Sordinas al ajuste predominante

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 3/10/12 en http://www.carlosrodriguezbraun.com/wp-content/uploads/2012/10/pagina_03102012122903.html.

Tras unos presupuestos austeros que aumentan el gasto, conviene recordar que todos los políticos, en España y otros países, afrontan la consolidación fiscal diciendo que ajustan el gasto. No es verdad. Los que ajustan el gasto son las empresas y los ciudadanos. Los gobernantes, en cambio, suben primero y más los impuestos, y ajustan después y menos el gasto. Éste es el ajuste predominante, que se vende como un prudente equilibrio entre austeridad y crecimiento. Los economistas políticamente correctos creen que la reducción del gasto público es negativa para la economía, al profundizar la recesión. Los que levantamos la mano para protestar somos considerados extravagantes, cuando no ignorantes con respecto a la ciencia económica y ciegos con respecto a la realidad.

El economista Alberto Alesina, que es catedrático en Harvard, lleva tiempo defendiendo, ante la irritación del pensamiento único, que los ajustes fiscales son menos costosos en términos de actividad económica si descansan sobre la reducción del gasto público en lugar de sobre el aumento de los impuestos. En un reciente trabajo con otros dos colegas reafirma su tesis con datos de una quincena de países desarrollados. Los autores concluyen: “En especial, los ajustes por medio del gasto se asocian con recesiones suaves y de corta duración, y a menudo con ausencia de recesión. Por el contrario, los ajustes basados en subidas de impuestos son seguidos por recesiones prolongadas y profundas” (Alberto Alesina, Carlo Favero y Francesco Giavazzi, The output effect of fiscal consolidations, Documento de Trabajo Nº 18336 del National Bureau of Economic Research, agosto 2012, http://goo.gl/2tJuJ).

Las diferencias entre los ajustes son notables y no dependen de las políticas monetarias. Asimismo, “la heterogeneidad en los efectos de los dos tipos de ajuste fiscal se debe principalmente a la respuesta de la inversión privada, más que en el crecimiento del consumo”. Ponderan la importancia de la previsibilidad y la reducción de la incertidumbre, de modo que la reducción del gasto público recaiga en los gastos corrientes y no de inversión, y no sea interpretada como temporal, tal como sucede en los ajustes actuales. Las reformas estructurales supply-side son importantes: “Las consolidaciones basadas en contención del gasto que han sido especialmente favorables al crecimiento han sido las que han venido acompañadas de reformas del lado de la oferta, liberalización de los mercados de bienes y trabajo, y moderación salarial”.

Afirma Stiglitz en su último libro: “Un principio aceptado desde hace tiempo es que un aumento equilibrado de los impuestos y el gasto estimula la economía”. Precisamente, Alesina y sus colegas rechazan ese principio: los datos indican, al revés de lo que proclaman los keynesianos, que los multiplicadores de los impuestos son mayores que los del gasto. Y está lejos de ser evidente que toda reducción del gasto público sea recesiva.

Los ajustes son menos costosos si se basan en reducir el gasto y no en subir los impuestos

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

 

Ejemplo de manual para las clases: los sustitutos artificiales

Por Pablo Guido. Publicado el 4/10/12 en http://chh.ufm.edu/blogchh/

 Volvamos un poco a algunos conceptos básicos de economía. Desde hace un año el gobierno argentino impuso cada vez más controles sobre el mercado cambiario. ¿Esto qué significa? Que comprar divisas legalmente tiene cada vez más complicaciones, casi nadie lo puede hacer. Excepto el banco central que sí puedo comprar dólares al tipo de cambio legal. Pero el resto de los habitantes del país no tiene el privilegio. Por lo tanto, hay actividades que se ven afectadas por la complicación que genera el control cambiario. Por ejemplo, si una persona quiere comprar dólares para irse de vacaciones al exterior sólo puedo comprar, si demuestra que efectivamente va a viajar al exterior, una suma fija (un poco más de mil dólares). Entonces dicha persona tiene que dirigirse al mercado “negro” o ilegal para adquirir dólares, cuyo precio supera en un 40% al del mercado oficial. ¿Cuál es el efecto sobre la economía? Disímiles y muchísimas. Una de ellas es que al encarecerse el precio de comprar dólares la demanda para irse de vacaciones al exterior baja, sustituyéndose por vacacionar localmente. ¿Resultado? De manual: si aumenta la demanda sobre un producto, ceteris paribus, el precio del mismo sube. Los oferentes de dicho producto felices. En este caso por una intervención estatal sobre el mercado de cambios, que genera un aumento artificial en la demanda del producto local.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

 

SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 30/9/12 en http://www.gzanotti.blogspot.com.ar/

 Existe al menos un x tal que x es F. O, muy bueno, lógica de clases: clase no vacía. Se puede aplicar a cosas como “hay una cucaracha”: existe al menos un individuo tal que pertenece a la clase de las cucarachas. Habitualmente no es una buena noticia. Pero, ¿sirve ello para la existencia de Dios? “Existe al menos un individuo tal que pertenece a la clase de los dioses”. Oh!!, ¿la deidad es una clase? Y si es “al menos uno”, ¿puede haber varios que sean Dios? Y Dios, ¿es un individuo?

 
No me suena.
 
Intentémoslo de vuelta.
 
Tengo en mi mente la idea de Dios. O sea, Dios es tal cosa. Luego, por fe, o por un razonamiento, o porque sopló el viento, le asigno existencia. Ok. Pero ello implica que sé lo que Dios es. ¿Pero cómo puedo saber lo que Dios es, si, supuestamente, Dios superaría la finitud de mi inteligencia? Y si le asigno existencia, la existencia que le asigno, ¿es otra cosa? No, dirían muchos, es lo mismo. Pero si es lo mismo, tiene razón los que dicen que la esencia de Dios implica su existencia. Eso, claro en caso de que pueda conocer la esencia de Dios. Pero, ¿puedo conocerla?
 
No me suena.
 
Pero, ¿seguro que no sabemos qué es Dios? En un horizonte judeo-cristiano, “tenemos una idea” de qué es Dios, y por ello lo afirmamos, lo negamos o lo dudamos. Ah, pero un horizonte no es un concepto, es una historia. O sea, sí, todos sabemos que dice la Biblia que Dios se presentó a Moisés y lo envió a Israel, y cuando Moisés le preguntó su nombre, Dios dijo algo que no sé si encaja en la idea de lo que es una idea: Yo soy El que soy.
 
Creer que Moisés habló verdaderamente con alguien que supera todo lo concebible e imaginable, y razonar sobre ello (Santo Tomás), es creer en Dios, pero entonces no le podemos asignar una existencia como a todo lo demás. No es un individuo que pertenezca a una clase de cosas ni una idea cuya naturaleza se define y luego comenzamos a debatir si existe. Es aquello donde el lenguaje humano se estira hasta el dolor; es aquello que supera todo lo finito y a su vez aquello sin lo cual lo finito es nada. Supera lo finito pero tampoco es aquello que se encuentra en “la clase de lo infinito”. Tampoco. Es aquel que me habló desde la zarza ardiente y luego desde la Cruz, con la diferencia de que lo primero es una imagen y lo segundo es una persona real.
 
Pero todo esto, ¿importa?
 
Si no importa, ¿para qué seguir?
 
La clave es: ¿Dios importa? ¿Te importa?
 
Recién allí vale la pena seguir indagando de qué manera “es”.

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

 

El anti-Hobbes

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 4/10/12 en http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7517

Dejando de lado otras consideraciones del autor del Leviathan, al efecto de esta nota resulta relevante citar los siguientes pasajes de esa obra: 1) “nada puede considerarse injusto fuera de la ley” 2) el legislador “tiene el poder de hacer y deshacer las leyes según le plazca” 3) “solo el legislador conoce las causas finales” de la ley 4) “Los súbditos no pueden cambiar la forma de gobierno […] Por otra parte, si intentan deponer al soberano y en consecuencia se los mata o castiga son por ello autores de su propia muerte o castigo” 5) “Ningún hombre puede protestar contra la insitución del soberano sin cometer una injusticia” 6) “Los súbditos no pueden en justicia acusar los actos del soberano” 7) “Cualquier cosa que haga el soberano no es punible por parte de los súbditos”  8) “El poder y el honor de los súbditos desaparecen con la presencia del soberano” y 9) “en los casos donde el soberano no prescribe ninguna norma, el súbdito tiene la libertad de hacer o no hacer según sea su decisión”.

En Law, Legislation and Liberty Hayek sostiene que “con Thomas Hobbes comienza el positivismo legal en la historia moderna” y Sabine en Historia de la teoría política alude a “la base del absolutismo de Hobbes. Para él no hay opción entre el poder absoluto y la anarquía completa, entre un soberano omnipotente y la ausencia total de sociedad”.

Los más conocidos anti-Hobbes en la historia de la filosofía política fueron Sidney y Locke sobre los que se han derramado ríos de tinta, pero hubo un autor no tan conocido pero que contradijo la tesis central del espíritu totalitario de Hobbes antes que él la expusiera. Se trata de Étienne de La Boétie que, entre otros escritos, produjo el maravilloso Discurs de la servitude voluntaire en 1576 tan ponderado por su amigo Montaigne quien consignó en sus Ensayos (en el referido a la amistad) que ese trabajo “honrará al mundo” y que fue presentado para “honrar la libertad y contra tiranos”. Muy acertadamente fue Pierre Leroux el primero en categorizar a la obra de La Boétie como la opuesta a Hobbes. Es entonces a ese libro en su versión al castellano (El discurso de la servidumbre voluntaria, Barcelona, Tusquets Editores, 1576/1980) a la que me quiero referir escuetamente en este artículo, en cuyo contexto destaco -antes que nada- que la idea misma del soberano está mal en Hobbes, desafortunadamente muy generalizada en nuestro mundo actual. El soberano es el individuo y el gobernante su mero empleado al solo efecto de proteger sus derechos.

La Boétie se pregunta “¿acaso no es una desgracia extrema la de  estar sometido a un amo del que jamás podrá asegurarse que es bueno porque dispone del poder de ser malo cuando quiere?” y se lamenta de “ver como millones y millones de hombres son sometidos y sojuzgados, la cabeza gacha, a un deplorable yugo” y vuelve a decir que “¿acaso no es vergonzoso ver tantas y tantas personas no tan solo obedecer, sino arrastrarse? […] ¿Quién creería, si solo lo oyera y no lo viera, que en todas partes, cada día, un solo hombre somete y oprime a cien mil ciudades privándolas de su libertad?”. Y luego desarrolla su tesis central al afirmar que “si un país no consintiera dejarse caer en la servidumbre, el tirano se desmoronaría por sí solo […] la cuestión no reside en quitarle nada, sino tan solo en no darle nada […] Son pues los propios pueblos los que se dejan, o mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir, romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a si mismo; el que, teniendo la posibilidad de elegir entre ser siervo o ser libre, rechaza la libertad y elige el yugo”.

Más adelante, el autor afirma que “Hay tres clases de tiranos: unos poseen al reino gracias a una elección popular, otros a la fuerza de las armas y los demás al derecho de la sucesión” y destaca como los primeros “superan en vicios y crueldades a los demás tiranos” ya que lo hacen con el halo de la “voluntad popular”. Nos dice que “No creáis que ningún pájaro cae con mayor facilidad en la trampa, ni pez alguno muerde tan rápidamente el anzuelo como esos pueblos que se dejan atraer con tanta facilidad y llevar a la servidumbre por un simple halago o una pequeña golosina […] Los de hoy no lo hacen mucho mejor, pues, antes de cometer algún crimen, aun el más indignante, lo hacen preceder de algunas hermosas palabras sobre el bien público y el bienestar de todos”.

He aquí un compendio de nuestro escritor -que igual que Cristo, vivió apenas treinta y tres años- expuesto en su obra más conocida, que al principio circuló como una monografía solo entre un reducido grupo de amigos pero que fue difundida no solo a partir de Montaigne sino más adelante en los prolegómenos de la Revolución Francesa y, sobre todo, a partir de la edición del sacerdote Pierre Robert de Lamennais en 1835.

El eje central del libro está en línea con lo más caro de la tradición de pensamiento liberal en el sentido del derecho irrenunciable a la resistencia contra la opresión y en este caso lo hace alegando que nadie puede subyugar a otros si no es con su consentimiento puesto que si los subyugados desobedecen en masa no hay forma de mantener al tiranía. La Boétie se revela contra la apatía y la pasividad de quienes están sujetos a servidumbre.

Esto es indudablemente cierto, especialmente referido a la autoanestesia en cuanto a la desidia por estudiar y difundir los fundamentos de una sociedad abierta. A la abulia e indiferencia con que se van aceptando manotazos a la propiedad y al resto de los derechos de las personas. Es como escribe Alexis de Tocqueville en La democracia en América “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”.

Pero hay otro asunto medular que debe ser considerado y es el ensanchamiento de la base de apoyo de los tiranos a través de la dádiva y el privilegio con el que compran voluntades de miserables morales que se venden al mejor postor. Esto crea una guardia pretoriana en el sentido peor de la expresión, es decir referida la los crueles mercenarios instalados después de Marco Aurelio en Roma, lo cual infunde miedo en la población y hace que la lucha ya no sea contra el déspota solitario sino que debe vencerse la tropa de alcahuetes y cortesanos del poder, quienes, a su vez, quedan presos de las fauces del leviatán hobbesiano ya que en estos ámbitos de corrupción no hay peor pecado que la defección.

De cualquier modo, la obra que consideramos constituye una muy valiosa voz de alarma frente a los avances de aparatos estatales insaciables, y nos recuerda la enorme e indelegable responsabilidad de cada uno frente a esos peligros que acechan a diario por lo que nos invita a contribuir cotidianamente al efecto de no caer en la trampa mortal.

En este sentido, resulta fértil repasar la lectura de autores como Charles Adams en For Good and Evil. The Impact of Taxes on the Course of Civilization, el libro en coautoría de Alvin Rabuska y Pauline Ryan The Tax Revolt y la compilación de Robert W. McGee The Ethics of Tax Evasion donde se nos recuerda que cuando los gobiernos abusan y se burlan descaradamente de los contribuyentes con gravámenes crecientes sin contraprestación alguna en un contexto de alarmante inseguridad y ausencia de justicia, es obligada la rebelión fiscal al efecto de llamar la atención sobre el gigantesco despropósito.

Termino con una reflexión sobre “las clases sociales”, concepto tan en boga hoy. La idea se origina en el marxismo sobre la base de que el proletario y el burgués tendrían una estructura lógica distinta, por más que nadie haya señalado en que concretamente la diferencia en los respectivos silogismos (¿que sucede con la estructura lógica del proletario que se gana la lotería o como son los silogismos del hijo de un burgués y una proletaria?). Esta idea clasista fue tomada por Hitler y sus secuaces quienes luego de infinitas y absurdas clasificaciones concluyeron que “una cuestión mental” es lo que diferencia al “ario” y del “semita”. En verdad, puede aludirse a personas en franjas de ingresos bajos, medios o altos, pero “clase” constituye un galimatías (además de ser repugnante hacer referencia a la “clase baja”, muy estúpido a la “alta” y anodino a la “media”).

 Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

Que no Puede Faltar en un Plan Macroeconomico?

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 1/10/12 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2012/10/01/que-no-puede-faltar-en-un-plan-macroeconomico/#more-3483

 Uno de los problemas económicos más agudos de la Argentina actual es el de la inflación. Andres Neunmeyer (Universidad Torcuato di Tella) ofrece un Plan Macroeconómico para Argentina con el fin de estabilizar el nivel de precios y mejorar la performance económica. Diría que el post está más enfocado en el corto plazo que en el largo plazo (como se da a entender en la sección de comentarios). Adrian tiene un breve post con algunos puntos similares.

En principio tiendo a ser escéptico de los planes económicos en general. Quizás porque la palabra “plan” da a entender que se intentará planificar la economía y, si hay algo que no se puede hacer, es justamente planificar al mercado. Creo que el mejor plan es liberar al mercado lo más posible, y limitar el plan a lo que el estado no debe hacer. Un “plan” también puede hacer referencia a intentar traer un poco de racionalidad económica en lugar de intentar planificar al mercado, y esto es lo que Newumeyer ofrece en su post. Los 3 elementos fundamentales son:

  1. Eliminar el déficit fiscal,
  2. Fijar el tipo de cambio,
  3. Eliminar las restricciones a la compra de dólares.

 

Quizás el único punto a discutir es el del tipo de cambio, si conviene que sea fijo o flotante. Pero ambas políticas de tipo de cambio poseen pros y contras, por lo que éste puede ser un debate interminable. De todas maneras fijar el tipo de cambio requiere elegir un valor fijo, y eso no es un tema menor en la Argentina actual. ¿Debemos sincerar el tipo de cambio y devaluar de golpe o se debe ir por un tipo de cambio flotante que converja más lentamente? No es un tema fácil dada la fuerte transferencia de riqueza y flujos que se puede generar. ¿Y una vez que convergimos al tipo de cambio de equilibrio, lo dejamos fijo o lo dejamos flotar? ¿O adoptamos una regla monetaria basada en la Regla de Taylor o alguna variante de la norma de productividad (por ejemplo NGDP targeting)?

Seguramente, si pensamos a largo plazo y no sólo en eliminar la inflación de corto plazo podríamos agregar otras medidas como apertura comercial, liberar los precios, y no sólo reducir el déficit fiscal, sino también el gasto público sobre PBI. Una economía sana necesita un estado eficiente en sus roles mínimos, no de un estado grande.

Pero todo plan necesita de un componente fundamental, que es el de la credibilidad. Desde el punto de vista económico, las medidas del plan pueden ser necesarias, pero no suficientes si no hay credibilidad sobre las mismas. Falta de credibilidad es uno de los problemas mas seríos de la administración Kirchnerista. ¿Cómo creerle a un gobierno que hace la vista gorda al problema de la inflación, afectando directamente al contribuyente? ¿Cómo creerle a un gobierno que no tiene reparos en ignorar las leyes y normas constitucionales? La Constitución Nacional, por ejemplo, puede ser un marco institucional lo suficientemente adecuado, pero de no ser creíble su cumplimiento es letra muerta. En la Argentina de hoy día no basta con decir que el marco institucional está dado por la constitución, dicho enunciado debe ser creíble.

Las instituciones no son neutrales, son definitorias no sólo en cuanto a la dirección que la economía va a tomar, sino también en cuanto al impacto que el plan tenga al momento de aplicarse. Un plan económico no puede ser exitoso si hay un problema de credibilidad sin resolver. Es este problema de credibilidad lo que me hace escéptico de que los problemas económicos puedan ser resuelto por el actual gobierno sin un claro y fuerte cambio de actitud y perfil (mantener a los mismos funcionarios, pero que dejan de ser K).

Nicolás Cachanosky es Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE), y Doctorando en Economía, (Suffolk University). Es profesor universitario.

 

Repasando un clásico:

Por Martín Krause. Publicado el 2/10/12 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/

 La justificación “clásica” del derecho de propiedad como un derecho humano fundamental proviene de Locke (1988), quien deriva este derecho de la propiedad que cada uno tiene sobre su propio cuerpo y luego de las cosas que haya obtenido con su propio trabajo:
“Porque este trabajo siendo la incuestionable propiedad del trabajador, ningún Hombre salvo él mismo puede tener derecho a lo que así se ha mezclado, al menos donde queda suficiente en común para los demás” (p. 288). Esta última parte de la frase es la famosa “condición” (proviso) de Locke ha sido objeto de cientos y miles de páginas de debate académico acerca de su significado, si bien el mismo Locke presenta una respuesta tan sólo unas páginas más adelante:

“A lo cual déjenme agregar que quien se apropia de tierra para sí mismo a través de su trabajo, no reduce sino que aumenta la reserva común de la humanidad. Porque las provisiones sirviendo al sostenimiento de la vida humana, producidas por un
acre de tierra cercada y cultivada son … diez veces más que aquellas que resultan de un acre de tierra, de riqueza similar, desperdiciado en común” (p. 294).

Locke, John (1988), Two Treatises of Government, (Cambridge: Cambridge University Press.

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

El tema impositivo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 20/9/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7497

Hoy en día se han violado normas elementales y el monopolio de la violencia que denominamos gobierno se ha vuelto en general tan adiposo que atropella a quienes teóricamente lo contrataron para su protección y, en lugar de ello, el mandatario ha mutado en mandante.

Lo primero para entender el significado de los impuestos es comprender que el aparato estatal está al servicio de la gente y que, por ende, los burócratas son meros empleados de los habitantes del país de que se trate. Esta subordinación de los agentes estatales a quienes residen en una nación se concreta en la obligación de los primeros a proteger y garantizar los derechos de los segundos, derechos que son anteriores y superiores a la misma existencia de los gobiernos.
 
Mientras progresa el debate sobre externalidades, bienes públicos y el dilema del prisionero, aparece necesario el impuesto que como su nombre lo indica es consecuencia del uso de la fuerza al efecto de cumplir con la misión específica anteriormente señalada. Subrayamos esto último, no se trata de que el Leviatán se arrogue facultades y avance sobre las libertades individuales. Este es el mayor de los peligros, por ello en la larga tradición constitucional se han puesto vallas y límites diversos al poder.
 
Hoy en día se han violado normas elementales y el monopolio de la violencia que denominamos gobierno se ha vuelto en general tan adiposo que atropella a quienes teóricamente lo contrataron para su protección y, en lugar de ello, el mandatario ha mutado en mandante. Como se ha dicho en el contexto de la tradición estadounidense, tal vez haya sido un error denominar “gobierno” a la entidad encargada de velar por el derecho del mismo modo que al guardián de la propiedad de una empresa no se lo denomina “gerente general”. Cada uno debe gobernarse -es decir, mandarse a si mismo- y, en esta etapa del proceso de evolución cultural (nunca se llega a una instancia final), las personas delegan esa protección en el agente fiscal.
 
De todos modos, es de especial interés destacar que cuando los aparatos estatales se arrogan facultades y atribuciones impropias para estrangular libertades (incluso con el apoyo de mayorías circunstanciales), forma parte de la mejor tradición liberal ejercer el derecho a la resistencia, en este caso, recurrir a la rebelión fiscal, cuyo origen se remonta a la independencia norteamericana que dio pie al experimento más extraordinario en lo que va de la historia de la humanidad. Más aun, se justifica dicha rebelión fiscal cuando no solo los gobiernos invaden áreas que no les corresponde sino cuando no prestan los mínimos servicios para los que fueron contratados, léase una pésima atención a la seguridad y la justicia, campos que habitualmente incumplen los políticos en funciones. En esta línea argumental, en todos lados se observan campañas electorales en las que nuevos candidatos prometen cambios en cuanto a la eliminación de la recurrente corrupción y poner manos a la obra respecto a la prestación de los servicios de seguridad y justicia siempre deteriorados en mayor o menor grado.
 
No solo hay dobles y triples imposiciones, sino que nadie entiende cuanto debe pagar debido a que las legislaciones tributarias son incomprensibles y fabricadas para que surja esa curiosa especialización de los “expertos fiscales”. Si los impuestos resultaran claros y fueran pocos, aquellos especialistas podrían liberarse para dedicarse a actividades útiles.
 
Hemos sugerido antes sustituir todos los impuestos por dos tributos: uno del valor agregado que no solo cubre la base más amplia posible sino que el sistema implícito de impuestos a cargo e impuestos a favor reduce la necesidad de controles. Por otra parte, es conveniente complementar el anterior con un gravamen territorial al efecto de que paguen quienes no viven en el país en el que tienen propiedades, las que también requieren la debida protección. Hoy en día, en lugar de aplicar el principio de territorialidad, es decir, cobrar impuestos a quienes requieren los servicios de protección en la jurisdicción del gobierno en cuestión, se aplica el principio de nacionalidad al efecto de perseguir al contribuyente donde quiera se encuentre aunque el perseguidor no le proporcione servicio alguno en el exterior. En verdad, este último principio es el de voracidad fiscal.
 
Ambos impuestos, el del valor agregado y el territorial no deben ser progresivos. Como es sabido, la progresividad significa que la alícuota progresa a media que progresa el objeto imponible. A diferencia de los gravámenes proporcionales, el progresivo obstruye la necesaria movilidad social, altera las posiciones patrimoniales relativas ya que contraría las indicaciones del consumidor en el mercado con sus compras y abstenciones de hacerlo y se traduce en manifiesta regresividad puesto que los contribuyentes de jure al disminuir sus inversiones reducen salarios e ingresos en términos reales de los más necesitados.
 
Es en verdad llamativo que muchos de los gobiernos que asumen, en el mejor de los casos centran su atención en la caja para lo que suelen incrementar más aun los impuestos, al tiempo que continúan comprometiendo patrimonios de futuras generaciones a través de la deuda pública, sea interna o externa y mantienen o aumentan el deterioro del signo monetario vía procesos inflacionarios que es otra forma de tributación. Y todo ello para financiar un gasto siempre creciente.
 
Antes de la Primera Guerra Mundial el gasto estatal sobre el producto oscilaba entre el dos y el ocho por ciento. En la actualidad el Leviatán consume desde el cuarenta hasta el setenta por ciento de la renta disponible. En cuanto a la presión tributaria, Agustín Monteverde ha producido un notable trabajo referido al caso argentino que resulta muy ilustrativo respecto a lo que venimos comentando. A continuación lo que transcribo proviene de ideas y procedimientos consignados en el mencionado ensayo.
 
Entre otras muchas cosas, dice Monteverde que para calcular el peso de los impuestos naturalmente deben incluirse todos, sean nacionales, provinciales y municipales y también los que llevan otros nombres como “tasas”, “contribuciones”, “retenciones”, “aportes previsionales”, “seguridad social”, “obras sociales” y demás subterfugios que suelen enmascarar tributos. También subraya el autor que, a estos efectos, no debe inflarse el producto agregando cálculos de lo que se produce en el mercado informal o “en negro” ajeno a buena parte de los barquinazos del “blanco” y, en este contexto, tampoco debe incluirse en el producto bruto interno los impuestos (como cálculo de los “servicios” prestados) ya que no tiene sentido relacionar impuestos con los mismos impuestos en el numerador y en el denominador de la ratio correspondiente.
 
Monteverde concluye que, en el momento de su estudio, la presión fiscal argentina era nada menos que el 58, 9 %, pero de viva voz manifestó que estaba actualizando el trabajo y que el nuevo resultado arrojaba el escalofriante guarismo de 63 % sin incluir el impuesto inflacionario, todo en el marco de los degradados “servicios” que son del dominio público que constituyen una afrenta al sentido común y un despiadado ataque al fruto del trabajo ajeno.
 
Aunque no lo tengo a mano, recuerdo un sesudo y muy bien documentado artículo de hace tiempo de Roberto Cachanosky en el que llegaba a la conclusión que la presión impositiva argentina era del 60%, y ahora Agustín Etchebarne, centrando su atención en un trabajador que en suelo argentino percibe 5.000 pesos mensuales, resulta que el gobierno le arranca el 53% de su propiedad. En todo caso, cualquiera de los ensayos serios en la materia revelan un abuso superlativo al contribuyente que muy lejos de servirlo lo exprime cual limonero y no se extermina el árbol solo porque el fisco se queda sin renta…¡vaya consideración a quienes teóricamente contratan empleados para que los protejan en sus derechos!

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.