Orígenes de los impuestos

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2020/04/origenes-de-los-impuestos.html

 

En la larga y penosa historia de los impuestos cobra especial relevancia el mítico “estado” y sus supuestas funciones y “necesidades” que -en realidad- se confundían y se siguen enredando con las de sus “representantes”, ya fuera que asumieran una “representación” por voluntad propia, que se la atribuyeran al pueblo por sí mismos, o -en otros supuestos- a los “dioses” conforme las distintas concepciones que estuvieran vigentes según el tiempo y el lugar donde ocurrieren:

“La vida del Estado se justificaba solamente por la presencia de una corte, heredera directa de los dioses, y de los cortesanos. Pueblos y vasallos no tenían otra razón de existencia que atender a las necesidades de sus Faraones que, por descender directamente de celestiales dinastías, carecían de capacidad para conmoverse ante los dolores de los súbditos y el clamor de los sometidos.”[1]

Todo esto es cierto, y estamos en total acuerdo con el autor en el punto. La cuestión central -como referíamos con anterioridad- es que, salvando las distancias (que son muchas) y las formas, perdura hoy en día una cierta visión mística del “estado”, ya no, por supuesto, en la persona de un faraón o un rey sino más bien en el concepto mismo de la idea de estado-nación, como ente cuasi místico, digno de adoración y sumisión completa, cuyos mandatos no pueden cuestionarse y sus representantes -una vez elegidos mediante un simple mecanismo formal como es el acto electoral de las “modernas” democracias, quedan -por el mero hecho de ser electos- revestidos de aquellos mismos caracteres que los reyes, monarcas y faraones se conferían por sí y ante sí, o bien pueblos y vasallos les reconocían espontanea, temerosa o supersticiosamente.

“Y nada más que para llenar las exigencias de la clase gobernante —faraón y sacerdotes— únicos que tenían derechos a existir sobre los demás seres que a sus pies gemían. Pero la tierra de las Pirámides —erigidas también en una tributación sobre los esfuerzos y la sangre de los esclavos egipcios—, no fue la única que estableció una servidumbre nada más que para exprimir los jugos vitales de las poblaciones en demanda de recursos para mantener un gigantesco aparato; lo fueron la mayoría de los pueblos de la antigüedad, no menos que Grecia y Roma. Una cuestión de impuestos y tributaciones, una verdadera malla de acero envolvía a los continentes entonces conocidos, que fueron sujetos a los imperialismos imperantes nada más que para acarrear más riquezas al trono de la potencia dominante.”[2]

Otra reflexión excelente con la que no queda menos que acordar, si no fuera, como anticipamos, que el autor de la misma posee una visión organicista y antropomórfica del “estado”, es decir, lo concibe como algo separado de gobernantes y gobernados, pero con vida y “necesidades” propias, lo cual es, claramente, un contrasentido. Pero, debemos reiterar una vez más que, salvo las formas, los modos, la metodología, los impuestos no han desaparecido, sino que han crecido y se han expandido. Su cuantía y volumen ha aumentado lejos de disminuir. Ningún gobierno, ni político, ha renunciado a ellos, ni la mayoría de las gentes están convencidas del perjuicio que ocasionan al desarrollo económico y vital de los pueblos.

Excepto los autores de la Escuela Austríaca de Economía -que han sido prácticamente los únicos que han echado luz sobre el tema fiscal- no hay prácticamente persona en el mundo que este consciente del papel demoledor que cumplen los impuestos cuando no se limitan a financiar pequeños y elementales servicios del gobierno. Hoy en día, el impuesto goza de general aceptación entre las masas, no por motivos racionales sino por meras supersticiones legales, filosóficas y políticas.

En el mundo económico, lo que es lo mismo a decir en la vida de cada persona que viva bajo su órbita, el impuesto tiene un impacto siempre negativo desde una visión de conjunto, ya que lo que el gobierno retrae de los particulares tiene como destino recurrentemente el gasto en cosas en las que el que pagó el impuesto no hubiera gastado de habérsele permitido quedarse con los fondos distraídos por el impuesto. Pero, como F. v. Hayek explicó, dado que la economía es una ciencia contraintuitiva y -además- la mayoría la ignora, todo lo dicho no es fácil de percibir para el común de la gente.

“Descartada la soberbia y el orgullo para hegemonizar al mundo, la mayoría de los imperialistas de entonces, salvo algún monomaníaco ardido del afán de aventuras, obedeció al mismo resorte del interés económico a través de los tiempos y aunque los términos varíen del crudo imperialismo al colonialismo, al expansionismo, todo es igual: el afán de rapiña con el único anhelo de llenar las propias cajas de caudales. Análoga ha sido la fiebre de la imposición a los propios ciudadanos que, si desde un punto de vista objetivo constituye una necesidad del Estado, ha podido servir para toda clase de extorsiones y de opresión y un medio elemental para colmar de combustible a la máquina oficial, se ha visto convertido muchas veces en un factor de ruina y de expoliación de las naciones.”[3]

Otro párrafo brillante que expresa una realidad no sólo histórica sino de plena actualidad. El objetivo de las conquistas de territorios, pueblos y naciones vecinas ha sido casi siempre el de aumentar las arcas personales del conquistador, y el medio para lograrlo constituyó por excelencia el impuesto al vencido, traducido en el saqueo directo o indirecto a sus bienes y posesiones. Generalmente, cuando el monarca de cierta región ya había alcanzado el límite de expoliación a sus propios súbditos, y sus gastos excedían a sus necesidades personales, de su familia y de su corte, acudía pues a la invasión de pueblos vecinos para poder ampliar sus recursos y mantener y expandir su nivel de vida. Las cargas tributarias que no se podían hacer pesar sobre “los propios” por estar ya al límite máximo debían hacerse pesar sobre las espaldas de los pueblos vecinos conquistados. Y esta -se puede decir- es la historia del mundo.

[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTO” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

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