Deuda, empleo, gasto y ahorro

Por Gabriel Boragina Publicado  el 25/6/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/06/deuda-empleo-gasto-y-ahorro.html

 

Que el gobierno encare por si mismo obras públicas trae consigo numerosos problemas cuya posterior solución lo hace incurrir en círculos viciosos. La obra pública se financia invariablemente con gasto público (como ya expresamos anteriormente, es más correcto -en estos casos- hablar de obras estatales y gastos estatales, pero, por razones de arraigo en el lenguaje, continuaremos refiriéndonos al vocablo “público” aplicado a estas cuestiones como “sinónimo” de estatal. Habitualmente, los gobernantes sufragan la obra pública con impuestos. Cuando estos se vuelven insuficientes, acuden al empréstito, pero -a veces- siguen el camino inverso. En este último caso veamos que sucede:
“Cuando el Estado decide, finalmente, satisfacer la deuda contraída a causa de las obras públicas, se ve obligado necesariamente a imponer a la comunidad un gravamen fiscal superior a los gastos presupuestarios que realiza. Por consiguiente, durante este último período se ve forzado a destruir mayor número de empleos del que puede proporcionar mediante el gasto público. El inevitable incremento en la imposición fiscal no sólo detrae de la comunidad más poder adquisitivo; debilita o destruye en los empresarios el incentivo de la producción y reduce la riqueza y la renta total del país.”1
Sentado que ningún gobierno genera ingresos propios, cualquier cosa que decida hacer debe obtener recursos de terceros. Esos terceros de ordinario son sus propios gobernados, quienes, a la sazón y en dicha función, reciben el ficticio nombre de “contribuyentes” cuando -en rigor- debería llamárselos expoliados, ya que la palabra “contribución” por su propia estructura nos da a entender un acto voluntario, lo que claramente no sucede en la persona que paga impuestos, habida cuenta que lo hace porque la ley lo fuerza a ello bajo pena de severos castigos en caso contrario.
Sea que la deuda se contrató porque la recaudación resultaba insuficiente, o bien, sea que lo haya sido porque no se quisieron aumentar impuestos, de una manera o de otra, llegado el momento de cancelar la misma, el gobierno deberá obtener de algún lado los recursos necesarios para tal fin. Para esto último, tiene tres vías posibles, a saber: 1) pedir más préstamos; 2) crear nuevos impuestos o aumentar las alícuotas de los existentes; 3) generar inflación. En los tres casos indefectiblemente quien paga, siempre es el mismo sujeto: el trabajador..
“La única forma de escapar a esta conclusión es presumir (como sin duda hacen siempre los partidarios del «gasto público») que los gobernantes tan sólo realizarán aquellos desembolsos en períodos que de otra suerte habrían sido de depresión o «deflacionarios» y se apresurarán a pagar la deuda contraída en épocas que en caso contrario habrían sido «inflacionarias» o de inusitado auge en los negocios. Esto equivaldría, desde luego, a una ficción fraudulenta; pero a pesar de ello, por desgracia, quienes gobiernan nunca procedieron así. Es tan difícil en economía predecir futuros acontecimientos y son tan influyentes las fuerzas políticas en acción, que existen muy escasas probabilidades de que los gobernantes actúen de esa forma. La financiación deficitaria del gasto público, una vez emprendida, engendra poderosos intereses privados que exigirán su prosecución bajo cualesquiera circunstancias”2
Aunque no queda en claro a cuales “desembolsos” se refiere nuestro autor, todo parece indicar por el contexto de la cita, que han de tratarse de los gastos por la obra pública. De ser así, se describe aquí lo que en economía suele recibir el nombre de política contraciclica. En algún sentido, era lo que básicamente proponía Lord Keynes. En términos más sencillos, Keynes sugería aumentar el gasto público en épocas de contracción económica y reducirlo en las de expansión.
Como bien indica el párrafo transcripto, los gobiernos no se comportan de la manera en que los estatistas keynesianos y sus discípulos lo suponen. La experiencia histórica demuestra que, una vez lanzada la política de gasto público expansivo, raramente se da marcha atrás en este terreno, y la mencionada política tiende a perpetuarse en el tiempo, no sólo en los casos de gobiernos del mismo partido o signo político, sino también -y además- en aquellos que no lo son.
Correctamente se señala que, en la continuidad de tal conducta de incremento del gasto se encuentran comprometidos intereses de diferentes sectores, escalas y niveles. La obra pública, en particular, compromete no sólo a áreas del gobierno, sino también a un muy importante sector privado que, en frecuentes componendas con el gobierno, suelen obtener pingues ganancias, que no se hallan dispuestos a resignar.
“Los economistas clásicos, al refutar los errores de su tiempo, mostraron que la política del ahorro, orientada en interés del individuo, sirve al propio tiempo el de la comunidad; Indicaban que el ahorrador consciente, al preocuparse de su propio futuro, no perjudicaba, sino que ayudaba a la sociedad. Pero en nuestros días, aquella antigua virtud, así como su defensa por los economistas clásicos, vuelve a ser atacada mediante teorías que pretenden ser moderadas y, en cambio, se ensalza la doctrina actualmente en boga del «gasto público».”3
Teniendo en cuenta los años en las que fueron escritas estas palabras, bien podemos decir que la situación actual no difiere en absoluto a la que describe el autor. En nuestros días, el gasto sigue siendo una especie de tótem, algo a lo que se le rinde como una clase de culto, y que su cuestionamiento no puede ser objeto de atención seria. En rigor, lo que esta explicando el autor citado, encierra una verdad que resulta evidente por si misma, y que es que sin previo ahorro no existe gasto posible. Y que el ahorro sólo puede provenir de fuentes privadas, por lo que carece de todo sustento lo que afirman algunos respecto que el gobierno puede “ahorrar” o puede forzar a los particulares a hacerlo.
Como quiera que la economía -pese a su gran difusión- sigue siendo una ciencia ignorada o mal comprendida por una mayoría de personas, el malentendido persiste y los esfuerzos por disiparlo nunca serán suficientes.
1Henry Hazlitt. La economía en una lección. Edición digital. pág 94
2Hazlitt, H.. La economía en una lección pág 94
3Hazlitt, H.. La economía en una lección…pág 96
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.
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