Escasez y abundancia en el marxismo

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/08/escasez-y-abundancia-en-el-marxismo.html

Sin duda que, en el mundo real, allí donde se han presentado regímenes comunistas o socialistas, el «Estado socialista represivo» reprime a los explotados en beneficio de los explotadores, teniendo en claro que los explotados son los ciudadanos y los explotadores sus gobiernos. Si se desea utilizar el léxico marxista y hablar de «clases sociales» estas serían las únicas dos «clases» que -podría decirse- han sido constantes en la historia de la humanidad: los gobiernos por un lado y los gobernados por el otro, explotando sistemáticamente los primeros a los segundos mediante el concurso de la fuerza bruta o la amenaza de ella (mediante la ley o sin ella). Pero, curiosamente, se dice de este «Estado socialista represivo”:

«Sólo puede prescindirse de él una vez que la abundancia haya reemplazado a la escasez, es decir cuando haya cesado el conflicto de clases. (Si el socialismo no supera nunca la escasez, una contingencia que Engels no trata explícitamente, el Estado nunca desaparecerá y poseerá a perpetuidad los medios de producción. Por consiguiente, en la medida en que el Estado no logre demasiado bien «liberar las fuerzas de la producción» y por tanto acarrear por equivocación un mundo de abundancia, está a salvo.).»[1]

Este párrafo sugiere la formulación de ciertas cuestiones que no responde: ¿de qué manera se supone que el estado/gobierno puede reemplazar la escasez por la abundancia si esa entelequia no produce absolutamente ninguna riqueza y su función se limita solamente a repartirla hasta que consigue extinguirla?

Va de suyo que no hay tal «conflicto de clases» porque, en rigor, la idea de «clases sociales» marxista es un mito. La realidad muestra individuos y no «clases». Es verdad que los individuos suelen agruparse en colectividades, asociaciones de fines, actividades, etc. pero nada les impide agruparse como desagruparse, entrar y salir de las asociaciones que constituyen. Habría que decir, entonces, que las personas pertenecen a tantas «clases» como sean sus preferencias políticas, económicas, deportivas, musicales, artísticas, literarias, culinarias, gastronómicas, laborales, etc. y que van mutando a medida que van creciendo o cambiando sus predilecciones. El mundo real y dinámico no responde a ese mundo estático, rígido e inmutable socialista. No todo se reduce a ser fatal y simplemente «burgués» o «proletario» sin remedio y sin posibilidad alguna de salirse de esos roles como propicia el marxismo, socialismo, izquierdismo y denominaciones afines. El mundo real no es blanco o negro como el mundo marxista. Hay (a pesar de estos) colores y tonalidades variopintas.

El socialismo ha sido puesto en práctica desde comienzos del siglo XX en vastas partes del planeta. Sus efectos prácticos están a la vista de todos: han sido las dos Grandes Guerras Mundiales y la pobreza, exterminio y miseria generalizada allí donde se lo ha aplicado. Aún sobreviven algunos islotes de esa trágica ideología en Lejano Oriente, en Cuba y Venezuela. Las versiones más edulcoradas del mismo (las famosas llamadas socialdemocracias) no llegan a esos extremos, pero fluctúan entre el estancamiento o crisis recurrentes allí donde gobiernan.

El final de la cita expone muy bien la manera en que los estados socialistas buscan eternizarse en el poder. La excusa perfecta que tienen es que «la escasez no ha sido superada» y se necesita aún más tiempo para ello. Dado que la escasez es un fenómeno contingente a la condición de este mundo está claro que su verdadera intención radica en el poder absoluto y la dominación más tiránica posible como la historia lo ha demostrado. Lo que no dicen tampoco es que el socialismo perpetúa la escasez.

«Hasta que lleguen la abundancia y la desaparición del Estado, el «socialismo en un mundo de escasez» y el «capitalismo estatal» son, a efectos prácticos, sinónimos. La división del trabajo es todavía una necesidad; la producción es para el intercambio más que para las necesidades; hay dos clases funcionalmente distintas, con la clase opresora que se apropia de la plusvalía producida por la clase oprimida. A diferencia del capitalismo privado, la plusvalía es objeto de apropiación a pesar de la clase oprimida pero en su interés a largo plazo (o en el de toda la sociedad). ¿Quién es, sin embargo, la clase opresora?»[2]

Recordemos que la tesis marxista era contradictoria a este respecto. Por un lado, Marx sostenía que esa abundancia y desaparición del estado/gobierno se daría evolutivamente «con la fuerza inexorable de una ley de la naturaleza», ningún evento humano –sentenciaba- podía retrasar ni acelerar el curso de la historia hacia dicho fin, al tiempo que, en sus escritos políticos se contradecía a si mismo asegurando que de no ser a través de la revolución inmediata y violenta, los burgueses retendrían sus posesiones y el control del estado/gobierno.

El evolucionismo marxista –a la postre- no se dirigió (ni se dirige hoy) en la dirección profetizada por Marx, y la «revolución» alii donde apareció, lejos de traer «abundancia» destruyó la existente y devolvió a sus pueblos a la miseria originaria en la que se hallaban antes de la «revolución», o los regresó a etapas aún más paupérrimas que las preexistentes, a la par que enriqueció sin cuento a los burócratas revolucionarios, a sus familias y sus amigos. Los miembros ricos de las familias de los jerarcas soviéticos, chinos, cubanos y -más recientemente- venezolanos son conocidos por todos. El lujo ostentoso y obsceno de los demás dirigentes comunistas y socialistas habla por si mismo. El socialismo puede reducirse a una sola fórmula: pueblos miserables con gobernantes opulentos.  

Lo que resulta inexplicable (en el contexto de la cita que transcribimos arriba) es que se diga que «la producción es para el intercambio más que para las necesidades». El fin de toda producción –sin embargo- es satisfacer una necesidad. Si no hubiera necesidades no haría falta producir absolutamente nada, ni hacer nada. Simplemente se disfrutaría de la vida y punto. Todos nos dedicaríamos al ocio y a la recreación. Un mundo sin necesidades sería el Edén, y desde el pecado original el mundo padece necesidades de todo tipo.

Como ya explicamos arriba, la clase opresora es la clase dirigente, los líderes políticos en función de poder; en tanto que los oprimidos son todos aquellos quienes están bajo su mando y quienes deben sufrirlos. El concepto de plusvalía –nativa y esencialmente marxista- no deja de ser un «cuento chino» ya –a esta altura de la historia- increíble para aquel que tenga un poco de raciocinio, cordura y sentido común.


[1] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad. Pág. 310/311

[2] de Jasay, A. Ibídem. pág. 310/311

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

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