El Derecho

Por Gabriel Boragina Publicado el 5/5/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/05/el-derecho.html

 

Palabra en boca de todos, el Derecho, es utilizado por la gente en diferentes sentidos, pero siempre dándole una connotación de respetabilidad, que por cierto la tiene. Dentro de la imprecisión propia del término (como sucede -en rigor- con la mayoría del lenguaje), creemos oportuno redactar algunas líneas que nos permitan -en la medida de lo humanamente posible- delimitar su correcto significado, para lo cual será necesario realizar un breve examen de las disimiles connotaciones que ya han sido dadas, y el uso que le dedican los expertos en el tema. Comencemos pues con su definición:

“Derecho. Tomado en su sentido etimológico, Derecho proviene del lat. directum (directo, derecho); a su vez, del lat. dirigere (enderezar, dirigir, ordenar, guiar). En consecuencia, en sentido lato, quiere decir recto, igual, seguido, sin torcerse a un lado ni a otro, mientras que en sentido restringido es tanto como ius (v.).”[1]

Dado el vínculo señalado con la voz ius, será pertinente, antes de entrar en tema, corroborar la manera de concretar este último término, lo que hacemos seguidamente:

“Ius” Voz lat. Derecho. Llamábase así en la antigua Roma el Derecho creado por los hombres, en oposición al Fas o Derecho Sagrado. | Además la fórmula (v.) en el proceso formulario. | Magistrado ante el que se desenvolvía la fase previa del juicio. | En el Bajo Imperio, las opiniones de los jurisconsultos (v.)”[2]

La remisión entre las voces ius y Derecho es circular. Porque cuando vamos a la definición de ius se nos dice que era “el Derecho creado por los hombres”. Lo que nos remite circularmente a la noción de Derecho de la que habíamos partido. Etimológicamente, entonces, la palabra Derecho da la idea de un sentido recto, “seguido” (en relación más bien a continuo) orientado a enderezar (lo que estaba torcido o desviado) dirigir, ordenar, guiar. Se puede sintetizar estas distintas acepciones en una: orden en la rectitud, o bien, la rectitud ordenada.

“Por eso, de esta voz latina se han derivado y han entrado en nuestro idioma otros muchos vocablos: jurídico, lo referente o ajustado al Derecho; jurisconsulto, que se aplica a quien, con el correspondiente título habilitante, profesa la ciencia del Derecho, y justicia, que tiene el alcance de lo que debe hacerse según Derecho y razón. Es, pues, la norma que rige, sin torcerse hacia ningún lado, la vida de las personas para hacer posible la convivencia social.”[3]

Su finalidad, se dice, es “hacer posible la convivencia social”. Por -y para- ello es necesario el Derecho, que se traduce en “la norma que rige, sin torcerse hacia ningún lado, la vida de las personas”. En sentido contrario, puede deducirse que, si la norma que rige se tuerce, o bien no cumple con el fin de hacer posible esa convivencia social, tal norma no es Derecho. Si observamos atentamente el llamado “ordenamiento jurídico” actual y pasado, encontraremos que, muchas de las normas que los juristas y legos llaman “derecho” no apuntan a hacer posible la convivencia, y aun cuando en las declaraciones que la animan, ya sea en las exposiciones de motivos que las acompañan se enuncie enfáticamente tal propósito, una vez sancionada y puesta en funcionamiento puede advertirse que, lejos de hacer posible la convivencia humana la estorban y -a veces- directamente la frustran. La cuestión trascendental -a nuestra manera de ver las cosas- es no tanto qué es lo que deba considerarse Derecho, sino, más bien, su efectiva aplicación. Y contestar ciertas cuestiones como, por ejemplo, ¿si el Derecho no realiza la Justicia, estamos frente a un verdadero “derecho”?

A. Enfoques individualistas y sociológicos. De todos modos, no se trata de un concepto uniformemente definido. Para algunos es un conjunto de reglas de conducta cuyo cumplimiento es obligatorio y cuya observancia puede ser impuesta coactivamente por la autoridad legítima. Ihering lo define como el conjunto de normas según las cuales la coacción es ejercida en un Estado. Esa idea, más que un concepto filosófico del vocablo, parecería referirse a una estimación del Derecho positivo, que quedaría limitada a las normas legales y consuetudinarias. Mas, aun dentro de tal limitación, se advierte la inexistencia de una conformidad en la definición de lo que es el Derecho; en primer término, porque se presenta una diferencia fundamental, según el punto de vista desde el que sea considerado: individualista o sociológico.”[4]

Por supuesto, ni los juristas se ponen de acuerdo acerca de lo que el Derecho efectivamente sea ni signifique. Y, como sucede con casi todas las palabras, existen tantas definiciones de Derecho como personas haya que lo definen, sean juristas o legos, ya que nadie se priva de dar su personal opinión (o, incluso, su cátedra) sobre lo que (él o ella) entienda que el Derecho “es”. Ihering define el Derecho como “conjunto de normas” lo que ubica a este autor en la línea del positivismo jurídico que, básicamente, sostiene que el Derecho es lo que el “estado” dice que es. Se desprende de la misma que, ese “Derecho” definido previamente por el estado, para serlo, ha de ser coactivo, y esta coerción ha de ser detentada exclusivamente por el “estado”. Pero, aun dentro de la corriente positivista, la definición nos dice que tampoco hay acuerdo, porque -nuevamente- las aguas se dividirán “según el punto de vista desde el que sea considerado: individualista o sociológico.”

En el extremo, el positivismo identifica al Derecho con el “estado” mismo, lo que -desde nuestro punto de vista- consiste una verdadera aberración, y sobre la cual ya hemos tenido oportunidad de explayarnos.

Siempre hemos puesto de relieve -cada vez que tuvimos la oportunidad de hacerlo- que esa supuesta diferenciación entre el individualismo y el sociologismo (a la que también se alude en la definición que ahora nos encontramos examinando) es más aparente que real, cuando no directamente falaz.

[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553 pág. 294 y sigtes.

[2] Ossorio, Ibidem, p. 519

[3] Ossorio, Ibidem, p. 294 y sigtes.

[4] Ossorio, Ibidem, p. 294 y sigtes.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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