Capitalismo “de estado” y privado

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/07/capitalismo-de-estado-y-privado.html

Hemos –de acuerdo a L. v. Mises- criticado la locución capitalismo “de estado” como un nombre intercambiable con la tradicional designación de socialismo, más familiar y ampliamente conocida. No obstante, emprendimos el análisis del tema estableciendo una serie de comparaciones entre la primer fórmula reprochada en oposición al uso convencional empleado con el rótulo de capitalismo. Sin embargo, el grupo de autores que conservan el nombre de capitalismo para sistemas antagónicos, han adoptado -con el fin de diferenciar al primero del segundo- la etiqueta de “capitalismo privado” para reservarlo al opuesto al llamado “de estado”.

“Parece faltar un eslabón crucial para que el capitalismo de Estado sea un sistema factible. Pues si el Estado es el único patrón, puede liberar recursos para su propia utilización discrecional diciéndole al pueblo lo que tiene que hacer sin pagarle en exceso por su obediencia. “[1]

                Esta clara que la referencia es al socialismo. La realidad es que no solamente falta un eslabón sino que muchísimos más que uno. La cita alude al factor laboral. Imagina un escenario donde el estado/gobierno es el único empleador de todos. Dueño de todos los recursos disponibles puede decidir a quién remunerar y a quién no. Esto no aporta nada nuevo a lo que ya sabemos sobre el socialismo. Efectivamente, donde quiera que se lo hubiera implementado el socialismo siempre se ha comportado de dicha manera. El caso más conocido a nivel mundial ha sido el de la ex Unión Soviética. La frase “liberar recursos” de la cita parece aludir a aprovecharse de los mismos decomisándolos del fruto del trabajo ajeno. Pero bien, sentado esto, el punto es que no hay allí capitalismo alguno, porque el gobierno no posee la propiedad privada de ellos, siempre es propiedad detraída a particulares, lo que hace que en el punto el gobierno se comporte como un vulgar ladrón.

“Pero ¿qué va a impedir que un rival lo estropee todo y puje por el poder político prometiendo salarios más elevados —como pujaría por el poder político en el capi­talismo privado prometiendo más justicia distributiva—?”[2]

Es una situación difícil de darse en un régimen socialista puro donde -por definición- el poder político y económico esta monopolizado (de hecho o de derecho) por el estado/gobierno. Pero podría ser el caso de una socialdemocracia, que es el más común, donde se permite cierto pluralismo político, lo que implica partidos y elecciones. En otras palabras, el primero sería un sistema estatista en el cual el empleo es captado en su mayor parte (o en toda) por el estado/gobierno, y se introduce un competidor (puede ser un partido o cualquier otra fuerza política) que ofrezca menos estatismo y algo más de capitalismo (“salarios más elevados”). El segundo escenario supone –a la inversa- un régimen capitalista (el autor lo llama “capitalismo privado” impropiamente a nuestro juicio por redundante). En este caso, el rival sería una fuerza o partido estatista prometiendo más redistribucionismo.

“¿Podemos, para ser más concretos, dar por supuesto que una vez que el poder económico esté plenamente concentrado en el Estado, las formas políticas democráticas pierden ipso facto su contenido y, aunque se con­serven piadosamente, se convierten en ritos vacíos?”[3]

La respuesta es claramente afirmativa pero, a pesar de ello, sigue siendo incorrecto llamar a eso capitalismo “de estado”. El poder económico -por si solo- no es sinónimo de capitalismo. Los estados socialistas tienen poder económico pero no por ello son “capitalistas” por mucho que quisieran hacerse llamar así. Su poder económico no es propio sino que es ajeno, es robado a los genuinos capitalistas. Es cierto que las prácticas democráticas quedan desfiguradas en tales situaciones, pero advirtiendo que debemos aclarar a qué tipo de “democracia” nos referimos, ya que hemos trabajado bastante sobre el tema distinguiendo disímiles formas democráticas, dada a la excesiva latitud del vocablo “democracia”.

“En cualquier caso, si es que las revoluciones modernas son concebibles, hay una presunción de que por las mismas razones que le obligan a ser totalitario, el capitalismo de Estado corre mayo­res riesgos y necesita defensas más poderosas contra la revuelta que los Estados que no poseen, sino que meramente distribuyen lo que otros poseen.”[4]

Sin quedar clara la vinculación realizada entre “las revoluciones modernas” y el capitalismo “de estado” (socialismo) excepto que -en términos marxistas- este solamente podría imponerse por evolución y no por revolución (aunque Marx sostuvo ambas posturas contrapuestas casi simultáneamente) aquí parece aludirse a una revolución contra el socialismo (capitalismo “de estado” en la nomenclatura del autor comentado). Sería algo así como una revolución capitalista o pro-capitalista quizás mejor expresado.

Los regímenes socialistas o comunistas naturalmente necesitan ser más férreos que los menos orientados a esas ideologías, porque los primeros poseen más recursos apropiados al sector privado de la economía que los otros. Es decir, en esos lugares hay más riqueza expropiada que en otros, por ende están más expuestos a ser objeto de revoluciones o -al menos- disturbios de envergadura.

Poca diferencia hay, en rigor, entre “gobiernos que poseen vs los que no poseen” ya que ambos -en última instancia- deben distribuir los recursos generados por los particulares (excepto claro en un sistema capitalista como lo entendemos nosotros) . Pero dado que la redistribución es más fluida entre los últimos, daría la impresión que genera menos resistencias entre los desposeídos que la que originan los primeros.

“Una de las más débiles de las diversas razones débiles avanzadas por Trotsky de por qué no existe y «nunca existirá» tal cosa como el capitalismo estatal fue que «en su calidad de depositario universal de la propiedad capitalista, el Estado sería un objeto demasiado tentador para la revolución social» (León Trotsky, The Revolution Betrayed: What is the Soviet Union and Where is it Going?, 5.* od., 1972, pág. 246). [Hay trad. cast., Ed. Proceso, Buenos Aires.]”[5]

El estado/gobierno que se auto-constituye como “depositario” de la propiedad capitalista asume el mismo papel que el del ladrón que resguarda en su guarida el botín fruto de atraco. Él es guardián de la propiedad de otros y no de la suya, y ese mismo botín será “demasiado tentador” para los demás ladrones como él. Probablemente, no fuera esto lo que quisiera decir Trotsky. Debe haber querido significar que, en esa situación, el Estado seria depositario de riquezas tan grandes (en rigor todas las existentes) que, en lugar de ser el paradigma de la “revolución social” seria exactamente su contrario y el contraejemplo de esa misma revolución. En realidad, un estado/gobierno como el imaginado, seria inspirador de una contrarrevolución: la de los desposeídos de su capital contra el gobierno “depositario” (hurtador, en buen romance) del mismo por recuperarlo.


[1] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad, p. 301

[2] de Jasay A. Ibídem. p. 301

[3] de Jasay A. Ibídem. P. 301

[4] de Jasay A. Ibídem. P. 306

[5] de Jasay A. Ibídem. P. 306/307 (nota)

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

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