Argentina: a los palos con el mercado.

Por Pablo Guido. Publicado el 14/11/11 en: http://chh.ufm.edu/blogchh/

Desde principios de año que la “fuga” de divisas en Argentina ha acumulado una cifra que ya supera los 22 mil millones de dólares, un 5% del PIB. Es una cifra importante. Pero más importante es que desde hace 8 años a la fecha (a lo largo de todo el gobierno actual) dicha “fuga” haya sido de unos 75.000 millones de dólares, pero el 90% de dicha cifra en los últimos 4 años. Los 75 mil millones de dólares que han salido del sistema productivo argentino, dirigiéndose “debajo del colchón” o a alguna cuenta del exterior, equivalente al 125% de los depósitos totales del sector privado en los bancos argentinos (60.000 millones de dólares).

El 23 de octubre pasado la presidente, candidata a renovar el cargo, ganó con un contundente 54% de los votos. Desde ese momento hasta ahora pasaron dos semanas, en las cuales el gobierno, ante la continuidad masiva de compras de dólares por parte de la gente, ha intentado dos cosas con sus medidas: incrementar la oferta de dólares y reducir la demanda de dólares. La lógica parece obvia ya que si lo lograra el precio del dólar debería ir bajando. El problema es que para aumentar la oferta de dólares ha obligado a las empresas petroleras, mineras y gasíferas a vender todos sus dólares de exportaciones en el mercado local. También obligó en un plazo de 50 días a que las empresas aseguradoras repatríen sus dólares del exterior. Para aplacar la demanda de dólares ha implementado un control de cambios mediante un sistema informático administrado por el organismo recaudador que decide si una persona está habilitada para comprar dólares, además de definir el monto de la operación. ¿Cuál es el resultado de estas medidas? Que son medidas de cortísimo plazo ya que aquellos que estaban pensando ingresar dólares al país (inversiones, etc) no lo hagan y los que estaban decidiendo si compraban o no dólares se vuelquen ahora a hacerlo. La enorme demanda de dólares que en Argentina está ocurriendo parte de un hecho claro: en los últimos años el precio del dólar ha subido un 30% aproximadamente mientras que el resto de los bienes y servicios ha aumentado en promedio un 100% al menos. Es decir, lo más barato que hay en el país es el dólar. Entonces, ante cualquier incremento de incertidumbre, la gente se vuelca a comprar dólares, para cubrirse. ¿Cubrirse de qué? De un nuevo manotazo del Estado a los ingresos o patrimonios de las personas. El gobierno actual no sólo ha incrementado la carga tributaria legal sino también ha sancionado una ley por la cual se apropió de unos 30 mil millones de dólares que estaban ahorrados en cuentas personales del sistema previsional. Además de incrementar las regulaciones que dificultan los negocios en muchos sectores o de establecer controles de precios a ciertos sectores de la economía. Entonces, la gente tiene el temor que ante el faltante de recursos fiscales el gobierno confisque otros ingresos o patrimonios individuales. Si lo piensa así se dirige a comprar lo que estima le podrá reducir la pérdida de la confiscación, en este caso los dólares que están baratos.

Desde que se implementaron estos controles cambiarios comenzaron a aparecer cientos de rumores respecto a nuevos controles: que el gobierno controlaría las ondas telefónicas de las personas que hablen en el centro financiero de la capital del país o que la policía revisaría las mochilas y bolsas que la gente lleve en dicho sector financiero de la ciudad. Seguramente no lo harán, pero lo importante es la percepción que tiene la gente. Estos temores incentivan una demanda aún mayor de dólares. Pero el último rumor es uno que ya ha ocurrido en Argentina hace 10 años. La pesificación de los depósitos en dólares. Esta noticia apareció el domingo 13 de noviembre y de ser percibido por la gente como probable incrementará aún más la “fuga” de dólares del país. Es el problema que muchos gobiernos enfrentan, de no querer solucionar la causa del problema y sí sus efectos. En este caso, el control de precios sobre el dólar, no hará otra cosa que ampliar la brecha entre el precio del dólar “oficial” y el “informal”. Además de complicar las operaciones cambiarias habituales y necesarias para el funcionamiento del proceso productivo.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina).

Homenaje a Juan Bautista Alberdi:

Por Alberto Benegas Lynch (h.): Publicado el 7/11/11 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3298

En estas palabras conmemorativas para honrar a Juan Bautista Alberdi, me limitaré a formular ante los Académicos de esta corporación algunas consideraciones telegráficas en torno a cuatro citas del célebre tucumano, para luego responder a lo que se estime pertinente e intercambiar opiniones con los presentes. Acaba de publicarse en Chile mi último libro por la Universidad del Desarrollo que se refiere a sistemas bancarios y estructuras arancelarias que fueron los dos temas que principalmente ocuparon la atención de Jean Gustave Courcelle-Seneuil, el primer profesor de economía contratado en ese país a instancias de Félix Frías, entonces corresponsal de “El Mercurio” en París, a su vez aconsejado por Alberdi a la sazón en Valparaíso, con lo que influyó decisivamente a introducir el liberalismo en la nación trasandina.

La primera cita alberdiana es como sigue: “La aduana proteccionista es opuesta al progreso de la población, porque hace vivir mal, comer mal pan, beber mal vino, vestir ropa mal hecha, usar muebles grotescos, todo en obsequio de la industria local que permanece siempre atrasada por lo mismo que cuenta con el apoyo de un empleo que dispensa de modificarse en mejorar sus productos” (Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853, Buenos Aires, Editorial Raigal, 1854/1954, p. 279).

Desafortunadamente, a pesar de haber transcurrido más de trecientos años desde que se inició el debate librecambio-restriccionismo, todavía no se han comprendido en la medida suficiente las ventajas de comprar barato y de mejor calidad frente a la imposición de productos más caros y de peor factura. La fronteras abiertas al comercio de bienes y servicios permiten una menor erogación por unidad de producto con lo que se liberan recursos humanos y materiales para fabricar otros bienes, con lo que aumenta el nivel de vida de la población.

Resulta tragicómico el rol de los llamados “vistas de aduana” cuyo mensaje es bloquear la posibilidad de ingresar productos de mejor calidad de los que se encuentra disponibles en el interior del país o, de lo contrario, se pretende cohecho para ingresar lo propio. Todos los aranceles y tarifas aduaneras disminuyen el nivel de vida de la población receptora de los bienes que se deseaba ingresar puesto que, como queda dicho, la prohibición provoca un uso mayor de los siempre escasos recursos disponibles.

Debemos tener en cuenta que dentro de esos escasos factores productivos, el más importante es el trabajo puesto que no se concibe la producción de ningún bien ni la prestación de ningún servicio sin el concurso del trabajo manual e intelectual. El desempleo significa sobrante de trabajo lo cual solo ocurre cuando los aparatos estatales imponen ingresos superiores a los permitidos por el mercado a través de las mal llamadas “conquistas sociales”. Si imaginamos que en la actualidad el presente gobierno, en un rapto de intensa “sensibilidad social”, estableciera salarios de cincuenta mil dólares mensuales para todos, a poco andar comprobaríamos que la medida condenó a todos al desempleo y a la inanición. Esto es lo que generan las interferencias coactivas en el mercado: barren con los puestos de trabajo de quienes más necesitan trabajar.

Los salarios e ingresos en términos reales son consecuencia de las tasas de capitalización, es decir, equipos, maquinarias, instalaciones y conocimientos que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar la productividad y, a su vez, esas inversiones se logran en la media en que se cuenten con marcos institucionales que aseguren los derechos de todos. Entonces, la abrogación de aranceles permite que los recursos humanos se empleen en otros campos que no era posible considerar mientras los aranceles congelaban la productividad.

La contrapartida de las exportaciones es el ingreso de divisas lo que tiende a hacer que baje su valor que, a su vez, incentiva las importaciones que, a su turno, aprecia la divisa que estimula las exportaciones y así sucesivamente. Son dos brazos de un mismo proceso. Las manipulaciones en el tipo de cambio y las estructuras arancelarias distorsionan el referido proceso con lo que se consume capital y, por ende, se reducen los salarios. El aludido restriccionismo se ha denominado “proteccionismo” pero en verdad, por las razones apuntadas, se desproteje a los consumidores y, en todo caso, se beneficia a pseudoempresarios que obtienen mercados cautivos, privilegios y prebendas a costa de sus congéneres.

El contrabando, en última instancia, subroga el librecambio. Sin aranceles no tendría lugar ni sentido alguno este comercio clandestino y no se trata de suscribir la peregrina idea de gradualmente liberar aranceles al efecto de “proteger la industria incipiente” que en las primeras etapas “puede no ser rentable”. El empresario debe evaluar los proyectos correspondientes y absorber los eventuales quebrantos iniciales para después resarcirse con creces pero no trasladarlos sobre las espaldas de los consumidores puesto que, de lo contrario, en lugar de que el empresario asuma la responsabilidad se incentiva el establecimiento de políticas que dan lugar a que se subsidien proyectos fantasiosos que nunca maduran porque están mal evaluados y solo se presentan para sacar partida del apoyo arancelario.

En realidad, las fronteras solo tienen sentido para evitar los enormes riesgos de la concentración de poder en un gobierno universal, pero en una sociedad abierta no deben convertirse en culturas y regiones alambradas que impiden la libre circulación de personas y bienes. Los nacionalismos xenófobos estiman equivocadamente que lo local es siempre un valor y lo foráneo un desvalor con lo que se da por tierra con la cooperación social y los principios de la civilización del necesario respeto recíproco.

Las integraciones regionales constituyen burdos pretextos para no abrirse al mundo y se sostiene livianamente que son “los primeros pasos” en dirección al librecambio cuando, como queda consignado, han transcurrido más de tres siglos desde que comenzó el debate sobre la materia. Kenneth E. Boulding en su texto clásico sugiere que “para estudiar adecuadamente los aranceles debemos considerarlos como aumentos artificiales en el coste de transporte […] Lo mismo que los ferrocarriles son un dispositivo para disminuir el coste de transporte entre dos lugares, los aranceles son un dispositivo para aumentarlo. Así pues, un defensor razonable de los aranceles debe demostrar su lógica estando también dispuesto a defender el retorno a los tiempos del caballo y la diligencia” ( Análisis económico, Madrid, Revista de Occidente, 1941/1947, p.157).

En la segunda cita el autor se pregunta y responde del siguiente modo: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes le exigía a Alejandro, que no le haga sombra” (Opus cit., p. 8) y en la tercera se lee que “Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por si mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida, persona, propiedad, libre acción, el gobierno del Estado sería inútil, su institución no tendría razón de existir” (“El proyecto de Código Civil para la República Argentina” en Obras Completas, Buenos Aires, Imprenta de la Tribuna Nacional, 1868/1887, tomo VII, p. 90).

Estas dos referencias apuntan a las funciones del gobierno en una sociedad abierta. En nuestro caso tomamos dos aspectos, uno referido a la cara medular de los mercados y otro al contexto institucional. En el primer caso, me ha parecido pertinente aludir a la trascendencia de los precios como trasmisor de conocimiento disperso y fraccionado. John Stossel en una documental televisiva propone centrar la atención en un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola del supermercado y a partir de allí imaginar los múltiples procesos productivos en regresión desde el momento inicial. Los agrimensores que miden terrenos, los alambradores con todo el significado de empresas en sentido horizontal y vertical tanto de transferencias bancarias, transportes, materias primas, contratación de personal etc etc como los postes con sus décadas de forestación y reforestación. Los equipos para desmalezar, los plaguicidas, los fertilizantes, las máquinas sembradoras, las cosechadoras, la construcción de tanques de agua y bebederos, el ganado vacuno, los recorridos del campo con los caballos, las monturas y riendas con sus respectivas empresas comerciales e industriales. Cada uno está concentrado en sus tareas específicas y, salvo la última etapa, nadie está pensando en el trozo de carne envuelto en celofán en la góndola del supermercado y, sin embargo, se encuentra disponible para el consumo de la misma manera que ocurre con millones de productos que cotidianamente se ofrecen. Es que los precios recogen los requerimientos de los diferentes bienes, los cuales dejan de cumplir esta función vital cuando son interferidos por planificadores que necesariamente concentran ignorancia en lugar de permitir aquella información relevante, por eso es que en sistemas estatistas hay faltantes y desajustes de diversa naturaleza. Y no se trata de contar con equipos capaces de almacenar muchos datos, es que sencillamente la información no está disponible con anterioridad a las respectivas decisiones que ponen de relieve las estructuras valorativas. Dejando de lado las tragedias morales y físicas de tantos seres humanos, el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín se debe a las mencionadas razones técnicas, del mismo modo que ocurren los estrepitosos y reiterados fracasos en Cuba, Corea del Norte, Irán y demás países totalitarios.

Los precios de mercado hacen posible la evaluación de proyectos, la contabilidad y el cálculo económico en general. Si esas señales cruciales son distorsionadas por los aparatos estatales, se convierten en números carentes de significado. A su vez, los precios de mercado implican la propiedad privada (el uso y disposición de lo propio). En la medida en que se afecta la propiedad privada, los precios dejan de tener vigencia. Dado que los recursos son escasos, la propiedad privada sirve para administrarlos del modo más eficiente posible: los que aciertan en las demandas del prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos. Sin duda que para que esto ocurra los empresarios deben mantenerse alejados del poder de turno, de lo contrario se convierten en barones feudales o cazadores de privilegios que afectan gravemente a los demás puesto que sus operaciones nada tienen que ver con la competencia abierta en el mercado sino que se hacen negocios en los despachos oficiales.

El haz de contratos que se llevan a cabo diariamente supone en primer término a la propiedad privada y los precios. Como ha ilustrado Bernardo Krause, nos levantamos a la mañana y tomamos el desayuno (estamos en contacto con transferencias de derechos de propiedad a través de la compra-venta, sea del refrigerador, el microondas, el pan, la leche, la mermelada, los cereales, el jugo de naranja o lo que fuere). Tomamos un taxi, un tren, un bus y llevamos los hijos al colegio (contratos de adquisición, de enseñanza, de transporte). Estamos en el trabajo (contrato laboral), encargamos a nuestra secretaria ciertas tareas (mandatos) y a un empleado un trámite bancario (contrato de depósito), para solicitar un crédito (contrato de mutuo) o para operar ante cierta repartición (gestión de negocios). Alquilamos un inmueble para las vacaciones (contrato de locación), ofrecemos garantías (contrato de fianza). Nos embarcamos en una obra filantrópica (contrato de donación). Resolvemos los modos de financiar las expensas de nuestra oficina o domicilio (contrato societario), etc. Este haz de contratos solo tiene sentido si hay la posibilidad de usar y disponer de lo propio, de lo contrario no hay posibilidad de transferir esos derechos.

El segundo tema que surge de las dos últimas citas de Alberdi nos conduce a la situación institucional en cuanto a las funciones limitadas de los gobiernos a la protección de derechos y no a la demolición de estos tal como ocurre cuando se conciben como la facultad de echar mano al fruto del trabajo ajeno con lo que se quiebra la noción jurídica del respeto recíproco para convertir a la sociedad en una serie de desmanes reiterados como si se tratara de un enorme círculo en el que todos tienen metidas las manos en los bolsillos ajenos, con lo que naturalmente se estimula el saqueo y se destrozan los incentivos a la producción y al ahorro.

Actualmente se ha desvirtuado completamente la noción de la democracia soñada por autores como Giovanni Sartori en cuanto al respeto a los derechos de las minorías, para convertirse en cleptocracia, es decir, gobiernos de ladrones de libertades, propiedades y la liquidación de proyectos legítimos de vida. Estimo que ha llegado el momento de pensar en nuevas defensas si se desea conservar la sociedad abierta puesto que como decía Einstein es imposible lograr resultados distintos insistiendo con las mismas recetas. Es necesario despejar telarañas mentales y considerar y debatir variantes que permitan encauzar al Leviatán.

Como una posibilidad pueden tomarse en cuenta dos variantes para el Poder Ejecutivo, una para el Legislativo y una para el Judicial. En el primer caso es de interés recordar la reflexión de Montesquieu en el segundo capítulo de la Segunda Parte de El espíritu de las leyes donde escribe que “El sufragio por sorteo está en la índole de la democracia”. En esta situación, dado que cualquiera pude ser candidato, la propuesta cambiaría drásticamente el eje del debate desde las bostezantes anécdotas personales de candidatos y de relatos sobre nimiedades de partidos políticos para concentrar esfuerzos en la limitación al poder. En segundo lugar, siempre en el Ejecutivo, resultaría de interés retomar los medulosos debates en el Congreso Constituyente estadounidense respecto a la conveniencia de establecer un Triunvirato al efecto de evitar los caudillos o “líderes iluminados” y tamizar las decisiones. Respecto al Legislativo recomiendo la lectura del tercer tomo de Derecho, legislación y libertad del premio Nobel F. A. Hayek en cuanto a sus propuestas respecto del funcionamiento de la Cámara de Senadores y, por último, en cuanto al Judicial, podría debatirse la conveniencia de que en los casos de arreglos contractuales las partes establezcan quienes han de participar en la resolución de eventuales conflictos y las instancias que las partes estipulen, sin regulación de ninguna naturaleza (incluso sin que se requiera la necesidad de ser abogado, lo cual facilitaría el arbitraje en casos que requieran conocimientos muy específicos), todo lo cual nos acercaría a las etapas iniciales del common law como un proceso de descubrimiento del derecho y no de diseño o ingeniería social.

Desde la Carta Magna de 1215 en adelante las constituciones han sido establecidas para limitar el poder y reconocer derechos anteriores y superiores a los gobiernos, sin embargo, de un tiempo a esta parte, dichos documentos se han convertido en una lista de aspiración de deseos contrarios al estado de derecho y a las normas más elementales de convivencia civilizada compatibles con la visión orwelliana. Si se me permite un ejemplo actual -digno de Woody Allen- señalo el de los partidarios de Rafael Correa, en Ecuador, que en la reciente Asamblea Constituyente propusieron seriamente (afortunadamente la moción no prosperó) incluir en la nueva Constitución “el derecho al orgasmo de la mujer”.

Las antedichas propuestas institucionales que mencionamos muy brevemente darían tiempo a que se estudien y discutan las áreas vinculadas a las externalidades, los bienes públicos y el dilema del prisionero según las nuevas y sustanciosas contribuciones en la materia, junto con la selección adversa y el riesgo moral en el contexto de la asimetría de la información.

Finalmente, la cuarta cita se refiere a temas monetarios en la que Juan Bautista Alberdi escribe que “El gobierno que puede forzar al país a su mando a que le preste todo el producto anual de sus sueldo y de su trabajo, es decir, todo el valor de su riqueza por la emisión de ese empréstito forzoso que se llama papel-moneda inconvertible, es el de un país perdido para la riqueza y la libertad […] La libertad es el contraveneno del papel-moneda por la simple razón que él es el veneno de la libertad. El papel-moneda de Estado es el despotismo del país por el país, al revés del papel moneda individual y libre; es decir, del crédito libre, del empréstito facultativo que es la libertad o dominio de lo suyo y, en último análisis, del gobierno del país por el país” (Estudios económicos, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1870/1916, p.262-63).

Aquí el padre de nuestra Constitución fundadora distingue el papel-moneda inconvertible de curso forzoso como un fraude o dinero fiat, del papel-moneda como recibo por mercancía-dinero depositada. Dada la larga experiencia acumulada en materia de manipulaciones estatales de la moneda, el corazón del problema debe verse en la constitución misma de la banca central, institución que por otra parte no existía en la época de Alberdi. En este sentido, el premio Nobel en economía Milton Friedman ha escrito en  Moneda y desarrollo económico (Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1972/1979, p.55):“Llego a la conclusión de que la única manera de abstenerse de emplear la inflación como método impositivo es no tener banco central. Una vez que se crea un banco central, está lista la máquina para que empiece la inflación” o como enfatizó en Monetary Mischief. Episodes in Monetary History (New York, Harcourt Brace Jovanovich Publishers, 1992, p.261), parafaseando a Clemanceau, que “la moneda es una materia demasiado seria como para dejarla en manos de banqueros centrales”.

Las autoridades de la banca central solo pueden operar en una de tres direcciones: expandir la base monetaria, contraerla o dejarla inalterada. Cualquiera de los tres caminos necesariamente altera los precios relativos, es decir, distorsiona las antes comentadas señales vitales en el mercado con lo que se malguía a los operadores económicos, lo cual significa desperdicio de recursos que se traduce en bajas de salarios e ingresos en términos reales. A estos efectos es del todo irrelevante si la banca central es independiente del ministro del ramo: de todos modos estará confrontada entre las tres vías aludidas y, consecuentemente, conducirán a la desfiguración de los precios de mercado con los efectos negativos apuntados. Si se sostuviera que las autoridades de la banca central pueden colocar la base monetaria en el mismo nivel que la gente la hubiera deseado, no tendría razón de ser la intervención monetaria con el agregado que el único modo de saber la preferencia de la gente es dejarla que exprese sus valorizaciones.

El mencionado Hayek, en su Denationalization of Money (Londres, Institute for Economic Affairs, 1976)  ha demostrado la imperiosa necesidad de que los gobiernos se abstengan de entrometerse en el negocio monetario y crediticio. Es que preguntarse cual es el bien que debe utilizarse como dinero y que cantidad debe haber es equivalente a cuestionarse que cantidad de zanahorias debe ofrecerse en el mercado. La gente debiera ser libre de elegir los activos monetarios con que prefiere llevar a cabo sus transacciones con lo que se repetirá parte de la historia monetaria en la que se elegían ciertos bienes como dinero, competencia en la que predominó el oro y la plata. Fue la indisciplina monetaria la que dio lugar a las severas crisis mundiales acentuadas y prolongadas con regulaciones que trabaron los arreglos voluntarios.

Desde hace varias décadas asistimos a nuevas manifestaciones de desorden monetario y fiscal en el contexto de un Leviatán desbocado en base a promesas demagógicas de imposible cumplimiento. Esto ocurre tanto en Europa como en Estados Unidos que parecen haber engrosado la lista de países llamados del Tercer Mundo que son de ese modo no por razones étnicas, ni por climas diversos, ni por la dotación de recursos naturales, sino por medidas estatistas y empobrecedoras que destrozan el ahorro interno y ahuyentan el externo.

Hoy en Estados Unidos -el país que admiraba Alberdi y que era ponderado por todos los espíritus libres del orbe- de cada dólar gastado por el gobierno central, cuarenta y dos centavos son deuda, con un déficit fiscal del 13% del PBI y un gasto público que se ha duplicado en la última década en el contexto de inauditos “salvatajes” a empresas irresponsables, ineptas o ambas cosas a la vez, siempre con los recursos detraídos coactivamente del patrimonio de terceros. La escisión de los valiosos postulados de los Padres Fundadores surgió con fuerza durante las administraciones de W. Wilson y F. D. Roosevelt pero se acentuó grandemente a partir de las gestiones de G. W. Bush y ahora en la presidencia de Obama donde solamente las regulaciones contraproducentes del gobierno federal alcanzan a setenta mil páginas, mientras no se protegen derechos de propiedad, por ejemplo, a través del sistema bancario de reserva fraccional manipulado por la banca central que, frente a cambios en la demanda de dinero, provoca crisis superlativas.

Por otra parte, en nuestro país, la creciente inflación del 30% anual se intenta disimular con multas y castigos a consultoras privadas que revelan esos guarismos que, por ende, se apartan de las cifras oficiales. En la tierra de Alberdi se están destruyendo las bases de la República…se ha cruzado el Rubicón y, a menos que se reaccione a tiempo con las ideas, valores y principios liberales sustentados por el ilustre pensador al que nos venimos refiriendo, tendremos que proclamar alea iacta est. Muchas gracias.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.

En defensa del voto en blanco.

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 3/11/11 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7001

En política no puede pretenderse nunca lo óptimo puesto que necesariamente en campaña significa un discurso compatible con la comprensión de las mayorías lo cual requiere vérselas con el común denominador y en funciones demanda las conciliaciones y consensos para operar. Muy distinto es el cuadro de situación en el plano académico que se traduce en ideas que apuntan a lo que al momento se considera lo mejor sin componendas de ninguna naturaleza que desvirtuarían y pervertirían por completo la misión de un académico que se precie de tal ya que implica antes que nada honestidad intelectual. 

Como he escrito antes, en esta instancia del proceso de evolución cultural el político está embretado en un plafón que le marca las posibilidades de un discurso de máxima y uno de mínima según sea capaz la opinión pública de digerir propuestas de diversa índole. El político no puede sugerir medidas que la opinión pública no entiende o no comparte. La función del intelectual es distinta: si ajusta su discurso a lo que estima requieren sus audiencias, con toda razón será considerado un impostor. 

Ahora bien, en este contexto cuando un votante se encuentra frente a ofertas políticas que considera están fuera de mínimas condiciones morales debe ejercer su derecho a no votar o, si se encuentra en un país en el que no se reconoce ese derecho, debe votar en blanco, lo cual siempre significa que se rechazan todas las ofertas existentes al momento. Incluso, a veces el voto en blanco envía una señal más clara al rechazo que la abstención puesto que implica tomarse el trabajo de trasladarse al lugar de votación para dejar constancia del disgusto. En esta línea argumental, es como señala el título de la obra en colaboración de Leon y Hunter: None of the Above. The Lesser of Two Evils…is Evil en la que se lee que “No importa la elección que haga, usted pierde […] Votar en un sistema de no-representación hace más daño que bien […] La consecuencia de votar al menos malo termina haciendo mal […] Si un votante apoya a un mal candidato, es responsable de darle sustento y estimula al político y sus representantes a promover el mal en su nombre”. No cabe mirar para otro lado y eludir las responsabilidades por lo que se votó. Tal vez, en alguna oportunidad, puede pensarse en un sistema en el que cada uno sea patrimonialmente responsable por las políticas que adopta el candidato al que suscribió en las urnas, de ese modo se utilizará una porción mayor de neuronas para evaluar la decisión electoral. 

En el caso del voto en blanco, no debe caerse en el temor de ser arrastrado por la trampa estadística allí donde se descuentan esos votos del universo y, por ende, se inflan las posiciones de los candidatos votados (lo cual, en la situación planteada, no hace diferencia) puesto que lo relevante es la conciencia y votar como a uno le gustaría que votaran los demás, la suba en las posiciones relativas de todos los otros candidatos no modifica el hecho de rechazar las propuestos que se someten a sufragio en una situación límite de inmoralidad en la que todos los postulantes se asemejan en las políticas de fondo y solo los diferencian matices y nimiedades que son en última instancia puramente formales. 

Además, en esas circunstancias, el voto en blanco es un llamado de atención para los distraídos que hacen del proceso electoral el summum de sus afanes vitales cuando el resto del año duermen la siesta de la vida y no hacen nada por modificar el cuadro educativo que precisamente constituye la raíz del problema y que, a su vez, contribuirá a modificar el clima de la opinión pública al efecto de permitir discursos políticos de otra envergadura. 

Salvador de Madariaga elabora en torno al tema de la responsabilidad individual al apunar que “Es libre aquel que sabe mantener en sus propias manos el poder de decidir en cada etapa de su vida y aquel que vive en una sociedad que no obstaculiza el ejercicio de ese poder” y Ortega subraya que “en la medida que yo pienso y hablo, no por propia e individual evidencia, sino repitiendo esto que se dice y se opina, mi vida deja de ser mía, dejo de ser el personaje individualísimo que soy”. Por otra parte, también hay que sopesar lo escrito por Hannah Arendt en cuanto a que hoy se “enseña que la mitad de la política es construcción de imagen y, la otra mitad el arte de hacer que la gente crea en lo imaginado”, siempre teniendo en cuenta que “nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las virtudes políticas”. 

El título de esta columna periodística alarmará en grado sumo a quienes se han dejado penetrar con machaconas ideologías siempre de lavaje (o más bien infección) mental, por las que se les ha inculcado que hay que avalar el sistema a cualquier costo (aunque sea al precio de liquidar el sistema mismo). Toman la necesidad de votar por algún postulante por más detestable que sea como un ritual propio del fanatismo de una secta religiosa llena de misticismos y falacias groseras. De este modo, los políticos en cuestión se sienten avalados y convalidados y evitan la vergüenza de verse rechazados e ignorados por el voto en blanco. Nada altera más a un pliticastro que el voto en blanco. 

En la situación indicada, el voto en blanco o “voto protesta” como se lo ha denominado, es fruto del hastío y hartazgo moral del ciudadano pero es un voto de confianza y esperanza en un futuro que se considera es posible cambiar, frente a los apáticos e indiferentes que votan a sabiendas a candidatos con propuestas malsanas. En este sentido, el voto en blanco es un voto optimista que contrasta con la desidia de quienes ejercen su derecho por candidatos que saben son perjudiciales. 

Solo cabe reconsiderar el voto el blanco cuando coincidiera con la expresa instrucción de alguna línea política de proceder de esa manera (lo cual es infrecuente), en cuyo caso el resultado será confundido con el antedicho objetivo de rechazar todo lo que al momento se ofrece. 

Tal como ha expresado el premio Nobel en Economía James M. Buchanan “Bajo el supuesto convencional que dominó el análisis antes de la irrupción de la revolución del public choice, la política estaba moldeada como una actividad de despotismo benevolente para promover el `interés público`, lo cual se presumía que tenía lugar independientemente de las preferencias reveladas que no estaban sujetas a ser descubiertas. Si esta imagen romántica de la política se descarta y es reemplazada por la realidad empírica de la política, todo incremento politizado en el tamaño relativo de un sector de la economía necesariamente conlleva un incremento en el potencial de explotación”. Al fin y al cabo de lo que se trata es de controlar al Leviatán y mantenerlo en brete porque como ha cantado George Harrison de los Beatles en “Taxman”, el agente impositivo siempre está al acecho para un manotazo a una porción mayor del ingreso de la gente:

            If you drive a car I’ll tax the street

           If you try to sit I’ll tax the seat

          If you get too cold I’ll tax the heat

         If you take a walk I’ll tax your feet.  

Es indispensable que cada uno asuma su deber de contribuir a engrosar espacios de libertad naturalmente sustentados en las ideas que le son afines puesto que se trata -nada más y nada menos- de la condición humana. El descuido de esa obligación moral personalísima nos recuerda (y alerta mientras estemos a tiempo) que Arnold Toynbee sostuvo que el epitafio del Imperio Romano diría “demasiado tarde”. Es de gran trascendencia conocer el pasado de las diversas naciones sin las adulteraciones que suelen pretender los oficialismos al efecto de no repetir errores según el conocido pero poco comprendido consejo ciceroniano; en el libro que acaba de publicarse de Niall Ferguson -titulado Civilization– el autor subraya la importancia de estudiar historia para interpretar adecuadamente el presente y poder enfrentar el futuro, en cuyo contexto lo cita a Colligwood quien insistía en que “la historia hace referencia a las ideas” puesto que, en ciencias sociales, los hechos sin hermenéutica carecen de significación. 

En resumen, para preservar el respeto recíproco tan caro a la sociedad abierta, es menester que cada uno asuma la responsabilidad por lo que hace todos los días, lo cual incluye el día de las elecciones. En el extremo señalado, el rechazar las ofertas políticas constituye un paso saludable al efecto de trasmitir el mensaje contundente que lo que está sobre el tapete no satisface con un mínimo de decencia.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.

La Argentina no es el mejor ejemplo para Grecia:

Por: Aldo Abram.  Publicado el 19/10/11 en: http://www.cronista.com/contenidos/2011/10/19/noticia_0044.html

Existen algunas similitudes respecto de la situación que vivió la Argentina durante la década del 90 y que terminó con la crisis de 2001 y la realidad por la que atraviesa Grecia hoy. Sin embargo, hay cuestiones que hacen que una salida al estilo argentino sea muy poco recomendable.
En abril de 1991, ante el desprestigio y fuerte caída en la demanda de su moneda que amagaba llevar a la Argentina a una nueva hiperinflación, se promulga la ley de Convertibilidad. El país pasó a tener un peso que era un “vale” por un dólar que guardaba el Banco Central. En 2001 Grecia asume el euro como moneda.
La gran diferencia es que, en Grecia, el dracma desaparece y, en Argentina, siguió circulando el peso. No es lo mismo la salida de la Convertibilidad que la posibilidad de que Grecia abandone el euro. En 2002, Argentina, simplemente, derogó el tipo de cambio fijo lo que permitió al gobierno y al Banco Central cobrar el impuesto implícito en toda devaluación. En Grecia, no hay una moneda en circulación para depreciar.
Donde sí se asimilan es en la parte fiscal. La ley de Convertibilidad intentó controlar los excesos en el gasto público y la acumulación de déficits fiscales financiados con emisión monetaria, que llevaron a dos hiperinflaciones en 1989-1990. Sin embargo, la ganancia en credibilidad que esta medida determinó, facilitó colocar deuda al gobierno; por lo que siguieron aumentando excesivamente las erogaciones, aprovechando esta posibilidad de financiamiento. El crecimiento del stock de pasivos del Estado fue muy rápido y la cesación de pagos se adelantó debido a una crisis política que comenzó en 2000 y estalló en 2001, borrando toda posibilidad de crédito.
En Grecia es evidente el desmadre fiscal que, hasta fines de 2009, fue ocultado con cifras engañosas. El ingreso a la eurozona habilitó un financiamiento que derivó en una abultada deuda de más del 120% del PBI; lo que llevó a una crisis de credibilidad y de crédito que dura hasta hoy.
Ninguna nación que pretenda desarrollarse lo puede hacer sin credibilidad, es decir, crédito. Mientras haya una chance, es prudente evitar un default. Si no, hacerlo en forma ordenada y rápida.
La Argentina no es el mejor ejemplo. Logró una solución parcial de su deuda en cesación de pagos con privados recién en 2005. La oferta de canje ofrecida (con una exacción de más del 60% de lo adeudado) fue sin negociación y con el criterio “es esto o nada”; lo que dejó tufillo a estafa. Recién en 2010, con la reapertura del canje fue posible sumar más del 90% de las tenencias originalmente impagas. Sin embargo, técnicamente, la Argentina sigue en cesación de pagos; ya que no se resolvió el problema de la deuda con el “Club de París”. Casi 10 años después el país no pudo recuperar su crédito y es poco probable que lo haga en el mediano plazo.
En caso de un default, el país helénico debería permanecer en la eurozona; ya quedó demostrado en Argentina que perder la estabilidad monetaria es el peor escenario para una cesación de pagos. Hoy, el crédito bancario al sector privado argentino es menor al 13% del PBI, la mitad que antes del 2001, y está concentrado en el corto plazo, principalmente es comercial y para consumo. Difícilmente esto pueda revertirse en esta década y ningún país puede desarrollarse sin financiamiento bancario.
Grecia, al no tener moneda propia circulando, los únicos ahorros “devaluables” y apropiables por el gobierno serían los que están en el sistema financiero. Por ende, deberían imponer un “corralito” y “dracmatizar” los depósitos en euros. Esto llevaría a la destrucción de la credibilidad del sistema financiero, el principal capital de un banco.
Grecia tiene una gran ventaja, un potencial avalista de anchas espaldas, la Unión Europea. La realidad es que no podrá evitar el ajuste, pero puede elegir en qué forma lo hará. El camino argentino costó mandar a más de la mitad de la población a la pobreza y perder la senda del desarrollo. Si Grecia logra que se instrumente el rescate en marcha, es mejor aumentar impuestos, achicar sueldos y gasto público como está planeado y no buscar una salida a través de una devaluación y/o crisis por cesación de pagos.
Si no pudieran evitar este último paso, deberían hacerlo en el marco de la eurozona y con una reestructuración de pasivos ordenada y rápida, como Uruguay en 2002. Este último país, hoy se encamina a tener “grado de inversión” en su deuda y la Argentina está muy lejos de esa posibilidad.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

El día después del primer día.

Por Pablo Guido. Publicado el 1/11/11 en: http://chh.ufm.edu/blogchh/

Ayer comenzaron a regir en Argentina diversos controles cambiarios, con el objetivo de reducir la demanda de dólares y otras divisas por parte de la población. El gobierno, a través del organismo recaudador, emitió una resolución en la cual estableció los requerimientos para poder comprar moneda extranjera. Por lo que se observó ayer en todo el país prácticamente para el comprador minorista no hubo operaciones, se frenaron todas por orden del organismo recaudador (AFIP) que era el que daba o no el visto bueno para la compra de divisas. ¿Cómo operaba el sistema? Básicamente la persona que quería comprar divisas tenía que registrar en la casa de cambio o banco su identificación tributaria y mencionar el destino que le iba a dar a la mismas. A partir de ese momento el sistema enviaba los datos a la AFIP para que habilitara o no la operación en función de su declaración patrimonial y de ingresos. Me pregunto: ¿cómo puede saber el gobierno si, en función de la declaración patrimonial e ingresos del año anterior, una persona tiene la cantidad suficiente de moneda local para comprar moneda extranjera? Imposible que un funcionario público pueda establecer en un par de minutos si el comprador está habilitado o no para comprar moneda extranjera en función de la declaración de ingresos y patrimonio realizada hace ya más de medio año.

 

¿Qué sucedió entonces en el mercado cambiario? A pesar del virtual bloqueo de compras para el público minorista en las calles el banco central tuvo que vender 100 millones de dólares para sostener el precio del dólar.  Mientras tanto el ministro de economía dijo que la creciente demanda de dólares era fruto de los intentos de generar una histeria colectiva. ¿Por parte de quién? Siempre la teoría del complot típica de los gobiernos en general y en particular de los gobiernos de tinte más policíaco que creen que pueden controlar la economía como si fuera un juego de mesa, a través de órdenes que restrinjan de manera permanente el accionar de las personas. Como si quisieran eliminar las leyes de la oferta y la demanda. Como si pudieran evitar que la gente quiera salvar su patrimonio cuando la inflación lleva ya cuatro años de aumentar entre 20 y 25% anual. Como si pudieran evitar que la gente compre dólares en un país donde en los últimos cuarenta años se han destruido 4 signos monetarios y han pasado por dos hiperinflaciones. Como si pudieran evitar que la gente compre un “bote salvavidas” en medio de pronósticos de tormentas en el medio de altamar. En los próximos días o semanas veremos cuál es el desenlace de estos controles cambiarios. No hay mucha alternativa para el gobierno: o permite que el tipo de cambio aumente en función de la mayor demanda de la gente o continúa vendiendo divisas para evitar la suba del dólar. Dado que los recursos son limitados ya sabemos cuál estrategia fracasará primero.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina).

¡Es la economía, Cristina!

Por Adrián Ravier: Publicado el 26/10/2011 en http://www.elcato.org/argentina-es-la-economia-cristina

Antes de 1992 George Bush padre contaba con un 90 % de aceptación en EE.UU., fruto de su política exterior, o más precisamente por el fin de la Guerra Fría y la Guerra del Golfo Pérsico. James Carville, entonces jefe de campaña de Bill Clinton, recomendó concentrar la campaña en cuestiones más relacionadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y sus necesidades más inmediatas. Así surgió el principal eslogan de aquella victoriosa campaña: “Es la economía, estúpido”.

¿Qué tiene esto que ver con la Argentina? Mientras el domingo escuchaba a Cristina Fernández de Kirchner ofrecer un moderado discurso tras haber hecho realidad su sueño de un segundo mandato —o el tercero del kirchnerismo—, aquel eslogan vino a mi mente.

Ya he escrito en otra oportunidad sobre mi lectura de la economía argentina. Si uno quisiera hoy comprender por qué ante esa realidad, la señora Presidente obtiene estos resultados, basta observar la dinámica del PIB real.

Tras la profunda crisis de 2001-2002, la economía inició en 2003 un proceso de recuperación acelerada. Ese primer gobierno (2003-2007) fue polémico en varios sentidos, pero la economía fue recuperándose año a año y permitió que en 2007, el pueblo argentino renovara la confianza en el modelo.

El segundo gobierno (2007-2011) también evidenció dificultades, como la guerra con el campo. Pero el mayor golpe sobre la imagen positiva del oficialismo llegó en 2009, cuando emergió el efecto de la crisis global, y la economía argentina cayó un 3 por ciento —jamás reconocido por el INDEC—. Fue de tal importancia la recesión económica que en las elecciones legislativas de 2009 Néstor Kirchner se vio superado como primer candidato a Diputado por la Provincia de Buenos Aires ante Francisco De Narváez. Esta derrota electoral estuvo muy cerca de terminar con el kirchnerismo según han explicado los analistas políticos. Pero los días pasaron, la economía global empezó a sentir los efectos de las políticas económicas estadounidenses, traducidas en inyección de liquidez y planes de estímulo fiscal, y poco a poco la economía argentina se revitalizó. Con ello, la imagen positiva también empezó a subir.

Las internas abiertas de unos meses atrás anunciaron la segura victoria del kirchnerismo. Las encuestas mostraban una imagen positiva de cerca del 60 por ciento, lo que hizo que no sorprendiera una victoria tan contundente.

Puede quedar la impresión, como ha señalado Gabriela Pousa que en las elecciones del domingo, “se ha privilegiado la política de patotas más allá de que continúe Guillermo Moreno en su cargo, se ha justificado el saqueo votando al ideólogo del ‘traspaso’ de fondos de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP) a manos de la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES), se consolidó también la inseguridad que Nilda Garré instauró como política oficial desde el Ministerio de Defensa y ahora desde el de Seguridad… Se votaron las valijas sin remito pero con destinatario harto conocido, se priorizó el doble discurso frente al escenario internacional […]. Se ha preferido la permanencia de datos adulterados, del peronismo en su versión más radical. Por último, se puede asegurar que se ha inclinado el electorado por la demagogia ‘nacional y popular’… No hace falta agregar mucho más”.

Yo no estoy de acuerdo con esta impresión y la señora presidente debe saberlo. Este resultado en la campaña no ha sido un premio a lo peor del kirchnerismo, sino a pesar de él. Este resultado electoral es el premio a un gobierno que acompañó la recuperación de la economía argentina tras la profunda depresión de 2001. Una recuperación que insisto tiene sus debilidades de largo plazo.

Cristina Fernández de Kichner ha sido bien asesorada en los últimos meses y aprendió a manejar los silencios, además de moderar su discurso. Ayer incluso agradeció a los llamados de Mauricio Macri y Sebastián Piñera para felicitarla por el resultado de la elección. Esto ayuda en el corto plazo, pero lo que decidirá el futuro del modelo es el resultado que este ofrezca sobre las variables macroeconómicas relevantes. Me refiero al crecimiento económico, la inflación y el empleo.

Reconocer que la economía ya no crecerá al 8 por ciento, sino sólo a un 4 por ciento, abre algunas incógnitas.

Los analistas más optimistas afirman que el gobierno reducirá la emisión monetaria para intentar controlar la inflación. Saben que esto los obligará a reducir el gasto público, para lo cual ya se habla de reducir gastos en subsidios (las tarifas subirían un 18 por ciento). Amado Boudou, antes Ministro de Economía, ahora vicepresidente, ha manifestado su interés en acordar con el Club de París para volver a colocar deuda en el mercado internacional y para crear algo de confianza y reducir la fuga de capitales que sigue preocupando al Banco Central.

Los más pesimistas —quizás yo sea uno de ellos— piensan que el oficialismo realmente profundizará el modelo, y que aun acordando con el Club de París para tomar crédito exterior, seguirán agotando los recursos del Estado (ANSES y reservas del Banco Central), al tiempo que aplicarán todo tipo de controles de precios para evitar la escalada inflacionaria.

El presupuesto 2012 nos puede dar una primera respuesta. Ya no queda oposición, ni siquiera en el Congreso. Señora presidente, la economía argentina está a su merced.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

La trama de una reelección.

Por Mario D. Serrafero. Publicado en La Nación el Lunes 11 de abril de 2011:

Parecería que la Argentina es impredecible y que los escenarios políticos pueden variar de repente. Los resultados de encuestas electorales nos informan sobre lo que ocurre respecto de una opinión pública que es volátil y muy sensible frente a hechos imprevistos, como fue, por ejemplo, el fallecimiento de Néstor Kirchner. En definitiva, hasta poco tiempo antes de los comicios podría haber corrimientos electorales. Ante tal perspectiva, es casi un juego imaginar los futuros posibles en el mediano plazo. Propongo en estas líneas una reflexión que se despega de la coyuntura de cada día y especula sobre la experiencia y la teoría existente en torno a la reelección presidencial, desde un enfoque de ciencia política; radiografía de lo que podría no ocurrir nunca, es cierto, pero también camino posible entre los diferentes senderos que se bifurcan.

La muerte de Kirchner despejó la acotada incertidumbre de quién sería el candidato a la presidencia por el kirchnerismo. Si Cristina decide ser candidata, podría ganar o perder: no hay otras alternativas. ¿Cuándo fracasa un presidente que busca su reelección? La literatura y la experiencia nos dicen que el fracaso tendrá que ver con una gestión percibida como muy deficiente, un fuerte deseo de cambio o situaciones de contexto que requieran otro tipo de liderazgos.

La aspiración a la reelección inmediata conlleva una serie de ventajas para el ocupante del cargo; entre otras: a) el reconocimiento o visibilidad pública que tiene el presidente; b) el acceso a los recursos y las fuentes de financiamiento que provienen del Gobierno; c) la exposición continua ante los medios de comunicación masiva; d) el partido en el poder, a disposición de la reelección; e) el control y la manipulación de la economía en orden a los réditos electorales; f) las posibilidades que emergen del despliegue de las relaciones públicas que establece la presidencia con los sectores públicos y privados del país y del extranjero..

En la mayoría de los casos, en los Estados Unidos los presidentes que buscan su reelección inmediata triunfan. De los 18 casos existentes en el siglo XX, en 13 oportunidades obtuvieron la victoria electoral. Cinco presidentes perdieron su reelección en el siglo pasado: William Taft, Herbert Hoover, Gerald Ford, Jimmy Carter y George H. Bush. La pérdida de popularidad, hacia el final de la gestión, fue un factor que eclipsó a ciertos presidentes. Ford se vio dañado por el perdón que diera a Nixon en relación al caso Watergate; Carter se vio debilitado por la persistencia de la inflación y la crisis de los rehenes en Irán, y Bush no pudo superar la imagen de una economía que no lograba recuperarse de la recesión, a pesar de los signos de reactivación que aparecieron hacia el tramo final de su gobierno.

La reelección inmediata, en América latina, es todavía más contundente. Lograron el triunfo Fernando Henrique Cardoso, Carlos Menem, Alberto Fujimori, Luis Lula, Leonel Fernández, Alvaro Uribe, Rafael Correa, Hugo Chávez y Evo Morales. Diferente fue la competencia en contextos de reelección no inmediata. En esa instancia, un número importante de ex mandatarios triunfaron, pero también algunos perdieron (por ejemplo, en 2010, Luis A. Lacalle y Eduardo Frei).

El éxito de un presidente que es reelegido se debe, por lo general, a varias circunstancias combinadas: a) el mandatario realiza, al menos, un gestión discreta y mantiene su popularidad con altos índices de apoyo; b) no existe un candidato opositor que logre convencer a la gente de su superioridad o conveniencia en relación con quien ya es presidente; c) una época de incertidumbre o intranquilidad puede favorecer al mandatario en el poder, salvo que se imponga la visión de la absoluta necesidad de un cambio drástico; d) una inercia residual de la gente ante lo desconocido, y e) los mayores recursos y resortes que maneja el presidente y que se ponen en juego durante el primer turno y, específicamente, hacia el final y durante la campaña electoral. Cometer errores groseros en el último tramo de gestión, como se dijo, puede frustrar la reelección.

La experiencia indica que los presidentes que ganan su reelección suelen obtener un mejor resultado que la primera vez y la oposición se distancia, electoralmente, aún más del presidente reelecto. Volviendo a la Argentina, si el kirchnerismo triunfara en 2011, podría renacer con singular fuerza y recuperar el terreno perdido en el campo legislativo tras los resultados electorales de 2009. Tendrían, probablemente, un Congreso más favorable. Pero el comienzo del segundo mandato es también el inicio progresivo de un prematuro desgaste: el llamado lame duck . Y como las elecciones intermedias de un segundo turno en la presidencia suelen conllevar una alta probabilidad de pérdida de bancas para el oficialismo, el mejor momento de una eventual nuevo mandato de Cristina Kirchner sería en 2012. En este probable escenario, el oficialismo se enfrentaría con un dilema: institucionalizar definitivamente el espacio kirchnerista con el fin de buscar un sucesor a Cristina Kirchner -pues no podría acceder a otro mandato-, o bien buscar una reforma constitucional que le permita la continuidad en el cargo. Asimismo, ciertos sectores del peronismo no estarían interesados ni en lo uno ni en lo otro, y algunos dirigentes partidarios del peronismo estarían buscando su oportunidad para acceder a la primera magistratura.

El otro camino posible es el triunfo de la oposición en 2011. Se verá si puede superar el cimbronazo que le ocasionó el fallecimiento de Kirchner y si en los próximos meses el escaparate público la muestra un poco más cohesionada. Para ganar, debería convencer a la ciudadanía de que es portadora de un proyecto superador de la actual gestión gubernamental, de que no es una mera “coalición negativa” y de que será capaz de mantener la gobernabilidad sin desintegrarse en el intento.

Todas estas son sólo probabilidades trazadas a la luz de lo investigado en torno a las reelecciones presidenciales, sus escenarios políticos e institucionales. La dinámica política definirá el panorama concreto y los meses que vienen, seguramente, prefigurarán la Argentina de los próximos años.

Mario D. Serrafero es Doctor en Ciencia Política y en Sociología, por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Derecho por la Universidad de Buenos Aires. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Es investigador del Conicet. Escribió el libro Reelección y sucesión presidencial . Es profesor de ESEADE.