¿Hay que eliminar las Lebac? Spoiler alert: ¡NO!

Por Iván Carrino. Publicado el 3/6/18 en: http://www.ivancarrino.com/hay-que-eliminar-las-lebac-spoiler-alert-no/

 

A los argentinos, amantes de las recetas mágicas, ahora nos seduce la opción “adiós Lebac”. Por qué esta propuesta es sencillamente imposible y dudosamente deseable.

Primero lo primero. Claro que sería deseable no tener Lebacs. Mejor aún, sería deseable no tener deuda pública, ni base monetaria excesiva, ni tener inflación, ni tener déficit fiscal, ni delincuencia, ni humedad o frío…

Ahora bien… ¿cómo se hace todo esto? ¿Y qué tienen que ver las Lebac y su virtual eliminación con el arreglo de los problemas estructurales de la economía Argentina?

La fobia a las Lebac viene  de hace un tiempo.

Según una línea de análisis, cuando el Banco Central coloca una Lebac para absorber pesos y se compromete a pagar una tasa de interés, lo que está haciendo es absorbiendo “transitoriamente” la liquidez, pero para inyectarla en el futuro, más el pago de la tasa. Si llegara un momento en que esa futura inyección no es demandada por el público, lo único que se habrá hecho habrá sido posponer inflación[i].

Ok… Interesante.

¿Ahora qué pasa si en ese momento futuro efectivamente hay más demanda de dinero? En dicho caso, la mayor cantidad de dinero responderá a la demanda de dinero y la emisión no generará tensiones en los precios[ii].

Bien.

Hasta acá estábamos en el debate. Pero el “Supermartes” del mes pasado revivió los miedos con las Lebac y ahora los economistas hacen fila para criticarlas y proponer sus mágicas soluciones.

El último capítulo de este libro es el de Eduardo Levy Yeyati, según Infobae, autor de las Lebac y otro que también propone eliminarlas.

Y si el autor de monstruo dice que hay que matarlo… cómo oponerse, ¿no?

En su entrevista, Levy Yeyati sostiene que:

Hace muchos años que vengo diciendo que en realidad las Lebac no deberían existir. Las creamos en un momento en donde el Tesoro no podía emitir deuda porque estaba en default. En el Banco Central teníamos que tener un instrumento de esterilización de política monetaria, no podíamos usar Letras del Tesoro y dijimos bueno, creemos nuestras propias Letras

(…)

Eran un instrumento de emergencia que creamos y emitimos desde el Banco Central porque no había ninguna otra entidad, no estaba el Tesoro en capacidad de emitir porque estaba en cesación de pagos. Pasado ese momento siempre tuve la sensación que lo que teníamos que hacer era reemplazar las Lebac con Letras del Tesoro, que es lo que hace la mayoría de los países que tienen políticas monetarias más avanzadas.

¿Tiene razón el colega? No.

O sea, claro que tiene razón en el racconto histórico del tema, pero que haya necesariamente que reemplazarlas por deuda del tesoro no es tan claro.

En primer lugar, porque Argentina no es el único  “extraño país” donde existe esta clase de instrumentos.

Si miramos el caso de Chile, encontraremos una situación muy similar. Por ejemplo, de la lectura del documento “N° 124 Balance del Banco Central de Chile, 1926 a 2015”[iii] se desprende que:

Entre 1982 y 1983 los Documentos emitidos por el Banco pasaron de representar 6,8% a 27,5% del total de los Pasivos. Este rápido aumento se debió a la crisis económica experimentada en Chile en esos años, lo que llevó al rescate del sistema bancario. (…).

A partir de 1985, la implementación de la política monetaria en Chile se efectuó a través de operaciones de mercado abierto. Esto considera la emisión de bonos y pagarés por parte del BCCh en el mercado local, para influir sobre la cantidad de dinero, y por ende, actuar sobre las tasas de interés. Su existencia ha contribuido al desarrollo del mercado de capitales, al proporcionar tasas de interés de referencia para la emisión de instrumentos de deuda de largo plazo de empresas de los sectores Público y Privado.

Como se observa, los títulos de deuda del Banco Central de Chile también surgieron en un escenario de crisis y luego se transformaron en el instrumento para regular la política monetaria. Sin embargo, ningún problema hubo ahí y, como dicen el propio organismo, “su existencia ha contribuido al desarrollo del mercado de capitales”, además que desde 1985, la inflación comenzó un lento pero sostenido proceso de caída en el país vecino.

O sea que Chile, que tiene sin dudas una política monetaria más avanzada que Argentina, no tuvo problemas con sus Lebac, y no necesitó canjearlas por un título del tesoro.

Esto sí que era una bola de nieve

Por si esto fuera poco, la cantidad de pasivos remunerados del Banco Central chileno no fue  menor, sino que llegó a superar el 30% del PBI por muchos años. En Argentina, a diferencia de esto, estamos en un 11% del PBI.

Gráfico 1. Documentos BCCh como porcentaje del PBI (1978-2015)

bcch

Fuente: Balance del Banco Central de Chile, 1926 a 2015.

Gráfico 2.Títulos de deuda del BCRA / PBI.

bcch1

Fuente: Elaboración propia en base a BCRA e INDEC.

¿Qué quiero decir con esto? Que sencillamente no entiendo tanto revuelo por las Lebac.

Son instrumentos de regulación monetaria, otros países lo tienen, y en otros países no representan un problema, incluso cuando la magnitud de su uso llegó a ser muy superior: ¿por qué acá va a ser diferente?

Hubo una corrida cambiaria, lo sabemos. Pero los inversores vendieron Lebac, vendieron bonos públicos y vendieron acciones. El problema fue la crisis de confianza que le explotó al gradualismo, en medio de un cambio de contexto internacional, no fue la “bola de nieve” de la deuda del BCRA.

Que lo pague el tesoro

Pasemos ahora al segundo punto del análisis de muchos profesionales que, como Yeyati,  sostienen que los títulos del BCRA deberían ser absorbidos por el tesoro.

El motivo detrás de este reclamo es que, como el BCRA tuvo que esterilizar muchos pesos sobrantes con Lebacs y que esos pesos sobraban porque se emitía para financiar el déficit, en realidad esa deuda “genuinamente” debería ser del tesoro.

Ok, hay un punto ahí, pero la realidad es que la deuda es del BCRA, no del Tesoro.

Además, una importante porción de esas Lebac responden a la compra de dólares para acumular reservas… no al déficit fiscal.

Ahora bien, la pregunta que debe hacerse aquí es por qué el Tesoro admitiría aumentar su stock de deuda en 10 puntos del PBI.

¿Qué gana con eso?

Gráfico 2. Stock de Deuda Pública como % del PBI.

bcch2

Fuente: Elaboracion propia en base a IMF-WEO.

Si el BCRA pasara su deuda al tesoro, entonces Argentina pasaría de una deuda del 52,6% del PBI a una del 63,6% del PBI…. Precisamente en el momento en que hay muchas dudas sobre si esta deuda es sostenible.

Plantear el canje de Lebacs por letras del tesoro es como decirle a un cliente tuyo:

Señor, usted tiene mucha deuda,  por qué no llama a un amigo y le dice que la asuma él, así usted puede mostrar mejores balances en el Banco.

Te podrás imaginar, querido lector, cuál sería la respuesta del cliente.

Ahora hay un punto fundamental que no se responde: ¿si la deuda estuviera en cabeza del Tesoro y no del BCRA… qué beneficios traería?

Una crítica que se hace es que la tasa que se paga es demasiado alta… ¿bajaría con el canje? De nuevo, definitivamente no.

El Banco Central debe absorber pesos y eso lo puede hacer con sus títulos de deuda o con los del tesoro (o cualquier instrumento de deuda para el caso). Ahora en cualquier caso el ente monetario deberá pagar una tasa de interés para atraer al inversor a que se abstenga de consumir (o comprar dólares)  y ahorre.

En cualquier escenario,  la tasa sería la misma porque acá lo que hay que contrarrestar son las expectativas de devaluación e inflación.

Da lo mismo si el título que se usa es emitido por el BCRA; por el Tesoro, o por Iván Carrino.

Los Espíritus Animales del Inversor Minorista

Hay un último argumento que expresa Yeyati que es de corte netamente keynesiano.

Para Yeyati:

Que sean instrumentos minoristas no es usual, y genera un riesgo de liquidez mayor porque con los bancos uno puede de alguna forma coordinar políticas pero el minorista es más atomizado, es más sensible a las noticias o a los cambios de tasas relativas como lo que pasó ahora en Estados Unidos

(…) poner papeles tan cortos en manos de inversores atomizados con tanta sensibilidad a los riesgos te puede generar eventualmente un riesgo de renovación. (…) El hecho de que suba tanto la tasa refleja en parte ese riesgo de renovación que mencioné recién.

El argumento es típicamente keynesiano porque supone que la inversión está liderada  por “espíritus animales” que nada tienen que ver con las expectativas y las leyes económicas. Además, nótese que habla de “coordinar políticas” con los bancos, algo que luce profundamente intervencionista.

Ahora bien, al margen de las etiquetas, lo importante son los hechos.  ¿Sería diferente la renovación si todas las Lebac estuvieran en manos de inversores institucionales? ¿Sería diferente la tasa? Una vez más, no.

Si las expectativas de inflación y devaluación son altas, entonces la tasa va a ser alta.

Incluso si no existiera el Banco Central, ¿a qué tasa vas a recibir un préstamo si el acreedor cree que su dinero va a valer 30% menos al final de período? Mínimamente, te va a exigir que compenses esa pérdida. No importa si es un banco o un “pobre inversor minorista sensible a los riesgos”.

Por último, ¿qué estamos pidiendo? ¿Que solo los bancos operen en títulos que pagan 40% y que la gente de a pie quede condenada al plazo fijo, que le paga fácil 10 o 12 puntos menos? ¿A dónde va a ir a poner sus pesos el “pobre inversor minorista” en dicho caso? Adivinaste, comprará dólares y sus perspectivas futuras serán más alcistas aún.

La propuesta en este punto,  carece totalmente de sentido.

Para ir cerrando,  obviamente que la economía Argentina está inundada de desequilibrios y hay que corregirlos. Más rápido,  más lento, como sea. Ahora la tirria con las Lebac no es realmente comprensible. Suena una más de esas soluciones mágicas que tanto nos gustan, pero que analizadas detenidamente, no resultan ni factibles ni muy deseables tampoco.


[i] Véase “No se puede para la inflación con Política Monetaria” de Carlos Rodríguez: http://www.ambito.com/727561-no-se-puede-parar-la-inflacion-con-politica-monetaria

[ii] Véase “La Pólvora Mojada de la Bomba de Lebac” de Iván Carrino: https://www.cronista.com/columnistas/La-polvora-mojada-de-la-bomba-de-Lebac-20171211-0109.html

[iii] Balance del Banco Central de Chile, 1926 a 2015. Disponible en: http://www.bcentral.cl/-/boletin-de-investigaci-3

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

Ridley Scott, Roger Birnbaum, Dami Moore, Suzanne Todd, Danielle Alexandra y David Twohy: NO ME PIDAN QUE LE PEGUE A UNA MUJER.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/6/18 en: http://gzanotti.blogspot.com/2018/06/ridley-scott-roger-birnbaum-dami-moore.html

 

Ridley Scott, Roger Birnbaum, Dami Moore, Suzanne Todd, Danielle Alexandra y David Twohy son los productores y guionistas de la película G.I. Jane, de 1997. El argumento en simple: la Teniente O´Neill entra en un programa de entrenamiento militar que no resisten ni siquiera la mitad de los varoncitos que lo intentan. Entonces ella, por supuesto, para demostrar la “igualdad de género”, entra. Y se aguanta todo.

El final es muy enternecedor. El Capitán Salem, que es uno de los machos hetero-patriarcales que le hace la vida imposible, casi muere en combate si no fuera porque O´Neill le salva la vida. Salem se despide de ella con una carta de agradecimiento muy caballeresca y un regalito. Algo que se hace con una dama, claro. Uf, los guionistas traicionaron, al final, a la igualdad de género.

Pero lo más interesante es que en el medio del duro entrenamiento, Salem tiene una pelea cuerpo a cuerpo con O´Niell –como era esperado con los varones-. Salem la mira desafiante como diciéndole “así que sos igual, no?”, y comienza a pelear con ella tirándole todos los golpes habidos y por haber. La lastima, sí, pero O´Niell no se queda atrás. Se defiende enérgicamente. Le pega duro. Es un empate. Bien. Ella triunfó. Es un igual.

Es el momento de decir algo que no viene al caso. Siempre me resultaron insoportables las pelis de entrenamientos militares, donde unos pobres tipos son torturados al límite para que supuestamente rindan en batalla. Habitualmente el sargento o lo que fuere, el malo malo malo, termina haciéndose amigo de los pobres torturados que le agradecen el servicio prestado. En fin, barbaridades de un mundo militar que nunca entenderé. No creo que sea ético pero, sobre todo, tampoco creo que sea efectivo, que sirva para algo. Pero en fin, Dios sabrá. No es mi mundo.

Por ende, hablando de igualdad de géneros, les cuento que yo nunca pegaría tampoco a un varón. Si me atacan, sin embargo, me defenderé, sea varón, mujer, trans, marciano o vulcano. Seguramente me hagan papilla pero me defenderé. Pero nunca atacaré, ni siquiera con la excusa de un supuesto entrenamiento, a nadie, ni varón ni mujer.

Dicho lo anterior, volvamos. Cuando Salem está haciendo papilla al bello rostro de O´Niell, los demás soldados, varones, bajan la cabeza. No entienden. Pobres, son unos hetero-patriarcales de miércoles. Creen que O´Niell es diferente. Qué horror.

Bueno, en un mundo donde los más diversos pecados mortales son alentados y aplaudidos, yo cometeré un pecado mortal tremendo y mal visto.

Afirmaré que O´Niell sí es diferente: es mujer.

¡Oh!

Y si, por más que los guionistas de esta película lo quieran, no, no le pegaré nunca a una mujer. A un varón tampoco, pero a una mujer, menos.

¿Por qué?

Las feministas creen que digo esto porque las considero inferiores, y me coloco en costumbres hetero-patriarcales de superioridad.

Ellas creen, por ejemplo, que si les digo “usted primero” es porque pienso “pobre, como eres mujer, pobrecita, pasa primero”. Como si le dijera a un afroamericano varón “pase usted” porque lo considero inferior.

Pero no, gente, es al revés. Nunca le pegaré a una mujer, y tendré con ella toda y absolutamente toda mi caballerosidad y dulzura, las trataré como la dama que es, precisamente porque es superior.

Es igual en dignidad, sí. Es igual en derechos y deberes, sí. Pero es mujer. Es diferente. O sea, mejor. Es la receptora de la vida. Es más dulce, más empática, más bella, más dulce, porque es mujer[1]. No son meros roles intercambiables. El ser humano no es una conciencia asexuada por un lado, y un cuerpo biológicamente masculino o femenino por el otro, con el cual esa conciencia asexuada pueda hacer lo que quiera y cambiárselo como una ropa que no le guste. No, cada ser humano es esencialmente varón o mujer. ¿Algunos no lo sienten así o no lo piensan así? Claro, después del pecado original, todo se desordenó. Pero “en el principio” no era así. Esa fue la respuesta de Cristo a sus apóstoles cuando elevó el matrimonio a sacramento. Allí Cristo restauró el orden del Génesis. ¿No creen en eso? Tienen todo el derecho. A no creerlo y a decir que no lo creenY yo tengo el derecho a creerlo y a decir que lo creo. Y, por lo tanto, a tratar a toda mujer como la dama que es, porque así creo que es el orden natural originario de las cosas. ¿Las feministas me quieren poner preso por eso? Que me pongan. Siempre podré seguir leyendo a Mises en la cárcel.

Así que sí, estimados Ridley Scott, Roger Birnbaum, Dami Moore, Suzanne Todd, Danielle Alexandra y David Twohy, no le pegaré a una mujer. ¿Les parece mal? Bueno, ¿quién los entiende? Si pegas a una mujer es violencia de género, si haces una peli donde se fomenta que se le pegue a una mujer, es defender la igualdad de género. Primero sean coherentes. Y después, no fomenten que se le pegue a una mujer. Jamás. Nunca. La mujer no es mi igual. Es mi superior.

 

[1] Y si no es así, se aplica la sabiduría de Santo Tomás: la corrupción de lo mejor es lo peor.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

El Derecho (5° parte)

Por Gabriel Boragina Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/06/el-derecho-5-parte.html

 

“El Derecho Objetivo es la norma agendi o norma para actuar, mientras que el Derecho subjetivo es la facultas agendi o facultad de actuar. Para Azcárate y Rosell, siendo el Derecho una tendencia a coordinar aspiraciones fundamentales, es lógico que contenga el instrumento armonizador, que es la norma o Derecho Objetivo, y las aspiraciones que son armonizadas o Derecho subjetivo.”[1]

Es decir, la norma crea la facultad, es la manera jurídica de decir que los individuos necesitan un permiso del estado-nación para actuar, de lo contrario, si la persona no lo tiene autorizado por este, lo tiene prohibido. Pero ¿Quién otorga la facultad de crear esa norma agendi? El positivismo responde: el estado-nación. Juzgamos esta teoría como inaceptable. Estamos convencidos que la norma fuente del Derecho es el Derecho Natural, del que derivan los derechos individuales, y sólo en una tercera instancia o grado aparece el derecho positivo, pese a que la corriente dominante del pensamiento jurídico insista que el real orden es el inverso, excluyendo -en la mayoría de los casos- al Derecho Natural.

“E. El elemento coactivo. Relacionado en cierto modo con lo dicho respecto a la condición del Derecho Natural, surge la cuestión, por cierto muy debatida en doctrina, de si la coactividad o coercibilidad constituyen requisito esencial del Derecho. Unos autores sostienen que no hay Derecho si no puede ser exigido coactivamente; otros entienden que ambos términos, Derecho y coacción, juegan con absoluta independencia. Es muy probable que la respuesta esté condicionada a que se considere tan sólo el Derecho Natural o tan sólo el Derecho positivo, pues, en un sentido filosófico y abstracto, cabe hablar de un Derecho que no requiera la coercibilidad, puesto que se trata de principios idealmente rectores de las relaciones humanas. Mas, si se habla del Derecho positivo, destinado a gobernar la convivencia social, es inadmisible que no necesite de la coacción; o sea, de la posibilidad de su imposición frente a quienes traten de desconocerlo. De otro modo sería letra muerta, porque carecería de eficacia, lo que equivale al reconocimiento de su inexistencia.”[2]

Lo cierto es que -como anticipamos más arriba- puede haber coacción sin que haya derecho (el ejemplo típico es el delincuente que coacciona a su víctima para lograr su propósito) lo que indica a las claras que la coacción no es en modo alguno “requisito esencial del Derecho” y esto sin entrar a considerar la cuestión del Derecho Natural. Mucha gente respeta las normas jurídicas sin coacción alguna, sino por su íntima convicción que es lo que corresponde y debe hacer, y no necesita de la cocción para reconocer y cumplir con el Derecho. Otros se auto-coaccionan. El ser humano puede someterse a normas voluntariamente y sin sentirse amenazado por alguna coerción externa. De manera tal que, la conclusión parece clara en el sentido que la coercibilidad no es elemento constitutivodel derecho. La coacción nace recién cuando el derecho se viola y -en algunos casos- ni siquiera se presenta. La coacción es un elemento complementario al Derecho (incluso considerado desde la óptica de un Derecho positivo) pero no inherente al mismo. Todo Derecho, incluyendo el Natural, esta “destinado a gobernar la convivencia social”. Pero no hay ninguna razón para excluir de plano el concepto de Derecho (en sentido amplio) cuando -aunque caso altamente improbable- toda la comunidad está de acuerdo con cumplir las normas jurídicas, y no se presentan violaciones al mismo. No es menos Derecho el que se cumple que aquel que se viola.

“Es ésa la opinión de Ihering cuando señala que “la coacción ejercida por el Estado constituye el criterio absoluto del Derecho, ya que una regla de Derecho desprovista de coacción jurídica es un contrasentido; es un fuego que no quema, una antorcha que no alumbra”. Para él no son Derecho las normas que no pueden exigirse coactivamente por la autoridad, aun cuando fueren universalmente obedecidas: “Sólo llegan a serlo cuando el elemento exterior de la coacción pública se les agrega”.”[3]

Como ya hemos adelantado, juzgamos que ihering se equivoca. El Derecho es lo que la sociedad -en última instancia- reconoce como tal, tanto cuando lo cumple, como cuando lo viola. El acatamiento o la desobediencia a la norma puede acarrear consecuencias en uno u otro sentido, con independencia de la conceptualización y aceptación de la condición de Derecho que se le está otorgando a la norma jurídica. La sanción complementa la norma, no la define. La integra, pero no como elemento esencial,sino suplementario. La corriente positivista (que es la que examina el autor que ahora nos encontramos estudiando) juzga lo contrario, a nuestro juicio, erróneamente. Las comparaciones con el “fuego” y la “antorcha” son claramente desafortunadas, e inaplicables al caso en examen. Y la cuestión que aquí planteamos no tiene nada que ver con la distinción entre Derecho Natural y Derecho positivo, aunque estos autores sólo aceptan la existencia de este último.

“Kant no es menos categórico cuando expresa que el Derecho es coactivo en sí mismo, porque, si no estuviese acompañado de la coacción, no cumpliría su objeto de mantener la unidad en el reino de los fines. En igual sentido, aunque con otras palabras, se pronuncian Del Vecchio. Recasens Siches, Stammler, Holzendorff, Geny, Kelsen y Kohier.”[4]

Por las mismas razones que hemos venido dando antes, todos estos autores -en nuestra opinión- se equivocan si pretenden sostener que la coactividad es intrínseca a la noción de Derecho, sino que es complementaria. Podríamos llegar a aceptar que se trata de una complementariedad necesaria para que el Derecho cumpla su fin, pero esto último es muy diferente a aseverar una esencialidad intrínseca para la definición de Derecho, sin negar que la coercibilidad acompaña normalmente a muchas normas. Consideramos que existen dos tipos de coercibilidades: una externa y otra interna. Esta última es la que se impone el propio individuo que, conociendo la norma jurídica acepta acatarla motu proprio y no por la amenaza de la coacción. La primera es la que trae la ley positiva emanada del legislador, y que se hace operativa cuando el agente viola la norma, lo que en el caso analizado puede no ocurrir nunca por la coercibilidad interna ya aludida.

[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553 pág. 294 y sigtes

[2] Ossorio, Ibidem, p. 294 y sigtes.

[3] Ossorio, Ibidem, p. 294 y sigtes.

[4] Ossorio, Ibidem, p. 294 y sigtes.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El guion del proteccionismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 1/6/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/el-guion-del-proteccionismo/

 

La crisis de la última década ha tenido puntos en común con la de los años 1930, como el auge del antiliberalismo y del populismo de izquierdas y derechas. Entonces, como ahora, arreciaron las mentiras que atribuían al mercado y al capitalismo todos los males, y que prometían el paraíso progresista y la justicia social —y la lucha contra las desigualdades— siempre que subieran el gasto, el déficit y la deuda pública, y los impuestos “sobre los ricos”.

Sin embargo, una diferencia crucial entre nuestro tiempo y la década de 1930 es que entonces el libre comercio fue exterminado. Y ahora no. Quiero decir: ahora no, por ahora. ¿Cambiará la situación si se desata una ola proteccionista y una guerra comercial internacional? No lo sabemos, naturalmente, pero sí sabemos dos cosas. Una es que la situación ni de lejos se parece a la vivida entonces. Y la otra es que se está siguiendo el guion del proteccionismo de manera tan escrupulosa como inquietante.

En los años 1930 Estados Unidos cerró su economía con la siniestra Smoot-Hawley Tariff Act, que aumentó los aranceles sobre más de 20.000 productos importados. Inglaterra, la madre del libre comercio, se reunió con sus antiguas colonias en Ottawa en 1932, y decretó que solo habría libertad de mercado dentro de la Commonwealth, pero no hacia afuera. En suma, lo que estamos viendo con Trump y las autoridades de México, Canadá y la Unión Europea es una broma en comparación con lo que se vivió y padeció en aquellos años.

Esto dicho, la preocupación está más que legitimada, porque los gobiernos están jugando con las mentiras del proteccionismo de toda la vida. Una muy típica la expuso ayer el secretario de Comercio de Estados Unidos, Wilbur Ross, cuando dijo: “Nosotros no buscamos una guerra comercial”. No la buscan pero adoptan medidas que pueden desatarla, porque las represalias no se hicieron esperar: las anunciaron Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, y altas autoridades mexicanas y canadienses.

Otra característica del guion proteccionista es meter siempre a la política de por medio: así, se toma con naturalidad que la probabilidad de guerra comercial con esos países sea mayor que con la más poderosa China.

Por fin, una inveterada característica del argumentario proteccionista se está cumpliendo a rajatabla: nunca se aclara quién paga todo esto. Vuelan los argumentos nacionalistas llenos de solemnidad y demagogia, pero jamás se explica que son los trabajadores las principales víctimas del proteccionismo. En eso hay una larga tradición, y en todos los partidos de todos los países, como bien sabemos en Europa con nuestro proteccionismo agrícola, púdicamente ignorado hoy por quienes despellejan, con razón, a Donald Trump.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Dislate: ley en defensa de la competencia

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 30/5/18 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2018/05/30/dislate-ley-en-defensa-de-la-competencia/

 

En el caso argentino al que ahora nos referimos, no es para nada una concepción nueva la legislación que alardea con defender la competencia, terreno que fue iniciado por Perón con sus conocidas amenazas al agio y la especulación, luego utilizado con distintas etiquetas por otros muchos gobiernos estatistas.

Igual que con la libertad de prensa, la mejor ley sobre el proceso competitivo es la que no se promulga. Para fraudes, abusos y corrupciones varias está el Código Penal y el Civil y Comercial, no solo no es necesaria sino del todo contraproducente una ley nacional en defensa de la competencia que, al igual que otros documentos de tenor equivalente, aparecen dirigidos a buenos propósitos pero esconden veneno bajo el poncho.

En el contexto de este gobierno no es de extrañar que semejante ley se promulgue puesto que varios de sus encumbrados funcionarios han despotricado contra empresas que mueven sus precios, en lugar de afrontar con el vigor necesario las causas de dichos movimientos como es el elefantiásico gasto público, el déficit fiscal y la consiguiente manipulación monetaria.

Lo primero es comprender que técnicamente no hay tal cosa como traslación a precios. El empresario siempre intenta cobrar el precio más alto que las circunstancias permitan, lo cual no significa que sean las que quieran, de lo contrario el vendedor de pollos colocaría sus precios a un billón de libras esterlinas por unidad pero, en ese caso, la demanda será cero.

Sería en verdad muy atractivo para el mundo empresario que no deba preocuparse por la altura de sus costos, total simplemente  los traslada a los precios. Pero las cosas no son así. Si el comerciante conjetura mal su negocio y eleva los precios más allá de lo que la demanda permite, verá afectadas sus ventas y no podrá optimizar la relación volumen-precio. Los procesos inflacionarios o la baja en la productividad generan el espejismo de la traslación.

Lo segundo que conviene precisar es la bondad del monopolio, esto es la venta de un bien o servicio por un solo oferente. Esto quiere decir que el pionero en el rubro ha ofrecido algo hasta el momento desconocido en el mercado. Este ha sido el caso desde el invento del arco y la flecha que dejó de lado el garrote. Una ley antimonopólica se traduce en la insensatez de no permitir un descubrimiento puesto que no podría existir el primer emprendimiento antes de que exista el segundo (?). Ningún producto farmacéutico, ninguna novedad en los equipos electrónicos  sería permitido bajo este absurdo legislativo. Es por eso que las leyes vigentes y sus aplicaciones en esta materia están llenas de rodeos, caminos tortuosos y referencias sibilinas para poder implantarse y satisfacer así la ignorancia de un público que injustificadamente se siente protegido por este aluvión legislativo en todas partes en las que tiene vigencia este esperpento.

Estas volteretas legislativas y ridículos enmascaramientos han sido denunciados por muchos autores de fuste, muy especialmente en el contexto del cuidadoso andamiaje analítico de Richard Posner en  Antitrust Law. An Economic Perspective, por Dominick Armentano en Antiturst and Monopoly. Anatomy of a Policy Failure, en el décimo capítulo del segundo tomo del tratado de economía de Murray Rothbard titulado “Monopoly and Competition” y en la cuarta parte del capítulo 16 del tratado de Ludwig von Mises bajo el título de “Los precios de monopolio”.

El problema no son los monopolios que surgen como consecuencia del mejor oferente a criterio de la gente en el mercado en un contexto de apertura total. El problema gravísimo son los monopolios legales sean estos estatales o privados, a saber, los que son artificialmente otorgados por el poder político en cuyo caso la gente es explotada por rufianes mal llamados empresarios con privilegios de diversa naturaleza como mercado cautivos, exenciones fiscales, tarifas aduaneras o lo que fuere. En estos casos inexorablemente los precios serán más altos de lo que hubieran sido de no haber mediado la dádiva, las calidades inferiores o las dos cosas al mismo tiempo.

La denominada cartelización constituye una pantalla cuyo ataque disimula otro desconocimiento medular: en la práctica es como si se tratara de un monopolio con lo que lo dicho para ese caso basta para concluir que si en lugar de operar bajo una razón social las empresas prefieren desenvolverse bajo varias razones sociales el caso anterior explica el fenómeno, situación que es del todo aplicable al oligopolio (pocos oferentes “grandes”) y el trust (fusión de varias empresas en una).

Es de interés destacar que lo que en economía se denomina el factor competitivo permanente hace que en un mercado abierto todas las empresas estén en competencia entre si aunque se trate de reglones diferentes en busca de los recursos de la gente. Aun en el caso irreal por cierto de que exista una sola empresa que satisfaga con un solo producto todas las necesidades de la totalidad de la población, aun en ese caso la ley de rendimientos decrecientes, que muestra la relación producto-capital, obliga a que la dimensión de esa empresa única sea limitada, precisamente por la limitación de recursos que torna la curva respectiva en decreciente.

En otros términos, carece por completo de sentido sostener que debe haber cierta cantidad de empresas en tal o cual ramo, que debe haber una o ninguna. Las circunstancias cambiantes modifican esta situación. Lo que si debe aceptarse es que si el monopolio ofrece bienes apetecidos por la gente (no es el caso, por ejemplo, del monopolio de los tornillos cuadrados) el precio será considerado alto, lo cual es absolutamente necesario al efecto de atraer otros oferentes en el rubro en cuestión. Ya sabemos que si se establecen precios máximos en este campo o en cualquier otro, la demanda se expandirá, la oferta se contraerá, la escasez irrumpirá inmisericorde y los  factores de producción se volcarán a otros reglones con el consiguiente consumo de capital que, a su vez, hace que los salarios e ingresos en términos reales disminuyan por el desperdicio involucrado.

También es hace necesario aludir al “dumping” que significa venta bajo el costo. Ahora bien, este es el caso en general de comerciantes cuando están en períodos de liquidación de su stock, también es el caso de empresarios cuando incurren en quebrantos y también si seguimos el procedimiento del costeo directo cuando en el período de lanzamiento de un producto su publicidad es frecuentemente subsidiada por otros de los productos. En ninguno de los casos comentados parece que puedan objetarse.

Sin embargo, se dice que el dumping malsano consiste en aquella situación en la que el empresario percibe que podría vender su producto a un precio dado pero decide venderlo a un precio menor al efecto de arruinar a sus competidores y luego subir el precio para más que compensar las pérdidas anteriores. Veamos este asunto de cerca, si esa fuera la circunstancia, los competidotes actuales y los potenciales compran el producto en cuestión que, como queda dicho, se ubica por debajo del precio de  mercado, y lo revenden haciéndose del arbitraje correspondiente.

Prestemos debida atención al ejemplo puesto que habitualmente se sigue el razonamiento sin tener en cuenta los mismos presupuestos en los que se basa al concluir que el empresario que hace dumping amplia sus instalaciones y ofrece cantidades mayores al efecto de que el nuevo precio sea el de mercado con lo cual desaparece el posible arbitraje antes referido. Pero es que aquí se cambiaron los presupuestos del ejemplo. Ahora el empresario del caso abastece todo el mercado que no es lo que sucede cuando se limita a reducir sus precios, si es así nada hay que comentar como no sea el agradecimiento al empresario que decide reducir precios. Claro que ni bien pretenda contraer nuevamente su oferta y volver a las andadas, surgirán nuevos participantes con la idea de hacer negocios.

El único caso de dumping verdaderamente malsano son las empresas estatales que sus pérdidas son absorbidas coactivamente por los contribuyentes sin posibilidad de anticuerpos de mercado. Cuando empresarios locales denuncian dumping de productos que vienen del exterior, habitualmente no se molestan en verificar los libros de contabilidad de los supuestos competidores extranjeros, su molestia se basa en que los precios resultan más bajos que los suyos. Y en el caso de que efectivamente hubiera dumping del exterior, como dice el premio Nobel en economía Milton Friedman, la maniobra resulta en una bendición para los locales que recibirían actos caritativos del extranjero.

Las teorías conspirativas de este tenor esconden incompetencia y la pretenden dramatizar con argumentos nacionalistas sin ver que los mismos razonamientos son aplicables al comercio dentro de las fronteras de un país cuando alguien vende más barato, lo cual no justifica aduanas interiores.

El una lástima que volvamos a actualizar legislaciones que constituyen un dislate como la comentada de defensa de la competencia, cosa que no mejora un ápice por el hecho de ser supervisada por supuestos expertos en un llamado tribunal, dignos representantes de la megalomanía autóctona.

Como ha consignado el historiador decimonónico Lord Acton “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Se ha dicho con razón que esta ley es “la morenización de la economía” (por el fatídico secretario de comercio del kirchnerismo, Guillermo Moreno que falsificó las estadísticas del INDEC con la intención de que no se descubrieran sus dislates). Ahora se reiteran errores con esta ley solo que en lugar de exhibir la pistola arriba de la mesa, la pistola apoya la legislación ya que tras el incumplimiento de la norma se encuentra el rostro de la fuerza del aparato estatal.

Es una pena que un gobierno saturado de lo que se conoce por CEO (chief executiveofficer, es decir, el ejecutivo de línea de máximo nivel) no entienda el significado de la competencia, lo cual suele suceder ya que no siempre un banquero entiende que es el dinero ni el director de marketing lo que es el proceso de mercado y así sucesivamente. Una cosa es tener el talento para descubrir oportunidades de arbitraje y otra bien distinta es imbuirse de los fundamentos éticos, jurídicos y económicos de la sociedad abierta.

Con la designación de la Autoridad Nacional de la Competencia, régimen de clemencia para los que no cumplen con la norma y quieren reencauzarse, prácticas prohibidas, fusiones y adquisiciones no aprobadas, multas, sanciones y penas y otras sandeces se complica el funcionamiento del mercado, se traba la posibilidad de asignar eficientemente los factores de producción y se posibilita una mayor discrecionalidad en el uso del poder.

A esta maraña se agrega la figura de “la posición dominante” como si en un mercado libre el consumidor no fuera quien en última instancia decide la situación puesto que el comerciante que contradice su voluntad tiene los días contados como tal.

Como tantas veces hemos puntualizado y repetido al comienzo de esta nota, el verdadero peligro son los empresarios prebendarios que aliados al poder explotan a la gente con sus privilegios y el otorgamiento de facultades a burócratas y semi-burócratas que exceden sus funciones de respeto a los derechos de todos. Este “big-business” fue el responsable de la inmoralidad más llamativa de nuestro tiempo: el denominado “salvataje” del gobierno estadounidense a empresas ineptas e irresponsables financiadas coactivamente con el fruto del trabajo de los que no tienen poder de lobby. Eso si es una posición dominante inaceptable.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿Está el enemigo? Que se ponga

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 30/5/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/esta-el-enemigo-que-se-ponga/

 

Cuando se produce una jornada tan convulsa como la del “martes negro” que vivimos ayer, arrecian los esfuerzos para localizar un enemigo al que culpar de nuestros males. Pero a la hora de buscar explicaciones, opera hacia el pasado lo mismo que sucede con el futuro, es decir, la preferencia temporal es positiva, y valoramos siempre más lo cercano que lo lejano.

Los mercados aprecian la estabilidad, con lo cual es lógico que se alarmen cuando la tercera economía de la eurozona no consigue formar Gobierno, y en ella soplan con fuerza los vientos populistas y se plantean escenarios políticos que incluyen unas posibles elecciones interpretadas como una suerte de referéndum que decidirá si Italia, un país fundador de la Unión Europea, habrá de seguir en el euro o no. Nada menos.

El peso político de España es algo menor, aunque nuestra economía ya tiene el peso de la trasalpina, que nos superó durante mucho tiempo. Y aquí tampoco resulta tranquilizador el que estemos a las puertas de una moción de censura, cuyo resultado desconocemos; es posible, e incluso probable, que haya una continuidad del Gobierno de Mariano Rajoy, pero no es del todo descartable que cambien las autoridades, e incluso que una alianza de izquierdistas, populistas y nacionalistas se haga con el poder, con nefastas consecuencias, también para la economía.

Y todo eso en una Europa que atraviesa una crisis de legitimidad, marcada por el referéndum de Gran Bretaña que probó que, a pesar de haber sido aleccionado por el grueso de los políticos y los medios de comunicación, el pueblo británico no hace necesariamente caso a lo que le dicen —quienes destacan este hecho omiten púdicamente que la Constitución Europea fue un antecedente muy revelador de que los ciudadanos son bastante más euroescépticos que sus autoridades políticas y sus referentes mediáticos e intelectuales.

Se entiende que un paradigma del pensamiento convencional, George Soros, haya clamado ayer por la “reinvención” de Europa y contra la “adicción a la austeridad”, que habría provocado la crisis financiera y “frenado el desarrollo económico europeo”, según informó el Financial Times.

Y aquí, cuando este artículo podría terminar, es cuando los políticamente incorrectos podemos alzar un poco la mirada y echar la vista atrás. Si contemplamos los diez últimos años, tras el estallido de la crisis, comprobamos que la austeridad de la que todos hablan nunca se produjo: en ninguna parte bajó apreciablemente el gasto público; lo que pasó es que subieron los impuestos, pero no lo suficiente para compensar la caída en la recaudación, y como el gasto público no bajó, la deuda pública explotó, particularmente en Italia, pero también en España, mientras el gran coro progresista clamaba contra unos “recortes” que nunca existieron —de haberlos habido, nunca la deuda pública habría alcanzado el 100 % del PIB en España, y tampoco superado el 130 % del PIB en Italia.

La inexistente austeridad pública, y la subida de impuestos, frenaron el crecimiento. Y lo que creció, en cambio, fue el dinero y el crédito. A mediados de 2012 Mario Draghi lanzó su célebre discurso: “haré lo que sea necesario para preservar el euro”. Ante el frenético entusiasmo general se intensificó la expansión cuantitativa y se reprimieron los tipos de interés. ¿Qué podía salir mal? Eran apenas un puñado de liberales indeseables los que avisaban de que así no se sale bien de una crisis.

En suma, la diferencia entre lo que pasa hoy en la economía y los célebres monólogos de Gila es que el genial humorista español sabía a qué número había que llamar para hablar con el enemigo.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Argentina tiene que cambiar el Chip

Por Iván Carrino. Publicado el 31/5/18 en: http://www.ivancarrino.com/argentina-tiene-que-cambiar-el-chip/

 

Se necesitan cambios de fondo para que el país sea viable a largo plazo.

El mundo amaneció convulsionado este miércoles. Las bolsas cayeron en Estados Unidos, las monedas emergentes se depreciaron y el dólar volvió a fortalecerse.

Los temores ahora se enfocan principalmente en Italia, donde el tesoro debió pagar la tasa de interés más elevada desde 2013 para colocar letras a seis meses.

La tasa de interés del bono a un año, que hace un mes atrás rendía un número negativo de 0,38% (así como se escucha, uno debía pagar por invertir en dicho bono, en lugar de cobrar intereses), pasó a 1,04%.

La del bono a 10 años, subió desde 1,78% a 3,18%.

El tsunami de liquidez otrora impulsado por la Reserva Federal y seguido por los grandes bancos centrales del mundo como el europeo, el de Inglaterra y el de Japón, está retrocediendo… Y a los más desprevenidos los está agarrando con la guardia baja.

Se dice que el problema en Italia y España es que agrupaciones populistas están cerca de llegar al poder, lo que es cierto y genera más incertidumbre de lo normal. Pero la realidad es que lo frágil de la situación responde a sus gigantescas deudas públicas, que las administraciones “serias y conservadoras” de la actualidad no supieron resolver.

¿Suena familiar?

Argentina vulnerable

En este contexto de mayor aversión al riesgo, Argentina se enfrenta nuevamente a su crisis fiscal. La crisis fiscal, en este país, nunca se va. Es como una enfermedad crónica, que a veces muestra sus síntomas, pero otras veces los adormece.

La crisis fiscal crónica nos llevó a estar en default 52% de los años desde la Segunda Guerra Mundial hasta el año 2014.

Además, nos llevó a destruir 5 o 6 signos monetarios (el peso moneda nacional, el peso argentino, el eso ley, el austral, y seguro me olvido de alguno).

Ahora bien, ¿hay inflación porque los políticos son seres despreciables que odian a sus representados? Es una teoría. Sin embargo, una  eminencia tan destacada como Milton Friedman ofrecía otra sustancialmente diferente.

En tiempos en que la inflación era el tema de conversación número uno entre los economistas en Estados Unidos, Friedman aventuró:

Hemos tenido inflación no porque gente mala en la Reserva Federal decidió por sí misma acelerar la máquina de imprimir billetes, sino porque el público ha estado pidiendo inflación y evitando todo intento por frenarla… Nosotros, el pueblo, hemos estado pidiéndole al Congreso que nos dé cada vez más bienes y servicios, pero que no suba los impuestos. Y el Congreso nos hizo caso, imponiendo a la inflación como un impuesto oculto que sirva para financiar la diferencia.

El mismo argumento que Friedman utiliza para la inflación puede emplearse para la deuda pública. El político es un empresario de los votos, y hará todo lo que esté a su alcance para maximizarlos. Así, si los votantes quieren que el gobierno les dé la solución a todos sus problemas, entonces inevitablemente el gasto público será gigantesco.

Así, la deuda pública, la inflación, y las crisis derivadas del derroche estarán a la orden del día.

En este sentido, resultó paradójica la marcha convocada por los actores para repudiar al FMI. De acuerdo con su reclamo, que el FMI preste dinero y audite nuestras cuentas públicas equivale a entrar en el peor de los mundos posibles.

Lo que no ven, sin embargo, es que no hay FMI sin crisis de deuda pública… Y que no hay crisis de deuda pública sin exceso de gasto público, y que no hay exceso de gasto público sin políticos gastomaníacos que, debemos agregar, no existirían si el público no demandara que lo fueran.

Tenemos que cambiar el chip.

Le pedimos al gobierno demasiado, y el resultado es un gasto público impagable.

Cruzar una bondiola

El estado argentino no solo gasta mucho, gasta mal y gasta en exceso, sino que también nos regula demasiado.

Este tema es especialmente importante, dado que el gobierno de Macri postula que el gasto público “caerá” (en realidad, se licuará) una vez que crezca la economía… Ahora bien: ¿con esta carga regulatoria, cómo podremos crecer?

Gustavo Lázzari, economista de la Fundación Libertad y Progreso y, además, empresario frigorífico, explicó recientemente que “transportar una bondiola desde la Capital Federal al Gran Buenos Aires, un trayecto de no más de uno o dos kilómetros puede convertirse en una odisea.”

Tras sumar uno por uno los papeles y permisos que se necesitan, 21 para ser exactos, concluye que pasar una bondiola de un lado a otro de la Avenida General Paz es más engorroso de lo que era atravesar el Muro de Berlín.

El dato de la bondiola puede parecer caricaturesco, pero está respaldado por el prestigioso índice Doing Business del Banco Mundial. En dicho ránking internacional, que mide la facilidad para hacer negocios en 190 países distintos, Argentina ocupa el puesto 117, apenas por encima de Ecuador, y algo por debajo de Honduras y Paraguay.

De acuerdo al Banco Mundial, abrir un negocio legalmente es de las cosas más difíciles que enfrenta un  empresario en el país, así como conseguir un permiso de construcción. Otro rubro donde nos va mal es en la obtención de electricidad, curiosamente un sector hiperregulado con precios máximos (y congelados) decretados por el gobierno desde 2002.

La manía regulatoria no es propia del peronismo. Tan recientemente como ayer, el actual Ministerio de Educaciónresolvió que algunas tareas relacionadas con las tecnologías de la información necesariamente deberán ser llevadas a cabo por profesionales con título habilitante.

Un capítulo más de la fiebre regulacionista nacional.

Cambiar el chip

Con tasas del 40% anual, una muralla de dólares del Banco Central a venderse en 25 $ en el mercado mayorista de cambios, y un acuerdo con el FMI en proceso de cerrarse, las urgencias de corto plazo de la economía del país están claras.

Ahora mirando a largo plazo, los argentinos tenemos que cambiar el chip. No podemos seguir viviendo con crisis fiscal permanente, pero adormecida de a ratos. Y no podemos seguir pensando que el estado todo tiene que regularlo y supervisarlo.

Hay que cambiar la mentalidad, para tener un país más libre, y que eso derive en un crecimiento sostenible de largo plazo.

No hay atajos en este tema, solo así los países se hacen ricos y reducen la pobreza.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE