Gracias a Dios existe el afán de lucro

Por Alejandro Tagliavini. Publicado en: https://www.lahora.com.ec/imbabura/noticia/1102202885/gracias-a-dios-existe-el-afan-de-lucro?fbclid=IwAR0DFvqmpeLvQ3oPghgu18NaZlTkFYVGmXLgTziOwqs0fOugNmfiRJXohC8

El 15 de noviembre de 2017 se pierde contacto con el submarino ARA San Juan (S42), de la Armada Argentina, con 44 personas a bordo que, evidentemente, no estaba en condiciones de navegar. Dos días después, la Armada inició el protocolo SAR (búsqueda y rescate) y al tercer día el Gobierno aceptó la ayuda internacional activándose la alerta de la Oficina Internacional para el Rescate y Escape de Submarinos (Ismerlo), que coordinó la ayuda de 18 países sumando más de 37 naves y aeronaves y 4.000 personas en la búsqueda sobre una superficie del tamaño de España.

El 30 de noviembre el Gobierno dio por terminada la búsqueda, pero los familiares de la tripulación exigieron que se continuara hasta encontrar al submarino. Finalmente, las autoridades decidieron la contratación de la empresa privada Ocean Infinity, de Houston, EE.UU., operadora de la nave noruega Seabed Constructor equipada con cinco vehículos submarinos autónomos (AUV) y tecnología de última generación. El contrato estableció que, solo en caso de ser hallado el submarino, la empresa cobraría 7,5 millones de dólares.

El 10 de septiembre de 2018 el Seabed Constructor inició la búsqueda y dos meses después, el 17 de noviembre, encontró al ARA San Juan a 907 metros de profundidad y a 600 kilómetros al este de Comodoro Rivadavia, ciudad de la costa argentina. El CEO, de Ocean Infinity, dijo “esperamos que…  la lección sea aprendida para prevenir que cualquier hecho similar suceda nuevamente”. No creo que aprendamos la lección, sinceramente, porque son demasiados los intereses creados alrededor del Estado.

Este accidente pareciera demostrar que Tomás de Aquino tenía razón cuando decía que las empresas estatales -los ejércitos en este caso- son altamente ineficientes: a pesar del monumental despliegue de tantos gobiernos, no pudieron hallar lo que un solo barco privado encontró en su afán por el lucro. Afán que, claramente, es el mejor modo de servir a los clientes ya que, precisamente, se trata de servirlos para obtener su mayor confianza posible.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

La educación sexual, el liberalismo y la “invasión LGTB”

Por Iván Carrino. Publicado el 23/11/18 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2018/11/23/la-educacion-sexual-el-liberalismo-y-la-invasion-lgtb/

 

Algunas precisiones en el debate para evitar la ensalada de conceptos.

“El liberalismo es el respeto irrestricto por el proyecto de vida del prójimo”

Alberto Benegas Lynch (h)

Antes de empezar quiero declarar mi más profundo rechazo por una frase que se usa muy a menudo para elogiar o destacar cierto contenido.

La frase dice más o menos así:

“Esto es buenísimo, ¡debería ser contenido obligatorio en las escuelas!”

Al parecer, somos todos muy liberales en todo, hasta que algo nos gusta y lo queremos imponer.

No. Los liberales no creemos en la obligación, sino en los acuerdos voluntarios.

Ahora sí, puedo continuar.

Hay un debate que está tomando cada vez más notoriedad y que, desde mi punto de vista, crea alguna confusión entre lo que es el respeto por la diversidad, el rol de la izquierda, los valores y el liberalismo.

La última batalla de ese debate parecería ser la propuesta de Reforma de la Ley 26.150 (de Educación Sexual Integral), que ha originado como respuesta un movimiento con una consigna muy clara: #ConMisHijosNoTeMetas.

A raíz de esta cuestión, me gustaría elaborar sobre dos puntos que creo merecen atención. El primero es la Educación Sexual Integral, su propuesta de reforma y el punto de vista liberal al respecto.

El segundo es el rol de la familia tradicional y por qué sí, o por qué no, hay que defenderla desde este mismo punto de vista.

ESI: la ley y su propuesta de reforma

El 4 de octubre del año 2006 el Senado y la Cámara de Diputados de la nación sancionaron la Ley 26.150: Programa Nacional de Educación Sexual Integral.

La misma sostenía que “todos los educandos tienen derecho a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos públicos, de gestión estatal y privada” de todo el país.

Los objetivos de la ley eran varios, pero interesa destacar 3, que copio textualmente:

1)      Promover actitudes responsables ante la sexualidad;

2)      Prevenir los problemas relacionados con la salud en general y la salud sexual y reproductiva en particular;

3)      Procurar igualdad de trato y oportunidades para varones y mujeres.

La educación de este tipo es obligatoria para todos los establecimientos educativos, pero con la salvedad que, de acuerdo con el artículo 5:

… cada comunidad educativa incluirá en el proceso de elaboración de su proyecto institucional, la adaptación de las propuestas a su realidad sociocultural, en el marco del respeto a su ideario institucional y a las convicciones de sus miembros.

La propuesta de reforma, que según este sitio tiene dictamen de mayoría en el Congreso, reemplaza algunas de las cuestiones que acabamos de destacar.

Por ejemplo, los objetivos quedan algo más amplios:

1)      Promover actitudes responsables ante la sexualidad, construyendo hábitos y comportamientos responsables y saludables;

2)      Prevenir los problemas relacionados con la salud en general y la salud sexual y reproductiva en particular; y

3)      Asegurar la igualdad de trato y oportunidades, la no discriminación y un acceso igualitario a la Educación Sexual Integral para las diversas identidades de género y orientaciones sexuales.”

O sea que en lugar de establecer igualdad de trato para “varones y mujeres”, el espectro queda ampliado para cualquier identidad de género, incluyendo a personas transgénero (una persona biológicamente mujer o varón, pero que se identifica con el género opuesto).

Por otro lado, propone reemplazar el artículo 5, violando ese margen de autonomía que les dejaba a las instituciones.

Así, se establece:

“Los contenidos que hacen a la aplicación de la presente y de las resoluciones del Consejo Federal de Educación deberán incluirse en la currícula y modalidad de todos los niveles educativos de forma obligatoria, constituyéndose en disposiciones de orden público, independientemente de la modalidad, entorno o ámbito de cada institución educativa, sea de gestión pública o privada.

El grado de avance del estado sobre las instituciones privadas y públicas, obviamente, es motivo de polémica.

Estado contra Privados

Desde el punto de vista liberal, el problema no es la ESI ni tampoco su reforma.

A ver, es claro que un artículo que dice que una medida “X” debe aplicarse “independientemente de la modalidad o ámbito de cada institución” es más invasivo de la propiedad privada que una medida que dice que tal medida debe aplicarse de forma obligatoria pero “en el marco del respeto a su ideario institucional y convicciones”.

No cabe duda de ello.

Ahora bien, desde el punto de vista liberal, el problema es la imposición de los contenidos desde el estado.

En los manuales de historia o geografía económica de la escuela secundaria es muy probable que los alumnos se encuentren con que Franklin D. Roosevelt sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión gracias a su intervencionismo, o que Argentina tuvo una crisis económica en 1999-2002 como resultado del neoliberalismo.

Desde mi punto de vista, estos contenidos están fácticamente equivocados y preferiría enviar a mi hijo a un colegio que enseñara a los alumnos otra versión de los hechos.

Lo mismo ocurre con la Educación Sexual Integral. Entiendo perfectamente el reclamo de un padre o madre que sostiene que no quiere que a su hijo le digan que “está bien ser gay” (siempre asumiendo que es eso lo que le van a enseñar, y no simplemente a respetar e incluir a las diversas expresiones de la sexualidad).

Esos progenitores tendrían, en una sociedad liberal, la opción de enviar a su hijo a un colegio con sus valores y creencias, cosa que no pueden hacer con una educación nacional manejada por el estado.

Pero lo mismo me pasa a mí con el caso del neoliberalismo y Argentina. Mis hijos seguramente vayan a un colegio donde les digan que el neoliberalismo arruinó al país. Y yo me armaré de paciencia para contarles la otra mirada.

El problema no es el contenido en particular, sino la imposición.

La problemática de los contenidos educativos en las escuelas fue magníficamente explicada por Murray Rothbard. En su libro Poder y Mercado, publicado por Unión Editorial en 2006, explica que la propiedad pública implica necesariamente “enormes conflictos de casta”.

¿Qué son estos conflictos?

En sus palabras:

“… los empresas públicas [en este caso, la educación cuyos contenidos obligatorios maneja el estado] crean enormes conflictos de casta entre los ciudadanos, cada uno de los cuales tiene una idea diferente de la mejor forma de servicio.

En los últimos años, las escuelas públicas de EE.UU. han constituido un buen ejemplo de estos conflictos. Algunos padres prefieren escuelas segregadas racialmente, otros prefieren la educación integrada. Algunos quieren que se enseñe socialismo en las escuelas. No hay forma de que el gobierno resuelva estos conflictos. Solo puede imponer el deseo de la mayoría –o la interpretación burocrática de la misma – mediante la coerción y hacer que minorías, generalmente grandes, queden descontentas e insatisfechas. Cualquiera sea el tipo de escuela que se elija, algún grupo sufrirá”

Es decir, imaginemos que la ley de Educación Sexual Integral sostuviera valores católicos. Probablemente, los católicos estarían contentos (o una mayoría de ellos), pero quedarían descontentos los no católicos.

Lo mismo ocurre a la inversa.

Pero el punto central es que en la medida que tengamos una educación digitada y dirigida por el estado, incluso adentro de las puertas de las instituciones privadas, este problema no se va a resolver.

El gobierno será quien finalmente decida qué se enseña y qué no. En la letra de la ley, el conflicto de casta es irresoluble.

Un comentario final para esta sección es que seguramente me digan que lo que se enseña en el sistema educativo no es la interpretación burocrática del deseo de la mayoría, sino lo que “la ciencia” dice que es cierto.

De hecho, la ley 26.150 sostiene que “la definición de los lineamientos curriculares (…) será asesorada por una comisión interdisciplinaria de especialistas en la temática”.

Ahora bien, eso es caer en lo que William Easterly llamó La Tiranía de los Expertos, y que Gabriel Zanotti explicó bien  en su La epistemología y sus consecuencias filosófico-políticas. Allí plantea que, incluso aunque el gobierno supiera “la verdad”, no tiene derecho de imponerla por la fuerza.

La familia tradicional no es un valor en sí mismo

Debido a que la nueva Educación Sexual Integral propone incluir expresiones de identidad de género que no sean exclusivamente la del hombre y la mujer heterosexuales, muchos reaccionan sosteniendo que,  lo que se esconde detrás, es un ataque a los “valores tradicionales”, “la familia”, y que se viene una “invasión gay” producto de la militancia izquierdista del movimiento LGTB.

Aquí hay tres cuestiones de suma importancia.

En primer lugar, solo el 37% de las familias respetan el formato “tradicional” de mamá-papá-hijos. En segundo lugar, dicho formato no tiene nada de bueno ni de malo en sí mismo.

Por último, resulta curioso que quienes luchan por defender a la “familia tradicional” y quieren mostrarse como los paladines del liberalismo, no hacen otra cosa que quejarse por los resultados de la libertad que buscan exaltar.

Es que fue el capitalismo de libre mercado el que ha ido transformando a la familia en el  último siglo.

De acuerdo con un trabajo de Steven Horwitz, la familia tradicional no tiene nada de especial, sino que fue una circunstancia histórica derivada de la Revolución Industrial de mediados-fines del siglo XIX.

Antes de dicha revolución, la familia era sencillamente una unidad de producción agrícola. Padre, madre y todos los hijos posibles tenían que trabajar día y noche en el campo para producir los bienes que proveyeran su subsistencia.

Más tarde, el incremento del ingreso per cápita y la aparición de las fábricas permitieron un cambio económico sustancial, que tuvo su efecto en la organización familiar.

Según el trabajo:

Mientras que en tiempos preindustriales, las mujeres y los hombres compartían muchas de las tareas en la unidad de producción familiar, la industrialización trajo una división del trabajo por género donde los hombres ocuparon la esfera pública del trabajo y la política y las mujeres lo privado. La esfera del hogar.

Se gastó una gran cantidad de energía durante la era victoriana, argumentando que esta división del trabajo era realmente una forma de igualdad, ya que hombres y mujeres fueron asignados a sus “esferas separadas” en las que cada uno sobresalía. Los géneros no eran desiguales, solo eran “diferentes”.

Cualesquiera que fueran los méritos de esta forma familiar, dos cosas eran ciertas: primero, la riqueza creada por el orden del mercado había liberado a las mujeres y los niños de la necesidad de un trabajo en gran medida desagradable en la industria. En segundo lugar, la forma y funciones de la familia continuaron evolucionando.

Este último punto es crucial porque muchos hablan hoy de la familia “tradicional” como si hubiera habido una forma familiar particular que había existido durante siglos hasta los cambios de los últimos 40 años. Pero incluso un estudio superficial de la historia económica y social indica que la forma y las funciones de la familia han experimentado cambios significativos, al menos desde los primeros días de la industrialización, si no antes.

El trabajo de Horwitz continúa investigando la evolución de la institución familia y explica desde un punto de vista económico el aumento en la tasa de divorcios e incluso la aparición del reclamo por el matrimonio homosexual.

O sea que así como el capitalismo dio origen a lo que se supone que es la familia tradicional, también es el que explica el desmembramiento de ésta.

Finalmente, debemos aclarar que la “familia tradicional” no tiene nada de bueno o malo en sí mismo.

De hecho, como escribí en 2010, puede ocurrir que una familia de “mamá-papá-hija” sea absolutamente nefasta, mientras que una de “papá-papá-hijo” o “mamá-mamá-hijo/hija/hijos e hijas” sea increíblemente buena.

A la hora de los vínculos familiares, no parece que sea relevante el tema del género.

Aclarando la confusión

El objetivo de este posteo era dejar en claros dos puntos que me parece que se confunden en el debate por la educación sexual.

El primero es que el liberalismo se opone a la obligatoriedad de contenidos en la educación.

Los liberales creemos en una sociedad diversa también en materia educativa.

Un mundo liberal tendría colegios con la ESI de 2006,  otros con la ESI de 2018, otros con la ESI de 2058 y otros sin ESI o con la educación que quiera dar la religión que profese la institución en cuestión.

Eso es verdadera libertad y diversidad.

El segundo punto es que no hay nada de liberal en defender un modelo de organización social específico y que no cambie en el tiempo. Los liberales sabemos que el mercado es un proceso y que las instituciones sociales van modificándose en consecuencia.

En este sentido, no hay nada que haga de la “familia tradicional” un valor para defender. Tenemos que respetar la libertad de asociación, y eso implica “papá-mamá”, “papá-papá”, “mamá sola” y todas las variantes que los propios involucrados juzguen como positivas.

No hay una organización social “óptima” objetivamente determinable. Y, incluso si le hubiera, nadie debería tener el poder para imponérsela a otro.

Entre otras cosas, pero fundamentalmente, de eso se trata el liberalismo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

LA LECCIÓN DEL PRINCIPITO Y LOS BIENES PÚBLICOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

“¡Ah -exclamó el rey al divisar al principito- aquí tenemos un súbdito! El principito se preguntó ¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto? Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.”

 

Este pensamiento que estampa Antoine de Saint-Exupery hace a la esencia de buena parte de los gobernantes en funciones de nuestra época. No se trata de seres humanos que hay que garantizar sus derechos sino de súbitos que deben obedecer a rajatabla las ocurrencias de  sujetos arrogantes que en lugar de actuar como mandatarios proceden como mandantes iluminados que imponen sus caprichos a quienes están supuestos de proteger.

 

El fenómeno resulta en un juego macabro en el que candidatos a ocupar puestos políticos también anuncian sus esperpentos para manejar a los demás ni bien accedan al poder, incluso los que se las dan de profesionales y técnicos economistas que se suelen disputar la escena para exhibir sus planes para los demás, hasta con decimales en cuanto a los resultados de sus engendros.

 

Parece que pasó aquella fórmula de que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” de los Padres Fundadores estadounidenses o de políticos argentinos como Leandro Alem que insistía en sostener aquello de “gobernad lo menos posible, porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad.”

 

Ahora los políticos en funciones machacan con que introducen nuevas y más extensas legislaciones porque “se preocupan por la gente” y demás sandeces superlativas, sin percatarse que cada intromisión fuera de la protección a la vida, la libertad y la propiedad de las personas se está perjudicando grandemente el progreso de cada cual.

 

Los planificadores de vidas y haciendas ajenas no conciben la armonía de intereses que opera en libertad, donde cada uno para satisfacer su interés debe satisfacer los intereses del prójimo. En lugar de esto se estampan regulaciones que traban cuando no eliminan  la posibilidad de acuerdos libres y voluntarios entre las partes.

 

Con el argumento de abusos que no ocurren si los marcos institucionales son congruentes con el respeto recíproco, entronizan los peores abusos y tropelías al tiempo que generan conflictos irreparables de intereses.

 

Ilustro este problema con lo que se han dado en llamar “bienes públicos” que justificarían el comienzo de las irrupciones de los aparatos estatales en la vida de los ciudadanos. He escrito antes sobre este tema que ahora reproduzco parcialmente y de modo muy simplificado (a riesgo que el asunto quede trunco en una nota periodística por lo que, si se desea profundizar el tema, sugiero mi ensayo “Bienes públicos, externalidades y los free-riders: el argumento reconsiderado” publicado en Santiago de Chile, Estudios Públicos, No. 71, invierno de 1998).

 

Se dice que un bien público es aquel que produce efectos sobre quienes no han participado en la transacción. Es decir, aquellos que producen efectos para terceros o externalidades que no son susceptibles de internalizarse. En otros términos, aquellos bienes que se producen para todos o no se producen puesto que no se puede excluir a otros.

 

Por ejemplo, un bien público sería un perfume agradable que usa una persona y que otros disfrutan, mientras que un bien privado sería el uso del teléfono que sólo beneficia al usuario. Asimismo, los bienes públicos tienen la característica de la no-rivalidad, lo cual significa que el bien no disminuye por el hecho de que lo consuma un número mayor de personas.

 

En nuestro ejemplo, no se consume el perfume por el hecho de que un número mayor de personas aproveche el aroma. En consecuencia, los principios de no-exclusión y no-rivalidad caracterizan al bien público, lo cual, a su turno, significa que tienen lugar externalidades, es decir, como queda dicho, que gente se beneficia del bien sin haber contribuido a su financiación (free-riders) o también, en otros casos, gente que se perjudica (externalidades negativas o costos externos) situación ésta última en la que los free-riders son los emisores de externalidades.

 

Es importante distinguir una externalidad negativa de una lesión al derecho. Si una persona planta y cosecha determinado bien que requiere sombra la cual es proporcionada por un vecino como una externalidad positiva, el día que ese vecino decide talar parte de su bosque y, por tanto, le retira la sombra al referido productor, esto último significará una externalidad negativa pero no una lesión al derecho puesto que el agricultor de marras no tiene un derecho adquirido sobre la sombra que originalmente le proporcionaba su vecino. Si, en cambio, el agricultor fuese asaltado por su vecino, estaríamos frente a una lesión al derecho (lo mismo ocurriría con los decibeles o emisiones excesivas de monóxido de carbono, para citar los ejemplos clásicos).

 

En cualquier caso, en este contexto, se mantiene que los bienes públicos deben ser provistos por el gobierno, ya que de ese modo, se continúa diciendo, los beneficiarios de externalidades positivas financiarían el producto en cuestión vía los impuestos. Y, por tanto, no habría free-riders y, por ende, desaparecería esa “falla del mercado” (la producción de externalidades no internalizables).

 

En este mismo hilo argumental se sostiene que si el gobierno no provee ese bien, el mercado no lo produciría o, si lo hiciera, sería a niveles sub-óptimos, puesto que los productores particulares tenderán a sacar partida de la externalidad especulando con la posibilidad de constituirse en un free-rider (es decir, a la espera de que otro sea quien lo produzca y, por tanto, cargue con los gastos correspondientes). Del mismo modo, se ha sostenido que en caso de una externalidad negativa el gobierno debe compensar la acción del responsable (free-rider).

 

En otros términos, el bien público constituye el argumento central del intervencionismo estatal que resulta en el  contexto de la lección de “El Principito” con que abrimos esta nota, ya que en esta línea argumental, el gobierno produciría la cantidad óptima del bien en cuestión que sería financiado por todos a través de impuestos con lo cual se internalizaría la externalidad y no habría free-riders ni costos ni beneficios externos sin internalizar. Tal vez el resumen más claro de esta posición esté expresada por Marcun Olson quien sostiene que “Un estado es, ante todo, una organización que provee de bienes públicos a sus miembros, los ciudadanos”.

 

Una primera mirada a la producción de bienes y servicios obliga a concluir que muchos de los provistos por los gobiernos tienen las características de bienes privados (en nuestro ejemplo anterior, el servicio telefónico, también el correo, la aeronavegación, etc.) así como también muchos de los que producen externalidades no internalizables son provistos por el sector privado (nuestro ejemplo del perfume, los edificios elegantes, etc.).

 

En verdad la mayor parte de los bienes y servicios producen free-riders, desde educación hasta el diseño de las corbatas. David Friedman considera que sus libros han hecho mucho por la sociedad abierta, incluso para aquellos que no los han adquirido (free-riders) de lo cual no se desprende que el gobierno debe intervenir la industria editorial. El mismo autor muestra que en el caso de la protección privada, las agencias que quieren diferenciar a sus clientes colocan letreros en las casas de quienes pagan el servicio.

 

Robert Nozick explica que las externalidades positivas derivadas de, por ejemplo, el lenguaje y las instituciones no autoriza a que se nos obligue a pagar sumas de dinero por ello. Por su  parte, Murray N. Rothbard señala la contradicción que se suscita en torno al tema del free-rider: “Vamos ahora al problema de los beneficios externos, la justificación que exponen los economistas para la intervención gubernamental. Muchos escritores conceden que el mercado libre puede dejarse funcionar en aquellos casos en donde los individuos se benefician a sí mismos por sus acciones. Pero los actos humanos pueden frecuentemente, aun inadvertidamente, beneficiar a terceros. Uno pensaría que este es un motivo de regocijo, sin embargo los críticos sostienen que esto produce males en abundancia”. A continuación el mismo autor señala las posiciones contradictorias por parte de quienes sostienen que el gobierno debería intervenir: por un lado se sostiene que el mercado produce egoístas y, por ende, el estado debería mitigar el efecto correspondiente, por otro, se sostiene que el gobierno debe actuar allí donde hay beneficios para terceros.

 

Es que en realidad somos free-riders en muchos sentidos. Nuestras propias remuneraciones se deben  a la acumulación de capital que realizan otros. Más aún, hay casos en los cuales se desea expresamente que no se internalice la externalidad como puede ser el caso de una mujer atractiva, lo cual, de más está decir, tampoco justifica la intromisión gubernamental.

 

Por otra parte, si se desea la internalización de la externalidad, ésta se llevará a cabo según sea el progreso tecnológico y en un contexto evolutivo tal cual ha ocurrido en los casos de la codificación de la televisión satelital y los censores en las ballenas. Respecto de la argumentación en cuanto a que los llamados bienes públicos deberían ser producidos por los gobiernos, como hemos mencionado, se sostiene que si éstos se fabricaran en el mercado estarían, en el mejor de los casos, sub-producidos. Pero debe tenerse en cuenta que para aludir a la “sub-producción” debe hacerse referencia a un parámetro y a un punto de comparación. En este sentido, es de gran importancia recordar la precisión que realiza el premio Nobel en economía James M. Buchanan respecto del concepto de eficiencia: “Si no hay criterio objetivo para el uso de los recursos que puedan asignarse para la producción como un medio de verificar indirectamente la eficiencia del proceso, entonces, mientras el intercambio sea abierto y mientras se excluya la fuerza y el fraude, el acuerdo logrado, por definición, será calificado como eficiente”.

 

Es que el proceso de mercado es la manifestación de millones de arreglos contractuales libres y voluntarios. Lo que desean las personas es lo que ponen de manifiesto a través de los pesos relativos que revelan en sus compras y abstenciones de comprar, por esto es que lo que desean hacer las personas con sus propiedades es, por definición, óptimo y lo sub-óptimo aparece en la medida en que las decisiones se apartan de esos requerimientos. Entonces, si existe coerción, la cantidad producida será necesariamente distinta de lo que hubiera elegido la gente si no se hubiera entrometido el gobierno.

 

La producción de determinados bienes y servicios podrá tener en cuenta, por un lado, el fastidio eventual que produce la existencia de free-riders y, por otro, el beneficio que reporta el bien o el servicio en cuestión y decidir en consecuencia. David Schmidtz explica que para realizar la producción de determinado bien puede llevarse a cabo un contrato en el que se garantiza que cada cuota-parte servirá para ese propósito siempre y cuando se llegue a la suma total requerida para el proyecto: “El propósito del contrato es garantizar a cada parte contratante que su contribución no será desperdiciada en un proyecto de bienes públicos que no cuenta con los recursos suficientes para llevarse a cabo”.

 

Es interesante hacer notar que cuando aludíamos al principio de la no-exclusión decíamos que, según Samuelson, una de las características del bien público es que se produce para todos o no se produce para ninguno: en esto, como dijimos, consiste el principio de no-exclusión. Pero como nos muestra Kenneth D. Goldin debemos analizar cuidadosamente qué significa en este contexto la palabra “todos” ya que “muy pocos bienes públicos están disponibles para todos los miembros del planeta”.

 

En última instancia, no parece haber un criterio para determinar en casos específicos qué bienes son públicos y cuáles son privados puesto que muchos de los considerados bienes públicos pueden ser “males” para ciertas personas dada la valorización subjetiva (lo que es un buen perfume para unos puede ser malo para otros e indiferente para quienes no tienen olfato).

 

En resumen, la lección de El Principito en el contexto de los llamados “bienes públicos” debe tomarse en cuenta para mitigar el desmedido avance del Leviatán.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

El supuesto “fracaso” de un mercado incompleto y el evidente fracaso del estado según Bruno Frey

Por Martín Krause. Publicado el 20/11/18 en: http://bazar.ufm.edu/supuesto-fracaso-mercado-incompleto-evidente-fracaso-del-estado-segun-bruno-frey/

 

Con los alumnos de Public Choice vemos a Bruno Frey en “La relación entre eficiencia y la organización política”, donde compara el fracaso del estado y el del mercado. En verdad, en el caso de este último, se trata más bien de su ausencia, por la ausencia de derechos de propiedad. También, por la comparación con una situación ideal que no existe ni podría existir :

“A. El fracaso del mercado

Los mercados privados competitivos no logran un óptimo de Pareto o un resultado eficiente cuando existen externalidades o bienes públicos o cuando las economías de escala llevan a los proveedores a una posición monopolista. Éste fue el mensaje de la teoría económica de posguerra, que gozó de general aceptación. En consecuencia, el gobierno (que, según se da por sentado, tiene que elevar al máximo el bienestar social) debe intervenir para obtener un resultado más eficiente. Después de haber llegado a esta conclusión, considerándola satisfactoria, los políticos obran en consecuencia, tanto en el nivel microestructural (e. g., nacionalizando empresas o llevando a cabo políticas estructurales) como en el macroestructural (adoptando una política fiscal y monetaria de neto corte keynesiano).

Esta concepción, que dominó la escena económica hasta fines de la década del sesenta y parte de la del setenta, todavía existe en la actualidad. Si bien no es sorprendente que muchos políticos continúen aprovechando esta invitación a aumentar las actividades gubernamentales, también comparten este punto de vista destacados representantes de la teoría económica. Por ejemplo, en el enfoque neoclásico de la economía pública, los impuestos y los precios públicos se determinan sobre la base del supuesto de que el gobierno eleva al máximo el bienestar social.

  1. El fracaso del gobierno

El advenimiento de la moderna economía política (que incluye la elección pública, el nuevo institucionalismo y el análisis de los derechos de propiedad y de los costos de transacción), en la que se da por sentado en todos los aspectos que el gobierno es un actor endógeno dentro del sistema político-económico, afectó notablemente la ortodoxia respecto del fracaso del mercado (por ejemplo, véanse los trabajos de Mueller, 1989; Eggertsson, 1990, y Frey, 1983). En este enfoque se analizan cuidadosamente las propiedades de los sistemas de toma de decisiones políticas.

El “Teorema de imposibilidad general” (Arrow, 1951, cuyo antecedente es Condorcet, 1795), que establece la conclusión fundamental de que bajo supuestos “razonables” no existe un equilibrio político entre opciones siempre que se tomen en cuenta las preferencias individuales, despertó gran interés entre los eruditos. Los resultados electorales revelan una inestabilidad cíclica; en el caso de los asuntos multidimensionales, pueden abarcar todo el espacio político, incluyendo los resultados ineficientes (McKelvey, 1976).

Otros fracasos políticos también han sido objeto de un profundo análisis: debido al problema de los bienes públicos involucrado, los votantes no tienen demasiados incentivos para informarse acerca de la política y para participar en los procesos electorales; el resultado medio de una elección resultante de una competencia perfecta entre dos partidos en general no es eficiente; no todos los intereses en juego tienen la misma capacidad de establecer grupos de presión política (Olson, 1965); y las burocracias y la búsqueda de rentas constituyen un elemento adicional para desnaturalizar las asignaciones destinadas a lograr eficiencia.

Sobre la base de estos y otros fracasos políticos se ha llegado a la conclusión de que el gobierno no puede superar las deficiencias del mercado. Lo que ocurre en la realidad es más bien que la intervención política impide aun más la eficiencia. Un ejemplo de esto es el incentivo gubernamental en favor de la creación de un ciclo de negocios (Nordhaus, 1989) que incremente sus posibilidades de reelección.

  1. El fracaso del gobierno es más significativo que el fracaso del mercado

La moderna economía política ha alcanzado resultados tan convincentes que en este momento los eruditos ortodoxos piensan que los fracasos del mercado tienen menos importancia que los fracasos políticos. Esta creencia se afianza aun más por el redescubrimiento de la proposición de Coase (1960) de que si los derechos de propiedad están bien definidos y los costos de transacción son bajos, las externalidades no impiden el funcionamiento de un mercado eficiente. Además, se considera cada vez más que las ganancias de las empresas monopolistas son un indicador de eficiencia en la producción. De estos resultados se desprende que los mercados funcionan bien y la política funciona mal (véase un análisis de este tema en Wintrobe, 1987, pp. 435-6, o en Wittman, 1989, pp. 1.395-6), y en consecuencia habría que reducir generalmente la intervención gubernamental o eliminarla por completo, reservando la asignación de recursos a los mercados privados.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Enrique V: El líder carismático

Por Luis del Prado:

 

“Todas las cosas están listas si nuestra mente lo está”  (Enrique V)

Enrique V es el gran líder carismático de Shakespeare. La clave del liderazgo de Enrique V es la comprensión que nada puede ser logrado sin las personas que él conduce. Pero, a pesar de ello, el autor no lo muestra como un perfecto héroe mítico, sino como un ser humano que en algunos momentos se equivoca y es dominado por sus pasiones.

La obra de Shakespeare refleja profundamente el alma humana: aunque uno llegue a la cima, derrote a sus enemigos contra todas las probabilidades, y sea feliz en su matrimonio, siempre existen momentos oscuros. Incluso en el mayor de los éxitos, hay que esperar angustia y dolor.

El mensaje es duro. Tener poder significa ensuciarse las manos. La ambigüedad moral, las contradicciones y las soluciones de compromiso son moneda corriente en el ejercicio del poder.

Enrique oscilaba entre la luz y la oscuridad. A veces lideraba como un caballero con brillante armadura y otras veces como un salvaje desalmado.

Harold Bloom dice irónicamente que Enrique V era[1]:

…brutalmente astuto y astutamente brutal, cualidades necesarias para ser un gran Rey.

Y Tomás Abraham se pregunta[2]:

¿Henry V es un personaje despótico, un mandatario de una crueldad rayana en la inescrupulosidad propia de genocidas? ¿O es un héroe que lucha por la dignidad y la libertad de los ingleses frente a la invasión francesa?

Enrique era un gran motivador y para lograr sus objetivos utilizaba el profundo conocimiento de las personas que lideraba. Las dos batallas que aparecen en la obra, son precedidas por brillantes arengas que tienen por objetivo motivar a sus tropas.

Enrique podía haber apelado en sus discursos a las cualidades técnicas de sus arqueros y de sus caballeros. Pero lo que realmente le importaba era conectar la tarea (la batalla) con una visión transformadora que los hombres fueran capaces de sentir: el valor, la cercanía con el rey, el servicio a la patria.

En el medio de la batalla de Harfleur, Enrique se dirige a los pobladores que estaba tratando de conquistar, amenazándolos con las peores pesadillas si no accedían a la rendición.

Esta es una lección poderosa: Shakespeare nos muestra de qué manera la misma persona en el mismo día, puede desplazarse del punto más alto del heroísmo a la peor bajeza. En un momento es un gran líder que motiva y transforma a sus hombres a través de sus palabras. En el momento siguiente es alguien que amenaza con rapiñas y asesinatos.

Esta dualidad encierra importantes connotaciones morales. Es bueno tener claro cuáles son los límites que uno está dispuesto a traspasar en aras de conseguir sus objetivos. La batalla sigue y los pobladores de Harfleur se rinden. En la victoria, vuelve el caballero: Enrique le ordena a sus tropas que no cometan ningún acto agresivo contra la población.

Es sabido que Enrique V, en su etapa de príncipe, no se comportó de la manera esperada para alguien de su condición. En vez de quedarse en el ámbito protegido de la corte, optó por conectarse con la gente común, a través de amigos con los cuales pasaba el tiempo divirtiéndose, emborrachándose y aprovechando esa amistad para comprender las similitudes y las diferencias con la gente común.

Varios de esos amigos de la juventud formaban parte del ejército con el que Enrique invadió Francia. Luego de la batalla de Harfleur, uno de ellos roba un crucifijo y Enrique lo condena a la horca. Shakespeare nos deja otra enseñanza: cada decisión, además de su valor individual como tal, también es una lección para los demás.

El pináculo del éxito de Enrique V se produce en la batalla de Agincourt, una de las tres batallas decisivas de la Guerra de los 100 años, junto con las de Crecy y Poitiers.

Las tropas francesas sobrepasaban diez veces en número a las inglesas, las que, además, estaban enfermas y exhaustas. Los franceses pecaron de soberbia y subestimaron el evento, seguros de obtener una fácil victoria. Pero se equivocaron.

Durante el desarrollo del encuentro, los franceses percibieron la derrota inminente y mandaron a su caballería por detrás de las tropas inglesas a atacar el campamento, matando a todos los jóvenes que habían quedado a cargo del equipaje. Enrique volvió al campamento, vio a los chicos asesinados y se puso furioso[3]:

No estuve enojado desde que llegué a Francia

hasta este instante…

Les cortaremos la garganta a todos los que atrapemos

Ni uno solo de ellos probará nuestra misericordia.

Es evidente que no se recuerda a Enrique porque ordenó matar a prisioneros desarmados. Se lo recuerda porque fue valiente y noble. Pero fundamentalmente porque ganó la batalla.

Shakespeare podría haber mostrado a Enrique como un líder heroico y brillante, omitiendo esta escena. En ese caso, la lección habría sido la siguiente: cuando se es bueno, noble y valiente hay muchas probabilidades de convertirse en un gran líder.

Pero no es esta precisamente, la lección que Shakespeare nos quiere transmitir. Los grandes líderes viven en un mundo difícil, en el que hay que tomar decisiones comprometidas. La decisión de Shakespeare, incluso cuando escribió la historia de su héroe más carismático, fue la de mostrar a los seres humanos de una manera mucho más realista, lidiando con sus limitaciones y con sus propias contradicciones.

Enrique estaba determinado a ser un gran rey. Para ello se preparó concienzudamente oscilando entre las tabernas del bajo mundo y la corte real, arriesgándose a perder el favor de su padre, el Rey Enrique IV, quien desaprobaba sus amistades y su vida fuera de la corte.

Ese comportamiento fue deliberado y era consecuencia de su convicción acerca de que su “redención” cuando se convirtiera en rey, lo haría aparecer más atractivo que alguien que hubiera vivido toda su vida en el prolijo ámbito de la corte.

El punto aquí es demostrar que para ser un buen líder es muy importante conocer a las personas que uno va a liderar. Esto trasciende la idea de ser “popular”. Se necesita trabajar para consolidar la relación con las personas, no solamente desde el momento en que uno se convierte en líder, sino mucho antes, desde que uno decide o vislumbra que puede llegar a serlo.

Cuando una persona desarrolla esta relación con los demás, también se está desarrollando a sí mismo. Shakespeare enseña que pasar tiempo con las personas que van a ser nuestros colaboradores significa aprender a liderar. Un líder necesita conocer las necesidades, motivaciones, creencias y temores de las personas que conduce.

Los líderes que no dominan el lenguaje de sus colaboradores no pueden comunicarse efectivamente con ellos, y sin comunicación efectiva no hay motivación.

El punto importante es que no se puede aprender la cultura leyendo un folleto o viendo un video. Hay que vivir la experiencia. El príncipe Hal (tal era el apodo de Enrique) podría haber contratado a una persona común para que le cuente como vivía la gente común o a un profesor de lengua para que le enseñe su manera de hablar. Pero no lo hizo. Eligió involucrarse personalmente y compartir experiencias de vida con la gente del pueblo. No hay sustituto para las vivencias.

A pesar de que el príncipe Hal sabía que iba a obtener el trono simplemente por el transcurso del tiempo, siempre se sintió compelido a perfeccionar sus competencias de conducción.

La batalla de Agincourt (1415) es el momento clave de la obra, en el cual Enrique hace gala de su liderazgo, triunfando contra todos los pronósticos.

Una importante lección pasa por el tiempo que insumió Enrique para preparar la batalla. No es solo cuestión de resolver los problemas logísticos, sino estar preparado personalmente para ser un gran líder en circunstancias difíciles, de modo que tanto el conductor como sus colaboradores tengan confianza en el logro de los objetivos.

La lección en este punto es la siguiente: si uno solo le presta atención al título que le otorga la organización, o al tamaño de la oficina o al monto del salario, será incapaz de manejar la situación. Si, por el contrario, le presta atención a la persona que cada uno es y al aprendizaje que debe efectuar sobre sí mismo y sobre sus colaboradores, podrá obtener logros aún en contra de todas las probabilidades.

Enrique no pudo evitar la confrontación en Agincourt, pero pudo anticipar las competencias que iba a necesitar en esa crisis en su proceso de preparación previa. La habilidad de Enrique para escuchar y aprender fue la competencia que lo salvó, tanto a él como a su ejército.

En Agincourt, Enrique enfrentaba un grave problema: sus tropas estaban enfermas, cansadas y mal equipadas. Enfrente estaba el enorme y descansado ejército francés.

Enrique le dice al mensajero del Rey de Francia[4]:

Tal como estamos, no buscamos la batalla,

Pero tal como estamos, tampoco huiremos.

El ejército de Enrique estaba débil, en inferioridad numérica y en una localización desventajosa. Para tener alguna chance, debía maximizar el rendimiento de sus recursos.

Tanto el Rey como su ejército sabían que todas las probabilidades indicaban que iban a perder la batalla y, como consecuencia de ello, iban a morir. No es el mejor modelo mental para enfrentar un conflicto.

Enrique tenía una ventaja táctica: sus arqueros podían disparar doce flechas por minuto, mientras que las ballestas francesas solo podían disparar dos proyectiles en el mismo lapso. Pero también sabía que era fundamental levantar la moral de sus tropas, aunque estaba seguro que si mentía acerca de las posibilidades de ganar la batalla, nadie le creería.

La única manera de hacerlo era conociendo los verdaderos sentimientos de los soldados. Por eso, la noche anterior a la batalla, dejó su Consejo de Guerra y salió a caminar entre los soldados, disfrazado para que no pudieran reconocerlo.

Durante la noche habló con los guerreros sobre la batalla y sobre su Rey. El era capaz de hablar en el lenguaje de los soldados y entendía perfectamente su cultura. Gracias a esa preparación previa, pudo conocer lo que sus soldados realmente pensaban y sentían. Una información realmente invalorable.

El líder que realmente respeta y conoce a sus colaboradores sabe que no tiene sentido mentirles. Gracias a la conversación con los soldados, Enrique llega a las siguientes conclusiones:

  • Las tropas pensaban que no había modo de ganar la batalla, por lo que al día siguiente estarían todos muertos
  • Los soldados creían que, pese a la apariencia de coraje, el Rey era un cobarde que prefería no estar con ellos
  • Si el Rey quería pelear, debería hacerlo solo. De esa manera salvaría las vidas de sus soldados.

A pesar de estas revelaciones, Enrique no reveló su condición de Rey. Consideró seriamente sus puntos de vista y discutió con ellos, pero como un par.

Uno de los soldados le dijo a Enrique que seguramente iban a morir, sus familias quedarían en la pobreza y sus almas serían condenadas por una causa que no compartían y que todo eso era culpa del Rey.

En realidad, a ese soldado no le importaba lo que le pasara al Rey. Esta es una visión habitual que tienen los niveles inferiores acerca de la alta dirección: creen que las dificultades que los acechan son solamente consecuencia de la incompetencia de sus superiores.

Por supuesto, esta es una posición que pone toda la culpa en el otro lado. Una de las maneras de ejercer el rol de seguidor es dejar de lado la capacidad individual de decisión y reemplazarla por las decisiones del líder. En este caso, no hay posibilidades que los colaboradores tomen la iniciativa ni generen ninguna innovación. La gente hace las cosas porque se las ordenaron. Si el resultado no es el esperado, la culpa la tiene el que emitió las órdenes.

En la discusión con los soldados, Enrique afirma que ellos tienen libre albedrío.  Les dice que cada soldado debe hacerse responsable de su posición y mejorarla en la medida de lo posible. Existía una deuda con el Rey, pero cada uno tenía una deuda con sí mismo. Los individuos son responsables por sus propias acciones y por sus propias almas. El rey no es responsable de ello.

La respuesta de los soldados a este argumento era decisiva: si las tropas pensaban que todo era responsabilidad del Rey y que ellos no tenían ninguna posibilidad de acción, estaban todos en graves problemas.

Los dos soldados que charlaban con Enrique coinciden con el punto de vista. De esta manera, justo antes de una batalla en la cual tanto el Rey como los soldados esperaban morir, el Rey logra convencer a dos de ellos que están a cargo de su propio destino. Incluso uno de ellos está tan convencido que afirma que va a luchar a muerte por el Rey.

Es una excelente manera de motivar: las personas son seres libres y actuarán mucho mejor si toman conciencia de ello.

La jornada de la batalla amaneció lluviosa y gris. Los franceses estaban listos para atacar. A Enrique le quedaban pocos minutos para levantar el ánimo de sus tropas y prepararlas para la batalla.

Sabía que sus hombres pensaban que iban a morir y que era bastante probable que el Rey pudiera salvarse de alguna manera. Para empeorar la situación, uno de sus comandantes, su primo Westmoreland, en frente de los hombres, se lamenta por no poder contar con las tropas que quedaron en Inglaterra.

El célebre discurso de Enrique comienza con la respuesta a Westmoreland[5]:

¿Quién es el que desea eso?

¿Mi primo Westmoreland?. No, mi querido primo.

Si estamos destinados a morir, somos suficientes.

En ese caso, nuestro país saldrá derrotado. Pero si vivimos,

Cuantos menos seamos, más grande será el honor.

No deseo ni un hombre más…

Ten fe, primo, no desees más hombres de Inglaterra:

No quisiera compartir tan grande honor

Ni siquiera con un hombre más.

Tal es la esperanza que tengo.

En primer lugar, contradice a uno de sus principales comandantes (y pariente cercano) en frente de sus soldados. Y comienza a explicar su punto: si ganamos, el honor se repartirá solamente entre nosotros. Al mismo tiempo se está dirigiendo a sus hombres: estamos frente a una batalla, ustedes son soldados y esa es su obligación. Lo único que puede quedar al cabo de ella es el honor. El honor de los franceses queda devaluado por el hecho de tener muchos más hombres.

Enrique continúa con su discurso:

¡No desees un solo hombre más!

En vez de eso, Westmoreland, proclama de parte mía

Que aquel que no tenga estómago para esta lucha,

Tiene permiso para partir. Se le dará un salvoconducto

y dinero para el viaje.

No moriremos junto a hombres que

Tengan miedo de morir en nuestra compañía.

El desafío que hace Enrique a sus hombres, lo hace basado en el conocimiento que muchos de ellos estaban aterrorizados. A todos les ofrece la posibilidad de la salida. Pero la retirada debía ser pública, delante de todo el mundo.

Este desafío también les otorgaba a los hombres la opción que ellos suponían que el Rey iba a utilizar para sí mismo, dada su condición. Sabiendo esto, Enrique les hace la misma oferta a todos: váyanse si quieren, pero sepan que yo me estoy quedando a pelear.

También les dice que no quiere morir con alguien que no quiera morir a su lado. Con eso les está diciendo que hay una hermandad en la muerte: estamos juntos en esto y yo, el Rey, estoy aquí como miembro de esa “banda de hermanos”.

La muerte es el gran ecualizador que utiliza Enrique para nivelar la relación con sus hombres: si morimos juntos, ustedes van a morir en compañía de un Rey.

El día de la batalla es la Fiesta de San Crispin (25 de octubre). Enrique continúa su discurso puntualizando que, a partir de la batalla, los soldados celebrarán esa fecha como un día de gloria:

Este dia es la Fiesta de San Crispin:

Aquel que sobreviva y vuelva a su hogar

Se pondrá de pie cuando se nombre este día…

Quien vea hoy ese día y viva muchos años,

Cada año los vecinos lo invitarán a beber:

Se arremangará el brazo y enseñará las cicatrices:

“¡Son las heridas del dia de San Crispin!”

Los ancianos olvidan; pero cuando todo esté olvidado

recordarán las hazañas que ocurrieron ese día.

Entonces nuestros nombres aflorarán en sus labios

De modo fluido: Harry, el Rey, Exeter y Bedford,

Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester.

El hombre honrado deberá educar a su hijo

Para que no pase el dia de San Crispin,

Desde hoy hasta el fin del mundo,

Sin que se acuerden de nosotros

Enrique deja de hablar de la muerte y del honor para describir la vida de los soldados que sobrevivan. No dice que todos van a sobrevivir, sino de una manera realista exclama “aquellos que sobrevivan”.

Describe una escena posible en una taberna de Londres en el futuro: un viejo soldado recordando con orgullo las batallas peleadas. Probablemente los soldados al escuchar esta parte del discurso habrán sonreído y pensado: “Enrique realmente nos conoce. Sabe quienes somos y como actuaremos”. Este es otro claro ejemplo del uso que Enrique hace del conocimiento del lenguaje del hombre común.

Es importante destacar que en ningún momento del discurso, Enrique hace referencia a que van a ganar la batalla y van a ser ricos. Esto no hubiera sido demasiado creíble. Lo que dice es que es posible que algunos sobrevivan.

Concluye el discurso reforzando el concepto de hermandad y volviendo a hacer referencia al escaso número de hombres:

Nosotros somos pocos, pocos y felices, una banda de hermanos;

Aquel que hoy derrame su sangre junto a mí

Será mi hermano. Por muy humilde que sea, este día ennoblecerá su condición.

Y los nobles en Inglaterra se lamentarán de no haber estado aquí

Y se sentirán inferiores cuando alguien les cuente

Que peleó con nosotros.

Una vez más, Enrique se enfoca en la preocupación de las tropas acerca de que el Rey podía salvarse por su condición, mientras que ellos estaban condenados a morir. Por eso puntualiza que él también va a derramar su sangre y que es su hermano. También les está diciendo: “Imagínense poder contar esa historia a sus amigos: yo y el rey contra los franceses con una desventaja de 10 a 1

Para poder apelar con éxito a sus soldados como hermanos de sangre, hace falta un profundo conocimiento del lenguaje y de la cultura.

El éxito también radica en que apela a su orgullo como soldados. Vinieron a Francia a pelear. No hay motivación más potente que el significado de la tarea.

Cuando concluye el discurso, Enrique es advertido que los franceses están a punto de atacar. Concluye diciendo:

Todas las cosas están listas cuando la mente lo está

Las tropas de Enrique tuvieron la oportunidad de abandonar la batalla. Si eligieron quedarse son “hombres libres” que están en esa situación porque quieren estar ahí. De hecho, en la batalla, dan lo mejor de sí porque están altamente motivados.

La motivación la logra mediante la articulación de una visión que tiene impacto directo en los valores. Involucra a los hombres en la construcción de esa visión escuchando sus preocupaciones y lidiando inteligentemente con ellas.

Harold Bloom afirma que el Enrique V de Shakespeare tiene connotaciones que nos remiten a Alejandro Magno, ya que la visión que persigue es la de expandir el reino de Inglaterra en terreno francés, como una manera de expiar las culpas de su padre por haber usurpado la corona y asesinado a su antecesor.

El carisma es una herramienta sumamente poderosa para ejercer el liderazgo, pero conlleva riesgos, ya que algunas veces, como en el caso de Enrique, se transforma en un paraguas que eclipsa los momentos de brutalidad y la deslealtad con los amigos de la juventud, a quienes desecha para conseguir sus objetivos políticos.

La obra de Shakespeare finaliza con las negociaciones de paz en Troyes y Enrique como pretendiente de Catalina Valois, la hija de Carlos VI de Francia. Durante el cortejo, ambos intentan hablar el idioma del otro y la escena parece ocurrir inmediatamente después de la batalla de Agincourt, cuando en realidad habían pasado cinco años.

Finalmente, Enrique se casó con Catalina y murió un año después. La viuda, de solo veintiún años vuelve a casarse pocos años después con el tesorero Owen Tudor. Ambos fundaron la fructífera y pacificadora dinastía de los Tudor a través de su nieto, que subió al trono en 1485 como Enrique VII, setenta años después de la célebre batalla de Agincourt.

[1] Bloom, Harold. (1998). Shakespeare. The invention of the human. Riverhead Books. New York. USA:

[2] Abraham, Tomás. (2014). Shakespeare, el antifilósofo. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, Argentina.

[3] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 4. Escena 7

[4] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 3. Escena 6.

 

[5] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 4 Escena 3.

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

¿Qué tan ortodoxo es el nuevo plan anti inflacionario?

Por Adrián Ravier. Publicado el 13/11/18 en https://www.cronista.com/columnistas/Que-tan-ortodoxo-es-el-nuevo-plan-anti-inflacionario-20181112-0079.html

 

¿Qué tan ortodoxo es el nuevo plan anti inflacionario?

Mientras el Banco Central confirma en octubre una leve contracción monetaria en un plan de mantener constante la base monetaria para de ese modo bajar la inflación, también acumula Leliq que representan inflación futura. ¿Qué tan ortodoxo es entonces el nuevo plan anti-inflacionario de Cambiemos?

La respuesta obliga a analizar ambas políticas por separado, en particular porque el efecto de cada una se verá a plazos distintos.
La primera política de mantener constante la base monetaria hasta junio de
2019 es una política ortodoxa que si se concreta será efectiva en bajar la inflación.
Ofrece un impacto similar a dolarizar la economía, o al efecto que tuvo la
implementación de la Ley de Convertibilidad en 1991.
Si la expansión de la base monetaria se reduce a cero, rápidamente la inflación bajará. De hecho, el mercado ya descuenta una baja del 45% estimado para 2018 a un 25%, o incluso menos, para 2019. Si la política se mantiene, en poco tiempo más, las expectativas irán corrigiéndose hacia abajo y finalmente la tasa de inflación será de un dígito como proponía el Presidente Mauricio Macri en su campaña.

No sólo ello, la tasa de inflación mensual bajaría de un 6% y un 5% para septiembre y octubre de 2018, a 3% para noviembre y de ahí en más con una baja secuencial que llevará el valor a 2% mensual y en baja.
¿Y las Leliq? Pero la pregunta que sobreviene entonces es el tema de las Leliq. ¿Cómo surgieron estos bonos, en qué se asemejan a las Lebac y qué tan problemático puede ser desarmarlas en el futuro?
La historia reciente comienza con el Gobierno buscando en el FMI los dólares que no llegaron por la sequía y el sudden stop. El FMI solicitó algunos requisitos para resolver desequilibrios macroeconómicos fundamentales, primero dejando de intervenir en el mercado cambiario y dejando que la cotización del dólar se eleve hacia un nuevo valor cercano al equilibrio, y luego desarmando la bola de nieve de las Lebac, que a la vez ponían más tensión sobre el mercado cambiario.

Las Lebac fueron un instrumento que el BCRA utilizó para esterilizar la base
monetaria, es decir, absorber pesos en circulación. En un momento en que el BCRA expandía la base monetaria a una tasa del 25% promedio, mitad para financiar al Tesoro y la otra mitad para comprar los dólares que el Tesoro recibía en concepto de deuda, también vendía Lebac de tal modo de absorber esos pesos y evitar un impacto inflacionario mayor.
Fuimos muchos los economistas que llamamos la atención sobre este fenómeno, pero el BCRA y todo el arco oficialista estaban convencidos que el problema podía ser controlado hasta que pudieron desarmarse.
Mientras las Lebac eran cambiadas por nueva expansión de base monetaria (llevando el incremento del 30% al 50% entre abril y agosto), los tenedores de pesos demandaban divisas e incrementaban la presión sobre su cotización.
El dólar escaló de 17 a 23, 28, 31, 35, 38 y 42 pesos, tras una sucesión de crisis cambiarias y el oficialismo necesitaba detenerlo para ofrecer calma en el mercado cambiario.
Un problema adicional fue el contexto estacional en que se decidió desarmar la bola de nieve de Lebac, porque no ingresaban dólares ni por cosechas, ni por turismo, ni tampoco llegaba aun el capital del FMI.
Las Leliq son un instrumento similar a las Lebac con la diferencia de que sólo pueden acceder a ella los bancos. La tasa de interés que pagaba el BCRA al 72% trató de incentivar a los bancos a tomar activos en pesos y así reducir la demanda de divisas. El negocio parcialmente se traslada a la gente pues los bancos para tener más pesos pagan por plazos fijos tasas de hasta un 50% anual.

Si bien el impacto de la política parece haber sido una buena medicina para detener la demanda de divisas (incluso se puede mostrar que la cotización del dólar bajó de $ 42 a $ 35), los efectos secundarios se dejan ver en el corto y mediano plazo.
En el corto plazo, tasas tan elevadas contraen la actividad económica profundizando la recesión; en el mediano plazo, la pregunta que queda es cómo hacer para bajar esas tasas o incluso desmantelar las Leliq sin que sus tenedores se vuelquen al dólar.
Evitar otra bola de nieve
¿Podrá el BCRA evitar que las Leliq sean una nueva bola de nieve como lo fueron las Lebac? Desmantelar las Lebac llevó la tasa de inflación del 25 al 45% entre 2017 y 2018, y el impacto no fue mayor precisamente porque las Leliq absorbieron la mitad del problema.
Aquí es donde radica el debate más significativo entre economistas.

La ortodoxia coincide en que las Lebac debían desarmarse sin Leliq, y que era mejor que la inflación acelerase su ritmo hasta lo que debía ser, seguido de lo cual debía aplicarse la política de mantener constante la base monetaria o incluso dolarizar. De una inflación bastante más amplia que la que habrá en 2018, podría haberse observado una desaceleración inmediata con una fuerte contracción monetaria que garantizara la estabilidad monetaria en uno o dos años.
Pero el BCRA, en un marco de emergencia, tomó otro camino. Resolvió la mitad del problema y ahora le resta ver de qué modo desmantelará las Leliq en el futuro. La medida es una combinación de ortodoxia, si recordamos lo dicho al inicio de la nota, con una medida heterodoxa, que intenta postergar el costo social de resolver el problema.
Convencer al mercado de que el dólar está en calma La apuesta del oficialismo es ir bajando las tasas de las Leliq a medida que se estabiliza
el mercado cambiario, y los ahorristas observan que adquirir divisas es un mal negocio.
Hoy un 70% de tasa que pagan las Leliq, o un 49% de tasa que pagan los plazos fijos, frente a un dólar que baja o se estanca, parece ser un negocio extraordinario de corto  plazo.
Si el mercado se convence que el dólar mantendrá la calma, entonces el BCRA puede pagar 60%, 50% o 40% por las Leliq y aun así mantendrán alta rentabilidad. Las tasas de plazo fijo también bajarán en paralelo.

Mejor aún, si llegan los dólares de la cosecha, más turismo, más los fondos
comprometidos con el FMI, el BCRA puede acumular reservas y entonces sí animarse a desmantelar parcialmente el problema de las Leliq con su monetización, sabiendo que parte de estos pesos irán por las divisas acumuladas en reservas.
Resumiendo, la recomendación ortodoxa habría sido monetizar las Lebac y permitir que la inflación saltara lo necesario para reconocer los efectos que la política expansiva tuvo en  estos últimos años. El dólar también habría alcanzado niveles mayores a partir de los cuales habría que aplicar una política de estabilización como la primera comentada.
El oficialismo otra vez eligió un camino gradualista, porque si bien la primera medida es ortodoxa y será efectiva en el corto plazo, la acumulación de Leliq con tasas elevadas nos dejarán en el mediano plazo un problema de serias consecuencias económicas y sociales.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

 

 

La suerte de Macri pende del BCRA y del FMI

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 16/11/18 en: http://www.ambito.com/939692-la-suerte-de-macri-pende-del-bcra-y-del-fmi

 

Cuando el estatismo gradualista nos situó al borde del colapso, el FMI nos socorrió con un crédito sin precedente, otorgado por el apoyo de EE.UU. al Gobierno. Si bien circunstancias económicas mundiales incidieron en las dificultades, las principales fueron consecuencia de la insuficiente acción del Gobierno para equilibrar las cuentas, corregir distorsiones y errores graves. Desde el inicio de la administración, los más prestigiosos economistas advirtieron lo insostenible de los déficit fiscales (y, su contracara, externos) tan pronunciados. La estrategia del Gobierno buscaba desmentir la calificación de “ajustador”, apostando a que el mercado financiaría enormes déficit. Las salidas del default y liberación cambiaria, resueltas al inicio de la gestión, generaron la oportunidad de colocar deuda en términos favorables. ¡Hasta un bono a 100 años! Pero el crédito tiene límites, especialmente cuando no se advertía un sendero al equilibrio. La oposición y parte de la opinión pública también se resistieron a “ajustes” que nunca ocurrieron.

El BCRA es clave para las expectativas de la gestión, tan condicionadas por la suerte del dólar. El vuelco de la fortuna fue increíble. Los especialistas vaticinaban un 2018 tranquilo. Las expectativas (REM) promediaban 16,5% para la inflación y un dólar de $22 a fin de 2018, informó BCRA en enero. Evidente, los hechos se desviaron completamente. A mi entender, el error fue ¡emitir pesos en cantidad para cancelar Lebac! Desde el inicio de la crisis, el 23/4/2018 hasta el 1/10/2018, BCRA expandió en 80% la base monetaria para pagar Lebac. No puede sorprender la furibunda devaluación. Peor aún. Si BCRA no hubiese vendido u$s13.541 millones, absorbiendo pesos, la cotización actual sería de tres dígitos. En lugar de los dos dígitos de $36 por dólar. Sin esas ventas de dólares estaríamos en hiperinflación, con terribles derivaciones políticas y sociales.

El episodio prueba: para un futuro más tranquilo necesitamos certidumbre cambiaria. Desde octubre, el BCRA no emite dinero para financiar al Gobierno y otros destinos internos, cumpliendo una condición necesaria para estabilizar el dólar. Y establece elevadas tasas de interés para desalentar la compra de dólares. No puede bajarlas por la escasa confianza en su programa. Para superar la dificultad, proponemos una decisiva inyección de certidumbre, precisando la regla de intervención cambiaria. El BCRA debiera comprometerse a vender y comprar dólares, a cambio de pesos, ilimitadamente, a un precio fijo por largo tiempo, con una mínima diferencia entre la compra y venta. El FMI lo prohíbe pues no quiere que el crédito otorgado financie la compra de dólares, en lugar de asegurar los pagos a los acreedores externos. Como si la estabilidad cambiaria no condicionara la solvencia financiera. Más aún. En la medida que el compromiso de no emitir fuese creíble, FMI sabría que cada dólar vendido contraería la circulación monetaria, de modo que no estaría financiando una estampida de fondos del país. Es tarea de las autoridades convencer al FMI de la sustentabilidad de las reglas que proponemos, prácticamente la convertibilidad que tan bien funcionó durante 10 años. Si FMI no confiara, ¿qué esperamos de los inversores? Otra dificultad es que FMI parece creer ahora que la flotación cambiaria es la panacea mundial. No se dan cuenta que la unidad de medida, la moneda de verdad, es el dólar para los que trabajan en la Argentina. Es fácil entenderlo. Tuvimos que cambiar 5 veces el nombre del peso para quitarle 13 ceros. El dólar cotizaría ¡360.000.000.000.000! pesos moneda nacional que circulaban en 1969. Panamá, dolarizado desde 1904, es el país que más creció en América. Ecuador y El Salvador con casi 20 años de dolarización avanzan raudamente, superando diversas dificultades políticas. El FMI se fundó para asegurar tipos de cambio fijos, con prohibiciones de devaluar, un símil del patrón oro que tanto facilitó el extraordinario aumento de la riqueza mundial durante los siglos XIX y XX.

El Gobierno de un país que es bimonetario, por la pugna entre el uso forzado de una moneda impuesta, el peso, y la moneda preferida, el dólar, enfrenta equilibrios frágiles y bruscas alteraciones cambiarias. ¿Cómo flotar cuando la suerte de los gobiernos y actividades depende tanto de la cotización del dólar? El acta de defunción del Gobierno de Alfonsín fue la devaluación del 6/2/1989. El compromiso verificable diariamente de comprar y vender divisas a una cotización fija por largo tiempo bajaría la inflación y tasas de interés de golpe, restableciendo confianza y las actividades. El equilibrio monetario, la igualdad de la oferta y demanda de base monetaria, estaría asegurado, aún con la alta volatilidad que la caracteriza. Los momentos en que la oferta excediese a la demanda, la gente compraría dólares a cambio de pesos, que se restarían de la circulación. Automáticamente el equilibrio se restablecería. Cuando la demanda excediese a la oferta, el mercado vendería dólares al BCRA, y la emisión aumentaría en esa cantidad exacta. La constancia en la cotización del dólar haría ambas monedas mejores sustitutas.

Esta confianza estimularía las actividades productivas y la gente se sentiría mas satisfecha. Después de mucho tiempo, podríamos celebrar contratos a mediano y largo plazo. Los 40 países que más crecen en el mundo cambiaron drásticamente sus modos para salir de la modorra y pobreza anterior. Ninguno lo hizo con un tipo de cambio flotante durante décadas.

 

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Fue Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.

Bono compulsivo, nueva muestra de Propulismo

Por Iván Carrino. Publicado el 15/11/18 en: http://www.ivancarrino.com/bono-compulsivo-nueva-muestra-de-propulismo/

 

De la mano de Dante Sica, el gobierno de Macri recurre a prácticas netamente kirchneristas.

Jueves 8 de noviembre, 3 de la tarde.

José, un empleado de una empresa de cerámicas es llamado por su supervisor para conversar en la oficina.

Luego de ofrecerle un café y charlar un rato sobre el clima, el supervisor le dice a José que, debido al buen desempeño en sus tareas, le asignará un bono de fin de año del 20% de su salario bruto.

Sorprendido con la noticia, José agradece y vuelve a su puesto de trabajo, motivado por la decisión.

Lunes 12 de noviembre, cerca del mediodía.

El gobierno de un país bananero firma un Decreto de Necesidad y Urgencia para que todas las empresas del sector privado paguen a sus empleados un bono de $ 5.000.

Casi igual, ¿no?

No, nada que ver. La medida es absolutamente demagógica, ingenua y, además, extremadamente perjudicial para la economía.

Sin embargo, esto mismo es lo que acaba de hacer Mauricio Macri, de la mano de su Ministro de Trabajo, el peronista Dante Sica.

Ley de felicidad para todos

Allá lejos y hace tiempo, cuando Argentina debatía sobre si debía haber una ley anti-despidos o no (ley que finalmente fue vetada por el presidente) Macri afirmaba:

“Si fuera cuestión de leyes, saquemos una ley que diga que por ley seamos todos felices”

Esta frase, aunque parezca increíble, fue dicha en 2016.

Hoy, dos años más tarde, el gobierno impone un aumento de salario por decreto (ya no por ley) y, encima, implementa un esquema burocrático que, al menos, intenta restringir los despidos seriamente.

A partir de la aprobación del decreto las empresas deberán consultar con el Ministerio de Trabajo y debatir en una mesa con los delegados sindicales a ver si puede llegarse algún acuerdo favorable al empleado.

Tamaña contradicción de la gestión Cambiemos.

Antes de seguir, es importante quede clara una cosa: nadie quiere que se echen empleados ni se paguen bajos salarios, pero los decretos son, por lejos, la peor medida que se puede tomar para conseguir esto.

Además, si fuera tan fácil aumentar los sueldos, ¿por qué quedarse solo con $ 5.000? ¿Por qué no decreta Macri un aumento de $ 10.000, $ 15.000, o $ 150.000? ¿Acaso le falta generosidad?

A costa de quién

La gran pregunta que abre este nuevo “beneficio laboral” sancionado por el gobierno es quién va a pagar la cuenta.

A priori, parece que las empresas, lo que va a todas luces en contra de su rentabilidad, en un contexto donde la misma viene en caída libre.

Si no me creés, dale una mirada a la evolución de los precios mayoristas (+66,1% acumulado en el año) y compárelos con los minoristas (+32,4% acumulado).

Si uno observa la mediana del salario del sector privado registrado, en el mes de agosto el salario más frecuente fue de $ 25.354. O sea que, en un contexto de costos crecientes para las empresas, el gobierno acaba de imponer uno nuevo, del 20% de su gasto en personal.

¿Quién podrá resistirlo?

Probablemente algunas empresas sí, pero otras no. Finalmente, las compañías que no puedan afrontar el costo deberán cerrar sus puertas o bien pasarse a la economía informal.

Y, paradójicamente, luego es el propio gobierno el que se queja de la evasión y la economía en negro.

Sus economistas formados –que los hay y muchos ahí dentro- deberían explicarle al equipo de esta consecuencia inevitable se su propia decisión.

Malos incentivos

Dos últimas consideraciones son necesarias.

La primera es que, a diferencia del caso de José con que abrimos esta nota, donde el bono sirve como un incentivo para mejorar la performance y productividad del empleado, aquí lo único que se busca es compensar la pérdida contra la inflación del salario de los trabajadores.

Ahora bien: ¿qué empresa no querría hacer esto? En mercados medianamente competitivos, siempre queremos pagar como empresas lo menos posible. Pero si pagamos por debajo de cierto nivel, nos quedamos sin empleados.

Es decir, un mercado libre no paga salarios de miseria (como lo demuestran Dinamarca, Estados Unidos o Nueva Zelanda) y tampoco escatimaría un bono en caso de poder premiar a los empleados que sean más productivos.

Pero lo del gobierno revienta cualquier esquema derivado de este premio anual. Viola las pautas básicas de su otorgamiento, pervirtiendo los incentivos naturales que existen en los mercados.

Por último, hay que recordar que estas medidas fueron tomadas durante el gobierno de Néstor Kirchner, un presidente abiertamente anti-mercado. ¿Qué efecto positivo puede tener este tipo de medida en crear un ambiente de negocios amigable para la inversión?

Adivinaste: ninguno.

La economía con Kirchner creció a pesar de estos aumentos, pero finalmente este tipo de intervencionismo fue el que llevó al Modelo K a su propia destrucción.

Las medidas recientemente anunciadas por el gobierno son negativas desde donde se las observe.

A corto plazo, beneficiarán a los empleados pero a costa de las empresas ya fuertemente castigadas por la situación general de la economía. A largo plazo, fomentarán el empleo en negro, el cierre de empresas y el alejamiento de las inversiones.

Un verdadero tiro en el pie.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

En Pakistán perdonan a una joven cristiana condenada a muerte

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 15/11/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2191935-en-pakistan-perdonan-joven-cristiana-condenada-muerte

 

La Corte Suprema de Pakistán acaba -como cabía esperar- de absolver a Asia Bibi, una joven cristiana nacida en 1971, que
ha estado nada menos que ocho años en prisión, siempre en confinamiento solitario, mientras era lentamente juzgada por
sus presuntas blasfemias contra el Islam. Con lo sucedido hasta ahora a esa pobre mujer, su vida ha sido profundamente
lastimada. Para siempre.
Pakistán es ciertamente uno de los países más intolerantes del mundo en materia religiosa, pero lo cierto es que su más
alto tribunal judicial es reconocido por su independencia y calidad.
Asia Bibi esperaba morir en la horca, pero ello no sucederá desde que el tribunal que acaba de absolverla categóricamente,
sostuvo que las acusaciones vertidas contra ella no habían sido debidamente probadas, como correspondía.
Había sido acusada por un tan heterogéneo como extraño grupo de mujeres -que previamente le dieron una paliza y eran
sus vecinas- de haber hecho, en Punjab, algunos comentarios públicos despectivos acerca del profeta de los musulmanes.
Ellos habrían sido consecuencia de la insólita negativa de esas mujeres de tomar agua de un pozo de agua natural
comunitario, luego de que Asia Bibi bebiera del mismo con un jarro propio, a fin de la década de los 70. La joven que fuera
por ello inmediatamente detenida, tiene cuatro hijos.

En su momento, la condena contra Bibi había indignado vivamente a la pequeña pero importante comunidad cristiana
local. Ahora, su absolución ha enfurecido a algunos radicalizados musulmanes, que ante ella reaccionaron
descontroladamente.
Bibi negó, siempre, haber cometido blasfemia alguna.
Docenas de acusados de blasfemia han sido asesinados en los últimos años en las calles de las ciudades de Pakistán,
cuando sus respectivos procesos aún no habían concluido. Los asesinados incluyeron hasta a un gobernador provincial y
un ministro del gobierno nacional que, pese a los riesgos ciertos que conocían, se animaron a salir en defensa pública y
apoyo de la perseguida Bibi. Queda a la vista toda una serie de tragedias realmente tremendas, producto de la intolerancia
religiosa. Ellas no pueden silenciarse, desde que son testimonio de conductas propias de la barbarie.
Los cristianos -cabe recordar- son apenas un 1,6 % del total de la población paquistaní, de unos 208 millones de
habitantes. El propio Papa Francisco, preocupado por Asia Bibi, ha salido en su defensa. Con poco éxito, hasta ahora.
Las leyes paquistanas contra la blasfemia religiosa se sancionaron en 1860, cuando el país estaba aún bajo la colonización
británica. El Islam es la religión nacional de Pakistán. Pero no todos quienes profesan esa religión son necesariamente
fanáticos, por cierto. Los pocos que lo son ensombrecen la imagen de todos ellos.
Pese a lo ocurrido, o quizás como consecuencia de ello, Asia Bibi podría tener que abandonar a Pakistán y trasladarse a
residir en otro país, para poder vivir con un mínimo de tranquilidad, esto es sin el riesgo de ser asesinada o golpeada por fanáticos que de pronto la agredan. Una pena, por cierto. Pero la realidad puede imponerle a Bibi ese notorio sacrificio
adicional. Sus propios abogados ya han tenido que hacerlo, abandonando a Pakistán, por su seguridad personal.
Lo de Paquistán debiera poder corregirse. Siempre y cuando sus líderes políticos y religiosos lo crean necesario. Y lo es,
ciertamente.
Más allá de Pakistán, unos 150 millones de cristianos son hoy perseguidos por su fe en distintas partes del mundo. Esa
cifra, vergonzosa, es por lo demás un máximo histórico. En el marco de esas persecuciones religiosas, unos 3.000
cristianos fueron asesinados todo a lo largo del 2017. Es cierto, en el mundo de hoy los cristianos ya no se refugian
necesariamente en catacumbas, pese a lo cual, como consecuencia de las persecuciones actuales, muchos de ellos ofrendan
sus vidas sin renegar de sus convicciones. Son, entonces, mártires contemporáneos.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y fue Vice Presidente de ESEADE.

G20: políticos (y homicidas) se entretienen

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 15/11/18 en:  https://www.horapunta.com/g20:-politicos-y-homicidas-se-entretienen

 

Los aeropuertos de Buenos Aires cerrarán para recibir a las aeronaves de los países que participarán en la cumbre del G20, entre el 30 de noviembre y 1 de diciembre.

Además, habrá una zona de exclusión aérea sobre la ciudad, sus alrededores y el Río de la Plata. Y dos portaaviones de EE.UU. custodiarán desde el Atlántico, cerca de Punta del Este, y el Pacífico, a la altura de Valparaíso.

A esto se suma que el día 30 será feriado y se cerraran numerosas calles, con lo que los ciudadanos comunes -los supuestos mandantes de los políticos- verán muy complicada su actividad y, además, deberán pagar -en esta Argentina con 30% de la población pobre y en aumento- esta fiesta que costará, solo al gobierno argentino, más de 200 millones de dólares.

Llegarán 52 aeronaves, de los 19 países del grupo más cinco invitados como observadores. Los líderes de Australia, Chile, Indonesia, Rwanda, Brasil, Senegal, Italia, Holanda y México arribarán en aviones similares a los Airbus A320 o Boeing 737. Los del Reino Unido, Canadá, España, Rusia, Alemania, Arabia Saudita, China, Corea del Sur, EE. UU. Francia, India, Turquía, Jamaica, Japón y Sudáfrica llegarán con aparatos similares a los Airbus A340, Boeing 767 o Ilyushin Il-96.

EE.UU. aterrizará once aeroplanos contando el Air Force One, destinado a Donald Trump (y su hija) que reducirá su estadía a pocas horas para asistir a la toma de posesión del presidente mexicano. El segundo país que más aeronaves traerá será Arabia Saudita: seis de gran porte. La comitiva estadounidense será la más numerosa con 800 personas, luego China con 500 y Rusia con 200. Por cierto, los equipos de avanzada de EE.UU. (1600 personas), China (1000) y Rusia (800) recorren la ciudad desde hace más de dos meses. Y los mandatarios de estos tres países se alojarán en hoteles que cerrarán para atender solo a estas comitivas.

Sin dudas habrá chispazos. Por casos, entre Trump, por su guerra comercial con Xi Jinping, y entre Vladimir Putin y Theresa May que acusa al Kremlin de asesinar por envenenamiento al exespía ruso Serguei Skripal en Londres. Aún no se sabe quién representará al reino saudita, podría ser el príncipe heredero Mohammed Bin Salman. Pero da igual quién sea, porque el asesinato de Jamal Khashoggi fue un crimen de Estado ya que se realizó mediante engaño de las autoridades, en un recinto estatal y los burócratas del gobierno saudí intentaron taparlo.

Pero también la izquierda se entretiene. Entre el 19 y 23 de noviembre, en Buenos Aires, se realizará el “Primer foro mundial del pensamiento crítico” organizado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), reunión conocida como “contra cumbre” aunque los organizadores lo niegan, con la presencia, entre otros, de Dilma Rousseff, Cristina Kirchner, José Mujica, el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera, el expresidente colombiano Ernesto Samper y los españoles Juan Carlos Monedero, cofundador de Podemos, y el juez Baltasar Garzón.

Por cierto, ya sabemos el final. Otra cumbre inútil como la última en Hamburgo, pero durante la que gastarán, reirán, pasearán y se harán fotos. Y no se darán por enterados de que los pueblos se integran solos cuando ellos no lo impiden con fronteras, aduanas y todo tipo de restricciones coactivas, que podrían eliminar sin viajar… sin juntarse con homicidas ¿o es que pertenecen a la misma “hermandad”?

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.