relación con lo que venimos comentando, William E. Simon, cuando era Secretario del Tesoro del gobierno de EEUU, declaró ante el Subcomité de la Organización Democrática de la Cámara de Representantes el 30 de abril de 1976 que “Toda la retórica sobre déficits y presupuestos balanceados oscurece el peligro real que enfrentamos: la gradual desintegración de nuestra sociedad […] El problema real es la participación del gobierno en el producto bruto nacional […] que conduce a este crecimiento monstruoso del gobierno […] Solo miren lo que ocurre en otros países hoy, […] cuando los así llamados `humanitarios` intentan crear `grandes sociedades` incrementando impuestos, con más promesas y mayores gastos […] No hay nada humanitario en la pérdida de libertad […] El problema no es de contabilidad. El problema radica en la libertad del pueblo americano”. He aquí otra crítica a las soluciones mágicas y sus resultados por parte de quien conocí a raíz de reuniones que mantuvimos en relación a un generoso prefacio que escribió para mi Fundamentos de análisis económico, encuentros aquellos en los que pude constatar su solidez intelectual, su nobleza de espíritu y su preocupación por las recetas estatistas a las que aludió extensamente en su A Time for Truth.

Pocos textos describen mejor el espíritu de las “soluciones mágicas” que el anuncio gubernamental (como todo, costeado con los dineros de los gobernados) y dirigido al público en estos términos: “Ciudadanos, pronunciar el nombre del Señor Presidente de la República, es alumbrar con las antorchas de la paz los sagrados intereses de la Nación que bajo su sabio mando ha conquistado y sigue conquistando los inapreciables beneficios del Progreso en todos los órdenes y del Orden en todos los progresos. Como ciudadanos libres, conscientes de la obligación en que estamos de velar por nuestros destinos, que son los destinos de la Patria, y como hombres de bien, enemigos de la Anarquía, proclamamos que la salud de la República está en la reelección de nuestro egregio mandatario y nada más que en su reelección. ¿Por qué aventurar la barca del Estado en lo que no conocemos, cuando la cabeza de ella se encuentra el Estadista más completo de nuestros tiempos, aquel a quien la Historia saludará Grande de los Grandes, Sabio entre los Sabios”. Este es el pasaje memorable que refleja a las mil maravillas el espíritu de los megalómanos del orbe  y sus recetas mágicas, escrito con la precisión de la pluma de Miguel Ángel Asturias en El Señor Presidente.

Este es el grito desesperado de quienes en algún momento aceptaron el totalitarismo pero que luego necesitaron apartarse de sus garras mortales para sobrevivir como seres humanos, es el caso de los Whittaker Chambers del planeta que como él expresan alaridos de dolor que estampa en su célebre y voluminoso Witness que reclaman oxígenos vitales porque “La libertad es una necesidad del alma […] Sin libertad el alma se muere”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.

Ante una decadencia bien intencionada.

Por: Aldo Abram.  Publicado en: La Nación el 24 de octubre de 2010

A veces, algunos proyectos legislativos que “suenan” atractivos terminan teniendo un impacto diferente al originariamente buscado por los parlamentarios. Por ello, conviene evaluar dos propuestas legislativas que, hoy, se están discutiendo. Una, la que busca obligar a las empresas que tienen más de 300 trabajadores a repartir parte de sus utilidades entre sus empleados, como base para mejorar la “justicia distributiva”.

Para producir algo se necesita trabajo; pero también otros factores de producción. Por ejemplo, la tierra o el capital físico o monetario, que no es más que el fruto del trabajo que alguien ahorró, o el humano (tiempo y esfuerzo invertido en capacitación) o la tecnología (en cuya gestación intervino el tiempo, el conocimiento y/o el dinero).

Todos ellos tienen una remuneración de mercado, pero, hasta acá, no tenemos asegurada ninguna actividad productiva que sea sustentable.

Falta alguien, en este caso el empresario, que tenga la habilidad de identificar una necesidad de sus prójimos y, organizando los otros factores de producción, la satisfaga a un precio que los demandantes estén dispuestos a pagar, obteniendo, además, una recompensa -ganancia- por su tarea y asumiendo el riesgo de que algún error o contingencia diluya su esfuerzo y dinero invertido en la empresa.

No cualquiera puede ser un emprendedor, ya que la tarea demanda una combinación de visión, capacidad y audacia, una condición que es escasa en esta época. Por ello, un sistema económico eficiente debe remunerarlos bien, para incentivarlos a satisfacer las necesidades de sus prójimos y, además, crear puestos de trabajo para aquellos que no tienen esa vocación.

Cuando alguien invirtió tiempo, esfuerzo y dinero en gestar una empresa, lo hizo para obtener una ganancia, la cual fue mayor o menor según la habilidad de ese emprendedor. Ese flujo de rendimientos esperados determina el valor de la compañía.

Por lo tanto, si un legislador o funcionario lo obliga a compartir parte de sus beneficios con los trabajadores, le está confiscando un pedazo del valor creado, ya que su precio disminuirá al restarle al flujo de rendimientos esperados lo que, en adelante, se les transferirá a los empleados.

Aumento del riesgo

Si los emprendedores, locales o extranjeros, que están ya trabajando en la Argentina y los que están evaluando hacerlo, observan que aquí se les puede sacar parte de lo que les pertenece, asumirán que aumentó el riesgo de poder hacerse del fruto de sus esfuerzos.

Por ende, habrá menos inversión, será menor la riqueza por repartir, se crearán menos puestos de trabajo y el nivel de bienestar de todos los argentinos será más bajo. Lo más grave es que no solamente la “torta” será más chica, sino que, para que algunos pocos empresarios se arriesguen a colocar su tiempo y dinero en la Argentina, habrá que tentarlos con una mayor tasa de ganancia, o sea, con una “porción mayor” de ella. Es decir, a la larga, tendremos una peor distribución del ingreso. Justo lo contrario de lo que quieren obtener quienes defienden este absurdo proyecto.

Más intervención

Preocupados por la escasez de crédito bancario en la Argentina, otros legisladores han propuesto reformar la ley que rige el sistema financiero, definiéndolo como servicio público, incrementando la posibilidad de intervención de los gobiernos. Es evidente que tienen un diagnóstico equivocado, ya que para poder dar préstamos, los bancos necesitan captar depósitos.

Lamentablemente, los argentinos no estamos dispuestos a confiar nuestros ahorros a las entidades financieras. Por un lado, están las bajas tasas de interés respecto de la alta inflación, que terminan licuando los depósitos. Y además, en el pasado, algunos gobiernos se apropiaron de los ahorros bancarios para financiar gasto público -como, por ejemplo, el Plan Bonex, puesto en marcha en 1989- o para subsidiar a algunos sectores endeudados, como, por ejemplo, aquellos casos de quienes debían dólares y que fueron “pesificados” en 2002.

Conclusión, en la Argentina nadie quiere poner el fruto de su trabajo al alcance de una nueva confiscación y, como solución, estos legisladores proponen darle al Estado un mayor manejo de los recursos provenientes de los depósitos. Si se sanciona la reforma propuesta, no solamente es esperable que no aumente la predisposición a ahorrar en el sistema financiero local, sino que debería disminuir, por lo que la disponibilidad de crédito bancario será menor.

Los argentinos y nuestros representantes deberíamos dejar de buscar soluciones milagrosas y confiar más en el respeto de los derechos y la consolidación de las instituciones como forma de canalizar el trabajo y la creatividad hacia la construcción de un mayor bienestar general para todos.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

¿Se puede privatizar la villa 31?

Por Martín Krause. Publicado en LA NACION el 30 de julio de 2009.

Si no la más grande, la 31 es la villa más visible de la ciudad de Buenos Aires. Enclavada a pocas cuadras del Obelisco, pone en evidencia la existencia paralela de la mayor riqueza y la mayor pobreza, común a todo país tercermundista. Resalta también la incapacidad total del Estado para evitar el problema y, una vez generado, para resolverlo.

Ya antes de que existieran las “villas” había pobres en Buenos Aires. De hecho, la mayoría de los inmigrantes lo eran. Ante la escasez de viviendas, paraban en los llamados conventillos, pero existían caminos para acceder a la propiedad de una vivienda, principalmente mediante la compra de terrenos loteados, en cuotas a largo plazo.

El negocio prosperaba entonces: un empresario compraba un terreno en los suburbios, lo dividía en lotes y lo vendía en cuotas. El nuevo propietario comenzaba su casa de a poco, pero con la propiedad asegurada invertía capital en ella y la iba mejorando.

El Estado liquidó este sistema de dos formas: por un lado, la inflación destruyó el financiamiento a largo plazo; por otro, las regulaciones lo tornaron inviable. Se demandaba que un barrio loteado tuviera servicios antes de ser vendido (agua y luz), pero éstos los brindaban empresas estatales que demoraban años en proveerlos.

Sin posibilidad de acceder a la vivienda, sin crédito hipotecario, no quedaba otra que los asentamientos informales. Aquí viene la segunda falla del Estado. Como es un mal propietario, no supo proteger su propiedad: no es de extrañar que los barrios informales surgieran en propiedades públicas.

La tercera falla del Estado es su incapacidad para resolver el problema. En el caso de la villa 31, hubo de todo: desde el desalojo violento bajo un gobierno militar, pasando por la oferta de viviendas para el traslado de quienes allí viven, hasta todo tipo de “consensos” que nunca dieron resultado.

Hoy, la villa crece más que nunca, sobre todo para arriba, generando construcciones precarias de varios pisos. Ahora la traba principal es la discrepancia entre el gobierno nacional, dueño de las tierras, y el gobierno de la ciudad, que quiere hacer algo, pero no puede.

Siendo que el Estado, incluyendo a todos los gobiernos involucrados, es incapaz de resolver el problema, habría que considerar una solución tan demonizada que la convierte en el colmo de lo políticamente incorrecto. Pero, como decía Borges, es de caballeros jugarse por las causas perdidas: la villa debería ser privatizada.

En este caso en particular, esa odiada variante significaría establecer claros derechos de propiedad privada sobre la tierra en que la villa se asienta. Este derecho, más temprano que tarde, terminaría resolviendo el problema de una forma “evolutiva”, a partir de los fuertes incentivos que la propiedad genera. La propiedad privada, así nos lo dicen las enseñanzas básicas de la economía, concentra en el propietario los beneficios y los costos de sus decisiones. Por eso es tan eficiente.

Es decir: el dueño va a recibir todos los beneficios por las decisiones correctas que tome respecto de su propiedad. También afrontará los costos de sus malas decisiones o su desidia. Veamos un ejemplo: si el dueño cuida su casa, la limpia y mantiene, la pinta y arregla, ésta mantiene e incluso incrementa su valor, se capitaliza el esfuerzo realizado y esto es un gran incentivo para hacerlo. Si, por otro lado, la descuida, su valor cae: una multa inmediata. Premios y castigos generan el aumento de la riqueza inmobiliaria.

En la actualidad, los habitantes de la villa 31 están en una situación precaria. Tienen la posesión -bastante asegurada, por cierto, ya que están seguros de que no serán desalojados por el Estado, y por eso se animan a construir más pisos-, pero como es una mera tenencia y no se puede disponer del bien más que informalmente, entonces se invierte poco, también precariamente. Además, como señaló Hernando de Soto en El misterio del capital (México, Editorial Diana, 2001), los ahorros allí invertidos no llegan a ser “capital”. Son el patrimonio más importante que tienen esas familias, pero se encuentra “hundido” sin poder servir, por ejemplo, como garantía para un préstamo que se pueda invertir, luego, en una actividad productiva.

Existen dos formas posibles de asignar derechos de propiedad en la Villa 31. La primera de ellas consiste en otorgar una escritura de dominio a cada familia (con todas las complicaciones, por supuesto, que significa definir familia, o pareja, en estos casos). Suponiendo que esto se terminara haciendo, los nuevos propietarios tendrían ahora incentivos para mejorar sus viviendas, teniendo en cuenta incluso el valor alto del bien que pasarían a poseer, debido a su ubicación. Con el tiempo, el barrio iría evolucionando, en forma parecida, tal vez, a como lo hicieron en su momento el Bajo porteño, San Telmo y Palermo.

La segunda es que el Estado venda los terrenos a un emprendedor y que éste se encargue de resolver lo que aquél no ha podido. Sería una venta condicionada a la solución del problema habitacional de los que allí viven. Es decir: el emprendedor, seguramente, hará buen negocio, pero como parte de él tendrá que construir departamentos. Con el resto, podrá hacer un hotel, un shopping, etc.

Algo así está ocurriendo no en otro lugar que en Dharavi, la villa más grande de Bombay, en la India, donde se filmó la película ganadora del Oscar ¿Quién quiere ser millonario?

Un empresario inmobiliario, Mukesh Metha, ha convencido al gobierno local de que ponga en sus manos todo el barrio. Cada familia recibirá un departamento de 21 metros cuadrados, supuestamente una superficie similar a la que ahora ocupa, pero de mejor calidad, y el emprendedor tendrá permiso para construir otros 21 metros, para el mercado. Habrá que ver cómo funciona.

Si se aplica una u otra solución, eso dependerá de circunstancias políticas, aunque es probable que los propios habitantes prefieran la primera a la segunda. A los políticos no les gustará ninguna de las dos: ellos quisieran tener el control -paternalista y clientelista, por cierto- de todo un proceso sin fin, sin resultados que no sean el intercambio de votos por heladeras u otros productos.

Los principales impulsores de la privatización deberían ser los mismos habitantes de la villa. Ellos pasarían a ser propietarios de una u otra forma, y deberían entender que no se trata de ningún “derecho a la vivienda” que está siendo cumplido, sino de una honrosa concesión del resto de los habitantes, que han debido pagar sus propias viviendas peso sobre peso..

Martín Krause es Dr. en Administración, ex Rector y docente de ESEADE y dirige el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

El mercado más grande del mundo.

Por Carlos Newland: Publicado en La Nación el 17/10/2011.

Fue el mercado cubierto de productos agropecuarios más grande del mundo. Su monumental edificio se situaba sobre la costa del Riachuelo, en la actual Avellaneda. La obra era tan colosal que fue tema de numerosas postales que aún pueden adquirirse en MercadoLibre o eBay. Al observar las relativamente pocas fotos que han sobrevivido del mercado no podemos dar crédito a nuestros ojos. Su dimensión era indescriptible y no por nada el proyecto fue denominado “La locura de Casey”, ya que parecía estar fuera de toda proporción imaginable. Sólo en 1901 en la ciudad de Liverpool se inauguraría un depósito de dimensiones similares, el Stanley Dock Tobacco Warehouse.

A fines del siglo XIX, el Riachuelo concentraba gran parte de la actividad portuaria de Buenos Aires. En embarcaciones y veleros de calado intermedio y a través de muelles más o menos precarios sobre sus costas se cargaba buena parte de las exportaciones locales.

Fue en ese entonces que el empresario Eduardo Casey (fundador de Venado Tuerto, Coronel Suárez y Pigüé) decidió que faltaba allí un enorme muelle y barraca conectados con la red ferroviaria (del Sur y Oeste), que también funcionara como un mercado de productos locales. Para ello formó la Sociedad Anónima Mercado Central de Frutos en 1887, adquiriendo previamente un terreno de más de 115.000 metros cuadrados en la ribera sur del Riachuelo, a la altura donde hoy se ubica el puente Pueyrredon. Casey obtuvo financiamiento para el emprendimiento a través de Inglis Runciman, de la entidad financiera Morton Rose en Londres, con lo que se posibilitaron las obras de la edificación, del muelle y playa ferroviaria que quedaron terminados entre 1889 y 1890.

El proyecto arquitectónico estuvo a cargo del alemán Fernando Moog, quien dotó al edificio de tres pisos (cada uno de cuatro metros de altura), con un total de 150.000 metros cuadrados cubiertos, divididos en nueve enormes galpones con calles internas recorridas por trenes y carros en los que operaban 78 guinches hidráulicos. De ladrillos, tenía un armazón de hierro batido con 2452 columnas, con un techo de hierro galvanizado, e incluía 3000 ventanas para iluminación y ventilación. Su capacidad era de 400.000 metros cúbicos.

La actividad que desplegó fue enorme y unos años después de su inauguración su capacidad fue superada por la demanda. Al mercado ingresaban de 400 a 500 vagones por día (cada uno con 1000 a 2000 toneladas) cargados de lanas, a los que se sumaban cueros, cereales, sebo y plumas. En 1910, por ejemplo, pasaron por sus galpones 90 millones de kilos de lana, 30 de cueros, 80 de cereales y 117 de otros productos.

Actividades

Las funciones del mercado fueron en primer lugar reunir a compradores y vendedores. Allí los consignatarios de lana y cueros y otros productos se reunían con representantes directos e indirectos de industrias del exterior y, desde la década del 20, representantes de la industria textil local en crecimiento. Asimismo, el edificio servía de depósito temporario para los productos que arribaban del interior del país por tren, carro o embarcaciones de cabotaje. En sus plantas permanecían hasta que eran embarcados hacia plazas internacionales, en especial Bélgica, Francia y Alemania, los principales importadores de lanas argentinas.

En el Mercado se controlaba el estado y características de los productos (como su humedad, deterioro) y en especial su peso, todo lo cual hacia más previsible las operaciones comerciales. El Mercado ofrecía financiamiento a través de préstamos y operaba como un mercado de futuros, emitiendo por la lana certificados de depósito negociables. Finalmente también se encargaba de carga y descarga de los productos de los medios de transporte que utilizaban.

Su declinación se situaría después de 1940, al cerrarse progresivamente el país al comercio internacional y al perder importancia portuaria el Riachuelo. La intervención del Estado en el comercio exterior (IAPI) hizo que perdiera sus características financieras y se transformara en un mero depósito a cuenta del Estado. En 1963 cesaron sus actividades. La obra monumental terminó siendo demolida en 1966, para gran perdida del patrimonio histórico del partido de Avellaneda..

Carlos Newland es Dr Litt. en Historia y Rector de ESEADE.