Déficit y superávit fiscales

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/02/deficit-y-superavit-fiscales.html

 

 “déficit. Una cantidad, normalmente expresada en términos monetarios, que expresa que una suma es inferior a otra. Se habla de déficit cuando los pagos superan a los ingresos y el balance, en consecuencia, es negativo. El déficit fiscal indica la misma idea, aplicada en este caso a la diferencia entre ingresos y egresos públicos. Las políticas fiscales keynesianas insistieron en que los déficits fiscales eran necesarios para aumentar la demanda agregada en tiempos de recesión, ya que los gastos del Estado se añadían a la demanda de los particulares produciendo un efecto reactivador sobre la economía. Las concepciones monetaristas actuales destacan, en cambio, que los déficits fiscales son el principal motor de la inflación.” (116 C. Sabino, ob. Cit. Voz respectiva.)

Como ya dijéramos antes en este libro, los gobiernos no pueden (en rigor pueden, pero no deben) tener déficit ni superávit fiscales, sino que deben saldar siempre gastos con ingresos, de tal suerte que las cuentas nacionales queden siempre balanceadas. De existir superávit fiscal, en modo alguno se trata de un índice de crecimiento, sino de decrecimiento, ello por cuanto el superávit fiscal indica que se ha recaudado más que lo permitido por el presupuesto nacional, lo que implica que se ha expoliado a la población por la diferencia entre el monto del presupuesto y el superávit fiscal. No es pues un índice de crecimiento, excepto para el gobierno. Habrá que decir entonces que los gobiernos con superávit fiscal crecen a costa de sus gobernados, que son expoliados por la diferencia entre el monto máximo del presupuesto y el del superávit en cuestión.

[…]

…el déficit aparece cuando los débitos superan a los créditos y los pagos no alcanzan a enjugarlos, lo que creemos que es la forma correcta de expresarlo. En este sentido los pagos nunca pueden ser superiores, sino que necesariamente han de ser inferiores. El error del autor puede provenir, posiblemente, de haber equivocado la inclusión del término “pagos”, donde lo lógico y coherente sería haber colocado la palabra “deudas”, ya que el concepto típico de déficit en materia económica es precisamente ese: donde las deudas superan a los ingresos, y donde –a su vez- la suma inferior son los pagos en relación a las deudas y no a los ingresos. Ya sea que se quiso significar que se paga con un ingreso anterior (sea de impuestos recaudados o de empréstitos) debió haberse clarificado para evitar posibles confusiones. Es más preciso decir que habrá déficit cuando los ingresos no alcancen a cumplir con los egresos presentes o futuros, o como dijimos antes, cuando los débitos superan a los créditos. Tal es la noción correcta de déficit. Toda esta confusión, en realidad, no proviene del autor de la definición, sino de la teoría keynesiana a la que alude en la oración posterior, y de la cual, por lo visto, el Dr. C. Sabino toma el concepto. Lo que postulaban los keynesianos era que el gobierno debía endeudarse, pero a ellos no les gustaba usar esta palabra, entonces recurrían al vocablo déficit, para expresar una cosa distinta a la que estaban proponiendo. De este último modo, adquiere sentido la primera parte de la definición, en la que el autor supone la previa tenencia de ingresos para pagar, cuando, en los hechos, lo que se quiere transmitir es la idea de gasto, pero nuevamente, el gasto sólo puede superar al ingreso mediante un ingreso anterior.

El déficit es un concepto fiscal, por el cual se significa que los ingresos han sido (o serán) inferiores a los egresos previstos en el presupuesto nacional, provincial, municipal, etc. Este es el sentido habitual con el cual se emplea la palabra en la lexicografía impositiva. Mediante el mismo, se indica no otra cosa que, se ha recaudado o se recaudará menos que lo señalado en el respectivo presupuesto, con lo cual se verifica que el presupuesto ha sido mal calculado y peor aprobado por la legislatura respectiva, porque no refleja adecuadamente las valoraciones estimadas por el electorado sobre el particular.

El superávit expresa la idea exactamente opuesta, por la cual los ingresos exceden a los egresos (siempre en relación a lo previsto en el respectivo presupuesto). En el mejor de los casos (y suponiendo buena fe en los legisladores, cuestión ya de por si dificultosa) habrá de decirse que también se trata de otro supuesto de presupuesto mal calculado y peor aprobado por las autoridades. Recaudar más de lo previsto, implica -lisa y llanamente- que se ha expoliado a los contribuyentes por la diferencia entre la cifra aprobada del presupuesto y el monto en más obtenido mediante la recaudación. Con todo, se trata de la situación a la que tienden los gobiernos (al menos en la Argentina), y que suelen explotar demagógicamente, sobre todo cuando quieren engañar a sus súbditos, creándoles la ilusión de que la gestión de la burocracia de turno estableció “prosperidad beneficiosa” para el país, al “rebosar” sus arcas más allá de lo previsto presupuestariamente. Lamentablemente, esta prédica populista suele captar y cautivar a más de un iluso, quien no advierte que se trata del reverso de aquella otra que también esgrimen los gobiernos cuando tienen déficit fiscal.

En este último caso, arguyen, demagógicamente asimismo que, como los fondos no alcanzan a cumplir con las metas de “justicia social” fijadas por el gobierno, ergo, se deberá recurrir a otros medios de financiamiento para enjugar el déficit, tales como empréstitos (internos o externos), elevar alícuotas de impuestos, crear nuevos, fijar tarifas, acrecentar o crear nuevos aranceles al comercio exterior y –aunque nunca se dice- generar inflación. Con estas medidas –y otras similares- afirman los burócratas y sus acólitos, que se formará superávit fiscal, y al aplicarlas, efectivamente los ingresos del gobierno se elevan sideralmente, lo cual -como ya hemos expresado-, en modo alguno implica “mejora” o “crecimiento económico” del pueblo o de la nación, ya que, en estos últimos casos, el único crecimiento económico que se verifica es el de los patrimonios de los burócratas que usan tales disposiciones.

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Fragmento de mi tratado de economía La ciencia económica (tomo 3). Ediciones Libertad. págs. 317 a 321 (disponible on line)

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

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