Cristina Kirchner: Psiquis y política

Por Enrique Edmundo Aguilar. Publicado el 4/7/11 en: http://www.elimparcial.es/america/cristina-kirchner-psiquis-y-politica-107159.html

 Quien haya venido escuchando los casi diarios discursos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner emitidos por cadena nacional y con motivo de cuanta inauguración, acto conmemorativo o anuncio la tenga por exclusiva protagonista (esta semana hasta se permitió presentarnos a “Cristinita”, una muñeca de trapo que la personifica), habrá advertido seguramente una paulatina involución en su tonalidad y su coherencia interna, que los vuelve cada vez más desordenados e irascibles.

En un comienzo, en sus tiempos de senadora nacional y aun en calidad de primera dama, Cristina parecía más calculadora y racional. Siempre segura de sí, nada componedora y renuente al reconocimiento de cualquier error como no sea atribuible a terceros, difícilmente hubiera dado la impresión de fragilidad que hoy ofrece, envuelta en el ropaje de todopoderosa que su investidura, su fortuna personal y la sumisión que provoca entre sus colaboradores la mueven a exhibir.

Es cierto: Cristina humilla en público hasta a sus propios ministros y secretarios; reparte culpas por doquier (trátese del mundo, las corporaciones o el periodismo no oficialista); dicta cátedra sobre una variedad enorme de temas (desde economía o innovación tecnológica hasta decoración de ambientes o propiedades de la carne porcina); relata en detalle sus exitosa misión comercial a Angola, y se regodea a gusto cada vez que puede fotografiarse junto a sus pares del G 8. Sin embargo, por debajo de todo ello, algunos creemos percibir, insisto, una imagen de debilidad: la de una mujer superada por los acontecimientos, que aparenta dominar, cuando todo induce a pensar que, en realidad, se le han ido de las manos.
Como todavía quedan tres años y medio de su mandato, lo mejor que podría pasarnos es que el diagnóstico que acabo de sugerir sea en un todo equivocado. Cuando menos, sería deseable que no fuera compartido a estas horas por un creciente número de argentinos.

 Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM.

 

La verdadera patria y la de los políticos

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 11/7/12 en: http://www.hoybolivia.com/Blog.php?IdBlog=38224&tit=la_verdadera_patria_y_la_de_los_politicos#.T_68Z3pGxKE.facebook

 Patria es “la tierra de los padres”, que merece un amor natural de los hombres y mujeres bien nacidos. Pero para los políticos es una suerte de gueto, para su servidumbre, con fronteras impuestas y defendidas con violencia, con fanatismos “patrióticos”, al mejor estilo barrabrava, e intereses creados a partir de esta servidumbre impuesta a los ciudadanos. Con ridículas aduanas y pasaportes que solo sirven para violar “legalmente” los derechos humanos más básicos.

La disolución de Estados como la URSS, Yugoslavia y otros, la creación de nuevos países, y nuevas fronteras son las principales causas por las cuales unas 12 millones de personas son “apátridas”, no tienen ciudadanía debido a trabas burocráticas. Un clásico han sido los gitanos europeos perseguidos por décadas; hoy existen grupos como los camboyanos que no pueden regresar luego del exilio en Vietnam, los miles de bidoun que se fueron desde Kuwait a Irak o los musulmanes en el norte de Myanmar, que ahora viven refugiados en Bangladesh.

Como “legalmente” no son ciudadanos de ningún país, con frecuencia no tienen derechos básicos, como atención médica, un empleo calificado, entrar y salir del territorio o inscribir a sus hijos en las escuelas y, en algunos casos, llegan a sufrir largos períodos de arresto porque no pueden “probar” quiénes son ni de dónde vienen. Resulta que, para estos políticos, los derechos humanos son solo para aquellos a quienes consideran merecedores, para sus “compatriotas”, el resto no son personas.

Algunos dirigentes argumentan que no dejan entrar a los inmigrantes porque ya hay bastante desocupación en sus países. Pero la falta de trabajo no es natural, ¿cómo puede serlo en un mundo en donde hay tanto por hacer?, tantas viviendas, escuelas, hospitales, rutas, etc. Si existe desempleo es porque alguien lo está impidiendo por la fuerza, y quién sino los Estados, que son los que tienen el monopolio de la violencia (siempre destructiva). Por caso, las leyes de salario mínimo prohíben trabajar a quienes ganarían menos.

Pero las condiciones que imponen los Estados en algunos países hacen que valga la pena, incluso, arriesgar la vida para entrar a otro país como ilegal. Desde el pasado mes de enero, 1.300 inmigrantes sin documentación consiguieron cruzar el Mediterráneo desde las costas de Libia y llegar a Italia. Muchos –jamás se sabrá cuántos— mueren durante la travesía. El último caso es el de una barcaza con 55 inmigrantes que, a finales de junio, partió de Libia rumbo a Italia. El único superviviente fue avistado por la noche por unos pescadores tunecinos. Y, para peor, existe la sospecha de que, con frecuencia, sus llamadas de auxilio no son respondidas.

Estas fronteras cerradas provocan que surjan grupos delictivos que trafican personas, como los contrabandistas o los traficantes de drogas y tantos criminales surgidos a partir de las violentas prohibiciones impuestas por los gobiernos. El cura protector de los inmigrantes “ilegales” (según los políticos) que viajan por México hacia EE.UU., Alejandro Solalinde, se auto exilió por las amenazas de muerte de los traficantes y, cuando regresó, comprobó que las investigaciones oficiales no habían avanzado. Ahora encontrará una situación agravada por el descarrilamiento, a mediados de junio, del tren que usan los “ilegales”, conocido como La Bestia, con unos 3.500 indocumentados varados en Veracruz.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

 

¿Y si cambiamos la dirección de la coparticipación?

Por Adrián Ravier. Publicado el 30/6/12 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/

La provincia de Buenos Aires vuelve a plantear dificultades fiscales y las miradas vuelven a estar sobre el Estado Nacional. ¿Por qué ocurre esto? Porque la coparticipación federal de impuestos ofrece unos incentivos perversos, al concentrar el gobierno nacional la recaudación, y los gobiernos provinciales gran parte del gasto. Scioli declaró que recibió menos fondos de lo esperado, y entonces trasladó la responsabilidad sobre el gobierno nacional.

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner plantea entonces que mirará con lupa los gastos de la provincia de Buenos Aires, lo cual abre un debate central acerca de la autonomía de las provincias.

Analistas políticos han explicado que no ha habido otro gobierno antes del kichnerismo que controle y concentre mayor poder. Y aquí aparece el gran problema: ¿cómo descentralizamos el poder? La respuesta la ofrece Martín Krause en extenso aquí.

Lo que intento plantear en este post es algo ya conocido en la literatura, pero que en la Argentina -salvo en grupos muy pequeños de personas- prácticamente no se discute. Se trata de cambiar la dirección de la coparticipación. En lugar de que la Nación recaude los impuestos y coparticipe a las provincias, la alternativa sería que recauden las provincias y éstas coparticipen a la Nación.

Alguna vez se le consultó a gobernadores por qué no exigían esto, para así recuperar la autonomía, pero la respuesta fue casi unánime. Bajo la coparticipación, casi todas las provincias reciben más dinero, que si recaudaran por sí mismas. Es que este sistema viene acompañado por una redistribución de ingresos en favor del interior del país. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires y fundamentalmente la Provincia de Buenos Aires pierden con la coparticipación, pero el resto de las provincias ganan! El problema es que Buenos Aires justamente concentra la mitad de los pobres que tiene el país. ¿es justa entonces esta transferencia?

Me interesa abrir una discusión con los lectores acerca de lo conveniente o justo de esas transferencias, y sobre los pros y contras de cambiar la dirección de la coparticipación. Se abre la discusión.

 Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

 

Volver a Keynes. Fundamentos de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 6/7/12 en: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/31328/Volver_a_Keynes_Fundamentos_de_la_Teoria_general_de_la_ocupacion_el_interes_y_el_dinero 

Si lo que quería demostrar Kicillof es que Keynes era un enemigo de la libertad, no era necesario escribir medio millar de páginas petulantes para ello.

A España habían llegado noticias o comentarios sobre Axel Kicillof por su labor política, por haber sido subgerente de Aerolíneas Argentinas, la compañía aérea más deficitaria de América Latina, por integrar el importante y privilegiado grupo de poder denominado La Cámpora, ligado al hijo de los señores Kirchner, por haber apoyado la usurpación de los fondos de pensiones privados de la Argentina, por haber sido uno de los padres intelectuales de la confiscación de las acciones españolas de YPF y autor de esta frase, pronunciada nada menos que en el Congreso: “el concepto de seguridad jurídica es horrible”; y en general por su complicidad y protagonismo en la intervencionista, sectaria, y onerosa gestión con la que la dinastía Kirchner ha dañado al pueblo argentino.

Ahora sabemos también que es autor de este libro, que defiende a Keynes explícitamente y reivindica a Marx implícitamente. Las consignas más típicas del marxismo aparecen desde el principio, pero no se le atribuyen. Es Keynes el que se dedica a “desentrañar el carácter histórico de las doctrinas económicas…existe una relación directa entre cada periodo histórico y la teoría económica dominante… La teoría económica debe siempre reflejar con fidelidad los procesos sociales de su tiempo” (pp. 43, 55, 56). Su torpe historicismo encaja con distorsiones habituales, como que el lema del liberalismo es el “egoísmo individual”, tiene “escaso contenido científico”, y no es apoyado porque la gente aprecie la libertad sino por favorecer “los intereses de la fuerza social dominante” (p. 69).

Finalmente, quien acaba con el liberalismo no es el Estado sino “la historia” (p. 100), mientras que el Estado adquiere protagonismo “de manera espontánea” (p. 95), y el patrón oro, que fue liquidado por los estados, murió “de muerte natural” (p. 105). Eso sí, el mercado es ciego (pp. 96, 255, 273, 405, 409). Sobran otros errores y confusiones en ámbitos técnicos de teoría económica, y también el relativismo y la arrogante demonización de las ideas no intervencionistas, que no son solo erradas sino reaccionarias, inconfesables, etc. Pero es increíble que un historiador del pensamiento económico sugiera que no hubo teorías del paro, ni de los sindicatos, ni de los efectos expansivos del gasto, anteriores a Keynes, o que prevaleció el liberalismo a ultranza en el siglo XIX, o que antes de Keynes todo el mundo daba por sentado el pleno empleo como axioma, o que J.S.Mill se adhirió abiertamente a la ley de Say. Nada de esto puede sostenerse con el aval de los textos originales y la historiografía.

Finalmente, en la página 424, Kicillof llega a esta conclusión: “Para Keynes, el trabajo, ayudado por el estado de la técnica y operando en cierto ambiente natural, es la única fuente de nuevo valor”. Esto, independientemente de que es un clamoroso disparate, es en un punto indudable: se trata del eje de la teoría de Marx, es la base de su noción de la explotación del obrero por el capitalista, teoría que sus seguidores intentaron defender a capa y espada ante sus flagrantes deficiencias y contradicciones. Asombrosamente, es algo que Keynes no reconoció ¡y tampoco reconoce el propio Kicillof! ¿Cómo dejar de mencionar algo tan trascendental? Kicillof lo suelta, y habla de Ricardo, que precisamente no tenía, al revés de Marx, una teoría del valor-trabajo al 100 % (parafraseando a Stigler). Caben tres hipótesis, a cual más inquietante: o el autor no sabía que esa es la teoría de Marx, o no le pareció importante señalar la identificación, o bien prefirió no aclararla.

Ahora bien, si lo que quería demostrar Kicillof es que Keynes era un enemigo de la libertad, no era necesario escribir medio millar de páginas petulantes para ello. Eso es sabido, no solo por los análisis de los economistas e historiadores sino porque el propio Keynes se ocupó de subrayarlo una y otra vez, aunque quizá nunca como en el prólogo a la edición alemana de la Teoría General de 1937, del que Kicillof evita citar estas líneas: “La teoría del producto como un todo, que es lo que el presente libro procura plantear, se adapta con mucha más facilidad a las condiciones de un estado totalitario que… a las condiciones de libre competencia y un amplio grado de laissez-faire”.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

 

CFK confesó que le pide información a la AFIP sobre los que piensan diferente

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 11/7/12 en: http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3695

Durante el último discurso en cadena hasta redactar estas líneas, CFK dijo que un empresario inmobiliario, que se había quejado por la falta de actividad, no tenía declaraciones juradas desde 1997. Previamente había aclarado que lo había llamado a Echegaray para pedirle información tributaria sobre este señor.
En primer lugar, CFK viola el secreto fiscal. En segundo lugar quedó transparentado que la AFIP parece actuar más como una KGB que como una agencia de recaudación.
En tercer lugar, antes de reclamar que la gente pague impuestos, el gobierno debería dar información precisa y bien transparente sobre en qué está gastando el fruto de nuestro trabajo.  
En cuarto lugar, pagamos impuestos para que el Estado, con el monopolio de la fuerza que le delegamos, defienda nuestro derecho a la vida, la propiedad y la libertad y resulta que por la inseguridad los delincuentes nos mata como perros. Además, la propiedad es violada cuando no se le permite a la gente disponer libremente del fruto de su trabajo, como, por ejemplo, comprar dólares, vender, comprar, etc. todos actos que están consagrados en nuestra constitución. Y, en tercer lugar, resulta que ahora, CFK vino a confesar que le pide información a la AFIP sobre las declaraciones públicas de aquellos que no están conformes con su gobierno, con lo cual el monopolio de la fuerza es usado para violar el derecho a la libertad.
Al decir que había pedido información a la AFIP sobre el empresario inmobiliario me recordó a aquel dicho: “el pez por la boca muere”.

 Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

 

Falsas recetas frente a la crisis

Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 2/7/12 en Ámbito Financiero.

En Estados Unidos el gasto del gobierno central se ha duplicado en términos reales durante la última década, de cada dólar 43 centavos es deuda (que hoy representa el 95% del PBI y que se ha monetizado en grado superlativo), el déficit significa el 13% del producto, las regulaciones asfixiantes ocupan 75.000 páginas y el quebrado sistema de pensiones carcome una parte tal de los ingresos gubernamentales que proyectados al 2017 se consume todos los tributos federales. En Europa la situación no es muy diferente, región que también adopta un sistema bancario insolvente a través de las reservas fraccionarias manipuladas por la banca central.

En ambos lados del Atlántico los “indignados” piden más de lo mismo frente a un debate inaudito: los que piden más ajuste a los contribuyentes y los que proponen gastar más de los recursos de la gente. Los dos lados de la discusión no parecen percatarse que las los platos rotos recaen sobre el fruto del trabajo de quienes no tienen poder de lobby ya que ningún gobernante ni miembro de los organismos burocráticos internacionales ofrecen financiar de su propio peculio.

Frente a este cuadro de situación, los hay quienes todavía tienen la osadía de sostener que estaríamos frente a “la crisis del capitalismo” cuando en verdad van quedando muy pocos vestigios de aquel sistema que se basa en el respeto a los derechos de propiedad y en severas limitaciones al Leviatán.

En este contexto es de interés subrayar la falacia de mantener que los aparatos estatales deben incrementar el gasto en momentos de crisis como “mediadas contracíclicas”, sin percibir que, como ha puesto de manifiesto el premio Nobel en economía Friedrich Hayek, el origen de las crisis debe verse en las intervenciones irresponsables de los gobiernos y, por tanto, no pueden resolverse intensificando las recetas que provocaron el mal. Esas denominadas políticas anticíclicas inexorablemente se traducen en una succión de factores productivos del sector privado que hubiera asignado recursos en direcciones distintas de las realizadas por los gobiernos, con lo que se desperdicia capital que, a su vez, disminuye salarios e ingresos en términos reales puesto que éstos dependen de las tasas de capitalización.

Incluso si hay privados que guardan dinero bajo el colchón, esto significa que esa inversión en efectivo traslada poder adquisitivo a otros ya que la cantidad de moneda en relación a los bienes disponibles será menor y, por ende, los precios tenderán a bajar. La única manera de progresar desde el punto de vista crematístico es ahorrar, es decir, abstenerse de consumo presente al efecto de invertir lo cual incrementa la productividad que permite niveles de vida mejores que, en última instancia, abren las puertas a consumos más suculentos. No se trata de poner el carro delante de los caballos alentando artificialmente gastos de consumo. No se puede consumir lo que no se produjo y para tal fin es indispensable ahorrar, cosa que fue comprendida desde Robinson Crusoe en adelante sin necesidad de ser un experto en economía. Ningún país se hace rico consumiendo mucho, los ritmos crecientes de consumo son consecuencia de ahorros previos.

Posiblemente una de las políticas más inmorales de nuestro tiempo consistan en los “salvatajes” a empresarios ineptos con el fruto del trabajo que quienes fueron prudentes e hicieron bien los deberes. Socializar las pérdidas es una de las manifestaciones más grotescas e infames de cuanto ocurre ya que debilita a los que más necesitan, quienes, simultáneamente, son  expulsados del mercado laboral debido a legislaciones mal paridas. Son a todas luces indefendibles los amigos del poder que hacen negocios en los despachos oficiales explotando miserablemente los consumidores.

Cierro esta nota periodística con dos pensamientos que ilustran los desvíos que producen los planificadores y el valor de las autonomías individuales. El primero pertenece a Mafalda: “La vida es como un río, lástima que hayan tantos ingenieros hidráulicos”, y el segundo es de Tocqueville en su obra sobre el antiguo régimen y la Revolución Francesa en donde afirma que “De hecho, aquellos que valoran la libertad por los beneficios materiales que ofrece nunca la han mantenido por mucho tiempo […] El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

El remedio K es romper el termómetro

Por Aldo Abram. Publicado el 1/7/12 en:

Algunos funcionarios minimizaron el alza del tipo de cambio “paralelo” por su poca operatoria relativa. Es como si uno mirara el termómetro con el que acaba de medir la temperatura del paciente y, como marca 40 grados, lo rompe; porque ¿a quién le importa un pequeño termómetro?

No es la primera vez que el kirchnerismo decide que el mejor remedio es romper el termómetro. A partir de 2007, lo hizo con el Indec y, desde entonces, la inflación es de un dígito; la pobreza y la indigencia están en los niveles de los países desarrollados y, en 2011, crecimos a “tasas chinas”. Sería mejor que el gobierno comprendiera que el problema no es el termómetro, que señala la elevada temperatura que tiene el paciente. Al ignorar ese indicador, corremos serios riesgos de que el enfermo se agrave por no recetarle los “remedios” adecuados.

Es un error diagnosticar una “fiebre del dólar” y recomendar la “desdolarización” como solución. En realidad, no es que los argentinos se hayan vuelto locos por tener “billetitos verdes”, porque es el color de moda. Lo que sucede es que residentes y extranjeros están huyendo de los pesos y de todo lo que tenga riesgo argentino, para lo cual demandan activos externos.

Entonces, el remedio es recuperar la confianza en el peso y en el futuro del país. Sin embargo, todas las restricciones y controles a la compra de divisas, todas las medidas tendientes a obligar a los argentinos a demandar moneda local, lo único que generan son más incertidumbre y temor. Se interpreta que el Gobierno no está dispuesto a hacer nada para que los atesoremos voluntariamente.

Hasta el tercer trimestre de 2011, nadie hubiera dudado de la capacidad del Banco Central (BCRA) de ejercer cierto manejo del mercado cambiario. Pero el corralito cambiario dejó claro que esa facultad se perdió. No es casualidad. Si bien el Gobierno ya financiaba su gasto con recursos del Central, durante 2010 y 2011, hizo abuso de esa posibilidad, quitándole solvencia y, por ende, capacidad de moderar la suba del valor local del dólar. Para recuperarla, solamente había que acotar el despilfarro motivado por los comicios y bajar la presión para emitir pesos.

Sin embargo, la respuesta fue reformar la Carta Orgánica del BCRA para eliminar o flexibilizar las restricciones vigentes para financiar al Gobierno. Queda claro, entonces, que el objetivo será hacer mayor uso, aún, del impuesto inflacionario para permitir que el gasto público siga creciendo en exceso. Para lograrlo es necesario forzar al máximo a los argentinos a atesorar pesos, que es la base imponible de dicho tributo. Conclusión: hay que olvidarse de que los controles cambiarios se vayan a revertir mientras esta estrategia persista.

Así es como el BCRA excluyó del mercado oficial a la mayor parte de los compradores particulares y empresas para comprar reservas a un precio más barato, con emisión. Estas divisas se transfieren al Gobierno, lo mismo que una gran cantidad en moneda nacional. Como la gente no demanda tantos pesos y, mucho menos, sabiendo que no pueden cambiarse libremente por otras divisas, el resultado es una caída en su valor. En una palabra, no es que el “dólar libre” sube, es que el peso baja y seguirá siempre que la medida que la actual política continúe. Sin embargo, como el BCRA querrá acotar lo que paga por las reservas, el resultado será una brecha creciente con la cotización oficial, además de una creciente inflación.

Historia repetida

En los últimos 60 años, la Argentina implementó controles cambiarios más de una decena de veces y todas terminaron mal. No es raro que los argentinos dejemos de consumir y de invertir. Para colmo, los exportadores perdieron competitividad como consecuencia de las trabas a las importaciones que los obligan a mantener mayores stocks de los necesarios y/o comprar insumos locales de peor calidad y mayor precio.

Además, por el control de cambios, cobran por las divisas que traen un menor valor del que justifica la depreciación del peso; lo que se transforma en una retención sobre sus ingresos. No es que el “mundo se nos cae encima”, sino que las erradas políticas oficiales aplastan la producción al bajar la demanda interna y las posibilidades de vender al exterior; lo que se nota en los “termómetros” económicos.

Si comprendemos el origen del problema podemos evitar repetir las recurrentes crisis argentinas. Lo antes posible, hay que establecer una estrategia para volver a un mercado único y libre de cambio, disminuyendo el crecimiento de las erogaciones del Estado, para permitir que baje el ritmo de emisión para financiarlo. Además, el BCRA debe contraer la oferta monetaria excedente usando, razonablemente, los instrumentos con los que cuenta.

Habrá que acelerar la suba del tipo de cambio “oficial”; pero cabe tener en cuenta que el “salto” necesario para unificar los mercados será mayor cuanto más se demore en resolver este problema. Un tema que puede bajar muchísimo el “costo” de salida es mostrar voluntad de rever las políticas intervencionistas y estatistas que han diluido la seguridad jurídica en el país. Esto podría incrementar la demanda de activos locales, moderando la presión sobre el mercado cambiario.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .