Banca, oro e inflación

Por Gabriel Boragina: Publicado el 13/11/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/11/banca-oro-e-inflacion.html

 

“Cuando la oferta dineraria se encuentra bajo el control del gobierno, de la banca central y del sistema bancario controlado, estas instituciones emiten nuevo dinero y lo inyectan en la economía gastándolo o prestándolo a deudores favorecidos. Como hemos señalado, el incremento de la oferta monetaria beneficia a los primeros receptores, esto es, al gobierno, los bancos y sus deudores o contratistas favorecidos, a expensas de los grupos de ingresos relativamente fijos que reciben el nuevo dinero más tarde o no lo reciben en absoluto, y sufren pérdidas en su ingreso real y su nivel de riqueza. En suma, la inflación es un método por el cual el gobierno, su sistema bancario controlado y los grupos políticos favorecidos pueden expropiar parcialmente la riqueza de otros sectores de la sociedad.”[1]

La banca controlada es causa de inflación. No por su condición de banca (como vulgarmente se cree) sino por su carácter de controlada, lo que hace que -en última instancia- nos remita al hecho cierto de que el causante de la inflación es siempre el gobierno. La manera en que los bancos controlados crean dinero fiduciario se conoce como producción secundaria de dinero, habida cuenta que la primaria solo puede ser ocasionada por el gobierno y es la clásica emisión monetaria o -también denominada- impresión de papel moneda. El instrumento utilizado por los bancos que deriva en este efecto es normalmente el crédito bancario y el giro y sobre giro en cuenta corriente que -como se indica en el texto- beneficia en primer término a sus propios clientes. Un segundo grupo de personas aliviadas por el nuevo dinero bancario creado son los contratistas del banco, que operan con el mismo aunque no necesariamente en forma financiera pero se privilegian porque son pagados con dinero creado por el mismo banco a través de cheques propios.

“La razón del entusiasmo de Mises y otros economistas austríacos por el patrón oro, cuanto más puro y menos diluido mejor, resulta ahora particularmente clara. No se trata de que esta “primitiva reliquia” ejerza alguna suerte de atracción fetichista. La razón es que una moneda sometida al control del gobierno y de su sistema bancario está sujeta a inexorables presiones tendientes a asegurar la continuidad de la inflación monetaria. En cambio, las autoridades monetarias no pueden manufacturar ad libitum la oferta de oro; es necesario extraerlo de las entrañas de la tierra mediante el mismo proceso costoso que rige el suministro de cualesquiera de las otras mercancías existentes en el mercado. En el fondo, se plantea la siguiente opción: oro o gobierno. “[2]

En realidad, el control siempre recae en el gobierno, y no en su sistema bancario, excepto que se aluda a los bancos centrales que –no obstante y en definitiva- están, en última instancia, sometidos al control y manejo gubernamental. Como veremos más adelante, los bancos comerciales están subordinados al poder discrecional del gobierno, razón por la cual sus acciones cuentan con todo el margen (amplio o estrecho, como se le considere) que el sistema político del lugar les otorgue o les deniegue. Pero, como bien se dice en el texto, el patrón oro durante su vigencia impidió o limitó -en buena medida- tales manejos discrecionales. En otras palabras, el patrón oro significó un dique de contención a la propensión a inflar la moneda que, tanto el gobierno como los bancos que dependan de la autoridad monetaria, inexorablemente poseen cuando no se encuentran limitados por ninguna regla monetaria o -como en el caso- un patrón sólido y confiable como lo fue el oro.

“Podría objetarse que el oro también puede incrementarse cuantitativamente y que este aumento de la oferta, por muy limitado que sea, tampoco reportaría beneficio alguno a la sociedad. Además de la opción oro versus gobierno, hay otro punto que importa tener en cuenta: el aumento de la oferta áurea mejora su disponibilidad para usos no monetarios, y ésta es una ventaja que difícilmente pueden conferir las monedas de curso legal del gobierno o los depósitos del sistema bancario.”[3]

Resulta muy claro que los depósitos bancarios no pueden ofrecer bajo ningún aspecto que se considere usos no monetarios al dinero que crean, máxime cuando este “dinero” consiste en simples anotaciones contables y no en dinero físico en sí mismo. Por el contrario, en un sistema de reserva fraccional -como es el que existe en la mayoría de los sistemas bancarios mundiales- los incentivos para la producción secundaria de dinero son prácticamente ilimitados, lo que permite afirmar que todo sistema de reserva fraccional es –cuando se establece estatalmente- por su misma naturaleza inflacionario, de donde deriva la utilidad de prohibir el sistema de encajes bancarios. Este tema es el que se considera a continuación:

“Una segunda área que debe ser objeto de investigación es el problema de la banca libre comparada con los requerimientos de reservas del 100 por ciento para los depósitos bancarios en relación con el oro. La obra de Mises Theory of Money and Credit fue una de las primeras que desarrollaron de manera sistemática la vía por la cual los bancos crean dinero a través de la expansión del crédito. Siguió luego la famosa distinción del economista austríaco C. A. Phillips entre las facultades expansionistas de los bancos individuales y las del sistema bancario en su conjunto. Sin embargo, no se prestó atención a uno de los argumentos de Mises, a saber: que bajo un régimen de banca libre, esto es, un régimen en el cual las entidades bancarias no están reguladas, pero deben cumplir estrictamente con sus obligaciones redimiendo los billetes o depósitos en dinero corriente, las operaciones del mercado controlan la expansión monetaria de los bancos. La amenaza de corridas bancarias, combinada con la imposibilidad de que un banco se expanda más que un competidor, mantiene la expansión crediticia en un nivel mínimo. Tal vez Mises subestimó la posibilidad de que un cartel bancario exitoso promueva la expansión del crédito; parece claro, sin embargo, que hay menos probabilidad de que se produzca una expansión del crédito bancario en ausencia de un banco central que suministra reservas y que, en última instancia, actúa como prestador.”[4]

[1] Murray N. Rothbard, “La teoría austriaca del dinero”, Revista Libertas Nº 13 (Octubre 1990) Instituto Universitario ESEADE, pág. 13

[2] M. N. Rothbard, “La teoría austriaca…” op.cit. pág. 16

[3] M. N. Rothbard, “La teoría austriaca…” op.cit. pág. 16

[4] M. N. Rothbard, “La teoría austriaca…” op.cit. pág. 17

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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