BANALIDAD DEL MAL Y CRUELDAD (Sobre la terrorista ley del gobierno de considerar terroristas a quienes no piensen como el gobierno).

Por Gabriel J. Zanotti:  Publicado el 18/12/11 en: http://www.gzanotti.blogspot.com/

Podríamos elaborar mucho sobre la gravedad institucional de las nuevas disposiciones kirchneristas sobre el terrorismo. Podríamos explicar una vez más la importancia de la libertad de expresión; podríamos decir de vuelta que muchos liberales clásicos previmos esta situación “de terror” desde el 2003; podríamos preguntarnos qué autoridad moral tienen los actuales gobernantes para “legislar contra acciones terroristas”; podríamos reírnos de quienes el día después de las elecciones se reían de Elisa Carrió por su “resistencia al régimen”; podríamos elaborar una vez más sobre el origen esencialmente marxista-leninista, totalitario, antidemocrático y violento de quienes actualmente nos gobiernan y asombrarnos incluso de que no estemos peor.

Pero todo eso ya lo hemos dicho una y otra vez. Lo que ahora querríamos profundizar es la banalidad del mal del apoyo de la opinión pública. Dudo de que mucha gente de bien que ha votado a Cristina esté en la banalidad del mal, pero conjeturo que la mayoría de la población argentina, una vez más, se desinteresa totalmente de la suerte del perseguido, y en ello hay cierta crueldad. Si, la ley será aprobada totalmente y en principio todo parecerá seguir igual. Muchos seguirán con su vida cotidiana, algunos con su asaditos el Domingo, con su fútbol; otros con sus “dale bol….”, cotidiano, con Tinelli, Maradona y otras espantosas idolatrías y alienaciones habituales, con un marcado desinterés por la cosa pública (hasta que de repente todo explote, claro). De vez en cuando alguien será puesto preso por “terrorista”, pero, ¿qué importa? La vida seguirá igual. Ya pasó que “él” dijo que fulano debía ir preso y un mes después, oh casualidad, fue preso incluso con cosa juzgada. Pero, ¿a quién le importa?

Llamo a la buena voluntad y la honradez de todos, los que la votaron y los que no, a preguntarse sobre la frivolidad, indiferencia y en última instancia crueldad que hay en esta desidia. Por favor, no miremos al costado porque el otro tiene un pensamiento diferente al nuestro. Porque, finalmente, ese mirar al costado es el peor pensamiento, es precisamente la actitud que alimenta al más terrible de los males, como siempre sucedió. Los argentinos tenemos una política cruel. Por favor nadie diga que en otros lugares es peor porque estamos hablando de los trapitos sucios de la propia casa, que no se limpian porque la casa ajena sea más sucia. Los argentinos han demostrado crueldad. Desde las masacres mutuas entre unitarios y federales y diversas guerras civiles, desde la guerra contra el Paraguay, desde al enemigo ni justicia de Perón, los fusilamientos de Junio del 55, la barbarie de la noche de los bastones largos, los asesinatos y la crueldad de los montoneros y el ERP, la mafia de la triple A, la represión ilegal y bestial de los militares, la reverenda estupidez de Malvinas y cientos de episodios más: toda una historia de crueldad pero, como dije, de banalidad, de indiferencia, de la cuasi-complicidad de “mientras a mí no me toque”, o “no es tan grave”, o “qué le vas a hacer”; “estos b….se lo merecen”, “algo habrá hecho” y cuantas expresiones rodean nuestra banal, vana y alienada vida, ahora alentada con el vino para todos que no es precisamente igual a las Bodas de Caná.

Asistimos ahora a un episodio más. Y los kircheristas estarán mucho tiempo en el poder, se han enquistado en él porque son como la guardia pretoriana que el pueblo romano apoyaba. Pero, tal vez, alguna día lejano caigan, tal vez sólo por su propia ineficiencia (no tienen la perversa inteligencia del partido comunista chino -pero se le acercan-). Pero cuando caigan, ¿qué? ¿Los nuevos en el poder saldrán a perseguir a todos los kirchneristas? ¿Se regodearán con la venganza y así, in eternum?

La Argentina, creo, va a desaparecer como proyecto de país, sumido en el caos económico e institucional pero, sobre todo, sumido en la chatura moral del odio más vano y banal.

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

PREPUBLICACIÓN: EL LIBERALISMO NO ES PECADO.

Por Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo: Publicado el 18/11/2011 en http://findesemana.libertaddigital.com/el-liberalismo-no-es-pecado-1276239595.html

En 1884, el sacerdote catalán Félix Sardá y Salvany publicó un folleto, que tuvo una amplia difusión
dentro y fuera de España, titulado El liberalismo es pecado. Son muchos los que seguramente coincidirán
hoy con ese diagnóstico, pero se asombrarían al leer el texto del padre Sardá, porque para él la economía
no era ni de lejos el centro de lo que llamaba liberalismo.
A juicio de Sardá, los principios liberales eran: “La absoluta soberanía del individuo con entera
independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que
no nazca de ella misma; soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con
absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio
primero y por la mayoría parlamentaria después; libertad de pensamiento sin limitación alguna en política,
en moral o en religión; libertad de imprenta, asimismo absoluta o insuficientemente limitada; libertad de
asociación con iguales anchuras”.
Qué insólito resulta leer una relación de principios del liberalismo que no incluya ni una sola mención
a la economía, al mercado libre, al papel del empresario, a los impuestos, al gasto público, a la política
económica, monetaria, laboral, industrial, asistencial, etc. También es extraño comprobar que una parte de
lo que el padre Sardá condena en el liberalismo sería hoy condenado por todos los liberales: así sucedería
con la idea de que las mayorías democráticas y parlamentarias pueden legislar “con absoluta independencia
de todo criterio que no sea el de su propia voluntad”. Ante eso, cualquier liberal argumentaría que ninguna
mayoría, por abrumadora que sea, está legitimada para violar la libertad y los derechos de los ciudadanos.
En efecto, el liberalismo pivota sobre la libertad individual, va más allá de la economía y no tiene una
alternativa nítida en la política ni un modelo predeterminado de sociedad. Algunas personas podrán
identificar el liberalismo con variantes del conservadurismo, si bien son diferentes, o incluso con sistemas
políticos con algo de libertad económica pero con represión social, marcadamente antiliberales, o con
alguna religión o con la hostilidad hacia lo trascendente, cuando el liberalismo no entra en tales cuestiones
al ser un referente o un ideal que parte del principio de no agresión, de modo que la Iglesia católica y
cualquier organización tiene cabida en él, como también la tienen los individuos o comunidades que
defiendan el ateísmo militante, siempre que ni unos ni otros recurran a la violencia para imponer a todos la
obediencia a su poder, a sus principios y a sus valores.

Resulta evidente, pues, que Félix Sardá y Salvany hablaba de liberalismo en un sentido diferente a
como lo entendemos hoy: claramente se refería al combate del Estado en contra de la Iglesia católica, un
combate que se llevó y aún se lleva a cabo de modo falso en nombre de la libertad. (…) no pocos liberales
del siglo XIX cometieron el grave error de apoyar a un Estado que, en efecto, arrasó con el importante papel
de la Iglesia como propietaria y educadora, pero no fue eso el alba de la libertad, ni mucho menos, sino,
precisamente, de la consolidación de la coacción política y legislativa. Eran tiempos en los que los debates
que conmovían a la opinión pública hoy nos parecerían extrañísimos; por ejemplo, el matrimonio civil, cuya
instauración llevó a polémicas tan agrias que hubo países católicos que rompieron relaciones diplomáticas
con el Vaticano.
Estas eran las preocupaciones de Sardá y Salvany en 1884: la secularización y el “ateísmo social”,
que equiparaba con el liberalismo. Con independencia de que algunos de los pecados señalados por el
presbítero catalán no serían hoy considerados pecados por la propia Iglesia católica, y algunos tampoco lo
serían desde la perspectiva de los liberales, como su sana desconfianza en el arrogante racionalismo que
pretende cambiar toda la sociedad, de lo que no pueden caber dudas es de que para él la economía no era
el foco de la cuestión. Hoy sí lo es, y por eso hemos escrito este libro, no porque creamos que la economía
es lo más importante –para el liberalismo lo más importante es la libertad–, sino porque los antiliberales, los
herederos del padre Sardá que insisten en que el liberalismo es pecado, colocan a la economía en el centro
de su discurso (…).
Hace 65 años, el periodista norteamericano Henry Hazlitt publicó su clásico La economía en una
lección. Hazlitt sostenía que esa lección única, que derivó del liberal decimonónico francés Frédéric Bastiat,
era que ante cualquier idea, propuesta o medida económica lo que conviene hacer es atender no sólo a sus
consecuencias inmediatas y de corto plazo, sino también a las de largo plazo; no sólo a sus consecuencias
primarias, sino también a las secundarias, y no sólo a sus efectos sobre un grupo o sector particular, sino
sobre todos los sectores. Hemos recogido su sabia advertencia en este libro, donde, igual que con Sardá,
parafraseamos a Hazlitt y exponemos los problemas que plantea la economía en cinco lecciones
presentadas en otros tantos capítulos.
Empezamos por la acción humana, por nuestras necesidades y los medios a los que recurrimos para
satisfacerlas, el valor de las cosas, su utilidad y las importantes nociones de coste de oportunidad,
preferencia temporal y aversión al riesgo. Veremos cómo la institución de la propiedad privada, tan
denostada, permite que florezca la cooperación y la división del trabajo, que mediante acuerdos voluntarios
lleva a que en los mercados no sólo se produzcan más y mejores bienes, sino que en ésta, al revés de lo
que se piensa, los individuos atienden a los fines de los demás.
En los mercados existe una apariencia de desorden, incluso de caos. Es una impresión equivocada:
allí hay personas que entablan transacciones ordenadas conforme a los precios, que son señales de tráfico
de la economía. Consumidores y empresarios comparan precios y costes para tomar decisiones que
resulten útiles y rentables.
Tras analizar el coste del capital y denunciar el error socialista de pensar que el beneficio empresarial
se obtiene mediante la explotación de los trabajadores, desarrollaremos varias tesis no demasiado
populares entre el pensamiento predominante: los controles de precios y salarios resultan nocivos; los
especuladores son buenos; la publicidad y las marcas no son sistemas de engaño al consumidor; los
sindicatos pueden promover el desempleo, y el Estado no debe intervenir para impedir que haya empresas
tan grandes que parecen monopolios.
El capítulo 2 trata del dinero y el capital. Observamos que sin dinero la vida sería mucho más
complicada, porque el trueque limita enormemente los intercambios, y concluimos que no fue casual que al
final el oro se impusiera como el dinero por excelencia. El valor del dinero depende de su oferta y su
demanda: analizamos su lógica y consecuencias, como los cambios en el poder adquisitivo del dinero.
Describimos las relaciones entre dineros, es decir, los tipos de cambio y el comercio exterior. A continuación
abordamos el capital, o el valor monetario de los factores productivos, la forma en que los capitalistas
participan en los proyectos empresariales, la diferencia entre capital y bienes de capital, y la liquidez de los
agentes económicos. Por último, defendemos el ahorro, habitualmente demonizado por disminuir la
demanda de bienes de consumo, y exponemos el fracaso del socialismo.
La banca y los ciclos económicos son objeto de la tercera lección. Puede haber bancos comerciales o
de inversión, pero cuando expanden de forma artificial el crédito provocan que la inversión supere el ahorro
necesario para financiarla y el sistema financiero queda expuesto a un riesgo sistémico. Este riesgo se vio a
su vez multiplicado tras la aparición de los bancos centrales, monopolistas de la emisión y financiadores de
los Gobiernos, que al actuar como prestamistas en última instancia incrementaron acusadamente la
capacidad de la banca privada de expandir el crédito sin respaldo de ahorro. Estas expansiones y la
consiguiente descoordinación de ahorro e inversión generan las burbujas que desembocan en las crisis.
Muchos piensan que el Estado resultará en ese caso imprescindible para superar la crisis, en vez de la
mano invisible del mercado. Nosotros, en cambio, argumentamos que el pie visible del Estado retrasa la
recuperación a través de medidas equivocadas como el rescate público de la banca, la estabilización de los
precios y los engañosos planes de estímulo basados en un mayor gasto público. Así ha sucedido con la
crisis económica actual, que no fue fruto de la codicia ni de la desregulación, sino del intervencionismo de
unos Estados que, además de animar la burbuja, una vez que ésta estalló, acometieron políticas públicas
que han resultado un completo fracaso.
El capítulo 4 trata de la riqueza y la pobreza, que dan lugar a múltiples equívocos, empezando por la
extendida creencia de que tienen que ver necesaria y automáticamente con la abundancia o escasez de
recursos naturales, como si África careciera de ellos, y siguiendo por la idea de que la riqueza es un juego
cuya suma da cero, es decir, que uno sólo puede ganar lo que pierde otro. En realidad, los seres humanos
tienen capacidad de crear riqueza sin perjudicar a nadie y benefician además a muchos: eso es el mercado,
que requiere la libertad. Pero esa capacidad creadora es objeto de un antiguo recelo, por el que se
considera a las personas un peligro para la prosperidad, para la naturaleza y hasta para el clima y
únicamente ve en el comercio y en las empresas daño y explotación.
Subrayamos la importancia del marco institucional –de la paz, la justicia y la libertad– y rechazamos
las explicaciones de la pobreza según teorías inconsistentes, como la suma cero, la explotación y la falta de
ayuda exterior, y además irrespetuosas, como la que sugiere que los pobres son radicalmente diferentes de
los demás seres humanos porque son incapaces de salir adelante por sus propios medios precisamente
porque son pobres. Es una falacia, porque los pobres tienen capacidad como los demás y pueden trabajar y
montar negocios y empresas.
A veces se presenta a la intervención pública como indispensable para dejar atrás la pobreza, pero
esta idea no es cierta, y tampoco lo es la urgencia de la intervención en pro de la supuesta “lucha por la
igualdad”: al ser imposible erradicar la desigualdad humana por completo, esa lucha se convierte en
realidad en una excusa perfecta para la coacción perenne, una coacción que nunca logra la igualdad sino
más bien una sucesión de desigualdades arbitrarias.
La quinta y última lección analiza el papel del Estado, empezando por sus dos características
fundamentales: la coacción y la legitimidad. Diferenciamos así al Estado de todas las demás instituciones de
la sociedad civil con las que de forma errónea se lo compara, como si fuera lo mismo el Estado que una
familia o una empresa. A continuación refutamos la teoría del origen del Estado en un contrato social y
denunciamos la distorsión perpetrada a raíz del paso de la igualdad liberal, la igualdad ante la ley, a la
igualdad socialista, la igualdad mediante la ley. En efecto, la falacia de la “extensión de derechos” o de la
“justicia social” estriba en que pulverizan toda noción de límites al poder político y, al contrario, se convierten
en arietes contra la libertad y los derechos de los ciudadanos. La democracia se ha transformado,
paradójicamente, en un sistema donde los ciudadanos eligen cada vez menos.
A la ficción de que el Estado garantiza “conquistas sociales” se unió en tiempos recientes otra: la del
Estado en retroceso, hostigado por un pretendido liberalismo que jamás ha existido; en ninguna parte del
mundo se ha reducido el peso del Estado. Todo lo del neoliberalismo o “fundamentalismo del mercado”, o
consignas de ese tipo, es pura invención. En cambio, lo que no resulta una invención es el coste del Estado,
como lo prueban los gastos públicos y los impuestos, cuya lógica analizamos junto con la conducta de
quienes pagan y no pagan al fisco.
El Estado se presenta como imprescindible. No lo es: aunque todos los servicios que cubre fueran
inexistentes, los ciudadanos podrían obtenerlos igualmente; al fin y al cabo, son ellos los que los pagan, no
los políticos. Subrayamos el error de pensar que el Estado es sólo bueno y que sabe y puede resolver todos
los problemas sin crear a su vez problemas nuevos. Y terminamos el capítulo 5 con una nota de esperanza:
después de todo, el Estado no fue siempre tan intervencionista, oneroso e intrusivo como lo es hoy.
El libro se cierra con unas conclusiones que recapitulan las cinco lecciones sobre economía y
defienden la tesis central: el liberalismo no es pecado.

1Este texto forma parte de El liberalismo no es pecado, el más reciente libro de los profesores CARLOS RODRÍGUEZ
BRAUN y JUAN RAMÓN RALLO, que se ha puesto a la venta en España por la editorial Deusto el día 22 de noviembre
de 2011. Más información en: http://www.planetadelibros.com/el-liberalismo-no-es-pecado-libro-60880.html.

 
El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico
en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¿Acuerdo bueno o malo según la teoría?

Por Martín Krause: Publicado el 10/12/11 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/page/2/

El reciente acuerdo de los países de la Unión Europea, y el desacuerdo británico, ¿cómo pueden interpretarse a la luz de la teoría? Está claro que en las decisiones de cada país entran en juego cuestiones políticas locales, defensa de ciertos sectores, etc, pero eso ocurre siempre.

Propongo dos interpretaciones alternativas:

1. Negativa: los países que firman el pacto no van a cumplir los compromisos fiscales, es todo humo. E Inglaterra quiso quedar afuera para tener flexibilidad monetaria y fiscal “keynesiana”.

2. Positiva: Se dio el mejor resultado que se hubiera podido imaginar. Por un lado, 26 países de la UE se comprometen a nivel constitucional a imponer límites al déficit fiscal (norma que propusiera siempre James Buchanan). Por otro, Inglaterra queda afuera y salva al sector financiero de mayores regulaciones.

¿Qué piensan?

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Keynes, Röpke y Hayek: ¿Qué tan diferentes son sus ideas?

Por Adrián Ravier. Publicado el 27/4/11 en: http://www.elcato.org/keynes-roepke-y-hayek-que-tan-diferentes-son-sus-ideas

Dejemos por un momento de lado al keynesianismo, la economía social de mercado y la escuela austríaca. Concentrémonos en tres autores: John Maynard Keynes, Wilhelm Röpke y Friedrich Hayek. Si bien considero que sería correcto ubicar la filosofía política y el pensamiento económico de Röpke entre los trabajos de John Maynard Keynes y los escritos de Friedrich A. von Hayek, me propongo en el siguiente artículo intentar responder a una sola pregunta: ¿hasta qué punto sería esto cierto? Con un ánimo conciliador, trataré de mostrar consensos y diferencias entre tres de los pensadores más destacados del siglo XX. Es el objetivo final que estas comparaciones ilustren ciertos mitos que surgen en torno a ellos. Dice el profesor Resico sobre el pensamiento de Röpke: “En este sentido, su planteo se apartaba explícitamente, por un lado de la economía coactiva (planificación central, corporativismo fascista, intervencionismo estatista) y, por otro, de la economía de mercado interpretada en la tradición del laissez faire, que excluye la intervención del estado en asuntos económicos”.1 Lucas Beltrán Florez nos ofrece otras precisiones sobre este aspecto, mostrando un Röpke que aceptaba la “intervención conforme” del Estado en la economía, pero rechazaba la “intervención disconforme”: “[L]a diferencia entre la intervención conforme y la disconforme [se comprende] comparándolas con la regulación del tráfico por las calles y carreteras. Mientras tal regulación se limite (como ocurre en la realidad) a exigir pruebas de aptitud a los conductores, señalar vías de tránsito y dictar instrucciones sobre el mejor modo de circular, cumple una misión absolutamente necesaria, y cada uno sigue siendo libre de ir a donde quiera, cuando y como quiera; esta forma de regulación es comparable a la intervención conforme. En cambio, se asemejaría a una intervención disconforme, la regulación del tráfico que tuviera la absurda pretensión de ordenar el movimiento de cada uno de los vehículos, como el capitán que manda una columna en marcha”. “Röpke cree que la eliminación de las intervenciones disconformes y la aplicación racional de las conformes, encaminadas a asegurar el funcionamiento de la economía de mercado y la implantación del programa del ‘tercer camino’, son requisitos necesarios de una sociedad sana y estable”.2 La pregunta que me surge de este “tercer camino” es la siguiente: ¿No estarían de acuerdo tanto Keynes como Hayek con esta apreciación? Keynes y Röpke Concentrémonos primero en Keynes, a quien podríamos calificar como un defensor del “intervencionismo estatista”. 
Ricardo Crespo sostiene que “[e]l caso de Keynes es un ejemplo de construcción social de una realidad donde el Keynes/hombre no siempre coincide con el Keynes/mito”.3 Lo cierto es que posiblemente el error más significativo de Keynes haya sido titular su obra maestra como la “Teoría general”, si consideramos que los estudios y conclusiones presentados en 1936 aplican únicamente al caso particular de una economía con desempleo de recursos, y en especial a aquellas específicas circunstancias de la gran depresión de los años treinta. Como decía su amigo y discípulo Richard Kahn, se ha abusado de la palabra “Keynes”. Con el tiempo (y gracias a la acción de malos políticos), ésta quedó asociada a soluciones inflacionarias, falaces y facilistas, a los problemas de la desocupación y a un Estado fuertemente interventor. Sin embargo, concluye Crespo, sólo con importantes restricciones y matices (y en determinadas circunstancias) Keynes habría estado de acuerdo con las recetas que le atribuyen. Por eso, en 1946, el año de su muerte afirmó: “Yo no soy keynesiano”.4 De este modo, llegamos a un Keynes cuya teoría del intervencionismo económico sólo se acota a “determinadas circunstancias”. Algo similar podemos decir de la “economía social de mercado”. Resico muestra con precisión los “fundamentos de la economía de mercado” existentes en el pensamiento de Röpke, los que se sostienen sobre la base de su correcta comprensión de los órdenes espontáneos y en un marco institucional, social y ético favorable.
¿En qué circunstancias, sin embargo, considera Röpke que el funcionamiento de la economía de mercado se interrumpe? Hansjörg Klausinger, quien caracteriza a Röpke y otros alemanes como proto-keynesianos, nos explica que nuestro autor sólo alentaba la política expansionista en circunstancias específicas, haciendo referencia a la “depresión secundaria”.5 Röpke distinguía claramente la depresión primaria de la depresión secundaria. La primera es aquella depresión normal, que surge en todo ciclo económico y que es necesaria para liquidar la sobre inversión generada en la etapa del auge. Ante esta situación Röpke se podría denominar como un “liquidacionista”, en el sentido que no propone aplicar políticas para paliar tal situación. La segunda es aquella depresión que va un poco más allá de la necesaria liquidación de los comentados errores de inversión. Se trata de una depresión que se retroalimenta por sí misma, y que lleva consigo una destrucción de capital innecesaria, y que es imperioso detener. Podemos dar un ejemplo. En 2001, la tasa de interés de corto plazo en EE.UU., estaba en un 6,75 por ciento. La crisis de las punto com generó una amenaza al crecimiento y al empleo, lo que llevó al presidente de la Reserva Federal a reducir la tasa de interés al 1 por ciento. Los analistas coinciden que dicha tasa estuvo en niveles muy bajos por demasiado tiempo, lo que estimuló el desarrollo de una burbuja inmobiliaria. En 2004, ante una posible aceleración de la inflación, Greenspan decidió subir la tasa de interés, y el mercado inmobiliario, que se sostenía sobre esa política de liquidez, se derrumbó. Hayek y Röpke, colegas en la Mont Pelerin Society, coinciden en que la recuperación de la crisis requiere de cierta liquidación de proyectos de inversión que surgieron en torno a una tasa de interés muy baja. Pero apuntan que puede ocurrir un problema mayor, si la tasa de interés sube por encima de su nivel natural. Para ser más concreto: ¿Qué ocurriría si la tasa de interés sube hasta el 10 %? Esto llevaría a que no sólo se liquiden los proyectos de inversión que surgieron en torno a la reducción artificial de la tasa de interés, sino que la liquidación de inversiones sería aun mayor, y esto es innecesario. La necesaria liquidación de inversiones, que corrige los errores de la política de dinero fácil, es lo que llamamos depresión primaria. La innecesaria liquidación de inversiones , conocida como depresión secundaria, es producto de que la tasa de interés haya subido por encima de su nivel natural. Esto puede evitarse si la Reserva Federal, ya inmersa en la crisis, expande la base monetaria comprando bonos en el mercado. Röpke agrega que la expansión monetaria puede no tener la fuerza suficiente para detener la depresión secundaria, y por ello, debe ir acompañada de políticas fiscales que aseguren que habrá una mayor demanda de los créditos que la política de dinero fácil introduzca en el mercado. Si bien ambos estarían de acuerdo en una política expansionista para circunstancias especiales, es esta explícita e importante distinción de Röpke de la que hoy carece el “intervencionismo keynesiano”. Hayek y Röpke Hayek por su parte, viene a representar al laissez faire, el que “excluye la intervención del estado en asuntos económicos”. Nótese sin embargo, que Hayek también aceptaba –en circunstancias excepcionales- que los hacedores de políticas públicas hicieran algo ante la situación descripta. En términos de la ecuación cuantitativa del dinero (MV = Py), Hayek proponía mantener constante el ingreso nominal (MV). Esto tenía dos implicaciones. En primer lugar, permitir que ante un aumento de la productividad y su consecuente crecimiento económico (y), bajen los precios (P). Ya en Precios y producción, decía Hayek: “El que no haya ningún peligro en que los precios caigan cuando la producción sube ha sido subrayado una y otra vez, por ejemplo por A. Marshall, N. G. Pierson, W. Lexis, F. Y. Edgeworth, F. W. Taussig, L. Mises, A. C. Pigou, D. H. Robertson y G. Haberler”.6 Cabe aquí hacer la distinción -muchas veces ignorada por los economistas que animan políticas anti-deflacionistas- entre el proceso de deflación que surge por aumentos de productividad, de aquel proceso que surge en las etapas últimas del ciclo económico.7 En segundo lugar, que ante una contracción secundaria de dinero, la autoridad monetaria expanda la base monetaria. En pocas palabras, la expansión primaria sirve para compensar la contracción secundaria. Hayek, sin embargo, jamás habló de combinar esta política monetaria con políticas fiscales. Su preocupación, como la de Röpke, no era evitar el ajuste necesario del período de sobre-inversión (que Hayek llamó más bien de mala-inversión), sino evitar que el ajuste sea mayor al necesario para volver a una situación de normalidad.8 Conclusión Estos comentarios acercan el pensamiento de Keynes, Röpke y Hayek, con el único objetivo de mostrar que ninguno representa los extremos con los que muchas veces se los identifica. Resulta fundamental, sin embargo, señalar –como lo hace Resico- que Röpke –al igual que Hayek- realizó una valoración crítica del pensamiento de Keynes, “en el que destacaba una generalización errónea del principio de la ‘demanda efectiva’”, esto es, el conocido modelo keynesiano de demanda agregada. Más precisamente Röpke se separaba de la propuesta keynesiana de pleno empleo, el que representó un manejo activo de la política económica de coyuntura, otorgándole un sesgo inflacionista y de control cada vez más amplio sobre el sistema económico,9 aspecto que se replica en Hayek.10 En otras palabras, la crítica de Röpke -que desde luego compartía con Hayek- estaba destinada a esa propuesta de manejar científicamente las variables monetarias, controlando la cantidad de dinero en circulación, los tipos de interés, el tipo de cambio, y mediante ellos, determinar el nivel de empleo y la tasa de crecimiento económico. Esta “fatal arrogancia” que hoy sostienen muchos economistas, de querer manejar la economía como si fuera un automóvil, mediante unos cuantos controles en un tablero, es el error fatal que Keynes introdujo, y del cual necesariamente debemos distanciar tanto a Röpke como a Hayek. Después de todo, como ha señalado Garrison, “Keynes [en parte] fue un keynesiano”.11

Referencias

1. Resico, Marcelo F. La estructura de una economía humana, Reflexiones en cuanto a la actualidad del pensamiento de W. Röpke. Educa (Buenos Aires). 2008.

2. Beltrán Florez, Lucas. Economistas modernos, Cap. XII: Röpke, pp. 136-137. Editorial Teide: Barcelona. 1951.

3. Crespo, Ricardo. El pensamiento filosófico de Keynes: Descubrir la melodía, Ediciones Internacionales Universitarias: Madrid. 2005.

4. Crespo, Ricardo. “John Maynard Keynes, un economista profundamente anti-keynesiano”, Revista digital La Escuela Austríaca en el Siglo XXI, No. 14, Fundación Friedrich A. von Hayek (Buenos Aires). 2009.

5. Klausinger, Hansjörg. “German anticipations of the keynesian revolution?: The case of Lautenbach, Neisser and Röpke”, The European Journal of the History of Economic Thought,

6: 3, Otoño 1999, pp. 378-403. 1999. 6. Hayek, Friedrich. Precios y producción. Unión Editorial: Madrid, pp. 97-98. 1997 [1931].

7. Salerno, Joseph “An Austrian Taxonomy of Deflation”. Presentado en “Boom, Bust, and the Future”, 19 de enero de 2002, The Mises Institute, Auburn, Alabama.

8. Ravier, Adrián. “El mito liquidacionista de Hayek y su regla monetaria”. ElCato.org, 15 de febrero de 2010.

9. Resico, Marcelo. “Wilhelm Röpke: una vida por el humanismo económico”. Acton Institute de Argentina (Buenos Aires). 2008.

10. Ravier, Adrián. En busca del pleno empleo: Estudios de macroeconomía austriaca y economía comparada. Unión Editorial: Madrid. 2010.

11. Garrison, Roger W. “Keynes was a keynesian”, The Mises Institute, 20 de mayo de 2010.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Nace Otro Adefesio en Caracas

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 15/12/11 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7052

En Venezuela, acaba de constituirse una nueva organización continental que, por razones políticas, excluye a Canadá y Estados Unidos, que adoptó el rimbombante y grandilocuente nombre de Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños que naturalmente tiene su sigla: CELAC. Esta novel entidad se agrega y superpone a UNASUR, ALADI, MERCOSUR, CAN, OEA, CEPAL, CARICOM y SELA, todas con sus funcionarios, organigramas, estatutos y demás parafernalia.

 Tengo un libro en mi biblioteca cuyo título ilustra lo que quiero trasmitir en esta nota: Organismos internacionales, expertos y otras plagas de este siglo de Ángel Castro Cid, profesor de derecho en la Universidad de Chile en el que se lee que “Hoy, en cambio, los economistas siembran el oscurantismo en todo el globo; el flagelo de los planificadores azota a la humanidad entera y los expertos muestran por todas partes su lenguaje esotérico y sus mentes difusas. Ni siquiera los esquimales o los watusis se encuentran libres de los organismos internacionales, cuyas misiones pueden caerles en cualquier momento, con la velocidad del avión y la potencia destructiva de la bomba atómica […] Nos infunde respeto la oscuridad del lenguaje de quienes nos guían, y no nos detenemos a meditar si ella obedece a profundidad conceptual o a poca claridad de las ideas”.

Hace años se publicó  en la revista Newsweek un artículo de Philip Brougthton que aludía al léxico sibilino y pastoso de los burócratas internacionales para lo que ilustró su punto con un cuadro de tres columnas de nueve palabras en cada una e invitaba a los lectores a combinar una palabra de cada columna para el armado de expresiones típicas en los ensayos, libros y, sobre todo, documentos de trabajo de megalómanos. Recojo cinco ejemplos traducidos, siguiendo la metodología sugerida: “programación funcional equilibrada”, “movilidad estructural paralela”, “proyección direccional sistemática”, “instrumentación global integrada” y “dinámica operacional coordinada”. Esta palabrería hueca sirve para impresionar a los incautos y es la cáscara que envuelve los deseos superlativos de funcionarios estatales que aspiran a incrementar su poder sobre la vida y la hacienda del prójimo bloqueándoles todo resquicio de confort mientras ellos viajan en primera clase, se hospedan en suntuosas suites de hoteles de lujo, pasan por las aduanas sin ser revisados y obtienen suculentas remuneraciones, todo a cargo de los contribuyentes.

En Venezuela, acaba de constituirse una nueva organización continental que, por razones políticas, excluye a Canadá y Estados Unidos, que adoptó el rimbombante y grandilocuente nombre de Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños que naturalmente tiene su sigla: CELAC. Esta novel entidad se agrega y superpone a UNASUR, ALADI, MERCOSUR, CAN, OEA, CEPAL, CARICOM y SELA, todas con sus funcionarios, organigramas, estatutos y demás parafernalia. Se dice que en este caso no habrá costos adicionales aunque la sola inauguración significó viajes de mandatarios, adiposas comitivas, hotelería, comidas suculentas y bebidas de todo tipo, estrambóticos ramos florales en los salones del evento, equipos de audio, fotógrafos y regalos entre mandatarios.

En la sesión en la que hacía uso de la palabra Raúl Castro hubo una multitudinaria y ruidosa marcha de protesta en Caracas, en las inmediaciones del lugar en donde se celebraba la reunión, “por el insoportable desempleo, alta inflación y la inaceptable inseguridad”. El orador interrumpió su discurso para preguntar a que se debían las explosiones y el griterío a lo que Chávez respondió que era “para festejar el establecimiento de la organización”. Por su parte, Rafael Correa de Ecuador, Porfirio Lobos de Honduras y Ricardo Martinelli de Panamá la emprendieron contra el periodismo independiente a lo que se agregaron las reiteradas expresiones de Ortega de Nicaragua en el sentido de condenar enfáticamente la tradición filosófica de Estados Unidos (y no por su actual latinoamericanización), todo ello con el aval del dueño de casa que puso de manifiesto “la valentía” de semejantes declaraciones con el epílogo de suscribir la política de Irán. Por otro lado, Cristina Kirchner de Argentina dijo que había que “aprovechar esta oportunidad para convertirnos en protagonistas del mundo” y “encarar de manera efectiva la crisis económica mundial” que a su modo ejemplifica con el envío de gendarmes y sabuesos al mercado cambiario para amedrentar a los demandante de dólares en Buenos Aires. Por otro lado, informa Prensa Latina que Evo Morales de Bolivia conjeturó que “Luego de 500 años de resistencia indígena, 200 años de independencia, por fin nos juntamos para liberarnos”. Finalmente, dos de los mandatarios presentes declararon “off the record” que asistían “por razones estrictamente diplomáticas”.

Por su parte, la denominada “Juventud Rebelde de Cuba” declaró que CELAC “es un hito en la historia mundial” y que con eso “estamos enviando un mensaje a los indignados y pobres del mundo”, suscribiendo con entusiasmo la Declaración de Caracas de 39 puntos, la mayor parte de los cuales resulta anodina como suele suceder en los ámbitos de organismos internacionales al efecto de recolectar el mayor número de adhesiones posible, salvo el punto 30 que declara la “participación voluntaria” para suscribir una larga serie de otros documentos con fuerte carga estatista y el punto 26 que apunta a la “reducción de desigualdades sociales”, desigualdades que en gran medida se generan, por una parte, como fruto de la cópula entre empresarios que surgen de la dádiva y los aparatos gubernamentales y, por otra, consecuencia de las alarmantes corrupciones de gobernantes, puesto que las desigualdades en el contexto del mercado libre se deben a las votaciones que a diario efectúa la gente en el supermercado y afines, con lo que las consecuentes tasas de capitalización permiten elevar salarios en términos reales.

No solo descreo en general de los organismos internacionales (excepto los del tipo de Interpol, siempre que se incluya en sus funciones el atrapar a gobernantes que se fugan con dineros malhabidos) y creo en marcos institucionales que garanticen y aseguren la protección de derechos individuales, sino que, a esta altura de los acontecimientos, descreo de la existencia de embajadas las cuales se establecieron al efecto de adelantarse a posibles conflictos en vista de la precariedad de los medios de comunicación de épocas remotas. Pero, hoy en día, con Internet y la posibilidad de teleconferencias, no tiene sentido continuar con costosas estructuras del tiempo de la carreta, las cuales pueden suplirse con un simple consulado (la embajada norteamericana que se está construyendo en Irak tiene semejanzas con el Vaticano). Incluso, las actividades comerciales se llevan a cabo de un mejor modo a través de la comunidad empresaria (Guatemala no mantiene relaciones diplomáticas con China y, sin embargo, es el país con el volumen más alto de comercio por habitante de Latinoamérica con China).

Las reverencias, los saludos y las pomposas formaciones en los aeropuertos, las alfombras coloradas, las ceremonias, las marchas militares, los discursos y los elogios desmedidos (nunca tienen en cuenta aquello de que “entre lo sublime y lo ridículo hay solo un paso”), son parte esencial y alimento vital de los demagogos del momento, cuya incontinencia verbal y desproporción en el uso del idioma es directamente proporcional a la pauperización de quienes habitan en sus jurisdicciones. Ese es el sentido por el que propuse retomar el debate en la asamblea constituyente de Estados Unidos sobre la conveniencia de designar un Triunvirato en el Ejecutivo: es para aplacar tanta arrogancia y soberbia y mitigar en algo el deseo irrefrenable del caudillo (y mejor aún si se eligiera por sorteo como sugirió Montesquieu, en cuyo caso la atención se concentraría en limitar el poder puesto que cualquiera lo podría ocupar). Es por eso que en el último debate presidencial en Estados Unidos, Rick Perry ha sugerido que el Legislativo se limite a sesionar dos meses en el año y durante el resto del tiempo cada uno se dedique a actividades útiles ya que constituye un peligro la carrera por dictar leyes (“la inflación de las leyes se traduce en su depreciación” ha sentenciado Palniol). Es por eso que Bruno Leoni insiste en retomar la costumbre del common law y la República romana de contar con jueces en competencia en un proceso de descubrimiento del derecho y no de ingeniería legislativa, limitando al Parlamento a sus funciones originales, es decir, administrar y controlar las finanzas del rey o el emperador y abstenerse de fabricar nueva legislación frente a cada problema que se presenta, que además de encorsetar la situación la estropea. Por último, es por ello que los Padres Fundadores estadounidenses subrayaban la importancia de descentralizar el poder vía el federalismo, al contrario de lo que proponen los entusiastas de los centralizadores y unitarios organismos internacionales.

Si queremos que las cosas cambien pero mantenemos las mismas “vacas sagradas”, el resultado no se modificará un ápice. Afortunadamente hay quienes trabajan denodadamente para revertir la situación con propuestas de fondo que revelan honestidad intelectual y coraje moral que evitan a toda costa lo que Hannah Arendt bautizó como “el síndrome de la indefensión” que es el darse por vencido paralizado por la inacción, el pesimismo, la desidia y el miedo. 

Se requiere más recato y pudor en las funciones gubernamentales que, en esta instancia del proceso de evolución cultural, se limiten a la seguridad y la justicia, que, como hemos dicho una y otra vez, son las faenas que en general no cumplen para dedicarse a otras que no solo no le competen sino que dañan los intereses de la gente. En lugar de crear nuevos organismos internacionales superpuestos a los anteriores, los aparatos estatales debieran retomar la senda del constitucionalismo liberal al efecto de abrir  cauces a la energía creadora que da lugar a niveles de vida más dignos y fortalece el respeto recíproco.

 Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.

Euro. Prevalecerá sobre Escépticos.

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 15/12/11 en http://ambito.com/diario/noticia.asp?id=615824

Los números fiscales de los países de la eurozona son mejores que los de EE.UU. y de Japón. No obstante, están castigados con tasas de interés más elevadas y amenazas de retiro de inversores. Los bancos europeos cargan activos que se deprecian y pasivos que se encarecen, diluyendo sus patrimonios y capacidad de crédito.

Los euroescépticos no advierten el enorme capital político invertido en la construcción de la Unión Europea y del euro, durante más de 60 años. La idea nació con la Segunda Guerra Mundial, un largo proceso que comenzó a formalizarse con la Comunidad del Carbón y del Acero, materiales esenciales para el armamento y la guerra, en 1950. El propósito constitutivo de la Unión Europea es acabar con las guerras a través del comercio e intercambios libres. Eliminando obstáculos a las decisiones privadas, liberando los movimientos de bienes, activos y personas, se lograría una escala de mercado superior al que tendría la suma de las economías nacionales europeas separadas.

Excepción

Los escépticos no reconocen la trascendencia de los acuerdos celebrados el viernes pasado. Veinte y seis de las 27 naciones de la UE sancionaron el Pacto Fiscal para ordenar sus finanzas públicas. El Reino Unido fue la única excepción, condicionado por la división política del partido conservador en el gobierno.

Los escépticos sostienen que el Banco Central Europeo debe obligarse a comprar las deudas soberanas que no tengan interesados. Ello sería la debacle, pues convertiría al BCE en un ente cautivo de la política. Los bancos centrales gozan de prestigio en tanto sean independientes. En pocas palabras, que su política monetaria no esté al servicio de financiar al déficit fiscal y las deudas soberanas. Las monedas valen en tanto los bancos centrales sean independientes y consistentes en el tiempo.

En la emergencia, que es muy compleja por las apuestas adversas de grandes operadores y confusión sobre las fortalezas de la eurozona, el BCE ha venido adquiriendo bonos para sostener el patrimonio de los bancos, la estabilidad del euro y del proceso de transmisión monetaria son sus objetivos. Por eso no dejará caer a ningún banco y concedió créditos ilimitados a todo el sistema financiero.

El Pacto Fiscal acordado el viernes terminará de anudarse a fines de marzo de 2012, antes de los vencimientos de las deudas soberanas. En tanto, cuando los inversores descubran que la cotización de los bonos no desciende más, que tocó piso, se sentirán atraídos por los rendimientos, tanto mayores que los de EE.UU.

La ilusión de que la Fed intervendría para sostener la deuda del Tesoro es sólo eso, una ilusión sin fundamento. La base monetaria, neta de las reservas excedentes de los bancos comerciales, la que está en el mercado, es 15 veces menor que la deuda del Tesoro. Claramente, no tiene posibilidades de cargarse con esa deuda sin armar un desbarajuste.

Poder de fuego

En cambio, la deuda soberana de las naciones del euro es menos de 9 veces la base monetaria neta. Tampoco podría hacerse cargo, pero tiene mayor poder de fuego relativo. Y los números fiscales de EE.UU. son peores, con un 100% de relación deuda/PBI y el 8,5% de déficit. En la eurozona, los números son mejores (deuda/pbi, el 89%; déficit, el 4,1%).

No obstante, los prejuicios contra el área monetaria común juegan en contra, encareciendo los costos y exigiendo ajustes. Mientras muchos apuestan a cuántos países abandonarán la eurozona, sin decir cómo sobrevivirían aislados, no mencionan la incorporación de Croacia, en 2013, al euro y la UE ni de otros países que también se incorporarán. Tampoco reconocen que, de los 10 países de la UE que no están en el euro, la mitad tiene su moneda pegada l éste, en una cotización invariable y fija. Y que el resto de los flotadores irá convergiendo y se unirá en algún futuro cercano. En ese sentido, es sintomático el discurso ante el parlamento alemán del ministro de relaciones exteriores de Polonia, señalando que su país depende de la suerte del euro.

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Es Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.

Un proyecto inconstitucional que perjudicará los intereses nacionales

Por Agustín Etchebarne: Publicado el 15/12/11 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2011/12/15/un-proyecto-inconstitucional-que-perjudicara-los-intereses-nacionales-2/

Durante la celebración del día de la Industria, en Tecnópolis, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner habló de generar confianza para atraer inversiones. Una semana más tarde, durante la presentación del Plan Estratégico Agroalimentario (PEA) exhortó a los productores rurales a agregar valor e invertir en tecnología y conocimiento. Para conseguir esos propósitos es necesario garantizar la calidad institucional. Por eso, si de respetar las reglas de juego se trata, habría que empezar por la Constitución. El proyecto de Ley de Tierras, que pondría límites a la compra por parte de extranjeros, es un claro atentado contra la Carta Magna. El artículo 20 de la Constitución dice con absoluta claridad:

Los extranjeros gozan en el territorio de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano; pueden ejercer su industria, comercio y profesión; poseer bienes raíces, comprarlos y enajenarlos; ejercer libremente su culto; testar y casarse conforme a las leyes. No están obligados a admitir la ciudadanía, ni pagar contribuciones forzosas extraordinarias. Obtienen nacionalización residiendo dos años continuos en la Nación; pero la autoridad puede acortar este término a favor del que lo solicite, alegando y probando servicios a la República.


Nuestros padres fundadores concibieron a la Argentina como un país abierto que invita a los extranjeros a habitarlo. Así quedó establecido en el preámbulo de la Constitución que convoca con entusiasmo a todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino. Además, el artículo 14 les otorga los mismos derechos que a los locales, porque habla de los derechos de los “habitantes, sin hacer ninguna distinción entre extranjeros y autóctonos o naturales.
En principio, esta ley aparentaría perjudicar a los inversores extranjeros interesados en las bondades de nuestras productivas tierras. Sin embargo, no serán ellos los principales perjudicados. Serán los intereses de los argentinos los que terminen dañados. En un país donde hace falta mayor inversión estaremos restringiendo el ingreso del capital que viene del exterior. Eso significará menor productividad, salarios, empleos y, por ende, nivel de vida más bajo para todos.
Otra de las consecuencias esperables de una ley como la que podría llegar a aprobarse es la caída del valor de los campos. La menor demanda que generarán las restricciones de compra a los extranjeros podría provocar una depresión de los precios. Esto perjudicará principalmente a los pequeños productores. Para ellos el menor precio de sus tierras significará también una disminución de sus posibilidades de acceso al crédito productivo; ya que el mismo depende del valor del campo.
Los pequeños tenedores de tierras que no tienen posibilidad de hacerlas producir, verán mermados sus ingresos por alquileres, al cotizarse menos sus propiedades.
¿Por qué hay que suponer que un empresario agropecuario local hará mejor o peor uso de la tierra que uno extranjero? Tampoco tiene fundamento la hipótesis que supone que la extranjerización de la tierra atentaría contra la seguridad alimentaria: cuando se genera competencia necesariamente se incentiva -a locales y extranjeros- a producir más y en forma sustentable. Los que compran tierras son empresarios extranjeros no miembros de algún oscuro poder de otro país.
Serán los grandes terratenientes locales los que terminen beneficiándose con la aprobación de un proyecto como el que envió el Poder Ejecutivo al congreso ya que podrán alquilar más barato o comprar aquellos campos que vendan los pequeños propietarios, a mucho menor precio.
Además, medidas como éstas pueden traer represalias y llegar a afectar interese de los argentinos en el extranjero o alguna limitación para nuestras exportaciones. Es esperable que las personas afectadas se quejen con sus embajadas y logren dictar leyes en respuesta a una ley de tierras como la que se debate.

 Agustín Etchebarne es Lic en Economía (UBA); Máster en Desarrollo Económico (ISVE), posgrado en Comercialización Estratégica de la (UB). Ex profesor de Análisis Económico y Financiero en la Facultad de Derecho de la UBA y profesor de ESEADE.