Irán, en una guerra distinta

Por Emilio Cárdenas . Publicado el 26/10/12 en http://www.lanacion.com.ar/m2/1520176-iran-en-una-guerra-distinta

En su carrera por enriquecer uranio a niveles capaces de producir armas nucleares, Irán sigue arremetiendo contra todo. A cualquier costo. Porque su economía está seriamente deteriorada y su signo monetario sometido a un proceso de evaporación que es consecuencia de una inflación desenfrenada.

Salvo sorpresas, sus reservas en moneda extranjera podrían agotarse en julio de 2014. No obstante, para gastar buena parte de los 53.000 millones de dólares que generan sus exportaciones de hidrocarburos no hay otra prioridad mayor que la asignada al controvertido programa nuclear. Ocurre que para la teocracia shiita, la gente simplemente no cuenta y sus urgencias entonces deberán esperar. También allí un perverso “cepo cambiario” obra de ineficaz cerrojo impuesto a todos, menos al Estado y a sus funcionarios o ambiciones.

En ese escenario, en las últimas semanas, Irán ha sido protagonista de dos batallas cibernéticas, muy distintas.

Una es la que tiene que ver con la decisión de los proveedores satelitales europeos de dejar de transmitir los programas de las 19 estaciones de radio y televisión estatales iraníes que operaban por esa vía en sus emisiones a Europa y a Medio Oriente.

Proveedores satelitales europeos de dejar de transmitir los programas de las 19 estaciones de radio y televisión estatales iraníes que operaban por esa vía en sus emisiones a Europa y a Medio Oriente

Hablamos de la empresa francesa Eutelsat y de la británica Arquiva que, de pronto, debieron ajustar sus conductas al nuevo paquete de sanciones de la Unión Europea y sacar del aire al Estado iraní silenciando así a su infatigable maquinaria propagandística. Con esta medida, sin precedentes respecto de ningún Estado, las autoridades iraníes perdieron una audiencia diaria del orden de los 200 millones de familias. No es poco.

Irán no respeta en su seno ni el pluralismo ideológico, ni religioso o político, ni la libertad de expresión e información por lo que bloquea sistemáticamente las emisiones de la Voz de América y de la BBC, a las que hipócritamente califica de “emisoras de la oposición”, y encarcela sin miramientos a los disidentes. Insólitamente, acusó a la Unión Europea de “cercenar la libertad de expresión e información del pueblo iraní”. Una demostración de cinismo estremecedora, ciertamente de no creer.

Ante lo sucedido, no es imposible que las emisoras estatales (públicas, según algunos) iraníes se vuelquen ahora a trabajar desde Internet. Como en su momento lo hicieran algunas de las emisoras venezolanas independientes que habían sido previamente silenciadas por capricho de Hugo Chávez, que tampoco respeta la libertad de expresión, en rigor, ninguna libertad como surge de su reciente abandono del Pacto de San José de Costa Rica, que no ha merecido -pese a su gravedad- condena regional alguna. Apenas algún comentario -bastante menor- en sede de la ahora recelada OEA.

La segunda batalla que libra Irán es de signo diferente. Sus consecuencias se producen en el extranjero. Se trata de un demoledor ataque concertado aparentemente por “hackers” iraníes, que desde una organización denominada Qassam Cyber Fighters, tiene por blanco los sistemas electrónicos de entidades extranjeras. Entre ellas, los de dos bancos estadounidenses, cuyos sistemas electrónicos son blanco de toda suerte de interrupciones y manipulaciones por parte de los “hackers” iraníes.

Los referidos ataques cibernéticos iraníes fueron anunciados abiertamente, con alguna anticipación, y han podido ser sostenidos eficazmente por espacio de cinco semanas, pese a las medidas electrónicas defensivas dispuestas por las entidades objeto de los mismos.

El Pentágono norteamericano, cabe recordar, dedica anualmente unos tres mil millones de dólares a las tareas de anticipación y defensa de este tipo de aventuras contemporáneas.

A ello se suman los ataques de idéntica naturaleza lanzados contra la empresa más valiosa del mundo: “Saudi Aramco”, la empresa petrolera estatal de Arabia Saudita, país que es el principal enemigo regional de Irán. Sus sistemas electrónicos fueron también saboteados y paralizados -a mediados de agosto pasado- por los “hackers” iraníes. Las tres cuartas partes de la información que contenían resultó borrada y reemplazada por una imagen de la bandera norteamericana, en llamas. A ello se agrega un posterior ataque, de similares características, perpetrado contra “RasGas”, una gigantesca empresa de Qatar, que comercializa gas natural.

Ha aparecido una nueva y peligrosa forma de enfrentamientos y agresiones entre las naciones, que ha comenzado a ser usada también por los iraníes. Va mucho más allá de lo que hasta ahora denominábamos espionaje y es capaz de producir -a la distancia- daños de gran magnitud. Pertenece al capítulo de lo que se denomina la “ciber-guerra”. Irán, queda visto, ha comenzado a incursionar en él.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Lecturas venezolanas

Por Enrique Zuleta Puceiro. Publicado el 22/10/12 en http://elestadista.com.ar/?p=2815

Los resultados electorales dependen cada vez más de la estrategia, logística y astucia de los aparatos electorales.

Con una diferencia de un millón y medio de votos, Hugo Chávez volvió a sepultar las expectativas de cambio despertadas en todo el mundo por la casi milagrosa unidad de las fuerzas de oposición. La embestida final del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela), una de las maquinarias de campaña y logística electoral más disciplinadas y eficientes del mundo, arrasó con casi todos los pronósticos y demostró, una vez más, que los resultados electorales dependen cada vez menos de la calidad de la compulsa entre líderes, propuestas y proyectos en competencia y cada vez más de la estrategia, logística y astucia de los aparatos electorales.

Detrás del 55% logrado por Chávez –o del 54% de Cristina Kirchner en octubre del 2011- está la capacidad de los partidos de gobierno de desbordar y volcar a su favor los límites inestables de ese empate virtual que, desde hace años, existe entre gobierno y oposición en casi todas las democracias presidencialistas, incluida la de Estados Unidos.

La experiencia venezolana es susceptible de varias lecturas posibles. Comencemos por las que pueden ser más útiles para la experiencia argentina. Ante todo, una enseñanza central para las oposiciones. Una cosa son los indicadores de imagen, apoyo, evaluación de desempeño o adhesión a los lineamientos al modelo político de un gobierno y otra, muy diferente, la decisión de voto. Contra lo que siguen afirmando los partidarios de la “elección racional”, sin evidencias mayores que lo respalden, la decisión de voto no responde exclusivamente a cálculos de utilidad. Es, más bien, la resultante de factores racionales y emocionales muy complejos y cambiantes, difíciles de estudiar y administrar en sociedades cada vez más dinámicas y complejas.

En el caso de Venezuela, tanto los apoyos sociales como la evaluación de desempeño de Chávez reconocen una lenta pero segura declinación, impulsada por el desencanto y como reacción ante la desmesura y el temor. En amplios sectores de la sociedad venezolana se ha instalado desde hace años la noción de que la aceleración de la violencia, la crisis de la infraestructura, el deterioro de los servicios o la corrupción pública y privada son facetas de un mismo fenómeno de crisis estructural de un modelo fracasado, cuyo tiempo se agotó. Una contabilidad apresurada de estos factores llevó incluso a muchos a pensar que el electorado castigaría esta vez este fracaso, en la medida en que la oposición había sido capaz de unirse detrás de Capriles, una candidatura joven y sólida en cuanto a sus recursos, experiencia y títulos de liderazgo. Capriles era para muchos la garantía de la posibilidad de un cambio.

El resultado electoral demostró, sin embargo, todo lo contrario. Chávez ganó en todo el país. Avanzó incluso en los siempre decisivos sectores medios de las ciudades más dinámicas del país. La oposición sólo logró demostrar capacidad de unirse contra Chávez. Salvo la figura y estilo de Capriles, no consiguió incorporar una sola propuesta concreta de alternativa, suficiente como para convencer del contenido y ventajas del cambio. La Mesa de Unidad Democrática (MUD) fue ante todo una coalición de oposición, no de gobierno. Bastaron algunos fundamentos económicos seguros y previsibles, bastante más difundidos en toda la sociedad de lo que suele reconocerse, para que la decisión por el statuquo terminara por imponerse.

Y esta es la cuestión central. Sin una plataforma concreta de propuestas y posibilidades efectivas de gobierno, la oposición no sólo pierde el rumbo. Por sobre todo, se desorienta detrás de los medios de comunicación y termina por ceder a las tentaciones del papel de instancia fiscalizadora – entre todos los roles de oposición es, sin duda, el menos apreciado por una sociedad que busca, ante todo, que alguien asuma y se haga cargo de los problemas tal cual se presentan.

Frente al rechazo a las insuficiencias, fracasos y lacras de los gobiernos, termina por imponerse un sentimiento aún más fuerte: la ira e impotencia ante la falta de alternativas, la sensación de que no hay otro camino. Es este sentimiento de despecho airado de los sectores independientes ante la impotencia de la oposición el factor que finalmente quiebra la virtual paridad de fuerzas del final, a impulsos de la conclusión fatalista de que “no hay otra alternativa”.

Los diez puntos que supieron agregar en su momento a su ventaja final presidentes tan diferentes y en el fondo tan parecidos como Hugo Chávez, Cristina Kirchner, Dilma Roussef o Evo Morales miden con claridad las distancias que hoy existen entre un populismo de corte no muy diferente del que protagonizó las tradiciones del caudillismo y el socialismo nacional y la multitud de fragmentos provenientes del estallido del espejo de la república constitucional. Venezuela vuelve a demostrar un hecho real. En las elecciones presidenciales se vota ante todo gobierno, no oposición. Una de las ventajas del régimen electoral venezolano es la de que, a poco tiempo de la elección presidencial, se producen – en diciembre- elecciones de gobernadores y alcaldes. Serán elecciones también de gobierno, que someterán a una dura prueba la consistencia de la oposición. El conglomerado variopinto y autocontradictorio del MUD, que alcanzó el domingo 7 de octubre más de seis millones de votos, deberá así ratificar su vocación de alternativa, apenas dos meses después de una derrota como la que acaba de experimentar. Tal vez sea esta la principal lección de Venezuela.

En el peor de los escenarios de deslegitimación de un modelo político, de no concurrir razones económicas y sociales capaces de alterar el pulso de las expectativas sociales, la responsabilidad final recae en la propuesta propiamente política de quienes pretenden el cambio. Si lo que une a los partidos de oposición es simplemente el rechazo a la reelección o la demanda de control a la corrupción, nada impedirá que, a la hora de sopesar alternativas y riesgos, el empate se rompa una vez más en favor del orden establecido, cualquiera sea la fórmula a que obligue la Constitución para entonces vigente.

Enrique Zuleta Puceiro es Profesor de la UBA, Sociologo y miembro del Consejo directivo de ESEADE.

Por qué el populismo detesta la economía de mercado y la república liberal

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 3/11/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=4100

 No hace falta entrar en mayores consideraciones para afirmar que el gobierno detesta el mercado. Ahora bien, si uno entiende qué es el mercado, puede entender por qué el gobierno lo detesta y por qué su ataque al mercado está ligado a las libertades individuales.

Si bien desde el gobierno intenta presentar al mercado como un grupo de inescrupulosos que quieren ganar fortunas a costa de la pobreza de la gente, una burda descripción del mismo, la realidad es que el mercado es un proceso donde la gente expresa sus valoraciones.

En efecto, cada uno de nosotros tiene necesidades ilimitadas y recursos escasos. Esas necesidades varían de persona en persona y, a su vez, cada persona va cambiando el valor que le otorga a cada necesidad. Todo depende de las circunstancias en que se encuentre. Por ejemplo, una persona no le otorga el mismo valor a un vaso de agua en el medio del desierto que si está en su casa cómodamente instalado con abundante agua potable. En el medio del desierto esa misma persona podría entregar una enorme suma de dinero por un vaso de agua. La misma persona en su casa no entregaría jamás una fortuna por el mismo vaso de agua. El intercambio se produce a partir de las valoraciones que tiene la gente de un determinado bien y en determinadas circunstancias.

El simple ejemplo anterior muestra que, en el caso de la persona que está en el medio del desierto, está dispuesta a hacer el intercambio de su dinero por el vaso de agua porque valora más éste último que el dinero que entrega. Si está en su casa con abundante agua potable, valorará más el dinero que tiene que el agua que puede conseguir abriendo solamente la canilla.

En el mercado todo el tiempo la gente esta decidiendo si hace un intercambio. Si compra algún bien es porque le otorga más valor a lo que recibe, que el dinero que entrega. Si no lo compra es porque valora más el dinero que tiene que el bien en cuestión. Al comprar o dejar de comprar cada persona está expresando libremente sus valoraciones y estableciendo los precios de la economía.

Cada compra o no compra en base a las valoraciones de las personas va conformando el sistema de precios del mercado. Los precios del mercado expresan las valoraciones que las personas le otorgan a los bienes que se ofrecen en el mercado.

¿Cuál es la función del empresario? Descubrir dónde hay una necesidad  insatisfecha para satisfacerla. Si detecta esa necesidad insatisfecha, invierte y logra utilidades. Pero, el punto a considerar, es que la gente, con sus valoraciones, estará dispuesta a entregar determinada cantidad de dinero por el bien que le ofrezca el empresario, por lo tanto éste no puede poner cualquier precio como pretenden argumentar los anti mercado. Solo puede poner el precio que la gente esté dispuesta a pagar y, por lo tanto, los costos de producción en que puede incurrir el empresario están limitados a los precios que quiere pagar el consumidor, precio que depende su teoría subjetiva del valor: cuánto valoro lo que me ofrece el empresario y cuánto el dinero que tengo. Si el empresario pone un precio superior al valor que yo le otorgo al bien en cuestión, incurre en pérdidas.

Como puede verse, el mercado tan detestado por el gobierno es un proceso muy democrático. Cada uno vota todos los días al comprar o no comprar determinado producto.

A partir de lo expuesto, es fácil comprender que el mercado, siendo una expresión democrática y libre, choca contra la concepción autoritaria del populismo imperante.

Todos los costos de producción, incluyendo los salarios, los determinan los precios que la gente está dispuesta a pagar por cada bien o servicio. Las utilidades de las empresas las determinan los consumidores comprando o no comprando, por lo tanto, en el mercado, la distribución del ingreso dependerá de las valoraciones subjetivas de millones de consumidores que serán los que dirán quienes ganan y quienes pierden. El que satisface las necesidades de la gente y los que trabajan para ellos ganarán más que los que no satisfacen las necesidades de la gente.

En una economía de mercado progresa el que, por su propio interés, beneficia a la gente con su producción y su trabajo. Es lo que podríamos llamar una cooperación pacífica y voluntaria entre los miembros de la sociedad. Este progreso por méritos de esfuerzo, inteligencia, dedicación, riesgo, etc. es independiente del poder político populista y, por esa razón, inaceptable para el populismo porque son los populistas los que, en su ambición de poder, quieren decidir quienes progresan y quienes no, de acuerdo a sus necesidades electorales.

Por otro lado, el populismo abre las puertas a la corrupción porque los ganadores de ese sistema son aquellos que bendice el poder político, por lo tanto, los burócratas están en condiciones de “vender” la posibilidad de estar en el lado ganador y el que no “paga” es perdedor del modelo. La corrupción es inherente al modelo populista porque es un mecanismo de tráfico de influencias abusando del monopolio de la fuerza.

Esta matriz corrupta del populismo necesita, para sobrevivir, de la ausencia de controles. De una justicia sometida para que no se investigue la corrupción, al tiempo que requiere silenciar a los medios de comunicación para que la gente no conozca los turbios negocios del populismo.

No hay nada más contrario al populismo que los controles de una república liberal, en que la división de poderes hace que unos controlen a los otros. Por eso el populismo necesitan destruir la república, para no tener controles y poder hacer sus negociados con total impunidad. Y también por eso requiere del silencio de los medios de comunicación y de todo aquél que levante su voz contra el sistema corrupto. Necesitan intimidar a la gente con métodos violentos o bien mediante el monopolio de la fuerza que les fue delegado.

Si al partido militar se lo criticaba por usar las armas para levantarse contra el orden constitucional, el populismo hace exactamente lo mismo pero sin sacar los tanques a la calle. Se limitan a usar los resortes del poder para dar un golpe de Estado avanzando sobre la justicia, persiguiendo a la gente con los organismos de recaudación, creando fuerzas de choque con los dineros de los contribuyentes para amedrentar a la población y otros mecanismos de violencia contra todo aquél que no piense igual

En síntesis, los gobiernos populistas detestan el mercado no por una razón económica, sino porque va contra el objetivo del populismo que es controlar la distribución del ingreso en beneficio de sus propios intereses políticos y, obviamente, contra el mercado de corrupción que crean con los favores regulando la economía y, como para lanzarse a la corrupción más descarada necesitan que no hayan controles, también les hace falta terminar con los controles de una república liberal.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

 

El sistema de la rapiña: pobres los pobres

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 8/11/12 en  http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7554

Es difícil saber a ciencia cierta que proporción de las economías del llamado mundo libre opera bajo la égida del capitalismo en el sentido del respeto a la propiedad privada y, consecuentemente, a los contratos y que parte está dominada por la sociedad hegemónica, es decir, la intromisión de los aparatos estatales en los negocios de la gente. De todos modos, puede afirmarse que el bocado que maneja el Leviatán es creciente en grado alarmante y a su paso va dejando poco espacio para la administración de las haciendas por parte de los que nominalmente figuran como sus titulares.

En este contexto, surgen imparables alianzas entre gobernantes y empresarios prebendarios que se traducen en una inaudita explotación de los consumidores al obtener todo tipo de mercados cautivos a expensas del resto de la comunidad. A esto debe agregarse que estos comerciantes inescrupulosos no solo se alzan con abundantes ganancias sino que resulta que cuando le va mal transfieren las pérdidas sobre las espaldas de sus congéneres a través de lo que se ha dado en llamar “salvatajes”, a saber, transferencias coactivas y multimillonarias desde los que no cuentan con poder de lobby hacia los amigos del poder.

Esos subsidios a gran escala, impuestos a quienes se ganan honestamente el pan se traducen en notorias disminuciones en el nivel de las vidas de quienes entregan coactivamente el fruto de sus trabajos a manos de los mencionados asaltantes de guante blanco que cuentan con el apoyo de las estructuras estatales al efecto de poder concretar sus fechorías.

Esas estafas reiteradas hacen que los asaltados se vean obligados a restringir sus ahorros, a ubicarse en casas de menor categoría, a vender muchos de sus activos, a mudar a sus hijos de colegios y universidades, a renunciar a las vacaciones y a redoblar sus esfuerzos laborales.

Las cámaras de televisión registran una y otra vez los rostros decepcionados y angustiados de los explotados por un sistema estatista que expresa en toda su magnitud la rapiña más brutal a personas completamente abandonadas por marcos institucionales que originalmente se montaron para proteger los derechos de todos.

Para que la fiesta pueda continuar en cuanto a la referida succión de recursos, se monta un espectáculo en el que se prometen migajas a un público desprevenido al efecto de cubrir con un telón espeso los negociados de quienes la juegan de empresarios pero que, como queda dicho, en verdad son bandidos que arrasan con todo lo que encuentran a su paso sin ninguna consideración por nadie como no sea alzarse con el botín.

Incluso las crisis tradicionales en cuanto al derrumbe de las bolsas de valores y similares, en este cuadro de situación no necesariamente ocurre puesto que se sigue drenando en gran escala dinero de gente fuera de las empresas en cuestión que en definitiva es la que paga los platos rotos sin que en primera instancia se afecte la empresa. A esto se agregan legislaciones laborales que expulsan a los que más necesitan trabajar del mercado, se sigue insistiendo en sistemas de pensiones inviables y quebrados que comprometen severamente a futuros jubilados.

El origen de la crisis es desde luego el gasto elefantiásico de los gobiernos, las deudas públicas monumentales con sus respectivas monetizaciones, los desequilibrios fiscales astronómicos y las regulaciones asfixiantes que no permiten que prospere el que pretende hacerlo al margen de las garras estatales. Una vez desatada la crisis, naturalmente comienzan los barquinazos que son obviados por los antedichos lobistas y queda el común de la gente en un pozo cada vez más oscuro, hondo y pestilente.

Como simultáneamente se ha trabajado en la destrucción de las bases elementales de la educación, irrumpen los “indignados” del mundo que por supuesto que tienen razón de sobra para su indignación pero, paradójicamente, debido a una educación sistemáticamente deficiente, reclaman a los gobiernos más de lo mismo sin percatarse que nada pueden dar los estados sin que previamente no los hayan arrancado a los vecinos. Es tragicómico que a esto se lo haya bautizado como el “Estado de Bienestar” cuando a todas luces se ajusta a un “Estado de Malestar”.

Hasta no hace mucho los traspasos de recursos que efectuaban los gobiernos a sus aliados empresarios al efecto de devolver favores a los financiadores de campañas electorales y demás canonjías se llevaban a cabo de modo más o menos encubierto, pero ahora se realizan con una desfachatez superlativa y sin el menor rubor a través de las cuantiosas transferencias antes mencionadas.

Esta rapiña debe diferenciarse claramente de otra cuestión completamente distinta y que a veces se la suele mezclar y es la referencia a la codicia, la cual, como es sabido, significa pretender “demasiado” dentro de lo que establece el derecho, en contraposición a la antedicha rapiña que implica un asalto a los derechos de las personas. Por otra parte, ya he señalado antes que nunca me he topado con alguien que opere en el campo comercial y que considere que sus honorarios e ingresos deban cortarse por ser “demasiado altos”. Sin duda que deben establecerse las prioridades adecuadas en la vida entre lo crematístico y lo espiritual, pero el ambicionar más en el mercado libre es otra manera de decir que, para lograr ese cometido, deben satisfacerse de una mejor manera las necesidades del prójimo.

El compendio que consignamos en estas líneas sobre lo que viene ocurriendo en el sistema de la rapiña legalizada, no augura una situación alentadora pero es la que vislumbramos a menos que se destine tiempo y esfuerzos para contrarrestar esta tremenda malaria. Sin embargo, no podemos dejar de ser bastante escépticos también en esta materia puesto que observamos la cantidad de personas que esperan que otros les resuelvan los problemas en lugar de arremangarse y exponer sobre los descalabros del estatismo y las bendiciones de la sociedad abierta.

Hay gente humilde a la que le parece que estos males provienen de la naturaleza de las cosas y que por tanto deben resignarse a absorber el mal sin percibir que son patinadas de factura humana en una guerra despiadada por el poder. Por eso resulta de tanta importancia el estudio y el debate de ideas al efecto de mostrar los graves peligros que acechan a las conductas civilizadas y al consecuente progreso, y así liberarnos de la pendiente negativa que estamos recorriendo a pasos acelerados.

Habitualmente se miran los efectos que ocurren en la superficie, sin prestar la debida atención a las causas del derrumbe las cuales se sitúan en el plano moral, en el plano de principios y valores que al irse dejando de lado conducen al desplome de las condiciones de vida de todos. Y si a esto se enancan “guerras preventivas” que sacuden lo más íntimo de un país vía la destrucción de vidas, la desarticulación de hogares y una mayúscula hemorragia de recursos, la situación no puede ser peor.

Es indispensable volver la mirada a los grandes pensadores de todas las civilizaciones para retomar el camino del sentido común y el respeto recíproco a lo que se le adicionan formidables contribuciones contemporáneas por su notable fertilidad y rechazar visiones trasnochadas que inducen a la imprudencia, el despilfarro, la demagogia y la lesión de derechos. En todo caso, sea para el país que sea, resulta indispensable retomar la noción fundamentalísima de contar con sólidos marcos institucionales para lo que se requiere conocimiento del derecho como la brújula de la justicia, como punto de referencia y mojón vital para el establecimiento de normas extramuros de la legislación positiva. Al efecto de estos estudios esenciales se han escrito ríos de tinta en casi todas las latitudes, pero ahora deseo destacar una obra de gran valía de Marcos A. Rougés que lleva el espléndido título Descubriendo a Themis. La moralidad del Derecho.

Como se sabe, Marx erró en el pronóstico que cada vez habría más pobres pero finalmente terminará teniendo razón solo que no en el sentido de su escatología capitalista sino debido a la aplicación de sus consejos intercalados con dosis de fascismo situación que constituye una buena estrategia para que los incautos no se alarmen con el zarpazo de la propiedad de una sola vez y, en su lugar, dejar la propiedad a nombre de supuestos titulares mientras que los gobiernos manejan a su antojo el flujo de fondos. Cuando se haya esquilmado a un número suficiente de personas, los miserables del mundo no dejarán espacio para que los saqueadores disfruten de lo robado y así la explosión será completa, a menos, como decimos, que se reaccione a tiempo.

Llama poderosamente la atención el cuadro de situación de los pobres en el otrora baluarte del mundo libre que bien puede incorporarse a una producción cinematográfica de Woody Allen. En Estados Unidos, durante el último ejercicio fiscal, solamente a nivel federal, se gastó un trillón de dólares en 126 programas en “la guerra contra la pobreza” con el resultado que esa erogación duplicó la definición de persona pobre en términos monetarios, lo cual quiere decir que en lugar de mantener esos programas si se hubiera extendido un cheque a cada pobre el gobierno (los contribuyentes) se hubiera ahorrado el cincuenta por ciento que alimentó derroches y fraudes varios en el camino. Y no solo eso, en base a aquella definición la pobreza se incrementó en ese solo ejercicio en un nueve por ciento, lo cual incluye un sistema de jubilaciones y de medicina gubernamentales quebrados.

Para el caso de Estados Unidos, recomiendo muy especialmente dos libros recientes, primero uno de Peter Schiff (quien en un libro anterior Cash Proof -best seller en “The New York Times”- pronosticó la debacle de 2008) titulado America`s Coming Bankrupcy: The Real Crash donde, entre muchísimas otras cosas en un voluminoso trabajo de sesudos análisis, el autor muestra que la deuda pública sobrepasa los 16 trillones de dólares con ingresos federales por todo concepto de 2.2 trillones lo cual pone en la cuerda floja las finanzas, sobre todo frente a una suba de intereses que tarde o temprano pedirán los acreedores para compensar sus acreencias. Y esto en el contexto de un déficit fiscal del 14% del producto, arrastrando el peso y el peligro de cuarenta estados también altamente deficitarios. La segunda obra de gran calado, muy documentada y fundamentada para el caso es la de John A. Allison titulada The Financial Crisis and the Free Market Cure.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

“Nos dejan sin futuro”

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 9/11/12 en http://www.larazon.es/posts/show/nos-dejan-sin-futuro

 El profuso antiliberalismo que caracteriza la argumentación en favor de la huelga general convocada para este miércoles no debería impedir el reconocimiento de dos méritos que siempre han atesorado los intervencionistas de derechas e izquierdas: el brillo de su demagogia y la belleza de sus consignas. Por ejemplo: “Nos dejan sin futuro”.

Y es verdad, no tendremos futuro si seguimos el camino de los enemigos de la libertad, que sistemáticamente se concentran solo en los efectos malos de la reducción del gasto público, e ignoran los buenos; solo se concentran en los efectos buenos de las subidas de impuestos, e ignoran los malos. Hablando de ignorar, ignoran masivamente la realidad: “No podemos dejar que se aprovechen de la crisis para desmantelar el Estado del Bienestar”. Esto es lo contrario de lo que está sucediendo: los gobiernos están aprovechando la crisis para subir impuestos con la excusa de proteger ese mismo Estado del Bienestar. Exigen “acabar con el paro” mientras promueven el mismo intervencionismo que lo genera y extiende. Reclaman “un reparto justo del trabajo, la riqueza y el bienestar”, bellísima idea que ha estado detrás de los mayores desastres que hayan padecido nunca las trabajadoras y los trabajadores; pero lo siguen reclamando, como si no hubiera historia ni experiencia sobre lo que sucede cuando se quebranta la libertad de los ciudadanos. Alegan “defender derechos sociales y laborales” e ignoran sus costes y consecuencias dañinas para el empleo y la prosperidad. Lamentan que “el sacrificio no es compartido por toda la sociedad” pero jamás exigen la supresión de los impuestos que pagan los ciudadanos corrientes. De hecho, se oponen al objetivo de lograr “cueste lo que cueste, el equilibrio de las cuentas públicas”, pero nunca consideran qué puede suceder con un déficit creciente ni qué ventajas tendría para las trabajadoras y los trabajadores la reducción de la coacción política y legislativa sobre el llamado mercado laboral. Protestan porque no hay crédito, pero no porque sí lo haya, y muy copioso, para el sector público. Sostienen que las prestaciones sociales y los derechos laborales “hace cien años no existían y fueron conquistados a base de huelgas muy duras”. Es falso: el crecimiento del Estado no fue ninguna “conquista social” sino al revés: el Estado conquistó la sociedad extendiéndose en todas partes con excusas benévolas y redistributivas, haya habido huelgas o no.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

 

Sandy, las mentiras y el populismo

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 5/11/12 en http://m.eltiempo.com/opinion/columnistas/alejandrotagliavini/sandy-las-mentiras-y-el-populismo-alejandro-a-tagliavini-columnista-el-tiempo/12357994

“Como todo en la naturaleza se regenera y crece, este desastre puede impulsar el mercado y la construcción, y esto produciría una reinversión inteligente que mejoraría las áreas afectadas.”

Me encantaría ser socialista, porque coincido con sus “intenciones humanitarias”, sino fuera que no le creo a la violencia, no le creo ni cuando se escuda en una supuesta “defensa” propia (los mejores métodos de defensa son pacíficos). No creo que los guerrilleros, los  revolucionarios, sean más que simples homicidas, como lo fueron los “libertadores” de países que bien pudieron liberarse -si es que hacía falta- de manera pacífica como lo hicieron Canadá, la India y tantos otros.

Quizás algo de buena intención tenía, después de todo es un ser humano, Obama cuando dijo que no estaba “preocupado por las elecciones; mi prioridad es salvar vidas” frente a Sandy. Pero ¿no había algo de demagogia? Obama es el jefe de una organización, cuya esencia es el monopolio de la violencia dentro del territorio de EE. UU., y definitivamente la violencia solo puede destruir, por mucho que muchos crean que puede salvar vidas. Solo una organización basada en el servicio y cooperación voluntarios, como el mercado natural, puede ocuparse de eso.

También Romney suspendió su campaña y calculaba sus movimientos. El dolor humano muchas veces ha sido utilizado con bajeza por la política. Obama puede rentabilizar la identificación entre la “autoridad” y el pueblo que ve cómo el Estado “encabeza la defensa contra los desastres que provoca la naturaleza”. ¿Pero es tan así? Al paso de Sandy se han paralizado varios estados, pero analizando la situación fríamente surge que los principales problemas o daños se produjeron en los sistemas de transporte y de provisión de energía que son o completamente estatales o fuertemente regulados por el Estado. Y, por la falta de transporte o energía, la actividad privada se vio afectada; por caso, el cierre de Wall Street, que no había detenido sus operaciones desde el 11-S.

La MTA -el regulador del transporte- dice que fue el mayor reto en los 108 años de vida del metro de Nueva York, el más grande del mundo. ¿Sí? ¿En pleno siglo XXI, con todo el avance tecnológico que existe? El alcalde de Nueva York, Bloomberg, aseguró la noche del lunes que el servicio de emergencia recibía 10.000 llamadas cada media hora, diez veces más que lo habitual. “Llamen solo si su vida está amenazada”, pidió. Típico de las empresas estatales, sus constantes llamados al ahorro, como en energía eléctrica, al ser incapaces de proveer al mercado, no encuentran mejor “política comercial” que pedir que “se ahorre por el bien de todos”, cuando lo que habría que hacer es dejar que la actividad privada y competitiva provea de todo lo necesario.

Según las estimaciones, los daños superarían a los provocados por Irene en 2011, quizás unos US$ 20.000 millones (mientras que las aseguradoras perderán unos 10.000 millones), pero no tanto como Katrina en 2005, que costó US$ 108.000 millones y hubo 1.200 muertos. Ahora, en buena parte el desastre de Katrina se produjo porque los diques de contención habían sido muy mal diseñados por el gobierno, diques que podían haber sido bien construidos por las aseguradoras privadas.

En fin, como todo en la naturaleza se regenera y crece (Dios saca bien de mal, dirían los religiosos), este desastre puede impulsar el mercado,  la construcción, y esto produciría una reinversión inteligente que mejoraría las áreas afectadas, con un beneficio que podría llegar a los US$ 36.000 millones, dicen muchos analistas. 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Argentina: Vísperas del 8N

Por Enrique Edmundo Aguilar. Publicado el 7/11/12 en http://www.elimparcial.es/america/argentina-visperas-del-8-n-113908.html

Esta semana no pasará inadvertida a quienes sigan con algún interés cuanto ocurre en la política argentina. Sin la espontaneidad del 13 de septiembre pasado, cuando tuvo lugar una multitudinaria manifestación impulsada desde las redes sociales, este jueves 8 de noviembre miles de argentinos se volcarán nuevamente a las calles para congregarse en diversos puntos de encuentro de todo el país y batir sus cacerolas contra la corrupción, la inseguridad, el avasallamiento de las instituciones, el cepo cambiario, la inflación, el uso y abuso de la cadena nacional, la falsificación de las estadísticas oficiales y otros males que nos quitan el sueño pero de los que el gobierno no parece querer hacerse cargo. Estos temas sin duda dominarán la protesta, que esperemos se desarrolle normalmente y sin excesos.

Ahora bien, la convocatoria fue esta vez mucho más organizada que la anterior y se preparó con debido tiempo. Tendrá, por tanto, menos frescura y es posible que algunas adscripciones partidarias se dejen ver y aprovechen la oportunidad para medir fuerzas y grados de adhesión. Quizá sea mejor así. En efecto, a pesar de las quejas fundadas de que es objeto una oposición fragmentada, que se ha mostrado incapaz de acuerdos programáticos y ha sido frecuentemente complaciente, su presencia daría tal vez una tímida señal de que la recuperación de la política y del sistema de partidos es un hecho posible. Política que hoy no existe verdaderamente, o que se la ha bastardeado en nombre de la lealtad ciega, el verticalismo, la polarización deliberadamente incentivada o aun el recurso a la movilización callejera que no es, convengamos, la forma más deseable de expresión ciudadana en un país democrático cuya constitución prevé la existencia de instituciones y otros canales de mediación que garantizan el libre ejercicio de la soberanía del pueblo.

En cualquier caso, será una jornada clave, que hará mella o no en el gobierno (lo más factible es que no), pero cuyas consecuencias con vistas al próximo año electoral resultan todavía imprevisibles.

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM.