Lord Keynes y el pleno empleo

Por Gabriel Boragina: Publicado el 11/9/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/09/lord-keynes-y-el-pleno-empleo.html

 

M. Keynes ha pasado a la historia económica como el paladín del “pleno empleo”. Sin embargo, aun no se encuentra suficientemente difundido (especialmente entre el vulgo) que sus recetas nunca consiguieron el tan ansiado objetivo y que, lejos de obtenerlo, tampoco podrían hacerlo, dado que su teoría para llegar a ello, fue y es -desde todo punto de vista- inviable.

Examinemos a continuación más en detalle la falacia keynesiana:

“Keynes argumentaba en La Teoría General que la economía de libre mercado no contenía ningún mecanismo interno para asegurar el pleno empleo. La debilidad crucial, decía, yace en la relación entre el ahorro y la inversión. La gente tiende a consumir más cuando sus ingresos suben, pero este incremento no es tan grande como el aumento en el ingreso. En otras palabras, también se ahorra una parte del aumento del ingreso. El problema, insistía, es que el ahorro es “no-gasto” y si la gente no gasta todo el ingreso extra que ganan, los empresarios pueden no tener el incentivo para invertir lo suficiente para emplear a todos aquellos que quieren trabajos a los salarios establecidos. Como resultado, una gran parte de la mano de obra puede acabar desempleada porque el sector privado ha fallado en crear suficientes puestos de trabajo. La economía, por tanto, se puede quedar atascada durante un periodo prolongado en lo que Keynes llamó un “equilibrio con desempleo”. ¿No podrían mejorar los trabajadores sus perspectivas aceptando salarios monetarios más bajos? No, insistía Keynes, porque los trabajadores sufren de una “ilusión monetaria” -incluso cuando los precios estuvieran cayendo y un recorte en los salarios no les afectara en términos de poder de compra, los trabajadores rechazarían aceptar menos dinero-“.[1]

El error de Keynes consistía en que impugnaba como “falsa” la ley de la oferta y la demanda, también denominada “Ley de Salidas” de Say. De haber aceptado la verdad de esta ley básica de la economía habría advertido que su planteo era por completo equivocado. Pero no era su único desconocimiento, sino que tampoco tenía claro cómo funcionaban el ahorro y la inversión, lo que brinda evidencia que sus conceptos sobre ambos también eran oscuros. No obstante, su ataque principal estaba dirigido contra el ahorro, que Keynes asimilaba por completo al atesoramiento, campo este último donde también padecía de una severa confusión. En suma, parecía creer que -en última instancia- lo que provocaría el desempleo sería el excesivo ahorro, lo cual bien sabemos que resulta por completo falso. En su diseño mental, suponía que la única forma de generar empleos era mediante el consumo íntegro del ingreso por parte de la gente, lo que demuestra la falacia de las conexiones causales que establecía en su “teoría”. El pleno empleo sólo reconoce una exclusiva y única causa : la total ausencia de interferencias regulatorias por parte de los gobiernos en el mercado laboral, es decir el más absoluto y riguroso respeto a las convenciones pactadas en los contratos laborales celebrados en el marco de la más incondicional libertad entre empleadores y empleados. En otras palabras, lo necesario para la existencia de pleno empleo es la no interferencia del gobierno en el mercado laboral, y no las abstrusas “elaboraciones” keynesianas.

“En vez de pedir que los trabajadores aceptaran cobrar menos, Keynes estaba a favor de aumentar el nivel general de precios para que los empresarios pudieran obtener beneficios sin recortar los salarios. En otras palabras, la solución de Keynes para el desempleo era la inflación de precios.”[2]

También proponía la misma solución respecto de los salarios, lo que demuestra un nuevo desconocimiento adicional de la teoría keynesiana, a saber: en qué consiste realmente la inflación y cuáles son sus efectos. En realidad, los empresarios no podrían obtener beneficios si por un excesivo nivel de precios los consumidores se veían impedidos de aumentar sus compras, lo que hacía necesario que por un mecanismo análogo (inflacionario) se aumentara el poder de compra de los asalariados. No obstante, Keynes tampoco parecía advertir que en el mediano y largo plazo la inflación no aumenta el poder de compra real del salario. Lo que se genera en los hechos, es una carrera infernal entre precios y salarios (en rigor, entre dos tipos de precios diferentes, pero ambos precios al fin).

“Déficit público. El gasto deficitario del gobierno proporcionaría una demanda adicional al mercado, empujando los precios hacia arriba y estimulando la contratación. Esta política continuaría hasta que se consiguiera el “pleno empleo”. Pero debido a que, desde el punto de vista de Keynes, los empresarios eran normalmente cortoplacistas e irracionales en sus miedos acerca de las perspectivas de las inversiones, el sector privado siempre se retrasaría en crear trabajos. El gobierno tendría que estar constantemente al control de los instrumentos monetarios y fiscales, inyectando gasto en la economía para evitar que volviera a hundirse en niveles de desempleo inaceptables.”[3]

A esa demanda adicional del gobierno es a lo que los keynesianos llamarían pomposamente “demanda agregada”. Keynes creía que las mayores ganancias de los empresarios, fruto, a su turno, del aumento de precios generado por la demanda adicional del gobierno, impulsarían a una superior contratación de empleo, pero es de sentido común saber que no necesariamente habría de ser así. En realidad, también en eso se equivocaba Keynes. El mayor gasto de consumo gubernamental podría tener como efecto –alternativamente- un incremento de los gastos personales o familiares del empresario en cuestión, o el atesoramiento empresarial, o bien mayor inversión en tecnología, dado que los empresarios siempre están alertas a cualquier oportunidad de abaratar costos. Es verdad que esta mayor inversión en tecnología podía, indirectamente, crear nuevo empleo, pero -al mismo tiempo- antiguos puestos de trabajo desaparecerían como fruto de la innovación tecnológica. Por otra parte, el gasto continuaría empujando los precios al alza, desalentando la demanda de los trabajadores que no pudieran afrontar esos aumentos.

[1] Richard M. Ebeling.”Hazlitt y el fracaso de la economía keynesiana”. The Freeman. Ideas on Liberty. Nº 2

[2] Ebeling R.”Hazlitt y el…” op. cit. p. 2

[3] Ebeling R.”Hazlitt y el…” op. cit. p. 2

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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