Pandemia, inflación, precios relativos y asignación de recursos:


Por Guillermo Luis Covernton. Publicado el 4/8/20 en: https://issuu.com/desafioexportar/docs/desafio_exportar_n__181/10

Una definición muy generalizada de la inflación alude a la misma como

el aumento generalizado y sostenido de los precios de bienes y servicios en un país durante un periodo de tiempo sostenido”[1]

Esta es una forma tan común como equivocada de referirse al fenómeno, además de evidenciar una redundancia. La misma podemos encontrarla, con pequeños matices, en un sinnúmero de acepciones que se citan usualmente, sin precisar exactamente de donde vienen. [2] [3]

El estudio profundo de la economía nos lleva a aprender, como una de sus primeras lecciones, que nuestra materia es una ciencia contraintuitiva. [4]

Lo que puede parecernos obvio, no suele ser acertado, y a las conclusiones acertadas se llega luego de una larga elaboración lógica y racional.

Nosotros preferimos caracterizar a la inflación de otro modo. Ya que precisamente, el efecto más pernicioso de este verdadero flagelo moderno, es que los precios no se mueven en forma ni generalizada ni sostenida. Como muy bien lo precisó quién es considerado el primer autor en puntualizar este asunto, Richard Cantillón:

“Pero la carestía originada por ese incremento de dinero no se distribuye por igual entre todas las especies de productos y mercaderías, proporcionalmente a la cantidad de dinero incrementado, a menos que dicho incremento penetre por los mismos canales de circulación que el dinero primitivo, es decir, a menos que los que ofrecían en los mercados una onza de plata no sean los mismos y los únicos que allí ofrecen ahora dos onzas, cuando la cantidad de dinero en circulación se duplica, lo que nunca ocurre.”[5]

Y esta es la razón por la que su impacto es tan destructivo en el sistema económico de una nación, ya que, como sabemos, los empresarios establecen la rentabilidad de sus proyectos y definen la asignación de los recursos que gerencian, en función de la relación de precios entre insumos y productos. Así determinarán sus márgenes de rentabilidad y la posibilidad o no de conseguir capitales, que se invertirán en los proyectos que mejor rentabilidad evidencien. Está muy claro que, si luego de realizadas las inversiones y en el lapso que media hasta su maduración y la realización de los beneficios esperados, se produce una distorsión de todas las variables, no existe la posibilidad de arribar a los resultados que atrajeron dichas inversiones. Y mucho más claro está que el inversor defraudado buscará otro entorno más estable, que le garantice una más previsible situación para sus negocios.

No es gratis, ni divertido, ni carece de consecuencias el distorsionar todas las variables de la economía por razones espurias a las que debería regir la provisión de moneda en una sociedad.

Nuestra sociedad lleva ya demasiados años viendo desaparecer sus proyectos, empresas, iniciativas y las expectativas personales de los consumidores, precisamente por la destrucción de las relaciones de precios que orientan sus decisiones cotidianas. No creo necesario enfatizar más en lo dañino del mecanismo inflacionario ni en sus graves consecuencias sociales.

¿Pero esto significa que, en una sociedad en la que la moneda sea estable, los precios relativos serán constantemente iguales? De ningún modo.

Precisamente lo que revela la capacidad empresarial y determina el éxito económico de un empresario, es su acierto en descubrir o anticipar como la suma de los gustos y las preferencias individuales, cambiantes y subjetivas, van a ir solicitándoles a los que asumen la responsabilidad de asignar recursos que orienten la producción en beneficio de sus clientes.

“Lo cierto es  que el mercado que la cataláctica estudia está formado por personas cuya  información  acerca de las mutaciones ocurridas es distinta y que, aún poseyendo idénticos conocimientos, los interpretan de forma diferente. El  propio  funcionamiento  del  mercado demuestra que los cambios de datos sólo son percibidos por unos pocos y que, además, no hay unanimidad cuando se trata de prever los efectos que tales variaciones provocarán”[6]

Lo que explica la tarea de los empresarios y legitima sus ganancias es el grado de acierto que logren al anticipar los juicios de valor que los consumidores formulen. Su capacidad de acertar estos juicios sobre las decisiones futuras de los agentes económicos, no resultan ni evidentes ni están exentas de riesgos. Y son la esencia de la actividad empresarial.

Y son estos cambios de precios relativos genuinos, determinados por los gustos, las preferencias, las escalas valorativas individuales, cambiantes y subjetivas, y determinadas por la utilidad marginal que los agentes económicos derivarán de los bienes en cada situación particular, las que, en tanto sean anticipadas acertadamente por los empresarios, colaborarán a evitar escaseces y abundancias, que, en los primeros casos, encarecerían a dichos bienes, empobreciendo a la sociedad, y en el segundo, los abaratarían de tal modo que no se podría recuperar el capital invertido en su producción. Lo cual, asimismo, también haría más pobres a todos.

Esta cuestión, que tiene que ver con la capacidad de los empresarios de propender al desarrollo de la comunidad, es la que más se deja de lado, cuando no se consideran las distorsiones  que genera la expansión de medios de pago, que determina la disparada de la espiral inflacionaria.

Es un grave error pensar que la economía mantendrá estables las relaciones de precios entre todos sus bienes. La tecnología avanza, los costos se minimizan, los recursos se descubren, hay nuevas maneras de extraer lo que antes nos estaba vedado. El sistema económico moderno nos enseña cotidianamente ejemplos de superación a partir de sistemas de producción que abaratan los bienes, ahorran esfuerzos, disminuyen grandemente la demanda de tiempos de trabajo y de horas de labor para lograr los mismos objetivos, y hacen posible que las personas menos prósperas accedan hoy a recursos, bienes y servicios  que no soñaban en el pasado, ni siquiera los abuelos de aquellos sujetos más ricos de la sociedad. Partiendo desde el automóvil, a la atención médica, las vacunas, los sistemas de aire acondicionado y calefacción, así como el acceso a la educación, han caído hoy, medidos en tiempo de trabajo necesario para adquirirlos, a una centésima parte de lo que costaban en el pasado.

“Las escalas de valores cambian, la demanda por parte de los consumidores se desvía de un bien a otro, las ideas tecnológicas cambian y los factores se utilizan de distintas maneras. Cada tipo de modificación tiene efectos diferentes sobre los precios…El punto esencial es este: antes de que los efectos de cualquier cambio se pongan de manifiesto completamente, aparecen nuevos cambios”[7]

Una situación excepcional, como la que vive el mundo cuando enfrenta una pandemia, un conflicto bélico generalizado o el ajuste sobreviniente por una crisis económica originada en la mala asignación de recursos, crisis que son previamente inducida por la expansión de los medios de pago o del crédito, producen una transformación enorme en las valoraciones subjetivas de los individuos. La destrucción de bienes de capital sobreviniente a una guerra y la caída abrupta de la provisión de bienes y servicios elementales, genera que los precios que las personas están dispuestas a pagar por ciertos bienes, cambien absolutamente. El precio de una cena o el de un espectáculo artístico se derrumba frente al interés por conseguir alimentos o vacunas para los niños. Las vacaciones o la compra de un automóvil cero Km pasan a representar un interés mucho menos relevante que acceder a una mejor preparación profesional o educar a la familia, a fin de recuperar cuanto antes un nivel de vida decoroso. La demanda por mejoras a la infraestructura, provisión de servicios higiénicos, o construcción de unidades sanatoriales, cobra muchísima más relevancia que cambiar un teléfono celular, pagar el abono de un sistema de provisión de entretenimiento, música en línea o streaming de películas. Los ejemplos pueden ser infinitos. Hay empresas que va a prosperar, por haber invertido recursos, tiempo y desarrollo tecnológico para proveernos de vacunas, sistemas de defensa, o métodos de producción menos capital-intensivos, ya sea que la catástrofe que enfrentemos sea una pandemia, una guerra o una crisis económica, respectivamente. Pero todo va a cambiar. Debe cambiar. Los precios deben reflejar estas preferencias y orientar a los empresarios a asignar los recursos del modo que mejor sirvan a los consumidores y trabajadores, para proveer a la sociedad en su conjunto de los bienes que ellos demandan.

Aún frente a situaciones de creciente prosperidad y estabilidad económica por plazos muy largos, también ocurren estos cambios de precios relativos. El precio de un pico, una pala, un cuchillo, un par de botas o un traje, era, a principios del siglo XIX en Inglaterra, infinitamente más alto que el que se debía pagar en el 1900, merced a la revolución industrial, a la producción en masa, a la incorporación de tecnologías de producción y al crecimiento económico resultante.

Ese cambio dramático, pero deseable y celebrable, se reflejaba en que un trabajador tenía que invertir el resultado de muchísimas menos horas de trabajo propio, para conseguir adquirir estos bienes. Cosa que nuevamente ocurrió desde 1960 hasta el día de hoy, si vemos el costo, medido en horas de un salario mínimo, que debemos pagar por una comunicación telefónica, por un teléfono, por una cámara fotográfica o por una computadora en miniatura, todo lo cual estoy envasado en el formato de un teléfono inteligente, asimismo junto con nuestra colección de música y con la enciclopedia a la que acudimos para quitarnos nuestras dudas y educar a nuestros hijos. El tiempo que le demanda aun académico prepara una disertación se ha minimizado, merced a los sistemas de almacenamiento de datos y a las posibilidades de compartir y enviar información en fracciones de segundo, todo lo cual incluye fotos, videos, diagramas y presentaciones altamente complejas que antes ni soñábamos. El costo de que nuestro hijo de 5 o 6 años conozca las condiciones económicas, clima, fauna, flora y entorno de una nación lejana es hoy una millonésima de lo que debía invertir un ciudadano acaudalado de la Inglaterra de principios del siglo XIX. Y esto es lo que ha hecho posible el enorme crecimiento y prosperidad del que disfrutan las generaciones presentes.

Pero todo esto desaparece y se hace utópico si, frente a estos cambios dramáticos, inesperados, lamentables, pero también inexorables, los gobiernos pretenden responder impulsando una ficticia situación inmutable, en la  que las empresas no puedan adaptarse, los trabajos no puedan cambiar, los precios pretendan ser fijados, las ganancias de aquellos más prudentes y que mejor sirven hoy a la sociedad sean confiscadas arbitrariamente, con mecanismos monetarios, fiscales, cambiarios, impuestos discriminatorios y privilegios irritantes, como los de aquellos que,  al encontrar que sus tareas o trabajos son menos demandados, en vez de buscar servir a sus semejantes en ocupaciones alternativas, demandan del estado un congelamiento de todas las variables económicas previas, como si la luz del sol pudiera taparse con la palma de una mano.

La situación que hoy vive nuestra sociedad, del mismo modo que la que se vive en muchos otros países, frente a estas emergencias, tiene algún grado de paralelismos como la que padeció Alemania en 1945.[8] Afortunadamente, en muchísimo menor medida, y con una capacidad de reponerse mucho mayor. Pero, de algún modo, debemos tomar el ejemplo de una sociedad devastada, un sistema económico destruido, ausencia total de instituciones que les permitieran el autogobierno. Y sin embargo, la confianza de sus líderes en un sistema de economía social de mercado, que privilegiara la competencia, terminara con los privilegios, garantizara la provisión de una moneda sana, la protección de la iniciativa privada en el marco empresarial, la defensa indiscutible del derecho de propiedad, la libertad de prensa y de opinión, la ausencia de todo tipo de proscripciones o discriminaciones en razón de opiniones políticas, la libertad de comercio, de educación, y la tolerancia por el disenso, y la imprescindible defensa de las instituciones democráticas, la transparencia de la gestión pública y la independencia de los tres poderes, para garantizar un funcionamiento institucional respetuoso del estado de derecho, que le ha dado al mundo un ejemplo de como se construye la prosperidad, y, al decir de uno de sus más relevantes líderes, el “Bienestar para Todos”.[9]


[1] https://www.eleconomista.es/diccionario-de-economia/inflacion

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Inflaci%C3%B3n

[3] https://economipedia.com/definiciones/inflacion.html

[4]https://www.expansion.com/actualidadeconomica/analisis/2016/02/25/56cf2c1722601d321c8b461f.html

[5] Citado por Krause, Martín en https://bazar.ufm.edu/gran-aporte-richard-cantillon-entender-impacto-la-emision-monetaria-los-precios/

[6] Ludwig von Mises, La Acción Humana. Tratado de economía (España: Unión Editorial, 2011), 396. Citado por Jan Doxrud en http://www.libertyk.com/blog-articulos/2017/7/12/parte-ii-por-qu-el-socialismo-nunca-funcionar-el-problema-del-clculo-econmico-por-jan-doxrud

[7] Murray N. Rothbard, El hombre, la economía y el Estado. Tratado sobre principios de economía, vol. 1, La economía clásica (España: Unión Editorial, 2011), 321 Citado por Jan Doxrud en http://www.libertyk.com/blog-articulos/2017/7/12/parte-ii-por-qu-el-socialismo-nunca-funcionar-el-problema-del-clculo-econmico-por-jan-doxrud

[8] https://libertad.org.ar/web/1141/

[9] https://www.youtube.com/watch?v=RcP_1TTBK6Y

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es Profesor Titular de Finanzas Públicas, Macroeconomía, y Emprendimiento de Negocios en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Ha sido profesor de Microeconomía, y Economía Política en la misma universidad.  Fue corredor de granos y miembro de la Cámara Arbitral de Cereales de la Bolsa de Comercio de Rosario. Fue asesor de la Comisión Nacional de Valores para el desarrollo de mercados de futuros y opciones. Es empresario y consultor.

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