LA MAGIA DE LOS LIBROS VIVIENTES

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 19/7/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/07/la-magia-de-los-libros-vivientes.html

Estaba preparando una charla sobre la obra de papá. Repasaba una vez más su libro Etapas histórica de la política educativa, mientras meditaba una vez más sobre la importancia que la novela Amor y pedagogía, de Unamuno, había tenido sobre el “giro” de mi padre. Porque el apasionado y metódico maestro, maestro normal nacional, fue desde el más estricto positivismo pedagógico hasta su tercera etapa de la política educativa, donde, como Copérnico, arrasa limpiamente con el paradigma dominante en el que se había formado.
De repente no sé qué cruzó por mi cabeza (bueno, siempre fue así) pero sentí una irresistible curiosidad en leer la novela de Unamuno. Fui a buscar los viejos y nobles ejemplares que alguien me hizo rescatar de la venta de Tacuarí. Y allí estaban, todos juntos, los sobrevivientes ejemplares de Espasa-Calpe, todos de la década del 40 y del 50. El de Amor y pedagogía había sido dedicado por mamá en 1955 (http://gzanotti.blogspot.com/2020/07/unamuno-y-maria-susana-montefusco-de.html). Todos los demás (El sentimiento trágico de la vida,Vida de Quijotey SanchoAbel Sánchez, etc.) eran más o menos de la misma época. Las hojas ajadas y amarillas, con los subrayados y anotaciones de papá. Me dejé inundar lentamente por el fogoso Español de Unamuno, que hacía con las palabras lo mismo que Bach con las notas. Comencé a sentir cómo él y papá revivían y me hablaban a través de ese ejemplar, absolutamente insustituible. Como abriendo el ropero de una crónica de Narnia, un mundo escondido se despertó, lleno de kamis como en el Shinto japonés.  Comencé a leer al mismo tiempo Vida de Don Quijote y Sancho y El sentimiento trágico de la vida. Unamuno me gritaba, enojado, que recién ahora lo visitara, y papá sonreía pícaramente. Todos ellos habían estado allí, desde esa época, en la vida de mis padres. Ejemplares que desde los 50 vivieron primero en Carlos Calvo, (1953-60) fueron luego a Ituzaingó, (60-72) luego a Tacuarí, (73-2919) donde estuvieron hasta el 2019, y ahora sobreviven en un resquicio de mi desordenada biblioteca. Pero tienen vida de vuelta. Me hablan todos los días. Vida de Don Quijote y Sancho me llevó, claro, a Don Quijote. Y Cervantes también me está gritando, una por una, todas sus quijotadas, acompañadas por los bramidos de Unamuno en su comentario. Si algún lector piensa que soy un bárbaro, un especialista, como diría Ortega, que nunca había leído Don Quijote, tiene razón. De joven yo leía sólo traducciones de los grandes filósofos (Santo Tomás, Descartes, Kant) que no eran precisamente cuentistas. Las analogías, los símbolos, las metáforas, había que extraerlos con sudor, y no se derramaban en mí como los ríos vivientes de las bellas y fogosas metáforas unamunianas. La situación no mejoró cuando pude leer a Santo Tomás en mi vacilante Latín y a Popper en mi intermidate Inglés (esto último, también una traducción), porque eran un razonamiento tras otro, uno tras otro, uno tras otro, apasionados, sí, pero inglesitos. Las novelas no me llegaron nunca, a excepción de tres de Cronin (traducidas). Amor y pedagogía fue la cuarta.
No es que ahora llegué, sino que el tiempo me llegó. Por eso las lecturas obligatorias no tienen sentido, porque no tiene sentido tomar un café con alguien obligatoriamente. Porque los grandes libros son personas. Siempre han estado vivos para mí. Cuando los abro cobran vida, y es verdad. Cuando no, sólo duermen. Y te hablan apenas alguna rendija se abre en tu corazón. Eso es lo que aprovecharon Cervantes, Unamuno y papá. Ahora hablo con ellos todos los días y me danzan alrededor. Cuando me voy a dormir (si puedo) ahí están, al día siguiente, esperándome, para llevarme de la mano a sus mundos reales, sus inmortales mundos 3 (Popper) como la famosa forma sustancial subsistente que tanto molestó a Don Miguel, que ahora se debe haber amigado con Santo Tomás.
Tuve otra sorpresa incluso. De la misma época (1949) era el enorme ejemplar, editado por la UBA de entonces, de El drama religioso de Unamuno, de Hernán Benítez, otro incunable que habitó también todo Carlos Calvo, Ituzaingó y Tacuarí, que también me estuvo esperando unos 70 años y que se juntó (con permiso de ellos) a los tres grandes que ahora no dejan de hablarme. Lo comencé a leer sin saber quién era el autor. Grave error que ahora se soluciona con internet, y antes se solucionaba con mi padre. Me entero de que fue un famoso sacerdote que resultó ser el confesor de Eva Perón. Me río de mí mismo al saberlo. Una fina broma de Dios. Dios hace bromas, gente. Todos los días. Sépanlo.
Unamuno y Cervantes han llegado en el momento justo. Cuando la prisión de este mundo llegó a su punto culminante, Quijote fue la libertad. El es el caballero es la Fe que arremete contra la razón racionalista. No contra la razón, sino contra la razón racionalista, pero en la Providencia de Dios, Don Miguel no está llamado a hacer distinciones sino a despertarte. Siempre vivimos el sueño de las batallas ganadas. Pero no, el valor de la vida, y su esperanza, consiste en ser Don Quijote, apaleado una y otra vez en las reales batallas que lo sacaron del imaginario mundo de la abulia y la indolencia, del saco y corbata sin pasión, de la procesión sin corazón, del artículo escrito con un frío corazón.
Don Quijote, el caballero de la fe loca (Sciacca dixit), me ha dicho quién, qué y para qué soy. Unamuno es su vocero, otro caballero de la Fe, que mis padres me habían regalado desde siempre.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

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