LAS MANOS DE ROMANO (Sobre algunos enternecedores personajes de E.R. II: hoy, Robert Romano).

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 30/7/17 en:  http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/07/las-manos-de-romano-sobre-algunos.html

 

Muchos de los lectores que hayan visto E.R. no encontrarán a Robert Romano “enternecedor”. Es que a mí, como a Woody Allen, me llegan al corazón los neuróticos entre graves y limítrofes. Algunos son muy simpáticos y se hacen querer, como el Woody de “Hannah y sus hermanas”, otros, en cambio, son gritones y malhumorados, como este caso, pero también me llegan al corazón. Porque en el fondo lo que preocupa es su enorme sufrimiento.

Robert Romano es uno de los mejores cirujanos –junto con Peter Benton- de E.R. Es prácticamente infalible. No duda, no se equivoca; cuando sus manos entran al quirófano, son más o menos lo mismo que las de Marta Argerich cuando toca Chopin. Si un paciente se le muere, es porque estaba muerto. Si no, él lo revive.

“Pero” –esta vez los guionistas se permitieron cierto arquetipo no realista y muy simbólico, y en lo simbólico está el realismo- Romano es aparentemente “malo”. Mandón, autoritario, malhumorado, agresivo, es el terror de los residentes y los médicos jóvenes de E.R. Está solo. No tiene familia. Está SIEMPRE en el hospital. No necesita reemplazos, no tiene que ocuparse de nada extra. Es la presencia constante, la infalibilidad en el quirófano, el maltrato a los demás, y sus peleas con la jefa del servicio, Kerry Weaver, la única que le hace frente desde una actitud tal vez parecida.

“De repente” Romano se enamora de una excelente cirujana británica, Elizabeth Corday. Elizabeth declina con la cordialidad que puede las invitaciones a salir de Romano. Evidentemente su amor no es correspondido. Lizzy –como le dice Romano- no se enamora de él pero se enternece y comienza a verlo de otro modo. Los dos se entienden de otro modo. Con Lizzy, Romano no es autoritario. Es amigo, compañero, hasta sabio si es necesario. ¿Por qué? ¿Casualidad? ¿Por qué la ama? ¿O porque, en cierto modo, es amado?

Los guionistas no tienen problema en agregar este amor no correspondido a la gravedad de la neurosis de Romano, que siguen pintando de vez en cuando casi siempre de manera tragicómica.

Pero, en determinado momento, aumentan el nivel de tragedia del personaje a niveles muy simbólicos, muy arquetípicos, cosa que no se permiten con los demás personajes, más polifacéticos.

Romano está esperando un paciente en la terraza del hospital y una de las hélices del helicóptero le corta un brazo.

De algún modo se lo reinsertan, sí, pero obviamente no puede operar más. Tratan de ubicarlo como médico de guardia de E.R., pero él no puede hacer eso y su nivel de in-soportabilidad con los demás crece a niveles tragicómicos todo el tiempo. Se ha quedado sin sus manos. Se ha quedado sin él.

Con la única que puede hablar su total pérdida es con Lizzy, que es la única que a su vez trata de ayudarlo.

Con Lizzy, como dijimos, es sabio. En determinado momento Lizzy no puede aceptar el cáncer de su esposo, el gran Dr. Green. Romano le pregunta:

–   Is he your husband?

–  Yes.

– Do you love him?

–  Yes.

Y listo. La mira, lo mira, y Lizzy vuelve con su esposo a ayudarlo a enfrentar su muerte.

¿Cómo termina todo esto? ¿Se va un día Romano del hospital, con el despido afectuoso de sus compañeros? No, ya no podía ser eso, dentro de la coherencia del relato. Los guionistas, inmisericordemente, lo hacen morir de una manera encarnizadamente tragicómica. Un día Romano está en el patio interno del hospital. Un helicóptero tiene un accidente en la terraza. Y se le cae encima y lo aplasta. Sí, así. Un helicóptero lo terminan de matar, como un insecto gigante que no había terminado de picarlo bien. Interesante conjeturar qué desplazaron con su inconsciente los guionistas en ese símbolo: un insecto volador gigante y grotesco, contra, a su vez, su aparentemente grotesco Robert Romano.

Pero lo que ahora queremos destacar es: Romano, al quedarse sin sus brazos, sin sus manos, se queda sin él.

Las manos son un símbolo importante. No son una prótesis, no son una droga, nuestras manos somos nosotros. Nuestras manos son el hacer de nuestro ser. Cuando más o menos hemos meditado sobre nuestro ser, podemos llegar a discernir nuestras manos de nuestro ser, no como algo separado, sino como la extensión activa del ser interior, que, más que actuar, es.

Pero cuando importantes conflictos no tratados anulan la reflexión de nuestro ser, nuestro ser se ve, se traslada, sólo a las manos que actúan. Y allí, sólo en esas manos “haciendo”, nos encontramos “siendo”.

Pero si entonces nos quedamos sin nuestras manos, ya no somos. Morimos.

Ese es el drama de la no-reflexión sobre el sentido de la vida, que traslada a la vocación auténtica el único refugio. La vocación es la extensión del ser, pero no el refugio del ser que no se ve.

La cirugía, para Romano, no era un escapismo. No era una adicción como las drogas, el alcohol, el juego o la sexualidad sin amor. Era su vocación auténtica. Pero sus conflictos interiores le impidieron meditar sobre su propio ser, y al perder la acción de su profesión, se perdió a sí mismo. Es más: se podría conjeturar que lo que le hizo perder su acción –operar- lo afectó tanto que creció y creció hasta convertirse en ese helicóptero que no sólo le corta un brazo sino que lo aplasta, porque él ya estaba muerto cuando se quedó sin su quirófano. Sólo una terapia MUY bien llevada le hubiera hecho re-descubrir que él seguía siendo él, intentando re-conducir su vocación por otros caminos alternativos que siempre están, porque cuando el ser interior se ve, se manifiesta como sea, pero se manifiesta.

A su velorio no va nadie. La única que está es Lizzy. Sólo pasan dos médicos que toman algo de la comida y se van.

 

Sí: era invisible, porque él había sido siempre invisible, excepto para los dos ojos que, a su modo, lo amaron y lo descubrieron.

 

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

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