El costo de seguir perdiendo las libertades económicas:

Por Pablo Guido: Publicado el 3/2/12 en http://www.rionegro.com.ar/diario/rn/nota.aspx?idart=807761&idcat=9539&tipo=2#comentarios807761

Hace unos días la fundación Heritage publicó el índice de libertad económica 2012, el cual evalúa a 179 países en diez variables entre las que se encuentran los derechos de propiedad, la facilidad para hacer negocios, la libertad comercial con el exterior, la corrupción, la inflación, las barreras a las inversiones extranjeras, la carga tributaria, el nivel de gasto público, entre las más relevantes. Todas estas variables permiten obtener una idea aproximada, nunca perfecta, de la libertad que tienen los residentes de un país para consumir, producir, ahorrar e invertir. Argentina se ubica en el puesto 158, cayendo veinte lugares respecto a la medición anterior y registrando así el mayor tercer retroceso (después de Grecia y Guinea Ecuatorial).

Los diez primeros lugares, en materia de libertades económicas, corresponden a Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, Chile, Mauricio, Irlanda y Estados Unidos. Por primera vez en la historia del índice un país africano (Mauricio) se coloca en el top ten del ranking, mientras que Chile regresa a dicho grupo después de unos años, siendo así la economía más libre de Latinoamérica. Otros países sudamericanos ubicados relativamente adelante son Uruguay (29º), Perú (42º), Colombia (45º) y México (54º). Hay que ir más atrás para ubicar a los otros dos socios del Mercosur de nuestro país, ya que Paraguay se ubica 79º y Brasil 99º. La “zona de descenso” del ranking está integrada por países como Corea del Norte (179º), Cuba (177º), Libia (176º) , Venezuela (174º) o Irán (171º).

Nuestro país, con un puntaje del 48%, está a “años luz” de las diez economías más libres, que alcanzan un promedio del 81,2%. Sin embargo, estamos mucho más alejados si hacemos un acercamiento a las variables: mientras que Argentina alcanza una calificación del 20% en derechos de propiedad, el top ten llega al 87,5%; en corrupción la diferencia es abismal también (29% versus 81%); lo mismo sucede en términos de libertades para invertir en el país (30% versus 77%) o libertades financieras (40% versus 80,5%). ¿Cuáles son las consecuencias de tener tan bajas calificaciones en reglas de juego que hacen a las libertades económicas? Por ejemplo, en la última década las economías que más han progresado en el índice tienen un crecimiento per cápita del 3,7%, mientras que las que muestran menor progreso del 2,1%. Esto significa que las primeras duplicarán el ingreso por habitante en casi 19 años y las segundas en 33 años. Otra diferencia es que en todos los continentes y regiones del planeta las economías más libres tienen un ingreso por habitante que supera en varias veces a las de menor libertad: en Europa por ejemplo las triplica; en Asia y Pacífico las supera en doce veces; en Medio Oriente y norte de África en ocho veces, y Latinoamérica en tres veces. O sea, tener libertades económicas paga el esfuerzo para el bienestar de la población.

En el caso de nuestro país, el hecho de tener un colapso institucional en la última década en materia de libertades económicas (derechos de propiedad pisoteados, una economía cada vez más cerrada, mayor corrupción, menores libertades financieras, mayores barreras para el inversor, etcétera) parecería que no nos ha afectado y que podríamos vivir a contramano de lo que en el mundo sí funciona. Pero no es así: la “lotería” que nos han brindado los precios de los commodities y las tasas de interés artificiales en el mundo nos han permitido rifar las tenues y débiles libertades económicas que habíamos mejorado en tiempos anteriores (en 1996 la economía argentina tenía una calificación del 74,7%). Pero en cuanto Papá Noel (“el mundo”) no nos sonría con tanta intensidad van a emerger amplia y plenamente las consecuencias, volviendo a nuestras escuálidas y volátiles tasas de crecimiento.

Los países que logran crecer sostenidamente (y no con el formato de “montaña rusa” que nos caracteriza desde hace seis o siete décadas) son aquellos que lograron crear contextos institucionales que incentivan la aparición de empresarios competitivos e innovadores. Nunca una economía se ha logrado desarrollar tirando al basurero los derechos de propiedad, cerrando sus economías, llevando sus gastos públicos a niveles infinanciables, cargando a su población de impuestos impagables o endeudándolos hasta lo imposible. Una muestra más de este fracaso son muchos países europeos o Estados Unidos, que se debaten entre el estancamiento y el retroceso económico. El siglo XXI le muestra a nuestro país una nueva oportunidad, ya que las regiones que más crecen demandan nuestros productos. Pero violar las reglas básicas de institucionalidad nos puede generar una carga tan pesada que no nos permita avanzar más rápido, y hasta nos haga retroceder quizás. No estamos condenados ni al éxito ni al fracaso, depende de las instituciones que nos podamos y sepamos brindar a nosotros mismos.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

Petroleras: Una intervención que no puede terminar bien:

Publicado el 16/2/12 en http://www.puntobiz.com.ar/noticia/articulo/66566/Petroleras_Una_intervencion_que_no_puede_terminar_bien.html

El discurso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ya había dejado constancia de la disconformidad del gobierno con la gestión de las petroleras, al acusarlas de no invertir lo suficiente en el país. A sus reclamos se sumaron el vicepresidente Amado Bodou y las provincias petroleras. Sin embargo, la ley no obliga a las empresas a generar una determinada oferta.

Lamentablemente, en un avance sobre la institucionalidad, el gobierno fue ideando herramientas que puede utilizar para “dominar” a las empresas privadas: la prohibición de transferencia de dividendos, un control más rígido de precios y copiosas multas. “¿Quién va a querer invertir en las actuales condiciones? En especial, en el sector petrolero, que tiene largos plazos de maduración y es uno de los sectores con mayor presión tributaria, al que obligan a liquidar las divisas localmente y luego le restringen la recompra de recompra de esas divisas para girar dividendos o pagar su deuda externa”, dijo Aldo Abram, director ejecutivo de la fundación Libertad y Progreso.

“Este creciente intervencionismo en el sector no puede terminar bien. La solución no es la nacionalización o un cambio de manos. Quien compre a precio de ‘ganga’ una petrolera puede que esté dispuesto a hacer alguna inversión adicional; pero difícilmente haga las necesarias y posibles para desarrollar plenamente la capacidad productiva del país. En primer lugar, porque lo más seguro es que no tenga la capacidad financiera. Pero, si la tuviera, tendría la misma percepción de riesgo de los accionistas salientes”, agregó.

Según Abram, “la solución va en el sentido contrario a las políticas oficiales. Hay que tender a liberar la producción, la comercialización y los precios en el sector de hidrocarburos; aunque sea gradualmente, pero rápido. De esta forma, las empresas tendrán un fuerte incentivo a desarrollar la explotación y exploración de hidrocarburos y volveremos al autoabastecimiento. La historia muestra que este siempre ha sido el resultado de esta estrategia. En cambio, el intervencionismo siempre llevó a una menor producción”.

Esto que estamos viendo en este sector de energía, se repetirá en el de electricidad. Ya se nota la furia por los continuos cortes de luz que se explican por la mínima inversión en distribución. La amortización y sobrecarga de las líneas hará cada vez más frecuentes las fallas, a lo que se sumará la escasez de producción. No extraña que muchas empresas estén emprendiendo la retirada. La respuesta lleva necesariamente a anticipar problemas de energía en el futuro cercano.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

Habermas y Europa:

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 14/2/2012 en http://www.larazon.es/posts/show/habermas-y-europa

Dijo el Spiegel que Jürgen Habermas ha advertido sobre el final del ideal europeo, al que cree que hay que rescatar “de los políticos ineptos y las oscuras fuerzas del mercado”. Pero políticos no son ineptos, y las fuerzas del mercado arrojan luz y no oscuridad, aunque la arrojan sobre algo que el filósofo alemán piensa que puede y debe funcionar en bien de todos: la reconciliación entre democracia y capitalismo.

Aspira a que los poderes europeos, como el Consejo, adquieran legitimidad democrática, que los tecnócratas no puedan dar golpes de Estado, que los Estados no sean dirigidos por los mercados, y que arribemos a una “comunidad global” a través de “el ejemplo que brinda la Unión Europea de un concepto elaborado de cooperación constitucional entre ciudadanos y estados”. Pero no hay ninguna garantía de que la mayor democracia a escala europea no vaya a dar como resultado lo mismo que a escala nacional, a saber, más intervención, más impuestos, más burocracia y más intrusión de la política en la vida de los ciudadanos. Los tecnócratas, por su parte, son parecidos a los demás gobernantes: han subido los impuestos tanto en Italia como en España. Los Estados, por cierto, no son dirigidos por los mercados: lo que sucede es que por muy poderosos que sean, no pueden hacerlo todo, típicamente, no pueden gastar más de lo que ingresan y después pretender que no pase nada. Y el Estado no coopera con sus súbditos, los somete.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Sanguinetti: las semillas abiertas de América Latina:

Por Alejandro Alle: Publicado el 6/2/2012 en http://www.elsalvador.com/mwedh/nota/nota_opinion.asp?idCat=50839&idArt=6619317

Julio María Sanguinetti, ex presidente del Uruguay, quien en pocos días estará visitando El Salvador para hablar en ENADE, escribió recientemente un esclarecedor artículo sobre América Latina, invitando a “distinguir las cenizas del pasado de las semillas del porvenir”.

No es sorpresa la categoría intelectual de Sanguinetti, historiador y periodista de extracción socialdemócrata, que desempeñó la presidencia de su país en dos oportunidades (no consecutivas…), y que desde hace muchos años nos tiene acostumbrados a los sudamericanos a disfrutar de su exquisita e incisiva pluma. Enriquecida, en su caso, con la visión que le ha dado el poder.

Las semillas de las que habla Sanguinetti son “el nuevo mundo de la globalidad y la tecnología”.

A ellas se contraponen las cenizas de un pasado que, si bien cambió de formas, pues ahora es formalmente democrático, se resiste a darse por vencido. Son las cenizas de “la tentación populista”. Y del reeleccionismo. Consecutivo y con pretensión de indefinido…, cabría agregar.

Son también las del clientelismo. Ese “que ya ni siquiera ofrece empleo como antes, sino que da dinero y amarra conciencias”. Es cierto, el fenómeno es más marcado en Sudamérica que en Centro América, pero no porque izquierdas y derechas de los barrios centroamericanos no lo anhelen…, sino porque el viento a favor de las materias primas (y del dinero fácil) sopla débil por estos arrabales.

Los vientos generosos permiten manipular, además, las estadísticas de desocupación, pues las dádivas “transforman a un trabajador desocupado en un mendigo presupuestado”, según las ácidas y precisas palabras de Sanguinetti. Clientelismo del más miserable.

Son las “utopías regresivas” de las que hablaba otro ex presidente, el brasileño Fernando Henrique Cardoso, con quien su sucesor Lula tuvo muchos más puntos en común de los que algunos creen. Especialmente en materia económica.

A las utopías se las disfraza, para favorecer su propagación, de un falso progresismo, dispuesto siempre a etiquetar de elitista a quien exija calidad institucional. Y de conservador a quien reclame excelencia en la gestión. Se trata, en verdad, de un progresismo de opereta. Regresivo.

Y es ejecutado por el “establishment” cultural de turno, intelectualoides de pacotilla que van para donde sopla el viento (de los billetes…). Mendigos presupuestados, como diría Sanguinetti. Eso si, en versión “high life”. Los de Argentina, por ejemplo, se llaman Carta Abierta, y el año pasado quisieron prohibir a Vargas Llosa. Pobres imbéciles.

Eduardo Galeano, uruguayo como Sanguinetti, hablaba hace más de cuarenta años de “Las venas abiertas de América Latina” (1971). Alegórico, sin dudas, al baño de sangre que siguió en la región.

Su obra, mucho más citada que leída…, fue descripta por su propio autor en un anexo posterior, titulado “Siete años después”, como un “manual de divulgación que habla de economía política en el estilo de una novela de amor o de piratas”.

En dicho anexo Galeano criticaba, con razón, el lenguaje cerrado de la economía, indicando, quizás en una referencia inconsciente a su propio libro…, que “algo parecido suele ocurrir con cierta literatura militante dirigida a un público de convencidos… [con] su retórica revolucionaria, un lenguaje que mecánicamente repite, para los mismos oídos, las mismas frases hechas, los mismos adjetivos”. A confesión de parte…

En efecto, expresiones vacías como “nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena”, incluídas en la introducción, les achacan a hechos del pasado, mejor cuanto más lejano…, todos los males del presente. Inexorablemente.

¿Culpables? Desde Hernán Cortés hasta las fábricas de Manchester, pasando por la United Fruit Co. Típica pose de latinoamericano víctima de una confabulación planetaria. Que es atractiva. Pero falsa. E inútil.

No son las heridas del pasado, sino la falta de competitividad del presente, lo que mantiene atrasada a América Latina. En vez de abonar las semillas del mañana, izquierdas y derechas retrógradas se ensucian con las cenizas del ayer. Todo por defender el glamour (y el negocio) de un heroísmo, en buena medida, inventado.

Hasta la próxima.

Alejandro Alle es Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy.

 

La ONG más grande del mundo:

Por Alejandro Tagliavini: Publicado el 16/2/12 en: http://www.elnuevoherald.com/2012/02/16/1129259/alejandro-a-tagliavini-la-ong.html

Ahora que están de moda las ONG, Organizaciones No Gubernamentales, es decir, privadas, y que convocan muchos más activistas que los políticos, es interesante que aclaremos algunas ideas. Empecemos por recalcar aquello que ya decía la escolástica medieval, que antes que la caridad está la justicia. O sea, que si la sociedad fuera perfectamente justa, esto es, “diera a cada uno lo suyo”, nadie necesitaría caridad. A ver, el orden del cosmos está hecho para que la naturaleza viva, en especial, la humana (de otro modo ya hubiéramos desaparecido). En consecuencia, prevé que cada uno reciba aquello que necesita para vivir. Así, este planeta tiene capacidad para producir más alimentos que los que demanda la humanidad. Entonces, si hay hambre es porque se está coartando el desarrollo espontáneo de la naturaleza. Ahora, precisamente, el desvío forzado, coactivo, del curso natural y espontáneo del cosmos se llama violencia, decía Aristóteles, que si no existiera, si la sociedad fuera perfectamente justa la caridad no haría falta. Pero como el hombre jamás será perfecto y, entonces habrá injusticia, la caridad de algunos puede aliviar las consecuencias de la coacción de otros. Pero hete aquí que la mayor iniquidad hoy suele provenir de los Estados, ya que se arrogan el monopolio de la violencia (supuestamente “justa”). Por caso, los impuestos, coactivamente recaudados, crean la pobreza ya que, por caso, los empresarios para pagarlos suben precios o bajan salarios, es decir, que las cargas fiscales se derivan hacia abajo creando pobreza y marginalidad entre los más débiles. No es creíble se pueda ser independiente de quien financia, de modo que las organizaciones estatales, que dependen de la financiación estatal, son vehículos discrecionales de los políticos que manejan la recaudación coactiva. Pero este no es su principal problema. El principal problema es la ineficiencia: es que la violencia destruye y, por tanto, los recursos obtenidos de este modo serán destructivos. La caridad privada, además de que no crea pobreza al no financiarse con recursos obtenidos violentamente, es superior porque surge de una genuina vocación de servicio de los voluntarios particulares y es más eficiente ya que no necesita la enormidad de empleados burocráticos, entre otras cosas, para manejar la recaudación coactiva, los espías (“inspectores”) y encarceladores de los que se niegan a pagar. Pero además de ser la caridad privada superior a la estatal, también suele ser más importante. Por caso, la ciudad de Buenos Aires, con unos tres millones de habitantes (sin contar el conurbano), tiene unas 2,000 escuelas que albergan alrededor de 650,000 alumnos. De estas, 800 son estatales, que incluyen unos 310,000 alumnos, y 1,200 privadas, con 340,000 alumnos. De las privadas, la gran mayoría pertenecen a la Iglesia Católica, que es la mayor ONG del mundo, donde tiene unas 57,000 escuelas maternas, 90,000 primarias, 40,000 secundarias, 4,500 hospitales, 18,000 dispensarios, 500 leproserías, 15,500 casas para ancianos, enfermos crónicos, minusválidos, 8,500 orfanatos, 11,500 jardines de infancia, 13,500 consultorios matrimoniales, 33,000 centros de educación o reeducación y otras 10,000 instituciones. Corolario: no solo no es necesaria la caridad estatal sino que, en tanto obtenga los recursos de manera coactiva, es contraproducente.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fué miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

¿Debemos privatizar el fútbol?

Por  Adrián Ravier. Publicado en febrero 15, 2012 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/

Hacia fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX fueron naciendo los clubes grandes del fútbol mundial. En casi todos los casos, estos surgieron como instituciones civiles sin fines de lucro, financiadas con el aporte voluntario de sus socios, los que eligen democráticamente a su presidente por mandatos periódicos.

Con el correr del siglo XX el fútbol fue sumando admiradores y se convirtió en una industria. Se construyeron grandes estadios de fútbol, la prensa fue dedicando cada vez más espacio para cubrir los partidos y los pases de jugadores comenzaron a ser millonarios, la mayoría de ellos, con destino europeo.

Pero también comenzaron a ser recurrentes las malas gestiones, las que dejaron a muchos clubes ahogados en deudas. Tal es el caso del fútbol español, que en junio pasado parecía estar en bancarrota con una deuda de 4000 millones de euros. Diarios como Expansión y El Mundo se han echo eco de la noticia.

En Argentina la situación es similar y ya se ha superado la barrera de los 1000 millones de pesos (unos 250 millones de dólare). En enero de 2011  La Nación ha sintetizado la situación de los clubes donde River (216.8 millones de pesos) encabeza la lista, pero otros clubes grandes como Independiente (144,4 millones de pesos), Rácing (105,3 millones), Boca (97,5 millones) y  San Lorenzo (96 millones) tampoco se alejan demasiado.

Todos los clubes apuestan a ventas millonarias de sus figuras que les permitan financiar estas deudas, pero qué ocurre si estas ventas no aparencen.

Por la multitud de personas que siguen a estos clubes se dice que son de “interés nacional”, por lo que el Estado puede aparecer cuando sea necesario para financiar un club en quiebra. No fue el caso de Deportivo Español, pero sí fue el caso de Racing, siendo la única diferencia el poder de convocatoria de cada uno.

La posible privatización del fútbol es un debate necesario. Carlos Beer resumía ya en 2001 para La Nación la posición de defensores y detractores de la privatización. Gustavo Veiga criticaba esta propuesta para Página 12.

El objetivo, pienso yo, es que alguien asuma con su patrimonio las deudas, y que no sea el Estado quien venga al rescate con el dinero del contribuyente.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

El regreso del Leviatán

Por Eduardo Filgueira Lima: Publicado el 16/2/12 en: http://cepoliticosysociales-efl.blogspot.com/2012/02/el-regreso-del-leviatan.html

Declararse “Liberal” en nuestro país y seguramente en la mayor parte de la América Latina es convertirse en un asociado al pensamiento más retrógrado y abominable,.. opuesto a las necesidades de las mayorías,… Diferente parece ser en otros países: precisamente en EE.UU. los liberales son criticados por sus simpatías por los más necesitados.

Parecería que no existe una interpretación unívoca acerca de lo que es el liberalismo y en especial que en América Latina el término se ha desvirtuado de tal manera – y no inocentemente – que se lo asocia al conservadurismo, a las políticas económicas monetaristas (que nada tienen que ver él) aplicadas durante los ´90, con el desinterés por el bienestar social y en un reduccionismo extremo solo con la defensa de un Estado Mínimo. 

Thomas Hobbes en el Siglo XVII describió el “estado de naturaleza” del hombre como una condición de permanente confrontación y guerra de los unos contra los otros, en despiadada lucha por satisfacer sus instintos y necesidades, por lo que a los fines de posibilitar una convivencia pacífica se convertía en una necesidad – una suerte de contrato social – mediante el que se otorgaba el poder al monarca,.. soberano,.. de poderes absolutos, sin el que la suerte de los súbditos sería pobre y desgraciada: el Leviatán[1].

Muchos pensadores desde John Locke concibieron la posibilidad de revelarse ante un monarca que no cumpliera sus deberes y finalmente el Liberalismo surge como respuesta liberadora de las monarquías absolutistas que dominaban en Europa: primero en Inglaterra (la Revolución Gloriosa) y luego en Francia (con la Revolución Francesa).

El liberalismo debe sus orígenes al rechazo a toda forma de opresión y despotismo. Sus principios fueron la defensa de la libertad individual, la libertad de comercio y el derecho a la propiedad privada. Más recientemente se ha reconocido además el derecho de cada quien a la búsqueda de su  propia felicidad.

¿Cómo es posible que esos principios hayan sido desvirtuados de tal forma que en muchos de nuestros países, el liberalismo pareciera defender principios obsoletos,.. cuando no retrógrados?

Los motivos son muchos, pero nuestra historia en gran parte, nos condena: América Latina es el subproducto de una serie de relaciones de grupos que se interrelacionan histórica y culturalmente.

La interacción entre los pueblos originarios, las características de la conquista hispánica (de ejercicio brutal, de estructuras jerárquicas, y conformación feudal), sumado a las ideas colectivistas que importaron los inmigrantes a finales del Siglo XIX, nos permite interpretar las relaciones de intercambio para que los reclamos y demandas a veces sustentadas en reales necesidades, fueran concedidas como dádivas por los que podían ejercer el poder de hacerlo.

Pero las dádivas se convirtieron para unos en “derechos”,… que fueron asumidos además como la “propiedad” del derecho a tener, alcanzar o reclamar, por lo que se considerara justo (lo fuera no), y al que lo otorga la creencia que de la misma forma se adueñaba del “derecho” a disponer de la voluntad del receptor. Esto es el resultado de una sutil y poco explícita negociación: los unos reciben (aún de manera disfrazada). Pero se deben a quienes les otorgan (aún de manera desembozada), ya que dueños del poder en realidad lo que otorgan resulta de utilizar recursos que son de todos. Y de esta forma es fácil pasar por benevolente y socializar hacia otros lo que pertenece a terceros,.. seguramente su proceder sería diferente si debieran usar sus propios recursos.

La relación es un perverso vínculo de poder: los unos quieren ejercerlo y conservarlo, mientras los otros – a veces por migajas – lo posibilitan,.. las ideas sirven para disfrazar el vínculo, para fanatizar, para generar una única forma de visualizar la realidad, para permitir un discurso único,… pero en especial permite mantener una relación de mutua conveniencia. Los hombres no se adaptan pasivamente a las circunstancias, sino que son capaces de jugar con ellas: y esta es la dinámica del juego de muchos actores políticos y la sociedad.

Esta relación no puede mantenerse porque los recursos son siempre escasos y las demandas pueden llegar a ser infinitas, en realidad no solo son crecientes: cada uno quiere ser “propietario” de más derechos,.. sino que a su vez una vez otorgadas resulta un enorme conflicto “recortarlas”: ¿Cómo se le quita algo que se le dio a alguien que ahora lo considera una conquista?,.. y asume “su propiedad como un derecho”: la propiedad de ese derecho del que es acreedor.

Si los recursos son escasos el gobernante para sostenerse en el poder recurrirá a cualquier exacción, endeudamiento, emisión,… o artilugio que le permita mantener los recursos necesarios para satisfacer – ilusiones al fin – los “derechos” prometidos y que satisfacen las demandas,.. mucho más si ello, en la intermediación (discrecional), le provee algún beneficio, aunque más no sea el caudal de votos necesarios para mantenerse en el poder.

En algunos países con mayor respeto a las instituciones republicanas la tentación puede existir, pero el control es mayor para la remisión de las ambiciones personales. Para prevenir los excesos de los gobernantes, desde J. Locke, J. J. Rousseau, Montesquieu (“El espíritu de las Leyes”) y antes aún, en Aristóteles (“La Política”), se propugna la división de poderes, mediante “Checks and balances” (controles y contrapesos). De tal suerte que los que administran los recursos de “todos”, se limiten en sus apetencias y no se vean tentados a usarlos en supuestos beneficios – que no son tales – para algunos, que resultan finalmente en ganancias personales, de acólitos, adherentes y amigos (impregnados casi sin tapujoscon toda forma de corrupción), pero también en perjuicio del conjunto.

En este juego de controles, la acción colectiva no debería jugar un papel menor, pero es en nuestros países y por nuestra propia historia-cultura, que con facilidad se instaura una “democracia delegativa”: “La esencia de esa concepción es que quienes son elegidos creen tener el derecho –y la obligación– de decidir como mejor les parezca qué es bueno para el país, sujetos sólo al juicio de los votantes en las siguientes elecciones. Creen que éstos les delegan plenamente esa autoridad durante ese lapso. Dado esto, todo tipo de control institucional es considerado una injustificada traba; por eso los líderes delegativos intentan subordinar, suprimir o cooptar esas instituciones”[2] 

Por ello no podemos considerar a nuestros gobernantes como personas impolutas,.. son simples seres humanos con sus virtudes, sus ambiciones, sus defectos y sus bajezas,… pero “el poder corrompe y el poder absoluto mucho más” (Lord Acton), y como a su vez no podemos dejar de reconocer que también existen los honestos: “El poder no corrompe; el poder desenmascara”(Rubén Blades),… pero la tentación, la ambición, el deseo de poder,… siempre existe y frente a ello nos hace falta crecer: fortaleciendo nuestra participación, denunciando el accionar político demagógico y oportunista, para una mejora de nuestras instituciones.

Es en este marco que el liberalismo – en su concepción de permanente lucha por las libertades individuales y contra todo poder absoluto – resulta un peligro para quienes detentan a su gusto y beneficio, el poder de gobernar. El liberalismo es su opuesto,… el liberalismo es el pensamiento que los descubre y por ello hay que denostarlo: “son las ideas de lo anti-social”,.. “las que los privarán de sus derechos”,… “las que privilegian el mercado, contra sus merecidos derechos”.

El liberalismo es una concepción ideológica que no solo pretende la defensa de las libertades individuales (las libertades negativas), sino la de realizar intercambios libremente, el respeto a la propiedad privada y a que cada uno se permita la búsqueda de su propia felicidad. Sino que a su vez en ese camino pretende la maximización del bienestar social: nadie piensa que puede vivir bien rodeado de miseria,… maximizar el bienestar general significa crear fuentes genuinas de empleo, mejorando la educación y la salud (cuyo deterioro es notable en nuestros días), generando riqueza para “igualar hacia arriba”, significa otorgar oportunidades.

Pero  no por  el irrestricto camino de conceder libertades para obtener seguridad[3] , es decir: permitir al soberano hacerse del poder absoluto para avanzar cada vez más sometiendo a todos a su arbitrio para restringir la libertad de muchos – incrementando el gasto público que limita las libertades porque se obtiene con los recursos de todos[4] – para dar “seguridad”, en tanto: “derechos adquiridos” a otros.

Porque finalmente este es el camino que finalmente perjudica a todos. Si los recursos son escasos y no puede gastarse más de lo que se produce, la economía un día les “pasará la factura” no solo a los gobernantes. Porque el gasto público (podrá disfrazarse, con deuda “externa” como sucedió en el gobierno de Menem, o con deuda “interna”[5] como sucede en nuestro país hoy), pero en los excesos termina pagando todo el país.

También a los que se creen gananciosos portadores de “derechos” que el gobierno mal los cumple, son receptores de migajas que los satisfacen hoy porque es lo que esperan o lo que creen merecer, pero que los obliga a no poder escapar de sus limitadas condiciones de vida, perdiendo y transmitiendo intergeneracionalmente la “cultura del no esfuerzo y el no trabajo”.

Y los que se esfuerzan y trabajan, viven en continua zozobra, por el: “¿podré sostener a futuro lo que me he ganado con tanta dedicación?”,.. mientras soportan una carga impositiva desmesurada (se estima hoy mayor al 50%) para sostener un Estado prebendario, burocrático y que mal gasta porque está teñido de corrupción o lo hace discrecionalmente.    

No es ajena a esta descripción lo que acontece en Europa. ¿Cómo quitarles ahora lo que consideran sus derechos, aunque excedan sus costos lo que sus gobiernos pueden?

En mayor o menor grado, todos los gobiernos del mundo se han visto tentados de gastar más de lo que debían,… todos se han visto compelidos a cumplir el papel benefactor de mantener “derechos” que exceden sus posibilidades. Salvo unos pocos han resguardado la austeridad, el valor de su moneda, las inversiones y su correlato la generación de fuentes genuinas de trabajo, todo lo que posibilitará a cada cual según sus medios, según sus capacidades y ¿por qué no?: también por el azar, alcanzar el mejor estándar del que sean capaces.

El otro camino – el que recorremos al compás de algunos países de Latinoamérica – conduce al subdesarrollo, al satu-quo, a mantener los privilegios: “privilegio es una dispensa para el que lo obtiene y un desaliento para los demás”[6], la corruptela de quienes negocian con el poder (el privilegio de ser partícipe de los negocios del Estado), y nos conduce por la pendiente regresiva, aún mayor para los sometidos no ven perspectivas para su futuro.

En nuestro país se declama un “proyecto nacional y popular”. Muchos voceros se encargan de propalar, alentar, ideologizar e inducir la creencia que este es el camino de la “igualdad” y el crecimiento de todos, cuando es en realidad para unos pocos y la adhesión por conformidad de muchos. Ese discurso se hace necesario para mantener el discurso hegemónico,.. para conformar y expresar una denodada defensa del “bien común”.

¿Cuál bien?,.. ¿es que todos pretendemos lo mismo?,.. ¿es que no puede permitirse que cada uno defina y busque su propio bien?,.. el pensamiento liberal se hace aquí peligroso para quienes nos gobiernan, porque conduce a la libertad de pensar diferente, de buscar alternativas propias.

Y es obvio que ello pone en riesgo el pensar común, por lo que se recurre a la descalificación, a la desembozada propaganda, a la demagogia de los actos públicos vacíos de contenido, a las “actuaciones” y los discursos llenos de simbolismo, al enfrentamiento con quienes se atreven a disentir con el discurso que nos imponen, a través de la “travesura” de la ley de medios, la cooptación de opinólogos independientes.

De la misma manera que se distorsionan las cifras oficiales, se esconde la inflación (que es la pérdida del poder adquisitivo de nuestra moneda), se imponen restricciones,.. cada vez más controles,… y se limitan libertades, quedando presos del entramado del poder aquellos que debieran ser independientes: el Legislativo y el Judicial, desmereciendo así el “Checks and balances”.

Y a la inevitable crisis interna se suma la desconfianza, la pérdida de credibilidad,… ¿Quién va a invertir donde no existe seguridad jurídica?,.. ¿Quién va a arriesgar en un país en el que va a ser acusado de especulador,.. o le cambian las reglas de juego a cada instante,.. o la calidad de las instituciones se pervierte día a día,.. o quién va a asumir un riesgo empresarial cuando es su rentabilidad la que está en continuo riesgo?,… aunque sea precisamente de ese señor que necesitamos para que genere fuentes genuinas de trabajo, que incremente la producción, que genere riqueza y que ofrezca más y mejores oportunidades, a quien no le ofrecemos condiciones de confianza y disminución a niveles aceptables, del riesgo que va a tomar.

El liberalismo entones debe asociarse en un discurso descalificatorio (y aceptado por el colectivo social) a nuestros períodos de retroceso – aunque fueran precisamente en nuestros períodos de grandeza cuando las ideas liberales de Alberdi, Echeverría, Sarmiento, etc., rectoras de nuestras políticas de desarrollo y nuestra otrora situación en el mundo – pero resultan ahora un peligro para quienes detentan el poder absoluto y sus políticas populistas.

La perversa asociación entre un poder político que se recicla y asocia al “capitalismo de amigos”, ante un colectivo social complaciente o creído de ser beneficiado por la declamación de sus “derechos” o la recepción de misérrimas dádivas, o un cargo en el Estado que solo es un voraz depredador, nos sumen en la distorsión del pensamiento liberal y subsecuentemente en un camino sin horizontes.

Pero lo peor que nos sucede – y que subyace en las sombras – es una “democracia devaluada” resultante del regreso del omnipotente Leviatan encarnado en las figuras del poder político.  

(*) Dr. Eduardo Filgueira Lima. Director del CEPyS

Buenos Aires, 16 de Febrero de 2012

Referencias:


[1] Hobbes, T. “El Leviatán” (1651)http://www.gutenberg.org/catalog/world/readfile?fk_files=1451508

[2] Guillermo O´Donnell en La Nación del 28 de Mayo de 2009 “La democracia delegativa”

[3] Foucault, M. “El nacimiento de la bio-política”. FCE (2010)

[4] IDESA “La Nación se queda con 3 de cada 4 pesos de la recaudación”. Inf. Nº 384 (2011)

[5] IDESA “ANSES y Banco Central financian la mitad del déficit fiscal”. Inf. Nº 426 (2012)

[6] Sieyés, E. “Ensayo sobre los privilegios”. Edición digital: www.antorcha.net

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Aspirante a Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE y Profesor Universitario.